martes, 28 de febrero de 2012

El Ministerio de la Verdad informa…

El Ministerio de la Verdad informa…

Se interrumpen de golpe las transmisiones y aparece en todos los monitores de televisión y de radio (también) la imagen del caballo blanco al galope hacia la izquierda hecha con la misma técnica de animación 3D que utilizó Dire Straits en su video de Money for Nothing en el año 1985.

Sobre las imágenes del caballito con fondo tricolor y ocho estrellas se inserta la voz del enano engolado que narra con verbo hiperflorido todos los desfiles militares: “Esta es una transmisión oficial del Ministerio Del Poder Popular Para La Verdad, La Información y Todo Tipo De Otro Tipo De Comunicaciones (que se escribe MPPPVITTOTC y se pronuncia… bueno, no se pronuncia porque no se puede) en cadena conjunta de radio, cine, televisión, internet, redes sociales y vasitos plásticos unidos por pabilo”.

Acaba la animación y el resto de la cadena transcurre con una voz en off (la del enano engolado, claro) sobrepuesta a una imagen (colorizada –y encolerizada- en rojo) en Primerísimo Primer Plano del rostro del Comandante Presidente que nos vigila.

Voz en off:

“El Ministerio del Poder Popular Para La Verdad, La Información y Todo Tipo De Otro Tipo De Comunicaciones anuncia las verdades absolutas para la mañana de hoy:

La delincuencia no existe. Existió durante la putrefacta república anterior pero dejó de existir hace rato. Desde que estamos en verdadera democracia bolivariana no hay delincuencia. Toda manifestación de violencia y delincuencia no son otra cosa que un acto delirante e injustificado de manipulación mediática y autoinmolación perpetrado contra el pueblo y contra sí misma por la oposición apátrida.

Los índices de pobreza alcanzaron anoche un valor histórico e histérico del -25%. Es decir, somos 25% más ricos que hace 24 horas.

Se expropiaron unas nuevas 35 mil viviendas y se entregaron a sus dignos invasores los correspondientes 50 mil títulos de propiedad. Para el 2013 se alcanzará la meta de contar con más viviendas dignas que habitantes en esta nación.

Queda abolido en el gobierno bolivariano el tiempo y el proceso que media entre la concepción de una idea y su ejecución. Es decir, si se nos ocurre asegurar que vamos a construir 5 millones de viviendas y 4 millones hospitales y autopistas suficientes como para ir de Caracas a Marte ida y vuelta es porque eso YA ESTÁ CONSTRUIDO Y PUNTO.

El Premio Nacional de las Artes será entregado por tercer año consecutivo al mismo y único artista plástico del país (a este tipo que nadie sabe cómo se llama, ni nos importa, porque al final todos los artistas son maricones, pero que pintó hace como cinco años aquel cuadro prodigioso titulado “Los Héroes de Puente Llaguno”).

Por cierto, “marico”, “maricón”, “afeminado” y “yo creo que este candidato majunche es como raro” seguirá siendo insultos en la República Bolivariana de Venezuela del 2012. Siendo uno de los pocos países del mundo donde todavía se cuenta con el privilegio de que tales cosas sigan siendo consideradas insultos.

La réplica de la Espada de Bolívar será entregada por tercera vez a Muamar Gadafi –por segunda ocasión en su versión post mortem- y el pueblo entero de Venezuela personificado en su máximo líder lamenta profundamente no contar con la presencia física del homenajeado por razones mayores que escapan, inclusive, a las posibilidades omnipotentes del Presidente Comandante.

Por decreto del Consejo Nacional Electoral y del Tribunal Supremo de Justicia se dictamina que las fraudulentas elecciones primarias para designar al candidato majunche de la oligarquía opositora y apátrida que pretende volver (no volverán) para robarnos la felicidad e intentar medirse contra el vitalicio líder de la revolución bonita contaron realmente (estas son las cifras oficiales) con la participación de 2 mil doscientos cincuenta y dos y tres cuartos de votantes. Que no los sacaron realmente pero se los vamos a regalar.

Las encuestadoras más confiables, neutrales y serias de la nación (como la del Comandante Gato, Jessie Chacón) estiman que ese mismo número de opositores acudirá a las urnas (a las electorales, por ahora) para expresar su ridículo apoyo a su candidatucho mientras que el resto del pueblo manifestará su apoyo incondicional y eterno a nuestro máximo líder que superará los 15 millones de votos en esta oportunidad. A quienes les gustan los porcentajes les diremos que ganaremos, más o menos, con el 104, 69% de los votos.

PDVAL jamás ha dejado podrir ni un mísero miligramo de alimentos. Tampoco se ha derramado ni un solo centímetro cúbico de petróleo en los ríos de la patria por negligencia de PDVSA y el surtido eléctrico no ha fallado ni una sola vez en más de 13 años de impecable gestión.

Nunca, al igual que con la delincuencia, jamás existió una tal lista Tascón.

A los saboteadores de la oposición apátrida, esa cuerda de desnaturalizados que andan difundiendo imágenes e informaciones sobre los supuestos derrames de petróleo, las infundadas cifras de alimentos podridos, las irrisorias fallas del sistema eléctrico nacional y se andan quejando por los ridículos atropellos dizque por ser “víctimas de la supuesta Lista Tascón” les recordamos y advertimos que somos revolucionarios pacíficos pero que estamos armados, que tenemos a los militares de nuestro lado, que los civiles revolucionarios están provistos de granadas, subametralladoras, fusiles AK-47 y estamos entrenados para defender la revolución… bueno, mosca pues.

Ah, y que tenemos también aviones Sukhoi, tanques, helicópteros, blindados, un reactorcito nuclear que nos regalaron los iraníes para que nos hagamos nuestra propia bomba y hasta un híbrido de vaca con burro y helicóptero artillado que le compramos a los rusos y que cada vez que lo van a despegar hay que despejar la pista entera del aeropuerto de La Carlota y al que algún día le vamos a terminar de construir su hangar para que quepa (pero es que no hay cabillas ni cemento ni espacio para levantar esa vaina, pero la vamos a hacer, estamos a punto ya). Así que, de nuevo, mosca pues.

Les recordamos a todos los hijos de meretriz (eso qué será… ¿ah, sí? ¿y se escribe así con z o es con s? Verga); bueno, les recordamos a todos esos hijos de su grandísima madre, desnaturalizados, descerebrados, descorazonados, degenerados, apátridas, traidores y batequebraos de la oposición apátrida que seguimos opinando (por ahora) que maldito sea el soldado que levante el arma en contra de su pueblo, pero si se lo buscan y se andan con comiquitas… mosca pues.

Por cierto, dejen la violencia, dejen quieto al que está quieto, águila no caza moscas pero si no reconocen lo que les vamos a obligar a reconocer en estas y en todas las elecciones… mosca pues.

La nación de Eurasia no existe. No por ahora. Pero el día en que se nos ocurra que sí existe: nosotros siempre hemos estado en guerra con Eurasia, hasta que decidamos lo contrario.

El término lesión, a partir de ahora, significa otra cosa. Así que a los deportistas, a los que sufrieron de algún traumatismo y a los miembros de la Real Academia de la Lengua Española les aconsejamos que se busquen otro término. Que lo sepan, decir cosas como “El defensa de la Vinotinto, Oswaldo Vizcarrondo, no jugará esta semana porque sufre de una lesión en el tobillo derecho” será considerada un exabrupto y se pagará con todo el peso de la justicia (la nuestra). A los individuos de número de la Real Academia de la Lengua de Venezuela les advertimos que les estaremos dando en las próximas horas una visita cordial de un batallón de la milicia bolivariana encabezado por Mario Silva para que les enseñe a hablar y se pongan serios.

Los revolucionarios jamás hemos acuñado ni proferido la frase “Patria, Socialismo o Muerte”. Nuestra frase siempre ha sido: “Patria, Socialismo y Vida, Venceremos”. Aquí los únicos que anda hablando de muerte son los muertos en vida (por ahora) de la oposición.

¿Les queda claro que somos pacíficos pero estamos armados? Ah… bueno, mosca pues.

Ya, camaradas, suficiente por ahora. Suelta la animación del caballito 3D y vamos a preparar la cadena de esta tarde a ver si por fin le declaramos la guerra a Eurasia y se nos ocurren construir 5 millones de viviendas más”.

Fin de la transmisión.

viernes, 17 de febrero de 2012

Los pesos de la memoria


Hace unos años tuve la dicha de participar en un seminario en la Maestría de Literatura de la Universidad Simón Bolívar con mi querida amiga e insigne profesora Gina Saraceni. Ese seminario iba sobre “escribir hacia atrás: la construcción de la memoria”. He de reconocer que difícilmente he aprendido tanto y con tantísimo gusto en un curso como en esa ocasión.

La memoria es un asunto complejo, es a un tiempo la fuente de la identidad, lo que nos permite ser y asumirnos por medio de la cristalización de ese relato que construimos de nosotros y de lo nuestro; pero también puede funcionar como un peso titánico sobre nuestras existencias, el pasado convertido en roca que se afinca sobre nuestras espaldas, una cosa imposible de arrastrar que nos impide caminar derechos por el presente y mucho menos avanzar hacia el futuro.

Las maneras en que se representa a la memoria son también variadas y complejas. Hay memorias convertidas en relatos históricos, en la Historia (así con H mayúscula) de nuestros pueblos, próceres, gestas épicas y todas aquellas construcciones de un canon que pretende ser colectivo –y a veces lo logra- que se empeña en rescatar ciertos momentos y personajes del pasado mientras desecha u olvida todos los demás. Son memorias también, hechas de granito, mármol y bronce los monumentos y estatuas. También los fantasmas son representaciones de la memoria: una ausencia que vuelve desde el pasado y se nos hace presente. Son memoria de igual forma las postales, las fotografías, los retratos, las cartas, los escudos, los símbolos y todos aquellos objetos físicos a los que adjudicamos un valor extraordinario que trasciende al objeto per se.

Y, por otra parte, la memoria también es un legado: la herencia de todos esos cuentos sembrados por nuestros padres con los que construimos las historias mínimas de nuestras familias o hasta la de nuestras identidades personales.

Hay memorias que fortalecen y nos proporcionan un piso firme sobre el cual asentarnos y arraigarnos. Pero hay memorias que nos aplastan, nos hacen sombra, nos asfixian y nos mutilan. También hay pueblos e individuos desmemoriados, esos que se creen aquello que decía Orwell en 1984: “Siempre hemos estado en guerra con Eurasia”, y se lo creen y hacen borrón y cuenta nueva por más que sean capaces de recordar perfectamente que Eurasia ayer era nuestra aliada de toda la vida. Ser desmemoriado es exactamente igual de nocivo que quedarse atrapado en la memoria. El mismo maleficio, idéntico, pero al otro lado del espectro.

Los venezolanos padecemos los efectos de una memoria colectiva asociada con la figura de Bolívar. Bolívar el Padre de la Patria, El Libertador, el más grande e inalcanzable de los venezolanos jamás y para siempre. Bolívar el incuestionable, el incriticable, el intocable. Como si no fuéramos capaces de dejar a ese caballero descansar en paz en su Panteón. Necesitamos bendecirlo y bautizarlo todo con el nombre de Bolívar, investirlo todo bajo su espíritu. Lo tenemos en la moneda, en las plazas, en el nombre de un sinfín de instituciones y en la boca de todo aquel que necesita convencernos de que tiene a la verdad agarrada por las barbas porque sus palabras y obras están sacramentadas por Bolívar.

Estamos obligados a honrar a nuestros padres, es un mandamiento. Y muchos podemos tener la bendición de haber contado con un padre que ciertamente se merecía toda nuestra honra; pero también se nos olvida que muchos pueden tener otro tipo de relaciones mucho más conflictivas o acaso nulas con sus padres. Hay personas muy buenas y dignas que resultaron ser hijas de malos padres, de padres ausentes, tiránicos, abusivos, patanes, de unos señores a quienes -con toda justicia- no consideran sus padres sino unos tipos ahí a quienes no hay por qué honrar incondicionalmente ni rendir la pleitesía a la que pretende obligar el mandamiento. La paternidad se gana, no se impone.

Los venezolanos somos hijos de Bolívar y habrá gente que está en pleno derecho de sentirse orgullosa de ese legado mientras habrá otros que, con el mismo derecho, lo puedan cuestionar o sentirse menos identificados. Eso no te hace más venezolano o menos venezolano. Como tampoco te hace más venezolano preferir las arepas al pan o preferir un disco de The Cure a uno de Chino y Nacho. Ser bolivariano no puede jamás convertirse en sinónimo de ser venezolano. No podemos confundir el amor a un prócer con el afecto que le tenemos a la tierra que nos vio nacer y que es el hogar de nuestras familias y amigos. Ser crítico de Bolívar no te convierte en un apátrida ni en un mal venezolano, te hace simplemente un venezolano que tiene una postura crítica acerca de la figura de Bolívar. Alguien que opta por asumir una posición particular con respecto a los dictámenes de la memoria colectiva y sobre el legado que le ha tocado llevar por simple casualidad geográfica. Cada quien es libre de metabolizarlo a su manera de la misma forma en que metabolizamos algunas enseñanzas de nuestros padres biológicos o de crianza: me quedo con todo esto y lo asumo con orgullo dentro de mi saco al tiempo que me sacudo de estas otras cosas que no me van o me hacen ruido.

Así que cada quien puede querer más o querer menos a Bolívar. No le veo ningún problema a eso. Lo que sí veo con preocupación es el uso (y abuso) que se le da y que pretende imponerse por medio de los símbolos bolivarianos. El (ab)uso que se le da a la espada de Bolívar es un ejemplo; porque parecemos obviar que esa espada es la metáfora del caudillismo, del militarismo, del belicismo, de una locura mesiánica en la que al blandirla o entregarla nos sentimos poseídos por el espíritu del mimo Simón Bolívar. Lo mismo ocurre con el dichoso Decreto a Guerra a Muerte: “Españoles y canarios contad con la muerte aunque seáis indiferentes, si no obráis por la liberación de América, Venezolanos contad con la vida aunque seáis culpables” (Simón Bolívar, 15 de junio de 1813). Nadie me puede obligar a adorar incondicionalmente y sin derecho a formarme mi propia opinión a un padre así que anda en una de espadas y rebanamiento de cabezas. Apelo a mi derecho de expresar “yo preferiría otra figura paterna y quedarme con otros fragmentos de ese legado que me tocó”.

Porque la memoria, además de caprichosa, está hecha de una materia porosa que si bien deja traspasar también filtra.

Guardemos de una buena vez la espada de Bolívar en una bóveda inviolable. Clausuremos la producción y la entrega de réplicas de la fulana espada. Respetemos los restos del buen Simón y vamos a deslastrarnos de tanta ridiculez mesiánica y patriotera. Esa espada pesa demasiado. Es un legado que nos tiene literalmente clavados en el pasado, en un modelo de país que ya no somos y que no deseamos ser, mucho menos en pleno siglo XXI. Nos tiene aprisionados en el pensamiento decimonónico, nos obliga al estancamiento o a ese estéril intento de caminar hacia adelante pero con los pies y las espaldas inclinados hacia atrás. Nos está matando la escoliosis y se nos están achicharrando las ideas de tanto empeño en construir el futuro a fuerza de memorias. De esas construcciones delirantes, por favor, dejemos que se encargue la literatura.


viernes, 10 de febrero de 2012

Después del vacío.


Hay un chiste rodando por allí que asegura que todos los seres humanos tenemos un amigo o conocido al que llamamos El Pollo. Yo no soy la excepción de la regla, el mío se llama Francisco y nos hicimos panas desde que una mañana, el primer día de clases de 5to grado en el colegio El Peñón, un catirito se me acercó desde el pupitre de al lado, me puso una mano en el hombro y me preguntó: ¿Chamo, cuál es el apellido del presidente Lusinchi?

Han pasado 30 años desde que el Pollo me formulara semejante pregunta y yo todavía no encuentro una respuesta suficientemente feliz como para responderle. Me imagino –con necedad infantil- que el día en que la encuentre, de alguna manera, se dará por abrochado un ciclo que no quiero en lo absoluto cerrar.

Resulta que mi gran amigo, el Pollo, es de los fanáticos más entusiastas e incondicionales de U2 y por esa razón decidió compartir conmigo (Dios, qué nervios, podemos acabar presos los dos por semejante ilegalidad) el documental U2: From the Sky Down (2011), que el cineasta Davis Guggenheim le hiciera a la banda irlandesa a razón de los 20 años del lanzamiento de su mítico álbum Achtung Baby.

Ya que todos estamos claros en que contar una película es de las cosas de peor gusto que podamos cometer, simplemente me limitaré a mencionar algunas reflexiones que se me antojan descollantes después de ver el documental:

-Bono (el vocalista) es de los seres más atorrantes y nerviosos que uno pueda tener al lado.

-The Edge (guitarra) es prácticamente un monje budista, un monumento hecho de carne y hueso a la paciencia y la cordura. El único ser en este planeta que se aguanta a Bono girando permanentemente instrucciones absurdas como: “Edge, tienes que tocar eso mismo que acabas de sacar de tu guitarra pero más abstracto, más como si fuera una abstracción sónica”. A lo que Edge, con paciencia de mártir, responde: “Lo voy a intentar, pero no será fácil”.

-Bono es, también, uno de los mejores entrevistados que un documentalista puede sentar frente a su cámara. Es un prodigio con las frases, un apasionado, un sabio, un tipo que se las ingenia siempre para cantar cuando habla y hablar cuando canta. Deben contarse, por lo menos, unas 20 frases dignas de convertirse en mantras o grafitis proferidas por Bono durante esos 90 minutos de película.

-U2, justo después de caer bajo con aquel intento de internarse en las raíces americanas y ponerse a tocar blues de tú a tú con BB King -en aquel bodrio de infelice recordación llamado Rattle & Hum (1988)- atravesó por una crisis de identidad absoluta. Un túnel sin salida, la más absoluta penumbra que casi los ahoga y desintegra. Así que decidieron viajar a los míticos estudios Hansa de Berlín (donde una década antes había grabado el gran David Bowie) ubicados a unos 50 metros del recién derribado muro de Berlín, para ver si allí se reencontraban con el entusiasmo perdido. Y, ciertamente, de Berlín salieron resucitados con las primeras maquetas del Achtung Baby (1991), disco que a la postre se convertiría en lo que muchos –entre quienes me cuento- consideran la obra maestra de U2.

-Hay una frase de Bono que sirve de hilo conductor y de leit motiv a la película: “Debes rechazar primero una expresión de la banda antes de continuar a la siguiente expresión. Y mientras tanto estás flotando en el vacío”.

Esa máxima de Bono me resulta una metáfora poderosa que hoy conecto con una expresión de mi padre cuando, siendo yo un niño, le pregunté por qué su primera novela se titulaba La hora más oscura. Papá me dijo en aquel momento: “porque a los hombres se nos suele olvidar que justo después de la hora más oscura, esa que hay en plena madrugada, viene el amanecer”. Aquella era una novela que iba sobre la resistencia y la clandestinidad en los tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez. Que hablaba de las noches en que mi papá se reunía clandestinamente con sus amigos perseguidos por la Seguridad Nacional y entonces repetían una escena recurrente: “¿Te imaginas cuando dentro de unos años nos reunamos juntos a beber y conversar y recordemos los tiempos en la clandestinidad? Y será entonces un recuerdo distante, difuso, como si hubiera sido todo una pesadilla”. Y sí, ciertamente atravesaron aquella hora más oscura y se hizo la luz. Papá murió muchos años después en democracia, una democracia imperfecta y mejorable, claro está, pero democracia al fin y al cabo.

A veces uno cree que la tormenta no pasa. Que las cosas están condenadas a una noche eterna. Que el túnel es infinito y no habrá salida ni luz al fondo y que estamos jodidos para siempre y punto. Pero justamente cuando estamos adentrados en esa penumbra desquiciante de la hora más oscura sobreviene mágicamente la luz.

A U2 la luz del Achtung Baby le ha permitido sobrevivir 20 años más. De la misma manera que hay gente que atraviesa un proceso de batalla contra una enfermedad terminal y a los meses te los encuentras más enteros que nunca, reconciliados con la vida y rejuvenecidos. La vieja metáfora del águila que se interna en la caverna, se lleva a sí misma hasta los límites de la muerte y luego sale de allí con nuevas garras, nuevo pico y las plumas en forma como para volar una vida entera más.

No sé por qué me gustó tanto el documental de U2. No sé por qué me movió tanto como para escribir estas líneas cuando hay bandas y músicas que me han movido mucho más y sobre las que jamás me he animado a escribir. Nunca he sido un fanático muy ferviente de la banda irlandesa aunque se merece todo mi respeto; digamos que le estoy agradecido por haber servido de puente entre mi música y la música de muchos amigos a quienes les tengo franco afecto. Digamos que esos dublineses han servido de zona de confort para no ser avasallado ni avasallar durante los conflictos musicales.

No sé, será seguramente porque este domingo hay elecciones en Venezuela y uno acaricia siempre en estas fechas la posibilidad también de reencontrarse con el entusiasmo perdido. Pensar simplemente que durante tantos años esto ha sido puro túnel, penumbra y sensación de flotar en el vacío. Pero que no se trata de otra cosa que el necesario recorrido por la hora más oscura. Ya el domingo, rescatando a Bono, empezaremos a desechar una expresión para poder continuar con la siguiente. Flotaremos un rato más en el vacío, sí, pero amanecerá. De eso se trata todo.


lunes, 30 de enero de 2012

La hermandad de los traumas absurdos



Todos padecemos de un trauma absurdo. Tenemos, claro está, otros; los justificados, los comprensibles, los que son dignos de análisis y razonamiento; pero el absurdo está allí y allí se queda. Como una ronchita sobre una parte sensible del cuero cabelludo que nos arrancamos cada vez que nos pasamos un peine; no es una cosa que nos va a matar, pero sí nos hace preguntar con un toque de inquietud quizá desproporcionada ¿Pero por qué a mí? Es como un cuerpo extraño que nos acompaña la vida entera y ése sí que no se lo comentamos a nadie.

Mi trauma absurdo tiene nombre (e imágenes) de película: The Sound Of Music. En mi país la conocimos como La novicia rebelde. Más tarde me enteré que en España tiene el título insuperable de Sonrisas y Lágrimas (me provoca hacer la ola). Yo las sonrisas no se las encuentro por ninguna parte, las lágrimas en cambio –o las ganas de soltarme a llorar sin saber por qué- sí. Y un montón.

Resulta que durante mi infancia fui víctima de una secuencia que se repetía una y otra vez, una especie de pesadilla recurrente de esas que se padece despierto. Yo llegaba a la salita donde estaba el único televisor de casa y allí estaban ya mis dos hermanas mayores apoderadas del aparato. Con las manos sudadas de los nervios y con el tono de voz más conciliador que podía echar mano en mi repertorio, me armaba de valor y les decía: “Muchachas, hoy hay un partido de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona, ¿será que lo puedo ver?”. “No. Hoy vamos a ver La novicia rebelde”. La escena se repetía también con mis ganas de ver Mazinger Z, con las del Capitán Futuro, con las de Galáctico (yo estuve enamorado, pero enamorado de verdad, de la Princesa Aurora, sobre todo después de un capítulo al que llegaban a un planeta-playa y ella se ponía un minúsculo biquini blanco), también pasó con los juegos de Argentina contra Brasil y con algunos capítulos míticos de Ultraman (el único héroe asmático de la historia). Pero la respuesta siempre era la misma: “No. Hoy vamos a ver La novicia rebelde”.

Y por algún capricho cruel de evidente masoquismo, por alguna razón extraña ligada a la inmolación, yo me sentaba también en el sofá a ver una vez más La novicia rebelde. Sería porque me resistía a pasarme otra tarde jugando solo mi mundial de fútbol particular contra la pared (donde siempre ganaba Argentina, a veces Alemania y jamás Brasil). Sería porque disfrutaba (aún lo disfruto) estar con mis hermanas y sentirlas contentas. Sería, tal vez, porque el optimista esperanzado que se empeña en habitarme desde niño confiaba en que se conmoverían a mitad de película y me cederían el televisor para ver los minutos finales de aquello que me estaba perdiendo. Quién sabe, a lo mejor era porque a mí también me gustaba pero se me olvidó con tanto hartazgo.

He de confesar que me sé todas las canciones de The Sound of Music. Me las sé en español y también en inglés. Me sé de memoria la película entera, de cabo a rabo. No tengo duda alguna al afirmar que es la película que más veces he visto en mi vida. Tengo una cajita, del tamaño de un conteiner, en la mitad del cerebro que está llena de cosas inservibles de las que no me gustaría acordarme o no sé por qué carajos me acuerdo y la mitad de su capacidad está llena de La novicia rebelde. Pasan y pasan los años y nada que logro soportar la simple imagen de Julie Andrews. No puedo evitarlo, no lo supero, a mí esa mujer me enferma, me pone el cerebro bocabajo y el estómago mirando hacia la espalda.

En mis pesadillas más siniestras soy perseguido por niños vestidos con ropas y sombreritos hechos con tela de cortinas de estampados verdes. No hay manera que lea o escuche alguna referencia a las notas de la escala musical sin que mi cerebro, muy a pesar mío, empiece a cantarme en un susurro: “Do, un don, un gran señor / Re, un rey encantador / Mi amor es para ti / Fácilmente te daré…”. Y lo mismo cuando alguien se despide con un So long o un Farewell o mucho más un Auf Wiedersehen. Entonces se me detona un proceso cruel de sinapsis donde lo único que soy capaz de ver es a los niños Von Trapp cantando en la escalera de su mansión el tenebrosísimo: “So long, farewell, Auf Wiedersehen, goodnight…”. Y aún recuerdo con legítimo horror el momento en que vi a Mary Poppins y fui capaz de pegar una cosa con la otra y entendí que me molestaba infinitamente esa bruja porque era la misma novicia rebelde pero disfrazada con paraguas y sombrero negro.

He soñado, dormido y despierto, que soy niño otra vez y me levanto en mis noches de insomnio mientras todos duermen en casa, todos menos yo, y me cuelo hasta la sala, saco del gabinete la cinta de VHS de La novicia rebelde y la destripo. Pero claro, a la mañana siguiente iban a saber que había sido yo y mi castigo sería gastarme todos los ahorros en una nueva cinta de The Sound of Music y quedarme amarrado al sofá viendo en loop durante meses Sonrisas y Lágrimas. No, yo prefiero otra muerte.

He fantaseado también con que soy espía encubierto y le digo a los nazis: “’¡Por allá, de prisa, que se nos escapan los Von Trapp!”. Y sí, los agarran. O que en un mundo paralelo hay una película donde el Capitán Von Trapp (porque Christopher Plummer no tiene la culpa) se queda con la baronesa, que es mucho más dama y más guapa y se me parece un montón a Grace Kelly pero con uno kilos extra, y se fuga con ella mientras María y los niños cantan sus idioteces en las colinas austriacas.

Quizá algún día me decida a hacer un acto psicomágico de esos que habla Jodorowsky y me voy a comprar decenas de DVDs y de afiches y de pendejadas relacionadas con La novicia rebelde y las voy a quemar en una hoguera gigantesca mientras les bailo alrededor con la cara pintada.

Y todo esto lo escribo no sólo para exorcizar el trauma, como un intento desesperado para echar fuera la obsesión añejada por los años, sino porque algo se me ha removido desde que hace poco me hicieron llegar esa foto que abre estas líneas donde vemos a la familia Von Trapp original y luego la misma imagen 45 años más tarde. Porque me ha dado por preguntarle a todo el mundo por La novicia rebelde y a todos les gusta o les da exactamente igual. Qué belleza, joder, les da igual. O no saben de qué les hablo, no la han visto. Cuánta hermosura. Es para mí como si a un venezolano le preguntaras por Chávez y no supiera quién es o le diera igual. O a un español por Franco y te dijera: ¿Francisco qué… quién es ese tío? O a un argentino por Videla y te respondiera: ¿Quién es ese “Varela” que decís? Me produce profunda y cochina envidia ese grado de ignorancia supina. Así que escribo esto y asumo que es una pataleta, lo sé, pero también un acto simbólico, un mensaje en la botella, porque así como existen mitos sobre almas gemelas y medias naranjas, tiene que existir necesariamente una fraternidad de los traumas absurdos. Alguien que aparezca, por fin, y te diga: “Hermano, yo también detesto a la novicia rebelde y esta es mi historia…”. No pido más, sólo eso. Como diría Bioy Casares, sería un gesto piadoso.


viernes, 20 de enero de 2012

Del Cyberpunk y la SOPA



“The future is already here — it's just not very evenly distributed”

William Gibson


“El futuro ya está aquí - sólo que no está equitativamente repartido” es una de las máximas de William Gibson, autor que fungiera como punta de lanza de ese subgénero de la ciencia ficción denominado cyberpunk.

El cyberpunk funcionó –y lo sigue haciendo- como una tendencia de la ficción especulativa que intentaba adentrarse en un futuro cercano. ¿Qué pasará con nuestras sociedades a la vuelta de unos pocos años? La respuesta consistía en extrapolar lo que preocupaba hoy para ver dónde nos podría dejar parados mañana cuando la situación se hiciera aún más crítica.

Gibson desde los años 80, en obras como Neuromante, Monalisa Acelerada y en sus cuentos compilados en Quemando Cromo, nos viene advirtiendo (entre otras cosas) del fortalecimiento de un estado paranoico, la simultánea formación de grupúsculos guerrilleros informáticos (mezclas de mercenarios con Robin Hoods), la incorporación de la tecnología a todos los ámbitos de la existencia (incluyendo, por supuesto, al propio organismo humano) y la batalla por el acceso a los contenidos (especialmente en los campos de la información mediática, la industria farmacéutica y los secretos de estado). Todo ello sumergido en una atmósfera asfixiante de contaminación, sobrepoblación, drogas químicas e injusticia social.

Gibson, así como muchos otros autores embarcados dentro del portaaviones del cyberpunk, se mostraron un tanto escépticos ante el fenómeno de la Red. Lo consideraron (y tal vez lo sigan pensando hoy día) como una falsa promesa de libertad y anarquía, pero que en el fondo no era más que otra herramienta tecnológica para que el Estado y los magnates de la Industria ejercieran sus mecanismos de control sobre los ciudadanos de a pie. Sólo la presencia de los altruistas guerrilleros cibernéticos sería capaz de cambiar las reglas del juego para “repartir el futuro de una manera equitativa”. La información y el acceso a la data se convierten así en la nueva moneda, hay que filtrarse entre los sistemas de seguridad de quienes ostentan pública y privadamente el poder, robarles el “tesoro” y repartirlo entre los “pobres”. Obviamente, dentro de ese panorama de guerrilleros cibernéticos hibridados con neomercenarios, surgirán nuevas mafias, nuevos negocios, se radicalizará por una parte la paranoia de los poderosos y por otra la anarquía de quienes se les oponen. Y la tecnología, como siempre pasa, pero ahora más aún, al tiempo que resuelve algunos problemas indefectiblemente creará otros nuevos.

Los años dieron entonces la vuelta que debían dar y los vaticinios del cyberpunk, en muchos casos, se cumplieron. Para ejemplo la guerra por el control de la data que ahora mismo se está librando entre los partidarios de la SOPA (Stop Online Piracy Act) y colectivos de hackers que abogan por una Red libre como es el caso de Anonymous. La Industria y el Estado se enfrentan entonces contra los Johnny Mnemonics del orbe. En otras palabras, el sistema que ha estado acostumbrado a regir el mundo con sus leyes y para su propio provecho saca las garras y da sus últimas pataletas de ahogado ante la proliferación de individuos y colectivos que les quieren robar su tesoro.

Hay un caso que se me antoja especialmente significativo: en el año 2007 la banda inglesa Radiohead dio un golpe en la mesa que hizo tambalear a la industria discográfica mundial. Radiohead decidió, el 10 de octubre de 2007, colgar su séptimo álbum, “In Rainbows”, en su portal web dándoles a los visitantes la opción de descargarlo de manera totalmente gratuita o pagando por él lo que consideraran justo. Millares de aficionados al grupo optaron por descargarse el In Rainbows sin pagar un céntimo, muchos se inclinaron por pagar el equivalente a 5 libras esterlinas y no fueron pocos los que depositaron 12 libras (precio promedio en el que se vendía un disco nuevo en una discotienda inglesa para la época). Y todo el dinero, cada centavo que se pagó por medio de ese sistema online, fue a parar directamente al bolsillo de los músicos sin que ningún intermediario se llevara las arcas. En los anteriores 6 discos de Radiohead, Thom Yorke y compañía se llevaron apenas el 5% de las ganancias mientras que la disquera se quedó con el 95% restante.

Los partidarios de la dichosa SOPA se escudan detrás de una supuesta defensa que aboga por los derechos intelectuales y por el respeto al copyright de los “dueños” de la obra. No seamos ingenuos, esos señores lo que quieren es que el mundo les siga garantizando su 95% de ganancias y que todos nos quedemos contentos con la repartición del otro 5% (que generosamente están dispuestos a cedernos). Una vez más, el futuro que ya llegó hace rato pero se empeña en no ser repartido de manera equitativa.

Ayer el FBI, a pesar de que SOPA aún no ha sido aprobado ni mucho menos entra en vigencia, cerró el portal de intercambio y descarga de archivos de Megaupload y puso bajo arresto a varios de sus trabajadores. Inmediatamente Anonymous contraatacó y se encargó de hackear varios portales del gobierno de los Estados Unidos y de Francia, así como de la industria cinematográfica y discográfica. Es como si un elefante hubiera embestido contra un panal de abejas africanas, y en su soberbia y descomunal torpeza no calculó jamás la dimensión de la revancha que se tomarían los pequeños.

El elefante, ahora más que nunca, parece estar encerrado en una cristalería al tiempo que es atacado por un enjambre de abejas mutantes que le asestan por todos los flancos sus aguijonazos metálicos que inoculan toxinas químicas.

Esperemos a ver si el mastodonte recula y se reinventa en nuevos negocios, que se dé cuenta de una vez por todas que el mundo cambió y que el 95% de papilla al que ha estado acostumbrado no es posible ya, de lo contrario le van a salir hackers hasta en la sopa y su proceso de fosilización se verá drásticamente acelerado.


martes, 13 de diciembre de 2011

NeoDargüinismo (o la supervivencia del más acto)

Epstracto del tomo 3, Volumen 2 de las Memorias recordadas por sí mismo del Imperator Yaksonbil I (e único).

En lo relativo y concerniente a los oríjenes del NeoDargüinismo.

Sírvome de la presente carta epistolar para efectuar un ejercicio de rememoración de la memoria autobiográfica de mi propia vida. Encontrábanos en aquellos días aciagos de finales del 2011 mi amada Leydisrrum (Imperatrice Primera y Madre Progenitora del NeoDargüinismo) y mi excelsa persona ambos supremamente consternados por la injusta y inmerecida expulsión del Partido, hecho que aconteció cuando una mala tarde de infelice recordación nos presentamos a una concentración convocada en aquel entonces por quien fuera el dictador de turno y a la cuya cual debíamos ir debidamente investidos de ropajes rojos y demás símbolos que nos identificasen como adectos al régimen. Sucediósenos pues la desdicha de que para la susodicha y anteriormente mencionada concentración partidista, nadie tomose la molestia de avisarnos que los colores e insignias del régimen habían cambiádolas recientemente del rojo al amarillo. Acusósenos por tal despiste, humillantemente y públicamente, de opositores y apto seguido expulsósenos del Partido con todas las lamentables repercusiones que acarrearía dicha expulsión, tanto para nuestras vidas personales como para nuestras economías personales también. Excúseseme la expresión disonante, pero nos habíamos quedado Leydisrrum y yo con una mano adelante y la otra atrás, como simples mortales, sin el apoyo del Partido y sin el subsidio carapterístico de la membrecía correspondiente.

Presa de la desesperación, ocurrióseme en esos instantes un apto indigno de la personalidad que hoy conllevo conmigo mismo, proferí en voz alta: “¿¡Leydisrrum y ahora qué vamos a hacer!?”. A lo que ella contestome tajantemente: “No tengo idea, Yaksonbil, pero ya una está acostumbrada a la buena vida y yo no pienso dejar que me saquen de esta mansión, ni voy a vender la camioneta y olvídate de que vas a recuperar los reales perdidos vendiéndome las joyitas. Así que tú verás qué haces”. Fue en ese momento que expresé, sin ser consciente en ese instante de la grandeza profética de mis palabras: “Pues para seguir en este estatus habrá que inventarse algo con ratas y con mierda que es lo único que hay de sobra en esta vaina”. Y, dicho y hecho, así fue.

Leydisrrum quedose durante días royendo mis palabras, pues algo acabaría por ocurrírsenos que tuviera que ver con el negocio de las ratas y la mierda. La ventaja, me había dicho mi estimada cónyugue, era que había muchísimo de ambas materias primas y ambas dos eran de gratuita naturaleza. Más sin embargo no pudimos evitar la hipotecación de la casa ni la embargación por falta de pago de la camioneta Land Rover de 300 mil dólares y con asientos forrados en cuero de testículo de canario que le había comprado a mi mujer a manera de ogsequio en nuestro quinto aniversario de bodas. Estábanos ya acariciando la idea de un suicidio simultáneo de ambos dos (pastillas para ella y un disparo en la vóbeda bucal de la boca para mí, lo que implicaba una dificultosa sincronicidad a la hora de la muerte, pero eso ya lo veríamos llegado el momento del autohomicidio) cuando por fin Leydisrrum exclamó, sosteniendo el frasco letal con la mano siniestra: “¡Yaksonbil, tengo una idea infalivle!”.

Resúltame imposible, en mi calidad de Imperator, confesárosles la fórmula secreta de la línea cosmetológica que ideamos en aquellos áljidos instante mi amada cónyugue y mi excelsa persona de yo. Tan sólo declararé a mis súbditos, como gesto elocuente de mi generosidad carapterística, que durante un tiempo nos abocamos a la ardua tarea de cazar ratas preñadas, epstraerles la placenta a los embriones, macerarlas en aguas servidas vertidas desde una de las cloacas afluentes del otrora gran río citadino, licuar esa masa pestilente hasta convertirla en pasta huntable y perfumarla como correspondía a nuestros dotes de alquimistas. La mápsima que nos guiaba en tal titánica labor había sido enunciada por Leydisrrum: “Las mujeres aquí son muy coquetas, independientemente de la crisis una siempre encontrará de dónde sacar para ir a la peluquería, hacerse las manos y ponerse sus cremitas”.

Arrivose entonces el decembrino mes de diciembre y logramos con magno esfuerzo alquilar un tarantín en un bazar navideño organizado por unos mafiosos chinos que se autodenominaban a sí mismos como Los hermanos Chang. Desplegamos por todos los anaqueles del estand nuestra exclusiva línea de jabones, cremas hidratantes para el baño y la cara, aguas termales embasadas, maquillajes, champuses, acondicionadores y tónicos capilares para el cabello. Vendimos, con fortuna y buena suerte, toda la epsistencia y hasta nos comprometimos con la distinguida clientela en hacerles futuras entregas a domicilio, a sus propias casas, a lo largo del transcurso del año en curso próximo siguiente del 2012.

Fuele bien al negocio cosmetológico. Lo suficientemente bien como para recuperar la mansión y también la Land Rover, e inclusive incluso como para retapizarle los asientos a la camioneta con el cuero testicular de canarios albinos. Más sin embargo siempre hemos sido, y lo seguimos siendo hasta la fecha actual de hoy, una pareja ambiciosa y aspirasionista. Queríamos y merecíamos más. Mucho más. Y en esta oportunidad ocurrióseme a mí la genial idea (valga la rebundancia) de cómo hacer crecer el negocio: “Leydis (apodo cariñoso con el que sólo yo entre todos los humanos tiene derecho a llamar a la Imperatrice), mi amor, tú podrás saber mucho de lo que buscan las mujeres; pero yo creo que deberíamos ampliar el negocio hacia un destino más unisex para tener el doble de oportunidades”.

Y fuese de esa forma como originose Ratorade (que se pronuncia Rreitorei), la más prodigeosa jamás de las bebidas ipsotónicas. Me resultará, una vez más, como comprenderéis, imposible confesárosles a vosotros y a todos ustedes cuál es la fórmula secreta (aún más secreta que la de la Coca Cola) de Ratorade, a pesar de que mi generosidad superlativa me impulsa a reconocérosle: que sí, tiene algo de Coca Cola, que tiene mucho de las mismas aguas y las mismas placentas de embriones de rata que ya susodichamente mencioné más arriba para la línea cosmetológica y que tuvimos que ponerle también las mismas 4 mil y tantas sustancias adictivas que todos sabéis que posee el tabaco y que igualito todo el mundo se fuma.

La bebida ipsotónica en cuestión resultó un éxito absoluto, rotundo, masivo. Millones de personas optáronle por ingerir Ratorade (pronúnciese Rreitorei) como sustituto del agua misma, de jugos fructíferos epstraídos de las mismas frutas o incluso de cualquier refresco. Inclusive propúsose en Asamblea Nacional surtir a todas las casas, negocios, viviendas e instituciones de la región con Ratorade (lo cual se aceptó por voto unánime de todos). Y la gente empezó a adelgazar, a estar en la línea y luego en una línea progresivamente cada vez más y más delgada hasta desaparecer.

Sólo dos grupos sobrevivimos al impacto de Ratorade, lo que derivase más tarde en el subsiguiente desprendimiento del NeoDargüinismo o la supervivencia del más acto: el grupo de los que jamás consumimos ni una gota del líquido elemento (mi Leydis y yo) y el grupo de los hijos engendrados durante el período de cosumición de la bebida ipsotónica. Ya lo sabemos, las ratas son capaces de inmunizar genéticamente a sus crías para que no mueran víptimas del veneno que ha matado a sus progenitores. Habíamos forjado el sueño de toda Gran Nación, el florecimiento de una raza más fuerte de suidadanos e suidadanas.

Fuese así, queridos súbditos, como se dio origen a la nueva teoría dargüiniana de la supervivencia del más acto cuya paternidad y maternidad asumimos con hidalguía, respectivamente mi Leydis y yo. En los capítulos consiguientes de esta magna obra que son mis memorias autobiográficas de mi propia vida contadas por mí mismo os narraré cómo llegamos a eregirnos como Imperatores, pero eso será en otra oportunidad. El trabajo intelectual del que soy gozoso víptima y mápsimo avanderado viene siempre acompañado de la agotación.

Publicado en el Bazar Navideño Los hermanos Chang, diciembre 2011.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Don Peter Gabriel

Creo que la primera vez que tuve noticia de Peter Gabriel fue una tarde en la que, siendo un niño de ocho años, mi primo José Agustín me pasó un libro de fotos de su banda favorita: Génesis en concierto. Y allí vi a un tipo, al cantante, vestido de cubo. También de zorro, de visitante del espacio, de León (con colmillos y todo encima de la frente); pero sobre todo de cubo.

A pesar de las fotos que sí, me parecieron un alucine, la música de Génesis no me gustó. Hay una etapa decisiva en la vida de todos en la que o asumimos como propia la música de nuestros padres, hermanos, primos, amigos u optamos por revelarnos contra ella hasta encontrar algo que de verdad nos haga mella. Pasé un buen rato escuchando la música de otros sin mayores pasiones hasta que cierta noche mi primo Eduardo me puso en el extinto VHS un cassette lleno de drops donde tenía grabados dos conciertos: uno de Kraftwerk y el otro de Depeche Mode. Y en ese momento yo sentí que la música del futuro había llegado, que esa sí que era mi música, que ojalá se hubieran disfrazado también estos locos de cubo, pero ya era pedir demasiado.

Algunos años más tarde, en esos tiempos rarísimos en los que en mala hora se me ocurrió que yo era bueno para estudiar ingeniería, mi grandísimo amigo y hermano de vida, Diego Melchert, me invitó a la Colonia Tovar a bordo de su escarabajo Volks Wagen gris, modelo 67. Celebraríamos que él había se había sacado un 16 en el primer parcial de Análisis Matemático I (mientras que yo me iba a comer la frustración con fresas con crema después del más redondo y escandaloso 02 de mi vida). Íbamos entonces en el escarabajo VW por aquella carretera mojada llena de curvas, bajadas, subidas, escuchando a todo vatio el disco en vivo de Peter Gabriel –ahora sin Génesis, gracias a Dios-, parecíamos dos náufragos a bordo de una barca de hojalata en medio de una tempestad oceánica, y yo venía pensando en ese momento que “San Jacinto” de Peter Gabriel era un excelente soundtrack para despedirse joven de este mundo cruel, cuando entonces Diego, con su calma característica, me dijo: “Me están fallando los frenos así que al final de esta bajada, cuando yo te diga, abre la puerta”. Y así lo hicimos, llegamos hasta la Colonia Tovar frenando con las puertas abiertas, en simultáneo, cada vez que Diego decía “ahora”.

Ese detalle evidenció dos cosas: la primera, que Diego realmente sería un ingeniero excepcional porque sabía perfectamente cómo contrarrestar las leyes de la aerodinámica, y la segunda, que yo, por mi parte, me estaba obligando a convertirme en el más nefasto de los ingenieros jamás, porque lo que quería realmente en mi vida era echar cuentos absurdos al estilo de cómo Peter Gabriel sirve de banda sonora para no morir a los 19 y así seguir lanzándose –aunque fuera sin frenos- por las rutas de este mundo un rato más.

Pero, sobre todo, lo que saqué en claro ese día era que Peter Gabriel había llegado para quedarse. Que pasarían los años y las décadas y ese señor seguiría formando parte del soundtrack de mi vida. Y que cada tanto yo volvería a escucharlo para así obligarme de buena gana a volver a ese momento, con el pavimento húmedo, casi sin frenos, abriendo las puertas del carro en las bajadas, en compañía de ese amigo que la vida me había puesto en el pupitre de al lado a los 4 años. Y que sea entonces la música la encargada de recordarme que llevamos 36 años de amistad inquebrantable.

Hace una semana justamente se presentó Peter Gabriel a pocas cuadras de la que hoy es mi casa. No tengo palabras para describir lo que vimos. La palabra concierto se queda corta para nombrar el espectáculo que Gabriel y la New Blood Orchestra han montado para esta gira sinfónica del Don Peter. Ciertamente hay música en vivo, pero combinada con un espectáculo operático y cinematográfico. Una puesta en escena que nos habla de un artista integral a quien le importa no sólo lo que vamos a escuchar sino también lo que quiere que veamos y sintamos cuando estamos ante su presencia. Peter Gabriel, ahora con los años, se ha convertido en una especie de monje sabio. Un abuelo entrañable cuya grandeza y profundidad se han agigantado con el añejamiento.

Antes de tocar “San Jacinto”, esa misma canción que tanto ha significado para mí a lo largo de los años, Peter Gabriel leyó -en un hermoso español y con fuerte acento británico que en nada opacó el sentimiento- la siguiente anécdota: “Hace muchos años conocí a un muchacho piel roja que trabajaba en unas caballerizas. Él acababa de superar su ritual iniciático. Me contó que hacía pocas semanas había ido de tarde a visitar al maestro hechicero de su tribu quien lo estaba esperando en un punto del desierto. El maestro tenía una serpiente de cascabel en su bolso, la sacó y dejó que la culebra mordiera el brazo del joven, inyectando su veneno. Le dijo que tenía que pasar la noche allí, con el veneno haciendo su efecto, solo, bajo las estrellas. Si al amanecer seguía con vida, entonces podría regresar pero convertido ahora en un hombre”.

Peter Gabriel había sido obsequiado con aquella anécdota por ese joven indio y en agradecimiento decidió convertir su regalo en obsequio musical para nosotros. Fue entonces cuando sentí que algo había hecho clic, que el círculo se había cerrado. Todo cobraba sentido por un instante. La música tiene esos gestos mágicos, nos gusta especialmente porque, aun sin saberlo, nos está hablando de algo fundamental para nosotros pero que podemos pasarnos la vida entera para lograr comprender.

No sé exactamente qué fue lo que vimos ese día con Peter Gabriel y su New Blood Orchestra, insisto en que el término concierto sería mezquino. Fue más parecido a un acto de magia, a un ritual, una ceremonia mística y multimedia. Dos horas de regalo y agradecimiento donde uno se debatía internamente –lo digo sin tapujos- entre las ganas de llorar, de cantar, aplaudir; pero, sobre todo, de levitar entre todas esas miles de cabezas hasta llegar a la tarima para abrazar a ese caballero y decirle: “Coño, viejito, gracias. Gracias por absolutamente todo”.

"San Jacinto" de Peter Gabriel

martes, 15 de noviembre de 2011

Todos con Cacareco


Las elecciones para la Alcaldía de Sao Paulo celebradas el 4 de octubre de 1958 las ganó un candidato que por razones de peso nunca pudo ocupar su despacho: se trataba de Cacareco, el rinoceronte del zoológico de Sao Paulo.

Cacareco recibió en las urnas el apoyo de 100 mil paulistas que decidieron de esa manera manifestar su voto protesta, un voto en contra de la corrupción, la incapacidad gubernamental y la poquísima confiabilidad que les inspiraba el sistema electoral brasileño. Con el tiempo ese voto protesta pasó a denominarse el Voto Cacareco. Y algunos años más tarde, en 1963, ese mismo espíritu detrás del voto al rinoceronte alimentó a un grupo de bromistas canadienses que fundaron el Parti Rhinoceros (Partido Rinoceronte), entre cuyas propuestas de gobierno se contaban banderas como: revestir las aceras de goma para que los borrachos no se golpearan tan duro al caer, anexarse a los Estados Unidos como un estado más del territorio canadiense para así aumentar en un grado centígrado la temperatura promedio de Canadá y declarar la guerra a Bélgica porque en uno de los cómics de Tintín se asesinaba a un rinoceronte (cese de las hostilidades que se garantizaba a cambio de una caja de cerveza belga, condición que fue aceptada por la Embajada de Bélgica que envió las birras de la paz a la sede del Partido Rinoceronte). Cosa curiosa, esta especie de proyecto gubernamental de los Monty Python durante 30 años estuvo ocupando los segundos y terceros lugares en múltiples elecciones canadienses.

Anoche muchos venezolanos estuvimos pendientes del debate sostenido por los precandidatos de la MUD llevado a cabo en el Aula Magna de la UCAB. El saldo del evento es variopinto: esperanzador para algunos (entre quienes me incluyo), decepcionante para otros, risible para los demás. En lo personal, viendo las reacciones que por las redes sociales detonó la jornada, puedo sacar dos conclusiones: la primera es que este tipo de debates son de una necesidad imperiosa para los venezolanos en los tiempos que corren, y la segunda es que me temo que muchos compatriotas no parecieran estar entendiendo (una vez más) la situación por la que realmente estamos atravesando.

Ciertamente a muchos de nosotros nos gustaría, en un plano hipotético y de un romanticismo idealizado pero inviable, construirnos un candidato Frankenstein: que tenga un poco del discurso Martin Luther King, el corazón de Mahatma Gandhi, la pinta de Kennedy o de George Clooney, el carisma de Pelé, que toque los timbales como Tito Puente, que goce de la humildad genial de Messi junto con el carácter de un Winston Churchill y el cerebro de Jorge Luis Borges. Pero, por favor, seamos bienvenidos al mundo real: ese candidato no existe y no va a existir nunca.

Me perdonarán la metáfora futbolística pero si yo a usted le pregunto a quién le va en la final de la Copa América entre Uruguay y Paraguay, no me puede responder que a la Vinotinto. La Vinotinto no está, no juega, no llegó a la final. Tampoco se vale decir que su equipo ideal para ese partido culminante de la Copa América está conformado por Casillas en la arquería, Nesta y Cannavaro en la defensa, Xavi, Iniesta y Özil en el mediocampo, y la dupla Rooney-Ronaldo en la delantera. Lo siento, señores, esos panas no juegan, no están ni van a estar jamás en la Copa América. Es el momento de escoger entre Uruguay y Paraguay y si no le gusta ninguno de los dos pues no vea el partido pero tampoco lo sabotee.

Noto con preocupación un empeño proliferante en eso que los españoles llaman “querer cagar por encima del culo”. Una especie de hipersoberbia cool, una nueva moda entre los elegantes y los sabihondos en la que la máxima es “nada me convence, ninguno está a mi altura, antes de votar por alguno de estos bolsas preferiría que las cosas siguieran tal y como están”. En fin, el nuevo uniforme del inconformismo a ultranza que en tanto se parece (si no es acaso idéntico) al de la resignación. Como si no termináramos de una buena vez de darnos cuenta que llegó el momento de la verdad -hace rato- y que lo que está en juego es continuar con el modelo actual (casi tres lustros de gobierno nefasto que se pretende proyectar hasta el dosmilsiempre, de violencia y delincuencia desatadas, de incapacidad, injusticia, resentimiento y corrupción) contra otro modelo de gobierno con el que podemos tener las mil y una diferencia, las mil y una críticas, pero que asegura –al menos- la alternabilidad del poder. Porque sea quien sea que resulte el candidato de entre esos 5 que vimos anoche, ese caballero o esa señorita, saldrá del poder una vez que se acabe su período para garantizar así la continuación del juego democrático.

A lo mejor decidimos que no será ninguno de los 5 de anoche, que nuestro candidato para el 2012 será nuestro propio y personal Cacareco, que vamos a fundar el Partido Panthera y que el candidato será entonces el león del Pinar (que ojalá siga existiendo y no lo hayan sacrificado a estas horas para un ritual de esos que tristemente sabemos). Sea quien sea ese candidato que resulte electo para enfrentar a Chávez, tendremos que ponernos todos al lado de él, dejando la soberbia, los excesos de inteliJencia y los romanticismos inviables a un lado. Es la hora de cuadrarnos todos con nuestro león del Pinar y a votar por él masivamente. No nos queda otra, señores. La hora de las medias tintas se nos fue, no aplica.

Eso sí, al día siguiente de las elecciones, querido león (o leona, si es el caso), ten la seguridad que la mayoría de nosotros volveremos a las filas de la oposición (dignos militantes del POP: Partido de Oposición Permanente) y te vamos a estar vigilando de cerca, te vamos a estar criticando y presionando para que lo hagas bien y para garantizarnos que una vez se te acabe el quinquenio (sí, 5 nada más; porque 7 años es un exabrupto) tú vas a salir de Miraflores para volver a tu jaula del Pinar. Y si lo haces muy bien durante tu ejercicio, podrás entonces volver a candidatearte cuando al rinoceronte del parque de Caricuao se le haya acabado su período presidencial.


martes, 8 de noviembre de 2011

De Ron Mueck a La otra Tierra


Hace pocas semanas tuve el placer de ir con mi esposa y mi cuñada a ver la exposición –breve pero suculenta- del artista australiano Ron Mueck. Y hace dos días, en idéntica compañía, tuvimos el gusto de asomarnos en esa gema humilde del cine de ciencia ficción independiente llamada Another Earth de Mike Cahill.

Intentaré con esta entrada construir una sonda espacial que conecte ambas obras, que intente trazar un vaso comunicante entre estos dos universos aparentemente tan distantes y disímiles pero que ahora mismo se me antojan tan vinculados.

Comencemos con Ron Mueck, un artista plástico proveniente del mundo de los efectos especiales cinematográficos a quien le debemos el imaginario fantástico de películas como The Dark Crystal (1982) y Laberinto (1986). La obra plástica de Mueck se inscribe dentro de la propuesta del hiperrealismo, una meticulosa representación de la realidad donde los objetos artísticos se nos hacen perturbadoramente similares a aquellos originales que han servido de modelos. Ron Mueck, a partir de silicona y otros polímeros que utiliza como materia prima, hace un calco tridimensional de figuras humanas y animales. El chiste no tendría gracia alguna (mejor sería irse directamente a un museo de cera) si los objetos de Mueck no estuvieran tocados por ese efecto de reflejo especular distorsionado. Sus figuras son exageradamente pequeñas o abrumadoramente grandes. Como si fueran evidencias de la existencia de un mundo paralelo idéntico al nuestro pero donde las personas y los animales son víctimas de otros juegos de la escala y la proporción. Son iguales a los que conocemos pero pequeñísimos o son idénticos pero gigantescos. Y eso produce una risa nerviosa que se parece un montón al vértigo o al susto.

Ron Mueck parte de la similitud exagerada para devolvernos, curiosamente, una mirada extrañada sobre la realidad.


Mueck tiene la valentía –no encuento otra palabra para describirlo- de construirse un autorretrato de su propia cabeza dormida pero en un tamaño que supera al metro de diámetro.


También lo podemos ver flotando sobre el eje vertical, en una cama inflable, como un muñeco veraniego a escala, perfecto en cada detalle, de apenas 1,20 metros.


En “Man on a Boat” nos ofrece un hombrecito desnudo que navega en medio de la sala de exposiciones a bordo de un bote de tamaño natural. Al hombrecito de Mueck, con esa cara de náufrago a la deriva, el bote le queda grande. Y cuando lo encaramos es inevitable pensar que a todos, alguna vez, el mundo nos ha quedado enorme también. (Bueno, habrá más de un soberbio que se negará a aceptarlo)


Hay un pollo desplumado, colgando del techo por las patas, que debe tener el tamaño de un caballo. Ese pollo asusta al tiempo que, hasta en el más carnívoro de los mortales, despierta un deseo prodigioso de convertirse en vegetariano.


La mujer en la cama de Ron Mueck es una cosa descomunal de más de 4 metros. Uno cabría acostado perfectamente entre su regazo y su frente, y los brazos no nos alcanzarían para abrazarle completamente la cabeza. Me imagino a la modelo de carne y hueso asistiendo a la exposición, viéndose a sí misma en versión gigante. Seguramente pediría a los guardias –y a todos los presentes- unos minutos para quedarse a solas consigo misma. Y seguramente se los concederían, pues son muy pocos en el mundo los dignos de ese favor tan incuestionablemente merecido. Entonces, ya a solas frente a esa imagen tan idéntica y tan perturbadoramente exagerada de sí misma, la mujer le susurraría en la orejota a la gigante: “Tú siempre serás más grande que yo y no envejecerás nunca… pero no me queda claro quién sale ganando entre las dos”.


Y, tal vez, esta imagen de la mujer hablándose a sí misma (o hablándole a esa que se le parece tantísimo al tiempo que le hace verse desde afuera con una extrañeza que nadie más lograría provocarle jamás) es lo que me permitiría conectar con Another Earth, la película de Mike Cahill.

No contaré el argumento del film para no arruinarles la experiencia que bien vale la pena. Lo vale y muchísimo, primero porque hacer una película de ciencia ficción tan sólida, tan conmovedora y con tan poco presupuesto no es otra cosa que un canto a la esperanza; y segundo: porque Another Earth (La otra Tierra) es una película que se vale de los pretextos y los argumentos de la ciencia ficción pero para hablarnos de la ntimidad más humana.

Resumo fugazmente la historia: un buen día aparece sobre la bóveda celeste un planeta azul que se aproxima a la Tierra. Y a medida en que ese otro planeta se aproxima progresivamente al nuestro, los humanos nos damos cuenta de que no se trata de otra cosa que un mundo gemelo, idéntico a este, un planeta espejo donde todos y cada uno de nosotros está siendo reflejado milímetro a milímetro y acto por acto. La protagonista (una hermosa rubia que en la vida real también resulta ser coguionista de la película) decide participar en un certamen para viajar a la Tierra 2 y así buscarse a sí misma en el otro mundo. Surge entonces una reflexión profunda y estremecedora: ¿Qué nos diríamos a nosotros mismos de encontrarnos un día cara a cara vistos desde afuera? ¿Qué tan igual sería a nosotros ese extraterrestre tan a nuestra imagen y semejanza que ha vivido exactamente lo mismo que nosotros segundo a segundo pero un mundo alterno?

Ni más ni menos, el juego del hiperrealismo puesto a funcionar dentro de la realidad para hacérnosla más extraña, perturbadora y extraordinaria que nunca. El mundo, en fin, acaba asumiéndose como el más extraño de los lugares. Y la gente es rarísima, especialmente cuando nos descubrimos a nosotros mismos pero vistos desde fuera.


Hace unos años conocí a alguien que había sido adicto a los ácidos. Me contó que los había dejado por propia voluntad, sin ayuda de ningún tipo. Ocurrió que en los últimos viajes que había tenido, justo cuando estaba por entrar a su casa después de una noche lisérgica en el inframundo (o el supramundo, quién sabe) se veía a sí mismo caminando por la acera y a punto de sacar las llaves del bolsillo para entrar a casa. Durante un tiempo –mientras aún se negaba a dejar los ácidos- decidió correr, apurarse como un poseso que necesita volver al hogar, no fuera cosa que el otro llegara antes y se lo encontrara durmiendo en su propia cama, hasta que un día optó por no meterse más ácidos y así garantizarse no ser alcanzado o superado por sí mismo. Nunca más volvió a verlo (verse). Aunque, una vez más… quién sabe.