viernes, 25 de junio de 2010

Camino a Palermo

El escritor John Fante con su perro

Hace dos años yo sufría la desgracia, sin saberlo, de no conocer a John Fante. Me lo presentó una amiga en una librería de Granada: “Tú tienes que leer Camino de Los Ángeles”, y antes de que yo pudiera decir nada se fue a la caja con el librito azul contra el pecho y me lo regaló. Conocí entonces a John Fante y supe lo que de verdad era escribir magistralmente sobre las epopeyas de la decadencia, sobre el heroísmo de lo patético, las épicas de esos que el american way of life ha denominado “los perdedores”. Algo que no puedo describir con otro término que “épica trash”.

Camino de Los Ángeles es la desternillante historia de un adolescente enemistado con el mundo que decide ser escritor y para serlo se refugia en el odio más visceral contra su propia familia, en el asesinato a mansalva de cangrejos con escopeta, en la descripción pormenorizada de su pestilente trabajo en una fábrica enlatadora de mariscos. Y eso que en síntesis suena tan fuerte, en las letras de Fante acaba siendo cómico y hermoso. Ése impresentable es uno de los personajes más entrañables y graciosos que uno pueda leer jamás.

Me pasó lo mismo con La hermandad de la uva. Otro libro de Fante que también me regaló un amigo en México justo antes de despedirnos. Antes de abrirme la puerta, se fue a su biblioteca, lo sacó y me dijo: “Tú te tienes que leer esta vaina”. No sé si haya un regalo más hermoso que un libro, sobre todo si ha sido tan significativo para uno mismo. Yo he tenido la suerte de que me regalaran, sin haberlo pedido, a John Fante dos veces .

La hermandad de la uva es la historia de una despedida. Un hijo cincuentón, escritor exitoso acomodado en una ciudad próspera, decide volver al pueblucho donde viven sus ancianos padres para mediar en un conflicto porque los septuagenarios están empeñados en que se quieren divorciar. El padre es un albañil italiano, brutazo, mujeriego, borracho. Está en las antípodas de lo que su hijo intelectual ha decidido ser. Hay un abismo entre ellos, una grieta que no sabe de reconciliaciones. Y sin embargo, padre e hijo terminan construyendo una cámara para ahumar carne de venado (qué cosa absurda) a mano limpia, hecha con piedras, sin comer, sin dormir, solamente con una garrafa de vino. En ese proceso de cinco días de construcción logran establecer la alianza que en cincuenta años no fueron capaces de edificar. El hijo descubre que, debajo de esa piel tosca, de ese cerebro primitivo, de ese borrachín incorregible, habita un héroe. O al menos el héroe que todo hijo suele –y quiere- ver en su papá.

Y aquí es donde sale John Fante y entra Palermo. Sí, Martín Palermo, el futbolista argentino, el mismo que metió el gol contra Grecia en el mundial. El mismo que todos nos reímos y dijimos pero qué loco que está Maradona, con todos los delanteros alucinantes que tiene para escoger y se empeña en Palermo. Palermo que va enrumbado a los 40. Palermo que en una Copa América botó 3 penaltis contra Colombia en un mismo juego. Palermo que cuando fallaba los penaltis se agarraba la parte de debajo de los shorts y se la subía hasta las costillas, en un gesto de impotencia y de niño malcriado, para convertir aquello en una especie de uniforme-tanga. Palermo que entró inexplicablemente en el juego contra Perú en las eliminatorias y en el último segundo, bajo un diluvio sin precedentes, metió el gol de su vida. Lo metió resbalándose, con el culo, gateando, con los dientes, qué sé yo. Lo que sé es que si no fuera por ese gol no hubiera mundial hoy para Argentina. Y ese mismo Martín Palermo entró en Suráfrica en el juego contra Grecia y en el minuto 90 anotó un golazo. Y su familia en el estadio se abrazaba y lloraba y Palermo no se lo creía, no sabía con quién abrazarse, y todo el mundo dijo: no puede ser que Maradona al final tenía razón, que es capaz de saber algo que todo el resto del mundo ignora y que claro que había que llevarse a Palermo.

Le queda a uno la sensación de que las nuevas épicas, las que corresponden a los tiempos que corren, son así. Son un poco trash, las gestas heróicas están mezcladas con telenovela, con confeti, son tragicómicas, son patéticas, uno no sabe si reírse, si asustarse o si llorar; pero los nuevos héroes son distintos y sus historias se escriben diferente. Y cómo me hubiera gustado que John Fante estuviera vivo y fuera fanático del fútbol para que esta historia la escribiera él, que a nadie más le quedaría tan bonita.

lunes, 14 de junio de 2010

Hace cuánto nos conocemos


Ese disco se lo compré al pana Pedro que tenía una tienda de discos usados en el segundo piso del un centrico comercial en La Boyera, enfrente de la peluquería. Pedro tenía pinta de rockabilly cuarentón, con copete, patillas y chaquetas de cuero de esas con correas y remaches. Era un vendedor insigne, el Pedro, era capaz de convencerte de que todos los mil bolívares que tenías en la cartera era justo y necesario gastarlos en discos, que la música es más importante que comer, que pagar las deudas, que vivir la vida del día a día. Uno llegaba a esa tienda y sonaban unos cascabeles y entonces Pedro, gigantesco como su copete, empotrado detrás de un mostrador minúsculo, decía te tengo algo que te va a encantar, tú no puedes irte de aquí sin esta crema. Y allí uno iniciaba un viaje sin retorno a la pelazón, pero con mucha música nueva para estallarse los tímpanos.

Se me olvidó lo que venía a decir… ah, ya, lo del disco que me vendió Pedro, el rockabilly. Un día, apenas me vio sonar los cascabeles, me mostró un disco doble, morado, una cosa llamada “going underground”, una selección de treinta grupos alternativos noventosos de los que conocía apenas dos, lo sacó del estuche con la misma cara con la que un pirata despliega el mapa del tesoro. Puso a sonar esa cosa morada y yo pregunté que cómo se llamaban esos y me dijo Die Haut, son alemanes. Y yo ya no quise escuchar a los otros veintinueve, yo quería escuchar Die Haut en loop por el resto de mis días.

La canción de Die Haut se llama así: ¿Hace cuánto nos conocemos? Y está cantada a dos voces: un hombre y una mujer. Es la historia de un reencuentro, nos hacen saber que hace mucho fueron novios y nunca más se han vuelto a ver. En el torpe intercambio inicial, presos de la ansiedad y los nervios, se preguntan hace cuánto se conocen y ella dice: 5 ó 10 años, quizás. Y entonces comienzan a recordar. A recordarse. Y en un principio recuerdan lo mismo, casi. Pero la conversación se prolonga y el descompás se va abriendo, se convierte en un abismo insalvable. Ella recuerda cosas que él no, él recuerda imágenes que ella no puede o no quiere recordar. En el coro se vuelven a preguntar: ¿hace cuánto nos conocemos? Y ella dice esta vez: 15 ó 20 años. E insisten en armar ese monstruo que es la memoria con bloques que no encajan, con cemento vencido, con un pegamento que ha perdido la adherencia o que sirve para unir otras materias. Al final él vuelve a preguntar desencantado: ¿hace cuánto nos conocemos? 83 ó 100 años, dice ella. No te he visto en toda mi vida, sentencia él. Jamás nos hemos conocido, dicen los dos a coro.

Decía Francois de Chateaubriand que los hombres vivimos varias vidas pero que nos empeñamos en considerar que es una sola. Será por eso que los reencuentros fugaces son los mejores, porque nos permiten seguir viviendo de la ilusión. De lo contrario, a fuerza de recuerdos, nos daremos cuenta de que ése que el otro recuerda ya no es uno. Dejamos de serlo hace rato.



lunes, 7 de junio de 2010

Fútbol manifesto


Esta semana comienza el mundial, el viernes 11 exactamente, y es justo que sepan que a partir de ese glorioso día y durante un mes entero yo ya no seré yo. Volveré a serlo, con suerte, luego de la final. Aunque es probable que tampoco, porque luego del mundial siempre me queda una sensación maciza de nostalgia y vacío (evidencia de que el cuerpo no se acostumbra a que también hay que vivir esa otra vida que dura 4 años y donde suelo tener otra personalidad).

Sirva el siguiente manifiesto a manera de declaración de principios de la persona que soy -y seré- durante el mundial.

-Todo el mundo se pregunta quién será el adicto que se levanta a las 6 de la mañana a ver un juego entre Nueva Zelanda – Corea del Norte (cosa que, incluso, ni a norcoreanos ni a neozelandeses les importa): pues ya le pueden poner cara al tipo.

-Estoy incapacitado, inhabilitado, genéticamente impedido a irle a Brasil. La única manera de que le vaya a la canarinha es porque juegue en contra de un equipo capitaneado por Diosdado Cabello, con Rafael Ramírez de delantero, Cilia Flores de arquera, Nicolas Maduro de central, Jorge Rodríguez de armador y el mismísimo de director técnico.

-Por favor, si algún día llega a ocurrir ese juego, yo necesito a alguien que me ayude a pintarme “Ordem e Progresso” en la cara y a coserme una bandera de Brasil en la espalda a manera de capa.

-Cualquier persona (por más querida que sea) a la que durante un partido se le ocurra llamarme, visitarme o interrumpirme por cualquier asunto extrafutbolístico, será depositario de mi más profundo desprecio. Esto durará hasta el pitazo final (y siempre y cuando gane mi equipo, de lo contrario no respondo).

-Si a alguien se le ocurre la gracejada de llamarme para burlarse porque eliminaron a mi equipo, automáticamente y sin mediar palabra le pondré al teléfono a mis perros Cacho y Rita. Y de ahora en adelante, cualquier cosa que me tengan que decir, hablen mejor con ellos.

-Si alguien encuentra la fórmula secreta para que, en este mundial, la consagración de Messi sea directamente proporcional con la humillación de Maradona, por favor me avisa; así sea a esas horas en que la gente decente no llama (ni atiende).

-España: es en serio, si este año –y con el equipazo que se gastan- tampoco es, por favor no vayan más. Absteneos.

-A los amigos de las banderitas en los carros: en serio que no se puede ir por Italia, Argentina, España, Brasil, Inglaterra y Alemania a la misma vez. Es como ir por el Barcelona y el Real Madrid en la liga española. O como declararse magallanero-caraquista, o como irle al River y al Boca Juniors en simultáneo, o como ser chavista pero desear que Uribe siga en el poder. Coño, un mínimo de congruencia, por favor.

-El fútbol es de los inventos más hermosos y significativos de la humanidad. Es una extraña metáfora hecha a patadas y cabezazos de lo que somos, para lo bueno y para lo malo. 90 minutos de lo sublime y lo patético. Es la vida pero a escala. Si a usted alguna vez se le han sudado las manos o se le ha arrugado algo en el estómago mientras mira un partido, sabe exactamente a lo que me refiero. Si no lo ha sentido pues al menos respete que los otros se lo sufran o se lo gocen.

-Que gane el mejor. Porque en el fútbol, como en la vida, no siempre los mejores ganan.