Al gran Cacho aquella vieja teoría de que los
perros reconocen en sus amos al macho alfa de la manada nadie se la enseño. Ni mucho
menos le interesa aprendérsela. Para él su mamá, en un claro caso edípico
canino (que también los hay), es el amor de su vida y yo soy como el amante de
su amada (un compañero humano y prácticamente insignificante) a quien él puede
tolerar: “Te voy a dar permiso para que andes con ella, pero vamos a estar
claros que su verdadero amor soy yo”.
Para Cacho, sus congéneres perrunos se
dividen en tres grandes grupos: los que no existen (la mayoría: “te voy a
ignorar porque para mí ni siquiera eres un perro”), los que sólo sirven para
pelear (la otra mayoría: “hoy tengo ganas de confirmar que sigo siendo el macho
alfa de todas las especies vivientes de este planeta”) y Rita (“Dios mío, pero
a quien se le ocurrió ponerme a esta persona disfrazada de Bóxer al lado”).
Cacho es el gran regente autócrata de una cosa que él solito se inventó y que se
llama Cachocracia.
Cacho habita en una terraza donde él es el
único e indiscutible Emperador, Cacho El Primero.
No hay un centímetro cuadrado en esa terraza que no esté bañado generosamente
por su orina. E incluso, si uno anda distraído por ahí, viene el tipo hecho el
pendejo, te levanta la pata al lado y te mea. “Lo siento, andabas mal parado y
este es mi territorio”.
El simple acto de servirle la comida diaria a
Cacho es una tragedia que sólo la rutina logra minimizar y cubrirla con un
manto de aparente normalidad. El tipo comienza a lanzar mordiscos al aire
cargados de baba mientras tú vacías sobre su plato metálico el potecito con la
ración que le corresponde. Hay que servirle primero a él, ni se le ocurra a
usted servirle primero la comida a Rita porque Cacho asumirá que esa ración
también le toca. “Aquí el único que tiene derecho a la alimentación soy yo”. De
cualquier manera, uno va y le sirve a Cacho (con cuidadito, eso sí, con la
misma fuerza y la precisión de un karateca que se dispone a romper un ladrillo
con el canto de la mano) y luego le sirve la ración de Rita (quien va a estar
absolutamente desentendida porque para ella lo más importante en el universo es
demostrar que las leyes de la física mientan y que sí es posible que dos
cuerpos -el propio y el tuyo- ocupen exactamente el mismo lugar en el mismo instante)
y entonces Cacho, partidario a su manera de la teoría de la relatividad,
intentará comer de ambos platos a la vez y con ese fin se moverá como Carles
Puyol cubriendo todo el territorio de la defensa que se halla entre su propio
plato y el de Rita. A Rita todo esto le da exactamente igual pues todavía no
despejamos el misterio de “y de qué coño se alimentará esta perra". Ella, con
toda calma, se acoge al principio de “dejen que el troglodita éste se coma
todo, yo me alimento de mi propia locura y hasta me sobra”.
Rita aprovechará -mientras Cacho se come lo
suyo, lo de ella y pide la galleta de postre- para irse a vaciar la vejiga en
un recóndito espacito de la terraza. Cacho entonces intentará comer, tomar agua,
pedir la galleta y orinar exactamente en el mismo rincón que Rita, todo ello al
mismo tiempo.
Sin embargo, la Cachocracia –como toda forma
de gobierno- tiene sus límites. Una vez al año, a lo sumo dos, Rita da unos
golpes de estado formidables. Se hartará después de tanta acumulación de
despropósitos de su compañero, habrá un detallito que detone toda la “ritaglecerina”
que guarda por dentro, y estalla. Le gruñe, lo corretea por todo el patio, le
muestra los colmillos con los belfos al aire, se convierte en una Pitbull fuera
de control y entrenada para matar: “Me tienes hasta la coronilla, cabrón, ahora
te vas a enterar”. Y Cacho se caga, literal y metafóricamente se caga. Ladra
como un cachorro y pide socorro. Pone las orejas en un ángulo rarísimo que acaba
siendo idéntico al del casco de Darth Vader y nos mira con una cara de absoluto
desamparo, acompañada de la cola aplastada contra el cuerpo (que si la tuviera
más larga se la pudiera meter entre las patas) mientras clama por auxilio: “Esta
mujer me va a matar, por favor, controlen a la loca que mi vida corre peligro”.
La Cachocracia queda así anulada y suspendida
por un día entero. Buscará el pobre animal por todos los medios posibles e
imposibles pedir perdón, lanzarse panza arriba para que Rita le tenga clemencia,
la buscará para olerle las partes y Rita le responderá con un gruñido o con la
consabida indiferencia de la huelga de piernas cruzadas. Hoy las cosas –olvídalo,
viejito- no volverán a la normalidad. Asúmelo: perdiste.
Entonces, conmovido ante ese espectáculo de
rey destronado, me bajo hasta la terraza -ese pedazo de reino perdido donde la
Cachocracia ha quedado en ruinas- y lo intento compensar con el doble de galletas mientras el tipo tiembla incontrolablemente
con todo su inmenso cuerpo de cachorrote aterrorizado. Me cercioro de que ellas
no miran ni pueden escuchar, le levanto la oreja y le susurro al oído: “Tranquilo,
gruñón, yo entiendo por lo que estás pasando… no te imaginas cuánto soy capaz
de calzarme en tus patas”.



