viernes, 16 de octubre de 2009

En la cabeza del fósforo


Era como 30 de enero y el pino de navidad seguía en la casa, no en la sala, claro, en el jardín; tirado sobre la grama, recostado del cerro de atrás. Y entonces yo llegaba del colegio y apenas me bajaba del autobús amarillo pasaba derecho a mi mesa de noche y agarraba una caja de fósforos que tenía allí escondida. Tenía dentro como doscientos fósforos blanquísimos con la cabeza rojo fosforescente. Y entonces yo me metía la caja de fósforos en el bolsillo secreto del pantalón y me iba a echarle una visita al pino.

El tipo era como un animal moribundo, reseco, tirado allí como un borracho despeinado que no se había recuperado todavía de la resaca del año nuevo. Algún día los hombres del aseo se lo llevarían, o el jardinero, o ya se le pagaría a alguien para que lo cortara para hacer leña. Pero mientras tanto el pino era mío, sólo mío. Entonces yo agarraba un fósforo y con mucho estilo -porque practicaba a diario, varias veces- lo encendía y se lo lanzaba al pino. Y se prendía el arbolito, comenzaba a coger candela y oler sabroso la resina chamuscada y entonces yo saltaba sobre el fuego y lo apagaba. Repetía la misma operación varias veces hasta que sentía que era ya suficiente, que si me iba de palo mañana no iba a tener fósforos ni pino que quemar. Dominaba con todas mis fuerzas al piromaníaco que siempre he sabido que soy. Haciendo de tripas corazón me guardaba la caja de fósforos y me metía a la casa no sin antes echarle una última mirada al pino: “mañana vuelvo…”

Pero entonces un día entré en una etapa que vamos a llamar experimental. Porque luego de lanzar diez fósforos al pino y saltarle diez veces a las llamas y apagar el fuego otras tantas, yo pensé: “¿Y qué pasa si pruebo con varios fósforos al mismo tiempo?”. Entonces cogí dos fósforos, los entrelacé, les hice como un tirabuzón en el cuerpo para que me quedara un fosforote de dos cabezas y lo rayé con mucho estilo contra el costado carrasposo de la caja. Fue una llamarada hermosa, el doble de grande, una cosota como del tamaño de mi dedo gordo. Se la lancé en el medio del pecho al pino seco y esperé a ver qué pasaba. Se levantó un fogonazo de varios centímetros, anaranjado, vigoroso. Le salté encima y por un momento me puse nervioso porque nada que se apagaba, pero luego de saltarle varias veces y de echarle tierrita con los pies, el fuego cedió.

Vencida la etapa de los fósforos siameses decidí dar un paso más: ahora vamos con trillizos. Y luego con cuatrillizos. Fue duro pero siempre, justo cuando el pánico comenzaba a desbordarme en la misma medida en que el fuego se tragaba el pino entero y más, lograba aplastar con las suelas las llamas y controlaba el incendio. Entonces dije: “ voy a darle con quintillizos”. Y me costó un montón hacerles el tirabuzón a los cinco fósforos pero lo logré con ayuda de los dientes. Apenas rayé ese gigantesco fósforo quíntuple (no sé cómo se le dice a algo que tiene cinco cabezas) se disparó una llamarada que me voló las pestañas y la pollina y yo dije: “ay, coño, esto pinta mal”. Pero no podía –no puedo- controlarlo, la piromanía es más fuerte que yo, como el doble. Así que le lancé aquella cosa que era como una antorcha a escala al pobre pino y el tipo se incendió entero. Llamas como de un metro se disparaban por todos lados. Yo salté encima, claro, salté durísimo como mil veces, pero comencé a quemarme los pies, los tobillos, los ruedos de los pantalones se me chamuscaron. Ya toda la tierra que había cerca para echarle se la había echado cuando los trillizos y los cuatrillizos. Pensé: “Agua, busca agua”. Pero el grifo estaba lejos, como a diez metros, y si me ponía a buscar la manguera y a conectarla iba a tardar demasiado y el cerro entero se iba a prender en fuego, así que pensé rápido y dije: “haz cuenco con las dos manos y trae agua para echarle al pino”. Y eso hice; pero cuando venía caminando con todo el agua que mis dos manos juntas podían cargar, el agua se me escurría por entre los dedos y por los bordes de la mano hasta los codos y cuando por fin llegaba a donde el pino no me quedaban ni dos gotas para echar. Y además, como el pino estaba recostado del cerro que delimitaba el jardín de la casa, pues ya el fuego había cogido cerro arriba.

Me metí a la casa y en un momento de honestidad que rayaba la locura estuve a punto de decirle a mi papá, quien leía en la mecedora de la sala, “papá se está incendiando el cerro, fue mi culpa, estaba echándole fósforos al pino de navidad”. Pero justo cuando lo iba a decir pensé que era demasiado joven para morir. Que mejor cuando tuviera 21, en una navidad, bastante borrachos los dos, se lo confesaría. Mientras tanto iba a disfrutar de mi derecho a seguir vivo por 15 años más.

Me senté y encendí la tele, estaban pasando un juego de Brasil contra Italita y yo le iba a Italia.

—Coño, chamo, ¿a ti no te huele como a que se está quemando algo?—dijo el vegetal.
—No, yo no huelo nada.
—No joda, chico, no tendrás olfato
Se levantó el viejo con su libro de 600 páginas bajo la axila y se asomó al jardín.
—¡Coño, llamen a los bomberos que se nos está incendiando el cerro!

Ese día vinieron los bomberos, subieron hasta la cima como una jauría de animales azules y amarillos, aplacaron el fuego con sus botas, a punta de golpes dados con sus enormes chaquetas de ese material (me lo dijo mi madre) se llama Amianto y no se quema. Entre todos subieron una manguera descomunal que nos atravesaba la sala, el comedor, parte de la cocina, el lavandero, todo el jardín y la mitad del cerro. Fue un día hermoso y cuando terminaron les serví agua fría y me dejaron ayudar a enrollar la manguera en el camión y hacerle cariño al dálmata debajo del hocico. Los dálmatas, me lo dijo mi tía Andreína, se creen inmunes al fuego, principalmente porque están locos.

Cuando llegó la navidad en la que yo tenía ya 21, cuando las muchachas y mi mamá ya se habían ido a acostar, y mi papá aprovechaba para pedirme un Chester y decirme que le sirviera otro Campari, yo domé mi lengua de trapo aletargada por el vino y confesé:

—Papá, ¿te acuerdas del incendio aquel del cerro cuando vinieron los bomberos? Coño, pana… fui yo, estaba tirándole fósforos al arbolito de navidad.
—Claro, chico, yo sé. ¿Tú crees que soy pendejo? Pero no le digas nada a tu mamá porque te mata.

martes, 6 de octubre de 2009

Historias no contadas

Grant Gee, director del documental sobre Radiohead

Eso fue una tarde de mayo del año 2000, en un lugar cuyo nombre tuve hoy que buscar en Internet porque no lo recordaba en lo absoluto: El Instituto de Arte Contemporáneo de Londres (ICA). Ocurrió, para ser exactos, en el descanso de la escalera que comunica la planta baja con el primer piso. Estábamos haciendo un documental sobre cine digital y ese día, en medio de un festival llamado onedotzero, acordamos vernos en el sitio para entrevistar al cineasta inglés Grant Gee.

Grant Gee, un flaco de 2 metros largura y de una palidez translúcida, había sido el director de un documental sobre Radiohead: “Meeting People Is Easy”, una de las películas más honestas y hermosamente fotografiadas que alguien pueda hacer jamás sobre una banda. Gee, con un ojo privilegiado, logra captar siempre con el mejor encuadre y en el mejor tiro de cámara posible todo un universo de tensiones, desencanto, soledad e incomodidad. No es la película que cuenta el viaje de los héroes, no es la oda cinematográfica a unas estrellas del rock. Es un vistazo preciosista pero urticante a toda esa tirantez que habita entre los miembros de un grupo que ya no aguantan un concierto más ni una sesión de fotos más ni una entrevista más ni una habitación de hotel más ni un viaje quién sabe a dónde (todos los lugares son el mismo lugar y todos son igual de aburridos) y sobre todo que no quieren saber nada de nadie, mucho menos de sí mismos. Grant Gee se subió a un avión en 1998 jurando que haría una obra épica sobre Radiohead de gira, en el clímax de su creatividad y de su carrera artística, pero acabó en 1999 encontrándose en la insospechada situación del hombre a quien le toca construir el retrato un grupo que está a un tris de mandarlo todo al diablo, de atomizarse sin mirar atrás o de estrellarse mutuamente las cabezas contra los amplificadores en mitad de un ensayo. Grant Gee creía que iba a hacer una película y terminó viéndose obligado a hacer otra, una que curiosamente terminó siendo más rara y (estoy convencido) mucho mejor.

Así que allí estábamos grabando esa entrevista con el cineasta para nuestro documental sobre cine digital, de pie todos, en el descanso de la escalera del ICA de Londres, en un espacio que se abría a mano derecha decorado con un gran espejo. Y Grant Gee nos contaba este cuentote sobre Radiohead y la película que él pensaba hacer y la película que al final tuvo que hacer, y lo contaba todo en un inglés superior que para modularlo necesitaba la cara entera y toda su dentadura y del que yo entendía dos de cada tres palabras (o a veces una sola o ninguna) y mientras hablaba el tipo se balanceaba sobre sus pies talla 50, largos como chapaletas de gamuza, y lentamente, oscilando, se dejaba caer sobre el brazo derecho que lo tenía apoyado contra el espejo, tomaba impulso como un bailarín clásico y se empujaba con todo el antebrazo para lanzar el peso del cuerpo hacia su pie izquierdo y de nuevo del izquierdo al derecho, de nuevo el espejo lo atajaba en suave caída y de nuevo se catapultaba contra su propio reflejo, como siameses albinos unidos por el codo meciéndose uno con otro. Y mientras Grant Gee bailoteaba, se balanceaba y hablaba, yo pensaba -varios decímetros más abajo- en que qué grande que eres Grant Gee, yo nunca voy a ser tan grande, mira cómo te ves reflejado en el espejo mientras bailas, mira qué inglés impecalbe el que hablas, mira qué película prodigiosa la que te lanzaste luego de un año acompañando a Radiohead por el mundo entero, yo nunca voy a llegar tan alto, sobre todo porque yo genéticamente no puedo, me faltan como 30 centímetros, que es el tamaño de una regla, de una de esas que uno utilizaba en el colegio, coño y yo tenía una regla de esas de 30 cm. que era verde transparente, como de kriptonita, una belleza, o sea que si yo me pusiera la regla esa en la cabeza yo sería más o menos como de tu tamaño, pero eso sería trampa y además ridículo, imagina tú que nos pusiéramos a hacer la prueba de quién es más alto aquí frente a este mismo espejo, con mi regla verde en la cabeza; dónde estará esa regla, será que sigue en casa de mis viejos, porque yo me acuerdo que cuando me falseé el pie jugando fútbol y me enyesaron (te imaginas si hubiera sido futbolista, a lo mejor esa era mi verdadera vocación y por culpa del Pollo me lesioné el tobillo a los 12, el coño de su madre, estaría metiendo unos golazos de media bolea en vez de andar pensando, escribiendo y grabando güevonadas) yo me rascaba con ella, una delicia, no se me calmaba con nada la piquiña y yo agarraba mis 30 centímetros de kriptonita y los metía por el espacito entre la pierna y el yeso y era lo único que me calmaba, qué placer, loco, no tienes idea del alivio, seguro que debe andar por allí porque nadie bota una regla verde así…

Y en eso Grant Gee desapareció. No estaba. Hubo un estruendo, un estallido de cristales y el hombre ya no estaba ni en la vida real ni en el reflejo.

Nos quedamos varios segundos con la cámara prendida enfocando al vacío, al lugar donde hasta hace poco estaba aquella humanidad enorme hablando de cosas maravillosas pero inentendibles, hasta que nos dimos cuenta de que, en su último balanceo contra el espejo, el cristal se había roto y el tipo había caído por un hueco que había detrás. Un agujero enorme, tan grande como el espejo que antes lo tapaba, se abría en la pared y de allí salía, más pálido que nunca (hay que echarle bolas, se los juro) un Grant Gee ileso pero aterrorizado. Lo ayudamos a salir y a limpiarse las ropas de los pedazos de espejo roto, no tenía ni un rasguño (yo creo que los espejos ingleses están hechos de un material que no corta o los milagros de verdad existen). El gran Grant estaba aturdido, no pegaba ni un artículo con medio sustantivo, balbuceó cualquier excusa y dio por terminada la entrevista. Además ya había llegado la gente de seguridad y los encargados del ICA a ver qué había pasado y nos pidieron desocupar el lugar (claro, tenían que ser los venezolanos los que nos rompen este espejo que lo colgó aquí la reina misma cuando era niña).

Antes de correr escalera abajo Gee nos hizo señas de que miráramos al hueco que se había abierto en la pared. Metimos la cabeza y nos asomamos a un oscuro mundo paralelo de túneles, galerías, pasillos, vigas. El verdadero documental, la verdadera película que teníamos que hacer, no era sobre Grant Gee ni sobre Radiohead ni sobre los albores del cine digital; era la de ese hueco detrás del espejo.

Al día siguiente volvimos a ICA dispuestos a colarnos al mundo que se abría al otro lado del espejo pero la zona estaba acordonada. Con eficiencia británica habían puesto una cinta amarilla de Peligro, prohibido el paso y habían levantado una pared provisional que tapaba el gran agujero que ayer había abierto la humanidad de Grant Gee (y no nosotros como de seguro anda pensando todavía la inteligencia británica).

Detrás de aquella pared quedaba tapiado un documental que nunca filmé. Otro más que no existió y sin embargo su imagen se me instaló en la memoria. “Son más las películas que nunca se hacen que las que se terminan” dicen. Y, agregaría, por más que se hable y se escriba siempre son más las historias que no se pueden ni se saben contar.

No sé para qué cuento esto. Eso tampoco se sabe casi nunca. Pero si alguien llegara a acercarse hasta el ICA de Londres, por favor que rompa el espejo del descanso de la escalera, que se asome al hueco que encontrará detrás y se adentre un poco. Que libre por mí y por todos. Será –como diría Bioy Casares- un acto piadoso.