
Cacho, ¿estás dormido? Ven, despiértate. Vamos a aprovechar que Rita y tu mamá salieron y así conversamos entre hombres, de padre a hijo o de padre a perro o de hombre a perro, tú me entiendes. No, no me des la pata que no vine a traerte galleta y sí, está bien, te puedes sentar encima de mí, que lo que pesas son apenas 45 kilitos; y sí, también me puedes lamer la cara y llenarme entero de baba. ¿Cacho, tú serás bóxer puro o te habrán mezclado con monstruo? Bueno, olvídalo, esa es otra conversación, vamos a hablar de lo que nos interesa antes de que lleguen las mujeres. Sí, tranquilo, te me puedes tumbar a los pies y te rasco la barriga mientras te voy contando.
Tú sabes que yo salgo todas las mañanas temprano a caminar por el cerro, hay un camino de tierra que se adentra en la montaña y allí comienzas a subir por uno de los lugares más hermosos y secretos de Caracas. Apenas si te consigues a dos o tres personas que caminan por allí y a algunos ciclistas que hacen rutas de bici montañera. Pero a los ciclistas más jóvenes les dio por hacer rutas nuevas en el cerro, empezaron a desmalezar, a abrir brechas en el medio del bosque y hasta decidieron quemarlo para tenerla más fácil. Daba lástima, Cacho, toda la montaña era una sola cicatriz. Entonces los vecinos se agruparon y decidieron cerrar el camino del cerro por unos meses, hasta que hace unas semanas lo volvieron a abrir y yo volví a caminar por la montaña después de tanto.
¿Te vas? Ah, está bien, anda y haz pipí y pupú. Tranquilo que yo te espero. No, no me vengas a poner el culo encima ahora, no seas cochino. Siéntate allí. No, encima de mi pie no, aquí, al lado. Eso es, buen perro ¿Por dónde iba? Ah, ya por Krakatoa.
Tú no sabes lo de Krakatoa, ¿verdad? Esa es una isla, Cacho José, una isla volcánica entre Java y Sumatra que hace más de 100 años tuvo una erupción equivalente a veinte bombas atómicas y colapsó, se autodestruyó, se hundió. No quedó nada de Krakatoa. Nada, Cacho. Hasta que unas décadas más tarde apareció en el mismo lugar un islote, y ese islote se hizo isla y crece a razón de cinco metros cuadrados por año. Y llegaron pájaros y llegaron reptiles y la nueva Krakatoa recién emergida del mar se cubrió de vegetación y de fauna, nadie se explica cómo, y la nueva isla se llama ahora Anak Krakatau que significa "Hijo de Krakatoa". Qué belleza, dime que no, Cacho, porque Krakatoa es la vida. Tu abuelo, que escribía como los dioses, le escribió un artículo a esa isla, ojalá lo pudieras leer, Cacho, se te caería la baba (más). Krakatoa es una metáfora de la vida que siempre se las ingenia para aparecer; las cosas que desaparecen para dejarle espacio a otras nuevas. Bueno, en fin, que el cerrito es como Krakatoa pero a escala. Literalmente la vida que resurge de entre las cenizas.
No te duermas, Cacho, ya va, espera que ahora viene lo bueno. Sí, dame la pata, vale, yo te hago cosquillas en el cogote y debajo del hocico pero párame bolas que ya estoy llegando a donde íbamos.
Porque entonces en el cerro, mi pana, en el cerro ahora recuperado, lleno de vegetación, de mariposas, de pájaros, de telarañas, de culebras (hay hasta mapanares, Cacho, tienes que caminar viendo al suelo porque las puedes pisar y si te muerden no llegas abajo más nunca) en ese cerro comenzaron a aparecer montículos de pupú de un animal muy raro que antes no estaba. Todo el camino está lleno ahora de unas cagarrutas como de conejo pero más grandes, como Torontos, Cacho, unas metras de este tamaño y color chocolate. Y yo caminaba entre ese mierdero con olor a establo y decía: pero qué animal será éste. Y me acordaba de la nueva Krakatoa, de los animales que llegaron volando o nadando hasta allí, hasta el medio de la nada, y me imaginaba que el bosque resucitado tenía nuevos animales, otros distintos, después de las cenizas. Pensé con el tiempo que se trataba de rabipelados, sí, como esos que mata Rita y que les deja la quijada reluciente al sol en medio del patio. Me llenaba de alegría pensar que tenía que ser justicia divina que un animal tan feo tuviera unos excrementos tan armoniosos, eso pensé. Luego dije: no, no son rabipelados, son conejos silvestres, unos enormes como chigüires o canguros. Pero más tarde, la semana siguiente, llegué a la conclusión de que eran gatos salvajes, porque olía también a orine muy fuerte; sí, esos animales eran onzas o cunaguaros.
Ayer venía bajando por el camino de tierra hacia la carretera, buscando mis gatos salvajes, imaginando sus pintas, sus garras y sus colmillos, pensando en que seguro ya tendrían cachorros, que el cerrito se convertiría pronto en el reservorio de felinos silvestres más importante e impredecible de esta ciudad. Que Krakatoa quedaba en Caracas, qué belleza… y entonces, hijo, en medio de mi euforia, en plena iluminación, me salieron al paso cuatro bichos color tierra como de tu tamaño: cuatro ovejas.
Ovejas, Cacho, una familia de ovejas. Papá ovejo, mamá oveja y dos ovejas más chiquitas, como adolescentes. Se habrán escapado de una casa (la gente en este país mete en sus jardines cosas insólitas) o algún loco las habrá dejado pastando allí y nunca más las fue a recoger.
Se me vinieron abajo todas las teorías, pana; Krakatoa en Caracas se parece a lo que uno intuye pero siempre acaba siendo distinta. La vida, Cacho José, uno siempre jura que cree saber por dónde vienen los tiros pero al final te pelas por milímetros.
Vaya, ahí llegan Rita y tu mamá. No les digas ni una palabra, secreto de caballeros, ¿sí va? Tú te quedas callado y yo te doy ahora doble galleta. Gracias por oírme, mi Cacho.

Esa misma madrugada, Cacho le lame las orejas a Rita, tumbada en la manta de al lado:
—Rita, ¿estás dormida?
—Ya no.
—Estoy preocupado, no puedo dormir.
—¿Qué te pasa, Cacho?
—¿Tú sabes dónde queda Krakatoa?