
Un cirujano de la Universidad Nacional Autónoma de México de nombre Federico Ortiz, quien tiene más de treinta libros publicados sobre la materia, asegura que está trabajando en una fórmula química que cura el mal de amores. Y lo provoca también, en el caso de que el paciente necesite desesperadamente enamorarse y no encuentre cómo ni de quién.
El Dr. Ortiz sostiene que un organismo enamorado comienza a segregar, como una cascada, a cántaro roto, una serie de sustancias como oxitocina, fenilenetilamina, adrenalina, noradrenalina, serotonina, dopamina, vasopresina, endorfina, así como las hormonas sexuales testosterona y estrógeno. Y aquí es donde la realidad comienza a parecerse peligrosamente a una película de ciencia ficción; porque esas esencias del amor pudieran sustraerse de un individuo enamorado y de allí podríamos aislar una especie de Viagra, que mañana –quién sabe- se venderá en pastillas o jeringas y que en vez de arreglar los problemas de la disfunción eréctil le repararán a uno problemas mucho más hondos como el del amor y el despecho.
Cupido, de tener razón el cirujano, vendrá algún día en cajita, en tabletas efervescentes o en solución de tantos centímetros cúbicos, y uno en vez de sentir el flechazo sentirá el pinchazo o el pastillazo. Seguro que será carísimo, se llamará algo así como Cupidanol o Cupidimina, sólo será despachado a quienes presenten el récipe morado –porque de lo contrario calculen ustedes las magnitudes del desmadre- y los despechados podrán así cicatrizar sus corazones rotos después de tomarse su monodosis diaria, por varias semanas, de la droga del amor. Mañana, cuando un amigo enguayabado se ponga especialmente pesado y monotemático con el dale y dale de por qué esa desgraciada me dejó si yo era tan bueno y todo estaba tan bien entre nosotros, uno le dirá: “Pana, mejor tómate tu pastillita”.
Hasta allí todo muy bien, dirán algunos, mientras otros se frotan las manos pensando que el despecho también debe ser sintetizable y aislable e introducible en ampolletas y en cápsulas blandas –para que no dañen tanto el estómago- y que seguro esa droga del desamor se venderá muchísimo más que la otra; porque a mucha gente le encanta sufrir y pasarla recontramal y dar una imagen lastimera de sí mismos y si se pueden tragar algo que les eche un empujoncito pues mucho mejor. Lo malo es que apenas estamos en los estudios preliminares, todavía estamos en la etapa de la suposición y la especulación. El amor, aclara el Dr. Ortiz, es un proceso que involucra al intelecto. Uno no se enamora con el corazón sino con el cerebro y la cantidad de factores mentales, anímicos y éticos que entran en juego son aún más complicados de que decir fenilenetilamina al derecho y al revés cien veces seguidas sin equivocarse ni una en el intento.
Así que mientras Federico Ortiz avanza el trecho que le falta –y vaya trecho el que tendrá que patear- quizás le dé tiempo de escribir treinta libros más y en el ínterin la humanidad seguirá sucumbiendo al natural tanto a las trampas del amor como a las fauces del despecho, por lo que habrá que tomar medidas inmediatas y viables al respecto.
Con respecto al tema del enamoramiento, pedimos disculpas pero no podemos decir nada porque no tenemos claro absolutamente nada. Nadie sabe por qué se enamora de otra persona y quien asegure que sí lo sabe o es un mentiroso redomado o es muy tonto. Uno lo único que sabe es que el cuerpo reacciona, que los ojos brillan, las manos sudan, que se pierde un poco el sueño –un insomnio delicioso que no quita fuerzas sino que las carga-, que la piel se pone tersa, el corazón comienza a bombear hectolitros de sangre fresca, el enamorado empieza a oscilar entre estados extremos de lucidez y de franca idiotez, y algo se infla por dentro y por fuera. A algunos les dan mariposas en el estómago y a otros les cosquillean otras partes.
Ahora bien, en cuanto al desamor he aquí algunos consejos (algunos de ellos dignos y otros descaradamente indignos porque el despecho así lo obliga) para encararlo con armas más o menos convencionales, mientras Ortiz y compañía persisten en su empeño por subir el Himalaya encaramados en patines.
El tradicional: Te vas a apertrechar con un arsenal de boleros de los más lacrimógenos que conozcas. Si no sabes de boleros, te asesoras con alguien que sí o con alguien que haya estado despechado de verdad verdad. Te vas a un bar y pides que te pongan a sonar tus boleros a todo vatio al tiempo que pides la botella de vino más cara que tengan. No se vale cerveza ni ron, la cerveza te pone danzarín y el ron violento, así que la cosa es con vino caro. Y como decían los romanos, en algún momento te poseerá el espíritu del “in vino veritas”. Lo que quiere decir que te vas a poner a contarle la verdad de todo lo que te pasa al pobre diablo que tienes al lado, o al barman –que son unos tipos increíbles con un umbral de tolerancia diez veces más elevado que el de cualquier mortal y además son consejeros prodigiosos que lo único que cobran por la terapia es su propina -. La primera noche vas a llorar como una Magdalena, la segunda también y la tercera ni se diga, por cada copa de vino llenarás dos de lágrimas vivas. Pero cuando tengas una semana en ese plan te pueden pasar dos cosas: te quedas en bancarrota (y ahora en vez de un problemón tienes dos, pero la única forma de olvidarse de un dolor es provocarse otro más fuerte) o que el barman de pura obstinación te presente a su hermana o a su exnovia. Y cuidado en ella encuentras al amor de tu vida.
El criollo: Esta se hace con una botella Cointreau o de cualquier licor de esos dulces que emborrachan como nada y te suben la temperatura corporal como si tuvieras una fiebre de 42 grados. El miche andino también sirve, o una de eso que llaman calentadito. Te vas con tu botella un mediodía a Guanare, a San Fernando de Apure o Maracaibo (no hagas trampa, no se vale aire acondicionado). Quédate a la intemperie bajo el sol o busca el cobijo de un techo de zinc, si hay peleas de gallos cerca mucho mejor. Cuando vayas por la mitad de la botella vas a empezar a pensar que estás en el infierno. Y cuando te sirvas el último trago estarás seguro. Este despecho, te lo prometemos, no lo vas a llorar, lo vas a sudar a gota gorda. Y cuando amanezcas mañana -si amaneces- el dolor de cabeza que vas a tener no te va a dejar pensar en nada, te va a ocupar absolutamente hasta el último rincón del cerebro. No te acordarás ni siquiera del despecho. Puede que tampoco de tu propio nombre.
El método cóctel: Lo primero que tienes que hacer es echarte cinco bombazos de nebulizador (si no eres asmático pues cuánto mejor), luego, para evitar el dolor de cabeza, te tomas dos ibuprofenos -o mejor cuatro-. Sentirás que algo raro te está pasando, que el cuerpo comienza a sentirse extraño, que te invade un hormigueo que nunca habías sentido por dentro y por fuera y entonces estarás casi seguro de que estás presentando un cuadro alérgico: métele 2 ó 3 loratadinas a eso. A los quince minutos, te lo podemos jurar, te vas a sentir el doble de raro. Seguro que lo que tienes ahora es una crisis de pánico, pero tranquilo que eso se te quita con un par de ansiolíticos pasados con media botella de ginebra. Cuando por fin estés en la camilla con suero en la vena, luego del lavado de estómago y después de que te haya regañado por inconsciente y drogadicto todo el personal del hospital (desde médicos y enfermeras hasta las bedeles) te vas a dar cuenta de que el Doctor Ortiz tenía toda la razón del mundo. Que todo consistía en alterarle la química al cuerpo. No tenemos idea si ese cóctel nefasto que te metiste cura el despecho -lo más seguro es que no, que no tenga nada que ver- pero a lo mejor terminas convertido en una ameba o en una cucaracha y entonces ya no tendrás neuronas para pensar en el guayabo aunque sí para entender perfectamente de dónde se le ocurrió a Kafka su cuento de La metamorfosis.
Hay un detallito que no hemos mencionado y que casi se nos pasa por alto: El Dr. Federico Ortiz tiene 74 años. Así que hay que ligarle fundamentalmente a dos cosas: que el Dr. Love sea longevo (una longevidad, además, casada necesariamente con la lucidez) y que la crisis económica mundial no le haya recortado el presupuesto para sus investigaciones sobre los elixires del amor y el desamor. Obviamente no se sabe si tendrá éxito, menos aún se tiene noción de cuáles serán los efectos secundarios del amor sintético. No sea cosa que el día de mañana la gente acabe llorando masivamente en los bares y se meta sobredosis de boleros porque al chip del celular se le borró la memoria o porque el carro se les recalentó en una cola. O que el Cupidanol provoque unas ganas espantosas de casarse con la mesa de noche. Imagínense si ya es un lío ponerse de acuerdo con la legalización del matrimonio gay, cómo serán las discusiones cuando la gente exija su derecho a contraer nupcias con su zapato izquierdo.
Así que a respirar hondo, a tomar impulso con las fuerzas que resten y a vivir, que es lo que hay. Seamos francos, no hay fórmula (y probablemente no la haya jamás) para curar el despecho. Una persona que nunca haya sufrido uno es tan sospechosa como esa gente a la que se le pasan los años sin haberse enamorado jamás. No conocer ni una cosa ni la otra es una manera de vivir a medias o simplemente de no vivir. A veces se pierde y por eso justamente es que las victorias después de la derrota saben especialmente bien. Bienvenido sea pues el despecho, es parte crucial del juego, aunque mal pague.