martes, 31 de octubre de 2006

Las nuevas tortugas


Me senté a leer sobre la arena de la playa de Barceloneta, la más sucia de toda la ciudad, en un invierno tímido con buen sol.

Al principio lo vi como un objeto oscuro flotando a unos diez metros de la orilla y lo pensé un pedazo de madera a la deriva. Pero cada vez se fue acercando más a la playa. Cerré el libro y me acerqué a mirar. Nadie más había reparado en esa figura con caparazón que nadaba con intenciones de desovar en plena Barceloneta.

Se habría perdido, pero el mandato del instinto le hizo buscar la primera playa para dejar sembrada su herencia.

Salió del mar y recorrió con lentos pasos la distancia entre el agua y mis pies. Y con gran convicción -yo diría que prehistórica- empezó a cavar profundo en la arena.

Apartaba enérgicamente en su propósito colillas de cigarrillos, jeringas usadas por los heroinómanos del alba, restos de heces, orines, vómitos de borrachines nórdicos, residuos de porro, botellas vacías de vino, acaso algún dedo mutilado.

Nada la detuvo, ante nada se amilanó.

Qué cosa tan hermosa como grotesca. Me pregunto qué tortugas mutantes irrumpirán desde esas cáscaras. Seguro que serán otras tortugas, condimentadas con la escoria de la urbe decadente. Serán tortugas, ciertamente, pero creo adivinar el nacimiento de una nueva especie de supervivientes.

Igualita a la nuestra.

sábado, 28 de octubre de 2006

Dictado


Salgo al jardín a fumarme un cigarrillo sin ganas. Hace semanas que no escribo ni una miserable línea, que todo lo que hago me parece una soberana idiotez. Tengo el cerebro seco, como si ya hubiera asumido que sólo sirve para ser esa máquina a mil sandeces por segundo que es lo único que sabe y puede ser. Y cuando eso pasa sólo se me ocurre fumar. Fumar aunque haya dejado de fumar. Aunque ni siquiera tenga ganas de volver a fumar.

Me recuesto en una silla con todo el sol en la cara y me dejo estar. Oigo a mis jóvenes vecinos en el patio de al lado. Forrados de negro, maquillaje blanco sobre el rostro, gruesos lagrimones hechos con delineador entristeciendo sus ojos. Alguna vez, hace un tiempo, les pregunté por qué vestían así. Me dijeron: “somos darkies, estamos de luto porque el mundo se ha muerto, ya nada tiene sentido. Sólo el duelo y la tristeza por todo lo que perdimos”. Sonreí. No dije nada, simplemente pensé: “Todo se repite. Es la misma respuesta que hubiera dado yo a la misma pregunta hace treinta años”.

Lanzo la colilla que echa chispas al chocar contra la pared. Me asomo sobre el breve muro que separa ambos patios. Los veo muy ocupados colocando sobre el césped unas telas enormes donde círculos y espirales de colores están pintados a mano. Toman medidas, acomodan los dibujos, aplanan las telas, miran al cielo, asienten con nerviosismo. Los saludo, pregunto qué hacen. Me responden: “Hemos recibido el mensaje de que en esta zona vive un escritor. Gracias a estas señales Ellos sabrán que es aquí. Vendrán desde el espacio a dictarle telepáticamente un libro maravilloso que lo cambiará todo. El mejor de los libros jamás. Él lo escribirá pensándolo suyo, sin sospechar que son Ellos sus verdaderos autores”.

Vuelvo a casa aún más fastidiado que antes y sin siquiera despedirme. Estos idiotas ni siquiera imaginan que yo escribo. Me siento frente a la máquina y espero que una voz prodigiosa desde el más allá comience el dictado. Pero nada. Se pasan los minutos y la página sigue en blanco. Me aburro mortalmente y para matar el fastidio empiezo a escribir un libro jugando a que alguien me lo está dictando desde el espacio exterior:

“Salgo al jardín a fumarme un cigarrillo sin ganas”.

jueves, 26 de octubre de 2006

El chamo Khonnor

Khonnor con su máscara de cachos hecha en casa.

Frank Zappa, quien era loco y genial hasta para responder a los periodistas, dijo alguna vez: “No creo en la crítica musical, escribir sobre música es como danzar de arquitectura”. Y a mí, en lo personal, la frase me hizo mella. Me cuido muchísimo de no sucumbir a la tentación de arruinar con palabras esa esencia intraducible que algún otro, con otro talento muy distinto, logró hacer sonar.

Sin embargo, este chamo llamado Khonnor lo merece. Así que con el permiso de Frank Zappa eventualmente yo me abro espacio para echar un pie sobre algunos edificios magníficos.

Conor Kirby-Long tiene hoy 18 años, cuando sacó su primer disco “Handwriting” tenía 17 y cuando comenzó a hacerlo tenía 15. Se pasó 2 años encerrado en su cuarto de adolescente de Vermont con una guitarra, una vieja computadora de finales de los 90, un micrófono desfasado, escribiendo con toda la sinceridad y la tristeza del mundo las trece canciones más desgarradoras que alguien haya producido en años.

“Handwriting” a lo mejor no fue escrito a mano, pero sin duda sí con las uñas, con los huesos y desde el estómago. Y cuando uno lo escucha se asusta por todo lo oscuro y denso que algunos jóvenes llegan a ser en silencio. Khonnor no es un virtuoso, es más bien sencillo, casi minimalista, algunos dicen que “ingenuo”; pero es meticuloso y perfeccionista en los detalles. Quiere que el pequeño ruido polvoriento suene tal cual como lo imagina en su cabeza. Así se le pasaron dos años en una habitación hasta que por fin abrió la puerta y salió el jovencito con un disco.

Escucho a Khonnor y siento tanta fascinación como vértigo. Creo que se debe a eso que llamo el “Complejo de Rimbaud”; me imagino que debe ser brutal llegar a los 17 con una obra tan sólida entre manos, con algo tan vivo y tan caliente que es como si te hubieras arrancado el corazón con los dedos en el proceso. Es como si desde muy joven te rindieras y dijeras: “nunca más podré hacer algo mejor que esto en la vida”. Pienso en Rimbaud y espero que el chamo Khonnor no decida el año que viene desaparecer “porque ya no tengo nada más qué decir al mundo”. Y sólo sepamos de él porque se dedicó al tráfico de armas, de órganos, o porque tomó en vez de su guitarra una escopeta y se fue a ajustarle cuentas a Megan (la misma rubia del colegio que le rompió el alma durante la grabación del Handwriting). Me da tristeza adelantarme al momento en que Khonnor decida no estar más.

Me da vértigo también imaginar la de Khonnors que nos estamos perdiendo justo en este instante, la de chamos geniales de quienes jamás nos enteraremos porque el mundo está demasiado ocupado escuchando la opinión experta y sublime de John Secada en un Latin American Idol.


Khonnor - Dusty

No es lo mejor de Khonnor pero es lo único que conseguí en video para compartir. Khonnor en un cementerio... curiosamente.

martes, 24 de octubre de 2006

Robertico, dale tú por mí


Autorretrato hecho por el mismo Robert Smith de The Cure

El amigo German Herrera, mejor conocido como El Sr. de los Monos, me ha propuesto una tarea que me ha puesto a sudar tinta. Tinta de varias densidades y colores. El juego consiste en responder un cuestionario utilizando solamente nombres de canciones de una misma banda. Tuve que echar mano a mis viejos discos de The Cure, tuve que verle la cara de nuevo a mi pana Robert Smith, quitarle decenas de kilos, metros de arrugas, varios centímetros cúbicos de papada, sonreír ante esos mismos cabellos de punta a los que en otra época tuve franca devoción. Sorprenderme con lo joven que era él y lo niño que fui yo. Y una vez más le tuve que dar gracias por encontrar las palabras justas para decir exactamente eso que sentíamos pero que yo no hallaba manera de decir.

Me toca notificar a otro amigo Roberto, éste de apellido Echeto, que le hago entrega del testigo; quizá porque desde ya me estoy relamiendo con sus respuestas, anticipando que algo de Rush, Judas Priest o Dio pueda asomarse por allí. Y también le entrego esta perla a mi querida Meditadora Ociosa, a ver si reaparece, que últimamente de tan silenciosa que anda pareciera estar más de ociosa que meditabunda.

Ahora sí, Robertico, hermanazo... libra tú por mí.

  1. ¿Eres hombre o mujer?
    Soy “The Drowning Man” (del disco Faith)
  2. Descríbete
    Especialista en “To Wish Impossible Things” (del Wish)
  3. ¿Qué sienten las personas cerca de ti?
    Me imagino que algo así como "A Short Term Effect" (del Pornography)
  4. ¿Cómo te sientes?
    "Out Of This World" (del Bloodflowers)
  5. ¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental?
    "Disintegration" (del Disintegration)
  6. Describe tu actual relación amorosa
    Alguien que me haga la pata de gallina porque necesito hacer una raya en el techo: “Just Like Heaven”, por fin (del Kiss me Kiss me Kiss me)
  7. ¿Dónde quisieras estar ahora?
    en "Fascination Street" (del Disintegration)
  8. ¿Cómo eres respecto al amor?
    Entregadísimo como si estuviera “Where The Birds Always Sing” (del Bloodflowers)
  9. ¿Cómo es tu vida?
    ”A Forest” –pero uno bien tupido- (del Seventeen Seconds)
  10. ¿Qué pedirías si tuvieras sólo un deseo?
    Me preocupan los últimos deseos…
    “Why Can’t I Be You?” (del Kiss me Kiss me Kiss me)
  1. Escribe una cita o frase famosa
    Me perdonan la insistencia pero... “To Wish Impossible Things”
  2. Una despedida
    ”Maybe… Someday” (del Bloodflowers)

viernes, 20 de octubre de 2006

Y tú ¿qué tan atractivo?


A mí los indigentes siempre me dieron un poco de miedo. Me imagino que fue por aquello que me tocó ver un domingo, siendo niño, cuando regresábamos mis padres y yo de visitar la Librería Suma andando por el boulevard de Sabana Grande. Veníamos ya a la altura de Chacaíto, por el cine Broadway, cuando en eso vimos a un indigente salir enfurecido de un callejón a la derecha, y sin ton ni son, de sorpresa, le ha encajado un bofetón arranca cabezas a la señora que caminaba justo delante de nosotros. La señora se fue al suelo, papá ayudó a recogerla, mamá dijo: “un loquito”, yo vi al tipo alejarse todo silueta sucia siguiendo su camino, vista al frente, con paso tranquilo como si nada hubiera pasado.

Muchos años después descubrí que el homeless es uno de los temas recurrentes en las novelas de Paul Auster. Y me contagió esa fascinación que tiene por indagar qué exactamente puede haberle ocurrido a una persona para que rompa de manera tan radical con la vida que llevaba hasta ahora, con la sociedad, consigo mismo, hasta convertirse en sujeto callejero. Ese individuo que alguna vez fue el vecino de al lado, que se fue haciendo más y más huraño, que de pronto salió de su casa obsesionado por hallar una verdad y se fue quedando en la calle, habitando el contenedor de basura al fondo del callejón, comiendo aquello que los demás ya no han querido comer, armándose con retazos ajenos -y con capas de desechos encontrados por allí- una nueva identidad.

En Chicago, en el 221 de la calle Dearborn, zona norte, queda un hotel cuyo nombre no logro recordar. Y al lado del hotel hay un callejón sin nombre donde vive Mark. La primera vez que se me acercó estaba yo esperando un taxi y conversando con Anthony, el portero del hotel -un negro americano típico que bien podría tener una banda de hip hop pero que optó por ponerse un traje de botones y aprender más del cine de Almodóvar y de Eliseo Subiela que cualquier crítico sesudo-. Veo con el rabillo del ojo que se acerca el indigente, con paso sereno, arrastrando capas y capas de ropa mugrienta, bebiendo una pepsi en lata que alguien más había sorbido previamente. Me pongo tenso, cierro el puño dentro del bolsillo y aprieto contra la palma un montón de monedas. Seguro que viene a pedir limosna, o a soltarme un golpe al que me pienso adelantar. Porque en esos instantes, a la hora de la chiquita, mandan los recuerdos infantiles sobre cualquier lectura amigable de Paul Auster.

-What’s up, Mark? – saluda Anthony.

Pero Mark no sabe, no contesta. Soy yo quien le interesa. Y entonces me dispara con todo su aliento matutino la gran pregunta:

-Hey, you… Do you feel attractive?

Yo me quedo congelado. No sé qué responder. No tengo una respuesta para eso. Me imagino que la respuesta obvia es no. Aunque no sé, imagino que esa pregunta amerita una respuesta igual de ocurrente, acaso igual de extraña.

- ¡Mira, papá, vente que llegó el gran taxi!- grita Richita ya con un pie adentro. Y una vez más Richard me salva de una de las que no sé cómo salir. Subo al taxi como con culpa, sintiendo los ojos del homeless clavados en la nuca.

A Mark lo volví a ver todos los días que duró el festival. Pero me encargué de evitarlo, de escabullirme. Mientras hacía entrevistas en el lobby del hotel lo veía a él del otro lado del cristal haciendo su propia entrevista. Me imaginaba que a todos abordaba con la misma pregunta: “Hey, you… Do you feel attractive?”. Algunos huían despavoridos, otros se reían, otros daban por respuesta puñados de monedas y billetes arrugados, los más valientes contestaban algo al viento y apuraban el paso.

Solamente vi a Richita conversar con Mark. La única persona con la que sostuvo una conversa tan larga como la longitud del Chesterfield que fumaban. No sé en qué idioma lo hacían, pero charlaban, estoy seguro. Y se reían. Que yo sepa Richard no hablaba inglés y dudo enormemente que Mark machucara el español. Estuve a punto de dejar hablando solo al fastidiosísimo Román Chalbaud que se vanagloriaba de su igualmente fastidiosísima “Pandemonium, la capital de infierno” para salir corriendo a enterarme de esa conversación al otro lado del vidrio que me interesaba muchísimo más. Pero nunca dejé a Chalbaud hablando solo y tampoco pregunté a Richard qué y cómo carajos hablaba con el indigente.

La última vez que me crucé con Mark fue de nuevo en la puerta del hotel. Esta vez el encuentro fue a solas. Se me acercó con una sonrisa confiada, como diciendo “hoy no te me escapas”. Y de nuevo disparó su frase del abordaje.

- Hey you… Do you feel attractive?
- Not really. Just for very special people (La verdad es que no. Sólo para gente muy especial)- Le respondí a manera de chiste. Sonreí, le hice un guiño de ojo.

Se rió con toda la amplitud de su boca, con toda la magnitud de los gruesos agujeros entre sus tres dientes aún en pie. Me despidió con la mano y se internó en su callejón donde aún retumbaban sus carcajadas.

A veces sueño despierto con que me encuentro de nuevo a Mark en un callejón de una ciudad cualquiera, y que me hace entrega de un diario tan sucio como entrañable. Su diario de notas personal. Adentro están escritas con su puño y letra todas las respuestas insólitas que obtuvo a lo largo de la vida con su particular encuesta callejera. Y en la última página seguro estará transcrita su increíble conversación con un tal Richard.

martes, 17 de octubre de 2006

Creerse ciertas mentiras

Escuché a los japoneses de Supercar por primera vez porque alguien me comentó que le componían música para películas al gran Takeshi Kitano. Luego descubrí que la información era errónea, nunca han hecho nada juntos; y poco me importó, pues esa mentira me dio la oportunidad de escribir un cuento –al que quiero mucho pero que nunca me he atrevido a mostrar a nadie- donde un tipo a distancia se encarga de poner a Kitano en contacto con Supercar y convencerlos de rodar juntos un inmenso videoclip argumental de dos horas. Kitano y Supercar aceptan pero con la sangrienta condición de que él sea el protagonista, y de que se inmole en un harakiri real en la escena final de la obra. Condiciones que el tipo acepta con todo gusto. Por franco amor al arte.

Hubo un tiempo en que fui adicto a Supercar. No oía otra cosa; me obsesionaba esa extraña combinación de manga con rock alternativo con música para videojuegos, cantada medio en inglés medio en japonés, en un limbo indescifrable entre lo ingenuo y lo sarcástico. Se me antojaba que era como una mamarrachada sublime.

Y justo en ese tiempo la vida quiso que me reencontrara con alguien. Alguien de quien me enamoré desde los primeros instantes a pesar de hallarme recontraconvencido, más que nunca, de aquella verdad como un templo: “el amor no existe, es un contrato para no quedarse solo, es puro cuento inventado por abuelitas”. Me diría Ella en una de las primeras citas: “los matrimonios son como submarinos, pueden flotar pero están hechos para hundirse”. Desde entonces la música de Supercar se me asemejó a una pareja que se ingenia un universo fantástico en la lucha por tripular un submarino y, sin saber mucho cómo, lo acaban logrando sin ahogarse en el intento.

Hoy vuelvo a Supercar. Alguien ya aceptó ser mi esposa a pesar del cuento del submarino. Hoy estoy fascinado con lo lejos que nos permite llegar eso de creerse tanto ciertas mentiras.


Supercar - Wonderword

domingo, 15 de octubre de 2006

Historia de dos Yuraimas



El popular Akiko, periquito australiano verde que nació en casa y cuya jaula es exactamente del tamaño del mundo conocido (al menos por él), ha perdido a padres y hermanos. Es un sobreviviente, “el último de los pericos”. Se quedó solito en su jaula y a mamá le dio mucho sentimiento. A pesar de que a Akiko parecía darle exactamente igual, cantaba igualito, comía igualito, jugaba con cuanto palito, pelotita o plastiquito le dejara uno por allí, volaba a velocidad de vértigo de un extremo de la reja al otro, en fin, se la estaba pasando pipa con la casa sola para él. Pero como Akiko no tiene poder real de decisión, nos tocó a nosotros decidir por él. Que no podía estar más solo. Que se estaba muriendo de tristeza. Que mejor le buscábamos a una compañerita para que se enamoraran y tuvieran su propia familia de periquitos.

Y entonces Yuraima, la encantadora barranquillera que trabaja en casa de mamá desde hace muchos años, se ofreció a traernos de la tienda de animales del barrio Las Minas una periquita ya en edad de procrear para que fuera la mujer de Akiko.

El día en que conocí a la periquita me quedé impresionado. Casi no pude hablar del vértigo. Yuraima había comprado una perica a su imagen y semejanza. Gordita, pequeñita, gruesa de cola, con la misma nariz picuda, los mismos ojitos que nunca sabes si amenazan con una crisis inminente de llanto o más bien con una ruidosa carcajada. Era Yuraima pero en versión perica amarilla.

- Caramba, madre… pero esta periquita que compró Yuraima…
- Sí, ya sé. Es idéntica a ella.
- Se tendrá que llamar Yuraimita. Jajajaja.
- Jajajaja. Mucho cuidado y se te sale eso enfrente de Yuraima.

Akiko fue renuente a Yuraimita al principio. Saltaba siempre al otro palo y no aceptaba jamás tener la gordezuela figura de la hembra a menos de 5 centímetros de su estilizado cuerpo forrado en verde. Comía antes o después que ella se alimentara, nunca al mismo tiempo. Y cuando ella trataba de hacerle cariño respondía a los picotazos, con un aleteo furibundo que parecía iba a tumbar la jaula. Sin embargo, Yuraimita perseveró. Poco a poco se fue ganando el cariño del cónyuge, lo fue ablandando a fuerza de carantoñas y roces de piquito. Le enseñó todo lo simpático y cálido que él nunca habría sido. Ahora son grandes compañeros y se montan unas fiestas monumentales con la misma sabiduría con la que una pareja de enamorados se arma ese universo particular que prescinde del caos del mundo exterior.

Yuraimita no puede volar, quizás por un problema de sobrepeso (come más o menos el triple de lo que come Akiko, es insaciable y su cuerpo se ha ido inflando como un globito de helio que repta con picos y garras por las barras de metal), o tal vez alguien le cortó las alas de pichona y ahora no tienen la fortaleza suficiente como para mantenerla en el aire. Pero su falta de gracia con las alas la suple con una simpatía casi canina. Saluda, celebra, se ríe, te mira directo a los ojos, no siente miedo. Es una pajarita muy instalada en el mundo. Disfruta de lo que hay y se tiene la confianza de un águila a escala.

Cuando mamá sale de viaje quedo yo encargado de los pericos. Y con el paso del tiempo nos hemos ido haciendo amigos. He de confesar que creo en los amigos animales. He tenido a un amigo-hijo perro, he tenido amigos gatos, en Barcelona fui mejor amigo de Agatha Katerina que era tortuga, ahora tengo dos hijos adoptivos boxers y, finalmente pero no de últimos, gané a mis dos amigos pericos.

Llego a casa de mamá el otro día, muerto de hambre, cerca de las 4 de la tarde. Pienso “hoy es jueves, así que hoy estuvo Yuraima y dejó comida”. Yuraima, además de ser buena como el pan, cocina de mil maravillas. Arrojo todo lo que traigo encima y me lanzo a la cocina a buscar qué hay de calentar en la nevera. Los pericos saltan y me saludan, pían, se bajan como cachorros a ladrarme cerca de la cabeza. Sobre todo Yuraimita, que en la emoción intenta atravesar su rubicunda cabeza por las aberturas de la reja.

- ¡Hola Yuraimita!!! – la saludo con un grito de pura emoción infantil.
- ¡Hola, Joseeee!!! – me responde Yuraima, la original bípeda y sin plumas, con idéntica emoción desde mis espaldas.

Me llevo un susto tremendo. Luego de superarlo casi se me cae la cara de la vergüenza. Pero ambas Yuraimas están tan distraídas en su propia alegría que ni siquiera se dan cuenta.

jueves, 12 de octubre de 2006

Robando a The Books



Y mientras las estatuas siguen sangrando verde
otros andan diciendo cosas mucho mejores
que las que nosotros nunca podremos decir.

lunes, 9 de octubre de 2006

Final 3D

Comenzaré ofreciendo disculpas. Por hablar de política cuando tan podridos andamos de ella y cuando ella tan podrida está. Por atreverme a dar mi opinión sobre un tema al que suelo escurrirle el bulto. Me disculparé de antemano por la pasión. Por las metáforas. Por no ser ecuánime y razonable como aconseja la intelectualidad. Por no hablar con ese tono y esa sabiduría que blanden magistralmente aquellos elevados que –como dicen los españoles- saben cagar más arriba del culo.

Confesaré desde el estómago, y con toda la emotividad de la que algunos comedidos pretenderán hacerme sentir culpable, que siento a este país enfermo de cáncer. Venezuela es como un paciente con diagnóstico de tumor maligno y tenemos que intentar la vía quirúrgica. Sabemos, además, que operar no es sino el primer paso, que luego vendrá un durísimo proceso de quimioterapia con todos sus efectos colaterales, puede que se requiera algo de radioterapia, tendremos que estar atentos a las metástasis. El 3 de diciembre es la fecha de la cirugía. Nosotros decidimos si nos sometemos al bisturí para sacarnos a Chávez o si decidimos dejar que las cosas sigan su curso natural.

Esto es una final, amigo, como la final del Mundial. Francia contra Italia. No me puedes decir que tú en la final le vas a Argentina porque Argentina no juega. No me puedes decir que a ti te gustaría que ganara Brasil, porque a Brasil lo eliminaron en octavos. La vaina es Italia contra Francia, punto, se acabó. Y si no te gustan ni Italia ni Francia, pues entonces puedes dejar en paz a quienes les gusta el fútbol, a los fanáticos a los que les duele la vaina de verdad. No veas el partido, inventa una parrilla, cómprate los DVDs quemados con la temporada completa de Sex and the City y te quedas encerrado en tu cuarto viéndole la melena a Sarah Jessica Parker.

Si te digo que hay que votar para el Balón de Oro, como mejor jugador del torneo, entre Cannavaro y Zidane, no me puedes decir que a ti te hubiera gustado que lo ganara Figo, o peor aún, un tipo que tuviera la sonrisa de Ronaldinho, con el físico de Beckham, con la magia de Maradona pero que además fuera africano porque el equipo que a ti te cae más simpático es Ghana. No me jodas, panita. Ese carajo no existe, ese tipo no juega. Entonces yo puedo tener dos lecturas de ti: o tú eres un provocador que lo que quiere es hincharme los cojones, o tú eres un ignorante que no aceptas que lo que te corresponde en este instante es quedarte callado porque al abrir la boca lo único que haces es meter la pata para el bochorno propio y ajeno.

Si tenemos que decidir en una final entre Rosales y Chávez no me puedes decir que a ti te parece que lo ideal sería tener de candidato a Mahatma Gandhi, que habría que resucitarlo primero, aunque lamentas un poco que sea tan calvo –que le vendría bien un bisoñé o un injerto capilar-, que te sabe mal que en vez de esa batola blanca sucia no se le ocurra ponerse un flux Armani y que, la verdad, a ti te parece que es como demasiado pendejote, demasiado pacifista, demasiado conciliador, qué le faltan como bolas al flaco ese. Tu candidato súper Gandhi no está en las elecciones, hermanazo, lamento decirte, no tiene ninguna marcha organizada ni plan de gobierno, no lo encontrarás en el tarjetón, nadie lo inscribió en el CNE.

Nos queda votar por uno o por otro. Chávez contra Rosales. Esa es la final. O no votar porque ninguno de ellos te parece que esté a tu altura como elector. Si optas por esto último te recuerdo que en esta final sí que está jugando Venezuela. Esta es la única final del mundial en la que sí nos la estamos jugando, y donde tú defiendes o metes los goles.

Si votas por Chávez ya sabes de qué se trata. Ya sabes cómo son los colores, ya te sabes el discurso y las mañas, ya viste los logros que es capaz de alcanzar en 8 años de gestión, ya sabes para qué sirve el petróleo con sus precios de escándalo, ya sabes para lo que sirve la chequera del presidente cuyos depósitos nos pertenecen a todos los venezolanos. Ya sabes que será más de lo mismo, la misma mierda pero más abundante, a pesar de que él mismo se considere el candidato del bloque del cambio (¿el cambio con respecto a qué, más o menos, acaso este Señor no se ha dado cuenta de que el gobierno desde hace casi una década es el de él?).

Si votas por Rosales prepárate porque con la cirugía apenas comienza la terapia, apenas te sacaste el tumor, falta el tratamiento completo con sus picos y valles; pero acabas de dar el primer paso necesario para curarte. Quizás después de la quimioterapia, de la radioterapia, de las subsiguientes operaciones, quede un cuerpo sano capaz de aguantar decenas de años más. Y un espíritu fortificado capaz de caerse a coñazos dignamente contra lo que se venga.

Yo no creo que la solución para nuestro cáncer sea salir de Chávez y allí se acaba el mal. Pero sacar a Chávez es indispensable para prepararse a vencer la enfermedad. Creo que sacar a un milico violento, bruto y malandro a cambio de un civil que tiene una gestión respetable como gobernador del Zulia es una ganancia indiscutible. Sólo con eso a mí me basta, ya se me inclina la balanza a favor de uno.

Créanme que de ganar Rosales -cosa que yo, optimista e ingenuamente, considero factible si somos lo suficientemente aguerridos e inteligentes a la hora de defender nuestros votos y hacer que se respeten nuestros derechos-, al día siguiente de su proclamación pasaré a formar parte de la oposición. Seré tan fuerte criticando a Rosales y a su gobierno si lo hacen mal como lo hago con el nefasto Hugo y su abominable fascismo de pseudo-izquierda.

Pero ahora, a lo primero -sin medianías, ponderaciones ni altísimas elucubraciones que en estos momentos de la chiquita tan poco aplican-: a operarse el tumor duela lo que duela antes de que sea demasiado tarde.

jueves, 5 de octubre de 2006

¡Tú e bel!


- Mira, papá… eh… ¿cómo se le dice aquí a un jeva que tiene los ojos bonitos? –me pregunta Richard justo en el momento en que la mesonera belga le pone en frente el octavo plato de pasta boloñesa que se come en este viaje.
- Bueno, panita… a ver… le puedes decir: “Vouz avez tres beaux yeaux”.
- ¡Velcia, apá… eso está muy pelúo! ¿No te sabes otra más fácil?
- Bueno, Richita, güevón, dile entonces más bien: “Tu es belle”, que significa “Eres bella” o “Tu es jolie”, que es como decirle “Eres bonita”.
- Ah bueno, esa sí va: “Tú é bel!” y “Tú e yolí”. Más nada, papá – dice Richard y practica una y otra vez en voz alta lo recién aprendido para el jolgorio de los comensales del restaurante.

Transcurrieron un par de semanas más en Bruselas, en las que honestamente nos pasó de todo. Casi se muere Emil, el camarógrafo, con una intoxicación por una sopa de salmón que lo hacía vomitar como Linda Blair en El Exorcista; pero en vez de verdes los chorros eran rosáceos y con tropezones de pescado. Y solamente la valentía de Richita, con el suéter arremangado más arriba de los antebrazos, provisto de un balde con agua caliente, jabón líquido, un cepillo, varias toallas, le echó piernas al asunto, haciendo un cuenco con las manos se metió de cabeza en aquella marea rosada de salmón y bilis y, mientras nosotros arqueábamos a un costado del camino, como torpes espectadores, Richita se hizo cargo. Limpió el carrito de alquiler mientras nos aguantaba la frente para que vomitáramos sin mancharnos la ropa y nos daba a beber sorbos de Coca Cola con limón.

Pero también por culpa de Richita casi nos mata el equipo completo de hockey sobre hielo de Bruselas porque la novia del centrodelantero –o como se llame el que mete los goles en hockey- era la que atendía en la venta de salchichas frente al hotel y Richita se le recostaba en el mostrador a declamarle a todo volumen todo aquello que se sabía en francés: “Tú e Bel, tú eres trés yolí, mamita”. Ella sonreía tímidamente. Y después de media hora de acoso nos dimos cuenta de que el novio de la chica estaba también en el local, oculto detrás de una nevera, llamando por celular a todos sus amigotes para que se vinieran con bates, cadenas, cabillas y pistolas de perdigones a dejar bien clarito quiénes eran los gallos del patio. Corrimos, sí, cobardemente; pero de no haber huido no habría quién les contara ésta.

Sin embargo Richard nos sacó del foso aquella noche en Amsterdam, luego de un encuentro del tercer tipo con una cosa que tomamos en el Kandisnky Coffee Shop. Una breve estadía en los infiernos en la que nos pasamos toda una madrugada perdidos en el laberinto kafkiano de una ciudad malandrísima que se encargó de escondernos el carro, de hacernos caer una y otra vez en el barrio de los yonquis y de mostrarnos su cara más espeluznante.

Pero ese es otro cuento, el cuento es que durante 15 días al soundtrack urbano de Bruselas, junto a las cornetas de los carros, a los gritos de los vendedores ambulantes, al techno que salía disparado a todo volumen y por igual de las tiendas de discos, de cómics o de ropa, se incorporó la voz de Richard que iba disparando a diestra y siniestra su “Tu e bel” y su “Tu es tres yolí”, paso a paso, por puentes, calles empedradas, en la mitad de la autopista, a flacas, gordas, chiquilinas, gigantonas, diosas multicolores, monstruos del averno y cuidado si también en medio de esa confusión a más de un andrógino de cabellos lacios y ademanes afectados.

El día en que nos íbamos ya de ese viaje -que realmente estuvo enmarcado en el género fantástico por miles de otras razones que ahora no vienen al caso- nos quedamos con dinero sólo para pagar el taxi y tomarnos un café per cápita en el aeropuerto. No teníamos dinero ni para pagar el exceso de equipaje, éramos 4 con 14 piezas: monitores, luces, cargadores de baterías, trípodes, cámaras, etc. Nos atiende en el mostrador de Lufthansa una rubia cuarentona, guapa, con los ojos de un azul metálico imposible, pero que se le veía a la legua que mínimo era hija de uno de los nazis más pesados de la SS. Una mujer de hierro de esas que uno teme que si se atreven a sonreír se les parte la cara en trozos o en vez de risa lo que les sale es un gruñido. La rubia inconmovible nos dice en un inglés huesudo con marcadas aristas germánicas que son 225 euros por exceso de equipaje y que si pensamos pagarr en cash o en tarrjeta crrédito. Nos ponemos a negociar con ella, le decimos la verdad, que nos hemos quedado sin un centavo, que somos unos sobrevivientes que casi nos morimos en este viaje, que por favor nos deje montarnos en ese avión y si quiere nos comprometemos a no volver nunca más. Pero la rubia disfruta su momento de poder, nos pide que nos apartemos, que retiremos las maletas, que no hay manera alguna en la que podamos abordar ese avión. Yo insisto, estoy a punto de sacar todas mis tarjetas de crédito a ver si con la sumatoria de todos sus bolivaritos llego por lo menos a los 200 euros. Y no me fijo que Richita ha abandonado su lugar junto a los equipos y como un gato nocturno se cuela tras mis espaldas y le suelta a la gendarme de la SS camuflada con el uniforme de azafata de Lufthansa: “Tú e bel!”. Y yo pensé en ese instante: “Nos jodimos, mi pana, no sólo nos dejaron en Bruselas en medio del invierno sino que además vamos presos”. Y la rubia atónita le dice a Richard: “Excuse me, sir?!”. A lo que Richard responde, señalándose sus propios ojos y luego con el dedo apuntando a los de ella: “Tus ojos… son trés yolís”.

Y, aunque Ud. no me crea, aunque yo mismo no me lo crea todavía, la mujer sonrió. No sólo sonrió, sino que se sonrojó. Se puso coloradita, le brillaron los ojos, le dio un ataque de timidez coqueta, regresó a los 15 años en un nanosegundo y le dijo a Richard con todo candor: “Merci beaucoup, monsieur”.

A lo que agregó en español castizo: “Daos prisa que vais con retardo”. Tomó pasaportes y maletas, no cobró un céntimo. Nos despidió con deseos de buen viaje y sonrisas. Especialmente para Richard.

- Coño, Richita, tú sí eres candela, mi pana. Qué maravilla, de la que nos salvaste –le comento ya en el interior de la oruga rumbo a abordar el avión.
- Claro, Jose… es que tú tienes que pedirla, papá, pedirla siempre. Porque tú no sabes cuándo te la van a dar.

martes, 3 de octubre de 2006

Aquí voy y vuelvo
bañado por la marea
con todo el sol del mediodía fundiéndose sobre la cara
mecido por las olas
de esta playa tan próxima
tan imposible

Lavado por el mar
solos, hechos una masa,
el sol, la playa, yo.
Como en un verano infinito.
Abandonado al capricho de las aguas
abandonado al juego de sus gotas
entregado al espectro de sus reflejos

Por siempre de cara al sol
Flotando sobre las aguas
rendido al borde de la orilla
acunado por la marea
mecido por las olas
que se negaron a soltarme
tan pero tan cerca de esta arena
a la que nunca llegué.