viernes, 23 de julio de 2010

Los gestos de los objetos inanimados


Hoy me saltó una bolsa plástica desde la cuneta. Atravesó los cuatro canales de la autopista y se me lanzó bajo las ruedas, no me dio tiempo de frenar, venía yo por el carril rápido y ella demasiado decidida. Cuando la vi por el retrovisor estaba partida en tres, flotaba por encima de la defensa y se dejaba caer contra el parabrisas de un carro que iba en dirección contraria. Me dio un poco de pena, pero –obviamente- seguí de largo. No sé, había algo particularmente digno en esa bolsa suicida.

Me hizo recordar que hace unos años mi esposa y yo veníamos del automercado, cada uno cargando con siete pesadas bolsas, ella me dijo: abre la puerta rápido que no puedo bajar las bolsas y volverlas a cargar. Así que me apuré, tomé la delantera y cuando hice gesto de bajar mis siete bolsas para sacar las llaves del apartamento la puerta se abrió sola. Como si alguien nos hubiera estado viendo por el ojo mágico y decidió echarnos una mano. Entramos y dimos las gracias a la nada, al vacío. Hay puertas más amables que mucha gente.

Recordé también una vez, de niños, pateé demasiado alto y se nos fue una pelota calle abajo; el arquero y yo salimos corriendo detrás, la pelota se fue en dirección a la caseta de vigilancia con su barra dañada desde hace mil años condenada a permanecer para siempre en posición vertical. Pasó la pelota, pasé yo, y pensé: “uf, qué suerte que no me cayó la barra encima”. Pero el arquero no tuvo tanta suerte, el listón de madera a rayas decidió dejarse caer limpiamente sobre su cabeza, sonó “toc” y el tipo cayó con los brazos abiertos mirando al cielo. No fue nada, sólo un chichón. Bueno, y la pelota que no volvió nunca más.

Tuve una vez un vaso que cuando lo lavábamos no le gustaba que lo pusiéramos a escurrir bocabajo. El tipo se volteaba y se ponía de de pie. La primera vez que lo hizo mi compañera de piso se apareció muy despelucada en mi cuarto y me dijo: “Chamo, qué susto, hay un vaso que está como vivo”. Yo me burlé íntima y públicamente de ella hasta que me pasó a mí. A partir de allí me abstenía de utilizar ese vaso, lo confieso, pero cuando lo hacía lo ponía a escurrir con la boca abierta hacia el techo, por un asunto de honor.

He visto hojas secas bailar. Las he visto cruzar la calle. Es en serio, no es sólo un capricho del viento justificado por la afortunada confluencia de una serie de peculiaridades de la física. Bailan, en un momento de autonomía, cuando nadie las mira, echan un pie. Lo juro. Quién sabe, será por las mismas razones por las que a las llaves les gusta esconderse entre los cojines del sofá o las medias que entran en pareja a la lavadora y cuando se abre la puerta sólo sale una.

Tengo –o tuve, nunca sé cómo conjugarlo en este caso- un bolígrafo que me regaló mi madre que se esconde durante años. Aparece y se queda una temporada y luego se me escabulle, se pierde, se va con otra gente hasta que le da por regresar. Hace dos años que no lo veo, pero estoy seguro de que volverá, siempre vuelve, es su naturaleza. Es un tipo muy raro, nos queremos mucho pero siempre y cuando haya buenas dosis de ausencia en la amistad. Como con otra gente que conozco.

La bolsa suicida me hizo pensar en el mito de los lemmings, esos curiosos roedores peludos que se suicidan en masa dejándose caer por los fiordos nórdicos. Dicen que son como una alfombra gigantesca que se desliza hacia el mar. Corren y salen de los pueblos, de las casas, de los campos, se suman por millares como si estuvieran oyendo una flauta mágica del más allá. Y la flauta les pide que se lancen contra los riscos allá abajo, y ellos no tienen otra opción que hacerle caso, nadie sabe por qué.

Puedo jurarles que mientras escribo esta entrada se me ha desaparecido el texto tres veces. Tengo que guardar, cerrar todo, reiniciar y al final de todo el proceso se digna a aparecer entero.

No sé qué mensaje oculto estarán tratando de decirnos los que supuestamente no tienen alma. A lo mejor, como todos, sólo quieren que alguien se fije en ellos, que repare en que existen y lo cuenten. Ellos dirán: lo hago simplemente para que me recuerden.

miércoles, 14 de julio de 2010

Reflexiones fuera de juego


Se fue el mundial y nos dejó un hueco en casa como cuando hemos recibido durante un mes a un familiar o a un amigo, nos acostumbramos a él, lo hacemos parte de la rutina y de pronto llega el día de hacer sus maletas. Es el momento de despedirse y tranquilo que yo vuelvo o ustedes van para allá, sí, seguro que nos vemos, que igual nos hablamos por teléfono y siempre está el correo, ahora uno siempre está más cerca, más conectado.

Ya saben, esas cosas que se dicen como para que, por algún extraño sortilegio, los cuatro años a la distancia se achiquen hasta la mitad.

Me he quedado, en medio de esta saudade futbolera, pensando en esas cosas que cuando uno por fin logra elaborar ya han pasado los 90 minutos y la prórroga y los penales y, por lo general, ya ganó el equipo contrario.

-Lo primero que se me viene son unas líneas sobre Maradona y la selección argentina. Yo siempre, lo saben los que me conocen, le he ido a Argentina. Desde que vi mi primer mundial a los 6 años, la final de Argentina contra Holanda en 1978, mi papá me preguntó: Chamo, y tú a quién le vas. Y yo dije: Yo voy por los de las rayitas. Y nunca más pude cambiar de opinión. Esas cosas no las escoge uno, simplemente la vida las pone así y te hace apoderarte de ellas. Mi suerte estaba echada. Por momentos he estado convencido de ser el fanático más apasionado que tiene la albiceleste fuera de Argentina. Y sin embargo no se puede ser tan ciego ni tan idiota ni tan descarado. La mediocridad de Maradona como técnico es inconmensurable, es un despropósito, un bochorno. Se merecía los 4 goles contra Alemania, para que aprendiera a callarse la boca, a ser humilde, a reconocer por primera, única y oportunísima vez en su patética vida que la había cagado, que lo único que tocaba era aceptar la derrota, bajar la cabeza y renunciar. Un poco de dignidad, por favor.

- Lo de Maradona en relación con ciertos presidentes latinoamericanos es de un paralelismo espeluznante. Es el imperio de los bocones, de los que no saben pero no paran de hablar, de los que arman sus parapetos a punta de nepotismo y de fidelidades tan incondicionales como idiotas y nocivas, y juran que así se hacen las cosas. Su máxima es: “No tengo idea ni estrategia ni invito a participar a los que de verdad saben; porque sólo con mi aura, sólo con mi guiatura espiritual basta para que todo nos salga bien”. Y la vida les da revolcón tras revolcón, y con ellos a todos los que -queramos o no- estamos subidos en ese mismo autobús; pero nada que nadie aprende nada con la experiencia. Pertenecen a la nefasta raza de los maridos que insultan, golpean, denigran, humillan pero cuyas mujeres (y súbditos) los perdonan aún con los ojos morados y los huesos rotos, y cuando pasa el temporal dicen cosas como: “Lo que pasa es que cuando él no se pone violento es cariñoso y por lo menos tengo a alguien que me quiere”.

-Que muchos aún quieran a Maradona para el 2014, mientras otros quieren reelegir a sus pésimos gobernantes hasta el dos mil siempre, nos habla de un pueblo que no tiene criterio, que no sabe escoger y por eso está condenado a escoger siempre mal.

-En las antípodas del caso Maradona tengo que colocar con gesto de sombrero a dos maestros de la ecuanimidad, del trabajo serio, de la palabra correcta, de la caballerosidad y la hidalguía (tan escasas en este mundo atiborrado de charlatanes y mediocres con ínfulas): el español Don Vicente del Bosque y el profesor uruguayo Óscar Washington Tavárez. Señores, mis respetos.

-España ha sido un digno campeón. En el fútbol no siempre los mejores ganan, pero esta vez sí. Finalmente ganan los que lo merecen y, además, lo hacen sin atenuantes. Quiero pensar que el triunfo de España en el fútbol es un símbolo de los 4 años de prosperidad que le tocan ahora a este planeta. Un mundo nuevoo donde los que lo hacen bien, sin mezquindades y trabajando en buena ley vuelvan a ponerse moda.

-Fue un buen mundial. A pesar de los árbitros, a pesar de que la FIFA está pidiendo a gritos ser modernizada y remozada con urgencia. A pesar de que los equipos africanos no fueron lo que se esperaba. Fue un mundial apasionante. Un mundial que por un mes nos puso a pensar en otras cosas, a hablar de otras cosas, a encontrar motivos para compartir y reír. Un mes de pausa para la idiotez, la mezquindad y el odio que se han apoderado del día a día.

-Curiosamente fue un mundial donde se presentó algo inédito en 100 años: había un minuto de delirio por partido. Un minuto desquiciado donde pasaba de todo. Había dos penales, tarjetas rojas, manos en la línea de meta que no eran las del portero, la gente se desmayaba, hubo desnudos, pasaba absolutamente de todo en apenas 60 segundos y de pronto se acababa la locura y seguía el partido como si nada.

-El día en que nos demos licencia para proponer a los nuevos héroes a quienes deberíamos estudiar, seguir y relatar, por favor que nadie se olvide de Diego Forlán. Quizás la decisión más acertada de todo el mundial fue fijarse en Forlán como el mejor jugador del torneo; es un premio no sólo a un magnífico mundial, sino también a una trayectoria del mejor futbolista de la actualidad de un país que, a la calladita y con una garra que ya nos gustaría tener a muchos otros, ha colmado al fútbol de sorpresas y gestos épicos.

-Aunque suene contradictorio: menos mal que Forlán no metió ese gol de último minuto contra Alemania en el partido para dirimir el tercer y cuarto puesto. Ese travesaño después del tiro libre salvó a medio Uruguay de un infarto masivo. Iba a ser demasiado. Yo pienso en Paola, en Vivi, en Daniel, gente muy querida y muy uruguaya, pero tienen que cuidarse porque, a pesar de todo lo que se notan y todo el ruido que hacen, los uruguayos son muy poquitos.

- Por cierto que Paola me mandó desde Montevideo esta belleza de imagen, tomada de un café cercano a su casa, algo que habla de esas cosas que apenas un mes de fútbol logra mientras decenas de años de revolución fracasan:

PD: No, no voy a hablar del Pulpo, a ese pana lo dejamos para otro post.

martes, 6 de julio de 2010

Fantasmas digitales


A lo largo de los últimos años cada uno de nosotros ha ido edificando su propio cementerio particular y a escala. Hemos armado, aunque la mayoría no sea consciente de ello, bóvedas para alojar espectros digitales. El más común y evidente de los nuevos camposantos es el Messenger.

Uno abre ese espacio y de inmediato se alinean en una columna los fantasmas de tantos años. Algunos están en verde y esos son los que usted puede invocar. A los otros, los de rojo o gris, si acaso se les puede mandar un correo de ultratumba, un mensaje en una botella más transparente y vulnerable que nunca, a ver si acaso corre con la suerte de llegar a la otra orilla. Y a ver si el náufrago del otro lado se quiere acordar de los tiempos en que usted y él habitaron la misma isla.

A veces uno se le queda mirando a esa columna de iconitos, nombres y estatus y piensa cosas como: “quién será éste tipo” o “yo solía llevarme bien con esta fantasma en otra vida”. La mayoría de las veces siempre surge algo más importante que ponerse a invocar a esos espíritus. O acaso la timidez o el orgullo no nos dan licencia. Seguimos de largo, ya será en otra oportunidad, es que estamos demasiado apurados; estar de paso es nuestro estatus permanente.

Sin embargo, los nuevos cementerios y sus fantasmas virtuales tienen un impacto en este lado de la existencia aún mayor del que sospechamos. A veces la vida, inclusive, es sólo la que vivien los fantasmas.

Hay gente que se transforma en su fantasma digital. Que tiene una personalidad virtual distinta a la que le conocemos en la vida real (aunque eso de “real” debería ponerse bajo sospecha). Es como si hubieran creado un avatar y en el transvase la identidad mutó o se difuminó. Ese muñequito verde es otro que nos recuerda vagamente a alguien que conocimos alguna vez.

Ser congruente con el propio avatar es mucho más difícil y escaso de lo que uno creería. La congruencia y la humildad son de las flores más extrañas que hay, son especies en riesgo severo de extinción; y sin embargo, de vez en cuando florecen.

Conocemos gente que está permanentemente ausente o que dice regresar pronto pero te miente. No estarán nunca, al menos no para ti.

En la vida que llamamos real es cada vez más común ver a gente que realmente no está. Puedes hablar con ellos, tocarlos, mirarlos, escucharlos; pero lo que más se les nota es la ausencia. Están físicamente allí, pero el alma la dejaron en otra parte.

Existe algo (parecido a lo anterior pero distinto) que es un nuevo estatus copiado de la virtualidad pero puesto a funcionar con maestría en la realidad; se me antoja denominarlo el “appear online”. Es dificilísimo y hay que ser un actorazo y un caradura de primera para aparentar estar cuando no se está. Los aparentemente-en-línea te siguen la conversación, se ríen de los chistes, dicen citas citables y tienen un arsenal de frases hechas a mano. Y la gente jura que habló con ellos, qué bien que vi a fulano, sí, pero si está igualito, el mismo de siempre, qué placer reencontrarlo. Pero resulta que fulano no estaba allí, no se acuerda ni le interesa.

Hay fulanos que se quedaron a vivir para siempre en el appear online. Se les pegó tanto la máscara a la cara que si se la quitan se quedan sin rostro.

También hay fantasmas que irrumpen sin que uno los haya invocado ni notado. Han surgido nuevos gestos, nuevos detalles, nuevas deferencias, es la gente que aparentemente no está pero de pronto te enteras de que sí. Están en rojo o en gris pero te saludan, te hablan, te cuentan para que les cuentes. Cuando alguien que aparece desconectado se te aparece te está diciendo: no estoy para el mundo, para ti sí.

Ahora te toca a ti, lector, quitarte el traje de sepulturero para asumirte espectro. ¿Qué tipo de fantasma serás tú?