martes, 29 de mayo de 2007

Gustímetro


Soy adepto a las máquinas imposibles, es una costumbre que cultivo desde la infancia. Creo que la primera vez que se me ocurrió el gustímetro fue por culpa de una amiga en la temprana adolescencia. Llegamos a ese punto en que la amistad se fue haciendo otra cosa, en que traspasó esa delgada línea que probablemente todos algunas vez nos hayamos sentido tentados a cruzar. Me armé de valor y le dije en un recreo: “Me gustas, chama, me gustas un montón”. Y ella dijo: “Sí, tú también; pero no sé cuánto me gustes. No sé si sea suficiente”. Y allí, después del timbre, cuando iba vuelto un trapo húmedo subiendo las escaleras hacia el salón yo pensé: “a esta chica haría falta conectarla a un gustímetro: un aparato que me diga exactamente cuánto le gusto”. El gustímetro sería un gran aliado para desenmascarar a hipócritas. Un aparatito justiciero que te arroja en datos concretos eso abstracto que asoma Cerati en letras: “Ningún engaño te hace feliz”.

El gustímetro vendría a ser como un termómetro cuya escala va del 10 al -10. Cuando algo te fascina la aguja sube hasta el 8 o más. Cuando algo te deja indiferente se clava en 0. Cuando algo no te gusta los indicadores bajan de cero. Y cuando algo te hace daño de lo malo y lo estúpido se te va hacia el -10. Ah, y cuando te dicen una verdad a medias la aguja ronda el 5; porque como decía el poeta Machado: “Nunca digas media verdad, pues cuando digas la otra mitad, te dirán que mentiste dos veces”. Así que si el asunto está por la escala del 5, sospecha. Hay toda una mitad que no gusta, oculta, y cuando te enteres te dolerá el doble.

Es inevitable en estos tiempos que corren mostrarse indiferente ante el caso de RCTV. Confesaré que a mí RCTV, en lo personal, y con la honestidad que arrojaría una prueba del gustímetro, rondaría el 0 con oscilaciones hacia el negativo. Pero para Venevisión y para VTV tendría que pedir una extensión de la escala negativa -un gustímetro especial, mandado a hacer a mi medida-, porque el -10 se me quedaría corto. Insuficientísimo. A Meridiano TV le daría, en cambio, un 7, porque pocos canales del mundo te pasan un Barca-Madrid o una final de la Champions en señal abierta. Sólo por eso me aflojan de las manos el 10 (aunque pierden grados cuando transmiten el Ultimate Fighting, la gaceta hípica o los toros coleados).

Mi gustímetro me dejaría en evidencia en cosas que de seguro caerían mal a un gentío. Me reservo mis resultados en una medición de mis afectos por la escena musical criolla. Del cine de este patio mejor ni hablamos (no se salvarían más de tres). Tendría que confesar que soy heredero de una frase acuñada en la intimidad familiar por mi padre: “En este país hay grandes poetas y pintores, de resto, poca cosa”. Y sin embargo, aunque se me haga terriblemente duro encontrar mis héroes locales, aunque tenga que rasguñar durísimo para que asome uno que otro destello que de verdad me gane el espíritu, yo no quitaría un solo programa. No borraría un nombre. Yo no cometería, ni siquiera, un acto de fascismo familiar en el que le diga a los míos: “En esta casa no se permite ver ese canal”. Que alguien se tome esas atribuciones en niveles colectivos me parece asqueroso, ridículo, abominable (y de nuevo los adjetivos se me quedan cortos e insuficientes en el gustímetro).

Me he pasado la vida tratando por todos los medios posibles de construir un minúsculo espacio donde pueda hablar del cine que me apasiona, de las músicas que en mi canon particular marcarían más de 8, de esos escritores que si leyéramos más apuesto a que habitaríamos en un mundo menos mezquino, o de ese saquito de temas que en mi tan absurda como entrañable máquina-mide-gustos rondarían el 10. Y no pierdo las esperanzas. Sigo en ello. Porque sigo creyendo que mientras más canales haya, mientras más medios autónomos surjan y mientras más distintos sean entre sí, a lo mejor, algún día, yo logro colar un gol. En ese espectro -que hoy desgraciadamente parece cada vez menos posible- de centenares de canales nacionales de todas las tendencias y todos los colores, surgirá uno (aunque sea por ley de probabilidades) que me sacuda el gustímetro. Me lo mueva de verdad y en el mejor sentido.

Por más poderoso que uno sea no se puede someter a los demás a la dictadura del propio gustímetro. Aunque todos alguna vez hayamos acariciado la idea, y sí, en la fantasía nos gustaría. En la vida real nos podemos ganar que algunos nos manden a guardar el gustímetro en lo más profundo de la anatomía. Y bien hecho.

lunes, 28 de mayo de 2007

Macho


Se siente bien el casco sobre la cabeza, porque al menos así la tengo ocupada con algo. Me respira mejor el pecho cuando se sabe enfundado dentro del chaleco antibalas. Pocas cosas se sienten mejor que subir y bajar los dedos por la cacha de la pistola. Esa cosa dura, sólida, maciza, esa rigidez que tanto añoro. Me siento viril, poderoso, invencible. Casi ni necesito el escudo antimotines ni la visera para cubrirme los ojos. Casi y me atrevo a quitarme la máscara e inhalar un poquito del gas lacrimógeno que yo mismo rocío. Soy tan fuerte y valiente en esos instantes que estoy seguro que ni se me irritarían las mucosas. Pero soy más fuerte aún cuando el sargento da la orden, cuando por fin me dan permiso para cumplir con mi deber, cuando puedo disparar a mansalva a esa gente violenta que agita sus banderas y camisas. Cuando puedo barrer de un manguerazo a esos periodistas armados con sus cámaras y micrófonos y a esos imbéciles que gritan: “No disparen, estamos desarmados”. O mejor, a esas viejas histéricas que nos dicen cobardes. Yo creo que lo que se siente mejor es cuando por fin te le logras acercar, con gran esfuerzo y coraje, y agarras a una mujer para batuquearla halada por los pelos contra el piso. Y qué rico es patear con mis botas militares a un hombre desmayado sobre el suelo. Aunque quizás más rico sea hacerlo con ayuda de ocho pares de botas más ¿sabes? cuando somos más hombres.

Me siento bien en mi traje de milico; porque casi, por fin, se me olvida lo poquita cosa que soy. Y cuando me pongo mi disfraz de macho casi ni me acuerdo del otro traje. Del que llevo cuando me quedo solo y todos ya se han ido. Así desnudo, apenas con mis pantaleticas y mi pinturita de labios, con aquel vacío tan grande por dentro que me devora las entrañas y que necesito llenar con cualquier cosa. El cañón de mi arma de reglamento huele a oscuridad, a secreto. Voy cayendo rendido ante el sueño, con esas imágenes luminosas del macho que a veces soy.

sábado, 26 de mayo de 2007

Neutro


“La revolución necesita ser regada con la sangre de los traidores” decía la pared. No venía del pulso nervioso de un graffitero, no era la pintada presurosa que se hace con spray cuando quien raya se sabe amparado por las sombras. Era un mural, de esos que se hace a plena luz del día y durante varios días, donde las letras son de molde y la pared es pintada de blanco pulquérrimo antes de que la brocha más pequeña se encargue de colorear las letras de rojo intenso. Uno de esos murales que cuentan con el beneplácito y el financiamiento de la autoridad. Y la gente se pasea indiferente al lado de esa pared, “es que nosotros somos neutrales” dirán. Pero es mentira, una cosa es ser neutral y otra es quedarse en neutro.

Quedarse en neutro es no saber encajar ninguna velocidad. No vas hacia delante ni hacia atrás. A ti te llevan las pendientes según se inclinen. Cuando se está en neutro es inútil cualquier cholazo, esas revoluciones del motor son gruñidos de perro que no sabe morder, esa aceleración sólo sirve para quedarse estático. Es llegar siempre a la final del mundial e irle a los dos equipos. Es el síndrome del que se jura diferente porque lleva puesto un uniforme distinto. Estar en neutro es encontrar el centro donde nada ocurre ni sacude, nada te toca; es el equilibrio tan anhelado que sólo se rompe cuando algo externo nos empuja por la bajada y nos estrella al fondo. Estar en neutro es jurar vivir cuando se está muerto. Es el sueño del aburrido, que no sueña ni repara fuerzas, simplemente dormita de puro fastidio.

La metáfora del rojo rojito que resume estas horas tristes –pero donde por debajo de la tristeza se agita la ira soterrada- se recoge en este mural que le mancha la cara a Altagracia de Orituco. Muy cerca del mural sediento de sangre de traidores –grupo en el que me incluyo y se debería incluir cualquiera a quien la frase no deje indiferente-, a las pocas calles, alguien pintó a José Gregorio Hernández. Y alguien, otro, éste sí armado con el bote de spray y amparado por la madrugada, le pintó la cara al Venerable.

Me pregunto qué motivará a alguien a encajar la primera, la segunda y llegarse hasta la quinta para, borracho de regocijo, chorrearle los ojos y el mostacho al Doctor Hernández. Qué habrá dentro del cerebro de alguien que se siente pleno porque le convirtió en mamarrachada aquello que con buena fe otro dibujó. Y luego, de regreso a casa, dejándose despeñar por la calle, pasarle por al lado a aquello que reclama riego rojo para alimentar la revolución –líquido que hoy puede habitar dentro un familiar, un amigo, un hijo; y que mañana será seguramente el suyo propio- y, sin embargo, allí sí, permanecer absoluta e irremediablemente en neutro. Con la estéril soberbia de quien está por encima de todo, del que jura cagar por encima del culo.

El destino, compatriota neutralizado, es quien espera en la bajadita; mosca, pega durísimo y cuando menos lo esperas.

sábado, 19 de mayo de 2007

Formas peliculeras de salir de una fiesta.



Por encadenado de disolvencias
Típico de esa gente que desde el momento en que dice “me voy” hasta el instante en que de hecho se van pasan por lo menos 2 horas. Se van despidiendo por estaciones y se les va media hora en cada una. Pueden tardar más de una hora para traspasar el umbral de la puerta y otra más en la mitad de la calle, en plena madrugada, paranoicos porque los van a asaltar o porque mosca que viene un tipo rarísimo en aquella acera. Pero igual no se van, aunque pasen frío, aunque bostecen, aunque se haya agotado todo tema de conversación, aunque les duelan las piernas y tengan que recostarse del capó o de un hidrante. O hasta que, de hecho, el tipo rarísimo los asalta.

Por fundido a negro (fade to black)
Suele ser gente que llega muy animada a la fiesta pero cuando van por la mitad de la noche comienzan a cabecear y los ojos se les van poniendo rojos. Cuando ya la fiesta va por la altura de “bájense de la mula para ir a comprar otra botella” o “qué tal si nos vamos a bailar a otro sitio” ya ellos no están. O sea, sí están, pero sólo de cuerpo presente porque el cerebro se les apagó hace rato. Duermen sobre el sofá con el respectivo charco de saliva sobre el cojín o los dejan en cualquier estacionamiento medio acostados en el asiento trasero mientras todos rumbean.

Ejemplo:
-Arístides ¿y qué pasó con Mary que hace rato que no la veo, la fuiste a llevar a su casa?
-No, vale, la dejé durmiendo en asiento de atrás del carro; pero yo no creo que le pase nada porque hay un módulo policial por ahí cerca.
-Ah, bueno, tranquilo.

Por fundido a blanco (Flash)

Mejor vamos con el ejemplo de unas:
-Pana, Maritza se desmayó.
-Coño ¿y qué le pasó?
-Se tomó cuatro cuba libres, dos gin tonics, cuando se acabó el ron y la ginebra alguien se sacó una botella de tequila y entre tequilazo y tequilazo –yo creo que ella se mandó como 5 shots- rodamos un porro. A la tercera calada se desplomó.
-Claro, pana, tiene una pálida brutal.
-Ah, con razón está así de blanca.

Por fundido a rojo (fade to red -o a cualquier otro color imaginable-)
Y… mejor vamos con otro ejemplo:
-Pana, Maritza se desmayó.
-Coño, y qué le pasó ahora.
-Se tomó 5 whiskys, 3 destornilladores. 5 ó 6 pases. Estaba demasiado high y entonces se bajó las revoluciones con un porro que parecía un palo de escoba. Pero luego le dolía la cabeza y se metió 3 Ibuprofenos; pero se nos ocurrió que a lo mejor lo que tenía era una crisis alérgica y se empujó par de Polaramines. Y entonces comenzó a respirar con dificultad y nos dijo: “el asma, lo que tengo es asma, pásenme la bomba del asma que está en mi cartera”. Y cuando iba por el tercer bombazo, de cuatro que se iba a mandar, se puso roja rojita y se desmayó.
-Vámonos ya para emergencia.

Por corte caliente
Es la gente que se levanta de pronto en la emergencia de un hospital con la cabeza vendada, o con un yeso, o entubado, o con 25 puntos internos y 30 externos, o con todas esas cosas juntas. Ellos se quejan ahora desde una cama clínica y lo último que recuerdan es que hace nadita estaban rumbeando en una fiesta.

Ejemplo 1:
-Pero bueno, marciano, qué te pasó güevón.
-Que yo los veía a ustedes en la calle haciéndome señas para que nos fuéramos y venía saltando las escaleras de tres en tres y cuando estaba a punto de cruzar la puerta del edificio todo se apagó. Puf. Aparecí aquí.
-Claro, marciano de mierda, la puerta de vidrio estaba cerrada. Te estrellaste con todo. No dejaste ni un trocito en pie. Y esa vaina cuesta un realero. Por cierto, hicimos una vaca y nos alcanza sólo para ponerte 5 puntos de sutura. Te faltan como 20 más ¿Cuánto tienes tú ahí?

Ejemplo 2:
-Me dio un súper ataque de asma en esa fiesta, ¿verdad?
-Maritza, mejor dejamos esto hasta aquí. Necesito un tiempo.

lunes, 14 de mayo de 2007

Palabras perdidas


Lost Words (de Andrei Petrov)


El Compa conversa mientras yo intento una finta. Se me barre a los pies sin perder el hilo de lo que viene diciendo, me roba el balón, se perfila hacia la arquería mientras grita el complemento directo de una oración y chuta de izquierda. Golazo que se cuela por la esquina superior izquierda. El Compa a los 8 es un gran futbolista. Y un excelente conversador. Es la única persona que conozco en el mundo que ejecuta ambas cosas al mismo tiempo sin que ninguna le robe aliento a la otra.

-Se me fue la palabra- dice, mientras intenta recuperar lo que decía- Siempre se me va una palabra.

-¿Cómo es eso, Compa?

-Todos los días se me pierde una palabra. Estoy en el medio de un cuento y entonces cuando voy a decir algo hay una palabra que no me sale. La tengo en la punta de la lengua, Compa, pero entonces se me olvida.

-Sí, chamo, nos pasa a todos.

-¿A dónde se irán todas esas palabras que uno pierde?- recoge el balón del fondo de las mallas y lo coloca en el centro del campo- 3 a 2 a favor mío, sacas tú.


Esa noche me acuesto y para variar me visita el insomnio. Se me instala como una señora gorda que se sienta sobre el colchón y desequilibra toda la cama. Mi esposa duerme hermosa y plácida; ella sí que nunca la siente, a pesar de lo flaquita y lo delicada. Yo siento la cabeza bullir, una olla de presión a la que se ha perdido la tapita para botar el aire caliente. Una máquina del perpetuo movimiento que juega al fútbol mientras investiga dónde queda ese lugar extraño a donde van a para las palabras perdidas. Walter Benjamin decía que la memoria funcionaba como un relámpago, es el instante fulgurante donde se encuentran el pasado y el ahora. Quien logra aprovechar ese relámpago para traducirlo en palabras y vaciarlo sobre el papel es el escritor o el poeta. Pero el fogonazo no dura nada, su fugacidad es cruel, así que casi siempre se nos va. O casi siempre decimos: más tarde lo escribo, yo lo retomo luego cuando tenga más tiempo. Pero puedes apostarlo que ya no será lo mismo, ya no será igual. Ese relámpago huye. Quizás al mismo lugar donde habitan las palabras fugitivas.

Recreo una vez más -una y otra vez- el gol con el que empaté a 3 el juego de la tarde. Y de fondo musical escucho la respiración calma de mi flaca fundida con la angustia futbolística del Compa: a dónde se me irán las palabras que pierdo día a día. Y se me ocurre en un relámpago benjaminiano que en un mundo paralelo existe un alambique, una máquina prodigiosa que cuenta con un embudo por donde se deslizan todas esas palabras que tuvimos en la punta de la lengua pero que se nos escaparon para impedirnos decir en ese instante aquello que veníamos diciendo. Las palabras son vivas, se nos esconden a propósito porque saben que están destinadas a tareas más nobles. Llegan al alambique y caen -pegando gritos atómicos de felicidad como por un tobogán- a la caldera donde se funden unas con otras. Allí la palabra chocolate se funde con caballo y por la manguera de salida de la máquina surge un chocolallo tamaño natural que relincha y galopa por el espacio. Por la mañana se nos pierde “hojilla” y por la tarde “gamuza”, en la noche el alambique produce gamujillas. Las gamujillas sirven para hacerse cosquillas en las venas. O para consentirse por las mañanas los pelos de la barba.

En ese alambique imposible escondido en el lugar donde van a caer las palabras perdidas se escriben esas novelas fantásticas que siempre hemos querido escribir pero para las que nunca encontramos tiempo. Se conciben y paren los poemas que jamás escribiremos en esta vida. En el corazón de esa máquina las palabras se fusionan, hacen el amor, se combinan y se enamoran, tienen retoños prodigiosos. Son como criaturas extremadamente hermosas que no tienen cabida en este mundo pero sí en otros.

Antes de dormir, fulminado por el agotamiento y por el aluvión de imágenes, pienso en abrirme un fondo de donaciones para palabras perdidas. Voy a pedirle al Compa -en el próximo juego de fútbol, justo cuando vuelva a anotar el gol de la victoria- que si no le importa me regale sus palabras perdidas. Quizás con la suyas, más las mías, más algunas otras que alguien más por allí me quiera ceder, acabe yo reuniendo la materia prima para escribir ese universo con el que siempre sueño poder atrapar. Quién sabe, algún día.


viernes, 11 de mayo de 2007

Una de amor y dolor (18 de julio 1993).


El 18 de julio fue ese juego en el Cachamay. Y el 17 en la madrugada yo era exnovio de Charlie Chaplin. O sea, me explico, yo estaba en una fiesta de disfraces en casa de una exnovia que estaba vestida como Charlie Chaplin. Y además se me había ocurrido que no había nada de malo en llevar conmigo a la de turno que era una nena guapísima -y casi muda- a la que había conocido la semana anterior.

El plan era salir directo de la fiesta rumbo a Puerto Ordaz. Cerca de 8 horas de viaje en auto, sin haber dormido: el Goldo, Meza, el Portu y yo. Pero eso era lo de menos, porque cuando se tiene 20 uno es inmortal, o casi inmortal. O eso cree uno. Resulta que en medio de la fiesta, faltando poco para despedirnos, a mí me toma de la mano Chaplin enfurecida y me encierra en un cuarto en la planta baja.

-Yo no me creo, gran carajo, que me hayas hecho esta vaina. Aquí en mi propia casa.

-Perdona, Charlie, pero no tengo idea de qué me hablas

-Que te hayas presentado con esa mujer en mi casa. No es por nada, pero el coño de tu madre.

No le pude responder, primero porque no encontré nada razonable que decir y segundo porque se oían afuera las voces de mis amigos: “¿Alguien ha visto a José Urriola?”, “¡Coño, José Urriola, que nos vamos ya!” Y sonaban pitos y pies que brincan contra el piso de madera y cánticos futboleros y había un sonido como de banderas y papelillos. “Nos vamos a Cachamay a ver a la vinotinto, si no apareces en 5 minutos te quedaste, güevón”.

-Chama, perdona, pero si no cogemos carretera ahora no llegamos a tiempo al partido.

-¿Quién es esa mujer? ¿De dónde la sacaste? –y entonces agregó algo mientras se acomodaba el bigotito que casi me despeina del susto- ¿Es que acaso tú no eres capaz de ponerte en mis zapatos?

-Coño, Chaplin, por favor no me hagas esa pregunta en este momento.

Porque la verdad es que era súper bizarro que una mujer vestida de Charlie Chaplin te preguntara si eres capaz de meterte en sus zapatos. Yo me imaginaba a mí vestido, ponle tú, de Marilyn Monroe, preguntándole lo mismo a una mujer. Y me dio risa. Risa incontenible de la que te da cuando no te puedes reír. Cuando sabes que si te ríes la recagaste y eso te da todavía más risa. Se me fue una carcajada. Palabra que se escurrió solita.

-¡Te me vas! – decía ella con todo el brazo extendido y el dedo índice rígido apuntando a la puerta-. ¡Te me vas de mi casa ya!

-No, vale. Coño, chama, no te pongas así… espérate un momentito…

Pero no pude continuar porque del otro lado de la puerta oíamos la voz de Meza susurrando a los gritos: “Portu, marico, yo creo que tienen a Jose encerrado aquí”. Y me reí más.

Charlie abrió la puerta con toda la rabia del universo:

-Se me van ya, toditos. Se me van pa’l carajo. No los quiero volver a ver.

-Ah, pero yo me llevo mi botella entonces para tomármela donde sí me quieran- respondió alguien y, de hecho, agarró una de ron selecto inmaculada.

Nos subimos a la camioneta de un salto y cuando íbamos por la autopista saliendo de Caracas ya yo ni me acordaba de dónde veníamos, sólo sabía que íbamos a Cachamay a ver a la vinotinto contra Bolivia y que íbamos a ganar por goleada. Y cuando llevábamos dos horas de viaje le bajé el volumen al reproductor y le comenté al gordo que iba al volante:

-Coño, Goldo, marico, me acabo de acordar de que dejé en la fiesta a esta chama, a la nueva.

-Verga, qué chimbo, te van a matar cuando regreses- aceleró, cambió a quinta y le volvió a subir el volumen a la música como si nada.

Llegamos al Cachamay con un sol que derretía el asfalto, compramos los billetes, nos fuimos al parque La llovizna a tomarnos 10 litros de gatorade de mandarina frente al salto de agua. En el estadio había más bolivianos que criollos, vestidos de verde, amarillo y rojo. Nosotros éramos los extranjeros, unos tipos raros ahí con unas extrañas banderas amarillo, azul y rojo. Meza era un marciano recién bajado de la nave interestelar con unas estrellas blancas pintadas sobre la franja azul que le cruzaba la mitad de la cara.

Comenzó el partido y la vinotinto puso contra las cuerdas a la verde boliviana. Y ocurrió un gol rarísimo, atropellado, torpe. El gol más feo y emocionante de mi vida. Como si alguien se hubiera resbalado sobre la pelota y la tropezara con el cóccix y entonces es gol de culo. La vinotinto se iba arriba y aquello era el cielo. Nos lanzábamos como estrellas de rock sobre la masa, besábamos a desconocidas, comprábamos cervezas para vaciárnoslas sobre el pelo, la gente gateaba, gemía, se lanzaban al terreno y eran correteadas por los perros policía. Una joda absoluta. Yo creo que estuvimos a punto de hacer el esfuerzo por lanzar al gordo contra la tribuna popular, pero eso hubiera acabado en genocidio. Y además, y sobre todo, era físicamente imposible que pudiéramos con el Goldo.

No habíamos acabado de celebrar el gol y ya Bolivia había empatado. Y luego metió otro. Y otro. Y otro. Coño de la madre, y otro. Hasta llegar a 7. Siete pepas, compadre. 7 a 1 nos endosaron los bolivianos aquella tarde en el Cachamay. Pasamos del paraíso al infierno sin escalas y sin cobrar 200. Nos volvieron remierda. El Portu se fue arrecho a caminar solo por las gradas, el Goldo le buscaba peo a unos bolivianos felices y rascadísimos que no le paraban ni media bola. A mí, como siempre, me dio por quedarme callado en un autismo que duró horas. Meza lloraba, lloraba a lágrima viva, con las estrellas chorreadas por todo el rostro hasta sorbérselas con los labios. Le di un abrazo solidario, en silencio. Allí nos quedamos.

Ese fin de semana perdí un montón, estuvo signado por la derrota, por el todo salió mal. Curiosamente, por esos misteriosos trucos con los que funciona la memoria, es también uno de los momentos más divertidos y entrañables que atesore de esos tiempos.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Instrucciones para ganar la Copa América


Por decreto presidencial se acuerda (o acuerda él solito que es el dueño de la pelota, de la torta, de los refrescos y hasta de los invitados)

1.- Que el grupo donde están Uruguay, Bolivia, Perú y Venezuela se llame -en vez de El grupo de la muerte- “El grupo de los muertos”. Todos excepto Venezuela se encargarán de perder todos los partidos y de tener el gol average en negativo en todas las combinaciones posibles -aunque éstas sean matemáticamente imposibles-.

2.- Que la faja petrolífera del Orinoco, toda completita, sea entregada hasta el 3021 para su explotación por parte de las compañías brasileñas y de todos los garimpeiros y garimpeiras (minerales, animales, vegetales e hidrocarbúricos), siempre y cuando la final sea Brasil contra Venezuela y Brasil se deje golear mínime 7 a 0.

3.- Que en caso de que en la final haya un penalti a favor de Brasil ocurran dos cosas:
a) Que el árbitro sea entregado in situ a los círculos bolivarianos para que en pleno círculo central sea ejecutado ante la masa. El cuarto árbitro se convertirá en primero, dará el doble de minutos de reposición al final del juego y además anulará el penalti, o mejor, decretará que el penalti ahora es a favor de Venezuela y se cobrará tantas veces como sean necesarias hasta que Arango la meta de taquito.
b) Que si el penalti lo cobra Ronaldinho justo en plena carrera hacia el balón para chutar le dé un ataque de epilepsia –porque la cara la tiene-, caiga convulsionando en el medio del área pequeña, el arquero le robe el balón, se la lance a Arango en contragolpe, y Arango la meta de taquito.

4.- Que si por la mala leche Kaká, Ronaldinho, Ronaldo, Robinho o cualquiera de esos fascistas cuyas almas se han vendido al Imperio llegan por accidente a jugar mejor que la gloriosa vinotinto, se someta el partido a un referéndum arbitrado con toda la neutralidad que le caracteriza por el CNE, con la observación internacional del centro Carter (experto también en soccer siempre y cuando se le deposite una módica suma), voten sólo los venezolanos inscritos en el partido único y se elija democráticamente quién coño es el mejor equipo de América y del mundo. No joda.

5.- Lionel Messi, Juan Román Riquelme, Pablito Aimar, Carlitos Tévez, Hernán Crespo y el Pato Abbondanzieri (así como todos los jugadores argentinos que jueguen en la primera o segunda división de cualquier liga nacional o internacional del mundo entero) no podrán asistir a la Copa América pues podrán ser llamados como reclutas para una nueva ofensiva a las Malvinas que el gobierno Bolivariano tiene programado comandar desde Caracas en las fechas que dure el torneo (Ups, ojalá que esto no lo esté espiando la CIA)

6.- Podrán venir, eso sí, las madres de la Plaza de Mayo a representar a la albiceleste (coño, doñitas y se dejan ganar. Mosca, pues, con una vaina)

7.- Si llegamos a la final contra Brasil y por mala suerte llegamos a los penaltis después de la prórroga -cuando estemos así críticos en tres bolas con dos strikes y las bases llenas-, el último de los penaltis lo cobrará el mesmo en persona. Lo hará de chilena con Jessi Chacón poniéndosela dócilmente de bombita cuantas veces sea necesario. Se dispondrá una colchoneta roja rojita para amortiguarle la caída. Y Dida, el arquero brasileño, dejará que se la metan de túnel.

8.- Se le garantiza a todas las naciones participantes el suministro de petróleo a precios preferenciales, la compra absoluta de todos los bonos de sus deudas internas y externas, el lanzamiento de dólares oficiales y negros desde el avión presidencial en vuelo rasante sobre sus capitales, la importación de todos esos productos de tercera y de cuarta que nadie compra en sus países pero aquí sí que se los obligaremos a comprar a los criollos en el Mercal Plus; de la misma manera se garantiza la construcción de refinerías, gasoductos y vías ferroviarias con la única condición de que pierdan contra nosotros -y pierdan feo-. (Esta oferta incluye a la selección del Imperio).

9.- Los aguateros y quinesiólogos de todas las otras selecciones, excepto la vinotinto, serán necesariamente médicos cubanos de Barrio Adentro de esos graduados en 3 años y medio.

10.- Arango y Chávez serán decretados -antes, durante y después de la Copa América- como sex symbols. Y además nos tienen que gustar.

11.- Cualquier nombre propio o término futbolístico en inglés (la lengua podrida del imperio) será prohibido a partir del silbatazo inicial y sólo se podrá utilizar en su traducción oficial a la lengua de los yanomami (cómo coño se dirá corner, chico… y cómo se lo enseñamos a decir a Lázaro Candal).

12.- Se deja abierta la posibilidad de que en la habilitante, o con el consentimiento de la autonomísima Asamblea Nacional, se apruebe la ley de que un gol de Venezuela marcado en suelo bolivariano equivale a 6 de cualquier otro país –excepto Cuba- (Que levanten la mano los que están de acuerdo. Aprobado).

13.- Por cada gol criollo se dará la vuelta olímpica con el presidente en hombros y acto seguido éste procederá a dar unas breves palabras (tan breves como un partido completo que fue a la prórroga y luego hasta los penaltis) de agradecimiento a la concurrencia que será transmitida en cadena internacional de radio y televisión.

14.- En cada gol vinotinto el jugador tendrá la obligación de salir corriendo hacia una cámara de televisión o hacia el palco presidencial, levantarse la camiseta y señalar con el dedo la frase que tiene escrita en la franela de abajo: “Gracias, presi”, “Dios, Diego y Hugo son uno”, “Hugo es amor… y fútbol”. Los jugadores extranjeros podrán hacer lo mismo y recibirán a cambio un pasaporte nacional nuevecito de esos que tienen los chinos pero no los venezolanos. Ah, y también un auto último modelo (sin necesidad de meterse en ninguna lista).

15.- Antes de cada partido se efectuará sobre el césped un Aló Presidente, se botará con un pitazo de sus trabajos a todos los empleados golpistas y del país a todos los no chavistas porque no son venezolanos. También se subirá al rango de General en Jefe a cuantos militares y perros policía se hallen en las inmediaciones del estadio.

16.- La entrega de la Copa a la Vinotinto será la antesala al magnánimo acto de coronación del Emperador. Habrá muñequitos para todos y una botellita de ron.