viernes, abril 03, 2009

Así van las cosas

Querido lector,
Esta vez te pido te tomes cuatro minutos y medio de tu tiempo. Mira este fragmento de Der Lauf Der Dinge (The Way Things Go, 1987), de los suizos Peter Fischli y David Weiss. Serán, eso sí te advierto, cerca de cinco minutos muy peculiares. Si luego de ellos te quedan ganas de seguir, pues seguimos.



La película entera The Way Things Go dura casi media hora. Veintisiete intensos minutos de esa máquina del perpetuo movimiento donde todo está permanentemente a punto de fallar, y sin embargo un milagro de último segundo siempre sobreviene. Como si sólo por un accidente sublime ocurriera el pequeño detalle que permite que el experimento pueda continuar. Cometeré una aberración deleznable que siempre he criticado, les contaré el final de la película: todo este largo experimento de centenares de metros de instalación, todas estas reacciones químicas, estos cauchos rodantes, estas breves explosiones, todo este montaje de trampa a lo Tom y Jerry hecho con materiales de desecho, no llevan a absolutamente nada. No ocurre un disparo, no se lanza un cohete, no se prende un bombillo, no calienta el agua para el té ni le hace un ecosonograma a un feto. Nada.

Y mis pobres alumnos, a quienes someto a la tortura el primer día de clases, con el transcurrir de los minutos se van tomando los pelos entre las manos, se clavan las uñas, se retuercen en sus asientos, algunos se duermen, la mayoría se desespera y todos sin excepción se obstinan. Al final, cuando todo aquello termina sin llegar a ninguna parte, se escucha siempre un quejido colectivo trucado en rumor y suspiro. Me imagino que algunos habrán acariciado la idea de construir una máquina similar pero con trocitos míos. Sería una máquina espantosa, aunque viéndole el lado bueno –dado mi tamaño- la película no duraría más de 3 minutos.

Confesaré que me gusta excepcionalmente esta película, forma parte de mi más íntimo canon personal. Me gusta cuando, a veces, el cine se da el lujo de comportarse como la pintura o como la música; que no amerite una explicación o una comprensión. Que simplemente guste o conmueva por algo que no se puede explicar ni verbalizar. Que no entiendas nada y sin embargo te rindas. Nadie le pide a un cuadro de Pollock que signifique, ni nadie puede decir que entiende una pieza de John Coltrane. Cuando se construyeron los autómatas, en aquellos hermosos tiempos en que las máquinas no tenían que servir necesariamente para algo, aquello no eran obras de ingeniería sino de magia. El cine también nació como un artefacto humilde, hediondo a bajos fondos, mucho más cercano al acto fugaz de magia que al arte. Era una cosa para que la gente se riera, aplaudiera, soñara un ratito y se tomara otra copa. Era un aparato más, como los autómatas, donde la ciencia se ponía al servicio de la fantasía.

A veces el cine se acuerda de eso. La mayoría de las veces los cineastas lo han olvidado. Es mucho más seguro y exitoso refugiarse en la tranquilidad de los géneros, en la fórmula segura cuya receta es fácil de preparar y más fácil de digerir. Y cuando eventualmente algún par de locos, como Fischli y Weiss, se acuerdan de que el cine también es un aparato intrincadísimo e inutilísimo para hacer travesuras entrañables que no llevan a ninguna parte; la gente suele decir: “eso, además de malo, no es cine”. Así estamos, así van las cosas. El mundo está codificado y tiene un fin utilitario. Así que a esto se le puede llamar instalación, o se le dice videoarte, se le llama audiovisual experimental; pero derecho a llamarse cine no tiene. Me imagino que lo mismo aplica a quienes no escriben Literatura como se supone deben escribir los Escritores. Y entonces Messi juega otra cosa que no es fútbol; porque es demasiado distinto a lo que hace y parece un futbolista.

Estoy profundamente agradecido a estos dos suizos por esta obra incómoda, curiosa, absurda, fascinante. Les debo mucho a Fischli y Weiss por esta cosa tan inexplicable que, precisamente por eso, me ha ayudado a darle un poco de sentido a tantísimas cosas.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Extraña sensación,la que nos dejas con esta obra cinematográfica, es asombro, ante una genialidad tan poco común. Quedé ,como tus alumnos,impactado.

Anónimo dijo...

igual

IERL dijo...

Que buen material Jose, y que bien descrito por ti.

Abrazo,

nano dijo...

.:.

Verga, que bien escribes...

Hace casi dos años hize un peqeño experimento con la camarita de mi hermano, tampoco pasa nada, es un día en mi vida. Me acordé de eso por los veintisiete minutos, y puede también porque hago una pequeña propuesta de lo que pienso debe ser el cine. Me gustaría hacértelo llegar...

Estoy de acuerdo con respecto a lo que piensas sobre el "hacer cine"...

Tus estudiantes de qué?...

F.

.:.

Enrique Enriquez dijo...

Esa película es una maravilla.

Curiosamente, cuando la proyectaban en el MOMA en una exposición curada por Vik Muniz, la gente, parada frente a la pantalla sin quejarse, se reia a carcajadas cada vez que alguno de los mecanismos se activaba. Sentí que me encontraba frente a la versión realista de uno de esos cartoons de Warner Bros. en el que un mecanismo similar servía para mortifcar al gallo Claudio o al Coyote.

Esa película es un ejemplo extraordinario de cómo contar un cuento.

EE

Anónimo dijo...

Me encantan estos circuitos, todo el arte industrial, las casa en fábricas, lo robots y tu vídeo. Quiero un circuito igual para casa y quiero encenderlo todos los días y que al final se fría un huevo y una mano metálica le sacuda pimienta, aunque nadie se lo como nunca.

Victoria dijo...

Caí en este blog por casualidad (un link en el de Fedosy Santaella). Me reí TANTO con esta entrada, sobre todo porque debo aclarar que no, que en mi caso no me retorcí, ni convulsioné, ni me fermenté del aburrimiento, ni se me necrosaron los ojos, ni quise construir un circuito de estos con pedacitos de ti, de hecho, me gustó muchísimo y me hace pensar que, cuando se dejen de inventar nombres para etiquetar todo lo que se haga - como si eso volviera las cosas, autómaticamente, en algo respetable - entonces el arte volverá a ser arte.

Excelente el blog, lo linkearé.

Jose Urriola dijo...

Mis estimados lectores:

Anónimo 1: La verdad es que yo me sigo impactando y fascinando cada vez que lo veo como si fuera la primera vez. Me agrada que te haya impactado.

Anónimo 2: Igual.

Iván: Chamo, qué bueno tenerte por aquí, hacía rato que te había perdido el rastro. Siempre grato reencontrarte, por aquí y en la vida real también.

Nano: ya tienes mis señas que te las mandé al mail. Estamos en contacto para seguir intercambiando sobre letras, músicas y películas.

Enrique: Yo vi esto por primera vez en Barcelona, en casa de un amigo que siempre tiene unas gemas extrañas en casa y que me hace una degustación de curiosidades cada vez que lo visito. Te confesaré que me puse como un carajito, me reí y creo que aplaudí, sufrí cada vez que se les quedaba el vasito plástico pegado a la madera y juraba que todo se arruinaba allí, que el experimento se jodía, pero siempre (creo que era Fischli haciendo trampa fuera de campo) algo milagroso ocurría y yo volvía a creer. Me reí, fue lo que más hice, reírme durante media hora.

Anónimo 3: Siempre habrá alguien para comerse ese huevo frito con pimienta. Y siempre habrá otro para quedarse enchufado a la máquina, haga huevos o no.

Victoria: Haré la honrosa excepción, mea culpa por estar generalizando, la verdad es que siempre me siento en la última fila y no les veo las caras. Ya sé que por lo menos contigo el experimento provocó la risa que siempre esperé en la mayoría. Por lo visto nosotros dos somos de la misma especie a quienes esto tan raro provoca fascinación. Me alegra que así sea.

Un abrazo para todos,
Jose

DrMartin dijo...

Me fascina como escribes, sigo tu blog en rss... estoy atento, saludos.