lunes, 25 de julio de 2011

Fascismos musicales


Todos juramos que la música que nos gusta es la mejor música del mundo. Que eso que escuchamos es mejor que la musiquita de los demás. Que la única música que vale la pena es la nuestra.

Lo cree el intenso con anteojos de pasta gruesa y camiseta modernilla: si no es indie, si no es alternativa, si eso que suena no se tiene un nombre como Intelligent Minimal Dance Music, eso que se escucha no es bueno y además atormenta. Piensan lo mismo los rockeros duros, la raza de los comegatos que suelen vestir de negro, llevar demonios y calaveras sobre el pecho y se ponen muñequeras de cuero con púas y remaches metálicos: si el rock que suena no es thrashmetal, deathmetal, blackmetal, gothicmetal o speedmetal, eso es música para bobos o afeminados. Pero al que le gusta la música folclórica, el que no sabe sino de contrapunteos, de cuatros, arpas y maracas; piensa lo mismo: ¿Cómo es posible que fulano siendo tan buena gente oiga esa mierda en inglés o islandés? Los jazzistas suelen ser más permisivos, dicen que el jazz es una suerte de esperanto en la música, es la lengua universal donde todos los géneros confluyen y todos los músicos se entienden; sin embargo, hay muchos adeptos al jazz que arrugan la cara cuando uno les dice que el concierto de Soda Stereo estuvo mundial. Ahí se les acaba el esperanto y también la esperanza en el interlocutor. Los amantes de la música clásica suelen ser los más fascistas entre los fascistas musicales, suelen asumir una postura de “yo ya llegué a un nivel de madurez y exquisitez que me impide bajarme de esta alta tribuna, inalcanzable para los demás, desde donde los miro con desprecio digno del hombre culto que observa a primates”.

Hemos conocido todos, alguna vez, a personas que consideran que la buena música, la auténtica música, ya no se hace en este mundo desde hace 30 ó 40 años. Desde que Janis Joplin, Bob Dylan, David Bowie, los Beatles y Genesis hicieron lo suyo en su tiempo. Visto así, lo que nos quedó por aquí en materia musical fue una pandilla de malandros, palurdos e imitadores de poca monta.

En nuestros países suelen abundar los fascistas de la música latinoamericana, personas para quienes la música se tiene que gozar y bailar a ritmo Caribe de salsa brava o guaracha, puede también que de merengue, cumbia, cumbia villera o tango, dependiendo de la latitud, claro está.

Me gusta, en lo personal, indagar en qué música escucha la gente. Creo que por medio de la música que oyen te puedes comenzar a armar un mapa aproximado del tipo de personas que son. Suelo plantear a mis alumnos un juego que me divierte mucho (espero que a ellos también, aunque jamás hemos hablado del tema), el primer día de clases les pido que me recomienden un libro, una película y un disco -o una banda-. No creo jamás en la gente que te dice: yo oigo de todo, me gustan TODOS los tipos de música. Necedades mías, creo más bien que no les quiero creer, que necesariamente tiene que haber algo que me están ocultando, que ahora mismo –porque sí- tiene que haber alguien que les apasione y les temple las fibras musicales más que cualquier otro.

Philip K. Dick en su biografía “Yo estoy vivo y vosotros estáis muerto” entre todas las desfachateces fascinantes que confiesa, declara que para él siempre fue fundamental que su esposa escuchara y disfrutara de la misma música que él. Y si bien hay que reconocer que la alianza musical sirve de piso común para comenzar a construir muchas otras cosas, la receta a Philip K. Dick como que no le funcionó del todo bien. Acabó el hombre por casarse 5 veces, a pesar de que todas sus mujeres habían demostrado durante el noviazgo la exigida afinidad musical.

De todos modos, pienso que un adepto al Thrashmetal difícilmente se enamorará redondamente de una fanática de Ricardo Arjona (si el caso es al revés, tanto peor). Aunque, quién sabe, a lo mejor esa pareja funciona mejor que la conformada por dos fascistas musicales de idéntica raza.

Hace pocos días murió la cantante Amy Winehouse cuya música, lo tengo que asumir, no es exactamente mi taza de té. Sin embargo no puedo restarle a la Winehouse dos cualidades: una voz prodigiosa y una gran personalidad. Amy fue, en la vida y en su música, un animal raro. Una especie difícil de agrupar dentro de esa fauna musical contemporánea sobrepoblada de Madonnas, Ladys Gagas, Shakiras y Britneys Spears. Amy era la distinta, la de la diferencia específica. Vivió, compuso, cantó y murió fiel a sí misma. Y eso, más allá de ponernos en una moralina sobre los estragos de las drogas y la vida vivida en permanente fuera de quicio, me parece algo respetable. Incluso loable. Las Amy Winehouse son necesarias o nos morimos de hegemonía y de aburrimiento.

Me pasa con la Winehouse lo que me pasa con Dylan, con Sabina, también con Morentes, Fito Páez, Blades, Willy Colón, con Rush, Glenn Gould, Metallica, Caetano Veloso, John Coltrane o Serrat: no son exactamente my cup of tea, pero valoro tanto a mis afectos que escuchan sus músicas que -aún en contra de mis gustos más personales- han logrado vulnerar y permearme el propio fascismo musical. Si les gusta a ellos, a quienes quiero y respeto tanto, es porque sin duda algo tendrán esos locos. Algo que me han dado ganas de tomarles el gusto prestado, de apoderarme de lo ajeno. De asomarme en eso que antes pensaba menor para acabar diciendo: bueno, y por qué no; la verdad es que no está nada mal. Y vamos a ponerlos otra vez para salir de dudas.

Me ha acabado gustando una cantidad de música que no me gusta por ponerme en la piel de mis afectos, porque basta que una canción o un artista me recuerde a alguno de ellos para que se me baje la guardia y piense en fulana o fulano que tuvo la ocurrencia de presentármelos, de aquél día, no sé dónde, tirados sobre el piso y con la ventana abierta y comíamos ciruelas o uvas verdes o jamón serrano y hacía fresco y qué sé yo. A fulana o fulano que ahora están presentes, tan presentes como sólo la música los podía traer, y que les gusta tanto esta “mierda” que ahora me está gustando a mí.

Mi fascismo musical -del que siempre he estado tan orgulloso y del que siempre fui tan activista- se me ha ido debilitando, me voy haciendo blando, por culpa de toda esa gente y sus “musiquitas”. Joder, llueve tanto afuera y qué les puedo decir. Nada. Las gracias.


viernes, 22 de julio de 2011

La maldición de lo políticamente correcto


Lo políticamente correcto es el mismo asco de siempre pero disfrazado con otro maquillaje. La misma miseria, el mismo mamarracho y el mismo rencor de toda la vida pero ahora con trajes entallados y bien planchados. Así, por ejemplo, se puede ser racista de corazón, exudar racismo desde los huesos, pero sentirse muy contento y con la conciencia tranquila por llamar a los negros “afrodescendientes”. De la misma forma en que se puede ser un misógino de primera categoría, un machista chauvinista deplorable, pero todo eso se borra o queda minimizado con apenas llenarse la boca hablando de “las féminas, el verdadero sexo fuerte” cada vez que se quiere nombrar a las mujeres que en el fondo tanto se desprecian.

Nosotros los narizones, por nuestra parte, deberíamos exigir que nos denominaran los sentido-olfativo-prominentes, a pesar de que eso no nos haga la rinoplastia ni signifique que a partir de ahora los demás no pensarán “qué tipo tan narizón éste” cada vez que nos miren a la cara. Eso sí, debemos hacer pancartas más anchas para que nos quepa el nuevo término y buscarnos a algún diputado descerebrado (diputado con minusvalía sináptica o diputado con capacidad de sinapsis restringida) que nos ayude a incorporar tan importante ley en la constitución y que de esa forma las exigencias de nuestro gremio de sentido-olfativo-prominentes sean por fin respetadas. Los chiquitos, los enanos, los retacos, los bajitos, los petizos y chaparritos tendrán que hacer lo propio para alcanzar el estatus más elevado de “individuos con constricción centimetral ascendente” (o algo así). Yo les prometo que primero me encargo del tema de los narizones -que me parece crucial- y luego les presto apoyo a los bajitos (gremio en el que tengo muchos afectos y al que perfectamente también me podría suscribir)

En este mundo hipócrita, sobrepoblado y maniatado por los habladores de pistoladas de profesión, lo políticamente correcto es el gran refugio, la trinchera donde cabemos todos para lanzar las mismas bombas de siempre pero envueltas en hermosísimo papel celofán multicolor y con lacitos.

Y como el fútbol se me antoja una metáfora prodigiosa para hablar de tantísimos temas más, sería bueno que nos detuviéramos a pensar en la sombra siniestra que proyecta lo políticamente correcto también sobre el fútbol. Un deporte donde, como en la vida que nos ha tocado, la provocación no es penalizada pero la reacción en contra del provocador sí lo es. Y con saña: con multas, suspensiones, tarjetas rojas, lecciones de dedo alzado que sienten precedente.

Así pues, hace unos años fuimos testigos de cómo el gran Zinedine Zidane fue expulsado de la final de la Copa Mundial del 2006 cuando, hastiado de ser insultado, provocado, amedrentado y fustigado verbal y físicamente por Materazzi decidió –acudiendo a su naturaleza más humana- responderle con un cabezazo al pecho. ¿Por qué el italiano no recibió la misma tarjeta roja? Pues porque vivimos en un mundo políticamente correcto. El mismo mundo signado por lo políticamente correcto donde se ampara a esos provocadores que hacen parrilla en las narices de unos estudiantes que llevan semanas en huelga de hambre y con las bocas cosidas. Responder con una merecida trompada directa a las narices de esos parrilleros de la provocación sería considerado “un acto de intolerancia, de violencia, de agresión, una cosa que exige todo nuestro repudio y el peso contundente de la ley". ¿Y los parrilleros? No, ellos no, ellos tienen derecho a hacer su parrillita donde quieran. Me perdonan pero no me vengan a joder. Tomen su cabezazo que se lo buscaron.

Lo mismo aplica a la sanción que acaba de recibir la Vinotinto luego de los incidentes al finalizar el partido contra Paraguay en las semifinales de la Copa América 2011. No hablaré de si los criollos merecieron ganar, el juego lo vimos todos y absolutamente todos, incluso el más apasionado de los hinchas albirrojos, sabemos lo que allí ocurrió. Paraguay, aun ganando la Copa América, está consciente de que tiene plomo en el ala. Sabe que la mediocridad sigue siendo mediocre por más baños de oro con la que se le pretenda barnizar. Y todos los que alguna vez hemos jugado al fútbol, así sea a nivel colegial, sabemos que en el fútbol hay una regla tácita: celebra tus triunfos pero no vayas jamás a burlarte del contrario. Porque el que se las da de gracioso y viene a echarle a uno en cara su burlita recibirá su merecido. Bien lo recibe en el campo de juego, bien en los vestuarios o se le aplica la clásica de “a la salida nos vemos, cabrón”.

¿Venezuela merece perder el fair play, la suspensión y la multa de 10 mil dólares que le han impuesto? Quizás sí. Pero los provocadores del equipo paraguayo se merecen exactamente pasar por la misma guillotina. Porque en el fútbol -y en muchas otras ocasiones de la vida- hay momentos en los que uno acude a su más profunda y esencial naturaleza humana para hacerse respetar. Primero por la buenas, por la vía del diálogo, por la vía de la conciliación, pero si el provocador insiste en regodearse en la provocación le sale su cabezazo. Y yo aplaudo los cabezazos bien dados. Aunque nos cuesten la roja directa. Nunca los Materazzis del mundo, aunque tengan la Copa Mundial en las vitrinas de sus casas, le llegarán a los talones a Zidane.

Y sí, a mucha honra, se nos sale –como dice una amiga- el Joe Pesci que llevamos por dentro. Sí, en mi caso personal se me alborota la herencia vasca mezclada con llanero, con gocho y con siciliano. Que lo sepan: no nos vengan a provocar porque repartimos coñazos, somos un país de repartidores de coñazos, de los metafóricos y de los que se dan con el puño cerrado también.

Así que muchas gracias a los muchachos de la Vinotinto no sólo por el regalazo que nos han hecho con su fútbol sino también por dejar claro que así respondemos a las agresiones y a las burlitas. Gracias por repartir patadas y coñazos cuando fueron provocados de esa manera tan vil por una pandilla de mediocres que deberían estar apenados por ganar a fuerza de mezquindades y de antifútbol. Hagamos una vaca -como sugiere mi amiga María Beatriz Medina- los fanáticos de Venezuela para pagar la multa. Con todo gusto. Si quieren ponemos algo extra también en el pote para el mentol, las pomadas y los desinflamatorios que la aporreada albirroja necesita.

Gracias, en fin, Vinotinto por acercanos –en el fútbol y en la vida- a Zidane. Se me antoja que inclusive así todo ha sido aún más hermoso.


lunes, 18 de julio de 2011

Vinotinto, mon amour


Llevo algún tiempo trabajando en un proyecto que tiene que ver con la construcción de la biografía del lector; es decir, preguntarse -y preguntar a otros- cuáles fueron esos libros que a uno le marcaron momentos cruciales en la vida y que significaron puntos de inflexión memorables. Lecturas que de alguna manera contribuyeron con un retazo más para esa colcha cosida con mil cosas rarísimas que llamamos identidad. Porque en el ejercicio de intentar trazar ese mapa podemos encontrar claves en nosotros mismos que quizás sirvan para incentivar a otros a la lectura.

Sin embargo no es de libros ni de fomento a la lectura que quisiera hablar tal día como hoy, mucho menos cuando anoche la Vinotinto venezolana por primera vez en su historia se coló a las semifinales de una Copa América, esta vez no quiero hablar de otra cosa sino de fútbol, de la necesidad que siento también de preguntarme y preguntar a los demás por nuestra biografía de fanáticos de la Vinotinto.

Creo que la primera vez que supe que Venezuela tenía equipo de fútbol y que vestía -en vez del lógico tricolor nacional repartido a lo largo del uniforme- con una extraña camiseta vino tinto fue en unas eliminatorias al mundial de España 82. Ese día vi el juego con mi papá, en el televisor a color (toda una novedad en casa) ubicado en la sala. “¿Papá y por qué vino tinto?” “Pues porque alguien se habrá robado los reales para esos uniformes y cuando los fueron a comprar sólo alcanzaba para esa tela rojo tostada y nos jodimos hasta el sol de hoy”. Vimos el juego (con cara de angustia y los ojo semicerrados) y ese día para variar perdimos. Jugamos contra Brasil y Brasil nos tenía ahogados, maniatados, fusilados a punta de cañonazos y tiros de todo calibre contra los postes, contra la humanidad del arquero, contra todo lo vinotinto que se moviera sobre el gramado del Estadio Olímpico de Caracas. Aquello era un calvario. Y a pesar de la sensación ineludible y aún fresca de que aquello era una pela entre burros y tigres, Brasil nada podía con nosotros (es una belleza eso del fútbol, los que juegan son siempre otros pero los fanáticos lo conjugamos todo en primera persona del plural). Tuvo que venir una jugada en la que un brasileño remató de cabeza con el arquero ya vencido y alguien (juro recordar que fue el capitán Pedro Acosta o quizás el más talentoso de los criollos de esos tiempos, Bernardo Añor) se lanzó de palomita sobre la línea de gol y metió el puño cerrado. El balón no entró, se fue limpiamente al córner por encima del travesaño, pero sí pitaron el penalti. Sigo convencido de que no debieron haberlo pitado, todo fue tan rápido, tan épico, tan bonito que el árbitro debió haberse hecho el bolsa. Debió pitar el penalti pero al revés, a favor de Venezuela, o pitar el final del partido en ese instante aunque faltara media hora de juego. Los argentinos llevan décadas hablando de la dichosa mano de Dios de Maradona, nosotros tenemos nuestra propia mano de Dios que no fue para meter un gol sino para evitarlo (una mano noble, justificable, digamos que una mano tocada con esa hidalguía que otorga la defensa propia). Pero ésa, la nuestra, nadie la recuerda ni la cuenta.

Algunos meses más tarde, en esas mismas eliminatorias, el papá de un amigo del colegio nos llevó al Olímpico a ver el juego de Venezuela contra Argentina. Y Argentina nos metió 5 ó 6… quizás 8. Perdimos feo y lo recuerdo que el estadio estaba vacío, no tenía ni un tercio de la grada llena. Y también recuerdo, sobre todo, que después del 3 a 0 fueron varios los espectadores que saltaron la talanquera, que le hincharon a la albiceleste y hasta corearon el “ole” cuando los argentinos pasaban de los 20 pases sin que una sola pierna vinotinto se les atravesara en el camino. Salimos de ese estadio con una humillación una tristeza que ni los helados de Crema Paraíso de chocolate con lluvia de chocolate y maní pudieron maquillar.

Viví la adolescencia y la temprana juventud en un país donde la gente cada cuatro años se pintaba la cara de verde, amarillo y azul y se escribían con errores ortográficos y con toda desvergüenza “Orden e Proggreso”. Un país donde todos los apostadores a ganador se iban a bailar samba y a tomar caipirinhas en Las Mercedes cada vez que jugaba Brasil. Un país donde esa cosa infesta y degenerada llamada Venevisión, liderada por los Cisneros (no me cansaré de decirlo jamás: los grandísimos responsables de la marginalidad mental de varias generaciones de venezolanos) para promocionar sus transmisiones del fútbol decían cosas como: “Vamos, nuestro Ronaldo, que Venezuela entera está contigo”. Fui niño y joven en un país donde varias veces tuve que justificar ante mis propios compatriotas por qué me gustaba ver los juegos de la vinotinto o, en otras palabras, cómo se me ocurría ser tan masoquista: “para qué, si eso es el eterno jugamos como nunca y perdimos para siempre”.

He visto también al presidente que nos gastamos dar una alocución en cadena nacional vestido con la verdeamarela pocas horas antes de la final entre Alemania y Brasil en el mundial de 2002. Que no se nos olvide jamás esa imagen patética por los cuatro costados. Chávez embutido dentro de la camiseta brasileña dando un discurso a la nación, prohibido olvidar.

Vi a Venezuela perder 7 a 1 contra Bolivia en Cachamay. Lo hicimos a los 22, directo de una fiesta, en esos momentos en los que uno se jura (y casi es, de hecho) inmortal, nos subimos a un carro a las 5 de la madrugada y nos echamos diez horas de carretera para ver a los nuestros en Puerto Ordaz. Y en ese partido metimos el primer gol y fuimos felices y luego los bolivianos (que parecían ser muchos más en el terreno y definitivamente lo eran en las gradas) nos encajaron 7 cortesía del Diablo Echeberry y sus demonios verdes del altiplano. Pasamos del cielo al inframundo en menos de 90 minutos. Un espanto. Un verdadero descenso a los infiernos. Y sin embargo, a pesar de todo, a uno se le ponía la piel gruesa y cada vez que había juego de la vinotinto te volvías a emocionar y se te reseteaban todo ese inconmensurable déficit de goles y palizas.

Era hermoso ser vinotinto, vinotinto aunque mal pague. Era hermoso porque sentirse parte de la resistance lo es. Porque tener síndrome de salmón y empeñarse en nadar a contracorriente tiene un encanto especialísimo, sobre todo cuando se es joven (que se puede a cualquier edad). De alguna manera fue hermoso encajar todas esas derrotas y anécdotas. Todas esas ilusiones y decepciones. Era inclusive hermoso que el señor del kiosco te preguntara: “¿Esa camisa que tienes es la de Venezuela? Verga, pana, que vaina tan horrible”.

Y fue hermoso haber pasado por todo eso porque en el fondo todos los que pasamos por allí sabíamos que algún día las cosas iban a cambiar.

Anoche mi cuñada me preguntaba justo después del juego que ganamos 2 x 1 contra Chile (y en el que casi morimos de un infarto y luego de la emoción): "¿Y esto es obra de Richard Páez… o de César Farías?”. Y no me atreví a darle mi respuesta más honesta que no es otra que: esto es obra de Fuenteovejuna, la nuestra. De absolutamente todos los pendejos, los ilusos, los optimistas, de todos los que alguna vez vimos jugar y sufrimos con la Vinotinto. Es obra de los 22 muchachos que están hoy en Argentina regalándonos una luz al final del túnel (ciertamente la cosecha del vino tinto criollo del 2011 será recordada como la mejor del continente). Por fin una alegría para este pueblo tan golpeado que últimamente sólo ha sido famoso por las mamarrachadas de sus gobernantes de turno, por los altibajos del petróleo, sus melodramas y sus misses. Por fin somos noticia por algo que no está signado por el odio, el vacío o la estupidez, algo que nos une, nos hermana, nos refresca el alma. Es obra, sí, de César Farías y de sus chamos de la Vinotinto 2011, pero también es obra de todos los que alguna vez se pusieron la casaca vino y se enfrentaron a Maradona, a Zico, a Francescoli, a Valderrama, a Zamorano a Aguinaga, a pesar de todo, aunque las piernas temblaran y aunque el marcador señalara ya un 6 a 0 y todavía faltaba el segundo tiempo. Es obra de todos los locos incurables que dejamos el televisor encendido hasta el pitazo final o que nos quedamos royendo la derrota hasta que la tribuna se quedara vacía.

En fin, sin caer en triunfalismos, porque es sano asumir que seguimos siendo (sí, la conjugación es en primera persona del plural y a mucha honra) humildes, modestos y pequeños, pero creo que los venezolanos por fin nos hemos creído que realmente sabemos jugar al fútbol. Que los golpes sobre la mesa también los podemos dar nosotros. Nos hemos convencido de que podemos jugar contra quién sea y que además se nos da naturalmente. Como se nos da el baile, como se nos da la risa para burlarnos de todo y convertirlo todo en un bochinche, como se nos da el béisbol o las hallacas en diciembre, como se nos dan los músicos, los artistas plásticos y los poetas. Se nos da y punto.

Y pase lo que pase a partir de ahora, aunque nos caiga una que otra goleada, les digo honestamente que esta vaina cambió, que ya nunca más será igual y que se preparen aquí y allá. Porque la cenicienta finalmente encontró su botín y está dispuesta a salir con los tacos por delante.

Y sí, está claro, esta metáfora de la Vinotinto no tiene que ver solamente con el fútbol.


martes, 12 de julio de 2011

Reflexiones de un cuarentón


Hoy cumplo 40 años. No sé si es mucho, si es poco, si vamos por la mitad o si por la recta final. Sólo les digo que es bastante para alguien que creció pensando que llegaría, con suerte, a los 28. No me pregunten por qué 28, no tengo respuesta, pero a mí la suma me daba eso: 28, ni uno más ni uno menos. Así que voy a aprovechar estos 12 años de gracia que me ha regalado el destino para tratar de explicar (explicarme) por qué escribo.

Y la respuesta tiene que ver con esta anécdota que hace pocos días un amigo me hizo llegar por correo: “El escritor francés Philippe Soupault asaltó un autobús que transitaba de noche la avenida de la ópera en París. Bloqueó la avenida con una cadena, paró el autobús y se montó, ordenándole a cada pasajero que le revelase su fecha de nacimiento”.

Creo que escribo (por favor, cada vez que diga “escribo” ustedes sustituyan por “intento escribir”) porque me considero también un ladrón de cosas absurdas.

Porque escribir, al menos en mi caso, no se parece en lo absoluto al oficio del genio ni del artista iluminado. Se me parece más bien a esos indigentes que andan por la vida con un carrito de mercado lleno de objetos inútiles: de ventiladores sin aspas, de planchas que no tienen cables, de medias con huecos en los talones y en los dedos, de cajitas de música que perdieron a la bailarina, o acaso de bailarinas solitarias que perdieron la caja de música. ¿Y para qué les sirve eso? Para nada. Pero servirán. Algún día, para algo.

Intento escribir porque, con toda humildad, creo ser un contador de historias, un echador de cuentos. Lo hago con la esperanza de recibir algo a cambio: otra historia delirante, más fascinante y mejor contada que la mía que venga de otro y que me den ganas a mí de echar otros cuentos.

Porque pocas cosas me divierten y me conmueven más que esos momentos de auténtica fascinación en los que alguien te cuenta algo y tú sólo tienes por respuesta: “Qué vaina tan loca (o tan extrañamente entrañable) esa que me están contando”. Porque replicarles con una historia mía es una forma de agradecimiento por haberse tomado la molestia de llenarme el carrito con otro perol absurdo.

Escribo porque en mi casa de la Boyera, un día que regresábamos del autocine después de ver Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, la encontramos robada. Y los ladrones de habían llevado los paraguas que colgaban del perchero a la entrada de la biblioteca de papá. Y todos, todos menos yo, pensaron: “pero qué rateros tan locos, se llevaron los paraguas”. Y yo pensé: “Joder, yo también me hubiera llevado ese paraguas negro con mango de madera con forma de cabeza de pato”. No me hubiera robado nada más, sólo eso, y hubiera sido un ladrón feliz.

Yo escribo porque en el fondo abrigo la esperanza de que mis afectos sonrían. Porque ver a mi esposa leerme (y sonreír mientras lo hace) le da por fin un sentido a todo el sinsentido. Porque, a pesar de los 40, me sigue importando un montón lo que opinen mi madre y mis hermanas. Porque escribir sigue siendo una manera de charlar con mis amigos ahora que estamos lejos (porque esta vida se empeña en ponernos siempre tan lejos). Y porque escribir me ha hecho ganar otros amigos, algunos a los que ni siquiera conozco en persona pero cuyas lecturas me llenan de orgullo y de ganas de escribir unos 12 años más.

Escribo, sobre todo, porque a veces los ventiladores sin aspas y las planchas sin cable pasan años y años en mi carrito de los peroles absurdos y nada que se dignan a servirme para nada; pero de pronto tienes la inmensa fortuna de encontrarte a alguien que sí. Le sirve o le servirá, para algo, algún día.

Y uno de pronto se da cuenta de que estás deseando que aquellos 28 sean más bien un 82.


lunes, 4 de julio de 2011

Los matices del nacionalismo


Cuentan que en una oportunidad, en medio de una conferencia que daba el peruano Alfredo Bryce Echenique en Barcelona, cuando llegó la ronda de preguntas y respuestas un joven barcelonés pidió el micrófono y le preguntó a Bryce –en catalán, claro está- qué opinaba del auge del catalanismo. Bryce (quien me imagino, fiel a sí mismo, que tenía unos tragos encima) se rió con todos los dientes, se acomodó los anteojos sobre la nariz y respondió: “Me parece muy bueno… porque el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando y conociendo gente”.

Ha pasado casi una década desde entonces y todavía hay un montón de gente que no se ha querido curar, abrazan su enfermedad con pasión febril e incluso miran con desprecio a quienes se han curado o no la padecen.

Los regímenes fascistas, del color y la tendencia que usted les ponga, son grandísimos inoculadores de la enfermedad nacionalista. Necesitan –y se sostienen sobre- un colectivo enfermo, ciego, enfebrecido. Los símbolos patrios se convierten así, a criterio de los grandes portadores y principales emisores de contagio, en símbolos de dimensiones religiosas a los que se debe venerar de rodillas, con el mentón hundido contra el pecho, con pasión y padecimiento de cruz que hemos heredado simplemente por haber nacido o crecido en determinado pedazo de tierra. Nos llenamos entonces el paisaje y la cotidianidad de banderas, de escudos, de himnos, de próceres, de monumentos, de imágenes, en la misma medida en la que los gaznates revientan de orgullo y furia al hablar -tono épico requerido- de Patria, de Bolívar, de Pueblo, de Nación (las mayúsculas, siempre en mayúsculas) y el nombre de Venezuela no puede ser pronunciado sin ponerle un epíteto rimbombante al lado.

El problema de los nacionalismos es que producen metástasis, se contagia hacia lo gastronómico (un verdadero venezolano no puede preferir al pan por encima de la arepa), hacia lo musical (ni se le ocurra decir que Bob Dylan o Leonard Cohen hacen letras que a usted le gustan más que las de Guillermo Dávila), hacia las artes plásticas (ser más sensible a un Rothko que a los cuadros de Michelena es un síntoma incuestionable de que usted es un apátrida) o hacia lo cinematográfico (Román Chalbaud, aunque haga un cine deleznable, estará siempre a la altura de un Scorsese o un Kurosawa). Las incongruencias en el cuadro sintomático del nacionalismo deben ser atacadas con cirugías y quimioterapias si uno no quiere ser acusado de ser un mal hijo de la patria. De la misma manera que alzar la voz para opinar que las cosas del país no están bien –cosa riesgosísima en estos contextos de delirio patriotero- ameritarían un tratamiento agresivo de piscofármacos, electroshocks, reclusión, destierro e, incluso, lobotomía.

El mundo ha estado plagado de grandes nacionalistas: lo fue Hitler, lo fue Mussolini, lo fue Milosevic, lo es Castro (el más cubano y más revolucionario de todos los cubanos de todos los tiempos), lo fue Franco (quien se empeñó en probar que la sangre de sus adversarios era buena para la mezcla del cemento con que construiría a su España robusta y unida), lo fue también Pinochet en Chile, así como la amplia gama de milicos que durante décadas secuestraron a Argentina. Pocos nacionalistas han sido de tan pura cepa, al otro lado del espectro, como Stalin y Tito. Los dictadores norcoreanos y la pandilla de asesinos que rebautizaron a Birmania exudan nacionalismo también.

En un planeta donde nos imaginábamos que con la globalización y el progreso se difuminarían las fronteras y los pasaportes pasarían a ser curiosos objetos para coleccionistas sigue existiendo un amplísimo número de nacionalistas que le piden a Dios que les permita levantar de una buena vez ese muro (que como la Gran muralla China también se podrá ver desde el espacio) entre los Estados Unidos y México. Y hay todavía presidentes que, cada vez que se sienten flaquear en las encuestas, se sacan de la chistera un conflicto internacional y le piden a sus compatriotas que se unan bajo la misma bandera para caerse a plomo contra los vecinos del país de al lado. Para eso han servido, y siguen sirviendo, los nacionalismos. Y hasta aquí nos han traído: éste es el mundo que nos han dejado.

No sé muy bien para qué servirá el progreso si ni siquiera hemos sido capaces -después de tantos milenios de estupidez y crueldad- de convertir a los nacionalismos en sinónimo de festivales culturales. Así de sencillo: en un intercambio de músicas y comidas, en un torneo de baile y fútbol.

Ayer la Vinotinto le empató a Brasil en la Copa América. Primera vez que los chamos criollos le juegan de tú a tú a una selección canarinha en un certamen de tanto prestigio y con la dicha de que el marcador final refleje con justicia lo que ocurrió en el campo. Y, más allá de ponernos a debatir si el director técnico de la escuadra venezolana es un chambón o un prodigio, más allá de ponernos a discutir si los jugadores de la Vinotinto son de tal o cual tendencia política, la conclusión que podemos (y debemos) sacar es que el verdadero nacionalismo debería reducirse a esa metáfora que es el fútbol. Que ver a esos once locos jugarse el honor como lo hicieron ayer los muchachos de la Vinotinto nos agrupa y nos reconcilia como ninguna bandera, como ningún discurso, como ningún símbolo. Que Venezuela, al final, es eso: un conglomerado de jodedores amigos del bochinche pero que de pronto se dan cuenta de que son capaces de ponerse serios y alcanzar lo sublime. Que Venezuela no es una bandera tricolor con ocho estrellas y con un escudo cuyo caballo mira hacia la izquierda, que Venezuela no es (ni se parece) al mandatario de turno con su discurso patriotero o a los nombres barrocos con los que se pretende rebautizar y refundar a absolutamente todo; sino que somos ése híbrido loco y entrañable de arqueros como Renny Vega (coño de su madre, atajando cabezazos que van directo a gol con una sola mano, pero así es y así somos), de hijos de inmigrantes como Maldonado, Miku Fedor y Cichero, de mediocampistas que escasamente pasan el metro setenta como Rincón y Lucena pero que a la hora de enfrentarse a un Robinho o un Nyemar se vuelven gigantes, de despelucados y chivudos como Vizcarrondo que –contrario a lo que muestra la estampa- no pierden la compostura y juegan como caballeros. Los venezolanos nos parecemos a Salomón Rondón, sí, pero también al Maestrico González con su pinta de muchachito gocho o al morenito Rosales que con su zurda prodigiosa le hace el pase de la muerte a Arango para que con su propia zurda tire a gol. Todos y cada uno de nosotros ha conocido alguna vez, por lo menos una en la vida, a uno que se parece a alguno de ellos. Han sido nuestros compañeros de escuela, a veces nuestros vecinos, nuestros amigos, quizás nuestros colegas del trabajo o acaso el primo tal hijo de la tía fulana. Y nunca nos ha importado un carajo si el tipo es chavista o de oposición, se le gusta más The Cure que Reynaldo Armas o si se come las arepas con mermelada de frutos del bosque o la baguette rellena con carne mechada de chigüire. A nosotros lo único que nos importa es que esos locos tienen el talento para demostrarnos que a veces, diga lo que diga la historia y la geografía, nosotros podemos ser del tamaño de Brasil.

No dejemos que nadie -comenzando por el iluminado del abismo, el rey del madrugonazo, el autoproclamado dueño de la nación- nos sabotee este momento de sano nacionalismo futbolero. Uno de los poquísimos nacionalismos que deberían existir y al que deberíamos tener total derecho. Querrán algunos robarse el show, entre otras razones, porque están envidiosos de que la Vinotinto en 90 minutos haya logrado lo que otros en varios años no pudieron ni podrán.