El escritor John Fante con su perroHace dos años yo sufría la desgracia, sin saberlo, de no conocer a John Fante. Me lo presentó una amiga en una librería de Granada: “Tú tienes que leer Camino de Los Ángeles”, y antes de que yo pudiera decir nada se fue a la caja con el librito azul contra el pecho y me lo regaló. Conocí entonces a John Fante y supe lo que de verdad era escribir magistralmente sobre las epopeyas de la decadencia, sobre el heroísmo de lo patético, las épicas de esos que el american way of life ha denominado “los perdedores”. Algo que no puedo describir con otro término que “épica trash”.
Camino de Los Ángeles es la desternillante historia de un adolescente enemistado con el mundo que decide ser escritor y para serlo se refugia en el odio más visceral contra su propia familia, en el asesinato a mansalva de cangrejos con escopeta, en la descripción pormenorizada de su pestilente trabajo en una fábrica enlatadora de mariscos. Y eso que en síntesis suena tan fuerte, en las letras de Fante acaba siendo cómico y hermoso. Ése impresentable es uno de los personajes más entrañables y graciosos que uno pueda leer jamás.
Me pasó lo mismo con La hermandad de la uva. Otro libro de Fante que también me regaló un amigo en México justo antes de despedirnos. Antes de abrirme la puerta, se fue a su biblioteca, lo sacó y me dijo: “Tú te tienes que leer esta vaina”. No sé si haya un regalo más hermoso que un libro, sobre todo si ha sido tan significativo para uno mismo. Yo he tenido la suerte de que me regalaran, sin haberlo pedido, a John Fante dos veces .
La hermandad de la uva es la historia de una despedida. Un hijo cincuentón, escritor exitoso acomodado en una ciudad próspera, decide volver al pueblucho donde viven sus ancianos padres para mediar en un conflicto porque los septuagenarios están empeñados en que se quieren divorciar. El padre es un albañil italiano, brutazo, mujeriego, borracho. Está en las antípodas de lo que su hijo intelectual ha decidido ser. Hay un abismo entre ellos, una grieta que no sabe de reconciliaciones. Y sin embargo, padre e hijo terminan construyendo una cámara para ahumar carne de venado (qué cosa absurda) a mano limpia, hecha con piedras, sin comer, sin dormir, solamente con una garrafa de vino. En ese proceso de cinco días de construcción logran establecer la alianza que en cincuenta años no fueron capaces de edificar. El hijo descubre que, debajo de esa piel tosca, de ese cerebro primitivo, de ese borrachín incorregible, habita un héroe. O al menos el héroe que todo hijo suele –y quiere- ver en su papá.
Y aquí es donde sale John Fante y entra Palermo. Sí, Martín Palermo, el futbolista argentino, el mismo que metió el gol contra Grecia en el mundial. El mismo que todos nos reímos y dijimos pero qué loco que está Maradona, con todos los delanteros alucinantes que tiene para escoger y se empeña en Palermo. Palermo que va enrumbado a los 40. Palermo que en una Copa América botó 3 penaltis contra Colombia en un mismo juego. Palermo que cuando fallaba los penaltis se agarraba la parte de debajo de los shorts y se la subía hasta las costillas, en un gesto de impotencia y de niño malcriado, para convertir aquello en una especie de uniforme-tanga. Palermo que entró inexplicablemente en el juego contra Perú en las eliminatorias y en el último segundo, bajo un diluvio sin precedentes, metió el gol de su vida. Lo metió resbalándose, con el culo, gateando, con los dientes, qué sé yo. Lo que sé es que si no fuera por ese gol no hubiera mundial hoy para Argentina. Y ese mismo Martín Palermo entró en Suráfrica en el juego contra Grecia y en el minuto 90 anotó un golazo. Y su familia en el estadio se abrazaba y lloraba y Palermo no se lo creía, no sabía con quién abrazarse, y todo el mundo dijo: no puede ser que Maradona al final tenía razón, que es capaz de saber algo que todo el resto del mundo ignora y que claro que había que llevarse a Palermo.
Le queda a uno la sensación de que las nuevas épicas, las que corresponden a los tiempos que corren, son así. Son un poco trash, las gestas heróicas están mezcladas con telenovela, con confeti, son tragicómicas, son patéticas, uno no sabe si reírse, si asustarse o si llorar; pero los nuevos héroes son distintos y sus historias se escriben diferente. Y cómo me hubiera gustado que John Fante estuviera vivo y fuera fanático del fútbol para que esta historia la escribiera él, que a nadie más le quedaría tan bonita.
7 comentarios:
No está John Fante, pero el autor del blog lo hace sin duda, muy bien. Palermo recuerda aquel pasaje biblico del "enaltecimiento de los humildes"
Sin desperdicio. Una genialidad, tiene razón el anónimo anterior, no está Fante pero estás tú.
Me encantó la entrada, recordar los recuerdos y aprender cosas nuevas de ese chico tan guapo que estaba sentado el otro día en el banquillo.
Gracias, Jose.
Mil besos.
Mwe acabas de regalar a John Fante
mil gracias
Nuevamente paso por aquí para leer y releer...
pero que manera que tienes de escribir, tan simple, tan bonito, tan tú...
Arriba Argentina...!!!!
y sí, lo digo sin reparo:
Arriba Maradonaaaaaaaaaa...!!!!!
Grande, compadre. Ya salgo a buscar a ese autor
Grande Titan!
(lo digo por Fante, por Martin y por vos!)
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