miércoles, 23 de mayo de 2012
La magia de Hugo Cabret
lunes, 14 de mayo de 2012
Disertación sobre el Spam
viernes, 4 de mayo de 2012
Día de Brujas
miércoles, 25 de abril de 2012
Radiohead en concierto (o como uno cree que va al cielo y acaba metido en los infiernos)
“Yo tampoco, es mi primera capa en la vida”.
lunes, 9 de abril de 2012
Homo Zappiens Salvation

El holandés Wim Veen lleva cerca de veinte años investigando sobre los nativos digitales, esos individuos que han nacido y crecido en medio de estos tiempos hipermodernos y de la pantalla global (como les llama Lipovetsky). Veen ha acuñado un término provocativo y lúdico para referirse a estos sujetos contemporáneos: Homo Zappiens -lo que ha levantado más de una roncha, porque la academia y el sentido del humor no suelen ir de la mano-.
El Zappiens, de allí su nombre, es ese individuo que ha crecido en un entorno caracterizado por las informaciones discontinuas: cuando mira la televisión hace zapping frenéticamente por los centenares de canales que le ofrece el cable, chatea, escucha música, envía mensajes de texto, juega videojuegos en línea y hace (o intenta hacer en el menor tiempo posible) las tareas de la escuela todo ello en simultáneo. Y, por lo visto -aunque a nosotros desde afuera nos lo parezca- no suele naufragar en ese Maelstrom de información caótica en el que está constantemente sumergido.
El llamado Homo Zappiens está dotado, según Veen, de una cantidad de destrezas que le permiten lidiar con la tecnología como si el mundo entero fuera un gigantesco constructo tecnológico: no leen ordenadamente de izquierda a derecha ni línea por línea sino que su lectura se asemeja más a un escaneo, una rápida lectura vertical donde leen textos, imágenes, colores, texturas e hipervínculos a la vez; tampoco siguen instrucciones ni revisan los manuales, sino que abordan la información que se les ofrece a raudales en pantalla de una manera intuitiva y -casi siempre- saben dónde deben hacer clic para continuar leyendo. Muchos se pueden quejar de que el Zappiens no lee o que cada vez lee menos, a lo que Veen responde que sí que leen, que leen muchísimo, lo que pasa es que leen distinto y sobre otros formatos de lectura; se sienten como peces en el agua saltando entre las pantallas, lidiando con los teléfonos móviles, el control del videojuego, el ratón de la computadora, las tabletas electrónicas y el mando a distancia del televisor. Ese es su mundo y, dado el rumbo trepidante que llevan las cosas, aquel sujeto que no desarrolle estas habilidades para lidiar y entender(se con) la tecnología se quedaría en franca condición de minusvalía para poder interactuar con la vida que le ha tocado.
Un poco más al norte, en Noruega, Espen Aarseth asegura que la característica de la literatura en los tiempos que corren (nunca mejor aplicado el término) es la de ser Ergódica: se requiere de un movimiento, de un desplazamiento físico, para poder ser llevada a cabo. Tenemos que mover así sea un simple dedo al hacer clic para poder leer, de manera que el jardín de los senderos que se bifurcan se recorre ahora como quien se desplaza convertido en un avatar y por medio de un joystick por ese laberinto que propone la lectura. Hay que tomar decisiones, mover el artefacto, hacer clic, interactuar con el dispositivo para escoger un camino mientras se desechan todos los demás. La literatura ergódica nos propone, según Aarseht, que el lector se comporte como un lector-jugador y que el mundo sea entendido como un mundo-juego.
Esto nos podría remitir, de vuelta a Holanda, al denominado Homo Ludens que acuñó Johan Huizinga: comportarse como un jugador y entender al mundo como un gigantesco mecanismo de juego podría darnos señales nada despreciables de la naturaleza humana así como del aparato cultural que hemos construido para filtrar al mundo y aproximarnos a él.
Sin embargo, el estadounidense Nicolas Carr, con una visión mucho más angustiosa y desencantada nos asoma la posibilidad (nada descabellada) de que este mundo-juego y este nuevo lector-jugador que han proliferado masivamente con Internet corren el riesgo de volverse cada vez más superficiales. Estamos sumidos en un legítimo bombardeo de informaciones, la pantalla global nos tiene literalmente ahogados en un océano de imágenes, estímulos visuales y acústicos de toda naturaleza y a velocidad de hipermetralla. No somos capaces de lidiar con tanta información, el torrente del alud informático es infinitamente superior a nuestra capacidad de aprehenderlo y metabolizarlo, por lo que la única opción que tenemos es la de hacernos progresivamente más y más superficiales. No hay tiempo para la reflexión ni para la contemplación, no hay espacio para el desarrollo del pensamiento crítico. Detenerse a pensar, a unir ideas, a establecer vínculos entre las ideas y las cosas, tomarse el tiempo para “crear” en la acepción más amplia del término, es algo que estamos perdiendo también a velocidad de vértigo. La creación artística (ya sea de narrativa, poesía, ensayo, cine, pintura, escultura y demás), a luz y ritmo de la hipermodernidad, sería a la larga una más de la especies en franco peligro de extinción.
Ciertamente hay razones para preocuparse, para sucumbir ante la idea tenebrosa y desesperanzada de que, tal como pinta el panorama, las cosas no están bien y van para peor… pero entonces irrumpe Lipovetsky, quien cada vez se vuelve más inevitable, y asoma una posibilidad insólita: el Homo Frivolus quizás sea nuestra salvación.
Quizás, asoma Lipovetsky entre líneas, el mundo sin guerras, tolerante, respetuoso por el otro que siempre hemos soñado, sólo puede estar en manos de ese nuevo hombre (Zappiens, Ludens, Frivolus, el lector-jugador que vive su mundo-juego, pónganle el epíteto que más les guste) que lo que único que quiere es entretenerse y jugar, que no quiere molestar ni ser molestado mientras recorre a punta de brincos superficiales ese mundo (el de las pantallas, pero también el de este lado de la existencia) del que sólo toma lo que le llama la atención mientras ignora todo lo demás. Ese individuo superficial, frívolo, lúdico y fragmentado no estaría entonces pendiente de aniquilar o segregar a nadie porque el otro piense o sea distinto. Morirán en manos de la frivolidad las artes, pero también las ideologías. No habrá tiempo para la Creación, pero tampoco para la Destrucción (al menos no la que deriva de conflictos políticos, religiosos, raciales, ideológicos).
Puede ser que el nuevo hombre decida utilizar un arma insospechada para cambiar finalmente al mundo, un arma insólita y rara vez empleada pero que siempre estuvo allí: Ignorar aquello que siempre hemos considerado como Importante. Una ignorancia que se traduce en no me interesa, paso de absolutamente todo, me da igual, a mí me dejan en paz que quiero estar en lo mío, yo lo que quiero es pasarla bien, entretenerme, estar a la moda sin que me perturben las otras modas de los demás, quiero explotar mi derecho de por vida jugar con mis juguetes inocuos y allá tú con tus juguetitos y tus jueguitos.
Quién sabe… vaya vértigo, yo definitivamente no sé.
miércoles, 28 de marzo de 2012
Manual inútil en caso de terremotos

Hace una semana hubo un terremoto en México, dicen que duró cerca de dos minutos y que alcanzó los 7,8 grados en la escala de Richter -números casi idénticos a los del devastador terremoto que sacudió a México en 1985-.
Yo estaba en ese preciso instante saliendo para clases cuando en eso escuché a mi cuñada gritar desde el comedor: ¡Cuñado… cuñado! Lo hacía con la misma voz de alarma que utiliza cuando deja caer el cenicero lleno de colillas en la papelera sin bolsa o cuando se mete a bañar y no le sale el agua bien caliente. Con toda la calma que me producía saber que se trataba de alguna de estas tragedias me llegué hasta el epicentro de los gritos y la encontré en cuclillas metida debajo de la esquina de la mesa del comedor. “¡Está temblando!, ¿no lo sientes?”. “Coño, no… ¿será que salimos?”. “Yo no tengo llave y además estoy en pijama”. “Vale, voy a buscar la llave y ya vuelvo, no te muevas”. No llegué a buscar la llave, me quedé mareado mirando por la ventana hacia el árbol de aguacates del jardín del vecino. El tipo se movía como si se dispusiera a salir bailando. Sí, estaba temblando, era un hecho.
Cuando por fin se me pasó el mareo y superé la impresión de ver a un aguacate bailar, di con las llaves (sepan que las llaves nunca están en su sitio y mucho menos cuando se enteran de que hay terremotos), logramos bajar por las escaleras y ya todo el mundo había tenido tiempo de bajar y volver a subir, es decir, el edificio se pudo haber derrumbado con solamente dos víctimas dentro: una mujer empijamada y un tipo con su morralito negro en la espalda.
“A poco que estuvo sabroso el temblor” fue el recibimiento del vigilante que se fumaba un cigarrito bajo el sol.
Durante varios días no hubo otro tema de conversación en esta ciudad que no fuera el terremoto: ¿Cómo lo sentiste?, ¿dónde estabas?, ¿y qué hiciste?, ¡eso que hiciste es lo peor que se puede hacer en caso de terremoto! Y por supuesto también se desataron una cantidad insólita de teorías sobre las causas del terremoto y sobre qué carajos hay que hacer en caso de un sismo.
He aquí un breve manual armado a punta de todas esas cosas que escuchamos y leímos después del temblor.
1.- Cuando hay un terremoto no se pueden utilizar los elevadores pero tampoco las escaleras. En el ascensor te quedas encerrado y en las escaleras la vibración te tumba por los peldaños. Así que hay que buscar una manera de bajar que no sea ni por un lado ni por el otro. Ergo, tienes que decidir entonces entre lanzarte por la ventana o quedarte parado en tu sitio hasta que pase el temblor. En fin, mejor no hagas nada y punto.
2.- No es en lo absoluto aconsejable durante un sismo colocarse debajo de los marcos de las puertas (eso funcionaba hasta el año 2010 más o menos, pero luego se dieron cuenta que era aún más peligroso, que lo único que se derriban son los marcos y las columnas mientras que los techos sobreviven flotando en el aire). Lo mejor sería ubicarse en el hueco que hay entre la poceta y el lavamanos. O meterse en la bañera (también aplica en caso de tiroteos por lo que las bañeras son un invento mejor que el hielo).
3.- Lo ideal si te encuentras en zona sísmica es cargar un bolsito a mano que contenga una botella de agua, una galleta, un chocolate, un pañuelo, una manta, medicinas, un tanquecito de oxígeno y el equipo de primeros auxilios. Así que ni tan bolsito, mejor un morral con todo eso y siempre encima de uno porque no sabes jamás dónde te va a coger el terremoto. Eso sí, practiquen antes para cerciorarse de que caben con morralote y todo dentro del huequito entre la poceta y el lavamanos.
4.- Corrección cortesía de un amigo: en vez de agua mejor una Coca Cola (por aquello de que tiene azúcar) y el chocolate mejor con trocitos de maní (que así te nutres mientras estás tapiado). Y la galleta mejor que sea integral y con miel. Claro, luego está el problema de los gases, porque te puedes inflar de flatulencias y te la pasas aún peor bajo los escombros. Y si eres diabético o alérgico al maní pues te jodes el doble. No, mejor borren este punto y nos quedamos con el anterior.
5.- Los terremotos no son acontecimientos aislados, siempre vienen acompañados de múltiples réplicas, por lo que las corporaciones aconsejan a sus empleados seguir las normas de desalojo, bajar ordenadamente –que no sea ni por el ascensor ni por las escaleras- en silencio y sin correr, siguiendo el protocolo de emergencias sabiamente expuesto con iconitos en los descansos de las escaleras (las mismas que no se pueden utilizar). Una vez transcurridos 15 minutos (sin dispersarse, siempre al pie del inmueble) hay que subir de nuevo hasta las oficinas (nos imaginamos que levitando) y esperar tranquilamente en sus respectivos puestos de trabajo hasta que ocurra la réplica. Repetir la operación tantas veces como sea necesario hasta que cesen los sismos o hasta que sea ya la hora de irse a sufrir el terremoto cada quien en su casa.
6.- Un famoso vidente que asegura estar en contacto con los espíritus mayas y aztecas aseguró en su programa radial matutino que al día siguiente del terremoto iba a haber una réplica aún peor, un cataclismo como ningún otro en la historia de la humanidad (quién sabe si de la de los dinosaurios también) y que ocurriría justo a las 5 de la tarde. Lo preocupante no fue que lo dijera, ni siquiera que le creyeran, sino que hasta las 5 p.m. nadie se burló del vidente.
7.- Un compañero de trabajo de mi esposa sostiene (y no es joda, en serio el tipo lo jura) que el terremoto se debe a unas naves espaciales que están entrando a la atmósfera terrestre por un punto ubicado justo encima de México. El terremoto anunciaba sencillamente el inicio de la invasión.
8.- Coño de la madre, yo lo que quería era escribir el post sobre la llegada de los marcianos a México.
jueves, 22 de marzo de 2012
Mudanzas

Hay una maldición maracucha que reza: “Ojalá y te mudéis”. Y uno no la entiende hasta que te cae encima con todo su peso, es decir, hasta que te mudas de casa (otra vez).
El acto de mudarse es un acto extraño signado por la contradicción, se trata de llevarte todo lo que puedas y al mismo tiempo deslastrarte de todo lo que te sientas capaz de dejar atrás (que siempre resulta menos de lo que uno debería).
Siempre, absolutamente siempre, en toda mudanza habrá una cosita sin importancia que se quiebra. Y no importa que todo lo demás haya llegado sano y salvo a su nuevo destino, a ti lo que te mata es haber roto esa cosita sin importancia que a ti te duele un montón.
La rebelión de los objetos inanimados ocurre, sobre todo, en los momentos de mudanza. Hay cosas que aprovechan la madrugada para salir reptando de cajas y maletas, se escurren por debajo de las puertas, corren en puntas de pie por las escaleras y se instalan en otras casas debajo de las lavadoras o entre la cómoda humedad de la ropa sucia.
En toda mudanza hay una maleta llena de cosas que no pesan, de cosas que sobran, de cosas sin mayor importancia que uno debería tirar (pero mejor todavía no, quién sabe si hacen falta más tarde, vamos a meterlas aquí por si acaso). Cuando la vayas a cargar te enterarás de que esa maleta pesa una vida entera.
Siempre que te mudas hay algo que se queda, un objeto extraño de esos que sólo tienen sentido para ti que se encarga el muy necio de montarse encima un manto de invisibilidad y mira calladito desde el rincón cómo se lo llevan todo mientras él se queda. Y el nuevo inquilino tendrá que repetir una y otra vez la misma respuesta: “No tengo idea de qué será eso, cuando llegamos estaba ya aquí; creo que lo dejaron los que vivían aquí antes”.
Y en toda mudanza, a la hora de desembalar las cajas en la nueva casa, aparece un objeto extraño que nadie conoce ni recuerda haber embalado. “Mierda… ¿y esto qué es?”. “No tengo la menor idea, pero creo que queda bonito si lo ponemos aquí”.
Uno jamás muda solamente las cosas de uno. Las mudanzas son siempre un acto colectivo donde viaja contigo un montón de gente. Porque en toda mudanza siempre habrá una bolsa negra repleta de libros, discos, ropas, utensilios de cocina, zapatos y estados de cuenta de otros que hace años te dijeron “Guárdame esto aquí que yo vengo más tarde a recogerlo”.
Hay objetos sin valor que siempre se mudan contigo: una foto, una cajita, un muñeco, una chapita, una postal, una nota escrita a mano. No sólo son los grandes testigos y compañeros de todas tus idas y venidas, sino que sin ellos –lo sabes- tu nuevo espacio no será nunca tu casa.
Toda mudanza implica un duelo. Una despedida, una pérdida que con suerte estará maquillada con la esperanza de que en el nuevo hogar las cosas irán mejor. Las mudanzas son modelos a escala, especies de ensayos metafóricos, de muerte y resurrección.
viernes, 16 de marzo de 2012
Moebius no se acaba nunca

El sábado pasado se nos murió Jean Giraud, el gran “Moebius”, uno de los autores de cómics que sin asomo de duda se ganó desde muy temprano y para siempre su sitial entre las divinidades de mi Olimpo personal. Un maestro, un héroe, un mago. De los pocos magos que quedaban con vida en este planeta al que nos quieren superpoblar de héroes chimbos, magos que no tienen somera idea de lo que es la magia y supuestos maestros que realmente no lo son ni merecen tal título.
Se nos fue Moebius de este mundo y uno no puede dejar de pensar en que realmente siempre fue un ser de otro mundo, de otro tiempo y otro espacio.
He pensado mucho en cómo hacerle un homenaje personal a un héroe como Moebius, en lanzarme en un análisis sesudo sobre sus aportes al universo del cómic y sus legados para la ilustración y en la construcción de mundos fantásticos. Y simplemente, he concluido, no se puede. No soy capaz. Confieso que no me siento en condiciones de verlo desde fuera de mi más profunda subjetividad y separándome de la tristeza que siento al saber que ya nunca veremos una nueva obra de Moebius; porque fiel a su palabra, el caballero dibujó hasta el día de su muerte. Estará ahora mismo, seguro, creando otras cosas y en otra parte, pero falta un rato para que la podamos volver a ver y disfrutar.

Conocí a Moebius gracias a mi amigo de la adolescencia Pierre Capechi, el buen "Pierre Simón", quien un día me invitó a su casa y me mostró su colección de revistas de historietas que encerraba en el armario. Allí me asomé por primera vez en ese universo del que no podría ni querría escapar nunca más, el que habitaba en las revistas Cimoc, Metal Hurlant, Tótem, El Víbora y en aquellos hermosos volúmenes integrales de tapa dura editados por Norma Cómics. Acordé con Pierre en esos tiempos, bajo juramento de cuidarlos más que mi propia vida, que me prestaría uno a uno sus cómics para llevármelos a casa, mirarlos con cuidado y devolverlos una semana más tarde.
Desde ese momento, instantáneamente, con una convicción que no me ha abandonado a pesar del paso del tiempo que lo arruina todo, le abrí un espacio en mi parnaso particular a tres dioses: Enki Bilal, Milo Manara (por razones obvias, porque nunca nadie jamás ha podido ni podrá dibujar mujeres tan hermosas y seductoras) y a ese tal Jean Giraud apodado “Moebius”.
En aquel entonces guardaba celosamente los cómics prestados en la gaveta inferior de mi mesita de noche, jurando que allí se encontrarían bien escondidos y a buen resguardo. Hasta que un día mi padre me dijo: “Chamo, ¿no tendrás por allí más revistas de esas de cómics? Son un poco porno, pero están buenas”. Y allí se abrió un nuevo espacio de intercambio entre el Vegetal y yo. Empezamos a buscar cómics, a comprar cómics, a prestarnos y regalarnos historietas como si fuésemos dos carajitos.

Algunos años más tarde, cuando estaba recién graduado de la universidad, conocí en el trabajo a mi gran amigo Fedosy Santaella. Durante un tiempo fuimos simplemente compañeros de oficina y, como vivíamos cerca, compañeros también de transporte. Un día me pasaba a recoger por casa Fedosy y al siguiente me tocaba a mí pasar por él. Cierta noche Fedosy, justo antes de bajarse del auto, me invitó a tomar algo en su apartamento, me sirvió una cerveza y me dijo: “Ven por aquí, para mostrarte una vaina”. Y por segunda vez en mi vida alguien me llevaba hasta la puerta de su clóset, abría ritualmente las puertecillas y me mostraba su impecable y atesorada colección de cómics. Fedosy, sin necesidad de buscar entre las centenares de historietas que tenía allí, con precisión quirúrgica extrajo un volumen: “Mira esta belleza, mi pana”, y me puso sobre las manos una gema entre las gemas, un cómic de Silver Surfer cuyo guión era autoría de Stan Lee y las ilustraciones de Moebius.
Recuerdo ese momento como si se tratase de la secuencia de una película. Y lo recuerdo, sobre todo, porque estoy seguro de que en ese preciso instante se detonó un guiño del destino, una muestra evidente de complicidad, la certeza de que la amistad con Fedosy estaba respaldada por una solidez absoluta: la pasión por Moebius nos hermanaba. Me gusta pensar que si no fuera por Moebius no hubieran existido hoy día Los hermanos Chang.

Siguieron transcurriendo los años y la vida -con sus vueltas insólitas- me terminó llevando al Banco del Libro. Y allí tuve la oportunidad de convertir a mi pasión por los cómics en mi trabajo. Se les ocurrió allí –Dios mío, gracias por rodearme siempre de locos entrañables- darme carta blanca para investigar sobre los cómics, hacer eventos con cómics, viajar por otros países para hablar de cómics. Y en todas y cada una de esas aventuras, siempre, absolutamente siempre, estuvo presente Moebius. No hubo una sola oportunidad en que no me refiriera a él o que no incluyera alguna de sus obras en mis presentaciones. Moebius era mi talismán, la única garantía de que las cosas, necesariamente, iban a gustar y a salir bien. Porque, más allá de la felicidad o infelicidad de mi trabajo, algo tocado por el fantasma y el imaginario de Moebius se me ocurría que resultaba siempre infalible. Y, lo juro, Moebius jamás me falló.
Así que se murió Moebius este sábado 10 de marzo de 2012 y en medio de la desgracia que significa su partida hay un consuelo que me queda y que nadie me quita: Moebius, tal como la banda de donde tomó su nombre, es infinito, eterno, Moebius no se acaba nunca. Seguirá estando en millares de cosas que nosotros y los nuestros hayamos hecho, hagamos ahora mismo o estemos aún por hacer. Moebius vivirá por siempre en todos y cada uno de los que nos hemos asomado a su obra y nos hemos contagiado por su fantasía. Así que buen viaje, maestro, nos despedimos con un hasta siempre porque, de una forma u otra, así sea por los caminos más extraños y las vías más insospechadas, siempre nos seguiremos reencontrando.

martes, 6 de marzo de 2012
Será hasta otra.

A veces, cuando tengo un rato libre, las mañanas con sol, me gusta darme un paseo por el parque de Bosques de Chapultepec. Camino unas cinco cuadras por Reforma y ya estoy en la entrada, paso por la puerta del zoológico donde huele siempre a rinoceronte, bordeo la casa del lago Juan José Arreola (dicen que las aguas de ese lago de un verde radioactivo son las más contaminadas de México, imagino que tienen que estar exagerando aunque algo de cierto puede haber porque –cómo explicarlo- suelen haber estudiantes con sus batas blancas de laboratoristas subidos a los botes recogiendo muestras con pipetas y matraces). Camino rápidamente, con el paso apurado, entre la nube de vendedores ambulantes con sus gritos de 5 pesos les cuesta 5 pesos le vale. Sigo el recorrido por la Calzada de los Poetas, saludo al busto de la monja poetisa, Sor Juana Inés de la Cruz, y más adelante me detengo ante la estatua de El Quijote en las nubes, una belleza verde (de un verde distinto al del lago, pues este verde sólo lo da la oxidación del bronce) y lo saludo con un gesto reverencial como si se tratara de un santo milagroso. Tomo entonces el camino hacia la Placita de El Quijote, siempre cerrada bajo cadena y candado, donde se encuentra a la izquierda un Quijote hecho a imagen y semejanza de Salvador Dalí y a la derecha un Sancho Panza inspirado en la voluminosa figura de Diego Rivera. Sigo por el camino que se abre a mi izquierda y paso frente al lugarcito donde un viejo alquila bicicletas a 25 pesos la media hora de pedaleo. Ese viejecito sabe más de Chávez y de la situación de Venezuela que muchos de mis coterráneos, siempre lleva gorra de pelotero y siempre se la quita para saludarme con un gesto que parece calcado de un caballero del siglo XIX. Sigo derecho por la Calzada del Rey y me cruzo con un pelotón de la Guardia Presidencial que, con sus uniformes deportivos negros, juegan al fútbol o trotan mientras se animan con esos cánticos que sólo los militares saben y pueden cantar a coro. Doy vuelta de nuevo a la izquierda y me interno por un bosque poblado de ardillas (enormes, de las que no sienten miedo sino que lo inspiran), con unos árboles generosos y gigantescos a los que provoca abrazarse del tronco y quedarse el resto de la mañana allí. Me llego hasta una fuente monumental la cual, después de decenas de visitas y con mucha imaginación, he decidido que está dedicada a David y Goliat. David está unos metros más adelante, es pequeño y tiene una honda con piedras, Goliat está de pie al fondo custodiando la fuente desde las alturas, un coloso soberbio que no imagina aún la que se le viene encima. Subo las escaleras y paso frente a un lugarcito cerrado donde puedes tomar un libro gratis y leerlo tumbado en sillas de extensión mientras escuchas música clásica. Continúo el paseo bordeando la cerca que delimita la colina donde se levanta el Castillo de Chapultepec, emprendo el regreso a casa, vuelvo a saludar a Sor Juana, miro a los estudiantes de batas blancas que recogen muestras del agua del lago, paso de nuevo frente al zoológico y me sobrecoge una vez más el olor a rinoceronte que habita allí.
Salgo del parque y decido caminar por Reforma, por una acera distinta a por donde me vine antes. Descubro, entre los barrotes, que hay un sector del parque especialmente hermoso al que nunca he visitado. Un grupo de ancianos, hombres y mujeres, juegan voleibol. Hay uno, debe rondar ya los 75, que es el terror de los mateadores. No salta, apenas se levanta con punta de pies, pero se saca el brazo desde la cintura, describe un arco de ensueño, golpea la pelota en su altura justa y dispara unos mates prodigiosos que no hay defensa en este mundo capaz de levantársela del suelo. Me les quedo viendo desde el otro lado de la reja largos minutos y entonces me imagino a mí mismo, desde el lado de adentro, jugando al voleibol y mirando la cara de tonto que tiene el asomado entre los barrotes, sufro un ataque súbito de vergüenza y retomo mi camino. Qué pena con esa gente. Pero cuando estoy a punto de cruzar por el paso de cebra, cuando el semáforo de peatones se pone en verde con su cuenta regresiva de exactamente 37 segundos (¿quién habrá calculado que para atravesar los 6 canales de Reforma uno tarda un promedio de 37 segundos?) doy vuelta sobre mis pasos y me encamino hacia la entrada de ese sector del parque donde nunca he estado. Miro la placa de la entrada que dice “Pabellón Coreano” y abajo en letras doradas una leyenda que reza algo de que es un regalo del pueblo coreano al mexicano como muestra de la hermandad que los une y otras cosas más que me dan una pereza enorme detenerme a leer. No avanzo ni diez pasos cuando un vigilante de unos 65 años, impecablemente uniformado, me llama: “Joven, disculpe, no puede entrar aquí” “¿Y por qué no?” “Porque este sector del parque está reservado para los visitantes de la tercera edad”.
Me acompaña hasta la entrada y respetuosamente me señala al letrero cuyas letras pequeñas confirman lo que me está diciendo: Reservado exclusivamente para las personas de la tercera edad.
-Ah, bueno, yo entonces vuelvo más tarde- le digo a manera de chiste.
-Y yo espero estar aquí dentro de 30 años para recibirlo y decirle entonces que sí puede pasar.
martes, 28 de febrero de 2012
El Ministerio de la Verdad informa…

El Ministerio de la Verdad informa…
Se interrumpen de golpe las transmisiones y aparece en todos los monitores de televisión y de radio (también) la imagen del caballo blanco al galope hacia la izquierda hecha con la misma técnica de animación 3D que utilizó Dire Straits en su video de Money for Nothing en el año 1985.
Sobre las imágenes del caballito con fondo tricolor y ocho estrellas se inserta la voz del enano engolado que narra con verbo hiperflorido todos los desfiles militares: “Esta es una transmisión oficial del Ministerio Del Poder Popular Para La Verdad, La Información y Todo Tipo De Otro Tipo De Comunicaciones (que se escribe MPPPVITTOTC y se pronuncia… bueno, no se pronuncia porque no se puede) en cadena conjunta de radio, cine, televisión, internet, redes sociales y vasitos plásticos unidos por pabilo”.
Acaba la animación y el resto de la cadena transcurre con una voz en off (la del enano engolado, claro) sobrepuesta a una imagen (colorizada –y encolerizada- en rojo) en Primerísimo Primer Plano del rostro del Comandante Presidente que nos vigila.
Voz en off:
“El Ministerio del Poder Popular Para La Verdad, La Información y Todo Tipo De Otro Tipo De Comunicaciones anuncia las verdades absolutas para la mañana de hoy:
La delincuencia no existe. Existió durante la putrefacta república anterior pero dejó de existir hace rato. Desde que estamos en verdadera democracia bolivariana no hay delincuencia. Toda manifestación de violencia y delincuencia no son otra cosa que un acto delirante e injustificado de manipulación mediática y autoinmolación perpetrado contra el pueblo y contra sí misma por la oposición apátrida.
Los índices de pobreza alcanzaron anoche un valor histórico e histérico del -25%. Es decir, somos 25% más ricos que hace 24 horas.
Se expropiaron unas nuevas 35 mil viviendas y se entregaron a sus dignos invasores los correspondientes 50 mil títulos de propiedad. Para el 2013 se alcanzará la meta de contar con más viviendas dignas que habitantes en esta nación.
Queda abolido en el gobierno bolivariano el tiempo y el proceso que media entre la concepción de una idea y su ejecución. Es decir, si se nos ocurre asegurar que vamos a construir 5 millones de viviendas y 4 millones hospitales y autopistas suficientes como para ir de Caracas a Marte ida y vuelta es porque eso YA ESTÁ CONSTRUIDO Y PUNTO.
El Premio Nacional de las Artes será entregado por tercer año consecutivo al mismo y único artista plástico del país (a este tipo que nadie sabe cómo se llama, ni nos importa, porque al final todos los artistas son maricones, pero que pintó hace como cinco años aquel cuadro prodigioso titulado “Los Héroes de Puente Llaguno”).
Por cierto, “marico”, “maricón”, “afeminado” y “yo creo que este candidato majunche es como raro” seguirá siendo insultos en la República Bolivariana de Venezuela del 2012. Siendo uno de los pocos países del mundo donde todavía se cuenta con el privilegio de que tales cosas sigan siendo consideradas insultos.
La réplica de la Espada de Bolívar será entregada por tercera vez a Muamar Gadafi –por segunda ocasión en su versión post mortem- y el pueblo entero de Venezuela personificado en su máximo líder lamenta profundamente no contar con la presencia física del homenajeado por razones mayores que escapan, inclusive, a las posibilidades omnipotentes del Presidente Comandante.
Por decreto del Consejo Nacional Electoral y del Tribunal Supremo de Justicia se dictamina que las fraudulentas elecciones primarias para designar al candidato majunche de la oligarquía opositora y apátrida que pretende volver (no volverán) para robarnos la felicidad e intentar medirse contra el vitalicio líder de la revolución bonita contaron realmente (estas son las cifras oficiales) con la participación de 2 mil doscientos cincuenta y dos y tres cuartos de votantes. Que no los sacaron realmente pero se los vamos a regalar.
Las encuestadoras más confiables, neutrales y serias de la nación (como la del Comandante Gato, Jessie Chacón) estiman que ese mismo número de opositores acudirá a las urnas (a las electorales, por ahora) para expresar su ridículo apoyo a su candidatucho mientras que el resto del pueblo manifestará su apoyo incondicional y eterno a nuestro máximo líder que superará los 15 millones de votos en esta oportunidad. A quienes les gustan los porcentajes les diremos que ganaremos, más o menos, con el 104, 69% de los votos.
PDVAL jamás ha dejado podrir ni un mísero miligramo de alimentos. Tampoco se ha derramado ni un solo centímetro cúbico de petróleo en los ríos de la patria por negligencia de PDVSA y el surtido eléctrico no ha fallado ni una sola vez en más de 13 años de impecable gestión.
Nunca, al igual que con la delincuencia, jamás existió una tal lista Tascón.
A los saboteadores de la oposición apátrida, esa cuerda de desnaturalizados que andan difundiendo imágenes e informaciones sobre los supuestos derrames de petróleo, las infundadas cifras de alimentos podridos, las irrisorias fallas del sistema eléctrico nacional y se andan quejando por los ridículos atropellos dizque por ser “víctimas de la supuesta Lista Tascón” les recordamos y advertimos que somos revolucionarios pacíficos pero que estamos armados, que tenemos a los militares de nuestro lado, que los civiles revolucionarios están provistos de granadas, subametralladoras, fusiles AK-47 y estamos entrenados para defender la revolución… bueno, mosca pues.
Ah, y que tenemos también aviones Sukhoi, tanques, helicópteros, blindados, un reactorcito nuclear que nos regalaron los iraníes para que nos hagamos nuestra propia bomba y hasta un híbrido de vaca con burro y helicóptero artillado que le compramos a los rusos y que cada vez que lo van a despegar hay que despejar la pista entera del aeropuerto de La Carlota y al que algún día le vamos a terminar de construir su hangar para que quepa (pero es que no hay cabillas ni cemento ni espacio para levantar esa vaina, pero la vamos a hacer, estamos a punto ya). Así que, de nuevo, mosca pues.
Les recordamos a todos los hijos de meretriz (eso qué será… ¿ah, sí? ¿y se escribe así con z o es con s? Verga); bueno, les recordamos a todos esos hijos de su grandísima madre, desnaturalizados, descerebrados, descorazonados, degenerados, apátridas, traidores y batequebraos de la oposición apátrida que seguimos opinando (por ahora) que maldito sea el soldado que levante el arma en contra de su pueblo, pero si se lo buscan y se andan con comiquitas… mosca pues.
Por cierto, dejen la violencia, dejen quieto al que está quieto, águila no caza moscas pero si no reconocen lo que les vamos a obligar a reconocer en estas y en todas las elecciones… mosca pues.
La nación de Eurasia no existe. No por ahora. Pero el día en que se nos ocurra que sí existe: nosotros siempre hemos estado en guerra con Eurasia, hasta que decidamos lo contrario.
El término lesión, a partir de ahora, significa otra cosa. Así que a los deportistas, a los que sufrieron de algún traumatismo y a los miembros de la Real Academia de la Lengua Española les aconsejamos que se busquen otro término. Que lo sepan, decir cosas como “El defensa de la Vinotinto, Oswaldo Vizcarrondo, no jugará esta semana porque sufre de una lesión en el tobillo derecho” será considerada un exabrupto y se pagará con todo el peso de la justicia (la nuestra). A los individuos de número de la Real Academia de la Lengua de Venezuela les advertimos que les estaremos dando en las próximas horas una visita cordial de un batallón de la milicia bolivariana encabezado por Mario Silva para que les enseñe a hablar y se pongan serios.
Los revolucionarios jamás hemos acuñado ni proferido la frase “Patria, Socialismo o Muerte”. Nuestra frase siempre ha sido: “Patria, Socialismo y Vida, Venceremos”. Aquí los únicos que anda hablando de muerte son los muertos en vida (por ahora) de la oposición.
¿Les queda claro que somos pacíficos pero estamos armados? Ah… bueno, mosca pues.
Ya, camaradas, suficiente por ahora. Suelta la animación del caballito 3D y vamos a preparar la cadena de esta tarde a ver si por fin le declaramos la guerra a Eurasia y se nos ocurren construir 5 millones de viviendas más”.
Fin de la transmisión.




