jueves, 31 de julio de 2008

Escudos



Una vez papá se presentó en la casa con un regalo que le había hecho uno de sus amigotes de la Librería el Gusano de Luz. Era una cosa cuadrada y pesada, cubierta por un envoltorio de papel marrón. Lo abrimos a cuatro manos y de allí salió enmarcado en madera y con un vidrio protector El Escudo de la Familia Urriola, traído directamente de un caserío vasco cercano a Guernica. Yo estaba francamente emocionado pues esperaba que, como en todos los escudos, hubiera un león, un rayo de Zeus, un carruaje de Apolo, el tridente de Poseidón, un águila, un tigre, un cañón, una cinta escrita con una frase poderosa en un latín impenetrable. Pues no, por lo visto los Urriola han sido ancestralmente una familia de jodedores o de irresponsables a los que no les interesa en lo absoluto distinguirse con un escudo, porque aquélla cosa era una soberana mamarrachada. Tenía una especie de yelmo abollado y mal pintado puesto de perfil en la parte superior y en los cuadrantes interiores había unas cosas que parecían unas nueces o unas avellanas, cuatro espigas de trigo mal amarradas con un pabilo, una cinta roja al viento que no decía un carajo –pienso hoy que menos mal- y un pájaro parado con cara de fastidio que quizás era un cuervo o un zamuro. Mi padre me miró con sospecha y preguntó: “Chamo, ¿tú lo quieres?”. Y no hizo falta que yo respondiera, al día siguiente el Escudo de los Urriola estaba colgado en la puerta del cuarto de un primo.

Los escudos son una cosa extraña y omnipresente. Es una especie que prolifera en relación inversamente proporcional a la del oso panda. Adonde voltees hay un escudo, todo lleva escudo, hay una sobrescudización del mundo. Son como unos bisabuelos con estirpe de los logotipos comerciales de hoy. Es una cosa que con su sola presencia te dice: cuidado, contrario a lo que parece aquí hay gente seria. Como si nada fuera suficientemente digno o lo bastante sólido si no tuviera escudo. Algunos sostienen que los únicos escudos que sí valen de verdad son los de las federaciones de fútbol en el álbum del mundial de Panini, porque los puedes cambiar por 4 de las barajitas normales o porque hasta puedes venderlos al precio que te dé más rabia y siempre aparecerá un pendejo que lo compre.

Claro, hay escudos tan impresionantes que uno les coge cariño y provoca hacer la ola. El de la Unión de carritos por puesto Casalta-Chacaíto-Cafetal, por ejemplo, tiene en el centro a un conductor, pintado de perfil por un niño de 5 años, cuyas manos reposan sobre un volante: QUE ES EL SÍMBOLO DE LA PAZ.

Debería existir un recetario para hacer escudos. Todo escudo que se respete debe tener un animal fiero en actitud de ataque: leones, tigres, águilas, serpientes, caballos, elefantes, lobos, bulldogs (tortugas, rabipelados, aves migratorias y perros de pooddle para abajo abstenerse, así como cualquier bicho rastrero excepto el escorpión). Tiene que tener también una frase que diga necesariamente cosas como honor, patria, respeto, unión, progreso, igualdad. Si puedes decir eso mismo pero en latín -o en algo que suene más o menos a latín- pues mucho mejor, el escudo vale el doble (igual que si el animal tiene dos cabezas en vez de una). El elemento vegetal es infaltable, cuide de rodear a los animales, banderas, frases rimbombantes, coronas, cuernos y riquezas múltiples con un marco de frutas y ramas de cualquier cosa. Los escudos sufren del síndrome de los pesebres: si no le metes monte, la vaina no está completa nunca. Ah, y finalmente, siempre tiene que tener un elemento abstracto o mal dibujado, algo que la gente se acerque, entrecierre los ojos, mire con expresión sesuda –o sinceramente intrigada como si se tratara de un cuadro impresionista- para que al final todos tengan que reconocer “mierda, ni idea de qué es eso… pero parece pupú de hamster”. Eso está allí puesto a propósito para que las maestras puedan inventarle a los niños en la escuela cosas como: “Y esos que están aquí son diamantes brutos, como símbolo de la riqueza humana y mineral que esconde en sus entrañas nuestra patria”. Y los chamos del fondo susurran: “Pues a mí me sigue pareciendo mierda de hamster”.

La próxima vez que le agarre la cola que bordea al aeropuerto de La Carlota, fíjese que la reja está coronada en cada columna (que son como 300) con un escudo. Y si echa ojo –tranquilos, habrá tiempo, se los juro- se dará cuenta de que la mitad de ellos reza en la parte inferior: Spatium Superanus Platinus. Me hubiera encantado registrar con una cámara el momento en que el Coronel encargado del diseño del escudo le explicaba al Comandante General de la Fuerza Aérea aquello de superanus y el jefe le decía: “Sí, chico, me queda clarito lo del latín, no me lo expliques más… ¡Pero tú estás seguro que no hay otra manera de decir lo mismo pero sin el súper anus!”.

miércoles, 23 de julio de 2008

Sugerencias para hacer una road movie en Caracas


Una road movie -valga la aclaratoria porque no son tantos los que nacen aprendidos- es una película que se desarrolla en una carretera. Normalmente va de dos personas que se suben a un carro y comienzan a recorrer una ruta de un extremo al otro y en la travesía les pasa de todo. Ese viaje es algo que les cambia la vida o la manera de entenderla, y de alguna manera los que llegan a destino no son exactamente los mismos que partieron. En pocas palabras, el viaje físico acaba siendo una metáfora del tránsito por la existencia: el camino es la vida y al recorrerla se vive. Si quieres más información puedes leerte “En el camino” de Jack Kerouac o te buscas películas como “Badlands” de Terrence Malick o “Easy Rider” de Dennis Hopper, ojalá si tiene mucha suerte te topes con una cosa prodigiosa de 4 horas llamada “Route One USA” de Robert Kramer. Esa gente lo explica muchísimo mejor de lo que yo podría hacerlo jamás. Así que dejémonos de tanta vuelta y al grano.
Lo primero que tienes que hacer es buscarte un amigo que esté dispuesto a atravesar Caracas en carro contigo. Explícale bien la ruta sobre un mapa y que no se deje engañar porque ahí todo se ve fácil y chiquitico, la idea no es que el copiloto se te baje del carro de un portazo cuando apenas van por La Urbina. El plan es que van a salir una mañana de Guarenas y el final del trayecto es en Los Teques.
Te buscas una camarita de video y le pones una cinta de 120 minutos (si encuentras el botón en el menú para ponerla a grabar en una velocidad que convierta eso en el cuádruple pues mucho mejor, créeme que te va a hacer falta).
Al principio del recorrido todo va bien, hay risas, ponen música, comentan el paisaje y sacan la cabeza por la ventana.
Cuando lleven ya 20 minutos de película, el paisaje no se mueva, no hay recorrido porque están trancados en la cola de la Guarenas-Caracas y los temas de conversación estén ya inevitablemente agotados, dejan la cámara sobre el tablero haciendo un plano fuera de foco del parabrisas o el retrovisor (ustedes luego dicen que es un homenaje a Godard y van a quedar recultísimos).
Cuando estén a punto de llegar a Petare, entrando a las puertas de la ciudad (estamos ya como en la hora y media de película -y la última hora ha sido silente-), ustedes se van a sentir que están más bien haciendo la versión cinematográfica de La autopista del Sur de Cortázar, así que entra en personaje y comienza a echar ojo a ver cuál es la muchacha de la cola de la que te vas a enamorar (Aquí el Renault Dauphine no existe, así que cualquiera que esté en un Twingo -o el modelo que sea- te sirve). Sí, esa misma, la del carro de al lado que lleva igualito que ustedes hora y media sin moverse y está que gatea por el techo. Le haces un guiño, abres la puerta (cuidado con los motorizados, asómate primero por el retrovisor) te subes a su carro con la cámara en mano, le hablas, te seduce y se deja seducir, le cuentas tu vida, dejas que ella te cuente la suya, la besas, pasan al asiento trasero (aquí de nuevo otro homenaje a Godard con un fuera de foco mientras se oyen cosas de fondo), se enamoran, hablan de los hijos que van a tener, les ponen nombres, deciden la raza de los perros, discuten en dónde exactamente iría la parrillera del jardín, pelean, se reconcilian, vuelven a pelear, se dan cuenta de que se tienen mucho cariño pero que esa relación no va para ninguna parte, que el amor no basta, se despechan, lloran, se despiden, te bajas de su carro y vuelves tras el volante del tuyo. La cola ha avanzado 50 metros. Haz un plano del carro de ella que toma la salida hacia la Cota Mil y se aleja mientras ustedes siguen por la Autopista (coño, pero haz un fundido a negro porque ese plano del carro alejándose hasta desaparecer puede durar 45 minutos y aquí no hay homenaje a nadie que valga, eso es una ladilla y punto).
Bueno, seguimos. Ahora están rodando por la zona de Macaracuay o Los Ruices Sur y ustedes están hablando del sexo de los ángeles, de las razones por las que el ornitorrinco es un bicho tan raro, de por qué en Australia está el hueco de la capa de ozono y por supuesto de que Machu Pichu lo hicieron los marcianos porque los incas nos tenían tecnología para hacer esa verga tan grande allá arribota, además de todas esas cosas trascendentales que uno habla cuando tiene ya dos horas encerrado en una cabina con otro pendejo. En medio de la acalorada discusión, ya a punto de irse a las manos, porque tú dices que sí fueron los indios y tu amigo que no, que fueron los extraterrestres porque él lo vio en Discovery Channel, les toca a la ventanilla un motorizado que en complicidad con un vendedor de papas fritas, les apuntan con sendas pistolas a la cabeza: “No te me pongas con comiquitas y me das la cámara, los celulares, las caltera y cualquiel objeto valioso y/o/u de valol que calguen con ustedes encima”. Entrégales todo, pero la cámara no, que nos quedamos sin película. Diles que es un proyecto artístico y que los vas a poner en los créditos y hasta les pagas regalías si la vaina la pegas. Si se engorila mucho y no entiende de diálogos ni del crítico estado del vapuleado cine nacional, pues hasta aquí llega la road movie y el resto de la película será filmada por ellos (será una vaina como Ciudad de Dios pero en documental y en serio). Pero si los llegas a convencer vas a tener, justo después del título de la película, que meter un insert que diga “A nuestras madres (y a los panitas asaltantes de la autopista) por permitirnos la vida”.
El resto del trayecto es con los vidrios arriba y con aire acondicionado. Será la primera road movie que se hace así (normalmente hay velocidad, cabellos al viento, el estado anímico de los protagonistas reflejado en el paisaje cambiante), pero en ésta será todo en interiores y con la cámara oculta -que si te la llega a ver otro choro se nos acaba todo-. Eso sí, mosca, si llegan a estrenar la película ustedes juran que eso fue adrede, que quisieron innovar en el género, que ése fue su humilde aporte personal.

A esta altura a la película faltan drogas. No hay road movie sin un viaje místico, sin que alguien se coma unos hongos, sufra una sobredosis de ácidos o se meta peyote, tenga un viaje astral, hable con un chamán o con una serpiente, se pierda por el desierto sin moverse de sitio. Si ustedes de verdad fueran como Kerouac, Burroughs o Ginsberg comprarían en cualquier farmacia un jarabe para la tos y acabarían fabricando con las mangueras del motor una especie de alambique para destilar heroína o cualquier otro alcaloide pinchable; pero como ustedes son un par de bolsas y no tienen ni siquiera real para comprarse un jengimiel les sugiero una más fácil pero igual de radical: buscan las monedas que siempre hay en el cenicero, revisen los bolsillos y le compran al vendedor ambulante que está entre el canal rápido y el de 60 los tostoncitos que se está comiendo (porque aquí los vendedores prueban la mercancía para seducir a la clientela). Le dices que a cuánto los tostones -y olvídate, hasta eso está incomprable, no te alcanza- entonces le dices que quieres comprarle los que se está comiendo él, que a cuánto te los deja. Negocia que a mitad de precio y te llevas tu media bolsa de tostoncitos sazonados con la flora bacteriana del vendedor. Más adelante, seguro, encontrarán otro que vende birras, Smirnoff Ice, café con leche y chicha, todo en el mismo tobo que alguna vez fue azul pero que ahora más bien es marrón con verde. Le compran la chicha que es lo que está mejor, porque la hacen con el agua de lluvia y cloaca que se quedó estancada en la cuneta y eso le da un sabor increíble. Bueno, le entran a la chicha y al tostoncito y esperan unos cinco minutos. Aquí lo que van a sentir -y lo que acabarán diciendo y haciendo frente a la lente- será sencillamente alucinante, delirante, perturbador.
Habrá un momento en que alucinarán con una nave espacial que les sobrevuela la cabeza (es el helicóptero ruso que se compró Chávez que no cabe ni en Maiquetía), y cuando crean comenzar a entender el sentido de la vida, la road movie se les convertirá de pronto en Mad Max –en una escena donde se vienen encima todos los punketos pero Mel Gibson ni porta- serán cercados, obstaculizados, sobrevolados, asfixiados y amedrentados por 200 motorizados que haciendo caballito a 120 Kph, corriendo a contraflujo, picando cauchos, bebiendo caña clara mientras encabritan y aceleran sus motocicletas, retándose y cruzándose como caballeros medievales en una justa, se apoderarán de la vía para escupirle al mundo que otro motorizado, otro más, ha sido asesinado y así los velamos aquí. Trata de grabar la escena pero no te metas mucho ni te las des de valiente, mira que puedes acabar como Héctor atado a los pies del caballo de Aquiles y esa toma en contrapicado del cielo, salpicado de trocitos tuyos mientras rebotas y te exfolias a lo largo del pavimento, tendrá éxito solamente en Youtube.
Se hace ya tarde, anochece en la subida de la Panamericana, no hay luz en los postes, el carro se desplaza lentamente, a tientas, por esas curvas bien engrasadas, caen en un hueco que provoca que el estómago y la faringe ocupen por segundos exactamente el mismo sitio.
Haciéndose mutuamente la pata de gallina logran salirse por la ventana para alcanzar la superficie que quedó unos cuantos metros más arriba. Afuera es ya noche cerrada, ustedes están hechos un asco y con las ropas en hilachas, intentan pedir ayuda, hacen gestos para que algún conductor sensible se detenga y les llame a una grúa. El conductor escogido pensará que ustedes son un par de asaltantes y decidirá, en medio del pánico, que esta vez no se va a dejar robar su carrito que tanto le ha costado, así que embestirá contra ustedes dos. Se lanzarán de clavado hacia los matorrales al borde de la carretera y con el impacto el lente de la cámara se resquebrajará.
Un par de horas más tarde, finalmente, un gruero se compadecerá de ustedes y aceptará llevarlos a casa por la módica suma de 500 Bs (en su modalidad strong). No habrá tiempo ni dinero para terminar el recorrido porque si llegan hasta Los Teques la tarifa de la grúa sube a 1000, así que en el primer retorno se devuelven. No será la primera ni la última road movie en la que los protagonistas no llegan al llegadero. Como en la vida, hay que aprender a veces a no llegar.
Sacarás tu cámara rota, comprobarás que a la cinta aún le restan un par de minutos vírgenes. Allá abajo está Caracas que a la distancia se ve tan apacible y tan hermosa. Le harás un último plano desde tu asiento del piloto que ahora cuelga en plano inclinado del brazo de la grúa. Le harás foco, con sus luces encendidas que se reflejan en mil destellos sobre el lente astillado. La verás como ve uno a esas mujeres que nos desesperan y nos vuelven locos, nos sacan de quicio, pero que no sabemos hacer otra cosa que quererlas y volver a ellas. Será que eso las hace aún más adorables, y más a uno. Le perdonarás absolutamente todo, la querrás un montón y le darás las gracias. El lente se empaña, se acaba la cinta. Créditos.


miércoles, 16 de julio de 2008

Licencia para entristecer


A mí me preocupan un montón esas personas que siempre están demasiado bien. Que no acaban de escuchar la pregunta: ¿Y tú qué tal..? porque inmediatamente se les abre un grifo, se les activa un botón, te responden con un salto, un disparo, un grito, una carcajada bien ensayada: buenísimo espectacular lo máximo arrechísimo mejor que nunca súper non plus ultra pirotécnico efervescente. Y mientras haces equilibro para que ese alud -tan festivo como plástico- no te despeine tú vas pensando: “Ay, coño, aquí hay algo mal. Realmente mal”. Sospecho de la gente que permanentemente está recontrabien.

Claro, la gente que vive inmersa en un melodrama también es un fastidio. Uno tampoco tiene derecho a andar por allí soltándole al primer pendejo que te pregunta cómo estás un saco de pesares para que te ayude a soportar la carga y además pretendas que se solidarice con tu autocompasión. Pero los deprimidos-a-juro a fuerza de boberías no son preocupantes, son aburridos. Eso no los hace ni mejores ni peores que los sobrerevolucionados, simplemente son distintos.

Le escuché a un psicólogo decir que en cada familia, en cada hogar, hay un sentimiento que está prohibido mientras se da a los miembros del clan licencia para exteriorizar todos los demás. Así pues, hay casas donde la rabia no tiene asiento en el sofá. Si usted va a pegar un grito, a mentar la madre, a dar un golpe en la mesa o sobre la nariz de su hermano, o a decir una barbaridad que atente contra lo que su abuelita llamaba “ser gente decente”, se le activa una suerte de regulador interno, una especie de dimmer emocional, que le obliga a tragar grueso, a enterrar la cabeza en el plato y progresivamente sentirá que un hongo atómico a escala se le arma entre el estómago y el esófago hasta que él solito se difumina y al rato, una vez más, aquí no ha pasado nada. Si hablamos de bloquear la alegría citaré a un amigo que se fue de intercambio a Inglaterra un año y cayó en el seno de una flemática familia londinense. El tipo, cada vez que intentaba hacer una broma a sus padres adoptivos, escuchaba por toda respuesta “I’m sorry, It is not exactly my cup of tea” (Lo siento, no es exactamente mi taza de té). Es quizá la manera más pluscuancorrecta que hay de decirle a alguien: “No fastidies, aquí no nos da risa nada”. Me he asomado en familias donde decirle a alguien “te quiero”, “qué bonita que estás”, “ven acá para darte un beso”, “hazme cosquillas en la espalda” y cosas afines pertenecen a la categoría: mariconadas de gente ridícula que aquí no se hacen ni queremos. Y finalmente están las casas que tienen prohibida la tristeza, que cuando se les muere alguien se compran un equipo de sonido más grande y otra caja de whisky, o salen a buscarse otra pareja más joven y guapa, se rumbean los duelos como quien festeja una boda, matan a una ternera, se rodean de amigotes, se gastan los tres reales que les quedaron luego de la separación contratando a una agencia de esas que organizan fiestas para celebrarte el divorcio. Lo que sea ¡Pero en esta casa no se llora, no joda!

Últimamente parece haber un acuerdo tácito y colectivo, acaso una tendencia masiva, para abochornarse de la tristeza. Reconocer que uno está triste, o ha estado triste, es una cosa molesta y denigrante como si uno dijera: “a mí lo que me más gusta es meter cachorritos cinco minutos en el microondas”. La gente mira al tristible (dícese de aquel susceptible a la tristeza) con cara de “pobre enfermo” y huyen en busca de alguien con quien puedan competir para ver quién es más felicísimo.

En los tiempos de la música punk, cuando los Sex Pistols eran los nuevos reyes del asco y la furia, surgieron al poco tiempo los darkies y la crítica musical los asumió como brigadas rivales. Una élite oscura que se levantaba en contra de los destellos cegadores de los punkies. Pero no eran tribus confrontadas, eran más bien primos distanciados. Aquello mismo que llenaba a los punkies de rabia, asco y ruido llenaba de dolor, tristeza y melancolía a los otros. Eran producto de la misma alergia, sólo que somatizada con síntomas distintos. Aquello que a algunos produce una indignación de infarto a otros les siembra una pulmonía lenta.

Yo, en lo personal, le debo mucho a la música convertida en furia; pero le debo más aún a quienes se han nutrido de la tristeza y han hecho de esa sustancia extraña algo hermoso para el oído.

No sé, será que me huele más a verdad.


“The Rip” de Portishead, que tenían 11 años acumulando tristezas para poder hacer su tercer disco. La pasaron terrible, menos mal.

lunes, 7 de julio de 2008

El cielo de las langostas


Existe un roedor llamado Lemming, a medio camino entre un ratón y un conejillo de indias, que se suicida colectivamente lanzándose por los acantilados de Finlandia. Nadie sabe el porqué de esta inmolación masiva, simplemente se sabe que pasa. Un buen día, cada cierto tiempo, echan a correr frenéticamente y se van uniendo, como ramales que nutren un gran río con patitas, hasta caer hechos una cascada de pelos y dientes al mar.

Algo similar -me contaba recién una amiga- ocurre con las jaibas en la carretera que lleva hacia Chichiriviche. Cada tantas noches se arrastran todos esos crustáceos, con sus ocho patas y sus dos tenazas, hacia el asfalto y allí esperan hasta los autos los trituren para formar con ellos una heterogénea pasta de carne de cangrejo y concha. Miles de jaibas crujen bajo los cauchos, y ese sonido se queda instalado en los ocupantes del vehículo, se convierte en memoria que eriza los pelos de la nuca.

He conocido gente que sostiene que la culpa es de la luna. La luna caprichosa que le susurra a ciertos seres sensibles: “dale, es la hora”. O quizás sea el espíritu de Malthus, algo que algunos animales ya han entendido pero que nosotros no: “Somos demasiados, no cabemos. El mundo se ha hecho insuficiente, vamos a dejarle espacio y comida a los demás”. A lo mejor lo hacen porque es infinitamente divertido –una descarga de adrenalina mucho más poderosa que lanzarse masivamente en parapente o en bungee-; o será, tal vez, porque algún profeta les aseguró que sólo así se consigue la salvación. Mañana amaneceremos todos en el reino de los Lemmings y de las Jaibas. Pero eso, claro, nadie lo sabe.

Lo que sí sé es que mi amigo el Clutch tiene una historia que lo hace especial entre los hombres, pero también en el reino animal y creo que en el vegetal. Comenzaré -antes de entrarle a esto que seguramente para algunos es ya un mito- diciendo que el Clutch es un tipo de pocas palabras. Que por cada diez palabras que dice un humano promedio, el Clutch suelta una o ninguna. Que está siempre allí, pero no se nota. Es como si hubiera adaptado un status del Messenger para la cotidianidad que es el “Appear Offline”. Pareciera que no está, pero está. Bueno, al grano, el Clutch iba en ese viaje en el asiento de atrás. Sentado en el medio del asiento, en absoluto silencio –valga la acotación-. El Pollo iba al volante y el velocímetro del Jeep marcaba una cosa insólita como decir 150 KPH (Solamente frenábamos un poco cuando se acercaba un puente angosto, porque pocas semanas antes el hermano del Cromañón se cayó con sus amigos por uno donde estaba el hueco pero no el puente). Yo iba de copiloto con la ventana abierta y el pelo largo golpeándome a la cara. Y en eso algo enorme entra por la ventana y me roza la sien. Me despeina como un balonazo a toda velocidad y yo pienso: “coño, qué vaina fue esa”. El Pollo, sin soltar el volante, bajándole vatios a la música, me dice: “Pana, ¿qué fue eso? Sentí como si algo entrara por la ventana”. “Ni idea. Pero casi me vuela la cara”. Clutch, imperturbable atrás, no dijo ni ñe. Aceleramos y subimos el volumen. Diez minutos más tarde escuchamos un quejido desde el asiento trasero: Un “Ayyyyyy” prolongado, como en cámara lenta, como gemido por un gorila tapiado por almohadas. Y cuando volteamos vimos al Clutch con un chichón enorme en la frente, sobándose la cabeza con ambas manos… y a su lado una langosta desnucada, tirada allí sobre el asiento. Una langosta, pana, de esas que se comen las cosechas en las películas, como si fuera un grillo pero blindado y de 20 centímetros, yo ni sabía que esa vaina la había en este país. Allí estaba, con el cuello roto y las patas viendo al cielo, después de haber chocado cabezas con el Clutch.

Me pregunto qué complejísimo sistema de casualidades habrá engranado en ese instante para que una langosta encontrara la muerte de esa forma. O si acaso ser kamikaze o hacerse el harakiri son apenas reproducciones en la escena humana de comportamientos que hemos aprendido observando a roedores, crustáceos, insectos. Confesaré que en algunas noches de insomnio me he preguntado si esa langosta era única, o si ellas también están buscando permanentemente sus acantilados, carreteras, cabezas, para lanzarse en picado e inmolarse.

No lo sé. Lo que sí sé es que cuando presento a mi amigo Clutch a otros se le quedan viendo con una mezcla de susto y admiración. Y apenas lo ven alejarse dos pasos me dicen en un grito ahogado: “¡Este es el pana del cuento con la langosta!”. Y yo respondo con orgullo: “El único carajo en el mundo que ha matado una langosta a cabezazos”.