lunes, 21 de febrero de 2011

Historia de un martillazo

Amanda Inés llegó a este mundo exactamente tres meses antes que yo, tres meses que durante la infancia significaron varios años de diferencia, hasta que todo se equilibró –literalmente- a golpe de martillo.

Nos tocó ser los menores en una familia extensiva llena de primos mayores que nosotros por cuatro años o más. Primos que podían darse el lujo de jugar con los pequeños un rato, pero que al final se cansaban, se quitaban con hastío el disfraz de nanas y se iban a hacer sus cosas de primos grandes. Así que quedamos Amanda y yo destinados a construir nuestra propia isla a escala. Una isla donde ella era Robinson y yo Viernes.

Estoy seguro de que Amanda Inés tuvo desde niña dotes de ventrílocua o de maestra marionetera. Se le ocurrían las cosas más insólitas y siempre se las arreglaba para que la chiquillada (y en especial yo) acabara haciendo exactamente eso que a ella se le había ocurrido. Manejaba los hilos, dirigía la orquesta, y pocos minutos antes de que sobreviniera el regaño inevitable, tenía el olfato para dar dos pasos atrás, uno al costado, se abría y nos dejaba (me dejaba) con las manos en la masa.

A pesar de ser ambos de la misma estatura y de contextura idéntica, como mellizos que accidentalmente habían nacido de distintos vientres, Amanda Inés siempre fue más encantadora, más graciosa, más hablachenta y desinhibida, mejor bailarina y cantante. Yo era su feliz escudero, papel que desempeñé con todo gusto, porque la verdad es que la adoraba. Me sentía bien al calor de su sombra. Yo tampoco podía hacer otra cosa que rendirme a sus encantos. Bueno, casi siempre.

Gracias a Amandita me partieron el labio en mi primera pelea contra un tipo más grande que le dijo idiota. Enfrenté a una rabiosa perra recién parida para quitarle sus cachorros (Amanda me convenció de que la mamá se los iba a comer y que tenía que saltar la reja coronada por alambre de púas, atravesar la maleza llena de matas de pica-pica, ir y volver las siete veces que hicieron falta para salvar a los perritos), aventura que acabó cuando mi tía Matilde encontró su jardín lleno de cachorros recién destetados y dijo: “¡No sean pendejos, ahora mismo me devuelven esos perros!”. Así que fueron catorce las veces que atravesé el infierno mientras Amanda, a buen resguardo, me decía desde el otro lado de la reja: “más rápido, por ahí no, a la derecha, agáchate más, no los agarres tan fuerte, apúrate que ahí viene la mamá y te va a morder”.

Por Amanda enfrenté también a los gansos que cuidaban el jardín de los Catalá, más fieros que cualquier pitbull y rápidos como caballos. “Tienes que correr por la derecha para que te sigan a ti, nosotros te esperamos aquí arriba en esta escalera”.

En los tiempos en que me enamoré oficialmente por primera vez -juro que a los nueve años uno podía perder el aliento los días de gimnasia al ver a Clementina en shorts blancos- le confesé durante un recreo, comiendo empanadas de queso con un Riko Malt, a mi amigo Diego Melchert: “me gusta Clementina”, a lo que él respondió aquella prodigiosa frase para la historia: “Sí, a mí también… pero es que a mí me gustan todas” (qué belleza, qué monumento a la sinceridad). Yo estuve a punto de decirle que también quería a Amanda Inés, pero que era mi prima y no se podía, que mejor me gustaba Clementina y punto. Pero, claro está, me callé. Incluso con Clementina me callé. Aún cuando me pasó un papelito, un año más tarde, donde decía: “¿y tú por qué no te atreviste?”. Nada, yo morí callado.

Pero entonces llegó el día del martillo. Ese día Amanda Inés decidió aplicarme, una vez más y como solía hacerlo de tanto en tanto, su ley de hielo: “hoy nadie te va a hablar, nadie va a jugar contigo, vamos a formar una pandilla de enemigos tuyos”. Y entonces acordó con sus compinches, una cuerda de carajitos hijos de no me acuerdo quién, a quienes manejaba a su antojo, que me robarían mi pelota (estuve condenado todo ese día, entre otros, en mi ostracismo a jugar con la pared, la única compañera de juegos que me quedaba) y me la iban a lanzar barranco abajo, allá donde vivían los gansos y los fantasmas y los terribles monstruos de la oscuridad. Y cuando lo hicieron yo, con toda la naturalidad del mundo, me fijé que el señor que trabajaba en casa de Tía Matilde había dejado un martillo olvidado sobre la mesa. Me fui martillo en mano a donde estaba Amanda, la emperatriz, y –con la misma intensidad con la que las madres pellizcan la parte más blanda del brazo de sus criaturas: que te dije que ya estaba bueno, carajito- le propiné un martillazo a mi adorado tormento en la cabeza con toda la fuerza concentrada en un centímetro de impulso.

Amanda soltó todo, se tomó con las dos manos en la cabeza, me señaló con su dedo iracundo (sus siervos la imitaron en coro) y entre lagrimones me dijo: “Se lo voy a decir ya a mi mamá”. Yo me fui a poner el martillo donde lo había encontrado, en el camino me despedí de mi pelota, de Mazinger Zeta que lo pasaban a las 6 y nunca más lo iba a poder ver, me despedí de la familia, la nuclear y la extensiva de donde sería desterrado, me despedí de la vida. Me fui, con la cabeza en alto, a mi patíbulo particular. En la cocina ya Amanda gritaba en el medio de un círculo de adultos:

-¡Mamá, mira lo que hizo José Santos..! ¡Me dio un martillazo en la cabeza!

Y entonces Tita, mi querida tía Carmen Amanda, con la que jamás en la vida tuve ni un pequeño roce, hizo algo que contravino con todas las leyes de la física, que atentaba contra todo instinto de madre ante el maltrato de su hija única; Tita sin titubear soltó una frase que movió el eje del mundo y estableció un nuevo equilibrio natural:

-Pues bien hecho, carajo, así lo tendrías de harto. Sóbese su martillazo.

Hace pocos días tuve que comprar un martillo. Hice que la señora de la tienda me los bajara todos y los desplegara sobre el mostrador. Estaba francamente desconcertada por mi fascinación y mi sonrisa.

viernes, 11 de febrero de 2011

El escritorio


La culpa fue de las arepas. Y de las empanadas. Dudo que hayan tenido que ver los cinco mezcales, las tres cervezas, la caipiriña y los cuatro tequilas que separaron la tanda de las arepas de la de empanadas. El problema está en comer arepas y empanadas tan lejos de casa. Y con la altura de México, claro.

Entonces al día siguiente me levanté y como diría Cerati: pero hoy ya no soy yo.

Claire, en cambio estaba ilesa (es que ella comió sólo arepas, ahí está) y se había bañado, había preparado el desayuno, limpiado la casa, colgado tres percheros, cuatro cuadros, lavado y secado tres tandas de ropa y no hizo la cama porque yo le estorbaba ahí en el medio. “Párate que hay que ir a comprar un escritorio”, dijo; y salió con el abrigo puesto a esperarme en la puerta.

Caminé con Claire por Horacio; bueno, caminé detrás de ella, como a cinco metros, porque mi metabolismo es más lento y además hacía demasiado sol y lo tenía todo concentrado en la cara, y claro, las arepas. Y las empanadas. Claire llegó a la tienda, caminó por todos los pasillos en el mismo tiempo en que yo recorría el último por donde la había visto pasar. Escogió dos carpetas, una lámpara, una caja de seguridad, 10 clavos (que los compró en otra tienda y yo ni me enteré) y cuando por fin la encontré fue porque gritó desde el fondo de la tienda: “¡mira el escritorio, vamos a llevarlo de una vez!”.

Yo en ese momento estaba temblando, sudaba copiosamente -algo que no era sudor sino jugo de cactus- y estoy seguro que hasta tenía visión tubular. Si por desgracia me llamaba alguien a los lados no lo podía ver, sólo podía con las cosas que tenía enfrente. “Mi Claire, yo no voy a poder cargar con eso”.

Claire habló con el chamo que atendía en el departamento de escritorios, lo interrogó, compró un regulador de voltaje, pidió el servicio de despacho a domicilio, pagó la cuenta y cuando por fin llegué a la caja, casi gateando, me estaba esperando con una Pepsi fría. “Tómate esto, estás muy pálido”.

En el camino de regreso a casa, Claire me compró una galleta y me dejó con mi refresco y mi galletota –más contento que muchacho comiendo moco- recostado contra un poste (que si me lo movían no me levantaba del piso más nunca) mientras ella compraba pan y queso y un postre y un detallito no sé para quién que seguro le va a encantar y cumple dentro de dos semanas.

Ah, y muy importante, antes de dejarme en precario equilibrio recostado a mi poste, con mi galleta y mi Pepsi, me dijo: “toma el ticket de caja del escritorio, guárdalo bien porque si lo perdemos no podemos reclamar y además te lo piden al momento de la entrega”.

Y yo lo guardé. “Tranquila, que yo lo guardo”. Bien guardado.

Pasé el resto del día en estado de sonambulismo y digiriendo como una boa constrictor la mezcla mortal de arepas con empanadas.

Al día siguiente ya yo era yo otra vez y entonces Claire me dijo: “vienen a traer hoy el escritorio, acuérdate de tener a mano el ticket de caja que te di ayer”.

Y por supuesto, la vaina no estaba. Me la habré comido con la galleta. O la guardé al fondo de la lata de refresco. O hice un avioncito para jugar con los niños del parque. Qué sé yo. Se suicidó de combustión instantánea.

“Bueno, pues llama a la tienda a ver si logramos que nos entreguen el escritorio sin la factura, de lo contrario demos esa plata por perdida”. “No, tranquila que yo resuelvo”.

Llamo a la tienda, me atiende una chica, me ponen musiquita, me atiendo un tipo, me pone musiquita, me atiende otro tipo, más musiquita. Finalmente me atiende el repartidor oficial de escritorios, el único designado y capacitado para darme una respuesta en el mundo. “No, señor, sin el ticket de caja no podemos rastrear su escritorio ni podemos entregárselo”.

Le ruego, lo mareo, lo amenazo, le imploro, le juro que yo soy yo (y mientras se lo digo dudo, un poco) hasta que el hombre se compadece y me dice: “Déjeme su número, yo voy a averiguar lo de su escritorio y lo llamo a su casa en unos minutos”.

Se me ocurre meterme al baño a afeitarme, así hago tiempo y se hace más leve la espera. Suena el teléfono y yo corro lleno de espuma de afeitar, con la hojilla en la mano ycon un pedazo de cara pegada a la Gillette para siempre. Demasiado tarde, ya colgaron.

Le doy al botón de redial para que marque el último número. Me atiende el señor y le suelto el siguiente monólogo durante tres minutos corridos: “Buenas tardes, soy yo de nuevo, ¿cómo lo va? Me acaba de llamar usted, ¿verdad? Soy yo, el señor del escritorio, el venezolano, el que no encontraba la factura, el que compró el domingo el escritorio junto a dos carpetas, la caja de seguridad, el regulador de voltaje, la lamparita… ah, y la Pepsi. También compré una Pepsi… Por favor, señor, yo le agradezco todo lo que usted pueda hacer para entregarme mi escritorio, se lo ruego, mire que de lo contrario me voy a meter en un lío doméstico del carajo, usted sabe cómo son las mujeres (ese recurso entre hombres no falla), dígame usted si me puede echar una mano que yo le voy a estar agradecido de por vida, si quiere que yo vaya ahora mismo a la tienda con mi identificación me voy ya mismo, no se preocupen por la entrega a domicilio, yo lo busco directamente y así evitamos problemas…

Y el hombre, al otro lado de la línea, cuando por fin me callo, educadamente me responde: “Joven, yo lo ayudaría con mucho gusto, pero usted está equivocado, esto no es una tienda, me está llamando a mi celular”. Me quedo callado ,muerto de vergüenza, hasta que el señor agrega, como un abuelito que bendice a su nieto: “Pero yo voy a rezar para que le den su escritorio y así no se meta en líos con su mujer”.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Apuntes absurdos


Sé bien que toda generalización es absurda además de injusta; pero también creo que sin ellas es difícil de ponerle nombre y una pizca de comprensión a la novedad. He aquí una lista de anotaciones y sinsentidos que he ido recopilando por estos días.


· Los mexicanos del DF son gente silenciosa. Hablan a pocos decibeles y, aunque se reúnan por miles en una estación del metro, en el Zócalo o en un estadio, no se escuchan. Los venezolanos, frente a ellos, somos un pueblo de gritones. Será porque ancestralmente hemos tenido que lidiar con la llanura abierta o con el bramido de ese mar adolescente que es nuestro Caribe.


· He visto a tres hombres llorar a lágrima viva en tres bancos distintos regados por la ciudad. Cuarentones, en todos los casos, lloraban sin taparse la cara ni secarse los ojos. Como niños grandes que se sientan a llorar en un parque porque uno más grande les acaba de robar la pelota.


· Los mexicanos son gente cordialísima. Tanto que nos mueven el piso y nos desdoblan hasta hacernos ver desde afuera. Acostumbrados los venezolanos a reclamar con manopla y dos piedra al alcance de los dedos (por si se pone bruto el reclamado, que es lo más seguro), aquí pecamos de histéricos y de candidatos a una terapia para control de ira.


· Mi amiga Maite, luego de diez años de vivir en Barcelona, me comentó una vez que había llegado a la conclusión de que pedir permiso, perdón, buenas tardes, disculpe la molestia, gracias, es usted muy amable, mucho gusto, eran venezolanismos. Como todo buen chiste es una exageración que camufla una verdad. Pero si los catalanes suelen rozar el grado cero del venezolanismo, y nosotros somos el punto medio, los mexicanos están en el grado 10 en la escala de 0 al 10. Y hasta se pasan


· El otro día, regresando del trabajo, me encontré con dos hombres enfrascados en una discusión. Hablaban en algo que se parecía un montón al español pero que definitivamente no era. Parecía que más bien estaban contando cómo se habían peleado con un tercero. Era el tono que utilizamos los comedores de arepas para contarle a alguien cómo pusimos en su sitio a otro que no está presente. Pero, en un punto, uno de ellos se cuadró como el gran campeón de boxeo Julio César Chávez y le clavó una combinación de jab con recto al mentón al otro. El agredido se le abalanzó al pugilista al más puro estilo del Santo y lo sometió con una llave de lucha libre. Mi viejo solía decir que cada quien se arrechaba en su propio idioma… lo que me hace pensar que eso vale también para cuando te vas a las manos.


· Una mañana, caminando por el Paseo de la Reforma, me encontré de pronto atravesando por el medio de la casa de alguien. El dueño de casa, al verme la cara de confusión y espanto, me dijo: Ándele, caballero, no se preocupe… pásele por el puente. Y me señaló una toalla rosada que tenía a un costado de todos sus haberes perfectamente distribuidos por la acera. Pasé por donde se me indicaba y les juro que sentí que esa era la única vía para salir de aquel castillo.


· En Ciudad de México las parejas se besan en los lugares públicos. Besos de esos que se dan con todo, barriga contra barriga, con las dos palmas acopladas a esa carita que es el objeto del deseo. Se besan los jóvenes, los señores, los gordos y las flacas. Se besan sabroso y sin pudor. Recuerdo que en Buenos Aires también vi a las parejitas besarse así, unos besos que ruborizaban a cualquiera. En Barcelona no recuerdo ni un solo beso público, la gente si se besaba lo hacía a puerta cerrada. En Caracas es imposible besarse en público, no por falta de ganas ni por exceso de pudor, sino porque siempre, irremediablemente siempre, saldrá de la nada un jodedor que a grito pelado exclamará desde la otra acera: “¡Chúpatelaaaaaaaaaa!”.