martes, 17 de agosto de 2010

Cel-dog (telefonía celular canina)


El día en que los perros tengan celular -que créanme que falta poco- se creará un servicio de telefonía móvil para cánidos que se llamará Cel-dog que con el tiempo se expandirá hasta incluir a gatos (Cat-cel) y más tarde a cualquier tipo de mascotas (entonces pasará a llamarse Mascotel o Pet-cel “porque ellos también merecen estar comunicados”).

Cacho, que es gallísimo y tiene una disciplina germánica, tendrá su celular en impecable estado dentro de un forrito de cuero de esos que se cuelga al cinturón, los números de emergencia los tendrá asignados alfabéticamente a sus teclas de marcación rápida (de primera a su mamá que es la persona que el más quiere en el mundo) y siempre contará con saldo de sobra (por precaución). Rita, en cambio, tendrá su aparato siempre perdido, o lo conseguirá pero por partes (papá, encuentro sólo las teclas que no me comí anoche), se gastará todo el saldo del mes en menos de media hora y luego se las ingeniará para robarle el cel-dog a Cacho, sin que se entere, para escribirle mensajitos de texto de esta naturaleza: “Cacho, ¿cómo se hace para mandarte un mensajito desde tu teléfono pero que aparezca como si lo hubiera mandado desde el mío”. Y nos mandará, poseída por su espíritu de LuRita Ferrer, infinidad de mensajes de voz diciendo: “Es sólo para avisarles que moriré de la angustia cuando me quede sin saldo”.

Esta mañana un señor me salió al paso en plena subida a la montaña y me dijo con alarma: “¡Cuidado con los venados!”. Cincuenta pasos más adelante me seguían impresionando las mismas tres cosas:

1) Lo impecablemente combinado que uno puede hacer deporte. Yo no sabía que había gorras que encajaban raya a raya con las franelas, los shorts, los zapatos y las medias. Ese hombre parecía un cuadro de Soto pero que se movía de verdad.

2) Lo solidaria que aún puede ser la gente en este país donde impera el “allá tú… mejor por mí si te jodes un poco”.

3) Que ese señor en sus 50 años de existencia no hubiera visto, ni por casualidad, ni siquiera una imagen de Bambi.

Pero, sobre todo, lamenté que no existiera todavía Cel-dog “telefonía celular canina”, para mandarle en ese preciso instante a Cacho estas imágenes: “¿Viste, pana, que no te mentía?”


martes, 10 de agosto de 2010

Charlando con Cacho


Cacho, ¿estás dormido? Ven, despiértate. Vamos a aprovechar que Rita y tu mamá salieron y así conversamos entre hombres, de padre a hijo o de padre a perro o de hombre a perro, tú me entiendes. No, no me des la pata que no vine a traerte galleta y sí, está bien, te puedes sentar encima de mí, que lo que pesas son apenas 45 kilitos; y sí, también me puedes lamer la cara y llenarme entero de baba. ¿Cacho, tú serás bóxer puro o te habrán mezclado con monstruo? Bueno, olvídalo, esa es otra conversación, vamos a hablar de lo que nos interesa antes de que lleguen las mujeres. Sí, tranquilo, te me puedes tumbar a los pies y te rasco la barriga mientras te voy contando.

Tú sabes que yo salgo todas las mañanas temprano a caminar por el cerro, hay un camino de tierra que se adentra en la montaña y allí comienzas a subir por uno de los lugares más hermosos y secretos de Caracas. Apenas si te consigues a dos o tres personas que caminan por allí y a algunos ciclistas que hacen rutas de bici montañera. Pero a los ciclistas más jóvenes les dio por hacer rutas nuevas en el cerro, empezaron a desmalezar, a abrir brechas en el medio del bosque y hasta decidieron quemarlo para tenerla más fácil. Daba lástima, Cacho, toda la montaña era una sola cicatriz. Entonces los vecinos se agruparon y decidieron cerrar el camino del cerro por unos meses, hasta que hace unas semanas lo volvieron a abrir y yo volví a caminar por la montaña después de tanto.

¿Te vas? Ah, está bien, anda y haz pipí y pupú. Tranquilo que yo te espero. No, no me vengas a poner el culo encima ahora, no seas cochino. Siéntate allí. No, encima de mi pie no, aquí, al lado. Eso es, buen perro ¿Por dónde iba? Ah, ya por Krakatoa.

Tú no sabes lo de Krakatoa, ¿verdad? Esa es una isla, Cacho José, una isla volcánica entre Java y Sumatra que hace más de 100 años tuvo una erupción equivalente a veinte bombas atómicas y colapsó, se autodestruyó, se hundió. No quedó nada de Krakatoa. Nada, Cacho. Hasta que unas décadas más tarde apareció en el mismo lugar un islote, y ese islote se hizo isla y crece a razón de cinco metros cuadrados por año. Y llegaron pájaros y llegaron reptiles y la nueva Krakatoa recién emergida del mar se cubrió de vegetación y de fauna, nadie se explica cómo, y la nueva isla se llama ahora Anak Krakatau que significa "Hijo de Krakatoa". Qué belleza, dime que no, Cacho, porque Krakatoa es la vida. Tu abuelo, que escribía como los dioses, le escribió un artículo a esa isla, ojalá lo pudieras leer, Cacho, se te caería la baba (más). Krakatoa es una metáfora de la vida que siempre se las ingenia para aparecer; las cosas que desaparecen para dejarle espacio a otras nuevas. Bueno, en fin, que el cerrito es como Krakatoa pero a escala. Literalmente la vida que resurge de entre las cenizas.

No te duermas, Cacho, ya va, espera que ahora viene lo bueno. Sí, dame la pata, vale, yo te hago cosquillas en el cogote y debajo del hocico pero párame bolas que ya estoy llegando a donde íbamos.

Porque entonces en el cerro, mi pana, en el cerro ahora recuperado, lleno de vegetación, de mariposas, de pájaros, de telarañas, de culebras (hay hasta mapanares, Cacho, tienes que caminar viendo al suelo porque las puedes pisar y si te muerden no llegas abajo más nunca) en ese cerro comenzaron a aparecer montículos de pupú de un animal muy raro que antes no estaba. Todo el camino está lleno ahora de unas cagarrutas como de conejo pero más grandes, como Torontos, Cacho, unas metras de este tamaño y color chocolate. Y yo caminaba entre ese mierdero con olor a establo y decía: pero qué animal será éste. Y me acordaba de la nueva Krakatoa, de los animales que llegaron volando o nadando hasta allí, hasta el medio de la nada, y me imaginaba que el bosque resucitado tenía nuevos animales, otros distintos, después de las cenizas. Pensé con el tiempo que se trataba de rabipelados, sí, como esos que mata Rita y que les deja la quijada reluciente al sol en medio del patio. Me llenaba de alegría pensar que tenía que ser justicia divina que un animal tan feo tuviera unos excrementos tan armoniosos, eso pensé. Luego dije: no, no son rabipelados, son conejos silvestres, unos enormes como chigüires o canguros. Pero más tarde, la semana siguiente, llegué a la conclusión de que eran gatos salvajes, porque olía también a orine muy fuerte; sí, esos animales eran onzas o cunaguaros.

Ayer venía bajando por el camino de tierra hacia la carretera, buscando mis gatos salvajes, imaginando sus pintas, sus garras y sus colmillos, pensando en que seguro ya tendrían cachorros, que el cerrito se convertiría pronto en el reservorio de felinos silvestres más importante e impredecible de esta ciudad. Que Krakatoa quedaba en Caracas, qué belleza… y entonces, hijo, en medio de mi euforia, en plena iluminación, me salieron al paso cuatro bichos color tierra como de tu tamaño: cuatro ovejas.

Ovejas, Cacho, una familia de ovejas. Papá ovejo, mamá oveja y dos ovejas más chiquitas, como adolescentes. Se habrán escapado de una casa (la gente en este país mete en sus jardines cosas insólitas) o algún loco las habrá dejado pastando allí y nunca más las fue a recoger.

Se me vinieron abajo todas las teorías, pana; Krakatoa en Caracas se parece a lo que uno intuye pero siempre acaba siendo distinta. La vida, Cacho José, uno siempre jura que cree saber por dónde vienen los tiros pero al final te pelas por milímetros.

Vaya, ahí llegan Rita y tu mamá. No les digas ni una palabra, secreto de caballeros, ¿sí va? Tú te quedas callado y yo te doy ahora doble galleta. Gracias por oírme, mi Cacho.



Esa misma madrugada, Cacho le lame las orejas a Rita, tumbada en la manta de al lado:

—Rita, ¿estás dormida?

—Ya no.

—Estoy preocupado, no puedo dormir.

—¿Qué te pasa, Cacho?

—¿Tú sabes dónde queda Krakatoa?

martes, 3 de agosto de 2010

Memorias prestadas


Mi viejo siempre fue un tipo fácilmente arrechable. Una especie de oso pardo que no mascaba dos para ponerse a gruñir por el motivo que fuera. Lo bueno es que el tipo no se enfurecía -enfurecerse de verdad- jamás en la vida; su carácter funcionaba bajo el mismo principio de una olla de presión que va botando el aire caliente por la válvula y así se garantiza que no habrá nunca un estallido.

Crecimos acostumbrados a sus gruñidos, a sus roncos regaños de 5 segundos que luego se le olvidaban exactamente a los 5 segundos, a verlo como oseznos que se sientan a ver al papá zamparse un salmón y luego lanzarse a retozar sobre la hierba con una barriga al cielo donde cabíamos todos.

Cierto día, en uno de los 24 momentos diarios de arrechera inofensiva de mi viejo, se le ocurrió que mis hermanas tenían un cementerio desbordado de juguetes en su cuarto y que esa vaina no podía seguir así, que aquí se limpia ese desastre, se quedan los 4 ó 5 juguetes que de verdad utilizan y el resto se regalan, no joda, chica. Y ante los ojos atónitos de mis hermanitas (que son mayores que yo pero en ese momento eran minúsculas) comenzó a sacar muñecas y pelotas y juguetes y vestidos y pulseras y decía cosas como: “esta vaina se regala y esto también y esta vaina también y esto no lo utilizaron más nunca así que se va para la calle también, y este perol también…”. Y cuando dijo esto también, lo último, era un cochecito azul para muñecas que era el objeto más preciado, el más entrañable, de todos los de la infancia de mi hermana La Negra.

Entonces La Negra, con su metro escaso de altura y con su moñito en el centro de la cabeza, se le fue encima al oso, lo encaró y le puso la palma de la manita sobre la barriga para frenarlo: Mi cochito no, papi.

Mi cochito no. Sólo eso. Y al viejo se le cayó el mundo encima.

Se nos cae a todos, a cuadritos, cada vez que lo recordamos. Lo curioso es que yo lo recuerdo perfectamente sin haber estado allí. O estaba, pero tenía un año y no sería capaz de recordarlo ni mucho menos de contarlo. Es una memoria prestada. Quizás la primera de centenares que tengo en mi arsenal. Una más de esas historias mínimas, de esos cuentos que uno ha escuchado una y otra vez y que se van convirtiendo en las esencias de la épica familiar.

Me gusta la imagen del “cochito”. No sólo por ser el símbolo del carácter que desde los 4 tenía mi hermana, tampoco se trata tanto de que se me antoja aún más bonito el término cochito que el más correcto cochecito. Me gusta especialmente porque se me ocurre que ese chochito de La Negra es como esos carritos de automercado que llevan algunos indigentes, los que no tienen techo y por eso tienen que llevar su casa a cuestas. Me gusta imaginar que en el cochito que nos regaló La Negra caben todos esos recuerdos de lo no vivido, de lo prestado, de lo robado, de lo encontrado, de lo que otros te han cedido para que te adueñes de ello. Y uno no tiene otra opción que seguir llenándolo de peroles y echarlo a rodar.