viernes, 14 de febrero de 2014

Alumnos.


He estado varios días dándole vueltas a este texto. Buscando la manera de escribirlo. Lo he iniciado y lo he borrado entero decenas de veces. Al final, he decidido que él salga solo, a su manera, yo trato de controlarlo pero al final él será lo que le dé la gana. Como quienes me lo inspiran y a quienes se los dedico: a mis alumnos. De mí, con suerte, quedará apenas un rastro, un intento de orientación.

Vengo de un hogar de profesores. Lo fueron mis padres, lo son mis dos hermanas. Yo era de los que quería ser astronauta, futbolista, ingeniero o artista… lo de ser maestro, la verdad, no estaba en mis planes. Menos mal que me equivoqué.

Comenzaré por decir que la primera vez que entré como profesor a un salón de clases, yo era apenas un chamo que le llevaba pocos años a mis estudiantes. Fue un día terrible, desde el mismo momento en que escribí sobre la pizarra mi nombre y el de la materia, se me nublaron las entendederas, se me secó la boca como papel de lija. Durante una hora estuve diciendo disparates –más que nunca-, se me hizo un corto circuito espantoso entre el cerebro, las manos y la lengua, y hubo un punto en el que no supe bien si vomitar sobre el escritorio o largarme a llorar de tanta incompetencia.

Para la segunda clase, además de una botella de agua, me apertreché con fotografías, cómics, música, videoclips. Que por lo menos eso, más la participación de los alumnos, me sirviera de balsa de salvamento en caso de otro corto circuito. Afortunadamente funcionó. Funcionó, sobre todo, porque a ellos les dio la gana de que funcionara.

Con el paso de los años fui estableciendo una relación con mis alumnos, con un número creciente de ellos, algunos se convirtieron en mis aliados, otros en mis amigos, otros en mis colegas. No sé si la relación que logramos construir con algunos alumnos sea una variante especial de la amistad; a veces –sobre todo para los que no tenemos la fortuna aún de ser padres- me temo que hay casos en los que se parece un montón al vínculo que se teje entre padres e hijos, o tíos y sobrinos, o hermanos mayores con menores. Es una cosa muy rara, difícil de definir. Es como descubrir que finalmente has encontrado interlocutores fuera de tu familia, amigos y colegas; de pronto te encuentras con una gente para la que toda esa gama infinita de pasiones y disparates que uno tiene para compartir también les hace sentido.

Resulta inevitable sentir, ya uno entrado en la cuarentena, que de los mil millones de planes y proyectos personales que se tenían no habrá tiempo para culminarlos o llevarlos a buen puerto. Pero poco importa, porque están los alumnos, ellos recogerán el testigo, serán ellos los que al final libren por ti. Ellos lo harán, a su manera, y aún mejor que nosotros.

Mis alumnos no lo saben, jamás se los he dicho: yo tengo la fortuna de vivir gracias a ellos y por medio de ellos. Son mi orgullo. De no ser por esa gente yo sería con seguridad un tipo más triste, y me sentiría definitivamente más incompleto. Gracias a mis estudiantes he logrado armarme una vida que me gusta. Me mantienen al día, me obligan constantemente a estar buscando cosas e investigando en asuntos que jamás se me hubiera ocurrido indagar. Sí, es verdad, también me sacan de quicio, me vuelven loco, me dan ganas de estrangularlos. Todos los años sentencio que es el último, que se busquen a otro, que este curso ha sido el más complicado de todos jamás. No han sido pocas las veces que les he dicho: “me esperaba mucho más de ustedes. A ver si se ponen serios. Que sepan que tanto talento sin disciplina no sirve de absolutamente nada”. El hecho es que, entre las poquísimas convicciones que tengo a rajatabla en la vida, una es que daré clases y disfrutaré de mis alumnos hasta que el cuerpo aguante.

Por eso veo hoy a los estudiantes que protestan en Venezuela y se me anuda la garganta con el estómago y con el alma en el medio. Enfrentándose a inescrupulosos hombres armados que les disparan a la cara, que les responden los gritos con plomo, que los patean, los golpean con manoplas, los asfixian, los humillan, los torturan. Ya van varios muertos. Como dice mi amiga Violeta Rojo: “Sueltan algunos estudiantes y comienzo a escuchar de torturas, picana, electricidad, golpes. Todos los milicos estudian en la misma escuela de infamia”. Me imagino que uno de esos muchachos pudiera ser uno de mis alumnos y de nuevo me gana la náusea; recuerdo entonces en un loop infinito e indetenible sus caras, sus intervenciones, sus trabajos, sus inquietudes. Y recuerdo también que siempre fueron como un cuero seco: los tratabas de pisar por un lado y se te levantaban por otro. Indetenibles, con esa fuerza y ese espíritu indoblegable de los que a esa edad se creen inmortales. Y uno, desde las canas, los trata de atajar: “que no hagan eso, que es peligroso, que no se dan cuenta de que esos tipos están armados y llenos de odio, que son unos malandros con licencia para matar, cómo se te ocurre enfrentarte a eso”. Y los alumnos te responden: “Pero es que igual no tengo vida. Igual si me quedo quieto me van a matar. Yo me juego la vida en este país todos los días aunque me quede encerrado en mi cuarto. Por lo menos morir peleando que vivir de rodillas”.

Ojo, que no se diga que desde aquí los estoy enviando a la calle, que no se piense que quiero que esos muchachos den la cara por mí y se expongan a la tragedia… sólo digo que la experiencia de casi dos décadas me ha enseñado que, cuando se les mete una idea en la cabeza, son incontrolables. Que la rebeldía en la juventud es la única prueba que haga constar la existencia de la generación espontánea en la vida real. Y mientras más se les reprima, se les encierre y se les intente castigar, más serán los que encontrarán un sentido en la rebeldía. Mis alumnos han sido mis mejores maestros en esa materia.

A estas horas, mientras escribo estas líneas, sigue habiendo muchachos cuyo paradero se desconoce. Siguen filtrándose por las redes sociales las imágenes y testimonios de la tortura. Ronda en el ambiente una palabra horrible que los venezolanos pensábamos erradicada de nuestro léxico común: Desaparecidos.

Hago un llamado desde aquí a todos los que hemos tenido, por una razón u otra, alumnos en nuestras vidas: no podemos olvidar a esos muchachos que atraviesan el horror ahora mismo en manos de los infames. No podemos abandonarlos ni perderles la pista. Tenemos que hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que regresen a sus casas y salones de clases, sanos y salvos, cuanto antes. Es, quizá, la razón de mayor peso que exista en estos instantes para actuar y protestar sin descanso.

9 comentarios:

Isaura Huerta Giisti dijo...

José Santos, como siempre, tienes las facilidad de comunicar, lo que a muchos de nosotros, profesores como tu, se nos queda agotado en la garganta, como mudos, imposibilitados de dejar escapar la protesta... Nos duele al alma al ver tantos vídeos y fotografías donde las víctimas son chicos indefensos, a quienes les roban su juventud, su vitalidad, pero lejos de alejar, de silenciar la protesta colectiva, la anima, le da ánimos, la motiva para unirnos y decirles : muchachos, no están solos, hoy les toco a ustedes, pero por favor, cuídense, la patria los necesita VIVOS!!!

Solange Noguera dijo...

Muchas gracias José, gracias por compartir tu sentir. Soy docente universitaria igualmente y sé las motivaciones que tienen tus ideas. El nudo en el estómago y la garganta, es uno solo cuando enfrentamos un salón de clases y no encontramos las palabras más adecuadas entre los valores que pretendemos inculcar y lo que expone impúdicamente el gobierno de turno, contradiciendo totalmente la ética de la convivencia y el deber ser ciudadano.
Todo un desafío ser docente en estos tiempos.
Un fuerte abrazo

Ròmulo Cazola dijo...

Tus alumnos tienen dos caminos, el que tu a traves del tiempo le has enseñado y el que comienzan a hacer ellos con su lucha por un futuro mejor,, ya que sin la vida que hacemos.

Anónimo dijo...

Me emociona tu escrito, dices lo que sentimos todos: padres, abuelos , profesores ,amigos y familiares de estos muchachos valientes, que se enfrentan a la barbarie de los desalmados que nos gobiernan,sólo con banderas y consignas en sus pancartas. ¿Cuál era el peligro? mientras los delincuentes impunemente se adueñan del pais, C. Casano.

eric urriola dijo...

Primo, desde Mérida, desde esta ciudad, y digo al mismo tiempo universidad, que quieren convertir en cuartel, como estudiante y al mismo tiempo profesor, aplaudo y agradezco tus palabras. Te mando un abrazo con la fuerza que me dan los estudiantes cuando los acompaño en sus protestas y me convierto en uno más.

kenny Nottaro dijo...

Lo que usted escribe lo siento desde mi alma y ademas he estado dentro de los estudiantes sintiendo el grito que sale de su mas adentro rebelde guerrero sincero y aleccionador porque me siento apenado y me disculpo por habrlos abandonado tanto tiempo peeo aqui estoy con ellos

kenny Nottaro dijo...

Lo que usted escribe lo siento desde mi alma y ademas he estado dentro de los estudiantes sintiendo el grito que sale de su mas adentro rebelde guerrero sincero y aleccionador porque me siento apenado y me disculpo por habrlos abandonado tanto tiempo peeo aqui estoy con ellos

Ana Chiquin dijo...

Que te puedo decir, cuando se es profesor desde el alma, a nuestros alumnos los llamamos "nuestros hijos" y así será siempre, por lo que me siento muy identificada con tus palabras...Gracias por tus comentarios....

Rosalynn Herrera dijo...

Gracias por ordenar en palabras tantos sentimientos encontrados estos días... no puedo dejar de recordar que hace varias décadas cerraban la UCV por disturbios precisamente de estudiantes, y se que siempre serán la piedra en el zapato de los sistemas obsoletos y de las viejas estructuras que no sirven... y ya superada la etapa de la juventud creo que ese ímpetu debe reconocerse, valorarse y porque no? apoyarse, porque no queremos solo sobrevivir sino vivir... es nuestro derecho