
Amanda Inés llegó a este mundo exactamente tres meses antes que yo, tres meses que durante la infancia significaron varios años de diferencia, hasta que todo se equilibró –literalmente- a golpe de martillo.
Nos tocó ser los menores en una familia extensiva llena de primos mayores que nosotros por cuatro años o más. Primos que podían darse el lujo de jugar con los pequeños un rato, pero que al final se cansaban, se quitaban con hastío el disfraz de nanas y se iban a hacer sus cosas de primos grandes. Así que quedamos Amanda y yo destinados a construir nuestra propia isla a escala. Una isla donde ella era Robinson y yo Viernes.
Estoy seguro de que Amanda Inés tuvo desde niña dotes de ventrílocua o de maestra marionetera. Se le ocurrían las cosas más insólitas y siempre se las arreglaba para que la chiquillada (y en especial yo) acabara haciendo exactamente eso que a ella se le había ocurrido. Manejaba los hilos, dirigía la orquesta, y pocos minutos antes de que sobreviniera el regaño inevitable, tenía el olfato para dar dos pasos atrás, uno al costado, se abría y nos dejaba (me dejaba) con las manos en la masa.
A pesar de ser ambos de la misma estatura y de contextura idéntica, como mellizos que accidentalmente habían nacido de distintos vientres, Amanda Inés siempre fue más encantadora, más graciosa, más hablachenta y desinhibida, mejor bailarina y cantante. Yo era su feliz escudero, papel que desempeñé con todo gusto, porque la verdad es que la adoraba. Me sentía bien al calor de su sombra. Yo tampoco podía hacer otra cosa que rendirme a sus encantos. Bueno, casi siempre.
Gracias a Amandita me partieron el labio en mi primera pelea contra un tipo más grande que le dijo idiota. Enfrenté a una rabiosa perra recién parida para quitarle sus cachorros (Amanda me convenció de que la mamá se los iba a comer y que tenía que saltar la reja coronada por alambre de púas, atravesar la maleza llena de matas de pica-pica, ir y volver las siete veces que hicieron falta para salvar a los perritos), aventura que acabó cuando mi tía Matilde encontró su jardín lleno de cachorros recién destetados y dijo: “¡No sean pendejos, ahora mismo me devuelven esos perros!”. Así que fueron catorce las veces que atravesé el infierno mientras Amanda, a buen resguardo, me decía desde el otro lado de la reja: “más rápido, por ahí no, a la derecha, agáchate más, no los agarres tan fuerte, apúrate que ahí viene la mamá y te va a morder”.
Por Amanda enfrenté también a los gansos que cuidaban el jardín de los Catalá, más fieros que cualquier pitbull y rápidos como caballos. “Tienes que correr por la derecha para que te sigan a ti, nosotros te esperamos aquí arriba en esta escalera”.
En los tiempos en que me enamoré oficialmente por primera vez -juro que a los nueve años uno podía perder el aliento los días de gimnasia al ver a Clementina en shorts blancos- le confesé durante un recreo, comiendo empanadas de queso con un Riko Malt, a mi amigo Diego Melchert: “me gusta Clementina”, a lo que él respondió aquella prodigiosa frase para la historia: “Sí, a mí también… pero es que a mí me gustan todas” (qué belleza, qué monumento a la sinceridad). Yo estuve a punto de decirle que también quería a Amanda Inés, pero que era mi prima y no se podía, que mejor me gustaba Clementina y punto. Pero, claro está, me callé. Incluso con Clementina me callé. Aún cuando me pasó un papelito, un año más tarde, donde decía: “¿y tú por qué no te atreviste?”. Nada, yo morí callado.
Pero entonces llegó el día del martillo. Ese día Amanda Inés decidió aplicarme, una vez más y como solía hacerlo de tanto en tanto, su ley de hielo: “hoy nadie te va a hablar, nadie va a jugar contigo, vamos a formar una pandilla de enemigos tuyos”. Y entonces acordó con sus compinches, una cuerda de carajitos hijos de no me acuerdo quién, a quienes manejaba a su antojo, que me robarían mi pelota (estuve condenado todo ese día, entre otros, en mi ostracismo a jugar con la pared, la única compañera de juegos que me quedaba) y me la iban a lanzar barranco abajo, allá donde vivían los gansos y los fantasmas y los terribles monstruos de la oscuridad. Y cuando lo hicieron yo, con toda la naturalidad del mundo, me fijé que el señor que trabajaba en casa de Tía Matilde había dejado un martillo olvidado sobre la mesa. Me fui martillo en mano a donde estaba Amanda, la emperatriz, y –con la misma intensidad con la que las madres pellizcan la parte más blanda del brazo de sus criaturas: que te dije que ya estaba bueno, carajito- le propiné un martillazo a mi adorado tormento en la cabeza con toda la fuerza concentrada en un centímetro de impulso.
Amanda soltó todo, se tomó con las dos manos en la cabeza, me señaló con su dedo iracundo (sus siervos la imitaron en coro) y entre lagrimones me dijo: “Se lo voy a decir ya a mi mamá”. Yo me fui a poner el martillo donde lo había encontrado, en el camino me despedí de mi pelota, de Mazinger Zeta que lo pasaban a las 6 y nunca más lo iba a poder ver, me despedí de la familia, la nuclear y la extensiva de donde sería desterrado, me despedí de la vida. Me fui, con la cabeza en alto, a mi patíbulo particular. En la cocina ya Amanda gritaba en el medio de un círculo de adultos:
-¡Mamá, mira lo que hizo José Santos..! ¡Me dio un martillazo en la cabeza!
Y entonces Tita, mi querida tía Carmen Amanda, con la que jamás en la vida tuve ni un pequeño roce, hizo algo que contravino con todas las leyes de la física, que atentaba contra todo instinto de madre ante el maltrato de su hija única; Tita sin titubear soltó una frase que movió el eje del mundo y estableció un nuevo equilibrio natural:
-Pues bien hecho, carajo, así lo tendrías de harto. Sóbese su martillazo.
Hace pocos días tuve que comprar un martillo. Hice que la señora de la tienda me los bajara todos y los desplegara sobre el mostrador. Estaba francamente desconcertada por mi fascinación y mi sonrisa.

