miércoles, 13 de abril de 2011

Con Gilles en Barcelona


Gilles Lipovetzky en el espejo, por Vasco Szinetar


A Claire, quien me animó a escribir esta historia


Hay historias que uno no cuenta, que varias veces en la vida regresan y te rondan como fantasmas, las tienes en la punta de la lengua o los dedos y un impulso enorme te nace de dentro y te pide contarlas; pero entonces siempre irrumpe algo superior, un frenazo que siempre resulta un miligramo más fuerte y que viaja en la dirección totalmente opuesta, una cosa que te dice justo antes de que te lances: mejor no, cállate, guárdatela para otro momento. Esta es una de esas historias que uno nunca cuenta.

Y el cuento dice más o menos así:

A principios del 2004, en una Barcelona invernal que nadie más recuerda tan fría ni tan gris, yo –de eso estoy seguro- era uno de los cinco tipos más tristes del mundo. Era ése, el cabizbajo con las manos en el bolsillo, que patea la latita al fondo del callejón. Para colmo de males (cuando uno está jodido hasta los perros lo mean, decía mi padre en los picos de la exasperación) no tenía ni un duro y nadie quería darme trabajo. Justo cuando estaba sopesando en la balanza si sería mejor morirse con una ingesta indiscriminada de antialérgicos o lanzándose contra las rocas de la playa de Nueva Marbella, me sonó el celular. Al otro lado de la línea, mi amigo Andrés Duque, que necesitaba un camarógrafo para cubrir un evento sobre revistas de modas y tendencias, que sería una semana de trabajo, que pagaría 50 euros al día y que además teníamos que ser los anfitriones de un tal Gilles Lipovetsky, “el filósofo francés de la moda” –aclaró Andrés-, quien venía de invitado y a quien había que pasearlo por la ciudad. Que el trabajo de cámara se pagaba, lo de pasear a Lipovetsky no. Comenzaríamos el lunes a las 10.

Antes de que Andrés terminara de plantear las condiciones del trabajo, le dije que sí. La verdad, estaba dispuesto a hacerlo por 5 euros, a pesar de que las revistas de moda y de tendencias no me interesan en lo absoluto y de que, para ser francos, no tenía mucha idea de quién era el tal Lipovetsky, acaso si me sonaba el nombre, y lejanamente.

Llegó el lunes y a eso de las 11 llegó Lipovetsky. Y aquí ha llegado el momento de confesarles algo que es la razón por la cual nunca cuento esta historia: yo nunca conocí a Lipovetsky, yo conocí a Gilles. Quizás porque la ignorancia es feliz y nos hace llegar lejos. Tal vez porque Gilles me consideró un humilde operador de una cámara de video a quien no se le podía ni debía aburrir con charlas sesudas. Quizás, me hace feliz pensar en eso, fue porque Gilles es un tipo de a pie, como todos, alguien que quiere pasársela bien y procura que quienes están a su lado también se lo pasen bien.

Me gustaría ser pretencioso y saberme vender mejor a mí mismo, esgrimir que el pensador francés y yo hicimos buenas migas porque teníamos ideas afines sobre la moda, que le di un par de datos buenos para que mejorara su teoría sobre el imperio de lo efímero, el culto a la frivolidad o las formas en que los sujetos contemporáneos nos apoderamos de los discursos del cine y la televisión y vivimos y contamos nuestras vidas como si fueran secuencias épicas de una película; pero no, la realidad es mucho más bruta y desencantada: Gilles y yo conectamos porque éramos un par de malcomportados.

A lo largo de esa semana desarrollamos un ritual; no podíamos llegar a un lugar sin que me dijera: ya encontré a la mía, la mesera rubia de la minifalda. Y yo le respondía: tú no has visto a morena estilo garota que está en la mesa de la izquierda al fondo. Y entonces yo miraba a la suya y él a la mía y comparábamos y, al final, uno de los dos cedía: joder, ganaste, la tuya está más buena. Logramos perfeccionar la técnica como para enseñarnos las candidatas, de un extremo al otro de la mesa, con un simple gesto de boca o un guiño de ojos.

La última noche, la del cierre del festival, hicieron una fiesta en un lugar muy fashion y underground –en mi vida había visto a tantos modernos juntos- y a cada uno de los que participamos en el evento nos dieron un par de tickets para la consumición de tragos en la barra. Andrés, Gilles y yo gastamos los nuestros antes de que la fiesta comenzara y entonces en eso el francés dijo: no se muevan que luego nos perdemos, ya vuelvo. Y cuando volvió a los cinco minutos traía como 50 tickets de consumición encerrados en el puño, quién sabe sacados de dónde y cómo.

Nos lanzamos en un sofá de terciopelo rojo a ver la fauna desde la talanquera y al poco rato Andrés ligó con un tipo que parecía holandés y que era el equivalente a Scarlett Johanson pero en hombre, así que se despidió con una sonrisa y nosotros le dimos nuestra bendición y lo vimos partir hasta que desaparecieron detrás de una cortina para ya no saber nunca más de ellos.

Nos quedamos bebiendo y fumando en ese sofá –felizmente esa delirante ley en la que no se puede fumar en bares ni discotecas no estaba instaurada aún- y Gilles me hizo hablar de Venezuela, de separaciones, de reconciliaciones, de amores imposibles, de lo hermosas y abominables que eran a la vez -aunque por razones muy distintas- Caracas y Barcelona. Y yo le conté todo, también lo de lo de la duda de si echarle bolas a punta de antialérgicos o con las rocas de Nueva Marbella. Y Gilles me ponía enfrente otro gintonic y me encendía otro Marlboro rojo y me decía: tienes que dejar de beber y fumar porque te estás matando.

A eso de las 2 de la mañana cerraron la disco y nos echaron a la calle, pero Gilles se iba a las 8 para París y no quería acostarse a dormir, prefería irse directo, así que me preguntó si sabía de algún bar que estuviera abierto after hours y le dije que sí, que conocía un par en El Raval, y él dijo “yo invito, Yosé” (porque la J a la española sí que no se le daba). Y mientras atravesábamos el barrio gótico y las ramblas me empezó a hablar de las vidrieras y de la publicidad y de la gente que se pone cualquier cosa encima, cualquiera, incluso las que no le gustan, porque sienten que si no lo hacen se quedan por fuera. Y yo le dije que había algo que me confundía enormemente de Barcelona, una ciudad tan moderna, llena de modernos, con sus lugares de diseño, sus ropas de diseño, sus drogas de diseño y su fauna de diseño; donde te encontrabas a tantísima gente cuidadosamente despeinada y con la ropa meticulosamente arrugada, milimétricamente rotas las rodillas del pantalón, con sus anteojos de pasta y sus piercings y tatuajes diminutos que piden a gritos mírenme mientras se señalan con el dedo. Y debajo de todo eso, tú indagabas un poco, sólo un rasguño por debajo de la superficie, y resulta que les encantaba la música de David Bisbal, que sólo habían leído a Deepak Chopra y a Paulo Coelho y que las películas que veían eran sólo las que ganaban el Oscar. Es decir, uno estaba permanentemente metido en una película donde el audio no coincidía con el video. La vida se me estaba convirtiendo en un permanente fuera de sincronismo.

Bebimos cervezas en el London hasta las 4 y luego nos fuimos hasta las 6 a otro bar cuyo nombre no logro recordar pero que quedaba muy cerca del piso del cineasta Joaquín Jordá. A la salida nos fuimos atravesando El Raval hasta la Rambla y de allí hacia Paseo de Gracia, porque el hotel de Gilles estaba cerca de la Pedrera y mi piso de la calle Diputaciò unas pocas calle más allá. Justo en esa intersección donde se acaba la Rambla y se abre Plaza Catalunya Gilles gritó en medio de los amanecidos que a esas horas sonambuleaban hacia sus casas: ¡Mira, Yosé… esto es Barcelona!

El dedo índice de Lipovetsky apuntaba a una valla publicitaria extrañísima, una especie de instalación colocada allí en la mitad de la Rambla: una especie de pecera en cuyo interior flotaba un traje para caballeros, como un flux Armani vacío, colgando de la nada.

Gilles me pidió que le tomara una foto al lado del traje colgante en la pecera, cosa que hice con la camarita del celular. Luego fui yo quien se puso al lado del flux de la pecera mientas Lipovetsky me fotografiaba con el mismo telefonito. Y allí mismo, al retomar la marcha, en ese aparato marca Alcatel, apunté el número de Gilles, su correo electrónico y su dirección en Francia.

Cuando despedí a Gilles en la puerta de su hotel le prometí que le escribiría y lo llamaría algún día. Y cuando llegué a mi piso veinte minutos más tarde ya el telefonito Alcatel no estaba más conmigo. Se habrá lanzado, sin que lo notara, hacia el asfalto de la Gran Vía o se inmolaría en las cercanías de la Plaza Tetuán (a veces las cosas hacen eso para que se salve uno).

Nunca más supe de Gilles. De Lipovetsky sí, a cada rato. Lo mando a leer a mis alumnos, lo veo en las librerías, leo sus artículos y entrevistas cada vez que se viaja -como rock star del pensamiento contemporáneo- a Buenos Aires, a México o a Bogotá, pero de Gilles no supe nunca más. A menudo recuerdo en silencio esa noche en la que bebimos juntos y caminamos juntos y le conté lo que a muchos amigos muy queridos jamás les he confesado. Recuerdo su grito en medio de la Rambla y las fotos de Barcelona que nunca vi.

No me atrevo a preguntarle a Andrés ni a nadie por las señas de Gilles. Me niego, rotunda e infantilmente, me niego. Hay asuntos que son mejores dejarlos así, no sea cosa que uno se empeñe y fuerce el destino que prefirió perderse con el celular. Me daría una pena enorme arruinarme la memoria, que lo llame y Gilles ya no esté y en cambio me atienda Lipovetsky.


17 comentarios:

Anónimo dijo...

Me hacía falta leer algo así, hoy.

Besos.

Nany.-
(capochoblog)

Angel Rivero dijo...

Yo creo que ese canal "The film Zone" le birlo el eslogan… las buenas historias es aquí…!

Saludos

e. e. dijo...

"se amoroso, se misterioso"
Alfred Jarry

Anónimo dijo...

Ojalá algún amigo común le haga llegar este escrito,y se pongan en contacto de nuevo ,una historia interesante pero con triste final .

Anónimo dijo...

Cambiaste el color del fondo de tu blog, ese verde refresca mucho, , se me olvido agregar, en mi notica anterior , la que se refiere al deseo de vuelvan a encontrarse esos amigos en Barcelona.

Anónimo dijo...

En la foto hay dos personas,¿ cual es Gilles ?, gracias.Quisiera conocer mas al protagonista de esta historia tan grata.

Anónimo dijo...

Es una historia increíble. Qué suerte la nuestra: que tengas cerca a alguien que te anime a deleitarnos con cosas como esta.


Un beso,

María Antonieta Arnal dijo...

Muy bueno

Jose Urriola dijo...

Nany: Qué bien que te has vuelto a pasar por aquí. Eres siempre bienvenida, un beso para ti.

Ángel: Usted me honra con su comentario. Esta entrada no es otra cosa que una memoria filtrada (e inflada) por la ficción. Me alegra que la hayas disfrutado.

e.e: gracias por regalarme una de esas frases sublimes que tiene usted en su arsenal. Un abrazo.

Anónimo: A mí el final no me parece tan triste. Más bien agradezco a la vida que me haya regalado esa historia para poder contarla. Gracias por tu comentario sobre el refrescamiento del blog, le hacía falta un cambio ya. Gilles, en la foto, es el del traje oscuro que sostiene sus anteojos en la mano. El otro es un maravilloso fotógrafo venezolano que se ha codeado con centenares de los más grandes: Vasco Zsinetar.

Anónima 2: Gracias por leer y comentar, gracias por ser también una de las personas que más me estimula a contar historias.

Toñita: cómo me agrada cuando dices "muy bueno" un abrazo muy fuerte y nos seguimos leyendo.

Abrazos para todos y mis respetos,
Jose

Carolina Calzacorta dijo...

Queridísimo Jose, tutor entre tutores...
¿cómo es que yo no había escuchado esta historia antes? cuando pasaba veinte minutos en un párrafo tratando de entender lo que esa mente iluminada estaba diciéndome...de haber sabido que la iluminación era precedida por gintonics, marlboros rojos y fotos con frente a una valla..
qué buena historia haber conocido a gilles y qué lindos recuerdos me trajo este post...

danke,
cariños infinitos,
Caro.

Richard dijo...

Buenísima historia.

Ophir Alviárez dijo...

Que bonita historia, celebro que Claire te animara a contárnosla...

Un abrazo para ustedes,

Ophir

Anónimo dijo...

Que buena historia chamo!

Clavel Rangel dijo...

¡Qué gusto leerte! Saludos

Anónimo dijo...

Por azar me he encontrado con esta historia y con tu blog...yo conozco a Gilles, pero no a ese Gilles; el mío solo fuma habanos, y no bebe gintonics...

Anónimo dijo...

Por azar me he encontrado con esta historia y con tu blog...yo conozco a Gilles, pero no a ese Gilles; el mío solo fuma habanos, y no bebe gintonics...

Jose Urriola dijo...

Sí, Anónimo, tienes razón, este Gilles está filtrado por la ficción y la memoria. Es un Gilles de falso documental, el que tú conoces es el real. Gracias por el comentario. Saludos