lunes, 25 de abril de 2011

CardioCicatriz

Alejandra Molina con Joaquín Jordá, en su piso del Raval.

La voz de Joaquín Jordá sonó ronca, aún más cavernosa que nunca, por la bocina del intercomunicador de su edificio ubicado en la Carrer de la Cera en el Raval.

— Adelante…

Alejandra se apresuró en tomar la delantera con una convicción que nos dejó claro que ella sabía exactamente dónde quedaba la puerta del piso de ese oso polar encerrado en el cuerpo de un hombre que era el cineasta Joaquín Jordá. Subimos tres pisos por la escalera de madera cargando con la cámara, la maleta de las luces, el boom para el micrófono, el monitor, nuestros propios morrales, hasta que llegamos arriba resoplando y sudando. Alejandra se hincó sobre la punta de sus pequeños pies, ganó los centímetros que le hacían falta para llegar hasta la mirilla y se asomó por la parte exterior del ojo mágico incrustado en la puerta de madera.

— Aquí no es —sentenció. Giró como una pequeña bailarina sobre su propio eje y nos pasó por delante dejando su estelita rumbo a la escalera.

A cargar con todo otra vez, seguro que era en el piso 1 o en el 2.

Mientras maniobraba con los cinco bolsos que me tocaban por la estrecha curva del descanso de la escalera se me ocurre preguntar.

— ¿Cómo supiste que no era ahí, Alejandrita?

— Es que yo he estado antes en su casa… y no es tan oscuro.

No hicimos “plop” como Condorito porque en eso se abrió la puerta del piso 3, donde supuestamente no era la casa de Jordá (ni tampoco tan oscuro) y el oso bramó sobre nuestras cabezas: “Joder, dónde vais, es aquí”. Y de nuevo, giro sobre nuestro eje y con todo hacia arriba.

Jordá nos esperaba en la sala con una mesita donde tenía dispuestas empanadas de carne, queso y verduras, una botella de cava y un licor de serpiente (con la culebra, enorme como una boa tragavenados, enrollada dentro del frasco). Descorchó el vino espumante (en unos instantes llenos de pujidos y resoplidos que nos hizo temblar temiendo le diera un infarto), nos sirvió una copa a cada uno (la suya por la mitad, tenía prohibido beber por estricta orden médica) y acto seguido hizo el brindis más desconcertante en la historia de los brindis (tal vez sólo superado por aquel que hace el hijo en la fiesta aniversario de la boda de sus padres en esa puñalada hecha película llamada Festen de Thomas Vinterberg):

— Yo quiero brindar porque lleguemos al final de esta película.

— Claro que sí, Joaquín. Por supuesto que vamos a llegar — respondo con ingenuidad.

—No. Porque en el camino podemos abandonar o nos podemos aburrir. Nadie está obligado a terminar nada aquí.

Chocamos las copas en silencio. Comimos las empanadas. Jordá nos dijo que, aunque tenía claro que hoy era el inicio de rodaje, él no quería filmar nada. Que mejor conversáramos. Que habláramos de la vida, comiéramos y bebiéramos.

Se sentó en su sillón y nos hizo gesto para que ocupáramos el sofá. Alejandra rompió el hielo, quizás porque siempre fue más cercana a Joaquín que nosotros, había entre ellos esa magia inexplicable y diáfana que sólo se detona entre quienes se hacen amigos de verdad desde el principio.

—¿Hablamos de la vida? Vale, pues yo estoy tristísima hoy. Asuntos del corazón.

Y el oso blanco se puso las dos manos sobre la barriga y soltó esta perla.

—Pues qué bueno. Porque el corazón siempre se las ingenia para cicatrizar y además, cuando está curado, se da vuelta y ofrece una cara que nunca ha sido herida. Y entonces ya está listo para enamorarse otra vez, como si fuera la primera.

Bebimos el licor de serpiente y yo tuve una excusa perfecta para toser y que se me salieran las lágrimas.

Tuvo razón Joaquín, esa película no la terminamos. Él no pudo acabarla porque moriría un año más tarde. Yo porque soy un gallito de pelea, porque los Urriola lo único que tenemos es dignidad (como repetía el vegetal) y porque mi corazón ya cicatrizado había decidido por mí. En fin, porque el guión de mi película era el de otra película y estaba esperando para ser filmado en otra parte.

Alejandra sí que la terminó. Porque en ese cuerpo de metro y medio se encuentra una de las personas más fuertes y con más temple que haya parido este universo jamás. Se las ingenió para librar por ella, por Joaquín, por mí y por todos. Tuvo además el tino de escoger un título sublime que de seguro estará haciendo reír a Joaquín allá donde se encuentre: “No tiene sentido… estar haciendo así, todo el rato, sin sentido”. Ella hizo la película que yo no fui capaz de hacer y que, honestamente, tampoco seré capaz de ver. Aquí tengo el DVD a mi lado, lo miro y me mira (una mirada retadora, la suya) mientras escribo estas líneas. Tengo temor, de decidirme a verlo, que se me abra un vórtice entre la memoria y el presente y ya no sea capaz de volver. Además que ya no está Jordá para contarme cómo es el asunto con ese tipo de cicatriz.


martes, 19 de abril de 2011

La suerte de los terrícolas


La noticia está aún por confirmarse, aunque algunos aseguran que se trata de un falso documental (esas películas de ficción que se disfrazan tan pero tan bien que uno jura que son extractos de la realidad misma); sin embargo, de ser cierta –algún día, tarde o temprano lo será- significaría un cambio de dimensiones copernicanas para la humanidad. El asunto resumido es que se dice que el Radio Observatorio Astronómico Chino anunció a principios del mes, a través de la la Agencia de Noticias Xinhua de China (la agencia Oficial del Gobierno de la República Popular China) haber estado monitoreando durante 90 días una señal emitida por un satélite alienígena que orbita Saturno.

Supuestamente esta señal en ondas de radio, que emite desde el espacio el satélite, está reproduciendo las cuatro bases del código genético A, G, U y C (cuyas combinaciones conforman el ADN); por lo que el descubrimiento parece ofrecer pruebas sobre el origen universal del código genético y la confirmación de existencia de inteligencia extraterrestre, todo en una misma evidencia. El 2x1 más grande en los últimos siglos, pues.

Más allá de la veracidad de la noticia (siendo honestos se parece sospechosamente al argumento de Las fuentes del paraíso, la novela de ciencia ficción de Arthur C. Clarke que se desarrolla a partir del primer contacto de la humanidad con una sonda robótica espacial –la Starglider- que intercambia señales de radio con la humanidad con el fin de entendernos y, sobre todo, de explicarnos “la verdad”), son varias las reflexiones que a uno se le pueden venir a la cabeza:

H.G. Wells nos habló una invasión de extraterrestres cuyo propósito era la aniquilación, el exterminio absoluto de la humanidad. Es quizás la visión que más ha explotado Hollywood, son unos tipos malísimos y poderosísimos que, afortunadamente para nosotros, no cuentan con los anticuerpos para contrarrestar los efectos de la gripe. Los microbios, virus y bacterias se encargarán de ellos, así que tranquilos.

Spielberg, por su parte, se inclinó en E.T. El extraterrestre por ofrecernos una versión más cándida y edulcorada. Son unos tipos chiquitos, pacíficos, cabezones y con dedos muy largos coronados en linternas rojas que lo único que quieren es volver a casa.

Para Brian W. Aldiss en su maravillosa Los oscuros años luz, los seres del espacio son una especie de rinocerontes hechos de roca que simplemente defecan. Van dejando sus deposiciones fecales por todos lados y, hay un punto sublime en el que el gran jefe de la expedición humana –después de intentar infructuosamente todo tipo de comunicación con los extraterrestres- decide bajarse los pantalones e imitarlos (y los extraterrestres piensan: “pero qué gente más rara ésta”). El contacto fracasa porque no hay fuerza humana ni sobrehumana que logre poner de acuerdo a ambas especies, dada la enorme diferencia el intercambio está signado por un abismo insalvable. Mejor dejar a cada loco con su tema y que cada quien siga por su cuenta.

Fredric Brown en Martians, Go Home (Marciano vete a casa) nos ofrece una de las opciones más perturbadoras y peculiares que podamos recordar: los marcianos son unos impresentables saboteadores. Lo que quieren es joder. Son unos tipos pequeños, malcomportados y translúcidos que se nos meten en la sopa, se nos acuestan en la cama, nos invaden no sólo el planeta sino también hasta el mínimo resquicio de intimidad. Al principio la humanidad se escandaliza (hay siempre un marciano sentado en el centro de la mesa familiar que se dedica a vomitar la comida o uno que se cuela a través de la pared de la habitación de los recién casados para arruinarles la noche de bodas) pero luego, como siempre pasa, terminamos por acostumbrarnos a todo y lo convertimos en parte de nuestra cotidianidad. La gente come aunque el marciano insista en hacer de fuente para la sopa, la gente hace el amor aunque haya un marciano saltando sobre el colchón. La invasión fracasa porque los marcianos se mueren ya no de gripe como con Wells, sino que se mueren del aburrimiento. En lo personal me resulta inevitable pensar en la situación venezolana sin recordar al Martians, Go Home, lo que pasa es que los marcianos saboteadores que tenemos en casa todavía no desarrollan sus poderes para atravesar paredes.

El polaco, Stanislaw Lem, quizás el más filósofo de todos los escritores de ciencia ficción, proponía en cambio una vida extraterrestre que se mimetizaba absolutamente con las memorias y deseos del terrícola. “Soy lo que deseas que sea, soy a la vez tu miedo, tu pensamiento y tu redención”. La vida extraterrestre se confunde con el hogar, se mezcla con el recuerdo, es la mujer amada, son papá y mamá que –a pesar de haber muerto hace tanto- me reciben otra vez en casa con comida caliente.

Un juego similar al de Lem nos plantea Ray Bradbury (con sus propias armas y su verbo más diáfano) en ese entrañable final de sus Crónicas marcianas:

“Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.

–Siempre quise ver un marciano –dijo Michael. – ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.

–Ahí están– dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.

Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.

Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.

Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada…”

Finalmente, la argentina Ana María Shúa, en Octavio, el invasor (cuya lectura no tiene desperdicio) nos siembra una duda que mezcla en su justa proporción al vértigo y la ternura: quizás todos hemos sido extraterrestres invasores, lo que pasa es que lo hemos olvidado. El amor maternal nos va ablandando hasta que nos sentimos en casa. El calor del hogar y eso que llaman familia condena a la invasión al fracaso una vez más: “Y por fin, llegó la palabra. La primera palabra, la utilizó con éxito para llamar a su lado a la mujer que estaba en la cocina, Octavio había dicho «Mamá» y ya era para entonces completamente humano, una vez más, la milenaria, la infinita invasión, había fracasado”.

En fin, toda esta vuelta por el universo se podría resumir en dos inquietudes: ¿Cuáles extraterrestres finalmente nos habrán tocado? ¿Y serán acaso capaces de hacerlo mejor que nosotros?


miércoles, 13 de abril de 2011

Con Gilles en Barcelona


Gilles Lipovetzky en el espejo, por Vasco Szinetar


A Claire, quien me animó a escribir esta historia


Hay historias que uno no cuenta, que varias veces en la vida regresan y te rondan como fantasmas, las tienes en la punta de la lengua o los dedos y un impulso enorme te nace de dentro y te pide contarlas; pero entonces siempre irrumpe algo superior, un frenazo que siempre resulta un miligramo más fuerte y que viaja en la dirección totalmente opuesta, una cosa que te dice justo antes de que te lances: mejor no, cállate, guárdatela para otro momento. Esta es una de esas historias que uno nunca cuenta.

Y el cuento dice más o menos así:

A principios del 2004, en una Barcelona invernal que nadie más recuerda tan fría ni tan gris, yo –de eso estoy seguro- era uno de los cinco tipos más tristes del mundo. Era ése, el cabizbajo con las manos en el bolsillo, que patea la latita al fondo del callejón. Para colmo de males (cuando uno está jodido hasta los perros lo mean, decía mi padre en los picos de la exasperación) no tenía ni un duro y nadie quería darme trabajo. Justo cuando estaba sopesando en la balanza si sería mejor morirse con una ingesta indiscriminada de antialérgicos o lanzándose contra las rocas de la playa de Nueva Marbella, me sonó el celular. Al otro lado de la línea, mi amigo Andrés Duque, que necesitaba un camarógrafo para cubrir un evento sobre revistas de modas y tendencias, que sería una semana de trabajo, que pagaría 50 euros al día y que además teníamos que ser los anfitriones de un tal Gilles Lipovetsky, “el filósofo francés de la moda” –aclaró Andrés-, quien venía de invitado y a quien había que pasearlo por la ciudad. Que el trabajo de cámara se pagaba, lo de pasear a Lipovetsky no. Comenzaríamos el lunes a las 10.

Antes de que Andrés terminara de plantear las condiciones del trabajo, le dije que sí. La verdad, estaba dispuesto a hacerlo por 5 euros, a pesar de que las revistas de moda y de tendencias no me interesan en lo absoluto y de que, para ser francos, no tenía mucha idea de quién era el tal Lipovetsky, acaso si me sonaba el nombre, y lejanamente.

Llegó el lunes y a eso de las 11 llegó Lipovetsky. Y aquí ha llegado el momento de confesarles algo que es la razón por la cual nunca cuento esta historia: yo nunca conocí a Lipovetsky, yo conocí a Gilles. Quizás porque la ignorancia es feliz y nos hace llegar lejos. Tal vez porque Gilles me consideró un humilde operador de una cámara de video a quien no se le podía ni debía aburrir con charlas sesudas. Quizás, me hace feliz pensar en eso, fue porque Gilles es un tipo de a pie, como todos, alguien que quiere pasársela bien y procura que quienes están a su lado también se lo pasen bien.

Me gustaría ser pretencioso y saberme vender mejor a mí mismo, esgrimir que el pensador francés y yo hicimos buenas migas porque teníamos ideas afines sobre la moda, que le di un par de datos buenos para que mejorara su teoría sobre el imperio de lo efímero, el culto a la frivolidad o las formas en que los sujetos contemporáneos nos apoderamos de los discursos del cine y la televisión y vivimos y contamos nuestras vidas como si fueran secuencias épicas de una película; pero no, la realidad es mucho más bruta y desencantada: Gilles y yo conectamos porque éramos un par de malcomportados.

A lo largo de esa semana desarrollamos un ritual; no podíamos llegar a un lugar sin que me dijera: ya encontré a la mía, la mesera rubia de la minifalda. Y yo le respondía: tú no has visto a morena estilo garota que está en la mesa de la izquierda al fondo. Y entonces yo miraba a la suya y él a la mía y comparábamos y, al final, uno de los dos cedía: joder, ganaste, la tuya está más buena. Logramos perfeccionar la técnica como para enseñarnos las candidatas, de un extremo al otro de la mesa, con un simple gesto de boca o un guiño de ojos.

La última noche, la del cierre del festival, hicieron una fiesta en un lugar muy fashion y underground –en mi vida había visto a tantos modernos juntos- y a cada uno de los que participamos en el evento nos dieron un par de tickets para la consumición de tragos en la barra. Andrés, Gilles y yo gastamos los nuestros antes de que la fiesta comenzara y entonces en eso el francés dijo: no se muevan que luego nos perdemos, ya vuelvo. Y cuando volvió a los cinco minutos traía como 50 tickets de consumición encerrados en el puño, quién sabe sacados de dónde y cómo.

Nos lanzamos en un sofá de terciopelo rojo a ver la fauna desde la talanquera y al poco rato Andrés ligó con un tipo que parecía holandés y que era el equivalente a Scarlett Johanson pero en hombre, así que se despidió con una sonrisa y nosotros le dimos nuestra bendición y lo vimos partir hasta que desaparecieron detrás de una cortina para ya no saber nunca más de ellos.

Nos quedamos bebiendo y fumando en ese sofá –felizmente esa delirante ley en la que no se puede fumar en bares ni discotecas no estaba instaurada aún- y Gilles me hizo hablar de Venezuela, de separaciones, de reconciliaciones, de amores imposibles, de lo hermosas y abominables que eran a la vez -aunque por razones muy distintas- Caracas y Barcelona. Y yo le conté todo, también lo de lo de la duda de si echarle bolas a punta de antialérgicos o con las rocas de Nueva Marbella. Y Gilles me ponía enfrente otro gintonic y me encendía otro Marlboro rojo y me decía: tienes que dejar de beber y fumar porque te estás matando.

A eso de las 2 de la mañana cerraron la disco y nos echaron a la calle, pero Gilles se iba a las 8 para París y no quería acostarse a dormir, prefería irse directo, así que me preguntó si sabía de algún bar que estuviera abierto after hours y le dije que sí, que conocía un par en El Raval, y él dijo “yo invito, Yosé” (porque la J a la española sí que no se le daba). Y mientras atravesábamos el barrio gótico y las ramblas me empezó a hablar de las vidrieras y de la publicidad y de la gente que se pone cualquier cosa encima, cualquiera, incluso las que no le gustan, porque sienten que si no lo hacen se quedan por fuera. Y yo le dije que había algo que me confundía enormemente de Barcelona, una ciudad tan moderna, llena de modernos, con sus lugares de diseño, sus ropas de diseño, sus drogas de diseño y su fauna de diseño; donde te encontrabas a tantísima gente cuidadosamente despeinada y con la ropa meticulosamente arrugada, milimétricamente rotas las rodillas del pantalón, con sus anteojos de pasta y sus piercings y tatuajes diminutos que piden a gritos mírenme mientras se señalan con el dedo. Y debajo de todo eso, tú indagabas un poco, sólo un rasguño por debajo de la superficie, y resulta que les encantaba la música de David Bisbal, que sólo habían leído a Deepak Chopra y a Paulo Coelho y que las películas que veían eran sólo las que ganaban el Oscar. Es decir, uno estaba permanentemente metido en una película donde el audio no coincidía con el video. La vida se me estaba convirtiendo en un permanente fuera de sincronismo.

Bebimos cervezas en el London hasta las 4 y luego nos fuimos hasta las 6 a otro bar cuyo nombre no logro recordar pero que quedaba muy cerca del piso del cineasta Joaquín Jordá. A la salida nos fuimos atravesando El Raval hasta la Rambla y de allí hacia Paseo de Gracia, porque el hotel de Gilles estaba cerca de la Pedrera y mi piso de la calle Diputaciò unas pocas calle más allá. Justo en esa intersección donde se acaba la Rambla y se abre Plaza Catalunya Gilles gritó en medio de los amanecidos que a esas horas sonambuleaban hacia sus casas: ¡Mira, Yosé… esto es Barcelona!

El dedo índice de Lipovetsky apuntaba a una valla publicitaria extrañísima, una especie de instalación colocada allí en la mitad de la Rambla: una especie de pecera en cuyo interior flotaba un traje para caballeros, como un flux Armani vacío, colgando de la nada.

Gilles me pidió que le tomara una foto al lado del traje colgante en la pecera, cosa que hice con la camarita del celular. Luego fui yo quien se puso al lado del flux de la pecera mientas Lipovetsky me fotografiaba con el mismo telefonito. Y allí mismo, al retomar la marcha, en ese aparato marca Alcatel, apunté el número de Gilles, su correo electrónico y su dirección en Francia.

Cuando despedí a Gilles en la puerta de su hotel le prometí que le escribiría y lo llamaría algún día. Y cuando llegué a mi piso veinte minutos más tarde ya el telefonito Alcatel no estaba más conmigo. Se habrá lanzado, sin que lo notara, hacia el asfalto de la Gran Vía o se inmolaría en las cercanías de la Plaza Tetuán (a veces las cosas hacen eso para que se salve uno).

Nunca más supe de Gilles. De Lipovetsky sí, a cada rato. Lo mando a leer a mis alumnos, lo veo en las librerías, leo sus artículos y entrevistas cada vez que se viaja -como rock star del pensamiento contemporáneo- a Buenos Aires, a México o a Bogotá, pero de Gilles no supe nunca más. A menudo recuerdo en silencio esa noche en la que bebimos juntos y caminamos juntos y le conté lo que a muchos amigos muy queridos jamás les he confesado. Recuerdo su grito en medio de la Rambla y las fotos de Barcelona que nunca vi.

No me atrevo a preguntarle a Andrés ni a nadie por las señas de Gilles. Me niego, rotunda e infantilmente, me niego. Hay asuntos que son mejores dejarlos así, no sea cosa que uno se empeñe y fuerce el destino que prefirió perderse con el celular. Me daría una pena enorme arruinarme la memoria, que lo llame y Gilles ya no esté y en cambio me atienda Lipovetsky.


miércoles, 6 de abril de 2011

Un tal Philip K. Dick

Philip K. Dick según Robert Crumb

La vida de Philip K. Dick es atormentada y fascinante desde su nacimiento. Aterrizó aquí un 16 de diciembre de 1928 pocos minutos antes de su hermana gemela Jean Charlotte Dick, quien moriría seis semanas más tarde. Se cuenta que la infancia y la adolescencia del pequeño Philip transcurrieron en la extraña compañía de una amiga imaginaria con la que nunca dejó de interactuar. Incluso, años más tarde cuando se hizo escritor, el tema de los gemelos fantasmas fue recurrente en su obra. Y se dice también que alguna vez confesó que en ciertos momentos de fervor creativo no era él quien escribía, sino que una voz interna (como si fuera una radio sintonizada en la justa frecuencia dentro de su cerebro) le dictaba eso que sus dedos obedientes tecleaban sobre la máquina.

Philip K. Dick es de esos escritores como E.T.A Hoffmann, H.P. Lovecraft y T.S. Elliot cuyos nombres están asociados con letras fantasmas. Uno puede pasarse la vida leyéndolo, gozándolo y nombrándolo sin que haga falta jamás ponerle un complemento a esa K. Philip Kindred Dick es, sin duda, un nombre menos simétrico, menos sonoro y bastante menos misterioso, como si ese Kindred definiera a otra persona más concreta y correcta que jamás hubiera podido ser el loco que fue Philip K. (así con su K. kafkiana que sirve de llave a todo un universo oscuro).

Siempre he pensado que Dick es por excelencia la fuente inagotable -e inevitable- para todos los escritores y cineastas de ciencia ficción. Es el loco prodigioso al que siempre se acude para fundamentar y redondear la propia locura. Funciona un poco como Deleuze (el Dios de las notas al pie de página que nadie sabe muy bien qué es lo que está diciendo pero citarlo le da al disparate –al de él y al propio- un peso específico: “vaya, este tipo sí que sabe, no se le entiende nada de lo que dice pero si cita a Deleuze es porque debe tener razón”). De allí que las adaptaciones de Dick al cine nunca son literales (eso sería, además de imposible, infumable) sino que más bien se contentan con estar tocadas por su legado, su espíritu, arropadas bajo su sombra. Eso ocurre con Blade Runner (inspirada en “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”), con Total Recall (cuyo cuento se llama realmente: “Podemos recordarlo por usted al por mayor”), con Scanner Darkly (que se desprende de “Una mirada a la oscuridad”), con Screamers (que se inspira en el cuento “Second Variety”) y con The Adjustment Bureau (del relato “El equipo de ajuste”). Cada una, con sus picos y sus valles, invocan al fantasma de Philip K. y uno siente su presencia allí entre líneas y fotogramas.

Pero lo que más me cautiva -en lo personal- del gran Dick es un episodio de su vida que fue llevado al cómic por Robert Crumb en “La experiencia religiosa de Philip K. Dick”. Resulta que el 20 de febrero de 1974 el tipo sufrió de un insoportable dolor de muelas, llamó a su médico y éste le recetó unos analgésicos. Era tal el dolor que Dick se sintió incapaz de ir por sus propios medios a la farmacia así que pidió que le despacharan la droga a domicilio. Se presentó entonces una chica en su puerta que, además de la medicina, traía colgando en el cuello un dije con la imagen del Ichthys (también conocido como “El pez de Jesús” o “el signo del pez”) que era el símbolo secreto de los primeros cristianos (y que hoy podemos ver pegados, como peces metálicos puestos de perfil y con la cola abierta, en la parte trasera de algunos autos). Aquella imagen resplandeció contra el sol y, sobre todo, dentro de la cabeza del escritor y a partir de ese momento –y durante dos meses- ya no fue nunca más el mismo. Dick asegura que fue poseído por el espíritu de Tomás, un cristiano del siglo I perseguido por los romanos. Y durante 60 días le habló a su mujer (la pobre, debió estar más loca que él para calarse aquello) en arameo, describiendo con precisión las persecuciones de las que era víctima y haciendo muestra de una fe cristiana que en 46 años de vida no había tenido. Luego de dos meses siendo otro (la vieja excusa de “ya vengo que voy a comprar cigarros” para nunca más volver; pero esta vez sin moverse de casa) Dick se despertó un día volviendo a ser él mismo y en perfecto inglés del siglo XX le dijo a su esposa: “Tranquila, ya estoy de regreso, no te preocupes que ya se me pasó”. Y ella, por supuesto, le creyó.

Unos años más tarde Philip K. Dick sufriría de unas jaquecas terribles y un buen día se despertó ciego de un ojo. Llamó de nuevo al médico y éste le rogó que se fuera de urgencia al hospital. Pero Dick, que ya había tenido semejante experiencia la última vez que había llamado al doctor (si un dolor de muelas te manda al siglo I imaginen ustedes lo que podía hacer una ceguera), prefirió quedarse en casa hasta que aquello se le pasara solito (igual que la otra vez). Pero sufriría un infarto del que nunca más se recuperó. Después de varios días en coma profundo fue desconectado y así se nos fue de aquí. Lo enterraron junto a su hermana en un cementerio de Colorado y sobre su tumba colocaron una lápida en cuya superficie está inscripto el nombre de ambos.

La vida de Philip K. Dick, tan alucinada, angustiosa y fascinante como su propia literatura, pareciera haber sido escrita por esa misma voz interior que se sospecha le dictó en secreto algunas de sus obras. Quién sabe a cuántos más estará relatando justo ahora. Y quién sabe a cuántos estarán escribiendo a su vez los hermanos Dick.