miércoles, 28 de noviembre de 2007

Amores en ocaso

Una escena de "Mariko Parade" de Frederic Boilet y Kan Takahama


Aseguran los japoneses que sólo hay un sentimiento más fuerte que el amor: el ocaso del amor. Algo similar a ese destello que aviva la llama de la vela justo en ese instante que precede a su apagón. Algunos dirán que idéntico a ese último soplo de vida que le llena de color la cara y los pulmones de aire fresco al enfermo terminal. Y la gente dice “Ayer lo vinimos a visitar y estaba tan contento, lo vimos mejor que nunca, y mira tú, hoy no amaneció”.

El ocaso del amor se recoge en un beso de aeropuerto, allí ante la mirada de los agentes de inmigración, va salpicado de alguna lágrima, de un abrazo apretado como de fin de mundo, de una promesa imposible que nos queremos creer. Quédate tranquila que ya verás qué rápido se pasa todo y dentro de nada nos veremos otra vez. Pero apenas se pisa el avión ella se ha quedado tan atrás, tan lejos y tan difusa que por más esfuerzo que hagas ya no sabes cómo volver.

El ocaso del amor quizás se recoja aún mejor cuando se va en tren. No se vuelve a querer nunca como cuando se agita la mano desde la estación y se nos suma a la escena esa banda sonora que va al compás del traqueteo de los rieles. O mejor aún cuando la vemos -hermosa y vulnerable, como nunca- lanzando un último beso por la ventanilla, y no cesa de decirnos adiós hasta hacerse puntito en la distancia. Y ese punto, lo intuimos, está sentenciado a ser un punto y aparte. O mejor, un punto y final.

El ocaso del amor viaja también dentro de un sobre. Especialmente en esas cartas que van condicionadas por un ritual: “No la vayas a abrir hasta que te quedes completamente solo”. Y uno abre la carta con los dedos congelados por un frío extraño que nace de adentro de los huesos y lees algo que no entiendes y al final ya ni importa que entiendas porque ni ves, porque todo está vuelto un temblor y un fuera de foco acuoso.

Me han contado de amores que se han quedado colgando de la escalerilla del autobús, bajo la lluvia, y me juran que regados por el agua crecen como árboles cuyas raíces lo levantan todo a su paso. Pero echan ramas solo en la memoria, porque el autobús se ha marchado a un pueblo desconocido cuyo nombre no se recuerda ni se busca en el mapa jamás. Y he sabido de otros amores en jaque que se quedaron atrapados en un disco, aplastados entre ceros y unos, quemados dentro del plástico brillante. No se pueden poner a sonar porque se inflan, nos devuelven -como expulsados por una catapulta cruel- a esos tiempos que jurábamos tan atrás. Y entonces los enfermos recaen justo cuando se juraban curados.

El cineasta Takeshi Kitano, sobre todo en Dolls y en Hanna Bi, es un mago sacándose del sombrero metáforas de amores en su estado de atardecer más absoluto. Kitano, como buen japonés conocedor de la materia, borra las fronteras entre los amores en ocaso y los amores imposibles, quizás para echarnos en cara que ambos son uno mismo, la misma cosa pero con distinta duración. Un amor imposible no es sino un amor anocheciente que antes de morir optó por quedarse congelado en el limbo de los futuribles, fuera del espacio y del tiempo. No acabó de ocurrir en la realidad y por eso mismo se ha hecho mito.

He tenido la gran fortuna de que una amiga me introdujera hace poco a la obra de Frèderic Boilet, un autor de cómics francés que desde hace varios años se fue al Japón. Boilet, actuando como si fuera un excelente cineasta documental que registra y comparte su material autobiográfico, se atreve a contarnos sobre el amor –su amor, o mejor dicho, su descorazonado desamor- justo en ese momento en este que ha sido condenado a muerte por el destino. Algo que resume en esta contundente cita extraída de “Mariko Parade” (2003): “Lo que quería deciros, donjuanes occidentales es que tengáis cuidado con las chicas japonesas. La simpática muchacha que has seducido alivia tu soledad. Un día, dalo por hecho, desaparecerá. Puede que sonriendo, así. Te pillará de sorpresa. Y te hará daño”.

Hacia el final de esa belleza de novela gráfica que es Mariko Parade, Boilet y su amada Mariko se despiden en la estación del tren. Ella acaba de confesarle que le deja pues se irá un par de años a estudiar inglés a los Estados Unidos. Él se queda un día más en la isla absorbiendo el golpe, sabiendo bien que la próxima vez que se vean será para hacer maletas y despedirse. Más tarde, hecho un trapo de melancolías, se va a una playa oculta, solo, con su cámara de fotos, reconstruyendo mentalmente los retazos de sus últimas conversaciones juntos. Toma entonces una rama seca y dibuja a Mariko sobre la arena. Pone la cámara sobre el trípode en función de disparador automático y se tumba sobre la arena, abrazado a la mujer que ha trazado. La cámara lanza una foto con un clic que retumba en el infinito. Y allí, en esa imagen final, queda capturado para siempre el amor, en su instante de mayor hermosura que es el de su ocaso, para que allí tenga la vida que la vida no le quiso dar más.

martes, 20 de noviembre de 2007

Alianzas musicales



Miriam Makeba (aquí sin sospechar de Pluto)


Ese tocadiscos era de Pluto, venía en una especie de maleta blanca y uno lo desplegaba, hacías encajar con el mejor pulso posible el agujero central del disco en el palito metálico, tomabas el brazo con forma de hueso y colocabas la aguja en el primer surco del disco de vinilo, a 33 revoluciones (que si lo ponías en 45 sonaba todo como versionado por ardillitas). Y allí, la magia, sonaba el “Pata Pata” de Miriam Makeba. Una de las cosas más emocionantes del planeta. Todas las mañanas del mundo, apenas amanecía, lo primero que se hacía -antes de abrir la puerta, correr las cortinas o cepillarse los dientes-, era escuchar y bailar el Pata Pata. Hasta que la pobre Makeba no dio para más y la pasta -negra y lustrosa como su piel surafricana- se fragmentó en dieciocho, o hasta que a Pluto de tanto pata pata se le fracturó el hueso. La verdad es que nunca llegué a saber cómo ocurrió el milagro de que Pluto y la Makeba se conocieran e hicieran tan buenas migas, por qué afortunado accidente llegó ese disco a ese tocadiscos –seguro que Mamá, la primera y gran aliada musical que tuve, algún hilo tuvo que mover-. Menos mal que los accidentes sublimes también ocurren, aunque sean mucho menos célebres y bastante más escasos.

He aquí algunos apuntes absurdos sobre alianzas musicales que he venido acumulando con absoluta desvergüenza e idéntica convicción desde los tiempos en que Pluto y Miriam Makeba formaban un equipo entrañable.

-Una casa sin discos y sin libros está vacía. Puede estar llena de gente, de ruidos, de adornos, de muebles, de comidas; pero sin música y sin libros no existe ese lugar que llamamos hogar.

-Cuando alguien te graba un disco o te regala una canción, esa persona te está diciendo sin decirlo: “mira, aquí tengo algo que me gusta, que me toca una fibra, y yo quiero compartir esa sensación contigo”.

-Cuando uno regala un disco y tiempo más tarde llegas por sorpresa y encuentras a la persona escuchando tu música, puedes estar contento el resto del día: ese es uno de los gestos más hermosos y significativos que puedas recibir.

-Se puede ser amigo sin ser aliado musical; pero cuando un amigo es además alguien que comparte tu música, pase lo que pase, la música siempre será un refugio donde es posible volverse a dar la mano como si el tiempo no hubiera transcurrido.

-Cuando una música te mueva en lo más interno, busca la letra y descifra el mensaje, aunque no entiendas el idioma descubrirás que eso te fascina porque contiene un mensaje oculto y directo sólo para ti.

-Se puede estar enamorado hasta los tuétanos, pero si no eres capaz de entablar ningún tipo de alianza musical: sospecha. Hay algo esencial que falla, un abismo entre tú y ella, algo incapaz de edificar puente alguno, y a la larga esa distancia será insalvable.

-Cuando alguien te diga: “el otro día pensaba en ti porque estaba escuchando tal música que me recuerda a ti”, tienes que darle un abrazo y las gracias. Esa persona te quiere y te conoce bien.

-La memoria musical y la olfativa son las más poderosas que hay. Hay que tenerles cuidado porque son como flores carnívoras. Basta un acorde, un timbre, una melodía para que el pasado se nos venga encima y cristalice en la memoria.

-Puedes pasar años sin saber ni ver a alguien de tu más sincero afecto, pero de pronto aparece para recomendarte un disco o preguntarte si has escuchado tal cosa. Respira tranquilo, esa relación está viva y el afecto permanece inmaculado.

-Hay que trabajar duro para no convertirse en un nazi musical. Cada quien está convencido de que esa música que le gusta es la mejor del mundo y que la que le disgusta es deplorable. Tú puedes seducir o inducir a la gente a cambiar su gusto musical; pero nadie jamás lo cambiará por imposición.

-Si alguien se muestra interesado por la música que escuchas sé generoso, comparte, tómate el tiempo para hablarle de ella, regalarle una anécdota y grabarle un disco. Intercambiar músicas es de las cosas más nobles que aún subsisten en esta vida.

-Cuando una música te sacude algo en la cabeza te está pidiendo que hagas algo con ella: escríbeme, fílmame, dibújame, úsame. Cuando te toca el corazón, tenle cuidado, te está diciendo que hagas algo con tu vida.


lunes, 12 de noviembre de 2007

¿Por qué NO te callas?


Yo he visto al Rey sentado en su tribuna del Santiago Bernabeu en la final de la Copa del Rey y me he convencido de que el hombre tiene una especie de dimmer emocional justo debajo de la piel del entrecejo. Es imperturbable, como si tuviera injertado un aparatito que le regula las emociones y se las calibra en un mínimo absoluto que no tiembla. Lo he visto cuando gana el Madrid 3 a 0 y el Rey tiene una sonrisa benévola como de abuelo que ve un partido entre los nietos, que le da exactamente igual si el mayorcito golea al chiquilín o si el chiquilín se rebela esta vez y procura el empate aunque ello le cueste dos dientes de leche. Si uno tuviera un testímetro para medirle la emoción al Rey en esos instantes estoy seguro de que la cosa daría un neutralísimo 5 (en la escala del 1 al 10). También le he visto cuando pierde el Madrid por goleada contra el Barcelona y al Rey se le ve en el rostro una sonrisa de dignidad y aceptación que arrojaría idéntica medición: 5. Lo he visto compitiendo en importantes regatas y mientras todos en el equipo sudan, gritan, saltan, se agachan, se cuelgan, el Rey, vestido con ropa sport blanca y gafas de sol, sostiene impertérrita una cara como de jugador de golf mientras camina hacia el próximo hoyo -que es su favorito pero él nunca se lo ha dicho a nadie-. También lo he visto cuando saluda a los españoles deseándoles un feliz año, o cuando le nace una nieta, o cuando intentó frenar aquella intentona de tiros dentro del Congreso –en manos de un milico de bigote portador de un simpático sombrerito en forma de bacinilla- en los años 80. Y el hombre, podría jurarlo, en todos esos casos tenía idéntica cara de que le mides con un gustímetro y te da 5.

Por eso es que me cuesta creer que un hombre del equilibrio y la experiencia de Don Juan Carlos haya perdido los papeles con Chávez el otro día. Chávez juega a eso todos los días, es un maestro de la provocación y del sabotaje. Es perfectamente entendible que a cualquier hombre de a pie lo saque de sus casillas, allí él se hace grande, Chávez es una especie de dementor que se alimenta de la frustración de sus víctimas. Mientras más grande sea la ira contenida, mientras mayor la amputación de su contraparte para devolverle la bofetada, más se crece. Me parece insólito que el presidente venezolano haya logrado movilizarle la aguja del dimmer emocional al rey, y que se la hay subido hasta donde la escala se vuelve roja y sobrepasa al 10. Que lo haya sacado de personaje, además de sacarlo de quicio, y lo haya puesto –allí, en mitad de la cumbre iberoamericana- en los zapatos del típico viejo madrileño que en una tasca se asoma sobre la barra llena de tapas, cañas y servilletas manchadas de grasa para mandar a callar al atorrante fanático del Atlético que a viva voz se mofa de las desgracias del Real. Da la sensación de que el Rey dejó de ser Rey por un rato, así como Chávez hace rato que dejó de comportarse como un presidente.

Sin embargo, ese “Por qué no te callas” suena a pedrada con vidrios rotos. Es una cosa incómoda que a muchos opositores de este peculiarísimo presidente que nos gastamos les puede provocar un poco de risa nerviosa, algo de vergüenza ajena o un toque, inclusive, de lástima. Quizás detone mucha de esa extraña sensación a medio camino entre la frustración y el alivio que nos embarga cuando en el juego del escondite alguien más libra por uno, o cuando grita “¡Por mí y por todos!”

No faltarán las voces indignadas que salten ahora para dictar cátedra sobre la colonización dejada siglos atrás, sobre la inutilidad de las monarquías, sobre los altibajos en las relaciones de Latinoamérica con la madre patria o sobre el racismo. Me preocupan, en lo personal, ciertos brotes xenófobos que he visto en algunas marchas de los adeptos al gobierno, pancartas insólitas que dicen cosas como: “fuera del país los inmigrantes de mierda”. Espero que esta poca ortodoxa invitación al silencio de Don Juan Carlos no sirva como agitador que sacuda con saña al avispero.
Qué enorme pinta esa partícula negativa en el medio de la frase Por qué NO te callas. Seguro que, en estos días electorales que corren, se le sacará mucho jugo y mucha tela, y quien se adelante en la fabricación de las franelas, las gorras, las calcomanías, los timbres de teléfono, los paraguas, se forrará en grande. Hubiera sido muy distinto que la frase fuera: “Tu que hablas, joder”, o “Si no te callas, me levanto de esta Silla y te clavo una hostia que te Siento de culo”. La veríamos editada y en loop por todos los medios masivos estatales de radiodifusión . Y citada mil veces, a voluntad y conveniencia, por Tibisay Lusina, por Desirée Santos y por Silia Flores. Júrenlo que sí.

martes, 6 de noviembre de 2007

Being Peter C.


Algo muy especial ocurre con Peter C. ¿Y sabes algo? Peter no es como tú. Es único. En un mundo en el que progresivamente hemos ido perdiendo la capacidad de asombro de pronto irrumpe él y en breves segundos, con una simple declaración, nos demuestra con una llaneza supina que las cosas son exactamente al revés de como todos las estamos viendo. Peter C. es como un vidente, tiene un súper poder como el de Superman pero no para necedades como ver a través de paredes o derretir metales, Peter tiene visión para asomarse en el otro lado del espectro, mira eso que nadie ve y nombra lo que nadie se atreve a decir. Por eso es que, como él nos dijo, Montesinos realmente está muerto y todos los que luego lo vimos con vida somos víctimas de una alucinación colectiva. Por eso es que uno cree ver televisión cuando se sienta frente al decodificador de Directv y resulta que no estás viendo nada, lo están viendo a uno. Nos están espiando a través de ese aparato que no es para ver sino para ser observado. Y por eso es que Peter insiste en que dispararle a la Metropolitana desde Puente Llaguno –marchantes civiles de por medio- es un acto de heroísmo, en defensa propia y de la patria, mientras que pelearse a puño limpio con los mismos metropolitanos es una evidencia de que los estudiantes son forajidos, golpistas y, sobre todo, pagados por la CIA.

Peter no es como Williams, que cuando habla de su mandamás tiene que sacarse el vello púbico de su jefazo con pinzas de debajo de las uñas -y otras veces, quizá, hasta con hilo dental-. Peter tampoco tiene esa actitud canina, esa sumisión del rabo entre las piernas, del Capitán Jessie. Peter no es como Godgiven, a quien le notas la cara de pillo desde Plutón, con esa mueca socarrona que no se puede quitar de encima y que lo pone en evidencia: no se traga el cuento de la revolución socialista ni un nanosegundo, que lo que anda es escuchando el tintineo metálico de sus millones de bolívares fuertes y débiles, de sus dólares hiperfuertes y de sus euros ultrafuertas; esa sonrisita de maestro titiritero que manejando los hilos desde detrás de la tela oscura piensa “qué fácil es embutirse en una franelita roja mientras uno se forra, carajo”. A Peter tampoco le mueve el odio, el reconcomio, no es esa bolsa negra de 200 litros de basura pestilente y de enclosetamiento tóxico que es el gordo John. Ni tampoco es el soldado raso al estilo Freddy, que no cuestiona ni se opone, simplemente acata las instrucciones de arriba, balbucea un “sí, maestro” y las ejecuta con docilidad de perro policía.

Peter C., y he aquí lo delirante, cree de verdad lo que está diciendo. Él está convencido de esas cosas insólitas que a su cerebro se le ocurren y que conecta sin filtro a su boca, sin que nada se las ataje ni se las dosifique. No siente el mínimo temor de ese que alguna vez hemos sentido el resto de los mortales: “coño, mejor me callo y no digo esto porque es un disparate”. No, Peter está seguro de que está diciendo la verdad. Él no duda. Él no miente.

Cada vez que sintonizo un canal y está hablando Peter no puedo escabullirme. Me quedo atrapado escuchando su ronca voz de milico, su breve gagueo, su tartamudez mental que le hace escupir las ideas como una cañería llena de barro y burbujas de aire; me captura en su red alucinada y siempre, al menos una vez por discurso, me arranca una risotada o un aplauso: “¡Qué bárbaro este pana, mira lo que está diciendo!”.

Tengo varias sospechas y me gustaría que me ayudaran a dilucidar cuál de ellas se acerca a develar el misterio de Peter C:

1) El tipo es un personaje escapado de un relato futurista distópico, uno que por alguna extraña fisura en la brecha realidad-ficción cayó en esta tierra de gracia. Estoy casi seguro que es un Delta o un Epsilon fugado del Mundo Feliz de Aldous Huxley. O un Gamma pero con sobredosis de Soma.

2) La vida en otros planetas existe. Ya están aquí entre nosotros. Él es uno de ellos.

3) Quien está de acuerdo con Peter y entienda su mensaje será salvado por los extraterrestres por medio de una nave nodriza que aterrizará en Miraflores. El resto moriremos con el fin del mundo que se avecina. Los elegidos por él serán llevados a otro planeta donde serán inmortales, vivirán la revolución bolivariana desde el principio, en loop y para toda la eternidad. (Mierda, qué bueno va a ser no salvarse).

4) Peter es el eslabón perdido. (Telegrama en clave Morse: Científicos del mundo no buscar más. Eslabón está aquí. Listo para llevar al laboratorio. Venir pronto.)

5) Peter es el eslabón que sigue a nuestra especie. Es el Homo Non-Sapiens del futuro. En el futuro todos serán como él. Y el mundo será un lugar muy raro. Aún más raro que este. Coño, rarísimo.

6) Peter es la respuesta venezolana a Deleuze y Guattari. Es el único carajo en el mundo que los deja callados, rascándose las cabezas secas de ideas: “Merde, Jacques, este tipo es demasiado extraño no tengo ninguna explicación ni ninguna frase impenetrable para abordarlo”. “Yo tampoco, Felix, moi non plus, menos mal que se metió a ministro y no a filósofo”.

7) Peter no existe. Es un holograma inventado por la inteligencia cubana en los laboratorios más secretos del régimen. Lo proyectan en tercera dimensión cuando les hace falta y las frases que dice son trozos mal pegados de grabaciones de otros discursos dichos por otros, combinadas aleatoriamente, con el único fin de que cause la mayor confusión posible.

8) Peter es un humorista. El cómico más cómico que ha parido la raza humana. Pero nadie le entiende los chistes. No aún. Dentro de un siglo la gente dirá: “Joder, los actores más cómicos de la historia son, en este orden: Peter C, Cantinflas y luego Chaplin”.