viernes, abril 24, 2009

Esqueleto


Sergeant John C. Williams, decía la plaquita metálica que tenía incrustada en la parte interna de la cadera ese esqueleto. Y uno llegaba a esa biblioteca del papá del Notas, donde el Sargento Williams estaba colgado en su rincón de honor, y saludaba al papá del Notas y también, así con un movimiento de cabeza, al esqueleto: “Qué más, panita, todo bien por allí”. Y cuando el Dr. Notas no estaba uno le daba la mano, chocaba los cinco, le daba un beso en la frente o le hacía cosquillas. Pero te juro que había veces que uno entraba allí y estaba el papá del Notas tomándose un roncito o un té, mirando con una nostalgia abismal a su esqueleto, y sentías que estabas interrumpiendo una conversación, que acababas de irrumpir en la silenciosa charla de dos hermanos de esos que no necesitan decir palabra para entenderse hasta los huesos –literalmente hasta los huesos-.

El cuento que echaba el Notas era que su papá, antes de nacer él, se había hecho cirujano en una universidad gringa y que se había graduado con honores allí. El mejor de toda la promoción y el de más alto promedio en no sé cuántas décadas. Entonces el Dr. Notas cuando se fue a graduar pidió una cita con el Decano para rogarle le fuera cedido el esqueleto de aquel cadáver sobre el que había hecho todas sus prácticas médicas. Porque durante años el Dr. Notas le estuvo haciendo cirugías de corazón abierto, implantes de riñón, operación de vesícula, correcciones de desvío de tabique, extirpación de amígdalas -y yo creo que hasta cambio de sexo- al Sargento Williams. Y luego de tantos años metiéndole mano, sudándose la carrera y sacándole el jugo al mismo cadáver, pues claro, uno se encariña y se lo quiere llevar a su casa. Y sí, el Decano aceptó, y por eso John C. Williams ahora habitaba una biblioteca en Cumbres de Curumo.

Entonces nosotros nos dábamos cita una noche a la semana en esa misma biblioteca para jugar a la Ouija e invocar la presencia del Sargento Pimienta, y le pedíamos que por favor que se manifestara, que hiciera algo, que moviera un dedo, que dijera que sí, que nos explicara cómo lo habían matado en la guerra, que aprovechara para mandarle un saludo de ultratumba a la familia. Pero nada. El tipo duro. Ni pío. Y entonces alguien decía: “Bien hecho que te mataron, coño e’ tu madre”, “Es que no servías, pajúo, ni pa’ jugar a la Ouija”. Y al rato ya nos habíamos olvidado del sargentucho, mezquino e incompetente ése, y andábamos invocándole el espíritu a la abuelita del Kilo, a un tío del Palillo o al labrador del Pollo. Y ahí sí que el anillo se movía, se deslizaba entre las letras: “Soy la abuela del Kilo, me morí de cáncer a los 80” decía, y Kilo murmuraba “Qué raro, si mi abuela se mató cayéndose de una escalera a los 65”. “Bueno, pero a lo mejor cuando se cayó ya tenía cáncer, güevón”. “Ah, pues entonces quizás sí”.

Y hubo una vez, después de hacer la ronda por todos los difuntos conocidos, de una vez más (y de nuevo) invitar al Sargento Pimiento a que por fin se manifestara -y una vez más y de nuevo nos ignorara-, el Pollo, que era el más cagón siempre, comenzó a ponerse pálido y a hablar con la voz ronca y a decir que algo le estaba pasando, que lo estaba poseyendo un espíritu, se le bajó la tensión, dijo algo en algo que juramos era arameo y se desplomó. Y lo tuvimos que acostar con los pies alzados, le buscamos agua con azúcar, le pusimos toallitas húmedas en la frente, le preguntábamos cómo se llamaba y dónde vivía, cosas para traerlo a tierra, pero el tipo nada. Entonces nos rifamos la perla de quién se lo llevaba a su casa, porque nadie quería, le teníamos miedo básicamente a dos cosas: a explicarle a la señora Polla que su hijo estaba poseído pero que seguro si dormía y vomitaba se le pasaba la vaina al día siguiente, que a lo mejor fueron unas salchichas que se comió y le cayeron mal; y lo otro a lo que le teníamos pánico era a llevarse de copiloto a ese loco con el espíritu burlón dentro a ver si a uno se le quedaba el fantasma a vivir en el carro. Pero el Pollo se recobró a las dos horas, volvió a su típico tono amarillo número cinco, se le quitó lo blanco y lo ronco y preguntó si no quedaban más salchichas. Así que dimos por terminada la sesión espiritista. No jugaríamos más. Hasta el viernes que viene.

Esa semana el tema de conversación giró en torno a un sostenido interrogatorio al Pollo de por dónde le había entrado el espíritu burlón y si había sido cariñoso o más bien bruto. Llegó la noche del viernes y cuando entramos a la biblioteca del Doctor Notas vimos que el Notas había preparado una sesión especial con velas, luces apagadas y trapos oscuros sellando las ventanas. El tablero de la Ouija estaba ya dispuesto en el centro de la alfombra, quien iba llegando se iba acomodando en silencio y con cara de hoy sí que vamos en serio. Entonces comenzamos con el ritual de siempre “Sargento John C. Williams, manifiéstese”, “Williams, por favor, mueva algo para saber que contamos con su presencia”. Y el Notas cada dos minutos decía: “Vamos a concentrarnos en serio, por favor, vamos a echarle más bolas”. Y la gente fruncía el ceño y sudaba y le temblaban las carnes y apretaban las mandíbulas. “Sargento John C. Williams, ¿estás aquí entre nosotros?”. Y uno tenía un ojo clavado en el tablero y el otro en el esqueleto. “Por favor, si estás aquí haz algo en este momento”…. Coño. panita, y el tipo se ha volteado.

Giró la quijada y nos clavó los ojos que no tenía.

Yo no sé a quién le pise la cabeza, pero te lo juro que volé por encima de todas. Aquello era un aluvión de codazos, patadas, todo se volvió un grito, un espeluzne y una fuga. La gente salía como ratas por las ventanas y puertas hacia el pato interno, se lanzaban de cabeza contra las macetas, gritaban como si los estuvieran quemando vivos. Y entonces aparecieron los papás del Notas, en bata, con la arruga de la sábana en los cachetes, con el pelo aplastado como cascos. El casco de los malos en una película barata de ciencia ficción. Ni siquiera el de los malos protagonistas, sino el de los malos del montón. Y además el Dr. Notas traía un rodillo. Un rodillo, chamo, una vaina que no sirve ni para ahuyentar a un vivo, cómo coño vas a encarar con eso a un muerto. Pero el tipo era un valiente y se lanzó biblioteca adentro a domesticar a su esqueleto.

Nosotros nos quedamos a buen resguardo, detrás de los muebles, debajo de la mesa, con un pie dentro del ascensor o detrás de la bata de la Señora Notas; hasta que oímos una voz terrorífica que venía de dentro de la biblioteca, un gruñido distorsionado por la furia: “Miren, grandísimos coños de su madre, quién le hizo esto a mi esqueleto”.

Y nos fuimos hasta allá, de puntillas, gateando, asomando sólo la punta del pelo y entonces vimos que el Dr. Notas estaba parado al lado del Sargento Pimienta sosteniendo en la palma de la mano un hilo que colgaba de la quijada a la calavera. El cabrón del Notas le había amarrado un nylon en la barbilla a John Williams antes de que llegáramos y cuando estábamos en el momento de máxima tensión simplemente haló.

No hay mejor risa que la que ataca cuando uno sabe que no se puede ni de vaina reír. Nos dio un ataque incontrolable de risa, risa de esa que te arranca lágrimas, te duele en el estómago y te tumba al suelo como si te hubieran borrado las piernas. Una carcajada prodigiosa potenciada por el hecho de que al Dr. Notas no le daba risa un carajo. A su esposa -en cambio- sí.

Fuimos echados a la calle a mitad de la madrugada y sin derecho a retorno. Te juro que aquel ascensor temblaba en su descenso, vibraba todavía de risa. A pesar de intuir que más nunca pondríamos de nuevo un pie en esa biblioteca. Y que nos íbamos a ir toditos a la tumba sin saber jamás cómo carajos se había muerto el Sargento John Williams.

martes, abril 14, 2009

De Duendes, Nigeria y 4 gatos en París

Un benefactor de la humanidad llamado Vincent Moon ha creado un concepto al que denominó Take Away Shows (Conciertos para llevar) y sobre ese principio ha construido un blog imperdible llamado La Blogotheque. No sé cómo se las arreglan Moon y compañía, pero el hecho es que todas las semanas invitan a un artista para que toque un par de temas en un concierto improvisado y callejero, en un bar, una plaza, un cruce de peatones, una fuente o donde se pueda. El miniconcierto es filmado con equipo básico: un director/productor, un camarógrafo, un sonidista. Y luego esa gemas, mínimamente editadas, son colgadas para que gratuitamente uno se asome a ese concierto que de otra manera no seríamos capaces de ver jamás.

Dentro de las joyas extrañas que florecen en este jardincito tan peculiar del Monsieur “Vicente Luna” hay una que me llama poderosamente la atención: Bloc Party en las afueras de un bar parisino. Para hacerles corto el cuento la historia va más o menos así: el líder de los Bloc Party es un muchacho de Liverpool hijo de inmigrantes nigerianos, se llama Kelechukwu Rowland Okereke, aunque por razones obvias le llaman Kele, a secas. Okereke es un cantante prodigioso y sus letras son de una poesía honesta y oscura. Sin embargo, parece que el tipo es de una timidez crónica, casi no habla y suele mirar al suelo; cuando se sube a un escenario se transforma y se comporta como cualquier rockstar, pero de resto es de esos sujetos que viven y miran mucho más hacia dentro que hacia fuera. Cuando Vincent Moon lo va a buscar para hacer el conciertito para llevar, Kele estaba concentrado en su cerveza y anclado en el margen de seguridad que le daban sus compañeros de grupo. Costó media hora convencerlo para que saliera a la calle y luego otro tanto para que decidiera qué era lo que iban a tocar. Finalmente, con un grupete de 30 afortunados transeúntes, parados en medio del frío, Kele y su guitarrista se deciden a tocar This Modern Love.

Y entonces, diría Lorca, ocurre ese milagro cuando el Duende se precipita sobre el artista. El hombre cae en una especie de trance y progresivamente va tejiendo una red de complicidad e intimidad con los cuatro gatos que lo acompañan. Creo que el sueño de todo artista, sea que haga músicas, cuentos, poemas, esculturas, cuadros o edificios, está en encontrar por un instante de su vida a ese interlocutor con el que logra edificar un puente tan sutil como irrompible. Algunos tiene la dicha de conseguir millares de interlocutores, para otros hay 4 fabulosos gatos. Basta y sobra.

Más allá de que a uno le guste o no la música de Bloc Party hay algo que se detona en esos cortos minutos que parece estar cargado de sentimiento y que huele a verdad. Ocurre entonces que la cámara gira sobre su eje, salimos de la cara de ese duende negro y nos paseamos por los rostros de quienes se han desviado en su marcha nocturna para escucharlo cantar. No sé qué otro término encajaría para describirlo, a mí se me ocurre que magia. Sí, magia no está nada mal.

viernes, abril 03, 2009

Así van las cosas

Querido lector,
Esta vez te pido te tomes cuatro minutos y medio de tu tiempo. Mira este fragmento de Der Lauf Der Dinge (The Way Things Go, 1987), de los suizos Peter Fischli y David Weiss. Serán, eso sí te advierto, cerca de cinco minutos muy peculiares. Si luego de ellos te quedan ganas de seguir, pues seguimos.



La película entera The Way Things Go dura casi media hora. Veintisiete intensos minutos de esa máquina del perpetuo movimiento donde todo está permanentemente a punto de fallar, y sin embargo un milagro de último segundo siempre sobreviene. Como si sólo por un accidente sublime ocurriera el pequeño detalle que permite que el experimento pueda continuar. Cometeré una aberración deleznable que siempre he criticado, les contaré el final de la película: todo este largo experimento de centenares de metros de instalación, todas estas reacciones químicas, estos cauchos rodantes, estas breves explosiones, todo este montaje de trampa a lo Tom y Jerry hecho con materiales de desecho, no llevan a absolutamente nada. No ocurre un disparo, no se lanza un cohete, no se prende un bombillo, no calienta el agua para el té ni le hace un ecosonograma a un feto. Nada.

Y mis pobres alumnos, a quienes someto a la tortura el primer día de clases, con el transcurrir de los minutos se van tomando los pelos entre las manos, se clavan las uñas, se retuercen en sus asientos, algunos se duermen, la mayoría se desespera y todos sin excepción se obstinan. Al final, cuando todo aquello termina sin llegar a ninguna parte, se escucha siempre un quejido colectivo trucado en rumor y suspiro. Me imagino que algunos habrán acariciado la idea de construir una máquina similar pero con trocitos míos. Sería una máquina espantosa, aunque viéndole el lado bueno –dado mi tamaño- la película no duraría más de 3 minutos.

Confesaré que me gusta excepcionalmente esta película, forma parte de mi más íntimo canon personal. Me gusta cuando, a veces, el cine se da el lujo de comportarse como la pintura o como la música; que no amerite una explicación o una comprensión. Que simplemente guste o conmueva por algo que no se puede explicar ni verbalizar. Que no entiendas nada y sin embargo te rindas. Nadie le pide a un cuadro de Pollock que signifique, ni nadie puede decir que entiende una pieza de John Coltrane. Cuando se construyeron los autómatas, en aquellos hermosos tiempos en que las máquinas no tenían que servir necesariamente para algo, aquello no eran obras de ingeniería sino de magia. El cine también nació como un artefacto humilde, hediondo a bajos fondos, mucho más cercano al acto fugaz de magia que al arte. Era una cosa para que la gente se riera, aplaudiera, soñara un ratito y se tomara otra copa. Era un aparato más, como los autómatas, donde la ciencia se ponía al servicio de la fantasía.

A veces el cine se acuerda de eso. La mayoría de las veces los cineastas lo han olvidado. Es mucho más seguro y exitoso refugiarse en la tranquilidad de los géneros, en la fórmula segura cuya receta es fácil de preparar y más fácil de digerir. Y cuando eventualmente algún par de locos, como Fischli y Weiss, se acuerdan de que el cine también es un aparato intrincadísimo e inutilísimo para hacer travesuras entrañables que no llevan a ninguna parte; la gente suele decir: “eso, además de malo, no es cine”. Así estamos, así van las cosas. El mundo está codificado y tiene un fin utilitario. Así que a esto se le puede llamar instalación, o se le dice videoarte, se le llama audiovisual experimental; pero derecho a llamarse cine no tiene. Me imagino que lo mismo aplica a quienes no escriben Literatura como se supone deben escribir los Escritores. Y entonces Messi juega otra cosa que no es fútbol; porque es demasiado distinto a lo que hace y parece un futbolista.

Estoy profundamente agradecido a estos dos suizos por esta obra incómoda, curiosa, absurda, fascinante. Les debo mucho a Fischli y Weiss por esta cosa tan inexplicable que, precisamente por eso, me ha ayudado a darle un poco de sentido a tantísimas cosas.