miércoles, 14 de enero de 2009

Horroróscopo 2009



Aries

Algo pasa con tus fotos recientes, échales un vistazo. No es una en particular, es en todas. Sí, ya te has dado cuenta, estás fuera de foco. Justo en el lugar donde deberías aparecer hay un manchón fantasmal, un borronazo, un fragmento velado. De resto cada quien en su lugar, el clic que captura el momento, la sonrisa posada de todos. Todo en su santo sitio, excepto tú, que cada vez que te atreves a echar un vistazo a la foto te ves más difuminado, dejas de estar más y más. Te harás un obseso de los autorretratos, dispararás mil fotos por día buscando apresar tu imagen. Pero apenas si aprehendes un fogonazo translúcido. De resto todo es vacío, todo es fondo, puro paisaje y naturaleza muerta o sólo se ve aquello que tenías detrás. Subido a una escalera buscarás tus fotos de niño en el viejo álbum familiar y, más con resignación que con pánico, comprobarás que allí tampoco apareces. Que la familia tiene un miembro menos y los primos no eran quince sino catorce. Te irás quedando sin palabras y progresivamente serán menos las que te dirijan a ti. Te vas apagando, consumiendo como una vela, ya es igual para todos si estás o no estás. Tal vez siempre fue así, pero ahora se te hace más palpable. Lo triste no es saber que estás desapareciendo, que te estás evaporando del mundo, lo triste es darte cuenta de que no estuviste jamás.



Tauro

Le has pasado todos los días enfrente a esa estatua; pero no tienes idea de quién es ni te has preocupado por descifrar qué dice en la inscripción del pedestal. Pero un día te dará curiosidad y la mirarás como si fuera la primera vez. La encontrarás francamente fea aunque entrañable. Y te dará un poco de pena descubrir que una fisura larga y honda le resquebraja la espalda. Aprovecharás que a esa hora no hay nadie en la plaza, así que –si es de costado y metiendo la barriga- te darás cuenta de que cabes por la grieta. Una vez dentro, en medio de la oscuridad, extenderás las manos y las piernas, estirarás el cuello y sabrás que esa estatua es como un molde de bronce oxidado donde encajas milimétricamente. Como un guante metálico que se ajusta a ti anatómicamente. Abrirás los ojos y mirarás el mundo por primera vez. Abajo los niños rebotan la pelota contra tu panza, los amantes se besan en el banco de enfrente, los turistas toman fotos desganadas y tú sonríes con una mueca amplia que nadie nota pero que a veces sale en la imagen. Las palomas se sientan sobre tu cabeza y te dejan manchas que nadie jamás va a limpiar. A veces, muy de vez en cuando, alguien gritará: “¡Te juro que acabo de ver pestañear a la estatua!”. Y cierto día escucharás a alguien que se acerca y lee en voz alta la inscripción del pedestal, de su boca saldrá un nombre que te resultará extrañamente familiar pero que ya serás incapaz de recordar: el tuyo.



Géminis

La primera vez ocurrirá en la mitad de la calle, a plena luz del día. Lo verás venir caminando por tu misma acera en dirección contraria. Antes de chocar cabezas lograrás lanzarte a un callejón lateral y desde allí lo verás pasar, fugazmente pero sin sombra de dudas, rozándote las narices. Poco después lo verás de nuevo una tarde, asomándose por tu ventana, deslizándose entre las cortinas de tu propio cuarto. Esa noche, por primera vez, no dormirás en casa. A la mañana siguiente lo verás salir por tu puerta, vestido con tus ropas y calzando tus botas nuevas. Comprará el periódico donde siempre, tomará la misma ruta de costumbre, se le quedará viendo con malos ojos a la muchacha del café de la esquina que se la devolverá con el doble de malicia. Te dedicarás a seguirlo noche y día, quizás porque no se te ocurre nada mejor que hacer, tal vez porque no te acuerdas que se pueda hacer otra cosa; aguardarás escondido tras el contenedor de basura a que salga del edificio donde trabajas, a que termine de hacer la diligencia del banco, a que acabe el almuerzo con tus colegas, a que amanezca para que sea hora de irse de nuevo al trabajo. Se te olvidará comer, no te importará que la ropa se te vuelva harapos, la barba te gane la cara entera y el pelo te llegue a la cintura. Tu única misión será seguirlo. Incluso un día lo verás salir con tus hijos de casa, te pillarán escondido tras el matorral, los niños se quedarán tiesos del pánico y él sugerirá: “Niños, métanse en el carro que el loco puede ser peligroso”. Esa noche -como lo has venido haciendo desde el primer día en que casi te lo tropiezas- repetirás el mismo ritual, buscarás el teléfono público de la esquina y llamarás a tu celular extraviado unos meses atrás. Luego de dos repiques te contestará. Y con tu propia voz te dirá: “Sé quién eres, miserable. Mejor resígnate, vive tu vida y déjame vivir la mía en paz”.



Cáncer

Resulta que te bajas un día del auto y allí está, esperándote, recostado contra la acera. Voltearás hacia los lados y, asegurándote de que nadie te mira, lo guardarás en tu bolso o debajo de la chaqueta. En la madrugada lo sacarás a escondidas y te lo calzarás. Ese zapato plateado es exactamente de tu medida. Pero eso no te sorprende, siempre lo supiste. Caminarás con él y te lo mirarás de frente, costado y espaldas en el reflejo del espejo. No podrás controlarlo, cada cierto tiempo -que se irá haciendo progresivamente más y más frecuente- tendrás la pulsión irrefrenable de escabullirte para poder calzártelo. Hasta que una mañana, con arrojo y sin culpas, te lances a la calle con tu zapato plateado a ver si juntos pueden dar con el compañero. Por andar caminando con dos zapatos distintos cometerás una torpeza que te hará perder el equilibrio, irás a parar de mentón contra el parachoques de un auto. Calma, no pasará nada grave, apenas un susto, apenas un golpecito lo suficientemente fuerte como para perder el sentido unos minutos y dejarte una atractiva cicatriz de por vida en la barbilla. Una marquita seductora buena para romper el hielo o para inventarte una historia de persona experimentada que escapó por los pelos de la tumba. Siempre hay alguien que se enamora de quien dice haber vuelto de entre los muertos. Ah, casi lo olvidaba, en el accidente, además del sentido, perderás también tu zapato plateado que quedará allí recostado contra la acera. Alguien lo recogerá sin que nadie lo note y cuando se lo calce en el silencio de la madrugada, ya los sabes, le quedará perfecto.



Leo

Y finalmente este año viajarás. Después de haberle empeñado al mismo deseo docenas de uvas durante décadas. Después de habernos mareado mil veces con la misma cantaleta que este año sí que seguro, que te lo juro que no sé cómo pero me voy. Te comprarás el billete con los ahorros de toda la vida, te aprenderás de memoria los planos de esas calles y te harás capaz de recitar uno a uno de los consejos de la Guía Michelin. Harás lo imposible para que el mundo se entere de que por fin este año sí que estarás allí. Lo único que te faltará (aunque la idea sí que se te pasa por la cabeza) es tatuártelo en la frente. El día del viaje estarás en el aeropuerto con varias horas de anticipación, intentarás hacerte amigo de todos en la cola para despachar el equipaje. También del agente de inmigración (qué mala idea y qué mal gusto). Y también con el personal de tierra de la línea aérea (quienes, por cierto, te reportarán a la brigada antidrogas porque seguro debes venir tragado con dos kilos en dediles). Te tocará el asiento del medio y antes del despegue tratarás de entablar conversación con la señora de la ventanilla y con el viejo del pasillo. Te ignorarán y simularán haberse dormido. Lo harán tan bien que te dará sueño a ti (aunque debe ser el gas relajante que siempre sueltan al despegar y al aterrizar para dopar a los pasajeros).

Cuando despiertes te encontrarás flotando en la mitad de la nada, con la pantalla electrónica mostrando la silueta de un avión que se dirige hacia un destino que desconoces y que sobrevuela un mapamundi absolutamente extraño. Intentarás avisar a los pasajeros pero todos duermen un sueño del que no se despierta en este mundo. Buscarás a las azafatas, a los sobrecargos, irrumpirás en la cabina del piloto: todo desierto. Viajarás hasta el fin de tus días, un viaje eterno y solitario apenas perturbado por fugaces turbulencias que te emocionarán un montón.



Virgo

Lo verás pasar con su trotecito de brincos cortos y con esa felicidad concentrada que le motoriza la cola. “Quien haya inventado aquello de vida de perros no ha conocido a este tipo”, pensarás. Dejarás lo que estás haciendo y te le irás detrás. Al final, seguir a un perro callejero es también un plan, tan absurdo como cualquier otro. Se convertirá en tu mentor, tu modelo de vida, tu ídolo. Aprenderás de él a pelar los colmillos cuando la situación amerite un combate y a correr con todo lo que te dé el alma cuando la huida sea la solución más sabia. Te cultivarás en el arte de hallar un banquete donde para el resto hay pura basura y conocerás el placer insólito de rascarte detrás de las orejas cuando mejor te venga en gana. Reconocerás a la gente buena de la mala con apenas olfatear el aire que los rodea y a veces lanzarás mordiscos prodigiosos a la espinilla sin razón aparente, aunque el mordido sabrá exactamente porqué. Le tomarás gusto a escaparte por más que sepas que nada te espere afuera. Dormirás dónde y sólo cuando te dé la real y canina gana.

Hacia finales de año el maestro morirá, con su hocico recostado de tu pecho y con los ojos sonrientes, como nadie sabe hacer ya con la boca. Descubrirás que ya no tienes proyecto de vida, que te pareces a un barco a la deriva cuyo timonel se lanzó en alta mar. Que no te acuerdas de quién eras ni qué hacías, y que poco te importa. Leerás un anuncio en el periódico de una mansión que requiere de perros Rottweiller. Harás el casting y te seleccionarán como guardián. Serás el macho alfa de la manada, marcarás tu territorio y le aullarás a la luna. Y un día sin razón ni explicación, saltarás la reja y te harás a la calle. Alguien te va a seguir.



Libra

A través de la ventana presenciarás cada mañana una excavación. Al otro lado de la calle están preparando el terreno para una nueva construcción, pero nadie sabe qué ni tampoco preguntan. Te quedarás horas viendo a una excavadora que con su pala remueve toneladas de tierra y abre un hoyo profundo hasta que cierta mañana. Cierta mañana los obreros no irán más y así la obra será abandonada. No quedará nada allí, excepto el hueco. Te asomarás al foso y decidirás descender hasta el fondo no sin vértigo de descalabrarte en el intento. Bajarás metros y más metros y cuando pienses haber llegado a tierra descubrirás una cueva que se abre en el rincón más lejano del agujero. Como si te atrajera una fuerza magnética te deslizarás por la abertura. Adentro todo es cálido, húmedo, resbaloso, oscuro. Nada tiene forma ni color, sólo sonido; sonidos y texturas. Aprenderás a distinguir los ecos amarillos de los verdes, las texturas azules de las rojas, y por nada del mundo volverás sobre tus pasos, siempre te internarás por la gruta un poco más. Hasta toparte con alguien que viene en sentido contrario. Se tantearán los rostros y los cuerpos, le pondrán un color a sus respectivos alientos y se quedarán muy juntos a habitar el inframundo sin salir a la superficie jamás.

Ustedes no, pero sus crías sí, llenos de sed y de curiosidad, descubrirán la ruta hacia fuera. No te imaginas lo que harán del mundo apenas lleguen allí. Va a estar bueno.



Escorpio

A principios de año amanecerás con la sensación de que tu vida es un absoluto desastre y que te encuentras en un punto de no retorno. Te quedarás un rato sentado en el borde de la cama sacando el balance en cifras rojas de lo mal que te ha ido y vas. Pondrás la planta del pie en el suelo y tomando impulso te lanzarás a la calle con la convicción de quien va a resarcir un daño hecho. Tú aún no lo sabes, pero en cada paso que das estás desandando uno idéntico pero en sentido inverso que diste el año pasado. En cada contacto de talón estarás borrando la punta de dedos que pisaste un año atrás, y cada vez que toquen tus dedos el suelo se difuminará la vieja huella de tu talón. Te vas a pasar el año entero caminando, desandando paso a paso el camino que te trajo hasta donde estás. A finales de diciembre, agotado y con los pies hechos jirones, te vas a acostar a dormir durante una semana entera. Despertarás con la sensación de que alguien te ha reseteado, que estás en neutro, que tu cuentakilómetros marca cero macizo. Allí te quedarás, un rato, con los pies colgando por el borde de la cama. Da ahora un paso, hacia cualquier parte, mejor sin pensar y de un salto. Otro destino te espera.



Sagitario

El año pasado hablaste muchísimo más de la cuenta, y lo sabes. Desaprovechaste sistemáticamente todas las oportunidades que tuviste para guardar silencio. Cada vez que debiste callar se te fue largamente la lengua, así que este año vas a decidir hacer lo que nunca antes has hecho pero que debiste hacer hace rato: escuchar más y hablar menos. Te vas a proponer eliminar de tu vocabulario 4 palabras cada 5 minutos. Las palabras ofrecidas en sacrificio las anotas en un papel, luego las tachas y en ese instante te juras por lo más sagrado no volver a pronunciarlas nunca más en tu vida . Durante las noches programarás neurolingüísticamente a tu cerebro para que, aleatoriamente, seleccione por ti las 48 palabras que erradicarás de tu léxico en esas 8 horas de sueño. Así que en cada amanecer abrirás los ojos con un saldo verbal de -384 palabras que nunca más saldrán de tu boca. Al finalizar el año habrás borrado de tu lengua 420.480 palabras, siendo la última de todas “yo”. Serás mudo por por decisión. Y así te convertirás en el líder fundador de una religión de sabios silenciosos que, quiera Dios, gane muchísimos adeptos en los años por venir.




Capricornio

Bienvenido seas al reino de los insomnes. Lo intentarás todo y lograrás dormir absolutamente nada. Durante semanas desquiciadas estarás sentenciado a conectar un día tras otro, con otro y contra otro. Escucharás en el silencio nocturno el concierto ensordecedor que montan el latido de tu corazón y el pulso que te bate en las sienes. Sabrás lo que es pasearse por la vida como si un enorme colchón invisible se interpusiera entre tú y ella. Vivirás ahogado y amortiguado, encandilado y encajonado. Hasta que cierta madrugada, delirando de ansiedad, con los nervios hechos jirones y con la corteza cerebral rayada en finas hilachas, decidas tomarte todo a la vez: varios tesitos de lechuga, tres tazas de tilo, pasiflora en todas sus presentaciones, dos cajas de valeriana, cuatro Tafils, dos Lexotanil, tres Valiums. Dormirás, sí; al fin, como fulminado por una aplanadora. Algunas horas después te levantarás ágilmente de la cama, te vestirás, harás tu rutina de siempre. Todo te saldrá bien, ligerito, como si nada tuviera jamás necesidad de forzarse porque todo en la vida ocurre por casualidad o por inercia. La gente dirá que te ves más tranquilo, que irradias algo agradable que antes no, que ciertamente ahora hablas casi nada y estás un poco taciturno, pero que en definitiva -a pesar de las ojeras y lo delgado- se te ve bastante bien. Que si será que cambiaste de religión, de dieta o de pareja. Especularán mucho sobre tu cambio pero no te sacarán palabra. Recibirás un ascenso, comprarás auto y casa, mejorarás tus relaciones familiares, profesionales, afectivas. Hasta que despiertes. Un año más tarde. No, no soñabas. Resulta que, no lo sabías, eres sonámbulo. Y como te confesará alguien que te quiere de verdad unas semanas después cuando vuelvas en ti: “No es que no seas buena persona, pero sonámbulo eres mucho mejor”.



Acuario

Subirás a la montaña un día de sol y una vez en la cumbre te lanzarás con los brazos extendidos sobre la hierba. Se está tan a gusto en ese lugar que te abandonarás sin preocupación alguna y caerás en un estado de denso letargo. Un colibrí se acercará zumbando y, pensándote una flor extraña, introducirá su pico en tu oído y dejará allí pedacitos de lo que traía. Lo mismo pasará con una abeja que, viéndote dormir con la boca abierta, decidirá polinizarte justo sobre la lengua. Te vas a despertar justo en ese instante, con la abeja dentro de la boca, quizás se te escabulla entre los dientes, tal vez te clave un aguijonazo en el paladar; pero eso no tiene importancia, lo que importa viene después. Porque has sido polinizado, casi en simultáneo, con esporas de dos especies distintas que se cruzarán en un injerto prodigioso que germinará dentro de ti. Debajo de las axilas y en la base del cuello te crecerán los frutos. Y de ellos darás a probar a esa persona que siempre amaste pero quien jamás se dignó a fijarse en ti. Y se hará adicta. Tanto que te dará miedo y decidirás dejarla. Herida y loca del despecho querrá vengarse de ti. Te venderá por una suma jugosa –valga la metáfora- a una transnacional de néctares y concentrados de fruta. Pasarás el resto de tus días dentro de una cámara blindada conectado a una máquina succionadora. Te exprimirán gota a gota, lentamente y hasta los tuétanos.



Piscis

Lo lamento, pero será por una emergencia, porque de otra manera no irías. No así, no allí. Pero bueno, una vez dentro uno no tiene otro remedio que levantar la vista y pasarse un rato ensimismado leyendo lo que está escrito en la puerta, las paredes, los techos. En un primer vistazo te parecerá tan banal como siempre, la misma letra aniñada que asegura que se acuesta con la hermana de no sé quién, al lado verás el mismo dibujo grotesco de siempre que abarca media puerta y que se te antoja tiene que ser inversamente proporcional al tamañito del que lo pintó. Un poco más allá, los números telefónicos de fulana y mengana con las consabidas promesas de llámalas y verás. Más arriba, los sempiternos chistecitos escatológicos, los fragmentos de poemas de Benedetti, diálogos de películas, refranes, frases épicas del Che. Esa noche no dormirás, pasarás las horas en vela cosiendo mentalmente las frases, los dibujos, los números y las palabras. Al día siguiente inventarás cualquier excusa para volver a ese baño y cualquier excusa será buena para encerrarte por días en ese excusado. Tomarás nota, subrayarás palabras, encerrarás en círculos cosas por conjuntos, trazarás líneas de conexión entre lo que está en el techo, las baldosas del suelo, la tapa, la puerta, las paredes laterales, el rollo de papel. Y entonces entenderás todo, absolutamente todo se conecta.

A partir de ese mensaje que juras haber decodificado tomarás una acción radical que te hará más famoso que a Charles Manson. Y tus apuntes de baño se convertirán en una ciencia, acaso una pseudoreligión, una cosa tan poderosa que echará por tierra al psicoanálisis de Freud. Contigo la gente hará terapia y sólo encontrará alivio al volverse más loca.