lunes, 29 de enero de 2007

Chupones de luna


Cuando los astronautas llegaron a la luna en 1969 a mí me faltaban años para llegar a la Tierra. Y, sin embargo, guardo conmigo memorias familiares de esa época.

Mi hermana usaba chupón y mis padres consideraban que ya era tiempo de quitárselo antes de que se volaran los dientes y se hiciera imperiosa una temprana y costosa ortodoncia. Decidieron, con todo el cuento de los astronautas viajando a luna en el Apolo 11, que buena estrategia sería colocar el chupón sobre el televisor justo en el momento del despegue del cohete.

- Y, mira Negrita, los astronautas se van a llevar para la luna tu chupón. Mira qué bonito el cohete, dile chao astronautas así con la manito, dile ¡chao mi chupón buen viaje a la luna!

Y en eso mi hermana se habrá distraído, se habrá quedado con la boca abierta viendo como esos tres astronautas se llevaban en el Apolo 11 su chupón para la luna, bastaría un veloz movimiento de manos de mamá, una risotada de distracción de mi hermana mayor, una tos nerviosa de papá y ¡raz! la suculenta bombillita de hule que tan bien se le acomodaba entre lengua y paladar desapareció rumbo al espacio exterior.

Imagino, apenas unas horas antes, una escena familiar en la casa de los Collins. Me imagino a la hijita de Michael Collins (el tercero y más gris de los tripulantes del Apolo 11) pedirle a su papá antes de salir de casa un recuerdito de la luna. Y a Collins se le habrá vuelto un nudo el esófago, habrá pensado “No, hija, no podré. Resulta que yo soy el que se queda en la nave. Yo soy el que viaja pero no se toma la foto. Resulta que los protagonistas son Armstrong y Aldrin, yo soy el actor de reparto del que casi nadie se acordará nunca. Yo soy como un chofer que da vueltas en la máquina mientras los otros dicen frases para la historia, ponen la bandera, filman la película, recogen piedras lunares y vestigios de cometas”. Pero en cambio, papá al fin, le dijo a su muchachita: “Claro, hija, te prometo que te traigo algo bonito”. Tragó grueso, se le sudaron las manos, salió para la luna.

Y justo en el instante en el que Armstrong decía al alunizar su “un pequeño paso para un hombre pero un gran paso para la humanidad”, mientras Aldrin se aseguraba de que al momento de enfocar en el reflejo de la escafandra de su colega saliera rebotada su propia imagen, allí andaba Collins sentado tras el volante de la cápsula Columbia, pendiente de los botones, de los bombillos, de las agujas, de garantizarle a Houston que we don´t have a problem; pero sobre todo pendiente de no quedarle mal a la hija. Y dado que Collins nació en Roma –su padre trabajaba en Italia al momento de su nacimiento-, y algo de romano tendría, me imagino que la sangre latina se le alborotó y habrá dicho en un momento explosivo: “No sea marico nadie, yo no me vine tan lejos para irme con las manos vacías”.

Seguro que dio entonces un giro a la nave, se habrá cerciorado de que Armstrong y Aldrin estaban demasiado ocupados en quedarle bien a la historia, alunizó la cápsula detrás del Mar de No-Sé-Quién. Se bajó rapidito, saltó dos o tres veces, y a sabiendas de que nadie lo miraba bailoteó, celebró él solito como si hubiera metido un golazo, tomó una piedra pequeña pero especialísima, la más entrañable que encontró en el camino, subió de nuevo a la cápsula y se fue a recoger a los otros dos. De vuelta a la Tierra. Resignado al segundo plano de todas las fotos y entrevistas, asumido como el menos héroe de los héroes.

Me imagino a Collins llegando por fin a su casa, un beso a la mujer, una carantoña al perro que le mueve la cola como aspas de ventilador, un abrazo de tres vueltas a la hijita. Se habrá metido la mano en el bolsillo, habrá encerrado su contenido en un puño con toda la silenciosa complicidad del universo. Y –para su propia sorpresa- cuando abrió la mano para entregarle el souvenir a su chiquita, además de la piedra lunar, tendría también sobre la palma un misterioso chupón.


lunes, 22 de enero de 2007

Melancorrilla

Roberto Bolaño en Nocturno de Chile menciona algunas anotaciones fantásticas del filósofo Friedrich von Schelling. Llevaba el registro Schelling de una serie de experimentos de neurocirugía para controlar la melancolía, intervenciones en donde al paciente se le seccionaban las fibras nerviosas que unen el tálamo a la corteza cerebral del lóbulo frontal.

Se me ocurre pensar que, luego de cada cirugía, el jugo de la nostalgia, esa esencia misma de la melancolía fresca recién exprimida, quedaría atrapado en pequeños frascos de cristal como peligrosos perfumes. Acaso los trocitos mutilados servirían como semillas que se acomodarían entre algodones húmedos en germinadores. O quizás como gases fluorescentes, diminutos tornados encerrados dentro de esferas de vidrio.

Se me antoja, también, que esa materia con la que se hacen los recuerdos aún debe estar viva. Que a lo mejor si armamos una brigada imposible llegaremos hasta el estante donde aún pululan esos gases, donde los germinadores muestran ya sus retoños, donde los perfumes aguardan por ser destapados y olidos.

Regresaremos con todo ello, para convertirnos en los guerrilleros más nobles y absurdos jamás. Para que en cada atentado caiga una semilla de tálamo en tu desayuno; una gota de corteza cerebral en cada sorbo de café negro; para que por las noches se te hinchen las fosas nasales con el despiadado aroma de la melancolía.

Y te darán entonces ganas de hacerte chiquito, jugar de nuevo pelota, nadar en el río, leerte todo eso bueno para lo que nunca tienes tiempo por ser tan importante, ganas de escuchar más y hablar menos, de bajarte de ese pedestal de mierda en el que te has -y te tienen- encaramado, desde el que te has hecho tan adicto a los aduladores para que puedas jurarte un astro, un cometa, un protagonista, un salvador. Ganas enormes de volverte a casa a pie y en silencio. Volver para ser –sencilla y llanamente- un buen hombre, qué vaya que ya es bastante.

miércoles, 17 de enero de 2007

Señales extrañas I


1)
Un oso polar remonta un glaciar, el mismo que durante milenios ha sido recorrido cada invierno por sus antepasados; pero el calentamiento global ha descongelado el Ártico, se resquebraja el suelo bajo sus patas, cae el animal, acaba malherido sobre un témpano. Y por primera vez en la historia, al menos que se tenga noticia, son las focas quienes devoran a su depredador natural. Focas hambrientas que como buitres se lanzan a un festín donde se descubren como nuevas comensales sin haber sido invitadas, sin importarles todo aquel cuento de la cadena alimenticia y el equilibrio ecológico.

2) En el zoológico de San Francisco dos pingüinos machos compartieron acuario durante años. Quiso el destino que los científicos integraran a una hembra. Tony era homosexual convencido, su amado amigo, por lo visto, no lo era. Se enamoró el otro pingüino de la hembra y Tony se quedó por fuera, triste cautivo, voyeur de un espectáculo que no deseaba presenciar. Se entregó a la muerte, deprimido, no hubo fuerza en este mundo que lo convenciera de alimentarse nunca más.

3)
Conocí el otro día a una chica, amiga de la infancia de un colega. Hace una semana se iba a casar. Ya no. El novio decidió no hacerlo, y además decidió decirle toda la verdad: “Es que no puedo, porque soy de Urano. Y muy pronto me van a venir a rescatar”. Ella está triste, pero comprende. Menos mal que le avisó.

4)
Más de 500 muertes violentas hubo en este país solamente en el pasado diciembre. La mayoría por arma de fuego, el resto por arma blanca. Lo bueno es que este año -ya está todo dispuesto- se fabricarán las primeras pistolas Made In Venezuela. Ya era hora, de verdad que es nuestra mayor carencia nacional. Por las balas ni nos preocupemos porque esas sí que las hacíamos ya desde hace rato. Y hay de sobra.

5)
Johnny Walker decidió que la mejor manera de venderle whisky a los latinoamericanos es con un androide que habla como recitara fragmentos de “¿Y quién se ha comido mi queso?”.

6)
Le comento a un conocido: “Me pareció verte el otro día a lo lejos, ibas en un Corsa dorado cerca de El Cafetal”. Me responde inmediatamente: “No, ése no era yo”. Hace una larga pausa, pensativo, casi un minuto, y completa: “Aunque bien podría haber sido yo, porque vivo por El Cafetal. Pero yo no diría que mi Corsa es dorado… más bien es color champán”. A partir de allí nos comunicamos por señas. Y estrictamente lo necesario.

7)
El carnaval pasado presencié una partida de futbolito callejera. En el equipo donde Batman arqueaba los defensas eran dos hermanitos disfrazados de Chávez (no de presidente sino cuando llevaba el look golpista). El goleador del equipo contrario, un retaquito de acaso un metro, lucía su impecable disfraz de miniHitler. Tenía una zurda prodigiosa con la que pateaba mientras con la mano derecha se sostenía el bigotito.
Tengo miedo de imaginar qué nos traerá la nueva partida, un año después.

lunes, 15 de enero de 2007

Juan, el recurrente


Tengo varios días soñando con Juan, un tipo a quien no conozco.

El sueño de Juan es recurrente, ocurre siempre en el mismo lugar aunque los actores de reparto no son siempre los mismos. La situación y el desenlace sí.

Estoy caminando por un lugar gigantesco hecho de concreto y cristal. Algo como un estadio desierto, quizás sea el Helicoide o el Poliedro. De esos lugares que uno siempre imagina atestados de gente pero que cuando se nos aparecen vacíos están investidos de un pánico especial. Hombres armados vestidos de verde oliva custodian el edificio. En el sueño sólo se me está permitido caminar por el pasillo y entrar a tres salones. En el primero hay niños, como si se tratara de una guardería; juegan, hay una parrillera con salchichas y carne para hamburguesas. Los niños comen perrocalientes, cantan, gritan, corren, se pelean, muerden hamburguesas y beben refrescos. Hace calor y se está llenando todo de humo y de olor a carne quemada; pero los niños son felices. Salgo de allí. En el segundo salón hay un despliegue espléndido de ensaladas de colores, los tomates son de un rojo ofensivo, el verde de las lechugas es radioactivo, hay pastas con infinidad de salsas, bandejas metálicas con mariscos, langostinos, cangrejos y langostas del tamaño de gatos. No hay comensales, excepto uno al fondo de la barra, un gordito calvo a la distancia que no logro ver bien –y tampoco me interesa-, y hay una señora vestida de negro que es la encargada de servir. No le veo la cara, está tapada por un largo mechón de cabellos oscuros, apenas se le ven las largas uñas pintadas de negro aferrar con crueldad el metal de la cuchara limpia. Tengo hambre, pero no quiero entrar, me parece sospechoso que algo que pinta tan bien esté tan vacío. Y no me gusta la mujer, parece una bruja. Me asomo al tercer salón. Está lleno de gente, empleados de oficina, enfermos, médicos, también algunos amigos a los que tengo tiempo sin ver. Las mesas son blancas, los cubiertos plásticos, los vasos desechables, las señoras que sirven son enfermeras portando gorros y tapabocas, vestidas de azul celeste, verde claro o blanco. Hay que entrecerrar los ojos para que el reflejo no castigue el iris. Huele a repollos hervidos, a coliflor blando y brócoli pálido, a consomé con gruesas burbujas de grasa, a gelatina floja sabor a fresa, a jugo de patilla pasada o lechosa madura, pollo a la plancha y arroz blanco. Pienso: “ni de vaina, es comida de enfermo”. Regreso al segundo comedor, tomo un plato y antes de que logre hablar con la bruja de negro para que me sirva, veo con el rabillo del ojo que el gordito calvo que estaba al final de la barra, a decenas de metros, se viene levitando hacia mí con velocidad de vértigo, vuela hasta ponerse a mi costado tocando codo con codo. Le veo el perfil, gordo, cincuentón, pelo cano y de punta, calvicie agresiva que le gana casi la totalidad de la cabeza. Sonríe y voltea. Y cuando me ofrece el perfil oculto le veo las carnes abiertas, venas palpitantes, sangre fresca, el hueso mellado. Como si lo hubiera recién atropellado una gandola. Mejor, como si se lo hubiera masticado un dinosaurio. Y no sé por qué, pero lo sé: es Juan. Preso del pánico, con un miedo infantil como si fuera un niño de 5 años retrocedo de espaldas –Freud llama a ese miedo die heimmlich, algo así como “lo siniestro”- salgo del comedor sin dejar de clavarle la vista a Juan. Juan tampoco deja de clavarme su sonrisa a lo Barón Ashler. Acabo sentado entre los niños comiendo hamburguesas, perrocalientes y sorbiendo refrescos de colores.

Hace un par de días una colega me presentó ante los asistentes a un curso: “Y él es Juan”. Yo me apresuré en corregir: “No, perdona, yo me llamo José”. Al final de la sesión me despidió a la distancia: “Chao, Juan, hasta el próximo jueves”. Otros se sumaron en coro: “Hasta la próxima, Juan”. Camino al auto, aún con el mal sabor por la confusión de nombres, me encontré con un antiguo estudiante: “Profesor Juan, cuánto tiempo”, me saludó con amplia sonrisa. Yo dije: quédate tranquilo, estás oyendo mal, duermes poco y tenso, la fatiga te juega una pasada. No respondí, seguí de largo.

Esta mañana el vigilante que cuida el estacionamiento me saludó: “Epale, Juan, no te había visto, hermanazo, feliz año”. Y sobre mi escritorio me esperaba un sobre con un estado de cuenta de mi tarjeta de crédito. Señor Juan Urriola, decía en negritas al otro lado del plástico transparente.

En cualquier momento, estoy comenzando a intuirlo, me llevará por delante un camión o mejor aún me morderá un dinosaurio. Imagino que envejeceré unos treinta años en pleno susto, perderé el pelo y el poco que quede en pie será descolorido y de punta. Ah, y se me inflará la barriga. Coño, pero en el fondo estoy contento, porque esta noche no me sale comida chatarra para carajitos. Que me tiene harto. Y esta noche, también, aprovecho y le pregunto a ese tal José por qué carajos sale tan asustado del comedor, aterrorizado y de espaldas, cada vez que me ve. Si yo lo que hago es sonreírle… y además ni siquiera lo conozco.

lunes, 8 de enero de 2007

El pana Tureco


Tal día como hoy, hace doce años, llegó a casa el pana Tureco. Llegó justo una semana después de que murió el viejo. No llegó a llenar un vacío imposible de colmar, llegó para ocupar un espacio que no sabíamos que nos hacía tantísima falta.

Especie de enano peludo gruñón de lengua azulada, huracán encerrado en un cuerpo de peluche. Nos robó el corazón apenas lo vimos en su papel de osezno mordiendo la hierba. Ese mismo día se cagó detrás del televisor. No fue una malacrianza, no fue por tonto, fue por ingenuo. Estoy seguro que Mitsu, el gato negro que ya habitaba en casa desde hacía tres años, le asesoró mal: “chamo, si tienes ganas de vaciar la tripa es allí en el rinconcito oscuro detrás de la tele. Dale fuerte”. Y el pobre Tureco conoció el periódico ese día. Para que nunca más en la vida fuera necesario volvérselo a enseñar.

Se quedaba dormido el tipo sobre mis zapatos talla 40, y sobraban varios centímetros de punta y talón. Gruñía cuando uno lo alzaba, o cuando uno lo acariciaba por la espalda sin que él viese venir la mano. Pelaba los dientes ante cada regaño, y se quedaba minutos mascullando la rabia y la impotencia cuando consideraba injusta la reprimenda; que era siempre. El médico, en la primera cita para las vacunas, me dijo: “Coño, chamo, ¿y por qué no te asesoraste bien? ¡Estos perros son un peligro, vas a tener que mariconearlo a ver si se le ablanda el carácter a punta de cariño!” Y Tureco, a sus tiernos dos meses, a pesar de su apariencia de osito felpudo y de contar sólo con dientes de leche, le tiró un mordisco antológico que demarcó desde ese instante su absoluto desprecio y eterna tirria a la raza de los veterinarios.

Tureco se llamó así en honor al perro de Juan Hilario, un flaco callejero y pulgoso –el perro, no Juan Hilario- que fue el único capaz de ahuyentar al Silbón. Se dice que Juan Hilario venía de regreso al rancho, que la noche llanera lo alcanzaba, que estaba en medio de la hora del burro donde todos los colores se hacen grises, blancos y negros. Y entonces Juan Hilario, con su fiel Tureco atrás, oyó el silbido fatal a la distancia. Y cuando el Silbón se oye de lejos es porque está cerca, es porque el machetazo tumba cabezas está a punto de precipitarse. Así que Juan Hilario se encomendó a la virgen de Coromoto, rezó lo que sabía y se le hizo un nudo de trapo la garganta cuando los cuatro metros de pierna del aparecido se le vinieron encima. Fue entonces cuando dijo, más por cagado que por guerrero, un grito de ataque que tantos llaneros han vuelto a decir tantas veces más a sus perros: ¡Cuje, Tureco! Y Cuje Tureco es como un detonador, un trozo de sodio que se deja caer en ese líquido que compone el alma de todo Tureco. Porque allí todo Tureco se hace matar, salta a pelar los dientes, a lanzar mordiscos, a comerse a la aplanadora que se le viene encima. El Silbón salió corriendo, Juan Hilario se salvó. El primer mortal que se salva del Silbón y todo gracias al perro. No es poca cosa, claro que no. Tureco se dio por servido porque esa noche le dieron el doble de ración de sobras de la mesa, le dieron el doble de coscorrones amistosos, lo dejaron caminar una par de pasos más cerca. Los Turecos piden poco a cambio de darte todo. Los Turecos no se dejan adoptar por nadie, son ellos quienes escogen con quién estar y por cuánto quedarse.

Tureco, el mío –aunque él diría, de poder escribir, que quien era suyo fui yo- fue un gran perro. Un caballero. No lo digo por repetir el lugar común; hay perros ruines, cobardes, perros indignos, mezquinos y traicioneros. Los perros son tan nobles o tan despreciables como los hombres. Era un perro orgulloso, Chow Chow de raza (dicen que esa lengua morada oscura típica, a veces azulada, se debe a que en tiempos inmemoriales sus ancestros se dedicaron a lamer la bóveda celeste, tanto le dieron las lenguas a la cúpula oscura de la noche que le desprendieron trocitos negros. Por eso las lenguas se les curtieron de negro; y es por eso que a los Chow Chow les debemos las estrellas). Le gustaba andar solo y jamás aceptó la cadena ni el bozal. Paseaba a mi lado y de pronto, en un acceso de autonomía, salía corriendo calle abajo, cruzaba patios, calles, columpios, cerros, raíces, tumbas, cascadas, cloacas, sembradíos. Volvía arrastrando restos de todo eso, volvía cuando le daba la gana, o cuando se me estaba ya haciendo afónico de tanta angustia el silbido.

Podría jurar que volvía con una sonrisa. Tureco era sonreidor.

Se sentaba a mi lado y con sus ojos pardo triste me contaba de todo ese mundo maravilloso que él sabía que estaba afuera. De perras altas y hermosas que lloraban por él -y por quien él lloraba- al otro lado de la reja. De perros rivales con quienes se batió a duelo sin distingo de tamaño ni raza. De jardines y pantanos, de flores y cadáveres. De un universo de imágenes y aromas que sólo entendíamos él y yo. Sosteníamos unas conversaciones fenomenales. Tenía un tino impresionante para saber cuándo quedarse y cuándo guardar distancia. Cuándo dejarme a solas royendo mi mal humor, cuándo compartir un combate entre hermanos, cuándo cambiarme la mueca de ansiedad por una risotada. Fue el amigo más prudente y ocurrente que he tenido jamás. Sin duda, el mejor interlocutor que alguien se pueda gastar. Hablamos mucho de planes y amores, de instantes perdidos, de la gente que fuimos y en la que nos estábamos convirtiendo. De quedarse y de irse. De los que llegan y de los que ya no están. Nos pelamos los dientes mutuamente, nos ofendíamos y nos volvíamos a reconciliar. Escuchábamos música y jamás se quejó porque repitiéramos mucho la misma canción.

El día que me despedí de Tureco él ya tenía un diagnóstico de tumor detrás de la oreja izquierda. La cirugía y la recuperación serían terriblemente dolorosas así que optamos por no intervenir. Fui a casa y me senté junto a él en el mismo sitio del patio donde acostumbramos durante nueve años. Le dije que me iba, que a lo mejor no nos veíamos más. Coño, claro, que lo iba a extrañar y que lo quería que jode. Por toda respuesta me recostó la cabezota descomunal contra el pecho, con sus decenas de kilos recostadas contra el corazón. Y allí se quedó por una larga media hora que yo recordaré la vida entera.

Pasado un año de esa despedida recibí un mail de mamá titulado: “Tristeza en el jardín”. Y antes de abrirlo supe bien de qué se trataba. Esa noche bebí y hablé solo, me asomé a ese lugar horrible donde se descubre lo que se siente perder a un hijo, a un hermano, a un amigo.

Porque los amigos también pueden ser bolas de pelo con un huracán encerrado adentro, se pueden parecer a osos felpudos que te caben en la suela del zapato. Unos tipos que dicen mucho sin arruinarlo todo con palabras. Y que, ojalá, en medio de todo este disparate, a Dios se le haya ocurrido hacerles un cielo a ellos.