miércoles, 25 de abril de 2012

Radiohead en concierto (o como uno cree que va al cielo y acaba metido en los infiernos)



Martes 17 de abril. Finalmente ha llegado el día del concierto de Radiohead. Habíamos comprado las entradas hacía meses, como desde octubre del año pasado. Un poco caras… no, mentira, escandalosamente caras, mucho más caras de lo que uno pagaría a estas alturas de la vida por ver un concierto en un campo de béisbol; pero bueno, es Radiohead, hay que hacer el esfuerzo, Radiohead lo merece.  Porque, dime tú, cuándo se va a presentar una segunda oportunidad para irlos a ver. Sí, mejor vamos.

Se acerca la hora del concierto y llueve. Llueve con rayos y con truenos y las calles se inundan y no hay taxis (a los taxis aquí también se les llama unidades: “no contamos con unidad para prestarle el servicio, caballero” y gozan también del curioso don de todos los taxis del mundo de  desaparecer justo cuando más los necesitas) “¿Será que no vamos?” “Pero es que ya nos gastamos ese dineral y no lo vamos a perder y además es Radiohead”. “No, tienes razón, claro que vamos”.

Nos vamos en metro, hay que tomar la línea naranja, hacer la transferencia en Tacubaya y de allí recorrer como diez estaciones por la línea marrón hasta Ciudad Deportiva, una vez te bajas en esa parada se caminan unas diez cuadras y ya está, te están esperando Thom Yorke y compañía en la tarima… Se ve tan facilito en la teoría, pero es la hora pico y afuera llueve y Tacubaya es un hormiguero, llega un tren y no nos logramos subir, no cabemos, no hay manera de embutirse en esos vagones atestados de miles de personas que están tan cansadas que ni hablan. Esperemos mejor al próximo tren. El andén se llena más y más, el metro nada que llega y los que están atrás empiezan a empujar y uno, aunque no quiera, acaba traspasando la línea amarilla y contorsionando vértebras y cervicales de manera que acaban contradiciendo todas las leyes posibles de la física (y sobre todo las de la flexibilidad, porque uno no tenía idea de que fuera capaz de asumir semejantes posturas). Por largos minutos nos encontramos condenados a flotar en un océano de bigotes, sobacos, moños de pelo, gomina, intercambios espontáneos de caspa y perlitas de sudor. Llega finalmente el tren y el muy cabrón cumple una vez más con ese extraño axioma donde las puertas jamás se abrirán justo enfrente de uno, sino exactamente dos metros más allá y dos metros más acá. Nos abrimos paso a los codazos “agárrate de mí que yo te arrastro” y entramos (nos entran) a presión de manguera de bomberos en el vagón. “Ya está, tranquilos que tenemos toda una hora para llegar”. Se suman las estaciones y en cada una de ellas se suben diez sin que se baje ni un alma. Reproducimos las posturas de consagrados yoginis -idénticas a las del andén de Tacubaya pero ahora mejoradas para poder ejecutarse dentro de un vagón del metro-.  Cuando ya la claustrofobia es más grande que uno llegamos finalmente a Ciudad Deportiva, y aquí cambiamos de disciplina, ahora nos convertimos en acarreadores de un equipo de fútbol americano, hay que poner la cabeza como un misil apuntando hacia el frente, subir los hombros, inclinar el cuerpo hacia adelante, empujar con todo el peso del cuerpo, disponerse a derribar cualquier obstáculo que se interponga entre nuestro camino y la puerta (estas puertas que no abren por más de diez segundos y que se cierran como guillotinas). Salimos disparados, rasguñados y sudados hasta que caemos como hombres-bala en medio del andén de Ciudad Deportiva.  “Lo logramos, no sé cómo coño, casi no vivimos para contarlo, pero aquí estamos”. “Eso sí, ya yo estoy agotado y con ganas de irme a mi casa y todavía nos faltan como 4 horas aquí”.

Salimos entonces a la intemperie después de horas en aquel inframundo del metro. Afuera el cielo está encapotado, la brisa fría, empieza chispear una lluvia grisácea como de apocalipsis. “Boletos, boletos, compro o vendo boletos” susurran centenares de revendedores que parecieran estar vendiendo drogas sintéticas. Y unos pasos más adelante alternan el cantadito con “boletos y capas, boletos y capas para el concierto”.  ¿Capas? Sí, a los impermeables plásticos desechables, hechos como con bolsa de basura, les llaman capas. Y es que se viene la lluvia, si miras al cielo te dan ganas de llorar. “¿Será que compramos un poncho de esos?”. “No, vale, ya hoy llovió, ni de vaina va a volver a llover”. “Pues yo sí me voy a comprar uno: ¿señora me vende una capa?”.

“Qué maravilla, yo nunca he tenido una capa”. 
“Yo tampoco, es mi primera capa en la vida”.

Caminamos hacia la entrada, la lluvia infesta nos moja la cara, el trayecto es accidentado y resbaladizo. Hay que caminar por un autódromo,  pasar por el primer control, mujeres a la izquierda, hombres a la derecha, nos reunimos de nuevo, pasamos la recta principal, la primera curva, la segunda, las chicanas por donde se suben a dos ruedas los autos de carrera, y otra recta, y otro control de vigilancia “se les agradece tener boleto en mano”, y otra curva y más chicanas y otras rectas y más controles de seguridad (“si puede por favor devolverse porque mi máquina no lee los códigos de barra pero la de mi compañero que está allá a dos kilómetros sí que se los va a leer”) y otras curvas y otras rectas y más chicanas y coño de la madre dónde carajo se le entra a esta mierda.

Finalmente la entrada N aparece a mano izquierda. Un último control, otro chequeo más, “Bienvenido, camine tantito hasta el final y luego suba por las escaleras hasta llegar a  su puesto”. Y llueve en serio. Llueve ahora como llovió en la tarde, con truenos y relámpagos y eso que llaman una lata de agua cayendo del cielo. Y los puestos quedan subiendo las escaleras y luego otras y luego otras y luego en la fila 17 después de la cuarta escalera. El escenario se ve allá al fondo a la derecha como una caja de fósforos arrojada en medio de un campo de golf.

“Pero estos puestos son una mierda”.
“Sí… y si te digo lo que costaron me mandas a la mierda tú a mí”.

Llueve y bate una brisa antártica y uno allí montado en la fila 17 de la cuarta tribuna. Y el concierto era a las 8.30 pero ya son las 9 pasadas y a las 9.45, presos de la desesperación y víctimas de la hipotermia, mojados como pollos (incluyendo a quien lleva capa) decidimos bajar todas las escaleras y refugiarnos en un descanso bajo techo. Pero el techo tiene goteras, se acumula el agua por una canal, baja por las columnas a cataratas, la gente se está mojando allí igualito o más que a la intemperie. Los de la escalera de al lado, en la entrada M, hacen la ola y unos muchachos que están a nuestro lado gritan: “Vámonos todos a la otra escalera que nos mojamos igualito pero están más divertidos”. Y se van como 100 con ellos.

A las 10.15 se monta Radiohead. “El coño de sus madres, estos artistas”. Llueve ya un poco menos, la gente escucha los primeros acordes de la guitarra de Johnny Greenwood y corre hacia sus puestos llevándose lo que sea por delante.  Y nosotros con ellos. Llegamos a la fila 17 de esa escalera que conduce al techo del mundo y a nuestro lado, justo en el puesto de la derecha, vemos a una chica que llora. Llora las primeras cuatro canciones, y no llora porque está emocionada, llora porque se ha peleado con su novio y él se fue y se llevó las llaves de su auto y ahora está sola, peleada, mojada y sin saber cómo se va a su casa que queda en esta misma ciudad pero en otro planeta. A la quinta canción la chica baila, baila sola y bebe y fuma y es feliz y sigue bailando. Sola. Escuchamos el concierto (casi lo vemos) allá desde la cajita de fósforos que queda en el cinturón de asteroides entre Júpiter y Saturno .

Se hacen las 11, nos tenemos que ir porque el metro cierra a las 12 y el camino a casa es de más de una hora.

Abandonamos el concierto de Radiohead aún por la mitad. Thom Yorke toca canciones nuevas de un disco que no ha salido y que nadie conoce y que no tiene guitarras ni batería ni bajo, sino que lo hace todo él solito con un tecladito atroz que en mala hora se ha comprado. Johnny Greenwood hace la pantomima de que toca la guitarra y mueve mucho su largo flequillo, pero no se lo cree ni él mismo. No está tocando nada. Él también baila solo.

Bajamos del cielo, recorremos una vez más las 17 filas y las 4 escaleras, salimos por la puerta N que nos lleva de vuelta al autódromo con sus rectas, curvas y chicanas que se reproducen al infinito en generación espontánea.  Con los últimos arrestos finalmente nos asomamos a la boca del metro y está cerrada. “Es que a estas horas sólo está abierta la puerta que queda 5 cuadras más allá” dice un señor que vende cigarros Camel al detal.

Caminamos a oscuras por una selva desierta de concreto, aguas empozadas y orines rancios que alguien vació allí hace semanas y que no hay lluvia ni manguera en este mundo que pueda con ellos.  Atravesamos una avenida de 7 canales en las que todo el mundo va a 120 kph y nadie jamás frena (incluso, si ven un peatón aceleran). Encontramos la bendita entrada del metro casi tapiada bajo una nube de vendedores ambulantes. Nos arrastramos hasta el andén y cuando por fin llega el metro nos lanzamos como costales de papas viejas y húmedas sobre los asientos verdes.

“Joder, qué desastre de concierto, qué decepción. Y qué manera de perder la plata”.
“No, no la perdimos. Te equivocas. La invertimos en nuestra contra”.

lunes, 16 de abril de 2012

La vida y los perros

Papá contaba que durante su infancia y juventud había sido acompañado por un perro llamado Tureco. Ese perro vivió hasta los 17 años –lo que en edad humana se traduciría en unos 120 giros al sol- y me parece recordar que el cuento es que había muerto por envenenamiento, se sospechaba que a manos de un policía de Guanare con el que Tureco se la llevaba especialmente mal (y sus buenas razones tendría). A partir de la muerte de ese perro mi viejo decidiría, de manera radical e irreductible, que nunca más en su vida tendría otro perro. Que con la muerte de ese animal había sentido que se le había muerto un hijo, un hermano, un amigo “y yo no vuelvo a pasar por esa vaina nunca más”.

Mis hermanas y yo, con el tibio consentimiento de mi madre que no estaba convencida pero sí dispuesta a jugarse lo que fuera por vernos contentos, pasamos largos años pidiéndole a Papá que reconsiderara la idea y nos permitiera tener un perro en casa. No hubo fuerza, manipulación o argumento que lograran doblegar al viejo. “Mientras yo viva aquí no va a entrar perro alguno en esta casa. Tema cerrado”.

Pero entonces murió el vegetal la madrugada más triste de la que tenga memoria, un 31 de diciembre de 1994, y una semana más tarde, el 8 de enero del 95, entraba nuestro propio Turecoa a casa. Ese día Tureco, un huracán de malas pulgas encerrado en un cuerpo de peluche coronado con una lengua morada, hizo dos cosas memorables: se cagó detrás del televisor (estoy seguro que por consejo de Mitsu, el gato negro que ya vivía en casa y que se negaba tanto como el Vegetal a la llegada de un cánido a sus territorios) y se quedó dormido, con ronquidos y todo, sobre mis zapatos talla 40 donde lograría acomodarse de manera que sobraran varios centímetros de punta y tacón.

Tureco, el nuestro, llevaría su nombre en honor al primer Tureco, el de papá, y al de todos los Turecos de Guanare (que son millares, pues son los únicos animales capaces de ahuyentar al más temible de los espantos del llano venezolano, El Silbón). Yo no sé qué tan bueno sería Tureco ahuyentando aparecidos, si lo hizo ni me enteré (gracias a Dios), lo que sí me consta es que con su presencia logró hacer más llevadera esa ausencia demoledora que significaba no tener a Papá más entre nosotros. Con Tureco aprendí, yo también, lo que significaba tener un hermano, un segundo padre, un amigo distinto a cualquier otro jamás y un hijo. De la raza de los Chow Chow y también de la de los perros-caballeros, Tureco fue un tipo que supo entender con sabiduría ancestral el lugar que le correspondía ocupar en nuestro hogar. Moriría mi pana Tureco diez años más tarde, mientras yo estudiaba en Barcelona, me enteré a través de un hermoso y tristísimo correo que me envió Mamá bajo el título de “Tristeza en el jardín”. Tureco, igual que mi viejo, había optado por morir en su casa, en su lugar de siempre, se acostó dignamente sin molestar a nadie y sin dar signos de que algo malo venía en camino, y allí se durmió para no despertar.

Decidiría entonces yo también de manera radical e irreductible, inmerso en aquellos momentos de profundo duelo, que nunca más tendría otro perro yo tampoco, y me encontré, no sin sorpresa, repitiendo en voz alta las palabras de Papá: “cuando esa gente se muere a uno le duele demasiado y yo no paso por esa vaina nunca más”.


Pero pasaron los años y conocí a mi Claire y ella venía en su paquete acompañada de dos cánidos: Cacho y Rita. Ambos bóxer, él de la misma casta de los perros-caballeros del pana Tureco, y ella siendo el único caso comprobado en la historia de persona que empata directamente, sin necesidad de atravesar por ninguna etapa intermedia, la locura juvenil con la demencia senil.

Debo confesar que los bóxers siempre me resultaron unos perros indignos de mi simpatía o mi afecto. Demasiado infantiles, demasiado babosos, me incomodaba supinamente su naturaleza de eternos cachorros que lo van salpicando todo de saltitos y babas espesas a su paso. Pero el amor es capaz de convencernos de lo impensable, de hacernos dar un paso atrás y bajar la guardia para permitirnos enamorarnos también de lo inconcebible y lo detestable. Así que lo intenté con Cacho y Rita.

Y no fue nada fácil.


Me costó un montón ganarme a Cacho. No sólo porque siempre ha sido un perro intimidante, con un carácter y un tamaño que se asemejan más al de un Rottweiller rubio que al de un bóxer afable, sino también porque Cacho es un guardián celoso, un tipo que quiere a su mamá y está dispuesto a defenderla como a ninguna otra persona en el mundo; para Cacho yo no era otra cosa que un intruso, un ruido que irrumpía en su comodidad germánica, una competencia amenazadora. Me estuvo gruñendo y pelando los dientes -colmillos y belfos al aire hasta cuando le daba galletas- durante meses. Hasta que finalmente me aceptó, un buen día se me cruzó en el camino, se sentó sobre sus cuartos traseros y me dio la pata. Y entonces me miró desde su carota con una expresión indudable de “seremos amigos pero dame galleta”. A partir de allí nos dimos a la tarea de ir construyendo una amistad extraordinariamente parecida a la que sostuve con Tureco. No creo que haya un perro más parecido a Tureco en este lado de la existencia.


Con Rita la historia fue distinta. Porque si bien Cacho es un gran perro, Rita es una muchacha. Sé bien que casi todos los amos se refieren a sus perros como si fueran personas y les atribuyen características y comportamientos que rozan en lo humano; pero puedo jurar que en el caso de Rita esto no es una metáfora ni un exceso delirante de afecto: Rita es una persona que se quedó atrapada en el cuerpo cuadrúpedo de una bóxer. Y Rita, desde el primer día, se empeñó en demostrarme que quería ser mi amiga y me iba a adorar, ya fuera por las buenas o por las malas. No era consciente, Rita “la loca”, que había varios factores que jugaban en su contra: para mí los perros entrañables no podían ser bóxers ni podían ser hembras, porque estaba convencido de que un perro, necesariamente, lo había sostenido durante toda la vida, tenía que ser un animal grande, ladrador y de sexo masculino. Rita se me antojaba una perrita pequeña, compacta e incapaz de ladrar. Rita no ladra, sino que emite vocalizaciones, una combinación insólita de gemidos, resoplidos y aullidos de toda índole como si intentara más bien conversar. Además, Rita no se deja acariciar apaciblemente, ella necesita ser quien acaricia. Hacer cariños es un acto unidireccional que sólo viaja en sentido Rita-víctima de la caricia. Y Rita no se puede estar quieta. Ella brinca, se sacude, tiembla, habla, masculla, lame y se afana por contradecir todas las reglas de la física al mismo tiempo. Para Rita, es el motor que mueve su vida, sí que es posible que dos cuerpos (el de la víctima de su afecto y el propio) ocupen el mismo espacio en el mismo momento.

Cada encuentro con Rita era –lo sigue siendo- lo más parecido que hay en el universo a una lucha de Sumo entre dos contrincantes desiguales: uno humano y el otro canino. Y uno salía (sigue saliendo) literalmente apaleado después de un encuentro amoroso con Rita. Es capaz de saltarte directo a la cara y con toda la fuerza que tiene concentrada en su cuerpecito, como una bala de carne, babas y pelos para lamerte justo cuando estás distraído, o justo cuando la tienes maniatada en una llave de judo, o justo cuando te le estás acercando cariñosamente para darle un beso en el cogote. Te lame, te muerde, te besa, te rasguña y te golpea todo a la vez. El amor, nunca mejor dicho en el caso de Rita, duele. Y tú la regañas y ella te responde con el cuerpo vuelto una herradura, girando a toda velocidad mientras retrocede y avanza con el hocico pegado a la cola y mascullando todas esas cosas que permanentemente está vocalizando hasta que a los pocos segundos ya se te olvidó por qué estabas enfadado. Reto a cualquier ente viviente a permanecer disgustado más de un minuto continuo con Rita.

En una oportunidad, cuando estaba apenas empezando esta lucha por ganarme a Rita y ella literalmente luchaba por demostrarme todo lo que sería capaz de significar para mí, subí hasta el cuarto, justo después de un round con Rita -lleno de moretones, salivas, intentos de mordisco y surcos frescos en los antebrazos que la perra me había abierto con sus uñas de mujer brava- y le dije con grandísimo desencanto a mi esposa: “Yo con Rita no voy a poder, esa perra está demasiado loca”. Entonces Claire, haciendo gala de esa sabiduría y esa paciencia de dioses que tiene me dijo: “Dale un tiempo. Porque tú con Cacho te la vas a llevar bien, pero si a alguien vas a adorar en esta vida es a Rita”.

Joder, estoy cumpliendo ya seis años con Cacho y con Rita en mi vida, y yo ni quiero pensar en el momento en que ya no estén, es un pensamiento con su simple ocurrencia me arruga el alma. Lo único que sé a estas alturas -y en eso soy y seré radical e irreductible- es que siempre voy a querer perros en mi vida, con la condición de que sean bóxers, sean hembras y se llamen Rita. Estoy convencido de que son los únicos animales del mundo capaces de ahuyentar los espantos de la tristeza y la rabia para trastocarlos en la más sólida felicidad.

lunes, 9 de abril de 2012

Homo Zappiens Salvation


El holandés Wim Veen lleva cerca de veinte años investigando sobre los nativos digitales, esos individuos que han nacido y crecido en medio de estos tiempos hipermodernos y de la pantalla global (como les llama Lipovetsky). Veen ha acuñado un término provocativo y lúdico para referirse a estos sujetos contemporáneos: Homo Zappiens -lo que ha levantado más de una roncha, porque la academia y el sentido del humor no suelen ir de la mano-.

El Zappiens, de allí su nombre, es ese individuo que ha crecido en un entorno caracterizado por las informaciones discontinuas: cuando mira la televisión hace zapping frenéticamente por los centenares de canales que le ofrece el cable, chatea, escucha música, envía mensajes de texto, juega videojuegos en línea y hace (o intenta hacer en el menor tiempo posible) las tareas de la escuela todo ello en simultáneo. Y, por lo visto -aunque a nosotros desde afuera nos lo parezca- no suele naufragar en ese Maelstrom de información caótica en el que está constantemente sumergido.

El llamado Homo Zappiens está dotado, según Veen, de una cantidad de destrezas que le permiten lidiar con la tecnología como si el mundo entero fuera un gigantesco constructo tecnológico: no leen ordenadamente de izquierda a derecha ni línea por línea sino que su lectura se asemeja más a un escaneo, una rápida lectura vertical donde leen textos, imágenes, colores, texturas e hipervínculos a la vez; tampoco siguen instrucciones ni revisan los manuales, sino que abordan la información que se les ofrece a raudales en pantalla de una manera intuitiva y -casi siempre- saben dónde deben hacer clic para continuar leyendo. Muchos se pueden quejar de que el Zappiens no lee o que cada vez lee menos, a lo que Veen responde que sí que leen, que leen muchísimo, lo que pasa es que leen distinto y sobre otros formatos de lectura; se sienten como peces en el agua saltando entre las pantallas, lidiando con los teléfonos móviles, el control del videojuego, el ratón de la computadora, las tabletas electrónicas y el mando a distancia del televisor. Ese es su mundo y, dado el rumbo trepidante que llevan las cosas, aquel sujeto que no desarrolle estas habilidades para lidiar y entender(se con) la tecnología se quedaría en franca condición de minusvalía para poder interactuar con la vida que le ha tocado.

Un poco más al norte, en Noruega, Espen Aarseth asegura que la característica de la literatura en los tiempos que corren (nunca mejor aplicado el término) es la de ser Ergódica: se requiere de un movimiento, de un desplazamiento físico, para poder ser llevada a cabo. Tenemos que mover así sea un simple dedo al hacer clic para poder leer, de manera que el jardín de los senderos que se bifurcan se recorre ahora como quien se desplaza convertido en un avatar y por medio de un joystick por ese laberinto que propone la lectura. Hay que tomar decisiones, mover el artefacto, hacer clic, interactuar con el dispositivo para escoger un camino mientras se desechan todos los demás. La literatura ergódica nos propone, según Aarseht, que el lector se comporte como un lector-jugador y que el mundo sea entendido como un mundo-juego.

Esto nos podría remitir, de vuelta a Holanda, al denominado Homo Ludens que acuñó Johan Huizinga: comportarse como un jugador y entender al mundo como un gigantesco mecanismo de juego podría darnos señales nada despreciables de la naturaleza humana así como del aparato cultural que hemos construido para filtrar al mundo y aproximarnos a él.

Sin embargo, el estadounidense Nicolas Carr, con una visión mucho más angustiosa y desencantada nos asoma la posibilidad (nada descabellada) de que este mundo-juego y este nuevo lector-jugador que han proliferado masivamente con Internet corren el riesgo de volverse cada vez más superficiales. Estamos sumidos en un legítimo bombardeo de informaciones, la pantalla global nos tiene literalmente ahogados en un océano de imágenes, estímulos visuales y acústicos de toda naturaleza y a velocidad de hipermetralla. No somos capaces de lidiar con tanta información, el torrente del alud informático es infinitamente superior a nuestra capacidad de aprehenderlo y metabolizarlo, por lo que la única opción que tenemos es la de hacernos progresivamente más y más superficiales. No hay tiempo para la reflexión ni para la contemplación, no hay espacio para el desarrollo del pensamiento crítico. Detenerse a pensar, a unir ideas, a establecer vínculos entre las ideas y las cosas, tomarse el tiempo para “crear” en la acepción más amplia del término, es algo que estamos perdiendo también a velocidad de vértigo. La creación artística (ya sea de narrativa, poesía, ensayo, cine, pintura, escultura y demás), a luz y ritmo de la hipermodernidad, sería a la larga una más de la especies en franco peligro de extinción.

Ciertamente hay razones para preocuparse, para sucumbir ante la idea tenebrosa y desesperanzada de que, tal como pinta el panorama, las cosas no están bien y van para peor… pero entonces irrumpe Lipovetsky, quien cada vez se vuelve más inevitable, y asoma una posibilidad insólita: el Homo Frivolus quizás sea nuestra salvación.

Quizás, asoma Lipovetsky entre líneas, el mundo sin guerras, tolerante, respetuoso por el otro que siempre hemos soñado, sólo puede estar en manos de ese nuevo hombre (Zappiens, Ludens, Frivolus, el lector-jugador que vive su mundo-juego, pónganle el epíteto que más les guste) que lo que único que quiere es entretenerse y jugar, que no quiere molestar ni ser molestado mientras recorre a punta de brincos superficiales ese mundo (el de las pantallas, pero también el de este lado de la existencia) del que sólo toma lo que le llama la atención mientras ignora todo lo demás. Ese individuo superficial, frívolo, lúdico y fragmentado no estaría entonces pendiente de aniquilar o segregar a nadie porque el otro piense o sea distinto. Morirán en manos de la frivolidad las artes, pero también las ideologías. No habrá tiempo para la Creación, pero tampoco para la Destrucción (al menos no la que deriva de conflictos políticos, religiosos, raciales, ideológicos).

Puede ser que el nuevo hombre decida utilizar un arma insospechada para cambiar finalmente al mundo, un arma insólita y rara vez empleada pero que siempre estuvo allí: Ignorar aquello que siempre hemos considerado como Importante. Una ignorancia que se traduce en no me interesa, paso de absolutamente todo, me da igual, a mí me dejan en paz que quiero estar en lo mío, yo lo que quiero es pasarla bien, entretenerme, estar a la moda sin que me perturben las otras modas de los demás, quiero explotar mi derecho de por vida jugar con mis juguetes inocuos y allá tú con tus juguetitos y tus jueguitos.

Quién sabe… vaya vértigo, yo definitivamente no sé.