miércoles, 28 de setiembre de 2011

La fantasía de una isla


Foto de Mimí Mitsou

Un día, sentados a la orilla de una playa en la Isla de Margarita, nos comíamos un pescado delicioso cuando el mesonero –con una sonrisa que delataba su confianza y su previo conocimiento de la respuesta- se acercó a la mesa a preguntarnos si todo estaba bien. Le dijimos que sí, que estaba riquísimo.

“Esas son de las cosas que no van a conseguir nunca en tierra firme”, nos dijo con orgullo isleño. Y también con la convicción de sentirse tripulante de un barco de piedra que flota a la deriva en alta mar.



Foto de Lena Yau

Las islas son como fragmentos de otro planeta que de pronto irrumpen en este mundo. En las islas todo es diferente y se comporta distinto. Suelen ser los espacios de proliferación para una fauna, una flora y una topografía endógenas. Tal vez una muestra (casi siempre diminuta, un microcosmos que se asoma como un lunar en la epidermis del cosmos) de cómo hubiera podido ser el mundo o de cómo fue. Las islas son escenarios donde se confunden el más remoto y primitivo pasado con la promesa de un futuro que no fue y acaso nunca será. Sólo en las islas se encuentran ornitorrincos, dragones de Komodo, demonios de Tasmania, tortugas de Galápagos de más de cien años y doscientos kilos que desafían todas las leches de la física y la paciencia (son las dueñas del tiempo que nos falta a todos los demás) para aparearse una vez más.



Foto de Mimí Mitsou

En La balsa de piedra, José Saramago nos cuenta sobre un gran sismo que desprende a la Península Ibérica del resto de Europa. Y la enorme nueva isla ibérica, con todos sus neoisleños, se desplaza por el Atlántico hasta encallar en América del Sur. La metáfora de reencuentro que plantea Saramago puede que sea hermosa, pero produce cierta angustia pensar en lo que pasaría con las Canarias, con Margarita, Coche, Cubagua, con Trinidad y Tobago y con todas las otras islas caribeñas que en mala hora se crucen con semejante navío antes de ser atajado por su muelle continental. Digo, si el meteorito que acabó con los dinosauros hace 65 millones de años tenía menos de 15 kilómetros de diámetro y acabó con más del 50% de las especies, saquen usteds el cálculo del impacto de semejante balsa de piedra. Si se ponen a pensar en todo eso seguramente les pasará lo que a mí: dejarán de leer la novela en la página 100 y las restantes doscientas se quedarán flotando en las aguas profundas de la incertidumbre.



Foto de Mimí Mitsou

En La invención de Morel (qué cosa descomunal, por favor), Bioy Casares nos sumerge en un microcosmos apasionante y perturbador que tiene lugar en una isla. Un prófugo de la justicia huye de Venezuela y acaba de náufrago en una isla cuyos habitantes repiten hasta la obstinación una extraña puesta en escena. Son como actores de una película de Resnais o de una obra de teatro del absurdo donde día a día repiten las mismas secuencias al tiempo que ignoran campantemente la presencia de su único espectador. Hasta ahí la novela es tan fascinante como extraña, pero cierta mañana amanece la isla el doble de calurosa y sobre el horizonte el náufrago ve levantarse dos soles gemelos. Allí la cosa se pone realmente extraña. Que un libro te haga levantar la cabeza de sus páginas y exclamar en voz alta con toda admiración y sorpresa: “¡Qué vaina es ésta!” es de una belleza prodigiosa.

Por cierto, La invención de Morel suele venderse hoy día con una etiqueta pegada a la cubierta: “La obra que inspiró la serie Lost”. Y cuando uno ve el capítulo final de Lost no tiene otro remedio que exclamar una vez más “¡Qué vaina es ésta!”, pero con una sorpresa y un nivel de satisfacción que está exactamente en las antípodas de la sensación que te produce la novela de Bioy.



El reino de Sealand

Me cuenta mi cuñada Marijean (hoy de cumpleaños, ¡Salud!) que en una plataforma abandonada en medio de las aguas Mar del Norte llegó hace unos años un loco que decidió fundar allí una micronación de la cual se autoproclamaría rey. Sealand es hoy día la monarquía más pequeña del mundo con apenas 3 habitantes (el rey y dos súbditos) y cuenta con una estación de radio pirata donde está obligada a trabajar la población entera. Inglaterra quiso reclamar sus derechos sobre Sealand, pero al medir las aguas territoriales del Reino Unido se dieron cuenta de que Sealand se les escapaba por algunos centímetros (pulgadas, perdón, que son ingleses); así que el islote artificial ha quedado, por ahora, en manos de su monarca. Por cierto que la está vendiendo, por la módica suma de 700 millones de euros. Así como también están a la venta, y debidamente certificados por la monarquía de Sealand, los títulos nobiliarios de barones, condesas, marqueses y Sirs. De estar usted está interesado, la nobleza sealandesa se adquiere a partir de los 10 dólares.



Cayo Pelón, en sus tiempos de máximo esplendor

Y no podía cerrar esta divagación sobre islas y barcas de arena y piedra sin hablarles de Cayo Pelón. Un islote desierto de apenas unos 20 metros de diámetro, un círculo natural de pura arena y sin el mínimo indicio de vegetación que se encuentra flotando (se encontraba, por lo visto) en las inmediaciones de Chichiriviche, en el Parque Nacional Morrocoy. Era una imagen fabulosa la de Pelón al amanecer, como una calvicie que emergía del mar, un circulito perfecto de arena que se asomaba en el medio de las aguas. Y también era impresionante ver a Pelón al mediodía, con sus doscientos bañistas retando al cáncer de piel y amenazando con su peso al hundimiento de la pequeña isla. Recuerdo que había un mito: Pelón se está hundiendo. Hoy me enteré (con mi característico destiempo) de que el presagio funesto se consumó. Las aguas finalmente cubrieron a Cayo Pelón en una vaguada. Y con la noticia de su hundimiento me salieron a flote una cantidad insólita de memorias sobre mis vacaciones de juventud en Chichiriviche.

Una mañana de agosto casi me ahogo justo en esas aguas que circundaban a Cayo Pelón, salí vivo de ésa por los pelos, de pura casualidad. Pero esa historia se las cuento en otra oportunidad. Cosa curiosa, la anécdota, macerada por la memoria, es hoy un recuerdo feliz que nos mata de risa.

miércoles, 21 de setiembre de 2011

Domingo en Llamas

Llegué a Domingo en Llamas, como suele pasar con tantas cosas que acaban dejándote huella imborrable en la vida, por la vía más insospechada. Por el más verde de los caminos. Mi amiga Kiki García me ofreció llevarme a casa luego de una jornada laboral en el Banco del Libro. Íbamos los dos en el kikomóvil (un Malibú vinotinto, modelo 83, que se empeñaba en pasarse más tiempo accidentado en el estacionamiento del trabajo que rodando por las calles de Caracas) y en eso Kiki me dijo: “¿Quieres oír algo buenísimo?” y sin dejar que le respondiera me puso a todo volumen un disco de algo a lo que no había escuchado jamás.

Ya lo sabemos que la relación con la música es una cosa diáfana y directa. Te llega o no te llega. Te gusta o la detestas sin mayores inmediaciones y sin permitirle casi nunca segundas oportunidades. Este fue uno de esos casos en los que no tienes otro remedio que exclamar con toda franqueza: “Qué cosa tan buena ésta. ¿Quiénes son estos tipos?”. “Es un tipo. Se llama Domingo en Llamas”. “¿Y de dónde salió este loco?”. “De Baruta. Se llama José Ignacio Benítez, es panísima de mis hijos y es más criollo que la arepa”.

Algunas semanas más tarde, José Ignacio en persona estaba de visita en el Banco del Libro y a Kiki no se le ocurrió nada mejor que apelar a ese bochornoso instante (que hoy se lo agradezco tantísimo) en el que alguien suelta: “Mira, él te quiere conocer” (señalándome con el índice que sostiene al Astor rojo).

José Ignacio Benítez, alias Domingo en Llamas, resultó ser uno de los artistas más integrales, talentosos, humildes y buena gente que haya conocido jamás. Un animal extraño que evidencia la supervivencia de una especie en franca extinción: la de los genios modestos. Al día siguiente lo vería regresar de visita en mi oficina, esta vez con un CD donde compilaba sus 7 discos grabados artesanalmente, por sus propios medios, y en menos de 5 años.

Me tomaré la libertad de hacer una doble sentencia sin el mínimo resquicio de duda: Domingo en Llamas es el mejor vocalista y el mejor letrista que haya conocido jamás en la música venezolana. Un prodigio, ni más ni menos. Es el Leonard Cohen de Baruta, nuestro propio y personalísimo Bob Dylan.

José Ignacio es de los pocos músicos del patio que no se ha olvidado de la poesía. Quizás ni lo sospeche: es un músico-poeta o un poeta haciendo música. No sólo es un asunto métrico, melódico, la aritmética del verso que encaja a la perfección con los acordes de la guitarra, sino que su poesía cobra significado por igual tanto en el vuelo lírico como en la narración. Son poemas narrativos musicales eso que él hace desde su estudio casero.

Para colmo de fortunas, Domingo en Llamas –con un complejo de salmón que nos inspira a todos los que lo padecemos- es un músico atípico que se niega a presentarse en vivo y también a comercializar su música. Sus discos son colgados por propia voluntad gratuitamente en Internet. No busca fama ni dinero ni clubes de fans que le idolatren, simplemente quiere que la gente –con apenas un clic- lo lleve consigo y lo escuche. Durante los últimos años José Ignacio ha hecho 8 discos (8 joyas imprescindibles) y se ha presentado en vivo menos de seis de veces. Por lo que estamos hablando de un fenómeno de culto digno de estudio y, sobre todo, de ser seguido.

Hace un par de años dos queridos alumnos, Javier Camacho y Alejandro Silva -de esos que a la larga acaban por convertirse en buenos amigos- se me acercaron una tarde para preguntarme si accedía a ser el tutor de su trabajo de grado: un documental sobre Domingo en Llamas. Algo que me describieron como una película documental que tenía matices de sinfonía urbana mezclada con road movie. La idea era la de trazar la ruta urbana de esa Caracas por donde se desplazaban Domingo en Llamas y sus letras. En fin, una película que ya me hubiera gustado tener la oportunidad de hacerla yo mismo.

Hoy la película está lista y la tesis será defendida en pocos días: “Amigo de la tormenta, vecino de la locura. Un acercamiento documental al proyecto musical Domingo en Llamas”. He de decir, independientemente de lo que dictamine el jurado (qué horror los jurados, cuánto espanto y qué atrocidades de las que son capaces), que el documental acabó siendo un homenaje honesto y precioso, digno de la música de Domingo en Llamas.

Siempre alabé cuando niño el altruismo de algunos compañeros de juegos que cuando jugábamos al escondite tocaban la meta y gritaban: “libro por mí y por todos”. Quiero agradecer a José Ignacio Benítez (con su música) y a Javier Camacho y Alejandro Silva (con su cine) por haberse tomado la molestia de librar por mí.

Salud.

martes, 13 de setiembre de 2011

El mapa y el territorio


Me he estado leyendo -con sorpresa y con franco desencanto- El mapa y el territorio, última novela de Michel Houellebecq. Una novela precedida de polémica –lo cual, obviamente, potenció sus ventas- dado que al autor se le acusó de haberse plagiado artículos de la Wikipedia.

El mapa y el territorio, creo que no tenía otra opción, me parece una obra muy contemporánea (lo que no la hace en lo absoluto sinónimo de buena o novedosa, sino simplemente “contemporánea”). Es una suerte de cuadro de costumbres muy actual, muy reflejo fiel del mundo en el que vivimos, que se alimenta y se estructura a partir de cuts and pastes de la cotidianidad. Y sí, ciertamente en medio de esa realidad cortada y pegada con fidelidad, uno tiene la sensación de no estar leyendo una obra narrativa sino una articulación de textos tomados de la Wikipedia y de la guía turística Michelin.

Hace un par de años, sentados en una mesa del Soma Café, en el Centro Cultural Trasnocho, conversaba con mi amigo Israel Centeno (él con una vodka al frente y yo con una Solera verde) y el escritor venezolano me contaba que en su experiencia autoral había atravesado por dos etapas: en la primera, la de su juventud, había estado preocupado por las formas y por el vuelo poético, por una necesidad de jugar con el lenguaje y con los estilos narrativos para desestructurarlos, descomponerlos, en una búsqueda formal que estaba por encima de la anécdota que narraba; en la segunda etapa, la de su madurez, se había dejado de florituras y malabarismos, el vuelo poético había quedado relegado a un segundo plano de importancia y lo que le preocupaba ahora era la anécdota, que fuera cautivante aquello que contaba por medio de su escritura.

Si miramos la novela de Houellebecq a la luz de la experiencia de Centeno, me atrevería a decir que El mapa y el territorio es una novela que se podría encajar, de una manera particular pero innegable, en la primera etapa que describía Israel. Es una obra donde lo importante es la manera en que se juega con la forma y con la estructura pero donde lo anecdótico (el núcleo narrativo de aquello “interesante” que se relata) se halla minimizado o acaso ausente. La anécdota, palabras más, palabras menos, en la reciente novela de Houellebecq no es otra que la de un artista plástico (también en dos etapas: primero fotógrafo y luego pintor) que realiza sus obras a partir de las fotografías de la guía Michelin y más tarde pinta retratos y escenas de profesionales (un panadero, su padre arquitecto en su último día en la oficina, Bill Gates y Steve Jobs hablando sobre el futuro de la informática y hasta el mismo escritor Michel Houellebecq). En el ínterin, alternado con estos cuadros (de costumbre), aparecen intercalados manuales de cámaras automáticas Samsung, descripciones de pensiones para el turismo rural de la Francia profunda, un par de encuentros sexuales con una diosa rusa de quien el protagonista se enamora (pero sin mojarse mucho tampoco), conversaciones absolutamente intrascendentales entre el personaje principal y el propio Houellebecq (un neurótico víctima de una micosis implacable a quien se le ha encomendado escribir el texto del catálogo para la última exposición del artista). Y toda esta madeja de escenas costumbristas, tanto las que se representan en la obra del artista plástico (el mapa) como la cotidianidad absolutamente superficial, aburrida e intrascendente en la que está sumido el pintor (el territorio) acaban por convertirse en una referencia, una especie de organismo fosilizado, que dará luces a los hombres del futuro para entender nuestros tiempos y así saber por qué el mundo acabó siendo lo que finalmente les tocó que fuera. En fin, eso en 350 páginas. Y poco más.

Me resultó inevitable pensar, mientras leía a Houellebecq, en una de las más poderosas ramas del cine documental, el de observación, cuyo máximo representante en nuestros tiempos quizás sea el ruso Viktor Kosakovsky. Un cine (para muchos de sus partidarios considerado “el verdadero documental”) que consiste en observar objetivamente la realidad por medio de una cámara fija. Como si fuera una cámara de seguridad (de hecho, toda esa masa de bodrios llamada “reality shows” al estilo de Gran Hermano, no son otra cosa que hijos pródigos del documental de observación). El cineasta observacionista entonces se convierte en una especie de voyeur, un espía que lo mira todo escondido desde su ventana indiscreta, posición a la que invita también al espectador. Sin embargo, esa mirada tan fiel de la realidad, ese reflejo -especular y sin intervenciones- de la cotidianidad, puede resultar profundamente intrascendental, aburrido y decepcionante (tanto como puede ser la rutina de cada uno de nosotros si nos ponemos a contarla en detalle y en tiempo real). A muy pocos, como a Kosakovsky, les queda bien este tipo de retratos y eso se debe, exclusivamente, a que el buen Viktor se pasa meses y hasta años aprehendiendo a la realidad desde su ventana (Russia from my Window), hasta que finalmente, durante pocos segundos y luego de decenas de horas de material bruto que no sirve ni significa absolutamente nada, algo peculiar ocurre ante el lente de su cámara, la magia de la realidad se digna finalmente a detonar, y esos instantes son los que vemos en el montaje definitivo de dos horas de película que el cineasta ruso nos entrega.

En mi visión muy particular del asunto considero que estos retratos de la realidad, estos reflejos especulares de la cotidianidad más rutinaria, no tienen mayor sentido ni el mínimo interés a menos que sean filtrados por la ficción, que sean macerados, decantados y traducidos por medio de una mirada autoral. El mapa (la literatura y el cine, en este caso) tiene que asumir la responsabilidad de ofrecernos una perspectiva “extrañada” de esa realidad (el territorio), algo que la haga especialmente fascinante, perturbadora, entrañable, caricaturesca, humorística o aterrorizante. Cosa que hacen magistralmente, por cierto, escritores como Israel Centeno, Fedosy Santaella o Roberto Echeto, por mencionar a algunos de mis amigos escritores que tanto en sus blogs como en sus libros se dan a la dura tarea de partir de la realidad pero para transmutarla por medio de sus peculiarísimas miradas personales. Asunto que se les agradece.

Si el futuro de la literatura va a estar signado por esta búsqueda formal del costumbrismo contemporáneo en detrimento de la anécdota y por encima de la mirada autoral, como es el caso de la novela de Houellebecq y sus clones (a los que los veremos retoñar y proliferar como un síntoma más de este mundo que nos ha tocado y tocará) pues ni mapas ni territorios tendrán sentido ni mucho menos encanto. Para eso simplemente buscamos direcciones satelitales en Google Maps e insertamos en ellas banderillas con comentarios cortados y pegados de la Wikipedia. Resultará siempre más apasionante y, de alguna manera, nos convertirá a todos en artistas.

Un fragmento de una película de Kosakovsky comentada por el autor.

miércoles, 7 de setiembre de 2011

Informe sobre perros


Estimada Rita,

Ante todo recibe un cordial saludo -que se traduce en besos en el cogote, abrazo con bailecito de merengue incluido, insultos cariñosos susurrados a la pata de tu oreja izquierda y caricias varias debajo del hocico de mi parte, y, de la tuya, en besos babosos con toda la lengua dentro de mi boca-, de antemano va también mi agradecimiento por hacernos el favor de leerle y traducirle esta carta al impresentable de tu marido, el Cacho, quien como sólo tiene ganas y corazón para querer a su mamá se ha negado, inclusive, a aprender a leer o a interactuar más de lo estrictamente necesario con ningún otro ser vivo que no sea ella. Cosa que nos incluye a ti y a mí, por supuesto.

Por medio de la presente me dirijo a ti para levantar el informe canino que no has pedido pero que sé que has estado esperando con toda la angustia que te caracteriza.

Comenzaré por comentarte que, en todos estos meses de ausencia, me he cruzado apenas con un par de ejemplares de callejeros criollos (Cacris) de esos que abundan en nuestros territorios; asunto que, lo sé, te llenará a ti de una angustia existencial prodigiosa y al sobrado de Cacho de un alivio directamente proporcional porque los cánidos mestizos parecen ser una especie vetada o acaso incógnita u oculta en esta ciudad-planeta.

Sí, mi Rita, por lo visto aquí todos los perros parecen ser de raza y sacarlos a pasear es un acto macizo de ufanidad compartida por igual por amos y cuadrúpedos. Lo único que falta es que les aten a la correa una placa o un título debidamente membreteado donde conste su pedigrí incuestionable y que dé fe del rancio abolengo heredado sin mácula desde las raíces más ancestrales de sus árboles genealógicos. Condiciones estas que harían pasar al Cacho como un perro más dentro del paisaje (bueno, más o menos, seguiría siendo uno especialmente grande y monstruoso) y a ti como un objeto (volador) no identificado (ni identificable).

Los perros lugareños, por demás, suelen tener un comportamiento muy poco canino. Son como personas que han pasado la infancia en un instituto de etiqueta y buenos modales, que no se huelen las partes impúdicamente ni se muestran especialmente interesados en sus congéneres ni en los bípedos implumes que los llevan de la cadena. Juegan educadamente a buscar el palito (dócilmente lo corren a buscar, lo traen, lo vuelven a buscar y a llevar, tantas veces como al amo se le antoje, porque al final el que fue sacado a jugar fue el amo y no el perro) y acostumbran llevar decentemente en las fauces sus propios juguetes. Rara vez los verás antojarse de un palito ajeno o de esas cosas deliciosas que siempre hay en la basura. Tampoco es común que se pelen los dientes o se gruñan cuando se cruzan; la indiferencia y la vista al frente son la norma para los paseantes bípedos o cuadrúpedos.

Y no, Rita, te juro que no he visto a un solo perro en estos parques que esté interesado como tú en cuestionar todas las reglas de la física para demostrar que dos cuerpos sí que pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Que lo que pasa es que nadie lo intenta tan bien como tú, que a ningún otro perro en este planeta se le ha ocurrido acomodarse tan pero tan bien sobre el mismo lugar donde está ya ubicado el objeto de su afecto como para concluir: claro que se puede. Quién fue el idiota que dijo que no se podía.

Aquí, cerca de casa, siempre pasamos por un lugar donde los paseadores de perros han improvisado una escuela para mascotas en medio de la plaza. Y no te lo crees, Rita, los entrenadores se sientan en un banquito a comer sus tacos (aromáticos tacos de carnitas que huelen a decenas de metros de distancia) en las narices mismas de sus alumnos y a ninguno de ellos –te lo juro que a ninguno- se le ocurre levantarse del lugar donde se les ha indicado dónde y cómo sentarse correctamente para, en un ataque de espontaneidad, ir a robarse un taco y mucho menos para ver a qué sabe el bolo alimenticio del taco que tiene el entrenador dentro de la boca. Así que, querida mía, tú serías una especie de perra marciana en este lugar.

Y, aunque mal de muchos es consuelo de mayorías, Cacho también sería un extraterrestre; no porque se le vaya a ocurrir comerse el bolo alimenticio (de taco o de lo que sea) de alguien que no sea su mamá –jamás se le antojaría semejante cosa, porque para él, además de asqueroso, sería incorrecto- sino porque tendría que verse obligado a compartir durante una hora entera con otras gentes (pasaría toda la hora preguntándose ¿qué animales serán estos perros?) sin derecho a pelea ni gruñido ni a levantamiento de belfos para mostrar colmillos. Sin derecho a exclamar: “vénganse de una vez el Chihuahua, el Poodle y el Schnauzer que me doy con todo contra los tres de una”. Ni tampoco: “Sólo por hoy ofrezco coñaza dos por uno a los Huskies siberianos”. Ni mucho menos: “A que me meo a ése Gran Danés hasta con una pata amarrada a la espalda”.

Y tú tampoco podrías decidir: “Dios, qué aburrimiento esta escuela y estos compañeritos de clase, mejor me voy a dar un baño de inmersión en la fuente o voy a convencer al tipo aquél de la terraza para que me regale una de sus chistorras”. Cosa que lograrías con el mínimo esfuerzo, estamos seguros. Pero que sería mal vista aquí, muy mal vista. Y mira que tú no tienes idea de lo que es lidiar con el rechazo.

De cualquier manera, seguiremos investigando y cualquier novedad les mantendremos al tanto.

Más saludos cordiales de los que ya sabemos y mucho fundamento, mira que si llego a saber que le estás dando besos con lengua a otro bípedo implume o me has cambiado por otra pareja de baile me dolería terriblemente. Te juro que yo no bailo merengue con absolutamente nadie más.

Papá.

PD: Si tienes dificultad para leer esta carta dile al abuelo que te compre unos lentes para la presbicia (son cosas de la edad, Rita, 8 años perrunos son un montón de años humanos, una cuenta que no quieres saber)