martes, 25 de setiembre de 2007

El maleficio del titulito


Alguien dijo alguna vez: dame un título y lo tendrás todo. Y la cita -que durante un tiempo, cómo no, fue feliz- se ha convertido en bandera de mucho mediocre para causarnos hoy un daño espantoso.

Es verdad que no todos gozan del peculiar don de Malcolm Lowry, quien escribía como los dioses (quizá, tratándose del personaje, sea mejor decir que como un demonio) y además tenía el toque de gracia para colocarle a sus obras unos titulazos que ya quisiera haber adoptado más de una banda oscura de los ochenta: “Ultramarine” (como de hecho se llamó un grupo en los 90), “Bajo el volcán” (que le hubiera venido bien a un grupo punk o de música industrial), “Escúchanos, señor, desde el cielo, tu morada” (eso suena a título de disco de Bauhaus o de And Also The Trees), “Lunar Caustic” (para una banda electrónica futurista) y “Oscuro como la tumba donde yace mi amigo” que para quien escribe estas líneas resulta el mejor nombre de todos. Será porque esa era la expresión que utilizaba todas las noches mi padre cuando antes de dormirse nos pedía que cerráramos la puerta corrediza del armario: “Ciérrame la puerta de ese closet que es oscuro como la tumba donde yace mi amigo”. Y uno trancaba la puerta como con miedo, con las uñas no más, no fuera cosa de que una mano saliera de allá de adentro. Sin embargo, el arte de hacer cosas buenas y además tener el tino de llamarlas con nombres maravillosos fue una lección que dejó Lowry para que muy pocos se la aprendieran.

Parecemos atravesar hoy, es posible que especialmente en estas latitudes más que en otras, una suerte de dictadura del nombre. Títulos rimbombantes para llamar a bolserías; nombres larguísimos, gordísmos y pesadísimos para nombrar huecos llenos de absolutamente nada. Con la patética ingenuidad de creer que ahora porque las cosas tienen un nombrezote son más grandes, más fuertes, más importantes, mejores. Seguramente, dirán los furibundos adictos a renombrarlo todo, ahora somos más cultos porque tenemos a un Ministro del Poder Popular Para La Cultura. O los niños están mucho mejor educados desde que la antigua Escuela Gran Colombia mutó a “Centro de Formación Socialista Gran Colombia”. Y ahora, claro, nuestra moneda vale más y nuestra economía es más sólida porque hemos bautizado al mismo pedazo de metal como Bolívar Fuerte. Por supuesto, ahora volamos mejor los aviones rusos, y matamos a mayor cantidad de agresores a nuestra soberanía con el mismo disparo de fusil, desde que los militares dicen pertenecer a Las Fuerzas Armadas Bolivarianas. Ah, y Nicolás Maduro es mucho más excelentísimo Canciller que Uslar Pietri porque el finado habrá sido muy intelectual y habrá tenido a mucho amigo invisible pero jamás fue Ministro del Poder Popular para Relaciones Exteriores. Algunos infelices estarán convencidos de que el día que la vinotinto se llame “Gloriosa y Patriótica Selección Revolucionaria y Bolivariana de Fútbol de Venezuela” le meteremos 12 a 0 a Brasil en la final del mundial.

Hay un grupo de cuatro canadienses de Montreal llamado Patrick Watson, nombre que no tiene nada de particular pues así se llama el cantante, lo que sí tiene de particular es que llevan ocho años sin ponerse de acuerdo para adoptar otro nombre. En 1999 el agente discográfico que los quería firmar les preguntó: “¿Cómo se llama la banda?”. Y ellos respondieron: “Aún no lo hemos decidido, pero vamos a llamarle, por los momentos, "Patrick Watson" que es quien armó al grupo”. Y así se pasaron 8 años, y con el transcurrir de ellos parieron tres discos, y cada vez que promocionan una nueva obra dicen: “Por ahora esta banda se llama Patrick Watson, pero seguramente para el disco que viene tendremos otro nombre. Nombre que no hemos decidido porque aún no nos hemos puesto de acuerdo”.

Los Patrick Watson no serán los más ocurrentes a la hora de buscarse títulos. Esa materia la tienen reprobada, pero poco importa. Lo que importa es que hay un trabajo sostenido, una obra bien hecha, un compromiso de artesanos que siguen haciendo su labor e intentan hacerla lo mejor posible. Nadie dejó de hacer lo suyo porque el título no era bueno ni grandilocuente. No comenzaron por el nombrezote, comenzaron por construir la obra. Mientras tanto, en los mismos 8 años –y hasta más-, hay gente que insiste en viajar en la dirección contraria. Manejan un discurso florido, delirante, que les suena a gran cosota –a ellos solitos- y con eso designan a una supuesta obra monumental pero que cuando se le mira bien resulta que no tiene ni un ladrillo pegado con saliva sobre el otro.

Gente como Patrick Watson se ha aprendido la parte más importante de la lección: es mucho mejor tener una buena obra sin un titulazo que un nombre rutilante que sólo sirve de parapeto para designar mamarrachadas.

Lowry no es un escritor prodigioso porque los títulos de sus obras sean como cuchilladas en lo oscuro. Era bueno porque su obra lo era, y el título venía a ser simplemente un brochecito de platino, afilado como la mejor hojilla. Pero hay que estar claros en que no todos somos Malcolm Lowry.


“Luscious Life” de Patrick Watson, o cómo hacer obras dignas sin necesidad de gastarse un titulazo.


martes, 18 de setiembre de 2007

De esferas y cuadrados


El futuro llegó hace rato
Llegó como vos no lo esperabas
Pero el futuro ya llegó

Patricio Rey y los redonditos de ricota


Hay un cuento magistral, Flatland de Edwin Abbott Abbott, en el que una esfera se cuela por una fisura del espacio tiempo y accidentalmente cae en el mundo de los cuadrados. Los organismos de inteligencia del universo bidimensional de los cuadrados no entienden cómo es posible que exista semejante invasión de alguien tan curvilíneo y tridimensional. La esfera es sometida a interrogatorios, a torturas, se le exige que explique cómo es eso que algo puede ser redondo y tener una dimensión más, que si ella no sabe que eso está prohibidísimo en el rectángulo mundo de los cuadrados. La esfera intenta dialogar, pero habla y piensa en tres dimensiones. Eso que dice no significa nada cuando las cosas se conciben únicamente en rectas y planos. Una brecha insalvable la distancia de sus captores. Al final deciden los cuadrados hacer lo único que pueden y saben hacer: condenar a la esfera a la compresión hasta que adquiera las dos dimensiones de rigor y una vez plana se le martillan las curvas hasta que formen cuatro lados iguales unidos en ángulo de 90 grados. Problema resuelto.

Pocos relatos tan vertiginosos y tan vaticinadores de lo que se nos vendría encima como ese de la esfera y los cuadrados. Theodor Adorno, a mediados del siglo pasado, se preguntaba cómo era posible la poesía después de Auschwitz; en ese momento mucha gente se habrá cuestionado si el progreso servía de algo, luego de que todas las artes y todas las ciencias acumuladas por la orgullosa cultura occidental se habían puesto al servicio de una banda de chiflados que acabaron liquidando a 6 millones de personas en campos de concentración. Todo el conocimiento del mundo, todo lo que hemos logrado en la Historia, para acabar comportándonos como los cuadrados más cuadrados nunca jamás. La pregunta de Adorno no era una pregunta de si se podía hablar de cosas lindas y de metáforas floridas después del Holocausto, era la pregunta de “y ahora qué hacemos, porque definitivamente lo que veníamos haciendo es una mierda. No sirve”.

Pero el futuro siguió llegando y la cultura se siguió acumulando y la Historia se siguió escribiendo. Y mientras algunos soñábamos un futuro más justo, libre, sin fronteras, lleno de ciudadanos universales, saneado de pestes, surcado por autos voladores, con nuevos sistemas de cultivo y riego para que todos tuvieran qué comer, con viajes interplanetarios para entrar en contacto con extraterrestres, con robots que nos ayudaran a hacer las tareas pesadas mientras la raza humana se dedicaba a cultivar el cuerpo sano en la mente sana y todas esas bolserías que no fueron a parar a ningún sitio; aquí en la Tierra muchos idiotas ilustrados de todos los géneros comenzaron a cuestionarse sesudamente que por qué Asterix era galo. Que por qué se insiste en que quienes resistían en la aldea eran los galos y no “los galos y las galas”. Que debería resucitarse a Goscinny para que reescribiera todo Asterix, y que lo condimentara con las sales de ese neocretinismo llamado lo políticamente correcto. Sí, para que ese deleznable plural masculino fuera sustituido por el imperio de la arroba, y así fueran gal@s, roman@s, legionar@s, god@s y numidi@s. Que por qué coño esos racistas, xenófobos y misóginos de Goscinny y Uderzo ni nos mencionan a la mestiza raza cósmica de los latinoamericanos, mucho menos a nuestras féminas. Ningún tipo de mención a nuestros presidentes y presidentas, a nuestras asambleístas y asambleístos, a nuestras pianistas y pianistos, a nuestros aborígenes y aborígenas, a nuestros insignes idiotos e idiotas.

Y además, cómo es que l@s italian@s, orgullos@s descendientes y descendientas de los etrusc@s y los roman@s, se dejan abofetear de esa manera por sus vecinos gabach@s. Debería exigirse una disculpa oficial por parte del gobierno francés y la retirada del excelentísim@ embajador(a) gal@ en 48 horas o se bombardea ipsofacto París con tod@s sus habitantes y habitantas.

Pues sí, así fue como nos fue llegando el futuro desde hace rato. Llegó como pocos esperábamos, pero ya llegó. Es un futuro degenerado, profundamente estúpido. Anclado en discusiones estériles que cuidan mucho las formas pero no tienen las más mínima idea de qué contenido llevan por dentro. Nos parecemos a ese padre que ve a su hijo salir de la adolescencia y en un momento de profunda sinceridad le comenta a la madre: “Coño, amor, pero qué idiota que nos salió este muchacho. Todo lo que hicimos para esto”.

Pero el muchacho está grande ya, es el dueño del aparato. No baja la cabeza ni asume errores porque está instruido desde chiquito en la pose “me las sé todas”. Tiene el cerebrito cuadrado lleno de chicharrón con pelos, fragmentos de granada, cuatro ideas mal masticadas sobre el comunismo y se llama Chávez. Y el otro, al que le busca pleito, tiene el cuadradito armado a punta de gotas de petróleo, bosta de vaca, residuos de ojiva nuclear, un caletre del manual del buen republicano y se llama Bush. El resto de los cuadrados del mundo se debaten entre uno y otro. No entienden que se puede detestar a ambos por igual, que se pueden considerar a los dos payasos trágicos. Que bien valdría la pena olvidarse de ambos cretinos (y de sus respectivos séquitos de cretinos y cretinas) para cultivarse una nueva dimensión libre de ellos. Otra distinta que nos lleve por mejor sendero a cosas más profundas. Pero no, es que en el imperio de los cuadrados se es cuadrado y punto, aquí que nadie se ponga con curvas o a cambiarle el ángulo a las cosas.

Mientras tanto este mundo, curiosamente un enorme invernadero esférico en el que todos estamos metidos, se va pinchando. Se desinfla hasta comprimirse (y deprimirse) en las dos dimensiones de lo plano planito. Nosotros mismos, desde adentro, con nuestros potentes martillos de estupidez humana, nos encargamos de ponerlo todo bien cuadrado, bien derechito. Y todos contentos.

martes, 11 de setiembre de 2007

Por culpa de Deleuze y Guattari


Gilles Deleuze y Félix Guattari


«Un día, el siglo será deleuziano» Michel Foucault

Gilles Deleuze y Félix Guattari dan para todo. D&G (qué cosa curiosa, sus iniciales conforman hoy una marca aún más prestigiosa que Dolce e Gabanna) sirven para otorgar granítico piso teórico a lo que a usted le venga en gana. Si por ejemplo estás haciendo una investigación sobre la infertilidad del oso panda y quieres argumentar conceptualmente, así como para dejarle callada la boca a cualquier zoólogo, sobre las los causas de extinción que agobian a este insigne comedor de bambú de tan baja líbido, no le des más vueltas: Deleuze y Guattari. Si eres ingeniero agrónomo y quieres justificar por qué el pizco del maíz morado rasca más o menos lo mismo que el pizco extraído de maíz amarillo: métele una cita sobre el rizoma de Deleuze y Guattari, listo. Si estás atascado en un ensayo sobre si Borges era mejor o peor escritor cuando estaba acompañado de Bioy Casares, tú te apertrechas de un ejemplar de Mil Mesetas de D&G y lo abres en la página que te dé la gana, no importa, con los ojos cerrados y donde caiga el dedo, allí encontrarás una cita citable endemoniadamente intrincada que si la fuerzas un poquito encaja lo suficiente como para justificar cualquier cosa que estés buscando. Y si lo que quieres es saber por qué la Asamblea Nacional aprueba masivamente y a velocidad de vértigo cada uno de los artículos y apartados de la nueva constitución dictada por Chávez, sin pensar, ni cuestionar, ni discutir, pues allí sí que estás jodido porque eso no lo puede justificar nadie, ni siquiera Deleuze y Guattari. Pero de resto, tranquilo con que este par explicas de todo.

Tuve unos amigos arquitectos a quienes les combinaban las clases de diseño avanzado con lecturas selectas de Deleuze y Guattari. Cierto día, el tío de uno de ellos, dueño de una zapatería en un centro comercial, se le ocurrió entregarle a su sobrino y compañía el proyecto de remodelación de la tienda: “Muchachos, yo quiero que me hagan algo más actual, algo como más moderno”. “Tranquilo, tío que nosotros aquí resolvemos”. Han tomado la tienda, la han tumbado y la han vuelto a levantar. El paralelepípedo que antes era la zapatería fue transformado en un autobús escolar que se había despeñado por un barranco, se había volcado en la caída hasta ser atajado por las ramas de un árbol enorme, como si colgara de un samán. La nueva tienda tenía ahora la mitad de capacidad de la anterior, no cabían más de 2 personas en el mismo pasillo y de repente el acceso al estante se veía interrumpido por una rama enorme que cruzaba desde la pared hasta el techo. Ah, y había un ligero problemita con la inclinación, tenías que estar pilas porque si no te agarrabas bien o si la goma antiresbalante de tus suelas no andaba en óptimas condiciones acababas incrustado entre las cajas del depósito. Pero bueno, ese día le pones a la abuela unos zapatos que no patinen y ya está. Todo eso estaba explicado en un documento que acompañaba a los planos, un texto íntegramente escrito con palabras compuestas al estilo de mecánico-orgánico-vectórico y Biometálico-anfibio-mutante-rizomático. Me lo dieron a leer, justo antes de mostrárselo al tío: ¿Qué tal, pana, esto es arquitectura inspirada en Deleuze y Guattari, nos quedó arrechísima no? Y a mí se me ocurrió responderles -desde el estómago-: “Coño, el que va a estar arrechísimo es tu tío cuando vea esta locura”. Bueno, así fue como perdí a unos amigos por culpa de Deleuze y Guattari.

Si algún día a Usted le da por hacerse fascista intelectual, puede hacer la siguiente prueba para ver qué tan inteligentes son sus amigos; les lee la siguiente cita de D&G y espera la reacción:

“Volvamos a la oposición entre lo liso y lo estriado, pues aún no estamos en condiciones de considerar sus combinaciones concretas y disimétricas. Lo liso y lo estriado se distinguen en primer lugar por la relación inversa del punto y de la línea (la línea entre dos puntos en el caso de lo estriado, el punto entre dos líneas en lo liso). En segundo lugar, por la naturaleza de la línea (lisa-direccional, intervalos abiertos; estriado dimensional, intervalos cerrados). Por último, existe una tercera diferencia que concierne a la superficie o al espacio. En el espacio estriado se delimita una superficie y se “reparte” según intervalos determinados, según cortes asignados; en el liso, se “distribuye” en un espacio abierto, según las frecuencias y la longitud de los trayectos (logos y nomos). Ahora bien, por simple que sea, la oposición no es fácil de situar”.

Si la persona sometida al test asiente con el ceño fruncido, dice que entendió y hasta tiene los santos cojones de explicárselo, hay dos opciones: a) ese carajo es inteligentísimo, b) es un mentiroso impresentable. Si el pana dice: “chamo, yo no entendí nada, pero lo que es nada de nada”, eso significa que a lo mejor no es muy inteligente pero sí que es una persona confiable; así que mejor se toman una cerveza, ponen música y se dejan de estar perdiendo el tiempo con Deleuze y Guattari. Ya lo dijo una vez Oscar Wilde: “La gente no se entiende nunca y si se llegan a entender es porque hubo un malentendido”. Por último, si la persona en cuestión se orina de la risa como si usted le estuviera contando uno de los mejores chistes de la vida: ese tipo acaba de verdad de entenderlo todo. Pero no le pida que se lo explique que no va a poder. Y tampoco hace falta.

Muchas veces, después de fustigarme un rato, de estar rebanándome las neuronas con páginas y páginas de Deleuze y Guattari llego a la misma conclusión: eran un par de jodedores. A lo mejor ni existían, sino que eran dos actores disfrazados de intelectuales que aprendieron el noble arte de cantinflear en sesudo francés. Me los imagino en shorts y sin camisa, con la mesa llena de botellas vacías, colillas de cigarros, latas aplastadas de cerveza, revistas de mujeres en pelota. Félix Guattari lanzando dardos que no aciertan la diana sino que agujerean la pared y Gilles Deleuze llenando la quiniela a ver quién ganará el domingo entre el Lyon y el Paris Saint Germain. Cada uno, en contrapunteo, va soltando una frase que no significa nada pero que suena recontrabien. Una tú, otra yo, una tú, otra yo. Así van redactando las nuevas esencias de la intelectualidad y cagándose de la risa con cada disparate que les florece bajo las burbujas de la resaca. Y cuando se quedan trancados, secos y sin ideas, dicen: “Llámate ahí a Jacques Derrida, no joda, que nos regale una frase de las suyas y que cuando vendamos esta vaina le damos su comisión”.


martes, 4 de setiembre de 2007

Pintar como My Bloody Valentine


Angelus Novus de Paul Klee



Es una pena que hoy día ese entrañable animalito de ojos dentados que alguna vez se llamó cassette (también tape o cinta magnetofónica) esté en franca extinción. No contó con la suerte del disco de vinilo que se transformó en objeto de culto para coleccionistas, melómanos y DJ’s. Logró convivir algunos años con el CD, pero cuando este se hizo registrable le asestó un golpe fatal. Y no había acabado de acusar la estocada cuando largaron la ofensiva de los aparatos de archivos comprimidos, IPODs y toda la extensa gama de reproductores de mp3, entonces ya la gente ni se acordaba de ese noble gesto que significaba grabarle un cassettico a alguien.
Algún amigo de la casa –estoy convencido hoy, dados sus gustos musicales, de que se trataba de un esquizofrénico- grabó para mis hermanas una cinta que contenía: Blondie, REO Speedwagon, Toto, Genesis (cuando aún el desgraciado de Phil Collins no lo había arruinado todo) y remataba, como para completar los 90 minutos de cinta y que no se escabullera ese molesto trocito virgen de cinta marrón, con tres temas de una cosa prodigiosa de la que nadie hoy pareciera acordarse, Killing Joke. Yo le metí semejante rosca a esa cinta, una BASF 90 de etiqueta verde, que un día nuestro aparato 3 en 1 (tocadiscos, radio y reproductor de tapes) se la masticó golosamente y me escupió el cassette con varios metros de tripas afuera. Como un cirujano, con dedos temblorosos –conocedor de que los arañazos y los jalones de pelo de una hermana pueden doler bastante más que un golpe de puño al estómago- me dediqué a sacarle los tornillos al moribundo, abrirlo en dos partes, enderezar con paciencia de dioses el tirabuzón kilométrico en que se había enrollado la cinta, hacerla calzar de nuevo en ambos carretes, cercenar la zona irrecuperable, empatar las partes mutiladas con barniz de uñas, limpiar, acoplar y volver a cerrar. “Listo, me quedó de lujo, estas ni se enteran”.
Pero cuando lo fui a probar, justo en mi canción favorita de Blondie, irónicamente titulada “Accidents Never Happen in a Perfect World” (Los accidentes nunca ocurren en un mundo perfecto), me percaté de que algo había ocurrido. En un punto la música dejaba de ser la de siempre y la cinta se volteaba, sonaba a la inversa, los Blondie tocaban bocabajo y de retroceso, y la hermosa Deborah Harry cantaba como si la voz se le devolviera por un tubo hacia el estómago. Ese Blondie, al revés, retorcido, a contrapelo, era aún mejor que el original. Un accidente afortunado había maltrecho algo bueno para hacerlo aún mejor.
Durante años estuve buscando ese sonido que sólo volví a encontrar en los curiosos My Bloody Valentine. Las primeras veces que los escuchaba tenía que sacar el CD del reproductor, lo limpiaba, lo miraba a contraluz, lo volvía probar. “Coño, qué lástima, este disco vino malo”. Con el tiempo me acostumbré al ruido, a la sensación de fractura, a la impureza. Porque esa música de Kevin Shields y compañía es como una máquina impecable, melodiosa, armónica, a la que se construye con esmero con los mejores materiales, piecita a piecita. Y cuando por fin está lista, toman un martillo y un cincel y la destrozan metódicamente. La escupen, la llenan de flujos infestos, la arrugan, le lanzan restos de café con leche frío, trocitos de vidrio, patas de mosca y migas de pan. Todo en justísimas dosis, con paciencia de dioses. Sólo con ese añadido la pieza está realmente lista. Antes era buena, ahora sucia es definitivamente mejor.
Dicen que el pintor Paul Klee, quien inspiró a Walter Benjamin en escritos memorables sobre la humanidad y el progreso, utilizaba una curiosa técnica pictórica: dibujaba primero el motivo del cuadro al derecho y luego, a la hora de colocar el color, invertía la pintura sobre el caballete, la ponía patas arriba, ya no pintaba ese ángel que había dibujado sino a un elefante-medusa que ahora era lo que veía sobre el lienzo. Klee era sumamente racional a la hora de delinear los contornos de sus figuras, pero se entregaba a toda su fantasía lúdica a la hora de dar color. Aquello que con tanto esmero había dibujado en principio era felizmente arruinado –salpicado, explotado- como si liberara a un carajito armado con los óleos que le secuestró al papá.
Lo bueno, cuando cuidadosamente derruido y distorsionado, aún mejor. Muchos lo habrán hecho o intentando con resultados más o menos felices. Nada fácil el sutil arte de tocar como Paul Klee o de pintar como My Bloody Valentine.



"Soon" de My Bloody Valentine