lunes, 23 de noviembre de 2009

El arte de la seducción


Esta mañana, temprano, me trepé hasta la parte de arriba del closet, allí donde guardamos las cosas que no se utilizan jamás pero que no se botan por si acaso. Con la punta de los dedos, y en punta de pies –con riesgo de dejar los dientes regados entre el tercero y el segundo tramo-, alcancé el cajoncito negro donde guardo mi viejo grabador de periodista. Lo saqué del forrito de cuero, le puse pilas nuevas, probé que grabara y reproduje: “Artículo: el arte de la seducción”. Sonó mi voz y me di cuenta, una vez y como siempre, que es más aguda de lo que creo, más nasal, es la voz perfecta para el idiota que me empeño en evitar ser.

Aún asombrado por esa voz de tonto tan lejana y tan íntima -y preguntándome si los demás me verían tan idiota como sueno cuando me escucho desde fuera de mi cabeza- mientras me bañaba y vestía se me vino a la mente el vívido recuerdo de una ocasión en la que me encontré en un hotel, a la hora del desayuno, a una mujer guapísima y solísima a la que me quise acercar con cualquier pretexto. Mientras poníamos a tostar el pan en una máquina que se empeñaba en escupirlo igual de blanco que cuando se lo tragó varios minutos antes, aventuré una frase galante para romper el hielo pero a medio camino me arrepentí, no me salió. Balbuceé. Me quedé atrapado en un sonido que nunca se atrevió a definirse entre un estornudo, un gruñido, un ronquido y un ahogo de saliva. Y aquella mujer espectacular me vio desde sus ojos espectaculares con un susto profundo y puso su delicada mano sobre su plato como diciendo: “Cuidadito con lo que le haces a mi desayuno, cochino”.
No recuerdo ocasión en la que haya sido tan torpe a la hora de intentar seducir a alguien. Así que, espueleado por el mal recuerdo y con el grabador en mano, me lancé a la busca de otras anécdotas similares; algo que sirviera de bálsamo o de irritante, de pócima, receta, de ejemplo o antiejemplo. Para todos los entrevistados había una única pregunta: ¿Cuál es la mejor o la peor manera que conoces de seducir? Esperaba que cada quien compartiera de la manera más honesta y personal su experiencia en el delicado arte de echar o recibir los perros.

He aquí algunas confesiones que ellas y ellos se animaron a compartir:

Martha (estudiante): Quizás el más patético es el guapo (o guapa) que cree que te seduce tan solo por su aspecto y se pasa la noche poniendo caras y lanzando miradas que ha ensayado frente al espejo del baño. Es una persona que se gusta tanto a sí misma que realmente no le gustan los demás. Está demasiado enamorada de su cuerpo, de su cara, de su ropa de última moda que le queda como un guante. Normalmente llevan el pelo demasiado peinado, hacen deporte en exceso, están bronceadas de tanta playa o de tanta cámara solar y no saben hacer otra cosa que entrarle a sus víctimas con las frases más gastadas, las del librito, porque son un lugar común ambulante. Pueden surtir efecto a primeras de cambio pero el efecto es fugaz y cuando se pasa lo que queda es el aburrimiento.

Juan Manuel (productor audiovisual): La gente lo que normalmente hace cuando le gusta alguien es montarse una película. Esa persona a la que le has puesto el ojo deja de ser una persona y se transforma en un personaje y su vida es un guión donde tú vas escribiendo las escenas sobre la marcha, poniendo todo en su lugar para que la fotografía te salga tal y como te la imaginaste. Y entonces, por un instante, todo encaja, todo está montado de maravilla, aquello que te habías imaginado se proyecta tal cual en la vida real. Hasta que llega el momento inevitable en que la proyección y la vida real se desfasan, tu película comienza a ir por un lado distinto a por donde avanza la gente de carne y hueso. Y la actriz que hasta ahora no se te había salido del parlamento comienza a improvisar y a hacer cosas fuera del encuadre. Allí te das cuenta de que la otra persona también te estaba escribiendo y filmando, y que no era exactamente la misma película la que se estaban montando. Seducirse es una codirección, un juego de poderes en el que seduces al tiempo que te dejas seducir y si uno de los dos no quiere jugar, pues no hay película y punto.

Ramón (comerciante): A las mujeres lo que les gusta es que las hagan reír. Para mí hacer reír es mejor que ser inteligente, que tener mucha plata o que hacerse el interesante. Cuando los hombres somos feos tenemos que ser cómicos o bailar bien. A lo mejor ellas se fijan primero en otros y lo toman a uno simplemente como a un amigo; pero hay que ser perseverante porque al final los otros van pasando y uno se queda, uno siempre anda por allí, y ella se da cuenta de que es sabroso pasársela contigo porque uno la hace reír. Y allí caen, un buen día entre risa y risa y entre “yo sí te quiero porque tú sí eres divertido” le clavas un beso y es tuya. Yo he estado con mujeres increíbles y mis amigos me preguntan: “¿Pero cómo tú, siendo tan feo, te levantaste a ese mujerón?”. Y yo les respondo: “Si te cuento vas a pensar que es un chiste”.

Mariana (diseñadora): Yo creo que lo que mejor funciona a la hora de seducir es la técnica del espejo. Te conviertes en una especie de camaleón que se mimetiza con eso que está buscando la otra persona. Es un peligro, claro, porque tu personalidad depende entonces de la persona de turno que te guste y uno lo que tiene que hacer es adaptar sus disfraz a las circunstancias. El truco está en saber leer, muy rápidamente, qué tipo de persona es la que te gusta, qué tipo de cosas, lugares y personas le gustan, qué le interesa, y allí tú te conviertes en una versión aproximada de eso que está buscando. Eres el reflejo de esa imagen que lo complementa, hasta que te cansas del juego del espejo y te buscas a otra persona. O hasta que se rompa el espejo y ya él verá si se queda con los pedacitos o te mira directo a los ojos.

Andrés (profesor): Yo sufro de un mal que llamo el “síndrome del paramédico” aunque pudiera ser “el complejo del rescatista” también. Y es que yo no me puedo resistir a una persona triste, esas que dicen tener un problemón y que están contra el suelo, que si no sales tú de socorrista se mueren o hay que internarlas por depresión para hacerles un tratamiento de cura de sueño. Salgo yo a salvarlas, a ponerles una malla de contención y me cargo de todo eso que a ellas las desborda como si fuera un Superman, como para demostrarle que juntos sí podemos. El problema está en que no siempre uno está de ánimos para ponerse el traje de héroe, sino que hay veces que uno es el que necesita que le den respiración boca a boca. Los trágicos y los perturbados son seductores; pero también rozan lo fastidioso o son como un agujero negro que te chupa y te arrastra hasta el foso y entonces hay que esperar a que aparezca otro paramédico para que te rescate.

Karina (abogado): Nada funciona mejor en mi caso que aplicar una de escapista. Es decir, tú te dejas seducir, te acercas, eres mansa y te haces la desvalida y cuando vez que el otro muerde el anzuelo te apartas. Cuando sientes que el otro se está confiando y se cree dueño de la situación aplicas una de Houdini y te le fugas. Allí te distancias un rato, dejas de aparecer y de llamar, te haces la dura, a la que no le importa ni le interesa. Eso los desespera y los confunde. Es como un juego de tira y encoge donde tienes que simular que la cuerda la maneja el otro pero donde el control de qué tan larga o tan corta está la soga lo llevas siempre tú. Pero claro, hay veces que la gente se harta y te suelta y entonces una se queda colgando justo cuando más querías que te tuvieran con la cuerda cortísima.

Ignacio (entrenador de parapente): Te pueden decir lo que sea, pero lo que más atrae es hacerse el loco. El loco que vive su vida fuera de control, que eres indomable, inatrapable. Yo estoy seguro de que todo el mundo quiere en el fondo tener un pájaro exótico enjaulado en su casa. Y mientas más difícil les parezca cazar ese animal pues más se la juegan, más grande es el reto y mayor la recompensa. Así que tú te haces el inalcanzable, el que no tiene mucho tiempo para quedarse porque está a punto de lanzarse por unos rápidos en kayak o necesita escalar una montaña que es más atractiva que cualquier mujer. Pero bueno, la última vez, con una tipa que me gustaba de verdad, la perdí por eso mismo, cuando la quise ir a buscar me dijo: “No, amigo, tú necesitas estar con una adolescente igualita a ti”. Sentí que se me había roto la liga del bungee cuando iba a mitad de caída.

Cristina (publicista): La inmensa mayoría de los tipos que me han echado los perros pertenecen precisamente a la especie canina. Son unos perros, y los hay de dos tipos: los que se creen machos alfa y los perritos falderos. Los primeros son unos seductores que se sienten sobrados, que simulan aplomo, se consideran fuertes y bien instalados y buscan que la hembra débil se fije en todo eso. Los segundos buscan que tú los cargues, que les hagas cariño y les recuerdes lo tiernos y lo chiquitos que son. Dependiendo del momento te puede gustar más un tipo de perro que el otro. Hay momentos en que quieres sentir que alguien te cuide y otros en los que quieres cuidar tú. Yo creo que al final no hay nada más auténtico que un perro callejero, de esos que están llenos de defectos y son como contrahechos pero que también son más auténticos y entrañables que cualquier poddle o rottweiler.

Regreso a casa con todos estos testimonios dándome vueltas. Con la extraña sensación de que ya tienes mucho y sin embargo no tienes nada. Me siento a transcribir las entrevistas y a poner en orden el artículo para la revista. Busco el cajoncito negro donde guardo el grabador, confinado al extremo más oscuro del clóset y entonces me doy cuenta de que hay una nota escrita a mano dentro del forrito de cuero. Despliego la nota y entonces lo recuerdo todo. El último día de aquel viaje, cuando estaba haciendo el check-out en la recepción del hotel, el encargado me dijo: “Esto se lo dejó aquí la señorita de la 512”. No tenía idea de quién era la señorita de la 512 hasta que leí lo que me había escrito: “Me pasé la semana esperando que en otro desayuno me dijeras eso que se te quedó atorado el día que tostábamos el pan. Será en otra, quizás”.

Todas las teorías y las fórmulas se me vinieron al piso. Nada como lograr seducir cuando lo único que nos sale es la torpeza, cuando más seguros estamos de haber metido la pata o de haber pasado inadvertidos. Pocas atracciones son tan poderosas como esas que se dan como por accidente, sin que uno jamás sepa a ciencia qué fue lo que funcionó o dejó de funcionar. Al final, si lo pensamos bien, uno nunca sabe por qué.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Las rutas de la destrucción

Quien se toma el tiempo para destruir su ciudad por medio de la ficción es porque le duele que la destruyan en la realidad.

Cada vez que un artista le pone cariño y oficio a su apocalipsis personal y a las distopías que más le tocan, es como si estuviera inventando una contra, una plegaria, un escudo. La ficción funciona como protectora de la realidad.


Les duele a los japoneses su Tokio y por eso la derrumban y la vuelven a levantar en cada batalla de Godzilla, de Ultraman, de Mazinger, en Akira o en Evangelion. Porque por medio de esa destrucción simbólica se garantizan que las bombas atómicas no volverán a estallar nunca más sobre su isla.


Le importa su Londres al Alan Moore de “V For Vendetta” o al Orwell de "1984". Los regímenes totalitarios en Inglaterra sólo existen en la ficción porque solo así (y sólo allí) se quedarán encerrados sus fantasmas sin permiso a colarse a este lado de la existencia.



Un hechizo similar se ingeniaron Liberatore y Tamburini con Ranxerox. Y ese sortilegio, conjurado desde las sombras del cómic, impedirá una nueva caída romana en manos de la barbarie absoluta. O al menos no del todo.


Quizás no haya una París tan decadente y miserable como la que pinta Enki Bilal. Y eso se debe a su miedo de que la ciudad luz se le convierta en la Belgrado donde nació y del que tuvo que huir siendo niño. No sucederá, gracias a él.


Héctor Germán Oesterheld se inventó en el Eternauta una nevada tóxica sobre Buenos Aires que diezmó a los porteños. Una invasión de extraterrestres que obligaba a los argentinos a unirse para que colectivamente echaran a patadas al mal. Y gracias a esa metáfora puesta en historieta más tarde se pudo escribir otra historia en Argentina.


Los robots gigantes llegaron ya a Montevideo. Han causado un Ataque de Pánico que es de los homenajes más sentidos que se le haya hecho a la ciudad. Uruguay, confiemos en ello, está a salvo.



Es urgente construir un letrero que diga A CARACAS. Que nos inventemos -cada uno desde su trinchera y con sus propias mañas- otros robots, otros marcianos, otras nevadas tóxicas y otros héroes. Que la volvamos polvo en la ficción y la ayudemos a levantar mil veces más, antes de que sea demasiado tarde.

martes, 3 de noviembre de 2009

Aeropuertos


Los aeropuertos son lugares extraños entre los raros. Es un lugar metafórico, o mejor un no-lugar, que se parece más a un sitio de otro mundo que a un espacio en la tierra.

Cuando uno se da cuenta de que le ha perdido el cariño y la fascinación a los aeropuertos es una de las señales más claras de que has comenzado a envejecer. Que la vida te ha puesto la piel gruesa, que conoces la miseria, la estupidez y la maldad que habita en el mundo (y especialmente en los aeropuertos, esperándote cada vez que se te ocurra subirte o bajarte de un avión).

Cuando uno es niño adora a los aeropuertos porque miras desde la terraza esos monstruos en la pista, esas colas de colores, las narices negras sobre las caras blancas y ese tronar de turbinas se te antoja una música que canta sobre otras tierras. Y el hecho de que aquellas ballenas aladas despeguen y aterricen, nadie sabe cómo –mucho menos los ingenieros aeronáuticos-, aunque lo mires mil veces seguidas, sigue siendo un acto de magia. Uno que hace soñar con todo ese mundo de allá afuera que, a lo mejor, con suerte, llegarás a conocer. Ya habrá tiempo para eso. Porque a esa edad siempre queda tiempo.

Pero cuando se crece, uno lo único que quiere es que te dejen salir y que puedas llegar. El aeropuerto empieza a saber a miedo, a muerte, a espera estéril. Uno es narcotraficante y hombre bomba hasta que se demuestre lo contrario varias veces (luego de que las radiaciones del escáner digan que parece que no te viniste tragado de coca o de C4, que puedes seguir, aunque quién sabe si tus células siguen siendo las mismas). En los aeropuertos uno es apátrida en fuga o inmigrante indeseable dependiendo de la puntada anal del funcionario que revisa el pasaporte. Y uno tiene que absorberse la acusación con silenciosa sonrisa. Y hasta dar las gracias cuando te perdonan la vida y te dejan seguir.

Hay tres sitios en los que se llora a lágrima viva y sin taparse la cara: los cementerios, las estaciones de tren y los aeropuertos. Son los lugares por excelencia para la despedida. Pocas veces se llora tan de verdad como cuando abrazas a alguien por última vez antes de cruzar las puertas que te llevan a los controles. En esos segundos intentas decir: hasta luego; aunque un vértigo cruel te susurra pasito desde el costado más siniestro del estómago: quizás deberías decirle adiós.

La gente suele ver con vergüenza o con sorna a los llorones de aeropuerto. Intercambian miradas burlonas o clavan las sonrisas incómodas contra el suelo. “Qué cosa ridícula ponerse a llorar así en público”, piensan. Pero la verdad es que sienten envidia, ya les gustaría que alguien algún día los despidiera así.

Una vez se pasan los controles, y uno y sus cuatro tonterías son sometidos a varios rayos x, y a varios detectores de metales, y se es interrogado, y uno es puesto bajo sospecha mil veces (alguien que viaja solo necesariamente tiene que tener cincuenta dediles de heroína en la tripa o está buscando escapar de la ley), cuando por fin uno atraviesa todas las puertas del infierno que conducen a la puerta de embarque, lo que cruza al otro lado ya no es una persona, es un fantasma.

Los aeropuertos están habitados por fantasmas. Son espectros en permanente espera, en permanente tránsito. Los aeropuertos son un demo del purgatorio. Para que se vayan preparando.

Por cierto, hablando de purgatorios, el día (ojalá muy lejano) en que usted acabe de transitar el dichoso túnel oscuro con luz al fondo y esté San Pedro esperándolo para comunicarle que le toca una estadía en el Gran Salón de las Ánimas en Pena, respóndale que usted viene de Caracas, de la Caracas de Chávez. Le sale descuento, mínimo del 80%. O del 100. A veces, estoy seguro, Pedro incluso ofrece un 2x1: entras, buscas a un pana y te lo llevas contigo al cielo.

Los aeropuertos, como los cuarteles y las dictaduras, son el espacio perfecto para que se le dé rienda suelta a la inteligencia militar. Inteligencia militar es un oxímoron, un término contradictorio. Es como ser guerrillero pacifista. La inteligencia militar a veces es muy cómica. Sólo a veces (como cuando te preguntan qué es eso de Lisboa, que dónde queda eso, y cuando uno contesta que en Portugal, dicen: “¿Portugal?” con la misma expresión que pondría uno al nombrar un país que se llama “Berenjena”). Pero casi siempre la inteligencia de los uniformados es patética o trágica. Bueno, es verdad, la inteligencia militar no existe, como tampoco el humor militar.

Humor militar es otro oxímoron. Incluso más delirante.

En el futuro las penas de muerte y las cadenas perpetuas serán abolidas. En sustitución, al prisionero se le sentenciará a un sueño inducido que durará hasta el fin de sus días. Una vez dormido se le sembrará una pesadilla: está en un aeropuerto, esperando embarcar un vuelo que no llega ni sale, del que no se anuncia nada en las pantallas y del que nadie tiene la más mínima información. En esa terminal no hay libros, no hay revistas ni tiendas ni comida; el aire acondicionado está en su punto de máxima congelación pero el prisionero no tiene nada con qué cubrirse ni tampoco se le permite conciliar el sueño. A veces, en los altavoces, suena una voz robótica para anunciar que la puerta de embarque de su vuelo ha sido cambiada, que queda en otra terminal, que es la última llamada. Correrá entre pasajeros y maletas, subirá escaleras y trenes, volará sobre bandas deslizantes, pero jamás llegará a tiempo. Se estrellará contra la puerta de un vuelo que dice “Cerrado”. Mirará desde la ventana despegar el avión. Suena en los altavoces el último disco de Ricardo Arjona que ahora canta las mismas letras pero en versión reggaetón. Descubre, con un dolor casi físico, que empieza a saberse la letra.

Y así, en loop, de por vida.