martes, 16 de agosto de 2011

El cómic que nunca fue

En lo que va de año se han ido dos de los grandes del cómic latinoamericano: Carlos Trillo y Francisco Solano López. Curiosamente un binomio conformado, como suele ocurrir en el cómic, por un guionista (Trillo) y un ilustrador (Solano López). Sin embargo, al menos que yo sepa, en esta vida, ambos argentinos no llegaron a trabajar juntos. Ahora mismo, dónde estén, quién sabe qué cosa maravillosa estarán cocinando a cuatro manos.

Solano López, el grandísimo ilustrador de El Eternauta, nació en Buenos Aires en 1928 y murió en esa misma ciudad el pasado 12 de agosto de 2011. Mientras que Carlos Trillo, uno de los mejores autores de historietas que haya habido en este pedazo del mundo, nació en la capital argentina en 1943 y murió en un viaje de vacaciones a Londres el 7 de mayo de este año.

Tuve el placer de conocerlos a ambos durante el rodaje de un documental que nunca acabamos. Una más de las películas que no fueron. Quince días en Buenos Aires que resultaron un auténtico desastre y precisamente por eso, ahora, macerados por la memoria, se me han hecho especialmente significativos y entrañables.

Durante esos quince días sufrí (ya lo sufría antes y lo seguí sufriendo varios meses después) de un insomnio inclemente que me obligaba a tomar religiosamente un somnífero llamado Stilnox (recetado por el médico en una monodosis de 10 mg., una hora antes de acostarme; pero que yo, para garantizar resultados óptimos, consumía en número de 2 ó 3 regados generosamente con Malbec mendocino). Y gracias a eso dormí. Dormí el sueño tranquilo de alguien que necesita dormir porque al día siguiente había varias entrevistas pautadas: con Maitena, con Liniers, con Juan Sasturain, con Pablo de Santis, con Solano López, con Trillo, entre tantísimos otros autores ligados a la historieta y al humorismo gráfico de Argentina cuyas entrevistas se quedaron encerradas en esas cintas que jamás llegaron a la sala de edición. Y quién sabe, ahora mismo, con qué suerte corrieron.

Recuerdo algunas escenas sueltas de esa película que nunca fue. O mejor dicho, tratándose de cómics, viñetas sueltas de una novela gráfica que no fuimos capaces de ensamblar en un corpus congruente.

Recuerdo episodios filmados en un eterno fuera de campo. Cosas que ocurrieron más allá de los límites del encuadre y que, de alguna manera, representaban los planos de la verdadera película que uno desearía y debería filmar. Dicen que el cine documental está signado por una imposibilidad: siempre es más interesante y significativo aquello que ocurre –y se escurre- alrededor nuestro que lo que acaba siendo registrado por la cámara. Como para dejarnos bien en claro que la realidad, al final, es inaprensible y se nos escapa permanentemente en el fuera de campo.

Recuerdo entonces el primer día de grabaciones, ir a buscar en la habitación 512 -de aquel hotel donde nos hospedamos en el Microcentro- a los camarógrafos; y encontrarme a Richita, el asistente de cámara, en interiores y guardacamisa mirando por el visor de la cámara que apuntaba a la ventana.

–Richita, mi pana, ¿qué estás haciendo, papá? Tenemos que irnos ya.

–El mío, tienes que ver esta vaina.

Y, de idiota curioso que soy, le hago caso. Me asomo al visor. Y veo que el teleobjetivo está encuadrando a una habitación con las ventanas abiertas al otro lado de la calle. Y que entra una chica guapísima, se descamisa, se prueba un vestido, sale. Entra otra, ahora morena, más rellena pero igual de guapa, se desviste, se pone un vestidito cortísimo, se mira de espaldas y con el cuello girado en un espejo, se va. Entra otra, rubia y alta, se parece a la primera pero no es. Definitivamente no es. Se quita todo, se pone algo minúsculo, se va.

–Chamo, qué es esto. ¿Será un burdel?

–Bueno, papá – responde Richita mientras me empuja para posicionarse de nuevo ante el visor–, si eso es un burdel es el burdel más raro del mundo porque esas mujeres están en una biblioteca.

Y me vuelvo a asomar por el visor y sí, Richita tiene toda la razón. Al fondo, en el que nunca me fijé por estar con todo atento a las diosas de colores que se empelotaban mientras espiábamos, se veían libros. Libros y más libros. Libros de esos forrados con tela mostaza, verde, naranja, roja. Esas mujeres estaban rodeadas de tomos de enciclopedias. Si acaso eran putas, eran putas cultas.

Recuerdo también que, a partir del segundo día de viaje, comenzaron a aparecer bolsas de galletas de chocolate por todas partes. En la mesa de noche, en el suelo, en el baño, en la habitación de los camarógrafos, dentro de las maletas de las luces. Unas galletas en bolsa roja que decían en letras amarillas: “Disfrutá ahora el doble del sabor. Llevate dos kilos al precio de uno”.

Recuerdo que en la entrevista con Sasturain el hombre se puso a hablar de Perramus, una historieta donde aparece Borges, donde los personajes son perseguidos por unos milicos que son esqueletos de uniforme. Que Sasturain nos habló de la dictadura, del infierno que se vivió en vida, de cómo se las tuvo que ingeniar para traducir toda esa realidad espantosa en una historieta fantástica, donde lo decía todo sin que la inteligencia militar (si acaso existe tal cosa) pudiera comprender. Y justo cuando hablaba de todo eso, en un momento intensísimo, algo tapó el sol. Se hizo de noche en pleno mediodía, y la única luz que había en aquella habitación era la que rebotaba tenuemente de los cristales de los anteojos de Sasturain. Como si la nube de tormenta más grande del mundo se hubiera posado sobre Buenos Aires en aquel instante. Quién sabe si sería la nave de los invasores que dibujó Solano López. Y recuerdo que Richita, saliendo de esa entrevista, me dijo: “Mierda, papá, qué bolas… ese hombre apagó el sol”.

Recuerdo también que cuando fuimos a entrevistar a Liniers, que en aquel entonces –hablo del verano austral de 2001- era una joven promesa, el embrión de la estrella en la que se convertiría más tarde, Liniers nos invitó gentilmente a un mate mientras posicionábamos la cámara, dirigíamos las luces y las pantallas reflectoras, sintonizábamos los micrófonos. Y que el mate tuvo un efecto laxante prodigioso sobre las tripas de Richita. Y mientras hacíamos la entrevista el asistente de cámara se me acercaba, haciendo bailecitos de esos que obliga el retorcijón, y me susurraba al oído: “El mío, yo lo que me estoy es cagando”. Y cuando acabamos por fin la entrevista, dos horas más tarde, y Richita era todo color verde con vetas moradas, rompió el silencio y le dijo a Liniers: “Disculpe, señor, ¿me presta el baño”. “Claro, loco, pasá adelante, estás en casa, por el pasisho, puerta del fondo a la izquierda”. Y cuando Richita regresó tenía la cara roja y abultada, venía rejuvenecido y rozagante, como si se hubiera inyectado botox. Pobre Liniers, me lo imagino horas más tarde entrando a su bañito: “¡La concha de su madre de estos venezolanos de mierda!”.

Recuerdo también, el día en que nos tocaba entrevistar al gran Carlos Trillo, que Richita se quedó dormido, sentado en el piso, recostado de la pared, justo al lado de uno de los trípodes que sostenía las luces, y que en eso se nos acabó la cinta y yo le grité: “Richard, un cassette” y el tipo, que estaba en el séptimo sueño, se despertó de un brinco, lanzó una patada al espacio que se estrelló contra el paral de las luces y aquella vaina a doscientos grados centígrados se tambaleó y se le fue encima a Trillo. Y Trillo saltó, se lanzó de cabeza como quien se barre para robarse la segunda base. Salvó su vida pero no la del sofá. Un sofá de cuero. Blanquísimo. Impecable. Nuevecito. Y la luz se lo dejó marcado para siempre con un chamuscón obsceno. Trillo no perdió la sonrisa ni los aires de caballero: “Ah, no pasa nada, eso lo limpiamos luego con un producto que sho tengo que hace maravishas… o le damos vuelta al cojín. Son cosas que pasan, chicos, tranquilos”. Pero, estoy seguro, que más tarde exclamó: “¡La concha de su madre de estos venezolanos de mierda!” justo cuando se cercioró de que nos habíamos subido al taxi.

Y recuerdo también el día en que entrevistamos a Francisco Solano López, en su apartamento, primero en su estudio y luego en su cuarto. Recuerdo que nos advertía: “Chicos, sho con todo gusto les doy la entrevista, el tiempo que quieran, eso sí, va a shegar mi novia hoy y ashí sí que damos esto por terminado”. Y media hora más tarde decía: “Es que la extranio tanto… sho a esa mujer la quiero, más que con el alma, con las úlceras” (qué belleza). Y seguíamos la entrevista y a las dos horas decía “Sha va a shegar mi novia, es relinda esha”. Y nos mostraba sus dibujos, lo último que estaba haciendo, una cosa erótica, pornográfica, con unas mujeres despampanantes, como si después de viejo, a sus setenta y tantos, Solano López le hubiera dado por visitar asiduamente el burdel de las putas cultas.

Y en eso oímos la voz de una mujer que entraba a casa con su propio juego de llaves. Que saludaba desde la sala, que decía cositas cariñosas desde la cocina, que se asomaba al estudio y taconeaba ahora hacia el cuarto. “Estoy aquí, querida” decía Solano López y se quitaba a toda prisa el micrófono, se le iluminaba la cara, se iba al encuentro de su novia. Y entra la novia. La novia de Solano. Dios mío querido. Era un bombón, la cosita más linda y mejor contorneada de la historia argentina. Y allí fuimos nosotros los que dijimos, con toda admiración: “El coño de su madre de este viejito”.

El día que nos volvíamos a nuestra lejana Caracas, corriendo como siempre, porque el avión nos iba a dejar, no habíamos hecho maletas y el aeropuerto quedaba a dos horas de camino, comencé a recoger las bolsas de galletas de chocolate. Kilos y kilos de galletas regados por doquier. Y le comenté a mi amigo Bujía, el otro productor que me acompañaba en ese viaje: “Pana, yo no he querido decir nada para no alterar la buena nota del rodaje y que digan que uno es un neurótico… ¿pero quién coño estuvo comprando estas galletas? ¡Hay galletas hasta en la ducha!”.

Y Bujía, me respondió: “Chamo, tú. Todas las madrugadas te levantas y dices que vas a comprar chicharrón picante. Hablas con una voz que no es la tuya y haces unas cosas muy locas. Te has ido todos estos quince días, y nosotros contigo porque nos da miedo dejarte solo, al negocio abierto 24 horas que queda en la esquina y regresas con una bolsa de galletas de 2 kilos. Y dices que está buenísimo ese chicharrón, que el chicharrón picante argentino es el mejor que te has comido en tu vida”.

Y allí caí en cuenta de que yo también había participado en un cómic que nunca fue. Algún guionista burlón me había puesto a interpretar el guión de una obra que jamás se concluyó ni serviría para nada. Que yo realmente no había estado. O acaso sí, estuve, pero fuera de campo. Siempre fuera de campo.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Fe de ratas

Sostienen algunos artículos en diarios digitales –quiero pensar que amarillistas- que en ciertas ciudades del mundo como París, Tokio y Madrid la población de ratas urbanas triplica a la de ciudadanos. Y que en algunos edificios y plazas del Bronx, la proporción de estos roedores con respecto a los habitantes del barrio es de 12 a 1. Cosa que hace pensar que este mundo no se lo llevará el diablo ni quien lo trajo –como tanto dicen-, sino que se lo llevarán a lomo las ratas.

Recuerdo tres episodios con ratas:

I: Una vez estaba en la puerta del edificio donde trabajaba en La Urbina, en Caracas, junto con unos colegas y el chiste estuvo bueno. Muy bueno. De esos que te pones la mano sobre la barriga y el cuerpo por propia voluntad se te dobla hacia adelante y en la carcajada acabas mirando al suelo. Yo quedé con la vista fija en una alcantarilla y en eso vi, al otro lado, una escena que me borró la risotada. Dos ratas se batían a dentellada limpia, con las colas entrelazadas y los dientes hincados al cuello. Todo eso justo debajo de nuestros pies.

Hoy día, cada vez que alguien me menciona ese edificio de La Urbina, inevitablemente la imagen interior que se me proyecta en la cabeza viene asociada con esas ratas en duelo.

II: Hace unos años solía irme, las mañanas con sol, a la última playa de Barcelona. La de Nueva Mar Bella. Y me sentaba sobre las rocas del fondo, con los audífonos a todo vatio, a ver el Mediterráneo. Un día, en medio de la contemplación, se me cayó algo y cuando lo fui a recoger sentí un movimiento que me hizo retirar la mano del hueco donde la tenía encajada entre las piedras: una rata enorme, del tamaño de mi brazo –lo juro-, se estaba comiendo los restos de una paella en papel de aluminio que alguien había dejado allí.

Si por alguna casualidad algún biólogo marino o un zoólogo llegan a leer estas líneas, por favor aclárenme si existe algo llamado “Rata de agua catalana”. Tiene que ser una de las especies más grandes del planeta. Ya lo saben, en Nueva Mar Bella, en las rocas que flanquean la última playa, cerca de donde la gente pesca, suban por la mitad del montículo, avancen quince pasos, justo allí donde las rocas bajan y te empiezan a salpicar las olas. Allí. Además de enormes, estoy seguro, tienen que ser anfibias. Son ratas con pez globo. O con aguja. O un híbrido así.

III: Hoy día, cuando el tiempo me lo permite, me gusta darme una caminata por el parque Bosques de Chapultepec en Ciudad de México. Y allí hay un lugar, a orillas del lago, donde se puede mirar una de las vistas más bonitas de la ciudad. Justo en ese spot estaba parado hace poco, tomando una foto del paisaje, con ese lago verde enmarcado entre los árboles y los edificios al fondo, cuando algo a toda carrera me rozó los pies. Bajé la vista pensando que se trataba de una ardillita de esas que se acercan a ver si uno les deja caer algo, pero me equivocaba de roedor: lo que iba allá era una rata. Una rata con sarna o con eczemas, con pelones sanguinolentos que le manchaban aquí y allá su pelo gris rata.

Ya todos sabemos que la humanidad entera se divide en cat persons (los afectos a los felinos) y dog persons (los que prefieren los perros). A quienes no les gustan perros ni gatos caerían en la categoría el resto (o mejor en las estadísticas del No sabe, no contesta). Pero como esta entrada va de ratas yo he estado pensando estos días es en las rat persons. Porque hay gente, entre quienes me incluyo, a quienes las ratas les dan asco –asco es un eufemismo para decir miedo- y hay personas a quienes las ratas les producen absoluta indiferencia o incluso simpatía. Pero lo que más curiosidad me despierta en todo este tema es averiguar cómo la gente da fe de las ratas que se le cruzan por la vida. Las maneras en que contamos los episodios de ratas.

Existen los épicos: Yo estaba en la playa de Nueva Mar Bella y apareció una rata de éste tamaño, entonces encontré un palo de escoba que había traído el mar, corrí hacia el animal, en el camino salvé a dos niños que estaban a punto de ser mordidos, los lancé a los brazos de sus madres en pánico, le pegué tres palazos a la rata y la dejé descabezada sobre la arena, los bañistas me aplaudieron y tuve que besar a la guapa del bikini morado que me pidió que le diera un hijo. Y bueno, creo que sí, me lo estoy pensando.

Existen los optimistas para quiénes la rata no es parte de la foto. Recuerdan el chiste que estaba buenísimo, se anclan en esa imagen romántica de sí mismos sentados sobre las rocas en una mañana fría pero con sol. Atesoran los recuerdos de ese lugar cerca del lago donde ser mira a México entre las ramas de los sauces llorones. Pero la rata no aparece. Ha sido borrada con photoshop. La memoria la ha filtrado porque una cosa tan gris y tan asquerosa no tiene derecho a formar parte del recuerdo. Las ratas nunca estuvieron allí. Punto.

Existen los trágicos que sólo hacen foco en la rata. Y que siempre tienen un amigo o un primo a quien lo mordió una rata. Sí, por andar caminando entre las rocas de la playa o caminando por el parque o riéndose de un chiste. Y se le infectó esa vaina. Y le tuvieron que cortar una pierna. Y todos pensábamos que ya con eso estaba arreglado. Pero no. El tipo ahora está en coma porque se le subió una enfermedad que sólo transmiten las ratas al cerebro. Y nada, ahí lo tienen entubado hasta que la medicina evolucione lo suficiente como para despertarlo. Y quién sabe qué es lo que se va a despertar, porque ése ya no es él. Así que mosca con los paseítos por la playa y por los parques, esos sitios están cundidos de ratas y son peligrosísimos.

Y existen los narradores de ratas reflexivos, los que te cuentan que se fueron a la playa o al parque y allí, contemplando aquella cosa prodigiosa, pensaron en tal cosa y en la otra y la conectaron con lo de más allá y les cayó la locha y entendieron por fin, que mi vida es un desastre y yo nunca serviré para nada porque por eso fue que me porté tan mal con fulano y se me fue al carajo la relación con fulana y me dio también una nostalgia brutal porque me acordé de mi vieja que siempre me lo había advertido… y coño, mi pana, en ese momento, justo en medio de toda esa reflexión fabulosa en la que yo estaba descubriéndole el sentido a la vida, sentí que algo se movió, ¡y era una rata, güevón, una vaina así, parecía un chigüire!

martes, 2 de agosto de 2011

Los grados del café



Como sufro del maleficio de la puntualidad, aquella mañana llegué a la cita media hora antes de lo pautado. Alguien me dijo alguna vez –y se me quedó grabado- que llegar temprano era tan irrespetuoso como llegar tarde. Que la gente se podía sentir apurada o presionada por el hecho de que uno hiciera acto de presencia minutos antes de lo acordado. Así que opté por hacer tiempo en un café cercano y darme el tupé (que jamás me permito) de llegar con los cinco o diez minutos de retraso que poco a poco se han ido convirtiendo en norma de puntualidad y decoro.

Entré a un café de Starbucks, que los hay en esta ciudad en una relación asombrosa con los millones que la habitan (éste debe ser uno de los lugares del mundo con más Starbucks por kilómetro cuadrado) y me formé en la cola de la caja para pedir el café que me garantizaría mi media hora de tiempo perdido. Mientras practicaba con mente y lengua los malabares a los que lo condena a uno algún geniecillo de la mercadotecnia (debes pedir cosas como un White Moka Light Frapuccino Tall), me di cuenta de que delante de mí estaba un joven impecablemente vestido y peinado. No suelo fijarme en estas cosas pero la verdad es que el joven que me precedía en el turno era un caso descollante: los pantalones de pinza de un gris que debería ser vendido para pintar autos o forrarles los asientos, la camisa recién planchada y almidonada de un rabioso color rosa, un cinturón recién adquirido en Louis Vuitton o en Dolce & Gabbana -o alguna tienda de esas que te quitan miles de dólares por una correa de cuero rematada con una hebilla dorada-, los zapatos hechos de la misma piel y con el mismo emblema, todo ello una cosa tan reluciente como su cabello. Y aquí me detengo: en el pelo; porque tener tres pelos y tenerlos impecablemente engominados es un arte dificilísimo. Aquello provocaba hacerle la ola, estrecharle la mano a dos manos: cómo se puede ser calvo y estar tan bien peinado parecía ser una paradoja con la que éste tipo estaba dando por los suelos. Lamento apelar a un lugar común políticamente incorrecto para verbalizarlo: era un marico de los que se visten del carajo (cosa que pudiera decir como: los miembros del colectivo gay suelen gozar de un gusto excelso para la vestimenta, que si bien significa lo mismo no es igual). Aquel sujeto tenía no menos de 5 mil dólares forrándole el cuerpo entero, haciendo un alarde de capacidad adquisitiva y buen gusto que yo no tengo ni tendré jamás.

La costumbre en los Starbucks es que tú pides tu café (que llame como se llame siempre será un tobo de café) y luego te preguntan a nombre de quién irá la orden. Entonces el sujeto de los tres pelos prodigiosamente engominados ha dicho de corrido, con tono afectadísimo, solemne y sin trastabillar: “quiero un latte descafeinado alto, 90 grados, con leche light deslactosada, corto de leche pero con mucha espuma a nombre de Jonathan”.

Y yo pensé, pero este bróder por qué no se pedirá un Nestea. Porque alguien que pide un café con todas esas cortapisas realmente no quiere un café, quiere otra cosa. Y también pensé en que Jonathan es un nombre de difícil escritura, porque uno nunca sabe dónde le han puesto la hache, o si es con doble hache (Johnathan) o sin hache (Jonatan) o incluso con las haches pero sin Jota sino con Ye (Yhonathan), o con doble ene, o con doble te o con tilde en la última a (que se escribe Jonathan pero se pronuncia Yonatán). Bueno, y también me quedé pensando, sobre todo, en la temperatura del café: 90 grados. Porque, coño… ¿a qué temperatura se tomará uno un café normal? Yo jamás me había puesto a pensar en eso y por culpa de Jonatanh (sí, con la hache al final, así me aseguro de escribirlo mal) ahora pienso también en eso.

Entonces la señorita, al otro la de la caja –con el vaso en la mano, con el marcador a punto de escribir el nombre del cliente pero con la misma cara de susto que yo, seguramente por estar pensando en las mismas cosas- repitió al maestro cafetero (el pana que hace el café en la máquina) la instrucción: un latte descafeinado alto, 90 grados, con leche light y mucha espuma a nombre de Yonathann.

Y Jonatanh ha montado en cólera. Se indignó aquel hombre como si le hubieran lanzado los 90 grados de café en su pulquérrima camisa rosada: “ ¡Tú no me estás escuchando nada de lo que te estoy pidiendo y me lo van a servir todo mal! Te he dicho: un latte descafeinado alto, 90 grados, con leche light deslactosada, corto de leche pero con mucha espuma a nombre de Jonathan. Pero como te niegas a hacer tu trabajo bien yo voy a hablar con Mauricio (nos imaginamos que el gerente del Starbucks) que es mi amigo y te voy a reportar.”

Entonces el maestro cafetero se asomó desde las profundidades de su máquina e intervino: “Perdone, caballero, no es tan grave… yo le preparo su café tal como usted lo quiere”. Y ahí Hjonatan (qué peo infinito con la no-ortografía de los nombres propios) se indignó el doble: “Pues a ti también te voy a reportar con Mauricio por estarte entrometiendo donde nadie te ha llamado”. A lo que el hacedor de café respondió, sin emitir sonido, pero con un ademán sutil y controlado que significa eso mismo que para nosotros en Venezuela se dice: “Vete pa´l carajo, pedazo de bolsa” o en España “anda a tomar por culo, capullo” o en México “Chinga tu madre, pinche cabrón”.

Jhonatanh entonces, en un acceso de ira desbordada, la ha emprendido contra la mesita donde están el azúcar, la canela, los removedores, las bolsitas de azúcar moscabada, los pitillos, las cucharitas plásticas y las servilletas. Y ha comenzado a lanzarlo todo por los aires al grito de “¡Ya no quiero nada! ¡No quiero mis 90 grados! ¡Esto no se quedará así!”; mientras iba llenando las cabezas, las ropas, las mesas y los cafés (quién sabe a cuántos grados estarían cada uno de ellos) de todos los clientes del local.

Y nadie, absolutamente nadie se inmutaba. Yo buscaba en las esquinas de los techos una cámara porque aquello tenía que tratarse de un performance. En algún momento iba a aparecer desde la cocina el productor con su chaleco y su walkie talkie: “Bienvenidos a la cámara indiscreta”. Pero no, nunca apareció. Nadie ser rió, nadie dijo nada, todo el mundo siguió tomándose imperturbablemente su café con extra de canela, con azúcar morena, con polvo de chocolate; se lo beberían ahora sazonados con la rabieta de Jonahtan, quien acabaría por salir taconeando y de un portazo. Eso sí, sin que se le saliera un pelo de lugar.

Cuando se reestableció el orden (que tampoco se había perdido tanto) el próximo cliente en turno dijo casi gritando: “Yo quiero el mismo café de Jonathan, igualito, pero a 82 grados y medio”. Y allí todos, incluyendo a la chica de la caja y al maestro cafetero, nos cagamos de risa.

lunes, 18 de julio de 2011

Vinotinto, mon amour


Llevo algún tiempo trabajando en un proyecto que tiene que ver con la construcción de la biografía del lector; es decir, preguntarse -y preguntar a otros- cuáles fueron esos libros que a uno le marcaron momentos cruciales en la vida y que significaron puntos de inflexión memorables. Lecturas que de alguna manera contribuyeron con un retazo más para esa colcha cosida con mil cosas rarísimas que llamamos identidad. Porque en el ejercicio de intentar trazar ese mapa podemos encontrar claves en nosotros mismos que quizás sirvan para incentivar a otros a la lectura.

Sin embargo no es de libros ni de fomento a la lectura que quisiera hablar tal día como hoy, mucho menos cuando anoche la Vinotinto venezolana por primera vez en su historia se coló a las semifinales de una Copa América, esta vez no quiero hablar de otra cosa sino de fútbol, de la necesidad que siento también de preguntarme y preguntar a los demás por nuestra biografía de fanáticos de la Vinotinto.

Creo que la primera vez que supe que Venezuela tenía equipo de fútbol y que vestía -en vez del lógico tricolor nacional repartido a lo largo del uniforme- con una extraña camiseta vino tinto fue en unas eliminatorias al mundial de España 82. Ese día vi el juego con mi papá, en el televisor a color (toda una novedad en casa) ubicado en la sala. “¿Papá y por qué vino tinto?” “Pues porque alguien se habrá robado los reales para esos uniformes y cuando los fueron a comprar sólo alcanzaba para esa tela rojo tostada y nos jodimos hasta el sol de hoy”. Vimos el juego (con cara de angustia y los ojo semicerrados) y ese día para variar perdimos. Jugamos contra Brasil y Brasil nos tenía ahogados, maniatados, fusilados a punta de cañonazos y tiros de todo calibre contra los postes, contra la humanidad del arquero, contra todo lo vinotinto que se moviera sobre el gramado del Estadio Olímpico de Caracas. Aquello era un calvario. Y a pesar de la sensación ineludible y aún fresca de que aquello era una pela entre burros y tigres, Brasil nada podía con nosotros (es una belleza eso del fútbol, los que juegan son siempre otros pero los fanáticos lo conjugamos todo en primera persona del plural). Tuvo que venir una jugada en la que un brasileño remató de cabeza con el arquero ya vencido y alguien (juro recordar que fue el capitán Pedro Acosta o quizás el más talentoso de los criollos de esos tiempos, Bernardo Añor) se lanzó de palomita sobre la línea de gol y metió el puño cerrado. El balón no entró, se fue limpiamente al córner por encima del travesaño, pero sí pitaron el penalti. Sigo convencido de que no debieron haberlo pitado, todo fue tan rápido, tan épico, tan bonito que el árbitro debió haberse hecho el bolsa. Debió pitar el penalti pero al revés, a favor de Venezuela, o pitar el final del partido en ese instante aunque faltara media hora de juego. Los argentinos llevan décadas hablando de la dichosa mano de Dios de Maradona, nosotros tenemos nuestra propia mano de Dios que no fue para meter un gol sino para evitarlo (una mano noble, justificable, digamos que una mano tocada con esa hidalguía que otorga la defensa propia). Pero ésa, la nuestra, nadie la recuerda ni la cuenta.

Algunos meses más tarde, en esas mismas eliminatorias, el papá de un amigo del colegio nos llevó al Olímpico a ver el juego de Venezuela contra Argentina. Y Argentina nos metió 5 ó 6… quizás 8. Perdimos feo y lo recuerdo que el estadio estaba vacío, no tenía ni un tercio de la grada llena. Y también recuerdo, sobre todo, que después del 3 a 0 fueron varios los espectadores que saltaron la talanquera, que le hincharon a la albiceleste y hasta corearon el “ole” cuando los argentinos pasaban de los 20 pases sin que una sola pierna vinotinto se les atravesara en el camino. Salimos de ese estadio con una humillación una tristeza que ni los helados de Crema Paraíso de chocolate con lluvia de chocolate y maní pudieron maquillar.

Viví la adolescencia y la temprana juventud en un país donde la gente cada cuatro años se pintaba la cara de verde, amarillo y azul y se escribían con errores ortográficos y con toda desvergüenza “Orden e Proggreso”. Un país donde todos los apostadores a ganador se iban a bailar samba y a tomar caipirinhas en Las Mercedes cada vez que jugaba Brasil. Un país donde esa cosa infesta y degenerada llamada Venevisión, liderada por los Cisneros (no me cansaré de decirlo jamás: los grandísimos responsables de la marginalidad mental de varias generaciones de venezolanos) para promocionar sus transmisiones del fútbol decían cosas como: “Vamos, nuestro Ronaldo, que Venezuela entera está contigo”. Fui niño y joven en un país donde varias veces tuve que justificar ante mis propios compatriotas por qué me gustaba ver los juegos de la vinotinto o, en otras palabras, cómo se me ocurría ser tan masoquista: “para qué, si eso es el eterno jugamos como nunca y perdimos para siempre”.

He visto también al presidente que nos gastamos dar una alocución en cadena nacional vestido con la verdeamarela pocas horas antes de la final entre Alemania y Brasil en el mundial de 2002. Que no se nos olvide jamás esa imagen patética por los cuatro costados. Chávez embutido dentro de la camiseta brasileña dando un discurso a la nación, prohibido olvidar.

Vi a Venezuela perder 7 a 1 contra Bolivia en Cachamay. Lo hicimos a los 22, directo de una fiesta, en esos momentos en los que uno se jura (y casi es, de hecho) inmortal, nos subimos a un carro a las 5 de la madrugada y nos echamos diez horas de carretera para ver a los nuestros en Puerto Ordaz. Y en ese partido metimos el primer gol y fuimos felices y luego los bolivianos (que parecían ser muchos más en el terreno y definitivamente lo eran en las gradas) nos encajaron 7 cortesía del Diablo Echeberry y sus demonios verdes del altiplano. Pasamos del cielo al inframundo en menos de 90 minutos. Un espanto. Un verdadero descenso a los infiernos. Y sin embargo, a pesar de todo, a uno se le ponía la piel gruesa y cada vez que había juego de la vinotinto te volvías a emocionar y se te reseteaban todo ese inconmensurable déficit de goles y palizas.

Era hermoso ser vinotinto, vinotinto aunque mal pague. Era hermoso porque sentirse parte de la resistance lo es. Porque tener síndrome de salmón y empeñarse en nadar a contracorriente tiene un encanto especialísimo, sobre todo cuando se es joven (que se puede a cualquier edad). De alguna manera fue hermoso encajar todas esas derrotas y anécdotas. Todas esas ilusiones y decepciones. Era inclusive hermoso que el señor del kiosco te preguntara: “¿Esa camisa que tienes es la de Venezuela? Verga, pana, que vaina tan horrible”.

Y fue hermoso haber pasado por todo eso porque en el fondo todos los que pasamos por allí sabíamos que algún día las cosas iban a cambiar.

Anoche mi cuñada me preguntaba justo después del juego que ganamos 2 x 1 contra Chile (y en el que casi morimos de un infarto y luego de la emoción): "¿Y esto es obra de Richard Páez… o de César Farías?”. Y no me atreví a darle mi respuesta más honesta que no es otra que: esto es obra de Fuenteovejuna, la nuestra. De absolutamente todos los pendejos, los ilusos, los optimistas, de todos los que alguna vez vimos jugar y sufrimos con la Vinotinto. Es obra de los 22 muchachos que están hoy en Argentina regalándonos una luz al final del túnel (ciertamente la cosecha del vino tinto criollo del 2011 será recordada como la mejor del continente). Por fin una alegría para este pueblo tan golpeado que últimamente sólo ha sido famoso por las mamarrachadas de sus gobernantes de turno, por los altibajos del petróleo, sus melodramas y sus misses. Por fin somos noticia por algo que no está signado por el odio, el vacío o la estupidez, algo que nos une, nos hermana, nos refresca el alma. Es obra, sí, de César Farías y de sus chamos de la Vinotinto 2011, pero también es obra de todos los que alguna vez se pusieron la casaca vino y se enfrentaron a Maradona, a Zico, a Francescoli, a Valderrama, a Zamorano a Aguinaga, a pesar de todo, aunque las piernas temblaran y aunque el marcador señalara ya un 6 a 0 y todavía faltaba el segundo tiempo. Es obra de todos los locos incurables que dejamos el televisor encendido hasta el pitazo final o que nos quedamos royendo la derrota hasta que la tribuna se quedara vacía.

En fin, sin caer en triunfalismos, porque es sano asumir que seguimos siendo (sí, la conjugación es en primera persona del plural y a mucha honra) humildes, modestos y pequeños, pero creo que los venezolanos por fin nos hemos creído que realmente sabemos jugar al fútbol. Que los golpes sobre la mesa también los podemos dar nosotros. Nos hemos convencido de que podemos jugar contra quién sea y que además se nos da naturalmente. Como se nos da el baile, como se nos da la risa para burlarnos de todo y convertirlo todo en un bochinche, como se nos da el béisbol o las hallacas en diciembre, como se nos dan los músicos, los artistas plásticos y los poetas. Se nos da y punto.

Y pase lo que pase a partir de ahora, aunque nos caiga una que otra goleada, les digo honestamente que esta vaina cambió, que ya nunca más será igual y que se preparen aquí y allá. Porque la cenicienta finalmente encontró su botín y está dispuesta a salir con los tacos por delante.

Y sí, está claro, esta metáfora de la Vinotinto no tiene que ver solamente con el fútbol.


martes, 12 de julio de 2011

Reflexiones de un cuarentón


Hoy cumplo 40 años. No sé si es mucho, si es poco, si vamos por la mitad o si por la recta final. Sólo les digo que es bastante para alguien que creció pensando que llegaría, con suerte, a los 28. No me pregunten por qué 28, no tengo respuesta, pero a mí la suma me daba eso: 28, ni uno más ni uno menos. Así que voy a aprovechar estos 12 años de gracia que me ha regalado el destino para tratar de explicar (explicarme) por qué escribo.

Y la respuesta tiene que ver con esta anécdota que hace pocos días un amigo me hizo llegar por correo: “El escritor francés Philippe Soupault asaltó un autobús que transitaba de noche la avenida de la ópera en París. Bloqueó la avenida con una cadena, paró el autobús y se montó, ordenándole a cada pasajero que le revelase su fecha de nacimiento”.

Creo que escribo (por favor, cada vez que diga “escribo” ustedes sustituyan por “intento escribir”) porque me considero también un ladrón de cosas absurdas.

Porque escribir, al menos en mi caso, no se parece en lo absoluto al oficio del genio ni del artista iluminado. Se me parece más bien a esos indigentes que andan por la vida con un carrito de mercado lleno de objetos inútiles: de ventiladores sin aspas, de planchas que no tienen cables, de medias con huecos en los talones y en los dedos, de cajitas de música que perdieron a la bailarina, o acaso de bailarinas solitarias que perdieron la caja de música. ¿Y para qué les sirve eso? Para nada. Pero servirán. Algún día, para algo.

Intento escribir porque, con toda humildad, creo ser un contador de historias, un echador de cuentos. Lo hago con la esperanza de recibir algo a cambio: otra historia delirante, más fascinante y mejor contada que la mía que venga de otro y que me den ganas a mí de echar otros cuentos.

Porque pocas cosas me divierten y me conmueven más que esos momentos de auténtica fascinación en los que alguien te cuenta algo y tú sólo tienes por respuesta: “Qué vaina tan loca (o tan extrañamente entrañable) esa que me están contando”. Porque replicarles con una historia mía es una forma de agradecimiento por haberse tomado la molestia de llenarme el carrito con otro perol absurdo.

Escribo porque en mi casa de la Boyera, un día que regresábamos del autocine después de ver Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, la encontramos robada. Y los ladrones de habían llevado los paraguas que colgaban del perchero a la entrada de la biblioteca de papá. Y todos, todos menos yo, pensaron: “pero qué rateros tan locos, se llevaron los paraguas”. Y yo pensé: “Joder, yo también me hubiera llevado ese paraguas negro con mango de madera con forma de cabeza de pato”. No me hubiera robado nada más, sólo eso, y hubiera sido un ladrón feliz.

Yo escribo porque en el fondo abrigo la esperanza de que mis afectos sonrían. Porque ver a mi esposa leerme (y sonreír mientras lo hace) le da por fin un sentido a todo el sinsentido. Porque, a pesar de los 40, me sigue importando un montón lo que opinen mi madre y mis hermanas. Porque escribir sigue siendo una manera de charlar con mis amigos ahora que estamos lejos (porque esta vida se empeña en ponernos siempre tan lejos). Y porque escribir me ha hecho ganar otros amigos, algunos a los que ni siquiera conozco en persona pero cuyas lecturas me llenan de orgullo y de ganas de escribir unos 12 años más.

Escribo, sobre todo, porque a veces los ventiladores sin aspas y las planchas sin cable pasan años y años en mi carrito de los peroles absurdos y nada que se dignan a servirme para nada; pero de pronto tienes la inmensa fortuna de encontrarte a alguien que sí. Le sirve o le servirá, para algo, algún día.

Y uno de pronto se da cuenta de que estás deseando que aquellos 28 sean más bien un 82.


lunes, 4 de julio de 2011

Los matices del nacionalismo


Cuentan que en una oportunidad, en medio de una conferencia que daba el peruano Alfredo Bryce Echenique en Barcelona, cuando llegó la ronda de preguntas y respuestas un joven barcelonés pidió el micrófono y le preguntó a Bryce –en catalán, claro está- qué opinaba del auge del catalanismo. Bryce (quien me imagino, fiel a sí mismo, que tenía unos tragos encima) se rió con todos los dientes, se acomodó los anteojos sobre la nariz y respondió: “Me parece muy bueno… porque el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando y conociendo gente”.

Ha pasado casi una década desde entonces y todavía hay un montón de gente que no se ha querido curar, abrazan su enfermedad con pasión febril e incluso miran con desprecio a quienes se han curado o no la padecen.

Los regímenes fascistas, del color y la tendencia que usted les ponga, son grandísimos inoculadores de la enfermedad nacionalista. Necesitan –y se sostienen sobre- un colectivo enfermo, ciego, enfebrecido. Los símbolos patrios se convierten así, a criterio de los grandes portadores y principales emisores de contagio, en símbolos de dimensiones religiosas a los que se debe venerar de rodillas, con el mentón hundido contra el pecho, con pasión y padecimiento de cruz que hemos heredado simplemente por haber nacido o crecido en determinado pedazo de tierra. Nos llenamos entonces el paisaje y la cotidianidad de banderas, de escudos, de himnos, de próceres, de monumentos, de imágenes, en la misma medida en la que los gaznates revientan de orgullo y furia al hablar -tono épico requerido- de Patria, de Bolívar, de Pueblo, de Nación (las mayúsculas, siempre en mayúsculas) y el nombre de Venezuela no puede ser pronunciado sin ponerle un epíteto rimbombante al lado.

El problema de los nacionalismos es que producen metástasis, se contagia hacia lo gastronómico (un verdadero venezolano no puede preferir al pan por encima de la arepa), hacia lo musical (ni se le ocurra decir que Bob Dylan o Leonard Cohen hacen letras que a usted le gustan más que las de Guillermo Dávila), hacia las artes plásticas (ser más sensible a un Rothko que a los cuadros de Michelena es un síntoma incuestionable de que usted es un apátrida) o hacia lo cinematográfico (Román Chalbaud, aunque haga un cine deleznable, estará siempre a la altura de un Scorsese o un Kurosawa). Las incongruencias en el cuadro sintomático del nacionalismo deben ser atacadas con cirugías y quimioterapias si uno no quiere ser acusado de ser un mal hijo de la patria. De la misma manera que alzar la voz para opinar que las cosas del país no están bien –cosa riesgosísima en estos contextos de delirio patriotero- ameritarían un tratamiento agresivo de piscofármacos, electroshocks, reclusión, destierro e, incluso, lobotomía.

El mundo ha estado plagado de grandes nacionalistas: lo fue Hitler, lo fue Mussolini, lo fue Milosevic, lo es Castro (el más cubano y más revolucionario de todos los cubanos de todos los tiempos), lo fue Franco (quien se empeñó en probar que la sangre de sus adversarios era buena para la mezcla del cemento con que construiría a su España robusta y unida), lo fue también Pinochet en Chile, así como la amplia gama de milicos que durante décadas secuestraron a Argentina. Pocos nacionalistas han sido de tan pura cepa, al otro lado del espectro, como Stalin y Tito. Los dictadores norcoreanos y la pandilla de asesinos que rebautizaron a Birmania exudan nacionalismo también.

En un planeta donde nos imaginábamos que con la globalización y el progreso se difuminarían las fronteras y los pasaportes pasarían a ser curiosos objetos para coleccionistas sigue existiendo un amplísimo número de nacionalistas que le piden a Dios que les permita levantar de una buena vez ese muro (que como la Gran muralla China también se podrá ver desde el espacio) entre los Estados Unidos y México. Y hay todavía presidentes que, cada vez que se sienten flaquear en las encuestas, se sacan de la chistera un conflicto internacional y le piden a sus compatriotas que se unan bajo la misma bandera para caerse a plomo contra los vecinos del país de al lado. Para eso han servido, y siguen sirviendo, los nacionalismos. Y hasta aquí nos han traído: éste es el mundo que nos han dejado.

No sé muy bien para qué servirá el progreso si ni siquiera hemos sido capaces -después de tantos milenios de estupidez y crueldad- de convertir a los nacionalismos en sinónimo de festivales culturales. Así de sencillo: en un intercambio de músicas y comidas, en un torneo de baile y fútbol.

Ayer la Vinotinto le empató a Brasil en la Copa América. Primera vez que los chamos criollos le juegan de tú a tú a una selección canarinha en un certamen de tanto prestigio y con la dicha de que el marcador final refleje con justicia lo que ocurrió en el campo. Y, más allá de ponernos a debatir si el director técnico de la escuadra venezolana es un chambón o un prodigio, más allá de ponernos a discutir si los jugadores de la Vinotinto son de tal o cual tendencia política, la conclusión que podemos (y debemos) sacar es que el verdadero nacionalismo debería reducirse a esa metáfora que es el fútbol. Que ver a esos once locos jugarse el honor como lo hicieron ayer los muchachos de la Vinotinto nos agrupa y nos reconcilia como ninguna bandera, como ningún discurso, como ningún símbolo. Que Venezuela, al final, es eso: un conglomerado de jodedores amigos del bochinche pero que de pronto se dan cuenta de que son capaces de ponerse serios y alcanzar lo sublime. Que Venezuela no es una bandera tricolor con ocho estrellas y con un escudo cuyo caballo mira hacia la izquierda, que Venezuela no es (ni se parece) al mandatario de turno con su discurso patriotero o a los nombres barrocos con los que se pretende rebautizar y refundar a absolutamente todo; sino que somos ése híbrido loco y entrañable de arqueros como Renny Vega (coño de su madre, atajando cabezazos que van directo a gol con una sola mano, pero así es y así somos), de hijos de inmigrantes como Maldonado, Miku Fedor y Cichero, de mediocampistas que escasamente pasan el metro setenta como Rincón y Lucena pero que a la hora de enfrentarse a un Robinho o un Nyemar se vuelven gigantes, de despelucados y chivudos como Vizcarrondo que –contrario a lo que muestra la estampa- no pierden la compostura y juegan como caballeros. Los venezolanos nos parecemos a Salomón Rondón, sí, pero también al Maestrico González con su pinta de muchachito gocho o al morenito Rosales que con su zurda prodigiosa le hace el pase de la muerte a Arango para que con su propia zurda tire a gol. Todos y cada uno de nosotros ha conocido alguna vez, por lo menos una en la vida, a uno que se parece a alguno de ellos. Han sido nuestros compañeros de escuela, a veces nuestros vecinos, nuestros amigos, quizás nuestros colegas del trabajo o acaso el primo tal hijo de la tía fulana. Y nunca nos ha importado un carajo si el tipo es chavista o de oposición, se le gusta más The Cure que Reynaldo Armas o si se come las arepas con mermelada de frutos del bosque o la baguette rellena con carne mechada de chigüire. A nosotros lo único que nos importa es que esos locos tienen el talento para demostrarnos que a veces, diga lo que diga la historia y la geografía, nosotros podemos ser del tamaño de Brasil.

No dejemos que nadie -comenzando por el iluminado del abismo, el rey del madrugonazo, el autoproclamado dueño de la nación- nos sabotee este momento de sano nacionalismo futbolero. Uno de los poquísimos nacionalismos que deberían existir y al que deberíamos tener total derecho. Querrán algunos robarse el show, entre otras razones, porque están envidiosos de que la Vinotinto en 90 minutos haya logrado lo que otros en varios años no pudieron ni podrán.


martes, 28 de junio de 2011

Catálogo de nuevas profesiones

A Ana Laya cuyas fotos y ocurrencias inspiraron este post.


Seamos honestos, hay una cantidad insólita de carreras, profesiones y profesionales que uno –aunque haga su más optimista esfuerzo- no tiene la mínima idea de para qué sirven. Así que hay que repensarse el asunto, crear oficios nuevos o ponerles nombre a otros que ya existen pero que nadie ha tenido todavía el coraje de bautizar.

He aquí un modesto catálogo de profesiones que proponemos (la mayoría de ellos están en inglés por el cuento de la globalización pero sobre todo porque así suenan a cosa importante y eso es mejor para el marketing que al final lo es TODO).

Vengador altruista: Es una especie de Dexter Morgan (el personaje de la serie, un asesino que se dedica a ajusticiar a asesinos en serie) pero que se encarga de eliminar a ciertas indeseables figuras públicas de esas que hacen mucho daño. Mejor no sigo… simplemente vean la foto del taxi que atropella a Billy Elliot, hagan su lista personal y sustituyan a Billy Elliot por alguno de sus enlistados. Paguen la carrera al taxista y habrán contribuido con la humanidad (lástima que este loco maneje por la izquierda y cobre en libras esterlinas).

Pistol Talker (también conocido en algunos países como Coffee Drinker): Es el insigne hablador de pistoladas que habita en las oficinas y cuyo trabajo consiste en tomar cafecitos y hacer su tour de ocho horas diarias por todos los pasillos, cubículos, oficinas y baños de las compañías. El Pistol Talker (o Coffee Drinker) jura que eso es ir a trabajar y condena sistemática y religiosamente a sus compañeros de trabajo a sus reiteradas visitas donde exige con su sola presencia que se ponga al mundo en pausa y así hablar largo y tendido de las pendejadas más insólitas. Los Pistol Talkers son unos animales corporativos especializados; puede que uno renuncie a esa empresa, viva mil cosas en otra parte, vuelva décadas más tarde a visitar a los viejos amigos que uno dejó en ese lugar y allí siempre lo encontrará (ahora de vicepresidente o de presidente o de director de algo que suena a mucho y donde cobra mucho billete) hablando pajita y tomándose su cafecito.


GPS Programmer: Es la carrera ideal para todos aquellos que no saben dar direcciones o que dan unas direcciones rarísimas que te llevan a lugares insospechados que no eran precisamente los que uno estaba buscando. Es el GPS de los perdidos, de los que “no tengo la menor idea pero igual te digo” y ahora nos vamos a perder todavía un rato más. Está lleno de referencias al estilo de: “donde cortaron la grama el mes pasado gire a la izquierda”, “retroceda ahora porque por ahí no es”, “pana, en serio, yo creo que por aquí como que no era”, “es ahí mismito, faltan diez minutos” (y ya uno lleva dos horas dándole desde que preguntó).

Facebook Liker: Es el mismo pimentón (que no se pierde un guiso) y el mismo arrocero (el infaltable de todas las fiestas) de siempre pero ahora en versión avatar. Es una especie de simpático virtual que siempre se asoma en el Facebook para decirle “me gusta” (pulgar arriba) a cuanta bolsería ponen sus amigos allí. El Facebook Liker, además, es un experto haciendo comentarios a todas las mamarrachadas –algunas trágicas, por cierto- que la gente pone en sus actualizaciones de estado. Es ése que cuando alguien publica en su estatus de Facebook “Estoy depre, me quiero suicidar”, en vez de decirle: “Ándate al carajo, los suicidas no avisan” sale al ruedo con un comentario del estilo: “Amigo, la vida es bella, después del la tormenta viene la calma, lo importante no es la caída sino saberse levantar”. Es hora de que alguien les pague un sueldo a estos tipos, nadie hace eso porque le gusta sino porque es su trabajo.


Candidate Maker: Es el santo oficio de inventarse candidatos. Normalmente el hacedor de candidatos se los inventa a partir de esa materia prima donde pululan los batequebrados, los chimbos, los rifados, los mediocres y los buenos para nada. Es hora de darle un toque de dignidad a esta profesión naciente pero de grandísima proyección a futuro. Yo propongo, humildemente, un plan global de futbolistas presidentes (para así librarnos de esta infinita cuerda de mamarrachos que nos gobiernan o nos pretenden gobernar). De esa manera: Zidane en vez de Sarkozy en Francia, Messi para acabar con la dinastía Kirchner en Argentina, Didier Drogba para ponerle fin de una vez con los conflictos en Costa de Marfil, Landon Donovan para USA (ya tuvieron su presidente negro y ahora le toca el turno a los estrábicos), Don Vicente del Bosque en España (eso mientras Casillas o Iniesta se retiran), Wayne Rooney en Inglaterra (los hooligans al poder, que los lords ya la han cagado demasiado). Y en Venezuela yo postulo a José Manuel Rey. Coño, porque si hemos tenido por 13 años a un militar golpista que ni siquiera logró dar el golpe de estado, cómo no vamos a votar por un defensa central que cobra tiros libres desde la media cancha y sí los mete en toda la escuadra. ¡Rey Presidente, no joda!

Band Namer: Es un profesional dedicado a crear nombres insólitos para nuevas bandas musicales. Una especie de asesor de imagen pero exclusivamente en el terreno de lo sonoro. Uno se dedica sencillamente a escuchar música y a partir de las cosas que a uno se le aparezcan en la cabeza durante el trance acústico entonces bautizas a los muchachos: “Ustedes se van a llamar Unos Tipos Ahí” (gran nombre de una banda que de hecho existió en los años 90), “Ustedes tienen pinta de llamarse Fahrenheit 451” (pero tienen que decir que leyeron mucho a Bradbury aunque no sepan ni quién es), “A ustedes les vendría bien Noches de Tafil”. Y la verdad es que me parecce raro que nadie se haya puesto aún “The Hip Abscess” (Los abscesos de cadera).

Spam Writer (una variante de los Rumour Makers): Es hora de oficializar y profesionalizar la creación y difusión de chatarra. Chatarra en 140 caracteres para el twitter. Chatarra para llenarte el correo de publicidad para el Viagra, para alargarse el pene, para que des todos tus datos y así puedas cobrar las 10.000 libras esterlinas de esa UK Lottery o la herencia multimillonaria que una exprimera dama africana ha decidido dejarte a ti utilizando el traductor de Google. Es hora de que a uno le paguen millones por dedicarse a correr bolas al estilo de: “el tipo está en coma y lo tienen entubado en una de las mansiones de Fidel”, “parece que en Fuerte Tiuna están acuartelados porque ahora sí que hay ruido de sables”, “este año seguro que sí va U2 para Venezuela porque el tipo es amigo de Bono”.

martes, 14 de junio de 2011

Oscar de Jesús


Me he enterado esta mañana de la muerte de Oscar Sambrano Urdaneta, uno de los más grandes amigos que tuvo en vida mi papá. No soy nadie para hablar de la carrera como intelectual, ensayista, crítico literario y especialista en la obra de Andrés Bello de Oscar de Jesús, precisamente porque no fue esa la faceta que conocí de él. Otros, más conocedores y doctos en la materia, hablarán de eso. Yo conocí al hombre, al amigo, al tío.

No sé muy bien qué es lo que tiene que hacer un amigo para ganarse el título de tío por parte de los hijos de sus amigos, pero tiene que ser algo prodigioso. Estoy seguro de que tiene que ser algo que evidencie su calidad humana. Oscar de Jesús, como lo llamaba el Vegetal, fue para nosotros un tío al que se le saludaba de abrazo y se le pedía (a él y a su esposa Yolanda, una dama como pocas) la bendición como si se tratara de otro hermano de papá. Y más tarde, por petición expresa de su parte, fue rebautizado por nuestra familia simplemente como “Oscar de Jesús”, como si la amistad y el cariño profundo fueran cosas que se transmitieran también por el código genético. Era una amistad y un sentimiento que nos venían grabados en el ADN.

Durante mis años de la universidad me convertí en el chofer oficial de mi papá. Cada vez que tenía una reunión con sus amigos lo llevaba al punto de encuentro y varias horas más tarde me llamaba para que lo fuera a buscar. Pero no fueron pocas la veces que el Vegetal y sus amigos me dijeron: “José Santicos, échate un trago, chico, no te vayas y quédate con estos viejos”. Y entonces me quedaba yo, encandilado y en respetuoso silencio -que sólo rompía con carcajadas (que eran muchas)- rodeado por aquel clan que contaba, entre otros, con Oscar de Jesús, con mi padrino Manuel Bermúdez, por mis tíos Denzil Romero, Rubén Darío González y Alexis Márquez Rodríguez.

Mi tío Oscar siempre fue el elegante de la pandilla. El único al que no se le desanudaba la corbata ni se le arrugaba el traje ni se le salía un pelo de su sitio. Tenía un humor fino, tan fino como los gestos que hacía con las manos al hablar; bromeaba y se defendía de las bromas de sus amigotes con la sutileza de un espadachín que clavaba sus estocadas certeras donde hacían más mella pero sin ofender jamás. Me perdonan la expresión pero Oscar de Jesús ha sido el jodedor más elegante que he conocido en la vida.

El día del entierro de papá, aquel tristísimo 1 de enero de 1995, cuando los sepultureros estaban a punto de girar las manivelas para bajar el ataúd, Oscar de Jesús pidió la palabra y dijo: “Un momento, yo no puedo dejar que entierren a mi hermano José Santos sin decir unas palabras…” y se ha soltado un discurso de apenas un minuto, con la garganta hecha un nudo, una cosa que no sería capaz de repetir pero que es de los monumentos más hermosos que haya conocido jamás a la amistad y el más sentido afecto que los hombres puedan construir.

Una de las frases de Oscar Sambrano aquella mañana en el Cementerio del Este fue: “estamos hoy enterrando al mejor de nuestra generación”. Yo quisiera rescatar esas palabras de Oscar de Jesús y devolvérselas con toda honestidad: “Hoy estamos despidiendo a una de las mejores personas que hayamos podido conocer jamás”. Mis respetos a este grandísimo caballero. Me consuela pensar que esta tarde habrá reunión de amigos otra vez, beberán, bromearán y reirán como en los viejos tiempos y esta vez no hará falta que nadie se preocupe ni los tenga que ir a buscar.

lunes, 13 de junio de 2011

Autómatas 2.0 (cortesía de Enrique Enríquez)

Mi amigo Enrique Enríquez me ha dejado esta joya a manera de comentario en mi entrada Autómatas. No me deja otra opción que transcribir su texto tal cual como lo recibí para así poder compartir con ustedes estas palabras llenas de magia, humor y reflexión sobre los autómatas.

“De allí en adelante la mecánica y el arte se conjugaron para obrar los más diversos personajes animados. En 1738 Jacques de Vaucason echó a andar su célebre Pato, un ave de alambre y resortes posada sobre una especie de turbina que iba dentro de una gran caja metálica. Con apariencia auténtica, este antecesor de Donald y Daffy comía granos de maíz, esponjaba el plumaje, nadaba, aleteaba y excepto ir bien con verduras, hacía todo lo que un palmípedo real. Si bien el pato original desapareció, el Museo de los Autómatas de Grenoble dispone de una réplica que también hace “cuac”.

En 1916 un ingeniero de apellido Durand y un fabricante de autómatas llamado Decamps diseñaron al “Profesor Arcadio”, quien podía escribir a mano alzada hasta 21 oraciones. Sin embargo, algunos dicen que el autómata con mejor caligrafía era el “Escritor” de Pierre Jaquet-Droz, un muñequito de madera policromada con aspecto de querubín de iglesia que medía unos setenta centímetros de alto, y que a lo largo de 1774 se presentó en toda corte respetable de Europa. Ese mismo año Droz hizo también un “Dibujante”, tras lo cual se dedicó a realizar una serie de réplicas de ambos muñecos. Otro importante automatista, Henri Maillardet, construyó alrededor de 1800 a un “dibujante-escritor” que podía realizar cuatro dibujos distintos y escribir tres poemas, dos en francés y uno en inglés. Maillardet realizó también un autómata capaz redactar frases nada menos que en chino, el cual fue regalado al emperador de China por George III de Inglaterra.

Un mecánico llamado Jean Roullet y su yerno, Henri Decamps, presentaron en 1880 la figura mecánica de una mujer ricamente vestida, que ejecutaba frente al público la famosa suerte de los cubiletes que a tanto tonto ha desplumado desde que el mundo es mundo y la gente confiada. La asociación entre Roullet y Decamps fue provechosa y ambos crearon todo tipo de autómatas, entre los cuales mi favorita es una “Encantadora de serpientes” perennemente envuelta en una boa de terciopelo, cuya sinuosidad dejaría pálida a la propia Nastassja Kinski.

Para entretener a la Emperatriz María Theresa de Austria, al Barón Húngaro Wolfgang Kempelen le tomó seis meses construir, allá por 1769, al que probablemente sea el autómata más famoso y fraudulento de la historia: un ajedrecista mecánico apodado “El Turco”, que se batió en partidas colosales con los jugadores más grandes del mundo y en su momento logró vencer entre otros a federico II de Prusia, Benjamin Franklin, Catalina II y Napoleón Bonaparte. Amante de la ciencia y la mecánica, para ese entonces Kempelen había diseñado ya algunos prototipos de partes humanas, y una máquina parlante que imitaba la voz en base a fuelles y vejigas, de la cual hablaremos más adelante. Kempelen ideó este jugador que a la vista del público consistía en un torso de maniquí vestido a la manera de un árabe que se encontraba pegado a una mesa voluminosa, sobre la cual podía verse un tablero de ajedrez con las piezas respectivas. Al comenzar la sesión, el Barón abría todas las puertas de la parte inferior de la mesa para demostrar que dentro no se escondía ningún hombre, e incluso retiraba el ropaje del turco para mostrar sus mecanismos mediante una puertecilla que llevaba a la espalda. Pese a todo, hoy se sabe que aquello era una ilusión, pues en efecto se escondía allí un jugador experto, algunos aseguran que enano o incluso mutilado, quien probablemente cambió de identidad a lo largo de las innumerables giras que dio el muñeco.

Edgar Allan Poe, intrigado por los autómatas, dedicó a este jugador inmutable su ensayo “El jugador de ajedrez de Maelzel”, pues “El Turco” había dejado atrás a Kempelen y cambiado de dueño cuando llegó a los Estados Unidos de mano del ingeniero mecánico Johann Nepenuk Maelzel, nada más y nada menos que el inventor del metrónomo. Poe describe minuciosamente el espectáculo ofrecido por el autómata y se vale de su aguda observación para descartar que se tratase de una máquina, afirmando sin lugar a dudas que ha debido albergar a un ser humano dentro: “Existe un sujeto, un tal Schlumberger, que acompaña a Maelzel donde quiera que va, sin otra ocupación aparente que la de ayudar a empacar y desempacar el autómata. Es un hombre de contextura mediana, encogido de hombros. No nos han informado respecto a si juega ajedrez o no. Es cierto, sin embargo, que nunca se deja ver durante las exhibiciones del jugador de ajedrez, pese a que frecuentemente se encuentra visible antes y después de las mismas. Más aún, hace algunos años Maelzel visitó Richmond con su autómata. Schlumberger cayó súbitamente enfermo y durante su enfermedad no hubo exhibiciones del ajedrecista. Las inferencias de estos hechos las dejamos, sin más comentarios, al lector”.

Tal vez Schlumberger no era “el Turco” sino “El Zorro”, pero el carácter fraudulento del ajedrecista mecánico podemos adivinarlo citando al propio Kempelen, quien lo describía como “una bagatela, cuyos efectos lucen maravillosos gracias a la solidez de su concepción y la afortunada escogencia de los métodos usados para promover la ilusión”.

Si dentro del “Turco” se escondía un hombre, no hay que reprochárselo, pues para vender una ilusión siempre es necesario quien la quiera comprar. Desde el “Turco” hasta Deep Blue son numerosos los momentos en que el ajedrez ha sido aquello que motiva las acciones de los autómatas, la excusa para reproducir vida, tal vez porque el hombre intuye que no puede crear una vida verdadera a su imagen y semejanza sin crear a la vez inteligencia y anhela confeccionarse un interlocutor. Hubo otro ajedrecista mecánico llamado “Ajeeb”, creado por Charles Hopper en 1865, que de 900 partidas sólo perdió tres y se midió con personajes de la talla de Roosevelt y Harry Houdini. Tristemente se quemó en 1929, durante un incendio que tuvo lugar en Coney Island, porque entre sus habilidades no estaba la de correr. Un tercer jugador hecho de tuercas puede aún verse hoy en día en el Museo Politécnico de Madrid. Es el famoso “Ajedrecista” de Torres y Quevedo, construido en 1914 y financiado por el gobierno español, que por el entonces se interesaba en descubrir si era posible crear algún tipo de inteligencia artificial, lo cual probablemente sea lo más milagroso en este autómata. Se trata de una máquina bastante más sencilla que las anteriores, pero que al menos juega por sí sola, sin titiriteros ocultos.

Se dice que en los años cincuenta un Walt Disney cansado de llevar a sus hijas a parques de atracciones donde no había nada para él, ofreció una interesante suma por la colección de autómatas del parque Tibidabo, en Barcelona. Que la oferta fuese rechazada no impidió el surgimiento de Disneylandia, hogar de los animatronics, la “generación de relevo” de los autómatas perfeccionada por la electrónica y maquillada por los saberes de Hollywood. Allí un montón de turistas se topan a diario con lo último en seres mecánicos, pero si el viejo Walt se derritiese esta tarde, seguramente sacaría a pasear feliz a Aibo, un can computarizado y mejor amigo de todo hombre que no quiera andar recogiéndole las “gracias” a su perro, producido por Sony.

Enumerar estos autómatas significa dejar por fuera a muchos otros, pues en su período de esplendor se multiplicaron los hombres mecánicos y aquellos capaces de hacerlos vivir. La literatura al respecto es inmensa, reflejo de la fascinación y curiosa desazón que su presencia produce. Los autómatas asumieron el peso de buena parte del entretenimiento masivo en el siglo diecinueve y se usaron desde entonces para la publicidad de los más diversos objetos; pero si hace un siglo despertaban asombro en el público, hoy saludan a unos paseantes más o menos indiferentes a sus sonrisas cronometradas, desde las vitrinas de Macy’s.

Con la creación de autómatas los hombres buscaban representar en modo literal el comportamiento humano, tratando a la vez de cumplir con uno de los principales requisitos en la ilusión de la vida: el movimiento autónomo. La autonomía es sinónimo de vitalidad, del libre albedrío inherente a todo objeto capaz de trascender de su condición inerte. Con el transcurso de los siglos nuestro dominio sobre las máquinas mejoró, estas se fueron especializando y, para hacerlo, tuvieron por fuerza que alejarse de la forma humana. Hornos, aeroplanos, trenes, relojes y automóviles difieren en morfología y utilidad, pero coinciden con los primeros autómatas en haber sido animizados por la fantasía humana. Isaac Asimov hablaba de cómo las maquinas se diferencian en sus “intenciones” y pueden optar por el bien, si se pliegan al dominio humano, o por la senda del mal, si en efecto se liberan por completo de él. Esta posibilidad de escoger confiere a los artefactos que hemos concebido para darnos la gran vida, una vida en sí misma. Decimos que la computadora “no quiere encender”, si acaso no enciende, o que el mocroondas “se volvió loco”, si los resultados de su funcionamiento se apartan de nuestros deseos. Somos incluso capaces de afirmar que cualquier equipo “está muerto” si cesó de funcionar. Sin brazos ni piernas, y por distintas que sean a nosotros, las máquinas viven. Están animadas por nuestro miedo ancestral a la soledad, y paradójicamente, a lo tecnológico, a todo aquello que en nuestro afán de compañía, hemos creado.

¡Saludos!

Enrique Enríquez.

jueves, 9 de junio de 2011

La yincana americana


Cuando yo era niño (Dios, hace cada vez más tiempo de eso) pasaban en el canal 5 por las tardes una cosa extrañísima y fascinante llamada el Telematch -narrada y traducida delirantemente por el colombiano Andrés Salcedo- donde se enfrentaban dos pueblos alemanes en una competencia de yincana. El pueblo ganador se llevaba un premio en metálico que recibía el alcalde. Ese concepto que alguna vez enfrentó a Zwochau Grabschutz contra Albertschachthauser (pueblos solamente pronunciables por los alemanes y por Andrés Salcedo) fue más tarde adaptado por programas nacionales como Viva la Juventud, Sábado Sensacional (con mucha menos felicidad) y más recientemente por la página web de la Embajada de los Estados Unidos.

Como tengo vencida mi visa de turista y un amigo venezolano que vive en México me dijo “es facilísimo renovársela aquí, yo lo hice en una semana”, me decidí a buscar mis recaudos y proceder a pedir mi cita por Internet.

No imaginé jamás a lo que me estaba enfrentando.

La primera prueba de la yincana americana consiste en llenar online una planilla alucinante que debe ser completada en un tiempo máximo de 20 minutos. Lo intenté no menos de siete veces y en todas las oportunidades los tres pitazos del árbitro me sorprendieron cuando yo, aunque lo hacía a ritmo febril y a toda la velocidad que me era posible, iba por menos de la mitad de la planilla. Justo cuando estaba a punto de lanzar un sofá contra la pantalla de la computadora, apareció mi cuñada con cara de pánico y me preguntó qué me pasaba. Le respondí con todas las groserías que me sé, más algunas nuevas que se me ocurrieron en ese instante, mientras señalaba con el dedo a la computadora. “Cálmate, yo te ayudo”, dijo con tono de maestra zen. Acercó una silla, apaciblemente se colocó a mi lado y reiniciamos la yincana ahora a cuatro manos.

Respondimos a velocidad de vértigo absolutamente todas las decenas de preguntas insólitas; incluso superamos las cuestiones sobre si usted cuando se sacaba los mocos de chiquito era un purista y los dejaba tal cual, tenía tendencias escultóricas (los convertía en bolitas o los aplanaba en barritas como de plastilina) o se inclinaba más bien por la gastronomía. También completamos la parte que exigía respuestas sobre las últimas 5 entradas en las que el solicitante pisó territorio estadounidense, con fechas de ingreso y tiempo exacto de cada una de las estadías. Y estábamos a punto de lograrlo cuando en eso apareció en pantalla una prueba inesperada, aún más difícil que subir al Ávila con una cuchara entre los dientes sosteniendo un huevo sin que se caiga: “Have you ever been ten printed?” a lo que ambos no tuvimos otra opción que responder a coro: “¡¿Pero qué coño de la puta madre es esa mierda, no joda?!”. Porque, claro, si te pones en ese momento a buscar un diccionario o a pedirle al deplorable traductor de Google que te dé señas para saber qué significa eso de haber sido alguna vez “ten printed” te jodiste, se acabó el tiempo, aparece el alcalde de Albertschachthauser (que es idéntico a Freddy Bernal pero bávaro) y se lleva tu premio a su casa. Yo hasta me puse a pensar frenéticamente en cuándo tuve alguna vez el número 10 impreso en alguna parte, porque en el equipo de futbolito del colegio yo fui el número 10 (pero luego me acordé que se lo cambié a Diego Melchert, a quien le había tocado el 8 que a mí me gustaba más… así que el que estaba jodido era Diego, el pobre, viviendo hoy en los Estados Unidos y con unos morochos de 3 años). Mientras averiguábamos –con el corazón puesto sobre la mesa al lado de un florero- que “ten printed” significaba que alguna vez has sido detenido por la policía norteamericana y te han tomado las huellas dactilares de los diez dedos (quién sabe si de los pies) se nos fulminaron los 20 minutos y entonces, a cuatro manos esta vez, nos dispusimos a lanzarle el sofá a la computadora. Justo cuando estábamos en la cuenta regresiva para encajar el sofá contra la pantalla apareció mi esposa en escena, colocó al sofá de nuevo en su sitio y nos dijo: “Calma… yo me encargo”. A lo que respondimos con una carcajada de puro sarcasmo y frustración concentrada.

Mi esposa se dio cuenta de un detalle desapercibido hasta entonces en las anteriores 20 oportunidades en las que habíamos intentado, por lo menos, llegar a la final del Telematch. Al principio de la yincana americana hay un código alfanumérico que debes anotar, si el tiempo para llenar la planilla te resulta insuficiente introduces ese código y la página queda guardada para que puedas continuar a partir de ese punto sin tener que reiniciar toda la competencia.

Claro, eso lo hacía todo más viable, más humano… pero definitivamente mucho menos divertido.

Logramos entonces, esta vez a 6 manos y con el comodín bajo la manga, completar la planilla. Tuve que jurar, por supuesto, que jamás había sido arrestado, que no tenía intenciones de participar en grupos guerrilleros ni terroristas en territorio estadounidense, que tampoco estaba dispuesto a viajar a los Estados Unidos para violar a leyes y/o personas. Y que no, no quería tampoco –o no lo tengo planeado, lo juro- asesinar a nadie ni cortarlo en pedacitos para dejarlo enterrado dentro de una bolsa negra en las arenas de las playas de Florida.

Envié la planilla con un movimiento glorioso y eufórico de dedo haciendo clic sobre el botón correspondiente.

Mi cita fue aprobada y se me envió un mail con las instrucciones para poder participar en las pruebas 2 y 3 de la yincana americana. La 2: ir a poner mis huellas dactilares en un sitio. La 3: ir a la entrevista con los agentes de la embajada en un lugar que queda a 8 cuadras del primer lugar. El detalle: ambas citas están programadas exactamente para el mismo día y a la misma hora.

Tengo un mes para practicar el don de la ubicuidad. Un mes justo para aprender a desdoblarme, para cultivar las artes del hombre par y así estar en dos lugares distintos simultáneamente. Ya lo tenemos decidido, el primer José Urriola (que creo ser yo) irá a poner las huellas dactilares mientras el otro José Urriola me está representando magníficamente (mucho mejor que yo) 8 cuadras más allá. Les juro que si lo logro me lanzaré (bueno, uno de los dos se lanzará, y me imagino que será él) a la candidatura por la alcaldía de Zwochau Grabschutz. Y esta vez haremos morder el polvo a esos miserables de Albertschachthauser.


jueves, 2 de junio de 2011

Autómatas


Asegura Patrick J. Gyger en su introducción a “El rival de Prometeo, Vida de autómatas ilustres” que durante los siglos XVII y XVIII la filosofía y la tecnología se hermanaron en una armonía sin parangón. Se popularizó entonces la idea de que Dios era sinónimo del Gran Relojero y que el cuerpo humano no era otra cosa que un inmenso reloj: El hombre máquina.

En este contexto de Artes imbricadas con las Ciencias (cosa tan tristemente infrecuente en nuestros tiempos digitales) apareció en 1738 el flautista de Jaques de Vaucanson que tocaba varias tonadas en su flauta traversa como si se tratara de un músico profesional. Un mágico engranaje de poleas, válvulas y pesas que reproducía el mecanismo de pulmones, laringe, labios, lengua y dedos y que era capaz de “hacer música”. Un año más tarde el mismo Vaucanson fascinaría al mundo con un segundo autómata: “un pato artificial de cobre dorado que puede beber, comer, graznar, chapotear, digerir y defecar de la misma manera en que lo haría un pato vivo”. Al pato de Vaucanson, inclusive, se le podía dar un grano de maíz en el pico, que agradecía con frenético aleteo, se lo tragaba y al cabo de unas vueltas lo expulsaba, ya procesado y convertido en material fecal, por el agujero posterior ubicado bajo su cola. Por cierto que Vaucanson hizo trampa y nunca lo explicó, años más tarde se descubrió que el maíz caía realmente en un compartimiento secreto y eso activaba un sistema que abría otro compartimiento donde se liberaban las supuestas “heces” del pato; pero quién duda que en todo acto mágico siempre hay un truco secreto.

Son famosos también autómatas como el jugador de ajedrez de Von Kelpem (capaz de ganarle la partida a jugadores insignes en 1769) y el androide escritor de Pierre y Henri-Louis Jaquet-Droz el cual, entre otras frases que escribe incluye la de “Pienso, luego existo”. Eso fue en la década de 1770 y el robot sigue escribiendo hoy día en un museo de Suiza.

El escritor de ciencia ficción Philip K. Dick (quien al final de sus días aseguró no ser humano) sostuvo en una oportunidad: “Algún día un ser humano podrá despedazar a un robot salido directamente de una fábrica de General Electric y, para su enorme sorpresa, lo verá llorar y sangrar. Y el robot moribundo podrá a su vez despedazar al hombre y, también para su gran sorpresa, verá un humillo gris que sale de la bomba eléctrica que anida allí donde por sentido común debería estar el corazón del hombre. Será sin duda un gran momento de verdad para ambos”. Valga una mención al hecho de que Philip K. Dick murió en 1982 y no tuvo la suerte de conocer al androide que en el año 2005 le construyó en su honor, imagen y semejanza la Hanson Robotics.

La literatura de los últimos siglos está plagada de estos modernos prometeos (o rivales de Prometeo) que se toman la licencia de dar vida a criaturas a partir de la mecánica y de la manipulación de los relojes de la exitencia. Por lo general, ya lo sabemos, los Frankensteins acaban por rebelarse y hacer justicia divina, porque el pecado de la soberbia, ese empecinamiento por robar el fuego de los dioses para dárselo a la criatura creada, debe ser castigado en las propias manos de la creación. Pero lo que resulta especialmente fascinante en estas historias de Autómatas y Rivales de Prometeo es que el creador siempre acaba enamorándose de su obra. Y esa fascinación entre creador y criatura se fundamenta en un juego de semejanzas y diferencias. Nos enamoramos de nuestra creación porque se asemeja a nosotros, pero al mismo tiempo reconocemos en ella una diferencia: no es exactamente igual a nosotros ni tampoco es idéntica a esa imagen mental que teníamos de ella a la hora de concebirla. Dicen algunos teóricos que lo que nos gusta es que se nos parezcan pero lo que verdaderamente nos embruja y nos hace perder la cabeza son las diferencias.

Miro entonces al mundo que nos ha tocado, tan olvidado de esas posibilidades de hermandad entre ciencias y artes para producir magia; este planeta sin autómatas (o al menos no los autómatas que nos fascinaron y que nos prometían) y pienso que los autómatas sí que existen, lo que pasa es que son otros y son distintos. El futuro que llegó no es el que esperábamos y los autómatas no pudieron escapar a esta realidad que nos hizo habitantes de otra distopía, distinta a la que concibieron los autores de la ciencia ficción. El Prometeo Contemporáneo crea avatares a diario, se los construye para jugar en videojuegos, en juegos de rol o para forjarse una presencia en Second Life; pero sobre todo hace una sobreconstrucción de sí mismo en sus perfiles del Facebook. Se arma y proyecta hacia fuera una criatura virtual más interesante que sí mismo, más sonriente, más exitoso, más trágico, más cool. El novísimo Prometeo es también una nueva versión de Narciso.

Narciso, entonces, vuelve a asomarse en su reflejo pero esta vez no se fascina con su propia belleza, se enamora del reflejo en sí. Distorsionado, turbio, confuso, exagerado, tan parecido y tan diferente a la vez. El nuevo Narciso hipermoderno se apasiona con eso que no es él mismo pero que se le parece… con la diferencia de que es aún mejor. Del otro lado de la pantalla se asoma su avatar, ése que, como en el juego del escondite, está destinado a librar por él. Y su criatura le sonríe, con una sonrisa que rara vez tiene ya Narciso en este lado de la realidad.