martes, 4 de octubre de 2011

Historia de (casi) muerte

Era el último día de aquellas vacaciones en Chichiriviche y resulta que no teníamos plata para el peñero. O sí, pero entonces no nos quedaba para las cervezas y había que establecer prioridades. La madurez consiste en eso, en aprender a jerarquizar las cosas según su importancia. Lo bueno era que Nacho tenía un sunfish, una especie de velerito a escala con capacidad para un solo tripulante (y forzados dos) así que decidimos que bien acomodados cabíamos los cinco.

-Nacho, ¿tú crees que podemos llegar en tu sunfish hasta Varadero?

Nacho sacó cuentas, un cálculo similar al que se plantea irse en monopatín desde Manzanares hasta Montalbán, se sopló la nariz con el pañuelo que siempre llevaba encima –sí, aunque estuviera en traje de baño- y respondió pausadamente:

-Bueno… yo creo que lo podemos intentar.

Arrastramos entre los cinco el sunfish por la arena hasta la orilla. Nacho izó la vela anaranjada y nos hicimos a la mar con esa certeza que tiene uno a los 19 de que es inmortal. Había dos chalecos salvavidas solamente. Nacho se puso el suyo y, antes de que pudiéramos sortear el otro entre los cuatro, el Marciano se lo calzó, tiró de las cuerditas y encajó las clavijas.

No importaba. Insisto, éramos inmortales.

Varadero estaba lejos. Mucho más lejos de lo que habíamos imaginado. Navegábamos a contracorriente contra unas olas dignas de un surfista hawaiano; y cada vez que una lancha o un peñero nos pasaba por al lado el sunfish de Nacho se movía como un barco de papel puesto a navegar en las aguas del Guaire. Justo cuando íbamos por la mitad del trayecto y el agua nos cubría hasta las rodillas, Nacho, con la lentitud que le caracterizaba, nos dijo: “Nos estamos hundiendo, vamos a voltear el sunfish para sacarle el agua y luego nos volvemos a subir”. Yo miré hacia Cayo Pelón, calculé que estaríamos a unos 500 metros. Una distancia manejable, en caso de emergencia podía llegar nadando hasta su playa (o eso creía el optimista que me habita).

-Es importante que nos lancemos al agua los 5 al mismo tiempo –advirtió Nacho con gesto severo en la mano que sostenía el pañuelo-, tiene que ser a la cuenta de tres y saltamos…

Y no íbamos ni por el dos cuando el Marciano –presa del pánico, a pesar del chaleco- se lanzó. El sunfish perdió el equilibrio, el Cromañón logró saltar antes de volcarnos, de Nacho no supe nada, pero a la Perra (la Perra, a pesar del sobrenombre, es un tipo llamado Miguel) y a mí nos cayeron el mástil y la vela encima. Dicen que cuando uno está a punto de morir se le proyecta en la cabeza un tráiler con el resumen de la vida. Puedo jurarles que es mentira, yo lo que vi era todo azul y cuando trataba de sacar la cabeza a la superficie todo era naranja. La vela, como si fuera eterna, por más que nadara bajo el agua, por más que los pulmones se me reventaban por la falta de oxígeno, cuando quería salir a flote todo seguía siendo anaranjado vela. Hice un último esfuerzo, redacté a toda velocidad mi propio obituario, lo intenté una vez más. Salí a treinta centímetros del mástil, el mundo afuera era violeta. Todo violeta. Y cuando por fin los ojos se acostumbraron de nuevo a la vida pude apreciar la peculiarísima imagen de un tipo ahorcando a otro en alta mar. La Perra que estaba aprovechando su último aliento vital para arrebatárselo al Marciano a mano limpia. Yo quise gritar: “¡Coño, ahógalo que es más fácil!” pero los pulmones no me lo permitieron. Todos creyeron, hasta el sol de hoy, que ese gruñido ahogado que emití entre toses era para evitar un homicidio. Muy al contrario, el Marciano se lo merecía.

Logramos subirnos de nuevo al sunfish. Reanudamos el viaje. Los bañistas en Cayo Pelón nos señalaban con el dedo. Los ignoramos con la dignidad de quienes han salido airosos de un evento mortal. La indiscutible dignidad de los sobrevivientes.

Llegamos a Playa Varadero como Ulises desembarcando en Ítaca (con la misma pinta de náufragos, con 20 años más a cuestas, pero sin Penélopes que nos esperasen). Durante buenos minutos no dijimos nada. Subimos el sunfish hasta un montículo de arena donde la marea no pudiera alcanzarlo. Cruzamos la primera bahía, vimos con cochina envidia a un huevón (adjetivo que en venezolano aplica a todo aquel que anda con una mujer que ya le gustaría a uno tener) que retozaba en la playa con una diosa en microscópico bikini. Tenían montada una tienda de campaña y una cava llena de cosas deliciosas que también ya nos hubiera gustado a nosotros tener. Nos encaminamos a la segunda bahía de Varadero que es de las playas más hermosas del mundo. No sé si lo sigue siendo, quiero pensar que sí. En la memoria –independientemente del verbo en que uno la narre- las cosas son traídas del pasado para conjugarlas en un eterno presente. Nos zambullimos para correr las olas. Olas perfectas sobre la arena más perfecta jamás. Nos bañamos durante horas, todos menos La Perra, quien fiel a su condición canina optó por cavar un hueco en la arena, justo donde morían las olas, se desnudó y se apoderó de su propio charco particular.

Cuando el sol empezó a ocultarse y comenzaba a pegar el viento frío, decidimos volver a casa. Pasamos de nuevo por la primera bahía, frente a la tienda de campaña, los amantes se besaban con furia y él batallaba contra el nudo del pareo de la novia. No dijimos ni una palabra, miramos dignamente al horizonte (aunque con el rabillo puesto en la escena) y estoy seguro que todos compartimos un pensamiento jamás verbalizado: “Cuando yo sea grande ya verás”.

Mientras Nacho acomodaba la vela y ponía en vertical al mástil asesino, el Cromañón decidió subirse a una plataforma de cemento cercana al embarcadero. Se asomó con la punta de los pies, abrió los brazos, miró los cinco metros que le separaban del agua y saltó. Cuando se disponía a dar su segundo salto nos encontró a los otros cuatro esperando turno sobre la plataforma. Nos lanzamos una y otra vez. Nos inventamos mortales, saltos de espalda, tirabuzones. Sería al quinto salto cuando el Cromañón apareció con cara de horror primigenio (cosa que en su cara de hombre primitivo era aún más preocupante) y nos dijo: “Mejor nos vamos”. Consejo al que, por supuesto, decidimos hacer caso omiso.

Esperé a que los otros tres saltaran y cuando me quedé a solas con el Cromañón le pregunté qué había pasado, que por qué la cara de susto.

-Chamo, no te vayas a asomar en el hueco que hay debajo de la plataforma, es en serio, mejor nos vamos.

Me lancé por última vez y cuando salí del agua, por supuesto, lo primero que hice fue asomarme al hueco prohibido que el Crom me había advertido con tanto énfasis en no mirar. Se trataba de una alfombra gris, una especie de manta felpuda cuyos pelos húmedos ondulaban. Nunca había visto tantas ratas juntas. Tenían frío y dormitaban, apretadas unas contra otras, y empezaban a desperezarse lentamente.

-Vámonos de aquí ya –le dije con la piel erizada (y no por frío) a los otros cuatro.- Esta vaina está cundida de ratas.

-Mierda, qué asco.

-¿Será que le decimos a la parejita de la playa?

-Coño, ¿tú crees?

-Tienes razón, mejor no.

-Igual tienen su tienda de campaña.

-Mira que esas cosas se pueden malinterpretar.

El viaje de regreso, con la corriente a favor y el sol tibio ocultándose en el horizonte a nuestras espaldas, fue tranquilo y ligero. No hubo hundimientos ni necesidad de volcar al sunfish. Pelón estaba ya desierto. Navegamos en absoluto silencio, con esa tristeza que tienen siempre los últimos días de las vacaciones. Pero sobre todo con la silenciosa angustia por la suerte de los amantes de Varadero. Los pobres, como en aquel cuento de Cortázar, a esas horas y con la playa tomada.


9 comentarios:

Anónimo dijo...

Que hubiera sido de esta mortal, si este" monopatin acuático me hubiera tumbado al Ulises sin Penélope"

the goddamn devil dijo...

de pana Jose... yo tampoco les hubiera dicho, entre los humanos y los animales compartimos esa vaina de que se arrechan y atacan ferozmente a quien ose interrumpir sus actividades de cortejo y mucho mas si es pre apareamiento...
muy bueno mister saludos

Deyanira Díaz dijo...

Es una buena historia. Episodios así fortalecen el carácter de la gente.

fugapermanente dijo...

Guácatela! :D

Lucrecia León dijo...

Es increible empezar a leer un material y ver como radicalmente se transforma de un simple elemento de entretenimiento a una vuelta hacia al pasado.

Creo reconocer a 4 de los personajes citados en la historia.

Risas y diversas expresiones se manifestaron en el transcurso de la lectura.

Zulma dijo...

Qué buena historia! Me trajo también muchos recuerdos felices, pués yo también crecí yendo a Chichiriviche, Pelón y Varadero. Siempre pensé que Varadero era igualita a la playa de El Fantasma, un comic que se leía en mi época donde hablaban de una playa paradisíaca con arena de oro. Varadero es y sigue siendo una de las playas más bellas del mundo, y ese muelle inconcluso que sigue estando allí, desde que yo recuerdo, ha servido de trampolín para mi, mis hermanos y también mis hijos! Y espero que algún día pueda llevar a mis nietos para que también se lancen de ahí. Buena historia José!

Jose Urriola dijo...

Gracias a todos por sus visitas, sus lecturas y comentarios. Me honran profundamente.
Abrazos,
Jose

Cailatana Editores dijo...

Qué buen relato. Sabés que me recordó el ambiente de algunos de los cuentos del libro "Las guerras íntimas" de Roberto Martínez. Esa juventud a flor de piel, el mar como una imagen que vuelve una y otra vez.
Muy buen texto, José. Acabo de recomendar tu blog a un gran amigo. Seguramente tendrás muy pronto un nuevo lector.

Jose Urriola dijo...

Verónica, me honra mucho tu comentario. No he leído "Las guerras íntimas", lo buscaré. Muchísimas gracias y un fuerte abrazo.
Jose U.