miércoles, 23 de mayo de 2012

La magia de Hugo Cabret


George Méliès en su puesto de la Estación de Montparnasse según Brian Selznick

¿De qué dependerá que la adaptación de un libro al código cinematográfico sea feliz o fallida? Pues depende de un fantasma. Del respeto y el cariño sincero que el cineasta le guarde al espíritu de la obra. Es evidente que no se trata de que las palabras del libro sean traducidas literalmente por medio de imágenes y sonidos al discurso audiovisual, ya sabemos –como bien lo han dicho los italianos con su traduttore traditore- que la traducción tristemente está estrechamente asociada con la traición. En esa traducción hay mucho que se pierde, mucho que cautiva en el papel pero que luego decepciona en la pantalla. Así que la obra cinematográfica parece exigir su propia autonomía: me parezco a la obra literaria en la que me inspiro pero definitivamente soy distinta, soy una obra nueva.

Son muchas más numerosas las adaptaciones fallidas o infelices que aquellas que logran hacer honor al espíritu de la obra original. Y, aunque muchos críticos especializados hayan considerado que la versión cinematográfica de La invención de Hugo Cabret de Martin Scorsese (inspirada en el libro de Brian Selznick) es una película digna de ser encajada en el primer grupo, yo soy de los que opina que tiene razones de sobra para merecer su entrada en el grupo de las buenas adaptaciones fílmicas. Sucede con las películas dirigidas para niños lo mismo que aplica a los libros de la literatura infantil y juvenil: una buena obra para niños y jóvenes es, al final, una obra buena para todas las edades. Quizás esta fue una de las razones por la que el libro recibiera la Caldecott Medal en 2008. Brian Selznick, en su momento, había dicho que su libro no era una novela ni un libro de imágenes, ni una novela gráfica, o un libro animado o una película, que era una combinación de todas esas cosas. Scorsese entonces tomó todos esos discursos y planteó uno nuevo, en 3D.

El gran Martin Scorsese, autor de películas tan afamadas como Taxi Driver, Toro Salvaje, Los infiltrados y Casino, incursiona en el cine dirigido a niños con La invención de Hugo Cabret (2011) y demuestra no solo que es un grandísimo cineasta (que eso ya lo sabíamos) sino que es también un magnífico lector. De esos lectores que se apodera de la historia original que le cautiva, pero que renuncia a hacerle una simple adaptación cuadro a cuadro o fotograma por fotograma. Scorsese nos ofrece su visión libre y auténtica del libro y que por momentos se parece un montón a las ilustraciones y atmósferas que ofrece la novela, pero en otros momentos se deja llevar por su propia mirada, se separa del papel y logra constituirse en una obra nueva, personalísima. Como si el cineasta se señalara a sí mismo con el dedo y nos quisiera dejar bien claro: “así lo veo yo y así lo complemento con mis propios ingredientes para ofrecer un nuevo platillo”. El espíritu de Hugo Cabret, ese fantasma entrañable que habita en el libro de Selznick, primera novela en merecer la medalla de honor Caldecott en el 2008, también conforma la esencia de esta película recientemente nominada a los premios Oscar.

Es importante remontarse a los orígenes del cine, no solo porque La invención de Hugo Cabret aborda el tema de la vida y obra de George Méliès (uno de los primeros y más prodigiosos magos de la historia del séptimo arte), sino porque hay algo en esos orígenes que deberíamos rescatar. El cine nace en el seno del vaudeville, en esos locales nada elegantes donde las chicas bailaban cancán, donde se bebía absenta y donde el pintor Toulouse Lautrec dibujó los afiches que luego se hicieron tan famosos. No nace como arte, tampoco como un medio para educar o ideologizar. En sus inicios, se trata de algo extraordinariamente parecido a un espectáculo de magia. Un truco para abismar, para sorprender, para emocionar, igual que un mago que partía en dos a su asistente con una sierra o a un escapista que se libraba de sus cadenas y candados desde el fondo de una pecera. Años más tarde es cuando se instaura y difunde esa mirada reverencial sobre el cine para entonces hacerlo sinónimo de arte, de mecanismo para adoctrinar o transmitir propagandas y valores, o como un mercado que busca entretener para obtener ganancias masivas. Sin embargo, hubo un mago rebelde, uno que siguió insistiendo –y a eso dedicó su vida y obra- al considerar que el cine era un tipo de magia: George Méliès.

Méliès fue todo un pionero de los efectos especiales. Es el padre del cine fantástico y de ciencia ficción, un brujo noble que buscaba hacer nuevos hechizos por medio de trucos que nunca antes había sido posible ejecutar. Méliès nos hizo viajar a la Luna y al fondo del mar, se tomó la molestia de colorizar a mano cada fotograma para que las películas dejaran de ser en blanco y negro, nos enseñó que la gente podía desaparecer por medio del montaje y que a los selenitas se les puede aniquilar de un paraguazo en caso de que se pongan violentos. El gran George se gastó hasta el último centavo para poder hacer sus películas, pero fue un artista incomprendido, un autor que estaba haciendo un cine del futuro para el que los hombres de su tiempo no estaban aun preparados. Fue tan incomprendido que acabó por deslastrarse de todas sus películas y de toda la utilería con la que contó para hacer sus prodigiosas obras de arte. Y, fue así, lleno de frustración y en bancarrota, cuando en 1925 decidió abandonar el cine. Se reencontró con Jeanne d’Alcy, una de sus principales actrices, y con ella se ocupó de montar un quiosco de juguetes y golosinas en la estación de Montparnasse. Allí mismo, años más tardes, fue reconocido por Léon Druhot, director de Ciné-Journal, quien lo rescató del olvido.

Y esa, la del rescate del olvido, es una metáfora esencial para comprender La invención de Hugo Cabret. Es el verdadero espíritu entrañable que habita en la obra literaria de Selznick y también en la película de Martin Scorsese. Este film es un homenaje al cine y también acaba siendo una hermosa reflexión sobre su naturaleza perdida. ¿Qué es el cine y para qué sirve? La respuesta que parece sugerirnos Selznick resulta idéntica a la de Scorsese y también a la de Méliès: es como la magia, aparentemente no sirve para nada pero precisamente por eso sirve para todo o para casi todo. Es el espacio donde la fantasía, los sueños y las invenciones más imaginativas irrumpan en nuestra realidad. Que vaya que no es poca cosa.

George Méliès en su puesto de la Estación de Montparnasse, ahora por Martin Scorsese

Algunos aficionados de la obra de Scorsese se han sentido defraudados o confundidos por su incursión en este universo de la cinematografía para niños. “Ese no es el gran Martin Scorsese, necesitamos que vuelva a hacer las películas a las que nos tiene acostumbrados”. Pero me temo que al pensar así se equivocan, pues La invención de Hugo Cabret es una de las películas más congruentes y personales del gran “Marty”. Desde 1990, Scorsese lleva junto a unos amigos una institución llamada The Film Foundation, organismo encabezado por Martin que se ha dado a la tarea de velar por la conservación, restauración y exhibición de películas clásicas con el fin de que no sean olvidadas, y la gente de nuestros tiempos tenga acceso a ellas. En fin, para que a esas joyas del pasado no les ocurra lo que a Méliès. Algunos de los involucrados con The Film Foundation han sido Clint Eastwood, Francis Ford Coppola, Robert Altman, Steven Spielberg, Woody Allen, George Lucas, Stanley Kubrick, Wes Anderson, Ang Lee y Peter Jackson.

La invención de Hugo Cabret sirve de excusa entonces para reflexionar y ofrecer una mirada particular sobre algo que preocupa fundamentalmente a algunos autores: el cine tiene que rescatar su condición de sinónimo de magia. También sirve como un llamado de atención: hay que volver nuestras miradas sobre los autómatas (la invención de Hugo y su padre es un autómata que dibuja escenas memorables de las obras de Méliès), porque ellos también son los portadores de ese encanto perdido que deberíamos rescatar, criaturas fascinantes de los tiempos en los que los hombres hacíamos máquinas imposibles que supuestamente “no servían para nada” pero que nos daban licencia para soñar. Y, finalmente, tanto el libro como la película (dos gemas que no tienen desperdicio) nos están metiendo el dedo en el ojo para que pensemos y repensemos la importancia de construir un canon personal: ¿a quiénes nos gustaría rescatar?, ¿quiénes son los olvidados que deberíamos volver a tomar en cuenta para que la historia los reivindique y los coloque en el sitial de honor que se merecen?

La tarea es de todos. Selznick, Scorsese y Méliès por lo visto nos están invitando a ser más que testigos. Nos toca a todos buscar en los sitios más recónditos, en esos quioscos atestados de juguetes, golosinas y cositas menores que “no sirven para nada o que la gente ya olvidó”. El fantasma que habita en La invención de Hugo Cabret nos está esperando allí para que lo rescatemos y pueda así hacer de nuevo su magia.


*Este artículo fue originalmente publicado en la revista PezLinterna, coordinada por Freddy Gonçalves Da Silva, dedicada a la promoción e investigación de la literatura juvenil. 

lunes, 14 de mayo de 2012

Disertación sobre el Spam



Tengo una vieja entrada en este blog titulada “Espacio en blanco” que no es de mis favoritas –ni de las de nadie– pero allí está, allí sigue y allí se queda. Y, además, cumple con una extrañísima función, es una especie de entrada-corroncho, como esos espantosos bagres oscuros en miniatura que todos los que hemos tenido alguna vez una pecera hemos echado a nadar allí entre los otros (más coloridos, más hábiles, más luminosos y, en fin, más dignos de atención). Pero es que el corroncho nos limpia la pecera, está allí aplastado contra el cristal con la bocota abierta en una “O” mayúscula y membranosa chupándose el moho, aspirando residuos y absorbiéndose toda una gama de cochinaditas variopintas que los otros peces se empeñan en fabricar. “Espacio en blanco”, mi post-corroncho, es el depositario favorito de casi todos los comentarios Spam que llegan a este blog.

Hace un par de días recibí (y allí se quedará por siempre esperando en la carpeta de moderación de comentarios) la siguiente perla infesta que transcribo tal cual como llegó a mi correo: “La posición tradicional misionero en su habitación con su novia está bien, pero aburrida así? Estos chicos tienen algo mejor que hacer! Ellos caminan por las calles y están dispuestos a ofrecer algo muy desagradable? mierda (¡!) , cuando sus pollas duras palpitantes están profundamente traga y se envasa en castores hinchados gal está lleno de jugo dulce! Y sucede justo en el coche o, simplemente, en el cercano escapada!”

Por cierto que mi parte favorita es la de los castores.

He recibido, por supuesto y como todos, mucho Spam más. Gigabytes y terabytes de basura cibernética que me ofrecen nuevas experiencias organizacionales, antropológicas, laborales, sexuales. Asuntos que –eso prometen–  me dispararían directo al éxito en el mundo los negocios con apenas darle clic a una dirección web escrita en alfabeto cirílico.  O aseguran que me harían más grande, más largo, más poderoso, más duradero y todas esas cosas que contentarían un montón a su pareja.

Me pregunto, de verdad me lo pregunto –he pasado muchos más minutos de los que cualquier individuo provisto de sanidad mental debería pasarse en estos menesteres–, cómo carajos se produce tanto Spam. De dónde y cómo se fabrica tantísima chatarra virtual. ¿Habrá gente a la que contratan para eso? “Se solicitan redactores creativos para elaborar Spam y distribuirlo por todos los medios electrónicos posibles. Posibilidades de ascenso y bonificaciones garantizadas según desempeño”. Porque allí estaríamos hablando de un equipo de creativos haciendo una lluvia de ideas monumental de la que me gustaría participar (y si se puede sacar billete de eso, pues tanto mejor) ¿Será acaso una máquina inventora de historias como aquella confinada al sótano de un museo en La ciudad ausente de Piglia? ¿O estaremos acaso ante el cadáver exquisito más grande y delirante jamás? A cada quien se le  roba una frase de aquí, se secuestra otra palabra de allá, todos los retazos son puestos en una máquina que los recombina y de allí, de ese mar de tornillos oxidados, morcillas, chispitas de chocolate, volutas de madera y desechos tóxicos de Viagra la computadora se las arregla para arrojar un correo chatarra.

Hace unos años una amiga me llevó prácticamente a rastras a una declamación de un poeta sueco (cuyo nombre, así como sus “versos”, me resultan hoy –como diría El Quijote– de imposible recordación) especializado en esa curiosa rama denominada poesía fonética. El tipo estaba de pie junto a un teclado Korg al cual le presionaba una única tecla, un zumbido grave que inundaba la sala, lo dejaba a manera de música de fondo y sobre aquella masa sonora monotonal sobreponía su voz filtrada por un micrófono y entonces emitía una serie de ruidos, chasquidos y explosiones con la cavidad bucal. SCHHHHHHHHLACKKKK, PLUSHHHHKKKKKKK, MERKKKKKKK, SCHLUTTTZZZZ, KRACKKKK, DZIUTTTGH, GROLSHHHHTZZZK. Dado mi desconocimiento supino sobre las lenguas de hielo no sabría decirles si ese señor estaba enumerando palabras en sueco o simplemente estaba jugando con su descollante capacidad de vocalización. Lo que sí les puedo jurar es que el viejito sueco es el pana que mejor pronuncia las kas, las ches, las tes (sobre todo si son seguidas por des y por varias zetas) en este planeta.

Y recordar a ese caballero sueco con su poesía fonética mientras lo vinculo con los castores hinchados, envasados y tragados de jugo dulce del comentario Spam me hace pensar que necesariamente en este mundo tiene que haber alguien en este preciso momento escribiendo cuentos y/o poemas con toda esa chatarra virtual que recibimos y borramos día a día, esa misma que supuestamente no sirve para nada pero que por algo se hace y para algo –que no sé qué es pero me intriga un montón– tiene que existir.

viernes, 4 de mayo de 2012

Día de Brujas



Brujas debe ser una de las ciudades más espeluznantes que haya conocido en mi vida. No, no porque sea fea, por el contrario, es preciosa (tan bonita que uno no se imagina viviendo allí jamás), la culpa del espanto que me produce Bruselas se la debo a la Sopa del Pescador.

Aunque estábamos cortos de presupuesto, cortísimos de verdad, nos la arreglamos para tener un día libre dentro de la cobertura del Festival de Cine Fantástico de Bruselas, alquilar un carro con dinero del propio bolsillo y así irnos a conocer Brujas y Amberes que nos habían dicho que no tenían desperdicio.

De Brujas no pasamos. A Amberes no la conocimos jamás.

Pero volvamos a la Sopa del Pescador que es la protagonista y culpable de toda esta historia. Llegamos a Brujas pasado ya el mediodía y con un hambre inclemente, nos dimos una vuelta de reconocimiento por todo ese pedrero hermoso y cubierto de musgo y nos sentamos en un local a comer algo antes de que cerraran la cocina. Bujía, el más elegante de todos, pidió una cacerola de mejillones con papas fritas, Richita (el grandísimo Richita, nuestro asistente de cámara oriundo de Guarenas) pidió sus espaguetis a la boloñesa “y me traes mayonesa, el mío” –así en venezolano– mientras que Emil y yo nos lanzábamos en mala hora con la bendita Sopa del Pescador.

La Sopa del Pescador, me disculpan la ignorancia gastronómica que se evidenciará en la descripción a seguir, es una especie de potaje de color naranja donde se encuentran licuados una cantidad deliciosa de monstruitos marinos. Sé que lleva camarones, que hay tropezones de algo que creo que es salmón, que tiene almejas y mejillones y que es una de esas sopas que uno no se bebe sino que mastica, y cuando la masticas hay cositas que crujen, asunto que hace pensar que esos animalitos los lanzaron allí dentro con concha y todo. Para colmo de males, te traen en un plato al lado un poco de queso rallado, una mayonesa preparada con especias aromatizadas, trocitos de pan tostado y no-sé-qué-otra-vaina más rica en grasas hipersaturadas. Y uno va de troglodita y le echa todo eso a la bomba marina que se está sorbiendo.

Nos metimos aquello, pagamos la cuenta, nos dimos una vuelta por Brujas y qué bonitos los puentes de piedra y mira los cisnes en el canal y los sauces llorones y qué vaina tan buena esta locación para una película de terror y qué guapas que están las belgas (y si son flamencas más), y a todas estas Emil iba especialmente callado mientras Richita aseguraba que la salsa boloñesa sola era un asco pero si le metías mayonesa se ponía divina… hasta que Emil dijo “Coño, papá, yo creo que me siento un pelo mal”.

“Tranquilo, bróder, que ahora agarramos carretera hacia Amberes y ponemos musiquita y tú bajas la ventana y con el aire fresco que entra seguro que te sientes bien”.

Y eso hicimos. Y cuando vimos el cartelito en aquella autopista prodigiosa que aseguraba “Antwerpen 5 Km”, Emil comentó desde el asiento trasero: “Coño, papá, yo creo que mejor te paras que voy a vomitar”. Y no lo acababa de decir cuando empezó a vomitar como Linda Blair en El Exorcista, igualito pero en vez de verde anaranjado, chorros y litros de una masa infesta de bilis con Sopa del puto Pescador y tropezones de salmón.  Una cosa que inundó el carro en pocos segundos. Todo era anaranjado. Y no sé cómo hizo Bujía, que iba al volante, pero se las arregló para orillarse en el hombrillo sin necesidad de pisar los pedales porque estábamos ya todos en cuclillas encaramados sobre los asientos mientras Emil seguía soltando a borbotones todo un ecosistema marino licuado por la boca.

Nos bajamos del carro y nos dignamos, con los brazos cruzados y las caras hechas una mueca, a ser testigos de cómo Emil terminaba de vaciar la bilis sobre la cuneta mientras Richita le sostenía la frente como una madre.

“Mierda, panita, y ahora qué hacemos”. “Nada, vamos a devolvernos a Bruselas y allá llamamos a un médico”. “Qué cagada”. “Sí, qué cagada”.

Nos subimos de nuevo al carro –cuidadito con no pisar la marea naranja, eso sí–, pero aquella pestilencia era insoportable. Íbamos los cuatro controlando la arcada hasta que decidimos que ni de vaina íbamos a poder llegar a Bruselas (aún a dos horas de camino) con aquel quinto pasajero dentro de la cabina.  Nos detuvimos en una estación de gasolina y apenas nos bajamos del carro Emil dijo: “Coño, papá, creo que voy a vomitar otra vez”. Nos llevamos cargado, entre Bujía y yo, a Emil hasta el baño. Aquel pobre hombre era un despojo humano, un mar de sudores, temblores, escalofríos, no tenía ni fuerzas para mantenerse en pie. Richita se quedó junto al auto y allí lo encontramos una vez Emil acabó de vaciarse entero por el excusado.

Y la imagen que vimos al volver junto al auto, lo juro por Dios, es de las cosas más impresionantes que haya visto en mi vida. Estaba Richita a cuatro patas y con las manos haciendo cuenco, metido por la puerta del copiloto, sacando la marea anaranjada a mano limpia, como un náufrago cuya balsa está haciendo aguas en alta mar. Se había puesto la bufanda a manera de tapabocas y allí estaba como un campeón haciendo lo que nosotros no podíamos. Cuando nos terminamos de acercar al carro nos dimos cuenta, además, de que Richita estaba armado (todo dispuesto sobre el asiento del piloto) con un balde de agua caliente, un pote de jabón líquido, dos trapitos y un aromatizador.

–¿De dónde sacaste todo eso, Richita?

–De la tienda, papá, ¿de dónde va a ser? Por cierto que el pana que atiende no me entendió nada, así que yo le expliqué que ahora le ibas tú a pagar. Toda esta vaina que estás viendo me la fió.

–Coño, Richita, qué grande eres, mi pana.

Y sí, el gran Richita limpió todo aquello mientras lo observábamos, una vez más, como testigos de un evento sobrenatural que escapaba a todas nuestras humanas posibilidades. No lo ayudamos. No pudimos. Porque Emil sencillamente no existía, Bujía sufría arcadas con tan solo ver a Richita haciendo cuenco con las manos… y yo, seamos sinceros, estaba invadido por el hipocondríaco impresentable que vive en mí y lo único que pensaba era que yo, necesariamente, tenía que estar también intoxicado y que iba a comenzar a personificar de un momento a otro mi propia versión de Linda Blair.

Una vez Richita acabó a mano limpia con el quinto pasajero, nos subimos por fin al carro y nos fuimos a Bruselas. Llegamos de noche. Y esa noche no dormimos.

Al día siguiente, armados de sendos potes de aromatizador de lavanda, Bujía y yo nos metimos de nuevo en el carro para irlo a devolver al aeropuerto donde lo habíamos alquilado. Nuestra gran preocupación era que nos fueran a clavar una multa en Europcar por devolver aquel vehículo con aroma a Sopa del Pescador, bilis y lavanda. No teníamos ni un euro para pagar esa penalización. Nos lanzamos aquel viaje hasta el aeropuerto a -3º centígrados, rezando y con las cuatro ventanillas abajo.

Ya en el estacionamiento aeropuerto, con el auto estacionado en los espacios destinados para Europcar, nos atendió un belga de un blanco imposible, flaco, alargado y provisto con una narizota idéntica a la de Gérard Depardieu en Cyrano de Bergerac.

“Nos jodimos, Bujía”. “Estamos jodidos pa’ la verga, Urriola”.

Coño de la madre… y el tipo no lo olió. Por un extraño milagro de todos los dioses y santos de todas las religiones existentes, el pana no olió nada. No sabemos cómo pero el tipo revisó el carro por fuera y por dentro, se sentó al volante, revisó el medidor de la gasolina, se asomó con detalle a ver el cuentakilómetros, se cercioró de que no habíamos dañado la tapicería ni nos habíamos robado el gato y nos despidió con un: “Voilà. Mercie, au revoir”.

Hoy día estoy seguro de que ese viaje en tren del aeropuerto de Bruselas a la estación cercana al hotel Crowne Plaza es uno de los momentos más placenteros de mi vida. 

miércoles, 25 de abril de 2012

Radiohead en concierto (o como uno cree que va al cielo y acaba metido en los infiernos)



Martes 17 de abril. Finalmente ha llegado el día del concierto de Radiohead. Habíamos comprado las entradas hacía meses, como desde octubre del año pasado. Un poco caras… no, mentira, escandalosamente caras, mucho más caras de lo que uno pagaría a estas alturas de la vida por ver un concierto en un campo de béisbol; pero bueno, es Radiohead, hay que hacer el esfuerzo, Radiohead lo merece.  Porque, dime tú, cuándo se va a presentar una segunda oportunidad para irlos a ver. Sí, mejor vamos.

Se acerca la hora del concierto y llueve. Llueve con rayos y con truenos y las calles se inundan y no hay taxis (a los taxis aquí también se les llama unidades: “no contamos con unidad para prestarle el servicio, caballero” y gozan también del curioso don de todos los taxis del mundo de  desaparecer justo cuando más los necesitas) “¿Será que no vamos?” “Pero es que ya nos gastamos ese dineral y no lo vamos a perder y además es Radiohead”. “No, tienes razón, claro que vamos”.

Nos vamos en metro, hay que tomar la línea naranja, hacer la transferencia en Tacubaya y de allí recorrer como diez estaciones por la línea marrón hasta Ciudad Deportiva, una vez te bajas en esa parada se caminan unas diez cuadras y ya está, te están esperando Thom Yorke y compañía en la tarima… Se ve tan facilito en la teoría, pero es la hora pico y afuera llueve y Tacubaya es un hormiguero, llega un tren y no nos logramos subir, no cabemos, no hay manera de embutirse en esos vagones atestados de miles de personas que están tan cansadas que ni hablan. Esperemos mejor al próximo tren. El andén se llena más y más, el metro nada que llega y los que están atrás empiezan a empujar y uno, aunque no quiera, acaba traspasando la línea amarilla y contorsionando vértebras y cervicales de manera que acaban contradiciendo todas las leyes posibles de la física (y sobre todo las de la flexibilidad, porque uno no tenía idea de que fuera capaz de asumir semejantes posturas). Por largos minutos nos encontramos condenados a flotar en un océano de bigotes, sobacos, moños de pelo, gomina, intercambios espontáneos de caspa y perlitas de sudor. Llega finalmente el tren y el muy cabrón cumple una vez más con ese extraño axioma donde las puertas jamás se abrirán justo enfrente de uno, sino exactamente dos metros más allá y dos metros más acá. Nos abrimos paso a los codazos “agárrate de mí que yo te arrastro” y entramos (nos entran) a presión de manguera de bomberos en el vagón. “Ya está, tranquilos que tenemos toda una hora para llegar”. Se suman las estaciones y en cada una de ellas se suben diez sin que se baje ni un alma. Reproducimos las posturas de consagrados yoginis -idénticas a las del andén de Tacubaya pero ahora mejoradas para poder ejecutarse dentro de un vagón del metro-.  Cuando ya la claustrofobia es más grande que uno llegamos finalmente a Ciudad Deportiva, y aquí cambiamos de disciplina, ahora nos convertimos en acarreadores de un equipo de fútbol americano, hay que poner la cabeza como un misil apuntando hacia el frente, subir los hombros, inclinar el cuerpo hacia adelante, empujar con todo el peso del cuerpo, disponerse a derribar cualquier obstáculo que se interponga entre nuestro camino y la puerta (estas puertas que no abren por más de diez segundos y que se cierran como guillotinas). Salimos disparados, rasguñados y sudados hasta que caemos como hombres-bala en medio del andén de Ciudad Deportiva.  “Lo logramos, no sé cómo coño, casi no vivimos para contarlo, pero aquí estamos”. “Eso sí, ya yo estoy agotado y con ganas de irme a mi casa y todavía nos faltan como 4 horas aquí”.

Salimos entonces a la intemperie después de horas en aquel inframundo del metro. Afuera el cielo está encapotado, la brisa fría, empieza chispear una lluvia grisácea como de apocalipsis. “Boletos, boletos, compro o vendo boletos” susurran centenares de revendedores que parecieran estar vendiendo drogas sintéticas. Y unos pasos más adelante alternan el cantadito con “boletos y capas, boletos y capas para el concierto”.  ¿Capas? Sí, a los impermeables plásticos desechables, hechos como con bolsa de basura, les llaman capas. Y es que se viene la lluvia, si miras al cielo te dan ganas de llorar. “¿Será que compramos un poncho de esos?”. “No, vale, ya hoy llovió, ni de vaina va a volver a llover”. “Pues yo sí me voy a comprar uno: ¿señora me vende una capa?”.

“Qué maravilla, yo nunca he tenido una capa”. 
“Yo tampoco, es mi primera capa en la vida”.

Caminamos hacia la entrada, la lluvia infesta nos moja la cara, el trayecto es accidentado y resbaladizo. Hay que caminar por un autódromo,  pasar por el primer control, mujeres a la izquierda, hombres a la derecha, nos reunimos de nuevo, pasamos la recta principal, la primera curva, la segunda, las chicanas por donde se suben a dos ruedas los autos de carrera, y otra recta, y otro control de vigilancia “se les agradece tener boleto en mano”, y otra curva y más chicanas y otras rectas y más controles de seguridad (“si puede por favor devolverse porque mi máquina no lee los códigos de barra pero la de mi compañero que está allá a dos kilómetros sí que se los va a leer”) y otras curvas y otras rectas y más chicanas y coño de la madre dónde carajo se le entra a esta mierda.

Finalmente la entrada N aparece a mano izquierda. Un último control, otro chequeo más, “Bienvenido, camine tantito hasta el final y luego suba por las escaleras hasta llegar a  su puesto”. Y llueve en serio. Llueve ahora como llovió en la tarde, con truenos y relámpagos y eso que llaman una lata de agua cayendo del cielo. Y los puestos quedan subiendo las escaleras y luego otras y luego otras y luego en la fila 17 después de la cuarta escalera. El escenario se ve allá al fondo a la derecha como una caja de fósforos arrojada en medio de un campo de golf.

“Pero estos puestos son una mierda”.
“Sí… y si te digo lo que costaron me mandas a la mierda tú a mí”.

Llueve y bate una brisa antártica y uno allí montado en la fila 17 de la cuarta tribuna. Y el concierto era a las 8.30 pero ya son las 9 pasadas y a las 9.45, presos de la desesperación y víctimas de la hipotermia, mojados como pollos (incluyendo a quien lleva capa) decidimos bajar todas las escaleras y refugiarnos en un descanso bajo techo. Pero el techo tiene goteras, se acumula el agua por una canal, baja por las columnas a cataratas, la gente se está mojando allí igualito o más que a la intemperie. Los de la escalera de al lado, en la entrada M, hacen la ola y unos muchachos que están a nuestro lado gritan: “Vámonos todos a la otra escalera que nos mojamos igualito pero están más divertidos”. Y se van como 100 con ellos.

A las 10.15 se monta Radiohead. “El coño de sus madres, estos artistas”. Llueve ya un poco menos, la gente escucha los primeros acordes de la guitarra de Johnny Greenwood y corre hacia sus puestos llevándose lo que sea por delante.  Y nosotros con ellos. Llegamos a la fila 17 de esa escalera que conduce al techo del mundo y a nuestro lado, justo en el puesto de la derecha, vemos a una chica que llora. Llora las primeras cuatro canciones, y no llora porque está emocionada, llora porque se ha peleado con su novio y él se fue y se llevó las llaves de su auto y ahora está sola, peleada, mojada y sin saber cómo se va a su casa que queda en esta misma ciudad pero en otro planeta. A la quinta canción la chica baila, baila sola y bebe y fuma y es feliz y sigue bailando. Sola. Escuchamos el concierto (casi lo vemos) allá desde la cajita de fósforos que queda en el cinturón de asteroides entre Júpiter y Saturno .

Se hacen las 11, nos tenemos que ir porque el metro cierra a las 12 y el camino a casa es de más de una hora.

Abandonamos el concierto de Radiohead aún por la mitad. Thom Yorke toca canciones nuevas de un disco que no ha salido y que nadie conoce y que no tiene guitarras ni batería ni bajo, sino que lo hace todo él solito con un tecladito atroz que en mala hora se ha comprado. Johnny Greenwood hace la pantomima de que toca la guitarra y mueve mucho su largo flequillo, pero no se lo cree ni él mismo. No está tocando nada. Él también baila solo.

Bajamos del cielo, recorremos una vez más las 17 filas y las 4 escaleras, salimos por la puerta N que nos lleva de vuelta al autódromo con sus rectas, curvas y chicanas que se reproducen al infinito en generación espontánea.  Con los últimos arrestos finalmente nos asomamos a la boca del metro y está cerrada. “Es que a estas horas sólo está abierta la puerta que queda 5 cuadras más allá” dice un señor que vende cigarros Camel al detal.

Caminamos a oscuras por una selva desierta de concreto, aguas empozadas y orines rancios que alguien vació allí hace semanas y que no hay lluvia ni manguera en este mundo que pueda con ellos.  Atravesamos una avenida de 7 canales en las que todo el mundo va a 120 kph y nadie jamás frena (incluso, si ven un peatón aceleran). Encontramos la bendita entrada del metro casi tapiada bajo una nube de vendedores ambulantes. Nos arrastramos hasta el andén y cuando por fin llega el metro nos lanzamos como costales de papas viejas y húmedas sobre los asientos verdes.

“Joder, qué desastre de concierto, qué decepción. Y qué manera de perder la plata”.
“No, no la perdimos. Te equivocas. La invertimos en nuestra contra”.

lunes, 9 de abril de 2012

Homo Zappiens Salvation


El holandés Wim Veen lleva cerca de veinte años investigando sobre los nativos digitales, esos individuos que han nacido y crecido en medio de estos tiempos hipermodernos y de la pantalla global (como les llama Lipovetsky). Veen ha acuñado un término provocativo y lúdico para referirse a estos sujetos contemporáneos: Homo Zappiens -lo que ha levantado más de una roncha, porque la academia y el sentido del humor no suelen ir de la mano-.

El Zappiens, de allí su nombre, es ese individuo que ha crecido en un entorno caracterizado por las informaciones discontinuas: cuando mira la televisión hace zapping frenéticamente por los centenares de canales que le ofrece el cable, chatea, escucha música, envía mensajes de texto, juega videojuegos en línea y hace (o intenta hacer en el menor tiempo posible) las tareas de la escuela todo ello en simultáneo. Y, por lo visto -aunque a nosotros desde afuera nos lo parezca- no suele naufragar en ese Maelstrom de información caótica en el que está constantemente sumergido.

El llamado Homo Zappiens está dotado, según Veen, de una cantidad de destrezas que le permiten lidiar con la tecnología como si el mundo entero fuera un gigantesco constructo tecnológico: no leen ordenadamente de izquierda a derecha ni línea por línea sino que su lectura se asemeja más a un escaneo, una rápida lectura vertical donde leen textos, imágenes, colores, texturas e hipervínculos a la vez; tampoco siguen instrucciones ni revisan los manuales, sino que abordan la información que se les ofrece a raudales en pantalla de una manera intuitiva y -casi siempre- saben dónde deben hacer clic para continuar leyendo. Muchos se pueden quejar de que el Zappiens no lee o que cada vez lee menos, a lo que Veen responde que sí que leen, que leen muchísimo, lo que pasa es que leen distinto y sobre otros formatos de lectura; se sienten como peces en el agua saltando entre las pantallas, lidiando con los teléfonos móviles, el control del videojuego, el ratón de la computadora, las tabletas electrónicas y el mando a distancia del televisor. Ese es su mundo y, dado el rumbo trepidante que llevan las cosas, aquel sujeto que no desarrolle estas habilidades para lidiar y entender(se con) la tecnología se quedaría en franca condición de minusvalía para poder interactuar con la vida que le ha tocado.

Un poco más al norte, en Noruega, Espen Aarseth asegura que la característica de la literatura en los tiempos que corren (nunca mejor aplicado el término) es la de ser Ergódica: se requiere de un movimiento, de un desplazamiento físico, para poder ser llevada a cabo. Tenemos que mover así sea un simple dedo al hacer clic para poder leer, de manera que el jardín de los senderos que se bifurcan se recorre ahora como quien se desplaza convertido en un avatar y por medio de un joystick por ese laberinto que propone la lectura. Hay que tomar decisiones, mover el artefacto, hacer clic, interactuar con el dispositivo para escoger un camino mientras se desechan todos los demás. La literatura ergódica nos propone, según Aarseht, que el lector se comporte como un lector-jugador y que el mundo sea entendido como un mundo-juego.

Esto nos podría remitir, de vuelta a Holanda, al denominado Homo Ludens que acuñó Johan Huizinga: comportarse como un jugador y entender al mundo como un gigantesco mecanismo de juego podría darnos señales nada despreciables de la naturaleza humana así como del aparato cultural que hemos construido para filtrar al mundo y aproximarnos a él.

Sin embargo, el estadounidense Nicolas Carr, con una visión mucho más angustiosa y desencantada nos asoma la posibilidad (nada descabellada) de que este mundo-juego y este nuevo lector-jugador que han proliferado masivamente con Internet corren el riesgo de volverse cada vez más superficiales. Estamos sumidos en un legítimo bombardeo de informaciones, la pantalla global nos tiene literalmente ahogados en un océano de imágenes, estímulos visuales y acústicos de toda naturaleza y a velocidad de hipermetralla. No somos capaces de lidiar con tanta información, el torrente del alud informático es infinitamente superior a nuestra capacidad de aprehenderlo y metabolizarlo, por lo que la única opción que tenemos es la de hacernos progresivamente más y más superficiales. No hay tiempo para la reflexión ni para la contemplación, no hay espacio para el desarrollo del pensamiento crítico. Detenerse a pensar, a unir ideas, a establecer vínculos entre las ideas y las cosas, tomarse el tiempo para “crear” en la acepción más amplia del término, es algo que estamos perdiendo también a velocidad de vértigo. La creación artística (ya sea de narrativa, poesía, ensayo, cine, pintura, escultura y demás), a luz y ritmo de la hipermodernidad, sería a la larga una más de la especies en franco peligro de extinción.

Ciertamente hay razones para preocuparse, para sucumbir ante la idea tenebrosa y desesperanzada de que, tal como pinta el panorama, las cosas no están bien y van para peor… pero entonces irrumpe Lipovetsky, quien cada vez se vuelve más inevitable, y asoma una posibilidad insólita: el Homo Frivolus quizás sea nuestra salvación.

Quizás, asoma Lipovetsky entre líneas, el mundo sin guerras, tolerante, respetuoso por el otro que siempre hemos soñado, sólo puede estar en manos de ese nuevo hombre (Zappiens, Ludens, Frivolus, el lector-jugador que vive su mundo-juego, pónganle el epíteto que más les guste) que lo que único que quiere es entretenerse y jugar, que no quiere molestar ni ser molestado mientras recorre a punta de brincos superficiales ese mundo (el de las pantallas, pero también el de este lado de la existencia) del que sólo toma lo que le llama la atención mientras ignora todo lo demás. Ese individuo superficial, frívolo, lúdico y fragmentado no estaría entonces pendiente de aniquilar o segregar a nadie porque el otro piense o sea distinto. Morirán en manos de la frivolidad las artes, pero también las ideologías. No habrá tiempo para la Creación, pero tampoco para la Destrucción (al menos no la que deriva de conflictos políticos, religiosos, raciales, ideológicos).

Puede ser que el nuevo hombre decida utilizar un arma insospechada para cambiar finalmente al mundo, un arma insólita y rara vez empleada pero que siempre estuvo allí: Ignorar aquello que siempre hemos considerado como Importante. Una ignorancia que se traduce en no me interesa, paso de absolutamente todo, me da igual, a mí me dejan en paz que quiero estar en lo mío, yo lo que quiero es pasarla bien, entretenerme, estar a la moda sin que me perturben las otras modas de los demás, quiero explotar mi derecho de por vida jugar con mis juguetes inocuos y allá tú con tus juguetitos y tus jueguitos.

Quién sabe… vaya vértigo, yo definitivamente no sé.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Manual inútil en caso de terremotos


Hace una semana hubo un terremoto en México, dicen que duró cerca de dos minutos y que alcanzó los 7,8 grados en la escala de Richter -números casi idénticos a los del devastador terremoto que sacudió a México en 1985-.

Yo estaba en ese preciso instante saliendo para clases cuando en eso escuché a mi cuñada gritar desde el comedor: ¡Cuñado… cuñado! Lo hacía con la misma voz de alarma que utiliza cuando deja caer el cenicero lleno de colillas en la papelera sin bolsa o cuando se mete a bañar y no le sale el agua bien caliente. Con toda la calma que me producía saber que se trataba de alguna de estas tragedias me llegué hasta el epicentro de los gritos y la encontré en cuclillas metida debajo de la esquina de la mesa del comedor. “¡Está temblando!, ¿no lo sientes?”. “Coño, no… ¿será que salimos?”. “Yo no tengo llave y además estoy en pijama”. “Vale, voy a buscar la llave y ya vuelvo, no te muevas”. No llegué a buscar la llave, me quedé mareado mirando por la ventana hacia el árbol de aguacates del jardín del vecino. El tipo se movía como si se dispusiera a salir bailando. Sí, estaba temblando, era un hecho.

Cuando por fin se me pasó el mareo y superé la impresión de ver a un aguacate bailar, di con las llaves (sepan que las llaves nunca están en su sitio y mucho menos cuando se enteran de que hay terremotos), logramos bajar por las escaleras y ya todo el mundo había tenido tiempo de bajar y volver a subir, es decir, el edificio se pudo haber derrumbado con solamente dos víctimas dentro: una mujer empijamada y un tipo con su morralito negro en la espalda.

“A poco que estuvo sabroso el temblor” fue el recibimiento del vigilante que se fumaba un cigarrito bajo el sol.

Durante varios días no hubo otro tema de conversación en esta ciudad que no fuera el terremoto: ¿Cómo lo sentiste?, ¿dónde estabas?, ¿y qué hiciste?, ¡eso que hiciste es lo peor que se puede hacer en caso de terremoto! Y por supuesto también se desataron una cantidad insólita de teorías sobre las causas del terremoto y sobre qué carajos hay que hacer en caso de un sismo.

He aquí un breve manual armado a punta de todas esas cosas que escuchamos y leímos después del temblor.

1.- Cuando hay un terremoto no se pueden utilizar los elevadores pero tampoco las escaleras. En el ascensor te quedas encerrado y en las escaleras la vibración te tumba por los peldaños. Así que hay que buscar una manera de bajar que no sea ni por un lado ni por el otro. Ergo, tienes que decidir entonces entre lanzarte por la ventana o quedarte parado en tu sitio hasta que pase el temblor. En fin, mejor no hagas nada y punto.

2.- No es en lo absoluto aconsejable durante un sismo colocarse debajo de los marcos de las puertas (eso funcionaba hasta el año 2010 más o menos, pero luego se dieron cuenta que era aún más peligroso, que lo único que se derriban son los marcos y las columnas mientras que los techos sobreviven flotando en el aire). Lo mejor sería ubicarse en el hueco que hay entre la poceta y el lavamanos. O meterse en la bañera (también aplica en caso de tiroteos por lo que las bañeras son un invento mejor que el hielo).

3.- Lo ideal si te encuentras en zona sísmica es cargar un bolsito a mano que contenga una botella de agua, una galleta, un chocolate, un pañuelo, una manta, medicinas, un tanquecito de oxígeno y el equipo de primeros auxilios. Así que ni tan bolsito, mejor un morral con todo eso y siempre encima de uno porque no sabes jamás dónde te va a coger el terremoto. Eso sí, practiquen antes para cerciorarse de que caben con morralote y todo dentro del huequito entre la poceta y el lavamanos.

4.- Corrección cortesía de un amigo: en vez de agua mejor una Coca Cola (por aquello de que tiene azúcar) y el chocolate mejor con trocitos de maní (que así te nutres mientras estás tapiado). Y la galleta mejor que sea integral y con miel. Claro, luego está el problema de los gases, porque te puedes inflar de flatulencias y te la pasas aún peor bajo los escombros. Y si eres diabético o alérgico al maní pues te jodes el doble. No, mejor borren este punto y nos quedamos con el anterior.

5.- Los terremotos no son acontecimientos aislados, siempre vienen acompañados de múltiples réplicas, por lo que las corporaciones aconsejan a sus empleados seguir las normas de desalojo, bajar ordenadamente –que no sea ni por el ascensor ni por las escaleras- en silencio y sin correr, siguiendo el protocolo de emergencias sabiamente expuesto con iconitos en los descansos de las escaleras (las mismas que no se pueden utilizar). Una vez transcurridos 15 minutos (sin dispersarse, siempre al pie del inmueble) hay que subir de nuevo hasta las oficinas (nos imaginamos que levitando) y esperar tranquilamente en sus respectivos puestos de trabajo hasta que ocurra la réplica. Repetir la operación tantas veces como sea necesario hasta que cesen los sismos o hasta que sea ya la hora de irse a sufrir el terremoto cada quien en su casa.

6.- Un famoso vidente que asegura estar en contacto con los espíritus mayas y aztecas aseguró en su programa radial matutino que al día siguiente del terremoto iba a haber una réplica aún peor, un cataclismo como ningún otro en la historia de la humanidad (quién sabe si de la de los dinosaurios también) y que ocurriría justo a las 5 de la tarde. Lo preocupante no fue que lo dijera, ni siquiera que le creyeran, sino que hasta las 5 p.m. nadie se burló del vidente.

7.- Un compañero de trabajo de mi esposa sostiene (y no es joda, en serio el tipo lo jura) que el terremoto se debe a unas naves espaciales que están entrando a la atmósfera terrestre por un punto ubicado justo encima de México. El terremoto anunciaba sencillamente el inicio de la invasión.

8.- Coño de la madre, yo lo que quería era escribir el post sobre la llegada de los marcianos a México.


jueves, 22 de marzo de 2012

Mudanzas

Hay una maldición maracucha que reza: “Ojalá y te mudéis”. Y uno no la entiende hasta que te cae encima con todo su peso, es decir, hasta que te mudas de casa (otra vez).

El acto de mudarse es un acto extraño signado por la contradicción, se trata de llevarte todo lo que puedas y al mismo tiempo deslastrarte de todo lo que te sientas capaz de dejar atrás (que siempre resulta menos de lo que uno debería).

Siempre, absolutamente siempre, en toda mudanza habrá una cosita sin importancia que se quiebra. Y no importa que todo lo demás haya llegado sano y salvo a su nuevo destino, a ti lo que te mata es haber roto esa cosita sin importancia que a ti te duele un montón.

La rebelión de los objetos inanimados ocurre, sobre todo, en los momentos de mudanza. Hay cosas que aprovechan la madrugada para salir reptando de cajas y maletas, se escurren por debajo de las puertas, corren en puntas de pie por las escaleras y se instalan en otras casas debajo de las lavadoras o entre la cómoda humedad de la ropa sucia.

En toda mudanza hay una maleta llena de cosas que no pesan, de cosas que sobran, de cosas sin mayor importancia que uno debería tirar (pero mejor todavía no, quién sabe si hacen falta más tarde, vamos a meterlas aquí por si acaso). Cuando la vayas a cargar te enterarás de que esa maleta pesa una vida entera.

Siempre que te mudas hay algo que se queda, un objeto extraño de esos que sólo tienen sentido para ti que se encarga el muy necio de montarse encima un manto de invisibilidad y mira calladito desde el rincón cómo se lo llevan todo mientras él se queda. Y el nuevo inquilino tendrá que repetir una y otra vez la misma respuesta: “No tengo idea de qué será eso, cuando llegamos estaba ya aquí; creo que lo dejaron los que vivían aquí antes”.

Y en toda mudanza, a la hora de desembalar las cajas en la nueva casa, aparece un objeto extraño que nadie conoce ni recuerda haber embalado. “Mierda… ¿y esto qué es?”. “No tengo la menor idea, pero creo que queda bonito si lo ponemos aquí”.

Uno jamás muda solamente las cosas de uno. Las mudanzas son siempre un acto colectivo donde viaja contigo un montón de gente. Porque en toda mudanza siempre habrá una bolsa negra repleta de libros, discos, ropas, utensilios de cocina, zapatos y estados de cuenta de otros que hace años te dijeron “Guárdame esto aquí que yo vengo más tarde a recogerlo”.

Hay objetos sin valor que siempre se mudan contigo: una foto, una cajita, un muñeco, una chapita, una postal, una nota escrita a mano. No sólo son los grandes testigos y compañeros de todas tus idas y venidas, sino que sin ellos –lo sabes- tu nuevo espacio no será nunca tu casa.

Toda mudanza implica un duelo. Una despedida, una pérdida que con suerte estará maquillada con la esperanza de que en el nuevo hogar las cosas irán mejor. Las mudanzas son modelos a escala, especies de ensayos metafóricos, de muerte y resurrección.


viernes, 16 de marzo de 2012

Moebius no se acaba nunca



El sábado pasado se nos murió Jean Giraud, el gran “Moebius”, uno de los autores de cómics que sin asomo de duda se ganó desde muy temprano y para siempre su sitial entre las divinidades de mi Olimpo personal. Un maestro, un héroe, un mago. De los pocos magos que quedaban con vida en este planeta al que nos quieren superpoblar de héroes chimbos, magos que no tienen somera idea de lo que es la magia y supuestos maestros que realmente no lo son ni merecen tal título.

Se nos fue Moebius de este mundo y uno no puede dejar de pensar en que realmente siempre fue un ser de otro mundo, de otro tiempo y otro espacio.

He pensado mucho en cómo hacerle un homenaje personal a un héroe como Moebius, en lanzarme en un análisis sesudo sobre sus aportes al universo del cómic y sus legados para la ilustración y en la construcción de mundos fantásticos. Y simplemente, he concluido, no se puede. No soy capaz. Confieso que no me siento en condiciones de verlo desde fuera de mi más profunda subjetividad y separándome de la tristeza que siento al saber que ya nunca veremos una nueva obra de Moebius; porque fiel a su palabra, el caballero dibujó hasta el día de su muerte. Estará ahora mismo, seguro, creando otras cosas y en otra parte, pero falta un rato para que la podamos volver a ver y disfrutar.


Conocí a Moebius gracias a mi amigo de la adolescencia Pierre Capechi, el buen "Pierre Simón", quien un día me invitó a su casa y me mostró su colección de revistas de historietas que encerraba en el armario. Allí me asomé por primera vez en ese universo del que no podría ni querría escapar nunca más, el que habitaba en las revistas Cimoc, Metal Hurlant, Tótem, El Víbora y en aquellos hermosos volúmenes integrales de tapa dura editados por Norma Cómics. Acordé con Pierre en esos tiempos, bajo juramento de cuidarlos más que mi propia vida, que me prestaría uno a uno sus cómics para llevármelos a casa, mirarlos con cuidado y devolverlos una semana más tarde.

Desde ese momento, instantáneamente, con una convicción que no me ha abandonado a pesar del paso del tiempo que lo arruina todo, le abrí un espacio en mi parnaso particular a tres dioses: Enki Bilal, Milo Manara (por razones obvias, porque nunca nadie jamás ha podido ni podrá dibujar mujeres tan hermosas y seductoras) y a ese tal Jean Giraud apodado “Moebius”.

En aquel entonces guardaba celosamente los cómics prestados en la gaveta inferior de mi mesita de noche, jurando que allí se encontrarían bien escondidos y a buen resguardo. Hasta que un día mi padre me dijo: “Chamo, ¿no tendrás por allí más revistas de esas de cómics? Son un poco porno, pero están buenas”. Y allí se abrió un nuevo espacio de intercambio entre el Vegetal y yo. Empezamos a buscar cómics, a comprar cómics, a prestarnos y regalarnos historietas como si fuésemos dos carajitos.


Algunos años más tarde, cuando estaba recién graduado de la universidad, conocí en el trabajo a mi gran amigo Fedosy Santaella. Durante un tiempo fuimos simplemente compañeros de oficina y, como vivíamos cerca, compañeros también de transporte. Un día me pasaba a recoger por casa Fedosy y al siguiente me tocaba a mí pasar por él. Cierta noche Fedosy, justo antes de bajarse del auto, me invitó a tomar algo en su apartamento, me sirvió una cerveza y me dijo: “Ven por aquí, para mostrarte una vaina”. Y por segunda vez en mi vida alguien me llevaba hasta la puerta de su clóset, abría ritualmente las puertecillas y me mostraba su impecable y atesorada colección de cómics. Fedosy, sin necesidad de buscar entre las centenares de historietas que tenía allí, con precisión quirúrgica extrajo un volumen: “Mira esta belleza, mi pana”, y me puso sobre las manos una gema entre las gemas, un cómic de Silver Surfer cuyo guión era autoría de Stan Lee y las ilustraciones de Moebius.

Recuerdo ese momento como si se tratase de la secuencia de una película. Y lo recuerdo, sobre todo, porque estoy seguro de que en ese preciso instante se detonó un guiño del destino, una muestra evidente de complicidad, la certeza de que la amistad con Fedosy estaba respaldada por una solidez absoluta: la pasión por Moebius nos hermanaba. Me gusta pensar que si no fuera por Moebius no hubieran existido hoy día Los hermanos Chang.


Siguieron transcurriendo los años y la vida -con sus vueltas insólitas- me terminó llevando al Banco del Libro. Y allí tuve la oportunidad de convertir a mi pasión por los cómics en mi trabajo. Se les ocurrió allí –Dios mío, gracias por rodearme siempre de locos entrañables- darme carta blanca para investigar sobre los cómics, hacer eventos con cómics, viajar por otros países para hablar de cómics. Y en todas y cada una de esas aventuras, siempre, absolutamente siempre, estuvo presente Moebius. No hubo una sola oportunidad en que no me refiriera a él o que no incluyera alguna de sus obras en mis presentaciones. Moebius era mi talismán, la única garantía de que las cosas, necesariamente, iban a gustar y a salir bien. Porque, más allá de la felicidad o infelicidad de mi trabajo, algo tocado por el fantasma y el imaginario de Moebius se me ocurría que resultaba siempre infalible. Y, lo juro, Moebius jamás me falló.

Así que se murió Moebius este sábado 10 de marzo de 2012 y en medio de la desgracia que significa su partida hay un consuelo que me queda y que nadie me quita: Moebius, tal como la banda de donde tomó su nombre, es infinito, eterno, Moebius no se acaba nunca. Seguirá estando en millares de cosas que nosotros y los nuestros hayamos hecho, hagamos ahora mismo o estemos aún por hacer. Moebius vivirá por siempre en todos y cada uno de los que nos hemos asomado a su obra y nos hemos contagiado por su fantasía. Así que buen viaje, maestro, nos despedimos con un hasta siempre porque, de una forma u otra, así sea por los caminos más extraños y las vías más insospechadas, siempre nos seguiremos reencontrando.



martes, 6 de marzo de 2012

Será hasta otra.



A veces, cuando tengo un rato libre, las mañanas con sol, me gusta darme un paseo por el parque de Bosques de Chapultepec. Camino unas cinco cuadras por Reforma y ya estoy en la entrada, paso por la puerta del zoológico donde huele siempre a rinoceronte, bordeo la casa del lago Juan José Arreola (dicen que las aguas de ese lago de un verde radioactivo son las más contaminadas de México, imagino que tienen que estar exagerando aunque algo de cierto puede haber porque –cómo explicarlo- suelen haber estudiantes con sus batas blancas de laboratoristas subidos a los botes recogiendo muestras con pipetas y matraces). Camino rápidamente, con el paso apurado, entre la nube de vendedores ambulantes con sus gritos de 5 pesos les cuesta 5 pesos le vale. Sigo el recorrido por la Calzada de los Poetas, saludo al busto de la monja poetisa, Sor Juana Inés de la Cruz, y más adelante me detengo ante la estatua de El Quijote en las nubes, una belleza verde (de un verde distinto al del lago, pues este verde sólo lo da la oxidación del bronce) y lo saludo con un gesto reverencial como si se tratara de un santo milagroso. Tomo entonces el camino hacia la Placita de El Quijote, siempre cerrada bajo cadena y candado, donde se encuentra a la izquierda un Quijote hecho a imagen y semejanza de Salvador Dalí y a la derecha un Sancho Panza inspirado en la voluminosa figura de Diego Rivera. Sigo por el camino que se abre a mi izquierda y paso frente al lugarcito donde un viejo alquila bicicletas a 25 pesos la media hora de pedaleo. Ese viejecito sabe más de Chávez y de la situación de Venezuela que muchos de mis coterráneos, siempre lleva gorra de pelotero y siempre se la quita para saludarme con un gesto que parece calcado de un caballero del siglo XIX. Sigo derecho por la Calzada del Rey y me cruzo con un pelotón de la Guardia Presidencial que, con sus uniformes deportivos negros, juegan al fútbol o trotan mientras se animan con esos cánticos que sólo los militares saben y pueden cantar a coro. Doy vuelta de nuevo a la izquierda y me interno por un bosque poblado de ardillas (enormes, de las que no sienten miedo sino que lo inspiran), con unos árboles generosos y gigantescos a los que provoca abrazarse del tronco y quedarse el resto de la mañana allí. Me llego hasta una fuente monumental la cual, después de decenas de visitas y con mucha imaginación, he decidido que está dedicada a David y Goliat. David está unos metros más adelante, es pequeño y tiene una honda con piedras, Goliat está de pie al fondo custodiando la fuente desde las alturas, un coloso soberbio que no imagina aún la que se le viene encima. Subo las escaleras y paso frente a un lugarcito cerrado donde puedes tomar un libro gratis y leerlo tumbado en sillas de extensión mientras escuchas música clásica. Continúo el paseo bordeando la cerca que delimita la colina donde se levanta el Castillo de Chapultepec, emprendo el regreso a casa, vuelvo a saludar a Sor Juana, miro a los estudiantes de batas blancas que recogen muestras del agua del lago, paso de nuevo frente al zoológico y me sobrecoge una vez más el olor a rinoceronte que habita allí.

Salgo del parque y decido caminar por Reforma, por una acera distinta a por donde me vine antes. Descubro, entre los barrotes, que hay un sector del parque especialmente hermoso al que nunca he visitado. Un grupo de ancianos, hombres y mujeres, juegan voleibol. Hay uno, debe rondar ya los 75, que es el terror de los mateadores. No salta, apenas se levanta con punta de pies, pero se saca el brazo desde la cintura, describe un arco de ensueño, golpea la pelota en su altura justa y dispara unos mates prodigiosos que no hay defensa en este mundo capaz de levantársela del suelo. Me les quedo viendo desde el otro lado de la reja largos minutos y entonces me imagino a mí mismo, desde el lado de adentro, jugando al voleibol y mirando la cara de tonto que tiene el asomado entre los barrotes, sufro un ataque súbito de vergüenza y retomo mi camino. Qué pena con esa gente. Pero cuando estoy a punto de cruzar por el paso de cebra, cuando el semáforo de peatones se pone en verde con su cuenta regresiva de exactamente 37 segundos (¿quién habrá calculado que para atravesar los 6 canales de Reforma uno tarda un promedio de 37 segundos?) doy vuelta sobre mis pasos y me encamino hacia la entrada de ese sector del parque donde nunca he estado. Miro la placa de la entrada que dice “Pabellón Coreano” y abajo en letras doradas una leyenda que reza algo de que es un regalo del pueblo coreano al mexicano como muestra de la hermandad que los une y otras cosas más que me dan una pereza enorme detenerme a leer. No avanzo ni diez pasos cuando un vigilante de unos 65 años, impecablemente uniformado, me llama: “Joven, disculpe, no puede entrar aquí” “¿Y por qué no?” “Porque este sector del parque está reservado para los visitantes de la tercera edad”.

Me acompaña hasta la entrada y respetuosamente me señala al letrero cuyas letras pequeñas confirman lo que me está diciendo: Reservado exclusivamente para las personas de la tercera edad.

-Ah, bueno, yo entonces vuelvo más tarde- le digo a manera de chiste.

-Y yo espero estar aquí dentro de 30 años para recibirlo y decirle entonces que sí puede pasar.


martes, 28 de febrero de 2012

El Ministerio de la Verdad informa…

El Ministerio de la Verdad informa…

Se interrumpen de golpe las transmisiones y aparece en todos los monitores de televisión y de radio (también) la imagen del caballo blanco al galope hacia la izquierda hecha con la misma técnica de animación 3D que utilizó Dire Straits en su video de Money for Nothing en el año 1985.

Sobre las imágenes del caballito con fondo tricolor y ocho estrellas se inserta la voz del enano engolado que narra con verbo hiperflorido todos los desfiles militares: “Esta es una transmisión oficial del Ministerio Del Poder Popular Para La Verdad, La Información y Todo Tipo De Otro Tipo De Comunicaciones (que se escribe MPPPVITTOTC y se pronuncia… bueno, no se pronuncia porque no se puede) en cadena conjunta de radio, cine, televisión, internet, redes sociales y vasitos plásticos unidos por pabilo”.

Acaba la animación y el resto de la cadena transcurre con una voz en off (la del enano engolado, claro) sobrepuesta a una imagen (colorizada –y encolerizada- en rojo) en Primerísimo Primer Plano del rostro del Comandante Presidente que nos vigila.

Voz en off:

“El Ministerio del Poder Popular Para La Verdad, La Información y Todo Tipo De Otro Tipo De Comunicaciones anuncia las verdades absolutas para la mañana de hoy:

La delincuencia no existe. Existió durante la putrefacta república anterior pero dejó de existir hace rato. Desde que estamos en verdadera democracia bolivariana no hay delincuencia. Toda manifestación de violencia y delincuencia no son otra cosa que un acto delirante e injustificado de manipulación mediática y autoinmolación perpetrado contra el pueblo y contra sí misma por la oposición apátrida.

Los índices de pobreza alcanzaron anoche un valor histórico e histérico del -25%. Es decir, somos 25% más ricos que hace 24 horas.

Se expropiaron unas nuevas 35 mil viviendas y se entregaron a sus dignos invasores los correspondientes 50 mil títulos de propiedad. Para el 2013 se alcanzará la meta de contar con más viviendas dignas que habitantes en esta nación.

Queda abolido en el gobierno bolivariano el tiempo y el proceso que media entre la concepción de una idea y su ejecución. Es decir, si se nos ocurre asegurar que vamos a construir 5 millones de viviendas y 4 millones hospitales y autopistas suficientes como para ir de Caracas a Marte ida y vuelta es porque eso YA ESTÁ CONSTRUIDO Y PUNTO.

El Premio Nacional de las Artes será entregado por tercer año consecutivo al mismo y único artista plástico del país (a este tipo que nadie sabe cómo se llama, ni nos importa, porque al final todos los artistas son maricones, pero que pintó hace como cinco años aquel cuadro prodigioso titulado “Los Héroes de Puente Llaguno”).

Por cierto, “marico”, “maricón”, “afeminado” y “yo creo que este candidato majunche es como raro” seguirá siendo insultos en la República Bolivariana de Venezuela del 2012. Siendo uno de los pocos países del mundo donde todavía se cuenta con el privilegio de que tales cosas sigan siendo consideradas insultos.

La réplica de la Espada de Bolívar será entregada por tercera vez a Muamar Gadafi –por segunda ocasión en su versión post mortem- y el pueblo entero de Venezuela personificado en su máximo líder lamenta profundamente no contar con la presencia física del homenajeado por razones mayores que escapan, inclusive, a las posibilidades omnipotentes del Presidente Comandante.

Por decreto del Consejo Nacional Electoral y del Tribunal Supremo de Justicia se dictamina que las fraudulentas elecciones primarias para designar al candidato majunche de la oligarquía opositora y apátrida que pretende volver (no volverán) para robarnos la felicidad e intentar medirse contra el vitalicio líder de la revolución bonita contaron realmente (estas son las cifras oficiales) con la participación de 2 mil doscientos cincuenta y dos y tres cuartos de votantes. Que no los sacaron realmente pero se los vamos a regalar.

Las encuestadoras más confiables, neutrales y serias de la nación (como la del Comandante Gato, Jessie Chacón) estiman que ese mismo número de opositores acudirá a las urnas (a las electorales, por ahora) para expresar su ridículo apoyo a su candidatucho mientras que el resto del pueblo manifestará su apoyo incondicional y eterno a nuestro máximo líder que superará los 15 millones de votos en esta oportunidad. A quienes les gustan los porcentajes les diremos que ganaremos, más o menos, con el 104, 69% de los votos.

PDVAL jamás ha dejado podrir ni un mísero miligramo de alimentos. Tampoco se ha derramado ni un solo centímetro cúbico de petróleo en los ríos de la patria por negligencia de PDVSA y el surtido eléctrico no ha fallado ni una sola vez en más de 13 años de impecable gestión.

Nunca, al igual que con la delincuencia, jamás existió una tal lista Tascón.

A los saboteadores de la oposición apátrida, esa cuerda de desnaturalizados que andan difundiendo imágenes e informaciones sobre los supuestos derrames de petróleo, las infundadas cifras de alimentos podridos, las irrisorias fallas del sistema eléctrico nacional y se andan quejando por los ridículos atropellos dizque por ser “víctimas de la supuesta Lista Tascón” les recordamos y advertimos que somos revolucionarios pacíficos pero que estamos armados, que tenemos a los militares de nuestro lado, que los civiles revolucionarios están provistos de granadas, subametralladoras, fusiles AK-47 y estamos entrenados para defender la revolución… bueno, mosca pues.

Ah, y que tenemos también aviones Sukhoi, tanques, helicópteros, blindados, un reactorcito nuclear que nos regalaron los iraníes para que nos hagamos nuestra propia bomba y hasta un híbrido de vaca con burro y helicóptero artillado que le compramos a los rusos y que cada vez que lo van a despegar hay que despejar la pista entera del aeropuerto de La Carlota y al que algún día le vamos a terminar de construir su hangar para que quepa (pero es que no hay cabillas ni cemento ni espacio para levantar esa vaina, pero la vamos a hacer, estamos a punto ya). Así que, de nuevo, mosca pues.

Les recordamos a todos los hijos de meretriz (eso qué será… ¿ah, sí? ¿y se escribe así con z o es con s? Verga); bueno, les recordamos a todos esos hijos de su grandísima madre, desnaturalizados, descerebrados, descorazonados, degenerados, apátridas, traidores y batequebraos de la oposición apátrida que seguimos opinando (por ahora) que maldito sea el soldado que levante el arma en contra de su pueblo, pero si se lo buscan y se andan con comiquitas… mosca pues.

Por cierto, dejen la violencia, dejen quieto al que está quieto, águila no caza moscas pero si no reconocen lo que les vamos a obligar a reconocer en estas y en todas las elecciones… mosca pues.

La nación de Eurasia no existe. No por ahora. Pero el día en que se nos ocurra que sí existe: nosotros siempre hemos estado en guerra con Eurasia, hasta que decidamos lo contrario.

El término lesión, a partir de ahora, significa otra cosa. Así que a los deportistas, a los que sufrieron de algún traumatismo y a los miembros de la Real Academia de la Lengua Española les aconsejamos que se busquen otro término. Que lo sepan, decir cosas como “El defensa de la Vinotinto, Oswaldo Vizcarrondo, no jugará esta semana porque sufre de una lesión en el tobillo derecho” será considerada un exabrupto y se pagará con todo el peso de la justicia (la nuestra). A los individuos de número de la Real Academia de la Lengua de Venezuela les advertimos que les estaremos dando en las próximas horas una visita cordial de un batallón de la milicia bolivariana encabezado por Mario Silva para que les enseñe a hablar y se pongan serios.

Los revolucionarios jamás hemos acuñado ni proferido la frase “Patria, Socialismo o Muerte”. Nuestra frase siempre ha sido: “Patria, Socialismo y Vida, Venceremos”. Aquí los únicos que anda hablando de muerte son los muertos en vida (por ahora) de la oposición.

¿Les queda claro que somos pacíficos pero estamos armados? Ah… bueno, mosca pues.

Ya, camaradas, suficiente por ahora. Suelta la animación del caballito 3D y vamos a preparar la cadena de esta tarde a ver si por fin le declaramos la guerra a Eurasia y se nos ocurren construir 5 millones de viviendas más”.

Fin de la transmisión.