miércoles, 28 de marzo de 2012

Manual inútil en caso de terremotos


Hace una semana hubo un terremoto en México, dicen que duró cerca de dos minutos y que alcanzó los 7,8 grados en la escala de Richter -números casi idénticos a los del devastador terremoto que sacudió a México en 1985-.

Yo estaba en ese preciso instante saliendo para clases cuando en eso escuché a mi cuñada gritar desde el comedor: ¡Cuñado… cuñado! Lo hacía con la misma voz de alarma que utiliza cuando deja caer el cenicero lleno de colillas en la papelera sin bolsa o cuando se mete a bañar y no le sale el agua bien caliente. Con toda la calma que me producía saber que se trataba de alguna de estas tragedias me llegué hasta el epicentro de los gritos y la encontré en cuclillas metida debajo de la esquina de la mesa del comedor. “¡Está temblando!, ¿no lo sientes?”. “Coño, no… ¿será que salimos?”. “Yo no tengo llave y además estoy en pijama”. “Vale, voy a buscar la llave y ya vuelvo, no te muevas”. No llegué a buscar la llave, me quedé mareado mirando por la ventana hacia el árbol de aguacates del jardín del vecino. El tipo se movía como si se dispusiera a salir bailando. Sí, estaba temblando, era un hecho.

Cuando por fin se me pasó el mareo y superé la impresión de ver a un aguacate bailar, di con las llaves (sepan que las llaves nunca están en su sitio y mucho menos cuando se enteran de que hay terremotos), logramos bajar por las escaleras y ya todo el mundo había tenido tiempo de bajar y volver a subir, es decir, el edificio se pudo haber derrumbado con solamente dos víctimas dentro: una mujer empijamada y un tipo con su morralito negro en la espalda.

“A poco que estuvo sabroso el temblor” fue el recibimiento del vigilante que se fumaba un cigarrito bajo el sol.

Durante varios días no hubo otro tema de conversación en esta ciudad que no fuera el terremoto: ¿Cómo lo sentiste?, ¿dónde estabas?, ¿y qué hiciste?, ¡eso que hiciste es lo peor que se puede hacer en caso de terremoto! Y por supuesto también se desataron una cantidad insólita de teorías sobre las causas del terremoto y sobre qué carajos hay que hacer en caso de un sismo.

He aquí un breve manual armado a punta de todas esas cosas que escuchamos y leímos después del temblor.

1.- Cuando hay un terremoto no se pueden utilizar los elevadores pero tampoco las escaleras. En el ascensor te quedas encerrado y en las escaleras la vibración te tumba por los peldaños. Así que hay que buscar una manera de bajar que no sea ni por un lado ni por el otro. Ergo, tienes que decidir entonces entre lanzarte por la ventana o quedarte parado en tu sitio hasta que pase el temblor. En fin, mejor no hagas nada y punto.

2.- No es en lo absoluto aconsejable durante un sismo colocarse debajo de los marcos de las puertas (eso funcionaba hasta el año 2010 más o menos, pero luego se dieron cuenta que era aún más peligroso, que lo único que se derriban son los marcos y las columnas mientras que los techos sobreviven flotando en el aire). Lo mejor sería ubicarse en el hueco que hay entre la poceta y el lavamanos. O meterse en la bañera (también aplica en caso de tiroteos por lo que las bañeras son un invento mejor que el hielo).

3.- Lo ideal si te encuentras en zona sísmica es cargar un bolsito a mano que contenga una botella de agua, una galleta, un chocolate, un pañuelo, una manta, medicinas, un tanquecito de oxígeno y el equipo de primeros auxilios. Así que ni tan bolsito, mejor un morral con todo eso y siempre encima de uno porque no sabes jamás dónde te va a coger el terremoto. Eso sí, practiquen antes para cerciorarse de que caben con morralote y todo dentro del huequito entre la poceta y el lavamanos.

4.- Corrección cortesía de un amigo: en vez de agua mejor una Coca Cola (por aquello de que tiene azúcar) y el chocolate mejor con trocitos de maní (que así te nutres mientras estás tapiado). Y la galleta mejor que sea integral y con miel. Claro, luego está el problema de los gases, porque te puedes inflar de flatulencias y te la pasas aún peor bajo los escombros. Y si eres diabético o alérgico al maní pues te jodes el doble. No, mejor borren este punto y nos quedamos con el anterior.

5.- Los terremotos no son acontecimientos aislados, siempre vienen acompañados de múltiples réplicas, por lo que las corporaciones aconsejan a sus empleados seguir las normas de desalojo, bajar ordenadamente –que no sea ni por el ascensor ni por las escaleras- en silencio y sin correr, siguiendo el protocolo de emergencias sabiamente expuesto con iconitos en los descansos de las escaleras (las mismas que no se pueden utilizar). Una vez transcurridos 15 minutos (sin dispersarse, siempre al pie del inmueble) hay que subir de nuevo hasta las oficinas (nos imaginamos que levitando) y esperar tranquilamente en sus respectivos puestos de trabajo hasta que ocurra la réplica. Repetir la operación tantas veces como sea necesario hasta que cesen los sismos o hasta que sea ya la hora de irse a sufrir el terremoto cada quien en su casa.

6.- Un famoso vidente que asegura estar en contacto con los espíritus mayas y aztecas aseguró en su programa radial matutino que al día siguiente del terremoto iba a haber una réplica aún peor, un cataclismo como ningún otro en la historia de la humanidad (quién sabe si de la de los dinosaurios también) y que ocurriría justo a las 5 de la tarde. Lo preocupante no fue que lo dijera, ni siquiera que le creyeran, sino que hasta las 5 p.m. nadie se burló del vidente.

7.- Un compañero de trabajo de mi esposa sostiene (y no es joda, en serio el tipo lo jura) que el terremoto se debe a unas naves espaciales que están entrando a la atmósfera terrestre por un punto ubicado justo encima de México. El terremoto anunciaba sencillamente el inicio de la invasión.

8.- Coño de la madre, yo lo que quería era escribir el post sobre la llegada de los marcianos a México.


jueves, 22 de marzo de 2012

Mudanzas

Hay una maldición maracucha que reza: “Ojalá y te mudéis”. Y uno no la entiende hasta que te cae encima con todo su peso, es decir, hasta que te mudas de casa (otra vez).

El acto de mudarse es un acto extraño signado por la contradicción, se trata de llevarte todo lo que puedas y al mismo tiempo deslastrarte de todo lo que te sientas capaz de dejar atrás (que siempre resulta menos de lo que uno debería).

Siempre, absolutamente siempre, en toda mudanza habrá una cosita sin importancia que se quiebra. Y no importa que todo lo demás haya llegado sano y salvo a su nuevo destino, a ti lo que te mata es haber roto esa cosita sin importancia que a ti te duele un montón.

La rebelión de los objetos inanimados ocurre, sobre todo, en los momentos de mudanza. Hay cosas que aprovechan la madrugada para salir reptando de cajas y maletas, se escurren por debajo de las puertas, corren en puntas de pie por las escaleras y se instalan en otras casas debajo de las lavadoras o entre la cómoda humedad de la ropa sucia.

En toda mudanza hay una maleta llena de cosas que no pesan, de cosas que sobran, de cosas sin mayor importancia que uno debería tirar (pero mejor todavía no, quién sabe si hacen falta más tarde, vamos a meterlas aquí por si acaso). Cuando la vayas a cargar te enterarás de que esa maleta pesa una vida entera.

Siempre que te mudas hay algo que se queda, un objeto extraño de esos que sólo tienen sentido para ti que se encarga el muy necio de montarse encima un manto de invisibilidad y mira calladito desde el rincón cómo se lo llevan todo mientras él se queda. Y el nuevo inquilino tendrá que repetir una y otra vez la misma respuesta: “No tengo idea de qué será eso, cuando llegamos estaba ya aquí; creo que lo dejaron los que vivían aquí antes”.

Y en toda mudanza, a la hora de desembalar las cajas en la nueva casa, aparece un objeto extraño que nadie conoce ni recuerda haber embalado. “Mierda… ¿y esto qué es?”. “No tengo la menor idea, pero creo que queda bonito si lo ponemos aquí”.

Uno jamás muda solamente las cosas de uno. Las mudanzas son siempre un acto colectivo donde viaja contigo un montón de gente. Porque en toda mudanza siempre habrá una bolsa negra repleta de libros, discos, ropas, utensilios de cocina, zapatos y estados de cuenta de otros que hace años te dijeron “Guárdame esto aquí que yo vengo más tarde a recogerlo”.

Hay objetos sin valor que siempre se mudan contigo: una foto, una cajita, un muñeco, una chapita, una postal, una nota escrita a mano. No sólo son los grandes testigos y compañeros de todas tus idas y venidas, sino que sin ellos –lo sabes- tu nuevo espacio no será nunca tu casa.

Toda mudanza implica un duelo. Una despedida, una pérdida que con suerte estará maquillada con la esperanza de que en el nuevo hogar las cosas irán mejor. Las mudanzas son modelos a escala, especies de ensayos metafóricos, de muerte y resurrección.


viernes, 16 de marzo de 2012

Moebius no se acaba nunca



El sábado pasado se nos murió Jean Giraud, el gran “Moebius”, uno de los autores de cómics que sin asomo de duda se ganó desde muy temprano y para siempre su sitial entre las divinidades de mi Olimpo personal. Un maestro, un héroe, un mago. De los pocos magos que quedaban con vida en este planeta al que nos quieren superpoblar de héroes chimbos, magos que no tienen somera idea de lo que es la magia y supuestos maestros que realmente no lo son ni merecen tal título.

Se nos fue Moebius de este mundo y uno no puede dejar de pensar en que realmente siempre fue un ser de otro mundo, de otro tiempo y otro espacio.

He pensado mucho en cómo hacerle un homenaje personal a un héroe como Moebius, en lanzarme en un análisis sesudo sobre sus aportes al universo del cómic y sus legados para la ilustración y en la construcción de mundos fantásticos. Y simplemente, he concluido, no se puede. No soy capaz. Confieso que no me siento en condiciones de verlo desde fuera de mi más profunda subjetividad y separándome de la tristeza que siento al saber que ya nunca veremos una nueva obra de Moebius; porque fiel a su palabra, el caballero dibujó hasta el día de su muerte. Estará ahora mismo, seguro, creando otras cosas y en otra parte, pero falta un rato para que la podamos volver a ver y disfrutar.


Conocí a Moebius gracias a mi amigo de la adolescencia Pierre Capechi, el buen "Pierre Simón", quien un día me invitó a su casa y me mostró su colección de revistas de historietas que encerraba en el armario. Allí me asomé por primera vez en ese universo del que no podría ni querría escapar nunca más, el que habitaba en las revistas Cimoc, Metal Hurlant, Tótem, El Víbora y en aquellos hermosos volúmenes integrales de tapa dura editados por Norma Cómics. Acordé con Pierre en esos tiempos, bajo juramento de cuidarlos más que mi propia vida, que me prestaría uno a uno sus cómics para llevármelos a casa, mirarlos con cuidado y devolverlos una semana más tarde.

Desde ese momento, instantáneamente, con una convicción que no me ha abandonado a pesar del paso del tiempo que lo arruina todo, le abrí un espacio en mi parnaso particular a tres dioses: Enki Bilal, Milo Manara (por razones obvias, porque nunca nadie jamás ha podido ni podrá dibujar mujeres tan hermosas y seductoras) y a ese tal Jean Giraud apodado “Moebius”.

En aquel entonces guardaba celosamente los cómics prestados en la gaveta inferior de mi mesita de noche, jurando que allí se encontrarían bien escondidos y a buen resguardo. Hasta que un día mi padre me dijo: “Chamo, ¿no tendrás por allí más revistas de esas de cómics? Son un poco porno, pero están buenas”. Y allí se abrió un nuevo espacio de intercambio entre el Vegetal y yo. Empezamos a buscar cómics, a comprar cómics, a prestarnos y regalarnos historietas como si fuésemos dos carajitos.


Algunos años más tarde, cuando estaba recién graduado de la universidad, conocí en el trabajo a mi gran amigo Fedosy Santaella. Durante un tiempo fuimos simplemente compañeros de oficina y, como vivíamos cerca, compañeros también de transporte. Un día me pasaba a recoger por casa Fedosy y al siguiente me tocaba a mí pasar por él. Cierta noche Fedosy, justo antes de bajarse del auto, me invitó a tomar algo en su apartamento, me sirvió una cerveza y me dijo: “Ven por aquí, para mostrarte una vaina”. Y por segunda vez en mi vida alguien me llevaba hasta la puerta de su clóset, abría ritualmente las puertecillas y me mostraba su impecable y atesorada colección de cómics. Fedosy, sin necesidad de buscar entre las centenares de historietas que tenía allí, con precisión quirúrgica extrajo un volumen: “Mira esta belleza, mi pana”, y me puso sobre las manos una gema entre las gemas, un cómic de Silver Surfer cuyo guión era autoría de Stan Lee y las ilustraciones de Moebius.

Recuerdo ese momento como si se tratase de la secuencia de una película. Y lo recuerdo, sobre todo, porque estoy seguro de que en ese preciso instante se detonó un guiño del destino, una muestra evidente de complicidad, la certeza de que la amistad con Fedosy estaba respaldada por una solidez absoluta: la pasión por Moebius nos hermanaba. Me gusta pensar que si no fuera por Moebius no hubieran existido hoy día Los hermanos Chang.


Siguieron transcurriendo los años y la vida -con sus vueltas insólitas- me terminó llevando al Banco del Libro. Y allí tuve la oportunidad de convertir a mi pasión por los cómics en mi trabajo. Se les ocurrió allí –Dios mío, gracias por rodearme siempre de locos entrañables- darme carta blanca para investigar sobre los cómics, hacer eventos con cómics, viajar por otros países para hablar de cómics. Y en todas y cada una de esas aventuras, siempre, absolutamente siempre, estuvo presente Moebius. No hubo una sola oportunidad en que no me refiriera a él o que no incluyera alguna de sus obras en mis presentaciones. Moebius era mi talismán, la única garantía de que las cosas, necesariamente, iban a gustar y a salir bien. Porque, más allá de la felicidad o infelicidad de mi trabajo, algo tocado por el fantasma y el imaginario de Moebius se me ocurría que resultaba siempre infalible. Y, lo juro, Moebius jamás me falló.

Así que se murió Moebius este sábado 10 de marzo de 2012 y en medio de la desgracia que significa su partida hay un consuelo que me queda y que nadie me quita: Moebius, tal como la banda de donde tomó su nombre, es infinito, eterno, Moebius no se acaba nunca. Seguirá estando en millares de cosas que nosotros y los nuestros hayamos hecho, hagamos ahora mismo o estemos aún por hacer. Moebius vivirá por siempre en todos y cada uno de los que nos hemos asomado a su obra y nos hemos contagiado por su fantasía. Así que buen viaje, maestro, nos despedimos con un hasta siempre porque, de una forma u otra, así sea por los caminos más extraños y las vías más insospechadas, siempre nos seguiremos reencontrando.



martes, 6 de marzo de 2012

Será hasta otra.



A veces, cuando tengo un rato libre, las mañanas con sol, me gusta darme un paseo por el parque de Bosques de Chapultepec. Camino unas cinco cuadras por Reforma y ya estoy en la entrada, paso por la puerta del zoológico donde huele siempre a rinoceronte, bordeo la casa del lago Juan José Arreola (dicen que las aguas de ese lago de un verde radioactivo son las más contaminadas de México, imagino que tienen que estar exagerando aunque algo de cierto puede haber porque –cómo explicarlo- suelen haber estudiantes con sus batas blancas de laboratoristas subidos a los botes recogiendo muestras con pipetas y matraces). Camino rápidamente, con el paso apurado, entre la nube de vendedores ambulantes con sus gritos de 5 pesos les cuesta 5 pesos le vale. Sigo el recorrido por la Calzada de los Poetas, saludo al busto de la monja poetisa, Sor Juana Inés de la Cruz, y más adelante me detengo ante la estatua de El Quijote en las nubes, una belleza verde (de un verde distinto al del lago, pues este verde sólo lo da la oxidación del bronce) y lo saludo con un gesto reverencial como si se tratara de un santo milagroso. Tomo entonces el camino hacia la Placita de El Quijote, siempre cerrada bajo cadena y candado, donde se encuentra a la izquierda un Quijote hecho a imagen y semejanza de Salvador Dalí y a la derecha un Sancho Panza inspirado en la voluminosa figura de Diego Rivera. Sigo por el camino que se abre a mi izquierda y paso frente al lugarcito donde un viejo alquila bicicletas a 25 pesos la media hora de pedaleo. Ese viejecito sabe más de Chávez y de la situación de Venezuela que muchos de mis coterráneos, siempre lleva gorra de pelotero y siempre se la quita para saludarme con un gesto que parece calcado de un caballero del siglo XIX. Sigo derecho por la Calzada del Rey y me cruzo con un pelotón de la Guardia Presidencial que, con sus uniformes deportivos negros, juegan al fútbol o trotan mientras se animan con esos cánticos que sólo los militares saben y pueden cantar a coro. Doy vuelta de nuevo a la izquierda y me interno por un bosque poblado de ardillas (enormes, de las que no sienten miedo sino que lo inspiran), con unos árboles generosos y gigantescos a los que provoca abrazarse del tronco y quedarse el resto de la mañana allí. Me llego hasta una fuente monumental la cual, después de decenas de visitas y con mucha imaginación, he decidido que está dedicada a David y Goliat. David está unos metros más adelante, es pequeño y tiene una honda con piedras, Goliat está de pie al fondo custodiando la fuente desde las alturas, un coloso soberbio que no imagina aún la que se le viene encima. Subo las escaleras y paso frente a un lugarcito cerrado donde puedes tomar un libro gratis y leerlo tumbado en sillas de extensión mientras escuchas música clásica. Continúo el paseo bordeando la cerca que delimita la colina donde se levanta el Castillo de Chapultepec, emprendo el regreso a casa, vuelvo a saludar a Sor Juana, miro a los estudiantes de batas blancas que recogen muestras del agua del lago, paso de nuevo frente al zoológico y me sobrecoge una vez más el olor a rinoceronte que habita allí.

Salgo del parque y decido caminar por Reforma, por una acera distinta a por donde me vine antes. Descubro, entre los barrotes, que hay un sector del parque especialmente hermoso al que nunca he visitado. Un grupo de ancianos, hombres y mujeres, juegan voleibol. Hay uno, debe rondar ya los 75, que es el terror de los mateadores. No salta, apenas se levanta con punta de pies, pero se saca el brazo desde la cintura, describe un arco de ensueño, golpea la pelota en su altura justa y dispara unos mates prodigiosos que no hay defensa en este mundo capaz de levantársela del suelo. Me les quedo viendo desde el otro lado de la reja largos minutos y entonces me imagino a mí mismo, desde el lado de adentro, jugando al voleibol y mirando la cara de tonto que tiene el asomado entre los barrotes, sufro un ataque súbito de vergüenza y retomo mi camino. Qué pena con esa gente. Pero cuando estoy a punto de cruzar por el paso de cebra, cuando el semáforo de peatones se pone en verde con su cuenta regresiva de exactamente 37 segundos (¿quién habrá calculado que para atravesar los 6 canales de Reforma uno tarda un promedio de 37 segundos?) doy vuelta sobre mis pasos y me encamino hacia la entrada de ese sector del parque donde nunca he estado. Miro la placa de la entrada que dice “Pabellón Coreano” y abajo en letras doradas una leyenda que reza algo de que es un regalo del pueblo coreano al mexicano como muestra de la hermandad que los une y otras cosas más que me dan una pereza enorme detenerme a leer. No avanzo ni diez pasos cuando un vigilante de unos 65 años, impecablemente uniformado, me llama: “Joven, disculpe, no puede entrar aquí” “¿Y por qué no?” “Porque este sector del parque está reservado para los visitantes de la tercera edad”.

Me acompaña hasta la entrada y respetuosamente me señala al letrero cuyas letras pequeñas confirman lo que me está diciendo: Reservado exclusivamente para las personas de la tercera edad.

-Ah, bueno, yo entonces vuelvo más tarde- le digo a manera de chiste.

-Y yo espero estar aquí dentro de 30 años para recibirlo y decirle entonces que sí puede pasar.


martes, 28 de febrero de 2012

El Ministerio de la Verdad informa…

El Ministerio de la Verdad informa…

Se interrumpen de golpe las transmisiones y aparece en todos los monitores de televisión y de radio (también) la imagen del caballo blanco al galope hacia la izquierda hecha con la misma técnica de animación 3D que utilizó Dire Straits en su video de Money for Nothing en el año 1985.

Sobre las imágenes del caballito con fondo tricolor y ocho estrellas se inserta la voz del enano engolado que narra con verbo hiperflorido todos los desfiles militares: “Esta es una transmisión oficial del Ministerio Del Poder Popular Para La Verdad, La Información y Todo Tipo De Otro Tipo De Comunicaciones (que se escribe MPPPVITTOTC y se pronuncia… bueno, no se pronuncia porque no se puede) en cadena conjunta de radio, cine, televisión, internet, redes sociales y vasitos plásticos unidos por pabilo”.

Acaba la animación y el resto de la cadena transcurre con una voz en off (la del enano engolado, claro) sobrepuesta a una imagen (colorizada –y encolerizada- en rojo) en Primerísimo Primer Plano del rostro del Comandante Presidente que nos vigila.

Voz en off:

“El Ministerio del Poder Popular Para La Verdad, La Información y Todo Tipo De Otro Tipo De Comunicaciones anuncia las verdades absolutas para la mañana de hoy:

La delincuencia no existe. Existió durante la putrefacta república anterior pero dejó de existir hace rato. Desde que estamos en verdadera democracia bolivariana no hay delincuencia. Toda manifestación de violencia y delincuencia no son otra cosa que un acto delirante e injustificado de manipulación mediática y autoinmolación perpetrado contra el pueblo y contra sí misma por la oposición apátrida.

Los índices de pobreza alcanzaron anoche un valor histórico e histérico del -25%. Es decir, somos 25% más ricos que hace 24 horas.

Se expropiaron unas nuevas 35 mil viviendas y se entregaron a sus dignos invasores los correspondientes 50 mil títulos de propiedad. Para el 2013 se alcanzará la meta de contar con más viviendas dignas que habitantes en esta nación.

Queda abolido en el gobierno bolivariano el tiempo y el proceso que media entre la concepción de una idea y su ejecución. Es decir, si se nos ocurre asegurar que vamos a construir 5 millones de viviendas y 4 millones hospitales y autopistas suficientes como para ir de Caracas a Marte ida y vuelta es porque eso YA ESTÁ CONSTRUIDO Y PUNTO.

El Premio Nacional de las Artes será entregado por tercer año consecutivo al mismo y único artista plástico del país (a este tipo que nadie sabe cómo se llama, ni nos importa, porque al final todos los artistas son maricones, pero que pintó hace como cinco años aquel cuadro prodigioso titulado “Los Héroes de Puente Llaguno”).

Por cierto, “marico”, “maricón”, “afeminado” y “yo creo que este candidato majunche es como raro” seguirá siendo insultos en la República Bolivariana de Venezuela del 2012. Siendo uno de los pocos países del mundo donde todavía se cuenta con el privilegio de que tales cosas sigan siendo consideradas insultos.

La réplica de la Espada de Bolívar será entregada por tercera vez a Muamar Gadafi –por segunda ocasión en su versión post mortem- y el pueblo entero de Venezuela personificado en su máximo líder lamenta profundamente no contar con la presencia física del homenajeado por razones mayores que escapan, inclusive, a las posibilidades omnipotentes del Presidente Comandante.

Por decreto del Consejo Nacional Electoral y del Tribunal Supremo de Justicia se dictamina que las fraudulentas elecciones primarias para designar al candidato majunche de la oligarquía opositora y apátrida que pretende volver (no volverán) para robarnos la felicidad e intentar medirse contra el vitalicio líder de la revolución bonita contaron realmente (estas son las cifras oficiales) con la participación de 2 mil doscientos cincuenta y dos y tres cuartos de votantes. Que no los sacaron realmente pero se los vamos a regalar.

Las encuestadoras más confiables, neutrales y serias de la nación (como la del Comandante Gato, Jessie Chacón) estiman que ese mismo número de opositores acudirá a las urnas (a las electorales, por ahora) para expresar su ridículo apoyo a su candidatucho mientras que el resto del pueblo manifestará su apoyo incondicional y eterno a nuestro máximo líder que superará los 15 millones de votos en esta oportunidad. A quienes les gustan los porcentajes les diremos que ganaremos, más o menos, con el 104, 69% de los votos.

PDVAL jamás ha dejado podrir ni un mísero miligramo de alimentos. Tampoco se ha derramado ni un solo centímetro cúbico de petróleo en los ríos de la patria por negligencia de PDVSA y el surtido eléctrico no ha fallado ni una sola vez en más de 13 años de impecable gestión.

Nunca, al igual que con la delincuencia, jamás existió una tal lista Tascón.

A los saboteadores de la oposición apátrida, esa cuerda de desnaturalizados que andan difundiendo imágenes e informaciones sobre los supuestos derrames de petróleo, las infundadas cifras de alimentos podridos, las irrisorias fallas del sistema eléctrico nacional y se andan quejando por los ridículos atropellos dizque por ser “víctimas de la supuesta Lista Tascón” les recordamos y advertimos que somos revolucionarios pacíficos pero que estamos armados, que tenemos a los militares de nuestro lado, que los civiles revolucionarios están provistos de granadas, subametralladoras, fusiles AK-47 y estamos entrenados para defender la revolución… bueno, mosca pues.

Ah, y que tenemos también aviones Sukhoi, tanques, helicópteros, blindados, un reactorcito nuclear que nos regalaron los iraníes para que nos hagamos nuestra propia bomba y hasta un híbrido de vaca con burro y helicóptero artillado que le compramos a los rusos y que cada vez que lo van a despegar hay que despejar la pista entera del aeropuerto de La Carlota y al que algún día le vamos a terminar de construir su hangar para que quepa (pero es que no hay cabillas ni cemento ni espacio para levantar esa vaina, pero la vamos a hacer, estamos a punto ya). Así que, de nuevo, mosca pues.

Les recordamos a todos los hijos de meretriz (eso qué será… ¿ah, sí? ¿y se escribe así con z o es con s? Verga); bueno, les recordamos a todos esos hijos de su grandísima madre, desnaturalizados, descerebrados, descorazonados, degenerados, apátridas, traidores y batequebraos de la oposición apátrida que seguimos opinando (por ahora) que maldito sea el soldado que levante el arma en contra de su pueblo, pero si se lo buscan y se andan con comiquitas… mosca pues.

Por cierto, dejen la violencia, dejen quieto al que está quieto, águila no caza moscas pero si no reconocen lo que les vamos a obligar a reconocer en estas y en todas las elecciones… mosca pues.

La nación de Eurasia no existe. No por ahora. Pero el día en que se nos ocurra que sí existe: nosotros siempre hemos estado en guerra con Eurasia, hasta que decidamos lo contrario.

El término lesión, a partir de ahora, significa otra cosa. Así que a los deportistas, a los que sufrieron de algún traumatismo y a los miembros de la Real Academia de la Lengua Española les aconsejamos que se busquen otro término. Que lo sepan, decir cosas como “El defensa de la Vinotinto, Oswaldo Vizcarrondo, no jugará esta semana porque sufre de una lesión en el tobillo derecho” será considerada un exabrupto y se pagará con todo el peso de la justicia (la nuestra). A los individuos de número de la Real Academia de la Lengua de Venezuela les advertimos que les estaremos dando en las próximas horas una visita cordial de un batallón de la milicia bolivariana encabezado por Mario Silva para que les enseñe a hablar y se pongan serios.

Los revolucionarios jamás hemos acuñado ni proferido la frase “Patria, Socialismo o Muerte”. Nuestra frase siempre ha sido: “Patria, Socialismo y Vida, Venceremos”. Aquí los únicos que anda hablando de muerte son los muertos en vida (por ahora) de la oposición.

¿Les queda claro que somos pacíficos pero estamos armados? Ah… bueno, mosca pues.

Ya, camaradas, suficiente por ahora. Suelta la animación del caballito 3D y vamos a preparar la cadena de esta tarde a ver si por fin le declaramos la guerra a Eurasia y se nos ocurren construir 5 millones de viviendas más”.

Fin de la transmisión.

viernes, 17 de febrero de 2012

Los pesos de la memoria


Hace unos años tuve la dicha de participar en un seminario en la Maestría de Literatura de la Universidad Simón Bolívar con mi querida amiga e insigne profesora Gina Saraceni. Ese seminario iba sobre “escribir hacia atrás: la construcción de la memoria”. He de reconocer que difícilmente he aprendido tanto y con tantísimo gusto en un curso como en esa ocasión.

La memoria es un asunto complejo, es a un tiempo la fuente de la identidad, lo que nos permite ser y asumirnos por medio de la cristalización de ese relato que construimos de nosotros y de lo nuestro; pero también puede funcionar como un peso titánico sobre nuestras existencias, el pasado convertido en roca que se afinca sobre nuestras espaldas, una cosa imposible de arrastrar que nos impide caminar derechos por el presente y mucho menos avanzar hacia el futuro.

Las maneras en que se representa a la memoria son también variadas y complejas. Hay memorias convertidas en relatos históricos, en la Historia (así con H mayúscula) de nuestros pueblos, próceres, gestas épicas y todas aquellas construcciones de un canon que pretende ser colectivo –y a veces lo logra- que se empeña en rescatar ciertos momentos y personajes del pasado mientras desecha u olvida todos los demás. Son memorias también, hechas de granito, mármol y bronce los monumentos y estatuas. También los fantasmas son representaciones de la memoria: una ausencia que vuelve desde el pasado y se nos hace presente. Son memoria de igual forma las postales, las fotografías, los retratos, las cartas, los escudos, los símbolos y todos aquellos objetos físicos a los que adjudicamos un valor extraordinario que trasciende al objeto per se.

Y, por otra parte, la memoria también es un legado: la herencia de todos esos cuentos sembrados por nuestros padres con los que construimos las historias mínimas de nuestras familias o hasta la de nuestras identidades personales.

Hay memorias que fortalecen y nos proporcionan un piso firme sobre el cual asentarnos y arraigarnos. Pero hay memorias que nos aplastan, nos hacen sombra, nos asfixian y nos mutilan. También hay pueblos e individuos desmemoriados, esos que se creen aquello que decía Orwell en 1984: “Siempre hemos estado en guerra con Eurasia”, y se lo creen y hacen borrón y cuenta nueva por más que sean capaces de recordar perfectamente que Eurasia ayer era nuestra aliada de toda la vida. Ser desmemoriado es exactamente igual de nocivo que quedarse atrapado en la memoria. El mismo maleficio, idéntico, pero al otro lado del espectro.

Los venezolanos padecemos los efectos de una memoria colectiva asociada con la figura de Bolívar. Bolívar el Padre de la Patria, El Libertador, el más grande e inalcanzable de los venezolanos jamás y para siempre. Bolívar el incuestionable, el incriticable, el intocable. Como si no fuéramos capaces de dejar a ese caballero descansar en paz en su Panteón. Necesitamos bendecirlo y bautizarlo todo con el nombre de Bolívar, investirlo todo bajo su espíritu. Lo tenemos en la moneda, en las plazas, en el nombre de un sinfín de instituciones y en la boca de todo aquel que necesita convencernos de que tiene a la verdad agarrada por las barbas porque sus palabras y obras están sacramentadas por Bolívar.

Estamos obligados a honrar a nuestros padres, es un mandamiento. Y muchos podemos tener la bendición de haber contado con un padre que ciertamente se merecía toda nuestra honra; pero también se nos olvida que muchos pueden tener otro tipo de relaciones mucho más conflictivas o acaso nulas con sus padres. Hay personas muy buenas y dignas que resultaron ser hijas de malos padres, de padres ausentes, tiránicos, abusivos, patanes, de unos señores a quienes -con toda justicia- no consideran sus padres sino unos tipos ahí a quienes no hay por qué honrar incondicionalmente ni rendir la pleitesía a la que pretende obligar el mandamiento. La paternidad se gana, no se impone.

Los venezolanos somos hijos de Bolívar y habrá gente que está en pleno derecho de sentirse orgullosa de ese legado mientras habrá otros que, con el mismo derecho, lo puedan cuestionar o sentirse menos identificados. Eso no te hace más venezolano o menos venezolano. Como tampoco te hace más venezolano preferir las arepas al pan o preferir un disco de The Cure a uno de Chino y Nacho. Ser bolivariano no puede jamás convertirse en sinónimo de ser venezolano. No podemos confundir el amor a un prócer con el afecto que le tenemos a la tierra que nos vio nacer y que es el hogar de nuestras familias y amigos. Ser crítico de Bolívar no te convierte en un apátrida ni en un mal venezolano, te hace simplemente un venezolano que tiene una postura crítica acerca de la figura de Bolívar. Alguien que opta por asumir una posición particular con respecto a los dictámenes de la memoria colectiva y sobre el legado que le ha tocado llevar por simple casualidad geográfica. Cada quien es libre de metabolizarlo a su manera de la misma forma en que metabolizamos algunas enseñanzas de nuestros padres biológicos o de crianza: me quedo con todo esto y lo asumo con orgullo dentro de mi saco al tiempo que me sacudo de estas otras cosas que no me van o me hacen ruido.

Así que cada quien puede querer más o querer menos a Bolívar. No le veo ningún problema a eso. Lo que sí veo con preocupación es el uso (y abuso) que se le da y que pretende imponerse por medio de los símbolos bolivarianos. El (ab)uso que se le da a la espada de Bolívar es un ejemplo; porque parecemos obviar que esa espada es la metáfora del caudillismo, del militarismo, del belicismo, de una locura mesiánica en la que al blandirla o entregarla nos sentimos poseídos por el espíritu del mimo Simón Bolívar. Lo mismo ocurre con el dichoso Decreto a Guerra a Muerte: “Españoles y canarios contad con la muerte aunque seáis indiferentes, si no obráis por la liberación de América, Venezolanos contad con la vida aunque seáis culpables” (Simón Bolívar, 15 de junio de 1813). Nadie me puede obligar a adorar incondicionalmente y sin derecho a formarme mi propia opinión a un padre así que anda en una de espadas y rebanamiento de cabezas. Apelo a mi derecho de expresar “yo preferiría otra figura paterna y quedarme con otros fragmentos de ese legado que me tocó”.

Porque la memoria, además de caprichosa, está hecha de una materia porosa que si bien deja traspasar también filtra.

Guardemos de una buena vez la espada de Bolívar en una bóveda inviolable. Clausuremos la producción y la entrega de réplicas de la fulana espada. Respetemos los restos del buen Simón y vamos a deslastrarnos de tanta ridiculez mesiánica y patriotera. Esa espada pesa demasiado. Es un legado que nos tiene literalmente clavados en el pasado, en un modelo de país que ya no somos y que no deseamos ser, mucho menos en pleno siglo XXI. Nos tiene aprisionados en el pensamiento decimonónico, nos obliga al estancamiento o a ese estéril intento de caminar hacia adelante pero con los pies y las espaldas inclinados hacia atrás. Nos está matando la escoliosis y se nos están achicharrando las ideas de tanto empeño en construir el futuro a fuerza de memorias. De esas construcciones delirantes, por favor, dejemos que se encargue la literatura.


viernes, 10 de febrero de 2012

Después del vacío.


Hay un chiste rodando por allí que asegura que todos los seres humanos tenemos un amigo o conocido al que llamamos El Pollo. Yo no soy la excepción de la regla, el mío se llama Francisco y nos hicimos panas desde que una mañana, el primer día de clases de 5to grado en el colegio El Peñón, un catirito se me acercó desde el pupitre de al lado, me puso una mano en el hombro y me preguntó: ¿Chamo, cuál es el apellido del presidente Lusinchi?

Han pasado 30 años desde que el Pollo me formulara semejante pregunta y yo todavía no encuentro una respuesta suficientemente feliz como para responderle. Me imagino –con necedad infantil- que el día en que la encuentre, de alguna manera, se dará por abrochado un ciclo que no quiero en lo absoluto cerrar.

Resulta que mi gran amigo, el Pollo, es de los fanáticos más entusiastas e incondicionales de U2 y por esa razón decidió compartir conmigo (Dios, qué nervios, podemos acabar presos los dos por semejante ilegalidad) el documental U2: From the Sky Down (2011), que el cineasta Davis Guggenheim le hiciera a la banda irlandesa a razón de los 20 años del lanzamiento de su mítico álbum Achtung Baby.

Ya que todos estamos claros en que contar una película es de las cosas de peor gusto que podamos cometer, simplemente me limitaré a mencionar algunas reflexiones que se me antojan descollantes después de ver el documental:

-Bono (el vocalista) es de los seres más atorrantes y nerviosos que uno pueda tener al lado.

-The Edge (guitarra) es prácticamente un monje budista, un monumento hecho de carne y hueso a la paciencia y la cordura. El único ser en este planeta que se aguanta a Bono girando permanentemente instrucciones absurdas como: “Edge, tienes que tocar eso mismo que acabas de sacar de tu guitarra pero más abstracto, más como si fuera una abstracción sónica”. A lo que Edge, con paciencia de mártir, responde: “Lo voy a intentar, pero no será fácil”.

-Bono es, también, uno de los mejores entrevistados que un documentalista puede sentar frente a su cámara. Es un prodigio con las frases, un apasionado, un sabio, un tipo que se las ingenia siempre para cantar cuando habla y hablar cuando canta. Deben contarse, por lo menos, unas 20 frases dignas de convertirse en mantras o grafitis proferidas por Bono durante esos 90 minutos de película.

-U2, justo después de caer bajo con aquel intento de internarse en las raíces americanas y ponerse a tocar blues de tú a tú con BB King -en aquel bodrio de infelice recordación llamado Rattle & Hum (1988)- atravesó por una crisis de identidad absoluta. Un túnel sin salida, la más absoluta penumbra que casi los ahoga y desintegra. Así que decidieron viajar a los míticos estudios Hansa de Berlín (donde una década antes había grabado el gran David Bowie) ubicados a unos 50 metros del recién derribado muro de Berlín, para ver si allí se reencontraban con el entusiasmo perdido. Y, ciertamente, de Berlín salieron resucitados con las primeras maquetas del Achtung Baby (1991), disco que a la postre se convertiría en lo que muchos –entre quienes me cuento- consideran la obra maestra de U2.

-Hay una frase de Bono que sirve de hilo conductor y de leit motiv a la película: “Debes rechazar primero una expresión de la banda antes de continuar a la siguiente expresión. Y mientras tanto estás flotando en el vacío”.

Esa máxima de Bono me resulta una metáfora poderosa que hoy conecto con una expresión de mi padre cuando, siendo yo un niño, le pregunté por qué su primera novela se titulaba La hora más oscura. Papá me dijo en aquel momento: “porque a los hombres se nos suele olvidar que justo después de la hora más oscura, esa que hay en plena madrugada, viene el amanecer”. Aquella era una novela que iba sobre la resistencia y la clandestinidad en los tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez. Que hablaba de las noches en que mi papá se reunía clandestinamente con sus amigos perseguidos por la Seguridad Nacional y entonces repetían una escena recurrente: “¿Te imaginas cuando dentro de unos años nos reunamos juntos a beber y conversar y recordemos los tiempos en la clandestinidad? Y será entonces un recuerdo distante, difuso, como si hubiera sido todo una pesadilla”. Y sí, ciertamente atravesaron aquella hora más oscura y se hizo la luz. Papá murió muchos años después en democracia, una democracia imperfecta y mejorable, claro está, pero democracia al fin y al cabo.

A veces uno cree que la tormenta no pasa. Que las cosas están condenadas a una noche eterna. Que el túnel es infinito y no habrá salida ni luz al fondo y que estamos jodidos para siempre y punto. Pero justamente cuando estamos adentrados en esa penumbra desquiciante de la hora más oscura sobreviene mágicamente la luz.

A U2 la luz del Achtung Baby le ha permitido sobrevivir 20 años más. De la misma manera que hay gente que atraviesa un proceso de batalla contra una enfermedad terminal y a los meses te los encuentras más enteros que nunca, reconciliados con la vida y rejuvenecidos. La vieja metáfora del águila que se interna en la caverna, se lleva a sí misma hasta los límites de la muerte y luego sale de allí con nuevas garras, nuevo pico y las plumas en forma como para volar una vida entera más.

No sé por qué me gustó tanto el documental de U2. No sé por qué me movió tanto como para escribir estas líneas cuando hay bandas y músicas que me han movido mucho más y sobre las que jamás me he animado a escribir. Nunca he sido un fanático muy ferviente de la banda irlandesa aunque se merece todo mi respeto; digamos que le estoy agradecido por haber servido de puente entre mi música y la música de muchos amigos a quienes les tengo franco afecto. Digamos que esos dublineses han servido de zona de confort para no ser avasallado ni avasallar durante los conflictos musicales.

No sé, será seguramente porque este domingo hay elecciones en Venezuela y uno acaricia siempre en estas fechas la posibilidad también de reencontrarse con el entusiasmo perdido. Pensar simplemente que durante tantos años esto ha sido puro túnel, penumbra y sensación de flotar en el vacío. Pero que no se trata de otra cosa que el necesario recorrido por la hora más oscura. Ya el domingo, rescatando a Bono, empezaremos a desechar una expresión para poder continuar con la siguiente. Flotaremos un rato más en el vacío, sí, pero amanecerá. De eso se trata todo.


lunes, 30 de enero de 2012

La hermandad de los traumas absurdos



Todos padecemos de un trauma absurdo. Tenemos, claro está, otros; los justificados, los comprensibles, los que son dignos de análisis y razonamiento; pero el absurdo está allí y allí se queda. Como una ronchita sobre una parte sensible del cuero cabelludo que nos arrancamos cada vez que nos pasamos un peine; no es una cosa que nos va a matar, pero sí nos hace preguntar con un toque de inquietud quizá desproporcionada ¿Pero por qué a mí? Es como un cuerpo extraño que nos acompaña la vida entera y ése sí que no se lo comentamos a nadie.

Mi trauma absurdo tiene nombre (e imágenes) de película: The Sound Of Music. En mi país la conocimos como La novicia rebelde. Más tarde me enteré que en España tiene el título insuperable de Sonrisas y Lágrimas (me provoca hacer la ola). Yo las sonrisas no se las encuentro por ninguna parte, las lágrimas en cambio –o las ganas de soltarme a llorar sin saber por qué- sí. Y un montón.

Resulta que durante mi infancia fui víctima de una secuencia que se repetía una y otra vez, una especie de pesadilla recurrente de esas que se padece despierto. Yo llegaba a la salita donde estaba el único televisor de casa y allí estaban ya mis dos hermanas mayores apoderadas del aparato. Con las manos sudadas de los nervios y con el tono de voz más conciliador que podía echar mano en mi repertorio, me armaba de valor y les decía: “Muchachas, hoy hay un partido de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona, ¿será que lo puedo ver?”. “No. Hoy vamos a ver La novicia rebelde”. La escena se repetía también con mis ganas de ver Mazinger Z, con las del Capitán Futuro, con las de Galáctico (yo estuve enamorado, pero enamorado de verdad, de la Princesa Aurora, sobre todo después de un capítulo al que llegaban a un planeta-playa y ella se ponía un minúsculo biquini blanco), también pasó con los juegos de Argentina contra Brasil y con algunos capítulos míticos de Ultraman (el único héroe asmático de la historia). Pero la respuesta siempre era la misma: “No. Hoy vamos a ver La novicia rebelde”.

Y por algún capricho cruel de evidente masoquismo, por alguna razón extraña ligada a la inmolación, yo me sentaba también en el sofá a ver una vez más La novicia rebelde. Sería porque me resistía a pasarme otra tarde jugando solo mi mundial de fútbol particular contra la pared (donde siempre ganaba Argentina, a veces Alemania y jamás Brasil). Sería porque disfrutaba (aún lo disfruto) estar con mis hermanas y sentirlas contentas. Sería, tal vez, porque el optimista esperanzado que se empeña en habitarme desde niño confiaba en que se conmoverían a mitad de película y me cederían el televisor para ver los minutos finales de aquello que me estaba perdiendo. Quién sabe, a lo mejor era porque a mí también me gustaba pero se me olvidó con tanto hartazgo.

He de confesar que me sé todas las canciones de The Sound of Music. Me las sé en español y también en inglés. Me sé de memoria la película entera, de cabo a rabo. No tengo duda alguna al afirmar que es la película que más veces he visto en mi vida. Tengo una cajita, del tamaño de un conteiner, en la mitad del cerebro que está llena de cosas inservibles de las que no me gustaría acordarme o no sé por qué carajos me acuerdo y la mitad de su capacidad está llena de La novicia rebelde. Pasan y pasan los años y nada que logro soportar la simple imagen de Julie Andrews. No puedo evitarlo, no lo supero, a mí esa mujer me enferma, me pone el cerebro bocabajo y el estómago mirando hacia la espalda.

En mis pesadillas más siniestras soy perseguido por niños vestidos con ropas y sombreritos hechos con tela de cortinas de estampados verdes. No hay manera que lea o escuche alguna referencia a las notas de la escala musical sin que mi cerebro, muy a pesar mío, empiece a cantarme en un susurro: “Do, un don, un gran señor / Re, un rey encantador / Mi amor es para ti / Fácilmente te daré…”. Y lo mismo cuando alguien se despide con un So long o un Farewell o mucho más un Auf Wiedersehen. Entonces se me detona un proceso cruel de sinapsis donde lo único que soy capaz de ver es a los niños Von Trapp cantando en la escalera de su mansión el tenebrosísimo: “So long, farewell, Auf Wiedersehen, goodnight…”. Y aún recuerdo con legítimo horror el momento en que vi a Mary Poppins y fui capaz de pegar una cosa con la otra y entendí que me molestaba infinitamente esa bruja porque era la misma novicia rebelde pero disfrazada con paraguas y sombrero negro.

He soñado, dormido y despierto, que soy niño otra vez y me levanto en mis noches de insomnio mientras todos duermen en casa, todos menos yo, y me cuelo hasta la sala, saco del gabinete la cinta de VHS de La novicia rebelde y la destripo. Pero claro, a la mañana siguiente iban a saber que había sido yo y mi castigo sería gastarme todos los ahorros en una nueva cinta de The Sound of Music y quedarme amarrado al sofá viendo en loop durante meses Sonrisas y Lágrimas. No, yo prefiero otra muerte.

He fantaseado también con que soy espía encubierto y le digo a los nazis: “’¡Por allá, de prisa, que se nos escapan los Von Trapp!”. Y sí, los agarran. O que en un mundo paralelo hay una película donde el Capitán Von Trapp (porque Christopher Plummer no tiene la culpa) se queda con la baronesa, que es mucho más dama y más guapa y se me parece un montón a Grace Kelly pero con uno kilos extra, y se fuga con ella mientras María y los niños cantan sus idioteces en las colinas austriacas.

Quizá algún día me decida a hacer un acto psicomágico de esos que habla Jodorowsky y me voy a comprar decenas de DVDs y de afiches y de pendejadas relacionadas con La novicia rebelde y las voy a quemar en una hoguera gigantesca mientras les bailo alrededor con la cara pintada.

Y todo esto lo escribo no sólo para exorcizar el trauma, como un intento desesperado para echar fuera la obsesión añejada por los años, sino porque algo se me ha removido desde que hace poco me hicieron llegar esa foto que abre estas líneas donde vemos a la familia Von Trapp original y luego la misma imagen 45 años más tarde. Porque me ha dado por preguntarle a todo el mundo por La novicia rebelde y a todos les gusta o les da exactamente igual. Qué belleza, joder, les da igual. O no saben de qué les hablo, no la han visto. Cuánta hermosura. Es para mí como si a un venezolano le preguntaras por Chávez y no supiera quién es o le diera igual. O a un español por Franco y te dijera: ¿Francisco qué… quién es ese tío? O a un argentino por Videla y te respondiera: ¿Quién es ese “Varela” que decís? Me produce profunda y cochina envidia ese grado de ignorancia supina. Así que escribo esto y asumo que es una pataleta, lo sé, pero también un acto simbólico, un mensaje en la botella, porque así como existen mitos sobre almas gemelas y medias naranjas, tiene que existir necesariamente una fraternidad de los traumas absurdos. Alguien que aparezca, por fin, y te diga: “Hermano, yo también detesto a la novicia rebelde y esta es mi historia…”. No pido más, sólo eso. Como diría Bioy Casares, sería un gesto piadoso.


viernes, 20 de enero de 2012

Del Cyberpunk y la SOPA



“The future is already here — it's just not very evenly distributed”

William Gibson


“El futuro ya está aquí - sólo que no está equitativamente repartido” es una de las máximas de William Gibson, autor que fungiera como punta de lanza de ese subgénero de la ciencia ficción denominado cyberpunk.

El cyberpunk funcionó –y lo sigue haciendo- como una tendencia de la ficción especulativa que intentaba adentrarse en un futuro cercano. ¿Qué pasará con nuestras sociedades a la vuelta de unos pocos años? La respuesta consistía en extrapolar lo que preocupaba hoy para ver dónde nos podría dejar parados mañana cuando la situación se hiciera aún más crítica.

Gibson desde los años 80, en obras como Neuromante, Monalisa Acelerada y en sus cuentos compilados en Quemando Cromo, nos viene advirtiendo (entre otras cosas) del fortalecimiento de un estado paranoico, la simultánea formación de grupúsculos guerrilleros informáticos (mezclas de mercenarios con Robin Hoods), la incorporación de la tecnología a todos los ámbitos de la existencia (incluyendo, por supuesto, al propio organismo humano) y la batalla por el acceso a los contenidos (especialmente en los campos de la información mediática, la industria farmacéutica y los secretos de estado). Todo ello sumergido en una atmósfera asfixiante de contaminación, sobrepoblación, drogas químicas e injusticia social.

Gibson, así como muchos otros autores embarcados dentro del portaaviones del cyberpunk, se mostraron un tanto escépticos ante el fenómeno de la Red. Lo consideraron (y tal vez lo sigan pensando hoy día) como una falsa promesa de libertad y anarquía, pero que en el fondo no era más que otra herramienta tecnológica para que el Estado y los magnates de la Industria ejercieran sus mecanismos de control sobre los ciudadanos de a pie. Sólo la presencia de los altruistas guerrilleros cibernéticos sería capaz de cambiar las reglas del juego para “repartir el futuro de una manera equitativa”. La información y el acceso a la data se convierten así en la nueva moneda, hay que filtrarse entre los sistemas de seguridad de quienes ostentan pública y privadamente el poder, robarles el “tesoro” y repartirlo entre los “pobres”. Obviamente, dentro de ese panorama de guerrilleros cibernéticos hibridados con neomercenarios, surgirán nuevas mafias, nuevos negocios, se radicalizará por una parte la paranoia de los poderosos y por otra la anarquía de quienes se les oponen. Y la tecnología, como siempre pasa, pero ahora más aún, al tiempo que resuelve algunos problemas indefectiblemente creará otros nuevos.

Los años dieron entonces la vuelta que debían dar y los vaticinios del cyberpunk, en muchos casos, se cumplieron. Para ejemplo la guerra por el control de la data que ahora mismo se está librando entre los partidarios de la SOPA (Stop Online Piracy Act) y colectivos de hackers que abogan por una Red libre como es el caso de Anonymous. La Industria y el Estado se enfrentan entonces contra los Johnny Mnemonics del orbe. En otras palabras, el sistema que ha estado acostumbrado a regir el mundo con sus leyes y para su propio provecho saca las garras y da sus últimas pataletas de ahogado ante la proliferación de individuos y colectivos que les quieren robar su tesoro.

Hay un caso que se me antoja especialmente significativo: en el año 2007 la banda inglesa Radiohead dio un golpe en la mesa que hizo tambalear a la industria discográfica mundial. Radiohead decidió, el 10 de octubre de 2007, colgar su séptimo álbum, “In Rainbows”, en su portal web dándoles a los visitantes la opción de descargarlo de manera totalmente gratuita o pagando por él lo que consideraran justo. Millares de aficionados al grupo optaron por descargarse el In Rainbows sin pagar un céntimo, muchos se inclinaron por pagar el equivalente a 5 libras esterlinas y no fueron pocos los que depositaron 12 libras (precio promedio en el que se vendía un disco nuevo en una discotienda inglesa para la época). Y todo el dinero, cada centavo que se pagó por medio de ese sistema online, fue a parar directamente al bolsillo de los músicos sin que ningún intermediario se llevara las arcas. En los anteriores 6 discos de Radiohead, Thom Yorke y compañía se llevaron apenas el 5% de las ganancias mientras que la disquera se quedó con el 95% restante.

Los partidarios de la dichosa SOPA se escudan detrás de una supuesta defensa que aboga por los derechos intelectuales y por el respeto al copyright de los “dueños” de la obra. No seamos ingenuos, esos señores lo que quieren es que el mundo les siga garantizando su 95% de ganancias y que todos nos quedemos contentos con la repartición del otro 5% (que generosamente están dispuestos a cedernos). Una vez más, el futuro que ya llegó hace rato pero se empeña en no ser repartido de manera equitativa.

Ayer el FBI, a pesar de que SOPA aún no ha sido aprobado ni mucho menos entra en vigencia, cerró el portal de intercambio y descarga de archivos de Megaupload y puso bajo arresto a varios de sus trabajadores. Inmediatamente Anonymous contraatacó y se encargó de hackear varios portales del gobierno de los Estados Unidos y de Francia, así como de la industria cinematográfica y discográfica. Es como si un elefante hubiera embestido contra un panal de abejas africanas, y en su soberbia y descomunal torpeza no calculó jamás la dimensión de la revancha que se tomarían los pequeños.

El elefante, ahora más que nunca, parece estar encerrado en una cristalería al tiempo que es atacado por un enjambre de abejas mutantes que le asestan por todos los flancos sus aguijonazos metálicos que inoculan toxinas químicas.

Esperemos a ver si el mastodonte recula y se reinventa en nuevos negocios, que se dé cuenta de una vez por todas que el mundo cambió y que el 95% de papilla al que ha estado acostumbrado no es posible ya, de lo contrario le van a salir hackers hasta en la sopa y su proceso de fosilización se verá drásticamente acelerado.


martes, 13 de diciembre de 2011

NeoDargüinismo (o la supervivencia del más acto)

Epstracto del tomo 3, Volumen 2 de las Memorias recordadas por sí mismo del Imperator Yaksonbil I (e único).

En lo relativo y concerniente a los oríjenes del NeoDargüinismo.

Sírvome de la presente carta epistolar para efectuar un ejercicio de rememoración de la memoria autobiográfica de mi propia vida. Encontrábanos en aquellos días aciagos de finales del 2011 mi amada Leydisrrum (Imperatrice Primera y Madre Progenitora del NeoDargüinismo) y mi excelsa persona ambos supremamente consternados por la injusta y inmerecida expulsión del Partido, hecho que aconteció cuando una mala tarde de infelice recordación nos presentamos a una concentración convocada en aquel entonces por quien fuera el dictador de turno y a la cuya cual debíamos ir debidamente investidos de ropajes rojos y demás símbolos que nos identificasen como adectos al régimen. Sucediósenos pues la desdicha de que para la susodicha y anteriormente mencionada concentración partidista, nadie tomose la molestia de avisarnos que los colores e insignias del régimen habían cambiádolas recientemente del rojo al amarillo. Acusósenos por tal despiste, humillantemente y públicamente, de opositores y apto seguido expulsósenos del Partido con todas las lamentables repercusiones que acarrearía dicha expulsión, tanto para nuestras vidas personales como para nuestras economías personales también. Excúseseme la expresión disonante, pero nos habíamos quedado Leydisrrum y yo con una mano adelante y la otra atrás, como simples mortales, sin el apoyo del Partido y sin el subsidio carapterístico de la membrecía correspondiente.

Presa de la desesperación, ocurrióseme en esos instantes un apto indigno de la personalidad que hoy conllevo conmigo mismo, proferí en voz alta: “¿¡Leydisrrum y ahora qué vamos a hacer!?”. A lo que ella contestome tajantemente: “No tengo idea, Yaksonbil, pero ya una está acostumbrada a la buena vida y yo no pienso dejar que me saquen de esta mansión, ni voy a vender la camioneta y olvídate de que vas a recuperar los reales perdidos vendiéndome las joyitas. Así que tú verás qué haces”. Fue en ese momento que expresé, sin ser consciente en ese instante de la grandeza profética de mis palabras: “Pues para seguir en este estatus habrá que inventarse algo con ratas y con mierda que es lo único que hay de sobra en esta vaina”. Y, dicho y hecho, así fue.

Leydisrrum quedose durante días royendo mis palabras, pues algo acabaría por ocurrírsenos que tuviera que ver con el negocio de las ratas y la mierda. La ventaja, me había dicho mi estimada cónyugue, era que había muchísimo de ambas materias primas y ambas dos eran de gratuita naturaleza. Más sin embargo no pudimos evitar la hipotecación de la casa ni la embargación por falta de pago de la camioneta Land Rover de 300 mil dólares y con asientos forrados en cuero de testículo de canario que le había comprado a mi mujer a manera de ogsequio en nuestro quinto aniversario de bodas. Estábanos ya acariciando la idea de un suicidio simultáneo de ambos dos (pastillas para ella y un disparo en la vóbeda bucal de la boca para mí, lo que implicaba una dificultosa sincronicidad a la hora de la muerte, pero eso ya lo veríamos llegado el momento del autohomicidio) cuando por fin Leydisrrum exclamó, sosteniendo el frasco letal con la mano siniestra: “¡Yaksonbil, tengo una idea infalivle!”.

Resúltame imposible, en mi calidad de Imperator, confesárosles la fórmula secreta de la línea cosmetológica que ideamos en aquellos áljidos instante mi amada cónyugue y mi excelsa persona de yo. Tan sólo declararé a mis súbditos, como gesto elocuente de mi generosidad carapterística, que durante un tiempo nos abocamos a la ardua tarea de cazar ratas preñadas, epstraerles la placenta a los embriones, macerarlas en aguas servidas vertidas desde una de las cloacas afluentes del otrora gran río citadino, licuar esa masa pestilente hasta convertirla en pasta huntable y perfumarla como correspondía a nuestros dotes de alquimistas. La mápsima que nos guiaba en tal titánica labor había sido enunciada por Leydisrrum: “Las mujeres aquí son muy coquetas, independientemente de la crisis una siempre encontrará de dónde sacar para ir a la peluquería, hacerse las manos y ponerse sus cremitas”.

Arrivose entonces el decembrino mes de diciembre y logramos con magno esfuerzo alquilar un tarantín en un bazar navideño organizado por unos mafiosos chinos que se autodenominaban a sí mismos como Los hermanos Chang. Desplegamos por todos los anaqueles del estand nuestra exclusiva línea de jabones, cremas hidratantes para el baño y la cara, aguas termales embasadas, maquillajes, champuses, acondicionadores y tónicos capilares para el cabello. Vendimos, con fortuna y buena suerte, toda la epsistencia y hasta nos comprometimos con la distinguida clientela en hacerles futuras entregas a domicilio, a sus propias casas, a lo largo del transcurso del año en curso próximo siguiente del 2012.

Fuele bien al negocio cosmetológico. Lo suficientemente bien como para recuperar la mansión y también la Land Rover, e inclusive incluso como para retapizarle los asientos a la camioneta con el cuero testicular de canarios albinos. Más sin embargo siempre hemos sido, y lo seguimos siendo hasta la fecha actual de hoy, una pareja ambiciosa y aspirasionista. Queríamos y merecíamos más. Mucho más. Y en esta oportunidad ocurrióseme a mí la genial idea (valga la rebundancia) de cómo hacer crecer el negocio: “Leydis (apodo cariñoso con el que sólo yo entre todos los humanos tiene derecho a llamar a la Imperatrice), mi amor, tú podrás saber mucho de lo que buscan las mujeres; pero yo creo que deberíamos ampliar el negocio hacia un destino más unisex para tener el doble de oportunidades”.

Y fuese de esa forma como originose Ratorade (que se pronuncia Rreitorei), la más prodigeosa jamás de las bebidas ipsotónicas. Me resultará, una vez más, como comprenderéis, imposible confesárosles a vosotros y a todos ustedes cuál es la fórmula secreta (aún más secreta que la de la Coca Cola) de Ratorade, a pesar de que mi generosidad superlativa me impulsa a reconocérosle: que sí, tiene algo de Coca Cola, que tiene mucho de las mismas aguas y las mismas placentas de embriones de rata que ya susodichamente mencioné más arriba para la línea cosmetológica y que tuvimos que ponerle también las mismas 4 mil y tantas sustancias adictivas que todos sabéis que posee el tabaco y que igualito todo el mundo se fuma.

La bebida ipsotónica en cuestión resultó un éxito absoluto, rotundo, masivo. Millones de personas optáronle por ingerir Ratorade (pronúnciese Rreitorei) como sustituto del agua misma, de jugos fructíferos epstraídos de las mismas frutas o incluso de cualquier refresco. Inclusive propúsose en Asamblea Nacional surtir a todas las casas, negocios, viviendas e instituciones de la región con Ratorade (lo cual se aceptó por voto unánime de todos). Y la gente empezó a adelgazar, a estar en la línea y luego en una línea progresivamente cada vez más y más delgada hasta desaparecer.

Sólo dos grupos sobrevivimos al impacto de Ratorade, lo que derivase más tarde en el subsiguiente desprendimiento del NeoDargüinismo o la supervivencia del más acto: el grupo de los que jamás consumimos ni una gota del líquido elemento (mi Leydis y yo) y el grupo de los hijos engendrados durante el período de cosumición de la bebida ipsotónica. Ya lo sabemos, las ratas son capaces de inmunizar genéticamente a sus crías para que no mueran víptimas del veneno que ha matado a sus progenitores. Habíamos forjado el sueño de toda Gran Nación, el florecimiento de una raza más fuerte de suidadanos e suidadanas.

Fuese así, queridos súbditos, como se dio origen a la nueva teoría dargüiniana de la supervivencia del más acto cuya paternidad y maternidad asumimos con hidalguía, respectivamente mi Leydis y yo. En los capítulos consiguientes de esta magna obra que son mis memorias autobiográficas de mi propia vida contadas por mí mismo os narraré cómo llegamos a eregirnos como Imperatores, pero eso será en otra oportunidad. El trabajo intelectual del que soy gozoso víptima y mápsimo avanderado viene siempre acompañado de la agotación.

Publicado en el Bazar Navideño Los hermanos Chang, diciembre 2011.