
Fue exactamente por estas fechas, una tarde a mediados de abril. El invierno se había prolongado bastante más de lo deseado y los días transcurrían con una somnolencia tristona, en perenne luz de 6 de la tarde, como si nunca hubiera terminado de amanecer o como si desde las 9 de la mañana ya el día estuviera condenado a un lento ocaso. Pero aquella tarde salió el sol. Ese día apareció fugazmente, y sólo por un día, la primavera. Y yo era feliz, sencillamente porque el cielo volvía a ser azul y porque la luz de sol calentaba. Parece mentira que dos cosas tan simples sean el detonante para hacerte salir de casa con una honesta sonrisota. Y así salí, rumbo a clases, con mi morral a la espalda, mis lentes de sol y mis audífonos a todo volumen. Escuchaba Interpol o Bloc Party, quizás a los Pixies –no me acuerdo y creo que no importa-, pero seguro que era alguna de esas bandas luminosas que cuando las escuchas te sientes caminar a 3 ó 4 centímetros del suelo.
La casa de la convalecencia del Hospital Sant Pau –donde recibía clases- me quedaba a unos veinte minutos andando. Escogí tomar la vía que sube por Sardenya hasta Sagrada Familia y de allí directo por el Paseo Gaudí. Tomé esa ruta a pesar de que detestaba la Calle Sardenya: fea, ruidosa, con autos y motos que embisten a los peatones y que suelen desarrollar velocidades de vértigo a pesar de que hay un semáforo cada cincuenta metros. Pero nada podría afectar mi buen humor ese día.
Llego a la temible esquina de Sardenya con Diputación. El semáforo de peatones en rojo. Me detengo con las manos aferradas a las tiras acolchadas del morral, me le quedo mirando a los balcones, bailoteo al ritmo de la música, es probable que estuviera cantando en voz alta. Y en eso aparece la viejita. Una viejita como una pasa de uva blanca disecada. Más de ochenta años, bastón de esos que se abre en tres patas cubiertas de goma gris. Con suma dificultad se acomoda a mi lado y se ancla contra el borde de la acera. La saludo con un movimiento de cabeza y una sonrisa. Se me queda viendo con expresión catalana de “¡Jóvenes sudacas, no sé qué motivos encontráis para sonreír pues a mí no me da risa nada!”. Doy un pasito al costado porque se me ocurre que de un momento a otro me puede gruñir.
Largos segundos de tenso silencio se imponen. El semáforo de peatones está a punto de cambiar a verde, el de los autos está a instantes de pasar a amarillo, acelera una moto que no quiere ser pillada por la luz roja. Suena el motor, se revoluciona la máquina, la viejita y yo nos quedamos viendo a ese motorizado que se viene embalado como un búfalo rabioso bajando a más de 100 KPH. Tiene una maleta en la parte de atrás, de esas maletas típicas de vinilo que traen las motos. Cae en un bache, la moto rebota y la maleta se desprende. La motocicleta sigue en línea recta pero la maleta ha cogido un desvío y se viene botando hacia nosotros. Se nos viene encima la maleta como un bólido, sacando chispas contra el asfalto, raspando la calle. Yo pienso en un nanosegundo: “Coño, esa vaina como que viene derechito para acá”. Y salto un par de metros hacia la izquierda, me pongo a salvo. Pero entonces giro la cabeza y veo que la viejita está justo en el mero centro del vector en cuyo sentido viene volando la valija. “Mierda, la maleta se va a llevar a la vieja”. El héroe absurdo que llevo por dentro me grita: “Sálvala, sáltale encima, llévatela en un tackle como si fueras un jugador de fútbol americano”. Casi me imagino los titulares en La Vanguardia de mañana: “Valiente estudiante venezolano arriesga el pellejo para salvar a dulce anciana catalana”. Pero el cobarde con instintos de supervivencia que habita en mí me frena: “Pinga, chamo, esa vaina viene como a 200 kilómetros por hora, debe pesar como 50 kilos, nos va a matar a los dos”. Miro angustiado a mi compañera de acera, la veo temblar con su bastoncito, sus ojitos detrás de los lentes oscuros se transforman en dos trazos de pánico. Lo siento, doña, pero yo estoy muy joven y con muchas ganas de vivir; yo como que me reservo mi heroicidad para otra ocasión. Ya la vida me dará otras oportunidades, digo. Además, nadie me garantizaba que si salvo a la vieja no me fuera después a acusar de ser un pandillero de los Latin King que se le abalanzó encima para violarla. Respiro hondo, miro por última vez la maleta, giro fugaz de cuello para ver a su blanco octogenario. Está a punto de ocurrir lo inevitable…
Y en eso, loco, ocurrió algo glorioso. La viejita ha apelado a sus últimas fuerzas vitales, rasguñó el último resquicio de instinto de supervivencia, se jugó la séptima de las vidas del gato. Cuando ya la maleta le mordía los tobillos como un pitbull cuadrado la viejita ha saltado como si fuera un personaje de The Matrix. Hizo un saltito apoyada en su bastón como Charlie Chaplin. Así en cámara lenta, con sus dos piernas que se alzaron como medio metro del suelo, taconearon los piecitos en el aire, sólo la siguió comunicando con la tierra su bastón de tres patas. La maleta asesina le pasó por debajo de la suelas, fue a dar contra la vitrina de una peluquería que hacía esquina y la volvió añicos. La anciana, en cambio, aterrizaba dignamente de pie como si fuera Nadia Comaneci después del salto de potro.
Me dieron unas ganas insólitas de aplaudir. Coño, de hacer la ola aunque fuera yo solo. De abrazarla, besarla, levantarla como si hubiéramos metido un gol. De pedirle a esa vieja que me echara la bendición y me adoptara como nieto. Qué cosa fantástica.
-¡Joder, colega, vaya hostia, que me he quedado sin vitrina, qué putada!-. Comentó el dueño de la peluquería mientras se amasaba los pelos cuidadosamente decolorados sólo en la punta.
-¡Coño, pero la viejita saltó, pana, saltó y se salvó!-. Exclamé yo extasiado. Y con eso, una vez más, me sentí el tipo más extraño en varios kilómetros a la redonda.
Todo volvió a la normalidad en pocos segundos. Los vecinos se recogieron a continuar la siesta, la viejecita cruzó la calle con su misma cara de piedra. Me volví a colgar los audífonos en las orejas, subí el volumen, retomé mi camino. Podría jurarles que esa tarde primaveral, en ese recorrido de veinte minutos, durante largos trechos me despegué del suelo varios centímetros y floté.