martes, noviembre 03, 2009

Aeropuertos


Los aeropuertos son lugares extraños entre los raros. Es un lugar metafórico, o mejor un no-lugar, que se parece más a un sitio de otro mundo que a un espacio en la tierra.

Cuando uno se da cuenta de que le ha perdido el cariño y la fascinación a los aeropuertos es una de las señales más claras de que has comenzado a envejecer. Que la vida te ha puesto la piel gruesa, que conoces la miseria, la estupidez y la maldad que habita en el mundo (y especialmente en los aeropuertos, esperándote cada vez que se te ocurra subirte o bajarte de un avión).

Cuando uno es niño adora a los aeropuertos porque miras desde la terraza esos monstruos en la pista, esas colas de colores, las narices negras sobre las caras blancas y ese tronar de turbinas se te antoja una música que canta sobre otras tierras. Y el hecho de que aquellas ballenas aladas despeguen y aterricen, nadie sabe cómo –mucho menos los ingenieros aeronáuticos-, aunque lo mires mil veces seguidas, sigue siendo un acto de magia. Uno que hace soñar con todo ese mundo de allá afuera que, a lo mejor, con suerte, llegarás a conocer. Ya habrá tiempo para eso. Porque a esa edad siempre queda tiempo.

Pero cuando se crece, uno lo único que quiere es que te dejen salir y que puedas llegar. El aeropuerto empieza a saber a miedo, a muerte, a espera estéril. Uno es narcotraficante y hombre bomba hasta que se demuestre lo contrario varias veces (luego de que las radiaciones del escáner digan que parece que no te viniste tragado de coca o de C4, que puedes seguir, aunque quién sabe si tus células siguen siendo las mismas). En los aeropuertos uno es apátrida en fuga o inmigrante indeseable dependiendo de la puntada anal del funcionario que revisa el pasaporte. Y uno tiene que absorberse la acusación con silenciosa sonrisa. Y hasta dar las gracias cuando te perdonan la vida y te dejan seguir.

Hay tres sitios en los que se llora a lágrima viva y sin taparse la cara: los cementerios, las estaciones de tren y los aeropuertos. Son los lugares por excelencia para la despedida. Pocas veces se llora tan de verdad como cuando abrazas a alguien por última vez antes de cruzar las puertas que te llevan a los controles. En esos segundos intentas decir: hasta luego; aunque un vértigo cruel te susurra pasito desde el costado más siniestro del estómago: quizás deberías decirle adiós.

La gente suele ver con vergüenza o con sorna a los llorones de aeropuerto. Intercambian miradas burlonas o clavan las sonrisas incómodas contra el suelo. “Qué cosa ridícula ponerse a llorar así en público”, piensan. Pero la verdad es que sienten envidia, ya les gustaría que alguien algún día los despidiera así.

Una vez se pasan los controles, y uno y sus cuatro tonterías son sometidos a varios rayos x, y a varios detectores de metales, y se es interrogado, y uno es puesto bajo sospecha mil veces (alguien que viaja solo necesariamente tiene que tener cincuenta dediles de heroína en la tripa o está buscando escapar de la ley), cuando por fin uno atraviesa todas las puertas del infierno que conducen a la puerta de embarque, lo que cruza al otro lado ya no es una persona, es un fantasma.

Los aeropuertos están habitados por fantasmas. Son espectros en permanente espera, en permanente tránsito. Los aeropuertos son un demo del purgatorio. Para que se vayan preparando.

Por cierto, hablando de purgatorios, el día (ojalá muy lejano) en que usted acabe de transitar el dichoso túnel oscuro con luz al fondo y esté San Pedro esperándolo para comunicarle que le toca una estadía en el Gran Salón de las Ánimas en Pena, respóndale que usted viene de Caracas, de la Caracas de Chávez. Le sale descuento, mínimo del 80%. O del 100. A veces, estoy seguro, Pedro incluso ofrece un 2x1: entras, buscas a un pana y te lo llevas contigo al cielo.

Los aeropuertos, como los cuarteles y las dictaduras, son el espacio perfecto para que se le dé rienda suelta a la inteligencia militar. Inteligencia militar es un oxímoron, un término contradictorio. Es como ser guerrillero pacifista. La inteligencia militar a veces es muy cómica. Sólo a veces (como cuando te preguntan qué es eso de Lisboa, que dónde queda eso, y cuando uno contesta que en Portugal, dicen: “¿Portugal?” con la misma expresión que pondría uno al nombrar un país que se llama “Berenjena”). Pero casi siempre la inteligencia de los uniformados es patética o trágica. Bueno, es verdad, la inteligencia militar no existe, como tampoco el humor militar.

Humor militar es otro oxímoron. Incluso más delirante.

En el futuro las penas de muerte y las cadenas perpetuas serán abolidas. En sustitución, al prisionero se le sentenciará a un sueño inducido que durará hasta el fin de sus días. Una vez dormido se le sembrará una pesadilla: está en un aeropuerto, esperando embarcar un vuelo que no llega ni sale, del que no se anuncia nada en las pantallas y del que nadie tiene la más mínima información. En esa terminal no hay libros, no hay revistas ni tiendas ni comida; el aire acondicionado está en su punto de máxima congelación pero el prisionero no tiene nada con qué cubrirse ni tampoco se le permite conciliar el sueño. A veces, en los altavoces, suena una voz robótica para anunciar que la puerta de embarque de su vuelo ha sido cambiada, que queda en otra terminal, que es la última llamada. Correrá entre pasajeros y maletas, subirá escaleras y trenes, volará sobre bandas deslizantes, pero jamás llegará a tiempo. Se estrellará contra la puerta de un vuelo que dice “Cerrado”. Mirará desde la ventana despegar el avión. Suena en los altavoces el último disco de Ricardo Arjona que ahora canta las mismas letras pero en versión reggaetón. Descubre, con un dolor casi físico, que empieza a saberse la letra.

Y así, en loop, de por vida.

12 comentarios:

Ernesto dijo...

Chamo José tu cada vez estas mas tostado...... que buen cuento. Me sentí totalmente identificado. Saludos

german dijo...

ese momento en que te das cuenta que no perteneces a ningún sitio es de lo más curioso

Anónimo dijo...

Que bueno!!!!!

Anónimo dijo...

Jose, a los de nuestra generación el 2x1 a la entrada del cielo nos toca seguro!
Besos

María Antonieta Arnal dijo...

La última parte se parece a la entrada del que se fue al cielo y lo único que había era una computadora que sólo recibía emails y los emails que no le llegan a la gente, los emails fastidiosos, las cadenas...Un sueño recurrente. Una espera angustiosa.

Anónimo dijo...

Pesadilla,ciencia ficción o la más cruel realidad. Me hiciste recordar las clases de inteligencia que pregonaba el viejo.

letrastereo dijo...

Muy bueno Jose! Sin duda es una ciencia "cómica" ficción. Espero que no sea visionaria, porque lo del castigo con Ricardo Arjona es muy fuerte! Un abrazo!

Anónimo dijo...

Jose, que poder el tuyo,para saltar de lo triste, trágico al humor más fino, que nos lleva al sobresalto de convertir lágrimas en carcajadas. C. Casano

Ophir Alviárez dijo...

Susto con los aeropuertos...He llorado y me han despedido con lágrimas, creo que pertenezco al grupo fantasmagórico que se menciona en la historia y por lo visto, eso seguirá siendo así para largo...

(qué chimbo...!)

Ophir

Anónimo dijo...

Un no lugar pudiera ser un sitio perfecto para según qué cosas...

Manuela Zárate dijo...

José me encanto este post. Los aeropuertos son tantas cosas...lo de llorar en público me encantó, sobretodo porque yo no tengo control alguno sobre las lágrimas y entiendo perfectamente esas miradas.
Ahora el último párrafo de tu post parece el tema central de una novela...se me asoma fascinante.

José M. Ramírez dijo...

Si, todo lo que dices, pero además los aeropuertos nos hacen cambiar, somos otros, miramos de otro modo, tomamos agua de otro modo, esperamos, callamos. Túneles del tiempo.