viernes, 28 de septiembre de 2012

Instrucciones para sobrevivir en un proceso electoral venezolano (Primera parte)



Los venezolanos –no sé, la verdad, si sea una razón para enorgullecerse o preocuparse- tenemos un PhD en materia electoral. Somos Doctores y Doctoras en lo que a elecciones se refiere. Se nos ha hecho normalísimo acudir a las urnas (a las que sirven para depositar los votos, me refiero; aunque a las otras también nos han estado enviando masivamente en estos 14 años) una o dos veces por semestre. Quizá sin estar conscientes de que en una de estas se nos va a aparecer Lawrence Fishburne (en su papel de Morfeo, el de Matrix, vestido de cuero negro y con lentes oscuros) y nos haga caer en cuenta: No, bróders y sisters, esto que llaman realidad no es normal: Welcome to the real world.

Pero como somos tan doctos en esta extraña materia de votar tantos años seguidos hasta dos y tres veces por año, es nuestra responsabilidad compartir con los votantes neófitos -del patio y del resto del mundo- nuestros aprendizajes como insignes y expertísimos votantes.

He aquí nuestras humildes instrucciones para sobrevivir a un proceso de votación venezolana sin naufragar en el intento:

5:00 a.m. Usted se levanta sin necesidad de que nadie lo despierte, con un ánimo explosivo comparable al de un maratonista que se dispone a lanzarse los 40 kilómetros y llegar entre los 10 primeros puestos. Si bien la emoción es buena, no se extralimite, este maratón va a ser de 80 km (y puede que hasta de 120). Dosifique sus fuerzas mire que las va a necesitar mucho más de lo que ahora en estas horas de la madrugada se puede imaginar.

5.30 a.m. Usted está ya parado en la fila de su centro de votación. Le pide entonces al pana que está ubicado atrás que le guarde el puesto porque, a pesar de que ha votado 30 veces en ese mismo centro de votación, uno nunca sabe si va a aparecer en la lista de votantes a quienes corresponde ejercer su derecho en esas mesas. El vértigo será idéntico siempre, como si fuera la primera vez, y en un punto, entre esa catarata de números de cédula malpegada con tirro a una cerca metálica, usted no se va a encontrar y va a temer que una mano peluda le ha cambiado su centro de votación a uno que queda en San Fernando de Atabapo. Al final, luego de largo minutos de ansiedad concentrada, usted se encuentra en la lista y con la emoción de quien ha metido un golazo desde la media cancha vuelve a la fila que ya tiene el doble del tamaño de cuando se marchó.

6:00 a.m. La fila para votar se ha transformado -en la misma medida en que se levanta el sol y comienza a calentar el día- en un bochinche criollo. Hay vendedores de café con leche, pastelitos andinos, empanadas de queso, cazón, carne mechada y dominó, también de ponquecitos y hasta una doña con cachapas. Y usted por un momento se olvida que está allí para votar sino que más bien está esperando con un poco de panas a que abran las puertas para entrar a un concierto. El factor bochinche es la constante que acaba caracterizando a toda concentración de 3 o más venezolanos.

7.00 a.m. La gente se pone nerviosa porque no han abierto el centro de votación. Los militares del Plan República, haciendo alarde de su infinita capacidad para no tener la más minúscula idea de cómo tratar con civiles sin necesidad de considerarlos un batallón, exigen que nadie se salga de la fila, que nadie hable en voz alta, y que recuerden toditos que ellos están facultados de arrestar a quien se salga de la línea. También se empeñan en dejar muy en claro que los civiles no están allí porque es su derecho y su voluntad, sino porque Ellos en la FANB (a los militares les encantan las mayúsculas y las siglas que no pegan ni con cola y que al ponerlas juntas suenan siempre a fármaco antidiarreico) están dispuestos, sólo por hoy, a permitir que la gentecita menor (es decir, los que no llevamos uniforme) ejerzan el voto.

8.30 a.m. Finalmente se abre el centro de votación. Se le da permiso a que entren los primeros 10 votantes de cada fila. A todos menos los de la fila 8 porque hay problemas con la máquina de votación. Todas las demás ya están activas. Y sí, no hace falta que se vuelva a buscar en la lista: usted siempre estará en la fila 8 y siempre le tocará esperar a solucionen lo de la máquina, a que venga un técnico del CNE a repararla o a cambiarla.

9.30 a.m. Todos los que llegaron a la misma hora que usted ya votaron, se están comiendo la segunda ronda de empanadas, ponqués y cafecitos con leche. Y el técnico enviado (en carrito por puesto) desde el CNE nada que llega

10.30. a.m. Ídem. a la anterior.

11.30 a.m. Ídem a las anteriores pero ahora a Usted le suenan las tripas.

12.00 m. Un sujeto con gorra que dice NYU o NYPD o NY Yankees o alguna vaina similar pero siempre relacionada con Nueva York (de esas gorras que están empotradas en la cabeza, o cosidas al cuero cabelludo, o acaso son ya la cabeza misma -como una extensión del cerebro-, quién sabe, la verdad es que nadie jamás ha visto a ese tipo sin la cachucha) empezará a hablar por celular a todo volumen justo en la pata de su oreja y repetirá a voces el mismo parlamento de siempre: “Coño de la madre, chico, cómo es esa vaina que no está votando nadie ni en Petare, ni en Santa Mónica, ni en San Agustín ni en Montalbán, que las colas son de puros viejos y que los jóvenes en esta mierda no quieren votar. Estamos jodidos”. Un círculo de curiosos hará una rueda de prensa improvisada alrededor del encachuchado y éste se inflará (aún más, porque su barriga ya era del tamaño de su ego) y se encargará de explicarles a todo vatio la verdad de absolutamente todo y por qué esta vaina no tiene, ni tendrá, arreglo ni futuro.

1:00 p.m. Sigue usted en la cola (puede que ya en cuclillas o simplemente echado como un costal de papas en el suelo) cuando en eso se aparece piadosamente su esposa o su madre (que ya votaron hace 5 horas) con una mandarina o un panqué Once-Once que usted se come con el desespero de un náufrago y al que si acaso alcanza a quitarle el envoltorio pero, en el caso de las mandarinas, nunca las semillas. Cuidado con esto, porque no será el primer caso que a la vuelta de 3 meses tendrá un retoño de arbolito de cítricos germinándole en el esófago o en el intestino.

2:00 p.m. Finalmente llega el técnico del CNE, el único con licencia para reparar la máquina de la mesa 8, y entonces dejan entrar a los primeros 10 votantes de la fila. Nunca le explicarán si la máquina estaba mala, si la arreglaron, si pusieron otra nueva o si era que a nadie se le había ocurrido apretar ese botoncito rojo que decía On. Pero a usted le toca esperar a la segunda tanda porque es el número 11 de la cola (para ahondar aún más en su desesperación y para el beneplácito infinito del soldado que custodia la temible fila de la mesa 8): “Cahallero, por favor, te dije que te detente, te dije ya”.

3:00 p.m. Mandan a pasar a 10 votantes más de la fila 8, entre quienes se incluye. Usted camina con paso acelerado hacia su mesa de votación (que siempre estará ubicada a una distancia promedio de 1 km de donde se forma la primera fila) pero en eso escucha el grito de un soldado que dice: “¡Álvarez Álvarez, revísame bien al de la chaqueta verde!” (sí, usted). Entonces un segundo soldado le saldrá al paso con su fusil a cuestas para hacerle una requisa exhaustiva a un costado mientras los otros nueve pasan de largo.

3:30 p.m. Finalmente está usted, cédula en mano, en la fila para someterse a la máquina captahuellas, luego se forma en la fila de la mesa 8. De los 9 votantes que le anteceden hay 4 que necesitan asistencia para votar. La cosa se pone lenta, le tiemblan las piernas, cuando por fin entrega la cédula y pone la huella dactilar en el acta ya se le olvidó cómo era que se votaba. Pasa detrás de la cortina, enfrenta a la máquina. Coño de la madre… ¿se seleccionaba el candidato y se presiona votar o era al revés?, ¿se puede votar ya o hay que esperar que le den el go?, ¿cuáles eran las opciones que se retiraron y si las marcas son voto nulo? Usted, vuelto un ocho, vota (o cree votar bien). Recoge el papelito que expide la máquina y se cerciora de no haberla cagado. Cree que no, pero no lo sabe. Dobla la boleta con los dedos hechos un majarete y le cuesta un mundo meter ese papel minúsculo en el agujero de la urna (algo pasa con la leyes de la física en esos instantes porque la cosa no entra fácil jamás).

3:40 p.m. Usted inserta el dedo meñique en los botecitos de tinta indeleble. Contento y sofocado se regresa a su casa. Hace un alto en el camino para tomarse la correspondiente foto del dedo manchado de violeta. La manda al facebook, al Twitter, cambia su foto de perfil y la sustituye por la del dedo.

4:00 p.m. Llega a su casa y se desploma frente al televisor. Ya votó. Satisfacción del deber cumplido. Ahora a esperar que se sepa algo hasta que den los resultados…

Esta historia va apenas por la mitad, y si bien ya se imagina lo que se le viene, porque lo ha vivido decenas de veces, nunca sabrá a ciencia cierta cuánto lo va a volver a sufrir.
Fin de la primera parte.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Entre padres e hijos



(Este relato se debe leer mientras se escucha “Mr. Somewhere” de This Mortal Coil)


Papá, de pronto, interrumpe la lectura. Se coloca el libro abierto en precario equilibrio sobre la amplia barriga, traga haciendo su característico ruido de saliva gruesa bajándole por el gaznate. Se queda absorto mirando a través de la ventana.

–Allá, hijo, en aquella estrella lejana que se ve al fondo, mucho más allá de la persiana, seguramente habrá un padre con su hijo. El padre estará leyéndole un cuento y de repente se quedarán viendo por su ventana, mirando hacia esta estrella lejana que ellos no saben que es la Tierra. Y entonces el padre seguro que le dirá a su hijo: Mira hijo, allá en esa estrellita que se ve al fondo, seguramente vivirán un padre con su hijo y el papá le estará leyendo un cuento, y de pronto se quedarán viendo más allá de la persiana hacia este planeta tan lejano para ellos y dirán “allá a lo mejor, en aquel planeta, viven un padre y un hijo que se estarán preguntando si habrá un padre y un hijo como ellos leyendo para luego quedarse viendo a las estrellas”.

Yo no respondí nada en aquel entonces. Pero a mis ocho años me pareció maravilloso aquel juego de papá. Se desarrollaba en mi mente una historia entera con los cuentos de la otra estrella. Una mejor, inclusive, que la del libro que me estaba leyendo el viejo.

Recuerdo toda esta escena y pienso en papá que murió hace tantos años mientras presiono con pereza el acelerador, avanzando por esta carretera nocturna y desierta, en dirección a casa; una casa vacía a la que hoy me da especial vértigo llegar. En eso el recuerdo se ve abruptamente interrumpido por una masa de luz que se desprende desde el horizonte oscuro y se me viene encima. Freno, soy presa del encandilamiento cuando aquella nave enorme de mil luces me aterriza justo enfrente para bloquearme el camino.

Una criatura alada pero de aspecto curiosamente familiar se baja de la nave, camina hacia el auto y una vez a mi lado golpea con gentileza la ventanilla. Bajo el cristal con la certeza de hallarme más sorprendido que asustado.

–Por fin te encuentro. He venido desde muy lejos y por fin doy contigo – dice el sujeto y  asoma su benévola sonrisa de dientes azules metálicos.

–Perdona, ¿nos conocemos? – pregunto.

–Sí, de alguna forma. Yo soy el hijo de aquel padre que en aquella estrella lejana se quedaban viendo por la ventana hacia este planeta y se preguntaban si habría aquí un padre y un hijo que estuvieran leyendo y de pronto interrumpieran la lectura para preguntarse si en aquella estrella lejana de allá, que no era otra que la Tierra, habría quizás un padre y un hijo que estuvieran haciendo exactamente lo mismo que ellos.

–Dios mío, esto tiene que ser una broma.

–No, no lo es. Se trata de algo muy serio. Mi padre está muy anciano y antes de morir me ha pedido que cumpla con su última voluntad, que además asegura es la misma de tu propio padre: que vengas a conocernos para que así puedas contar por fin nuestras historias de nuestros mundos. Te hemos estado esperando por mucho tiempo pero tú nada que te sientas a escribir.

Bajo del auto emocionado como si tuviera otra vez ocho años. Subo a la nave y despegamos. Me despido con un gesto de mano de la Tierra, ahora tan lejana, vista desde el espacio. Esta noche estaré escribiendo, por fin, el primero de los relatos de la otra estrella.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Un libro escrito en ADN



Ayer tuve el gusto de escuchar, durante la sesión inaugural del simposio: El libro electrónico en español, las palabras del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. El colombiano, provisto de una modestia y una gracia que en lo personal no me parecieron en lo absoluto impostadas, abrió la conferencia confesando que estaba seguro de que se trataba de un error que lo hubieran llamado a él, precisamente a él, para dar las palabras de apertura del evento. A él que no tenía iPad ni Kindle ni cuenta en Facebook, él que era un hombre de otro tiempo, un tipo que –orgullosamente– venía del mundo de libro impreso en tinta sobre papel. Eso: un error o acaso un experimento (veamos cómo reacciona un sujeto canoso del pasado en un evento dedicado a la lectura, la escritura y la edición en los tiempos digitales).

Sin embargo, el colombiano sí que tenía algo por decir, algunas ideas muy bien pensadas y mejor estructuradas que no hablaban exactamente de las virtudes promisorias de los nuevos formatos tecnológicos para la lectura y la escritura. Y como la percepción –ya lo sabemos– es selectiva, yo me quedé con dos de esas ideas; un par de reflexiones fascinantes y perturbadoras que me gustaría compartir.

La primera bien se podría resumir en la siguiente premisa: Los libros electrónicos, hasta ahora, suelen padecer de un complejo de mezquindad. Una mezquindad que juega a dos bandas. Imitan al libro convencional pero desde un nuevo soporte tecnológico, se leen de una manera muy similar a como leemos un libro de papel pero ahora en pantalla y deslizando nuestros dedos sobre sus páginas para pasar de una a la otra. Y también, en consecuencia, son mezquinos con las capacidades y potencialidades de los nuevos adminículos electrónicos, pues esos libros digitales deberían ser mucho más que libros tradicionales atrapados en un cuerpo signado por el nuevo formato tecnológico.

La segunda reflexión, que se deriva de la primera, abordaría esos casos en los que el libro electrónico decide entonces parecerse más a una aplicación, a una herramienta interactiva donde no sólo se leen palabras sino que también escuchamos música, vemos videos, saltamos de un vínculo a otro –de muy diversas naturalezas–, nos salimos de la lectura y caemos en un mundo-juego donde físicamente nos desplazamos (“ahora leo tanto con las manos como con los ojos, necesito un ratón, o tocar o agitar el dispositivo para que ocurra la lectura” en palabras de Héctor Abad Faciolince). La pregunta es si a eso nuevo que se lee con las manos y haciendo uso de acciones físicas le aplica el término libro, e independientemente del adjetivo electrónico. Incluso, el escritor colombiano también cuestionaba que a esos nuevos actos de interacción se les pudiera circunscribir dentro del concepto de lectura; pues no sería ya una lectura como la que ofrece una gran novela en tinta y papel, en la que nos adentramos para atrincherarnos, para fugarnos del mundo, para viajar hacia el interior de eso que nos ofrece el libro mientras nos refugiamos en nuestra propia intimidad. Esta nueva lectura nos exigiría otro comportamiento como “lectores”, algo que se asemeja más a surfear por la red o a transitar a flote por la nube. La de ahora sería una “lectura” fragmentada y dispersa, como quien trabaja al mismo tiempo que redacta una entrada en su blog, actualiza el perfil del Facebook, comprime una idea en un tuit de 140 caracteres, revisa sus correos electrónicos, pone a reproducir un video en Youtube y cuelga o descarga una imagen en un portal.

¿Se le puede llamar a eso nuevo libro electrónico? Probablemente no, afirma el colombiano. Quizás sea hora de buscar un término más adecuado para esa otra cosa que se escribe distinto, se lee distinto y amerita un nuevo nombre que no tenga que ver ni con el libro ni con lo electrónico.

Tal vez, siguiendo las ideas de Héctor Abad Faciolince, el libro del futuro se parezca más a un curioso experimento que ahora mismo están llevando a cabo dos genetistas de la Universidad de Harvard, Massachusetts, los doctores George Church y Sriram Kosuri, quienes se han dado a la tarea de escribir un libro codificado en una molécula de ADN y a partir de la permutación de sus componentes: A (Adenina), C (Citocina), G (Guanina) y T (Timina). El ADN, vale la pena indicar, tiene una capacidad de almacenamiento de información que se calcula en exabytes (trillones de bytes). Un solo gramo de ADN puede empaquetar 455 exabytes, lo que significa que tiene una capacidad de almacenamiento que supera  en un millón de veces a los discos duros actuales. El futuro de la informática –ya lo habían advertido desde la ficción los cultores del cyberpunk– radica, pues, en la biología. Y, por si fuera poco, el ADN no se corrompe, por eso podemos sintetizarlo y reactivarlo a partir de un Mamut congelado. Lo que escribamos en ADN será conservado en óptimas condiciones dentro de cientos de miles de años.

Varias opciones barajaron Church y Kosuri para decidir cuál libro sería el primero en escribir en las bases de A, C, G y T. Casi se decantan por Historia de dos ciudades de Dickens, pero al final optaron por convertir al formato literario-orgánico las 54.000 palabras que componen el boceto del libro Regénesis: “Cómo la bilogía sintética va a reinventar la naturaleza y a nosotros mismos” cuya autoría corresponde al mismo Dr. George Church. Para el momento en que se escriben estas líneas, ya cuentan con el material orgánico debidamente sintetizado, ya está la obra transcrita al código binario de ceros y unos que puede leer cualquier computadora, ya está terminada también la codificación de la obra en el nuevo lenguaje del ADN, ahora sólo falta ordenar las “letras”, armar debidamente las ristras para que las palabras ocupen el orden que les corresponde en la cadena del ADN, exactamente igual a como ocurre en cualquier texto pero esta vez ensambladas armoniosamente en un cuerpo orgánico. La literatura convertida en cuerpo, la letra que respira.

En el caso de que el experimento de los científicos de Harvard sea exitoso –y además cuenten con el presupuesto para continuar con la investigación, cosa que la crisis mundial pone en duda– no sería descabellado aventurar que en el futuro habrá obras que literalmente se muevan y hablen por sí mismas. Obras fugadas de la prisión (sea de papel o electrónica) de los libros y físicamente corporeizadas en este mundo. El Quijote cambiará a su amada Dulcinea por la más seductora Madame Bovary (y volverá a perder la cabeza pero por otras razones, porque seguramente ella va a estar buenísima y será objeto de deseo de otros libros y de otros lectores). Los japoneses seguramente lanzarán a la calle a las criaturas de Kawabata y Murakami, los italianos a las de Calvino y Baricco, lo rusos a las de Tolstoi, los argentinos al bestiario entero de Borges, los mexicanos darán vida literalmente los poemas de Octavio Paz. Claro, el mundo se superpoblará entonces de ellos y nosotros, compartiremos el mismo espacio físico y ya no podremos –sería un crimen ahora más que nunca– dejarlos guardados en bibliotecas o discos duros. Ni siquiera en tubos de ensayo, matraces ni en cápsulas de Petri.

Wittgenstein aseguraba que no somos otra cosa que monstruos de palabras (sí, utilizaba el término monstruos). Y también decía que los seres humanos, al final, somos el relato que ha cristalizado en la memoria (sí, con esa metáfora química de la cristalización). De alguna manera, bajo esa luz, nada cambia realmente: la literatura orgánica escrita e inscrita en el ADN tiene miles de años entre nosotros. Siempre ha estado allí. Somos todos personajes de una novela orgánica que escribimos constantemente. Más allá de que a veces nos dejemos narrar en tercera persona.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Y mientras tanto, en Marte...




El mundo sigue su curso imperturbable, otro giro más, como si nada. Ya se encargará más tarde de sacudirse (sacudirnos) como un perro que se rasca las pulgas del cuello.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity sigue tomando y enviando fotos de Coro.

Una refinería estalla en Venezuela. No se responsabilice a nadie ni se averigüe nada, esas cosas pasan y la voz oficial indica que (como dijo el filósofo ¿?) “la función debe continuar”.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity hace una toma panorámica de 360º que le está quedando perfecta hasta que en el grado 359 se le atraviesa en el plano un chivo.

Catorce cabezas –siete de ellas de mujeres- son encontradas en una nevera con mucho hielo al norte de México. Mañana, estemos seguros, será la revancha del cártel rival y entonces serán diez los cuerpos (cuatro de mujeres) que amanezcan colgando de un puente.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity escoge una piedra, una que se le antoja especial entre el millón de piedras marcianas, y se la guarda en un compartimiento secreto: esta es de recuerdo, para mí.

Otro tirano cae derrocado en una república africana y el que se encarama en el poder –apoyado por la comunidad internacional y bien armado por los mismos de siempre- resulta ser un genocida aún peor. 
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity recita un poema nocturno que se le acaba de ocurrir: “He visto cosas que ustedes los humanos no creerían… y todo eso se va a perder como lágrimas en la lluvia”.

Ochenta venezolanos son acribillados desde el aire por garimpeiros en el Amazonas (tampoco pregunte, deje la necedad: no se sabe, no contestan, además esa vaina queda muy lejos).
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity mira a la Tierra, allá perdida contra el horizonte marciano, y piensa: Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”… pero no los escribo porque tengo miedo a que en la NASA se enteren y me desconecten por cursi.

Irán y Corea del Norte hacen otro ejercicio con sus armas nucleares desarrolladas exclusivamente -quién lo duda- con fines pacíficos y benéficos. Al tiempo que los talibanes ejecutan a otra mujer, una más, sin derecho a voz ni defensa, bajo cargos de adulterio.
Y en este preciso instante, en Marte… Curiosity apaga su cámara, deja de transmitir, se mete sus brazos mecánicos en sus bolsillos mecánicos y patea una latica en el fondo de un callejón de una ciudad marciana desierta.

Putin mete presas a otras rockeras y a más activistas ecológicos, y escoge a dedo al próximo títere que pondrá en su lugar para el período que viene al tiempo que las mafias, encabezadas por él mismo, se apoderan de la nueva Rusia.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity emite una vez más una canción de los Beatles y luego otra del cantante Black Eyed Peas (o algo así) para que las escuchen allá en la Tierra. Y piensa mientras suenan: algún día me voy hartar del gusto musical de los ingenieros de la NASA, me voy a apoderar de la emisora y voy a poner mi propia música.

En un país latinoamericano la gente decente se prepara para las elecciones y los tiranos se preparan para hacer el fraude.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity se topa con un monolito oscuro que está siendo rodeado y venerado por un grupo de simios. Uno de ellos toma un hueso y lo lanza al aire, Curiosity sigue el desplazamiento  del hueso con su cámara en slow motion. Interrumpe la grabación, decide borrar el material y no lo transmite: “esta gente no está preparada para entender esto”.

Estalla otra guerra, una vez más y como siempre, en el Medio Oriente. Al tiempo que se rumora de este lado del planeta que ahora sí que se murió Fidel.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity se encuentra a tres hombres compartiendo un café alrededor de una mesa: Ray Bradbury, Moebius y Neil Armstrong. “Estamos trabajando en una novela gráfica, el proyecto más ambicioso de nuestras vidas. Moebius hace las ilustraciones, Armstrong es el protagonista y yo hago el guión… si llegas a mencionar algo te juro que no te incluiremos en ella”; le advierte el más gordito de los tres.

Hay crisis y más crisis, crisis en los países que siempre hemos estado en crisis y crisis en los países que no saben (o ya no se acuerdan) lo que es vivir en crisis. Y ni hablar de las crisis internas de cada quien.
Y mientras tanto, en Marte… Curiosity se seca el aceite de la frente, da por culminada otra jornada que ha resultado tan extenuante como estéril, lanza al aire un helicóptero-cámara para que tome una foto cenital desde la altura. Al mirar la foto aérea se da cuenta de que en todo este tiempo no ha hecho otra cosa que dibujar su propia imagen sobre la arena marciana.

miércoles, 29 de agosto de 2012

La fuente de todas las cosas



La noticia ha dado vuelta al mundo y ha sido recibida con una mezcla de asombro, escándalo y carcajada: Doña Cecilia Giménez, una octogenaria de la localidad zaragozana de Borja, se ha tomado la licencia de retocar -de muy buena fe pero también con el trazo de un niño de 4 años- una pintura mural de un siglo de antigüedad, el Ecce Homo, cuya autoría se le adjudica al artista español Elías García Martínez. La señora, armada de pinceles y pinturas al óleo, preocupada por los efectos del tiempo que deterioraban la obra digna de toda su veneración, comenzó por intervenir la túnica de la figura sacra, luego siguió con el rostro y el cabello hasta que, presa del arrepentimiento, consideró que se le había pasado un poco la mano y fue a denunciarse a sí misma ante las autoridades del ayuntamiento.

Dejamos congelada la imagen en el momento en que Doña Cecilia, con las manos aún llenas de pintura fresca, da a conocer su obra. En este punto hacemos un flashback trepidante y nos trasladamos más al norte para continuar la película en Escocia hace exactamente diez años atrás.  Y aquí nos encontramos con los hermanos Michael Sandison y Marcus Eion, quienes conforman el maravilloso y críptico dúo Boards of Canada, y están metidos -con todos sus aparatos de registro sonoro- en el preescolar de una escuela escocesa. Simplemente están allí para grabar a los niños al momento de formularles la más fácil de las preguntas, pero también la de más difícil respuesta: ¿Quién es Dios?

La pieza que compondrán a partir de esas entrevistas llevará el peculiar título de From One Source All Things Depend (De una sola fuente dependen todas las cosas) y consistirá simplemente en un paisaje sonoro donde escuchamos las respuestas de los pequeños sobrepuestas a un fondo musical que asemeja el órgano de una iglesia ubicada, tal vez, en una estación espacial. El resultado: dos minutos de magia de una cosa que si bien es música difícilmente podríamos calificar de canción.

Dos tipos de respuestas oímos entonces en voz de los críos: la respuesta “educada” (la ritualizada, la “correcta”, un compendio de oraciones aprendidas que son “la forma adecuada para dirigirse a Dios”) y una segunda categoría de respuestas más auténticas y personales, aquellas que con toda honestidad e ingenuidad confiesan “yo veo al pana así”.

Transcribo algunos de los testimoniales infantiles que se pueden escuchar en From One Source All Things Depend: “El señor es mi pastor y nada me falta, en verdes praderas me hace reposar…”. “Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…”. “Y ahora Señor que me voy a dormir, te pido por favor que cuides de mí”. “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…”. Pero hacia la segunda mitad del tema las frases de los niños cambian: “¿Quién es Dios? Pues Dios es una persona invisible que cuida de nosotros desde el cielo”. “Dios es alguien que controla el mundo… es algo así como un espíritu o una cosa que viene del espacio exterior”. “Dios es el que se encarga de hacer que las plantas crezcan y de crear a la gente”. “Yo creo que Dios es un tipo bastante grande y gordo”. “Es alguien que puede ver todo lo que hacemos, lo que sea que hagamos, incluso las cosas malas. Debe tener cientos, miles, hasta millones de ojos y así siempre sabe si hemos sido malos”. “¡Y podría estar sentado ahora mismo en esta mesa pero no lo podemos ver!”. “Es el que se encarga de que no hagamos el mal, porque si lo hiciéramos entonces no haría más electricidad ni a más gente”. “No creo, Dios no es así de terrible, para mí es un tipo bueno”. “Mucha gente cree que Dios es simplemente un sentimiento pero para mí es una persona real”. “Pues yo no creo que Dios sea una persona porque está en el cielo y nos vigila ahora mismo”.


Regresamos por medio de un flashforward al presente y nos reencontramos con la polémica obra retocada por la señora Cecilia, la cual perfectamente podemos catalogarla como el producto (subconsciente o acaso inconsciente) de una propuesta artística de intervención. Mientras tanto, en otras partes del mundo otros artistas de intervención, más o menos conscientes de sus propuestas, están colocando la gorra tricolor –la misma cuyo uso ha sido vetado, en un alarde descarado de injusticia y estupidez, por el Consejo Nacional Electoral al candidato Henrique Capriles Radonsky- sobre las cabezas de estatuas de próceres y demás personajes célebres de la historia a lo largo y ancho del territorio venezolano. Y también mientras tanto otros están, en medio de la madrugada, llenando hasta el techo de papel higiénico las cabinas telefónicas o están utilizando las puertas de los edificios como bocas enormes de un grafiti que representa el rostro de un gigante que grita. Otros, en otra parte, dibujan sobre el suelo la silueta que proyecta un hidrante al ser iluminado por los faros de alumbrado público o bien el contorno de un cuerpo sin vida que fue hallado allí en ese pedazo de la acera. Algunos aseguran que los encargados de borrar las pintadas sobre las paredes de las calles de la ciudad sin darse cuenta son herederos de Rothko y Malevich (el arte subconsciente de la remoción de grafitis lo llama un documental).

Más allá de la intención, de la consciencia o absoluta ignorancia de los perpetradores, todas estas manifestaciones son arte de intervención.

Doña Cecilia también es artista de intervención. No me cabe duda. Ella (al igual que los niños entrevistados por los hermanos de Boards of Canada) está abordando lo sacro, lo respetable, lo que es digno de veneración rigurosamente controlada, de una manera no ritualizada. Se comporta como un niño que con toda autenticidad se apodera de esos espacios, los aprehende y decide otorgarles un toque personal. Ya mañana nos asombraremos, nos escandalizaremos o nos reiremos al toparnos con una realidad trastocada por sus licencias.

Me gusta imaginar, dentro de algunos años, cuando finalmente pase lo que tenga que pasar, a investigadores e historiadores del futuro buscando el origen de todas las cosas. Armando a punta de retazos las causas y consecuencias del porqué hemos venido a parar justo aquí. Ojalá se encuentren con la pintura intervenida por la señora Cecilia (cosa curiosa, eso que hizo acabó pareciéndose un montón a un retrato de Cornelius o Zira, los buenos chimpancés científicos de El planeta de los simios) y también espero que se topen con estas versiones de Dios de los niños de la pieza musical de Boards of Canada. Será una oportunidad dorada para volver a edificar al mundo -y reconstruirnos en él- a partir de Otras fuentes de las que dependen todas las cosas.

lunes, 20 de agosto de 2012

Ejercicio a 4 manos: La belleza



Adriana Pérez Bonilla, querida amiga y miembro del colectivo Panfleto Negro, me invitó a participar de este experimento armado a cuatro manos que se levanta a partir de la siguiente premisa: describir unas cuantas bellezas sin pronunciar jamás el término belleza. Adriana aportó sus bellezas innombrables y yo puse las mías, las mezclamos todas y así quedaron nuestras bellezas impronunciables.

Águas de Março (Elis Regina y Tom Jobim)


Pocas cosas más absurdas que sentenciar hoy día sobre cualquier tema: es de las mejores obras de la historia. Y sin embargo no me queda otra opción que apelar a toda mi infantilidad y subjetividad para decretar sin temblores de pulso que Águas de Março, interpretada por los grandes Elis Regina y Tom Jobim, es sin duda una de las mejores canciones jamás. Lo es por su letra -llena de imágenes y texturas delirantes-, lo es también por esa melodía a medio camino entre lo festivo y eso que en portugués llaman saudades. Lo es, sobre todo, por el feeling, la complicidad, ese guiño que se desborda en picardía y empatía tejido entre ellos dos mientras la ejecutan. Algunos soñamos el sueño perverso de un soundtrack para nuestro velorio, qué nos gustaría ponerles a sonar de música de fondo a los familiares y amigos que allí se reúnen para la despedida, yo tengo la certeza de que Águas de Março es parte imprescindible de ese playlist personal.



Amigos

La amistad es muy, muy, difícil de definir. Pero la mejor definición se la leí a Cortázar en Rayuela, del lado de acá, capítulo 56. Horacio estaba balanceándose en una ventana, todo el psiquiátrico abajo, desesperado, acude a Traveler, su amigo. Traveler, el AMIGO de Horacio, sube de mala gana, a tratar de convencer a su amigo que no se lance de un quinto piso. Lo hace de mala gana, porque no hay nada qué hacer, él lo sabe, sin embargo lo hace. Después de un diálogo genial, Horacio le hace entender a Traveler que está perdiendo su tiempo. Que espere abajo la caída. Pero, antes de bajar, ya saliendo, se voltea y le dice a Horacio: “Metele la falleba (es decir, el seguro a la puerta), no les tengo mucha confianza”.
Un amigo es muchas cosas, pero sobre todo, es ese escudo contra la soledad. Nadie está contigo, pero tu amigo te acompaña en ese delirio de lanzarte por una ventana. Ese amigo sabe que te harás trizas, que todo está perdido, que nada vale la pena, sin embargo, a pesar de todo, a pesar de él, te pide que pases el seguro de la puerta (la falleba, you name it, se trata de que no estés solo en el vasto mundo ¿sabes?). Él, su misión, el del amigo, es acompañarte, no importa qué cosa ingenua o tonta vayas a hacer.
Pero procura ser un buen curador, los buenos amigos se merecen. Después de 20, 30, 40, 50 años, voltearás la mirada, y si tienes suerte, detalles, y no eres un sucio, verás el título de este ejercicio.


Christopher Johnson

En esa monumental película llamada District 9, quizás la más brillante y retadora que podamos ver en años dentro del género de la ciencia ficción, aparece un segundo héroe, uno de más bajo e –indiscutiblemente- más extraño perfil, Christopher Johnson. Que ese extraterrestre con apariencia de enorme langostino bípedo lleve ese nombre tan anglosajón es un acto poético, mágico, de grandísimo contenido simbólico. La metáfora de la brutalidad y la ignorancia del conquistador quedan resumidas en ese nombre y ese apellido: no sé cuál es tu verdadero nombre ni me interesa, no lo puedo comprender, no lo pienso pronunciar, tu otredad es tan extraña y tan despreciable para mí que mejor nos ahorramos todo tipo de esfuerzos, tú te llamarás Christopher Johnson (te parezca o no). Y, cosa curiosa, Christopher Johnson acaba demostrando ser portador de una “humanidad” que la mayoría de los seres humanos hemos olvidado; se sube a su nave junto a su pequeño hijo, al que sólo conocemos bajo el terrenal nombre de “baby alien”, y promete regresar dentro de tres años. Lo estamos esperando.

Cocteau Twins


Entre las bandas más auténticas y subestimadas jamás ocupa un sitial de honor Cocteau Twins. Comenzó siendo un dúo escocés conformado por Elizabeth Fraser (voz) y Robin Guthrie (guitarras y teclados), más tarde se sumaría a sus filas el bajista inglés Simon Raymonde. Dicen que cantaban en esperanto, otros aseguran que se trataba de vocalizaciones libres armadas hermosamente en una lengua inventada. Cocteau Twins hizo una música de una oscuridad luminosa, de una belleza angustiante, todo un amasijo de melodías y texturas que provenían de otro tiempo y otro espacio. Son los héroes ocultos, la rama del árbol genealógico de muchos frutos que escuchamos y disfrutamos hoy. Liz Fraser fue una cantante angelical de esas que con su sola presencia y color de voz fundó escuela. Su voz era un instrumento, una masa de armonías que se acoplaba y confundía con las guitarras de ensueño filtradas por mil pedales de Guthrie. Música para soñar, para crear, para ponerse hacer de una buena vez y dejar de procrastinar (o al menos procrastinar pero mientras se siembra algo que seguramente cosechará más tarde).

Napoleon Dynamite


Napoleón es un ¿looser? ¿Geek? No importa, él se siente cómodo, siendo lo que es, él solo busca alguien con quien jugar pelota, como hacemos todos. A él le gusta una muchacha bien, pero piensa que no está en su liga (a todos nos pasa/nos está pasando), sin embargo, espera, y mientras espera, cuando se consigue algo llamativo, lo pide, sin contemplaciones. Si se lo dan, bien, si no, también.
Napoleón colecciona cosas extrañas, sale corriendo por cualquier cosa, inventa animales combinados y le dice a su mejor amigo, Pedro, que se lance a las elecciones del bachillerato. No lleva vida, pero no importa, haga algo, que algo queda.
La democracia sigue siendo la misma mierda a cualquier nivel.
El día que se muestra la “propuesta electoral”, la contrincante de Pedro, la chica popular de la escuela, que lo había rechazado, se lanza un baile de cierre populista que todos aplauden. Pedro, no tenía un show preparado (ahí ya sabes que no sirve para político).
Pero, entonces, el que menos te imaginas, el que pasa horas bailado en su cuarto, sin que nadie lo sepa, sale, y le salva la patria a su amigo, con una de las mejores escenas de baile de la historia del cine. Y Napoleón nails it, y Napoleón es un superhero moderno ante tanta hipocresía y cobardía y miedo al ridículo. Napoleón es un tipo bien, vale la pena, la chica que finalmente se dispone a jugar pelota con él, Deb, lo sabe. La personalidad y la honestidad son demasiado cool para ser infravaloradas.

Mapas

Ya ni hablemos de la importancia de la cartografía en el mundo que hoy conocemos. Hablemos de un rectángulo, en donde se dibuja una ciudad, un estado, un país, un continente, un mundo. Hablemos de que ellos, los cartógrafos, y nosotros, nos montamos en el peldaño más alto de la escalera de la estratosfera, y miramos hacia abajo, y observamos, de alguna manera, el sitio donde nuestra vida ocurre u ocurrirá.
Los caminos que recorremos, donde nos vamos a encontrar, el sitio trazado donde las casualidades, la fatalidad, o la suerte, conjuga o conjugará nuestro destino. Porque, lamentablemente, somos finitos, pero los mapas nunca mueren, mutan, se expanden, y sin embargo, ahí, no importa cuantas vueltas le des al rectángulo, ahí, transcurrió nuestra existencia.
Hablemos de los mapas de metros, esos planos maravillosos, cruzados por líneas de colores. Ese túnel oscuro y aburrido, hasta peligroso, que se convierte en un tubo azul o verde que te conecta, te conecta. Los colores se apoderaron del subsuelo, sólo gracia a los mapas.
Hablemos de mapas como un símbolo, como el dibujo que te dibuja, que traza los caminos que transitarás, no importa donde, los transitarás, hasta finalmente llegar, llegar a mucho, llegar a algo, llegar. Hablemos del mapa, donde estamos parados, hablemos de su magia, su secreto. Hablemos del mapa. El Mapa.

Tomado de aquí
Poema, por casualidad

Estás en una reunión, y después de un rato, en la terraza, el vino, nos ponemos cursi y recitamos un poema. Entonces, tú amigo (que también es poeta), se acuerda de un poema y lo busca en su teléfono, pero no uno propio, es de Cesare Pavese. Ya lo habías leído, pero en esta situación, es otro nivel.

Vendrá La Muerte Y Tendrá Tus Ojos
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.”

Un lugar equivocado

El autor de novelas gráficas, Brecht Evens, nos ha regalado una de las obras contemporáneas más conmovedoras, ingeniosas y descarnadas de los últimos años en lo que al discurso del cómic se refiere: Un lugar equivocado (ganadora del premio de la Audacia, Angouleme 2011) donde coloridamente se toma la tarea de desnudar las miserias humanas. Evens retrata hermosamente la frivolidad, la superficialidad, la mezquindad y la estupidez de un grupo de jóvenes que se buscan la vida en medio de una sociedad signada por el desencanto. Y desde esa superficialidad, ornamentada por un colorido abrumador, construye paradójicamente una historia gráfica compleja, profunda y oscura. Cosa curiosa, además, Brecht Evens apela al discurso comicográfico prescindiendo de los elementos que lo caracterizan: sin narrador, sin globos de diálogo ni de pensamiento, sin onomatopeyas ni recursos gráficos para simular acciones, sin viñetas, sin canalones, sin un orden propuesto para la lectura. Simplemente sabemos quién lleva la voz porque los diálogos están escritos en el mismo color del personaje (y cada personaje tiene su color particular). Ver a los protagonistas de Un lugar equivocado en medio del coito, justo al momento en que se alcanza el orgasmo, en una metáfora visual a todo color que les derrumba los ojos, las narices y les desencaja literalmente los rostros, es de una contundencia que roza la magia.

Take Shelter


Cada tanto aparece una obra cinematográfica que se encarga de recordarnos que el cine –no se equivocaban los bromistas provocadores del Dogme 95- se puede reducir a dos principios básicos: un guión sólido y buenas actuaciones. Sobre ese principio del menos es más y donde un color es mejor que dos se levanta Take Shelter, ese naufragio hecho película escrita y dirigida por Jeff Nichols e interpretada por su actor fetiche Michael Shannon. Una bofetada, un hongo atómico casero, la irrupción de la fantasía más cruel y delirante dentro de un contexto rural y abrumadoramente cotidiano. Contar una película -y sobre todo su final- es un acto de pésimo gusto al que no pienso sucumbir, pero sí quisiera adelantar algo: Take Shelter se arriesga en la fórmula del doble final. Y lo hace, como pocas, con rotundo éxito. El primer final es un monumento al desaliento, pero el segundo es la puñalada. Hay naufragios que se agradecen.

martes, 14 de agosto de 2012

Libro del día




1.- ¿Cuál es tu libro del día? (breve reseña del libro haciendo énfasis en sus aspectos más sobresalientes para el lector)

Principiantes de Raymond Carver (Anagrama, Colección Panorama de narrativas, 2010). Es un libro de relatos que se me antoja pertenecen a una extraña categoría caracterizada por una contradicción, por un oxímoron fascinante: el costumbrismo fantástico. Allí Carver, sin florituras, sin adjetivaciones innecesarias ni anestesias parte de simples escenas de la cotidianidad pero las convierte en explosiones y mazazos que te estallan en el cerebro. Es como si se pudiera reproducir un hongo atómico pero en su versión casera, en la intimidad de nuestra sala o en la habitación. Son una cosa mínima pero prodigiosa, trascendente, de gran poder significativo. Los relatos de Principiantes parten de una conversación de hombres de a pie en una barbería, o de una escena de pesca entre un padre y su hijo, o de una sencilla sobremesa entre dos parejas que se cuentan sus vidas, o del sentimiento de remordimiento que asfixia a un hombre después de una infidelidad… y a partir de esos fragmentos de cotidianidad comienza a tejerse un universo lleno de vértigo, de hermosura, de horror y sorpresa, todo a la vez; coronados con unos finales que son la cosa menos parecida a un final y que precisamente por eso dejan al lector devastado y sin aliento, intentando cazar una de esas ramificaciones abiertas por Carver para construir mentalmente otras historias y posibles desenlaces. Son espacios cerrados pero de máxima apertura.

En Brazil, la película de Terry Gilliam, hay una secuencia donde la madre del protagonista se sienta a cenar en un restaurant tocada por un curioso sombrero que tiene forma de zapato. Esa imagen me parece una metáfora perfecta de los cuentos de Principiantes: Carver es un mago haciendo esos zapatos que sirven para ponérselos en la cabeza y también haciendo sombreros que calzan misteriosa y perturbadoramente en nuestros pies.
Últimamente, en conversaciones con amigos escritores, se ha hecho frecuente el comentario de que las editoriales cada vez parecen estar menos interesadas en publicar libros de relatos, “que eso no vende”, por lo que prefieren las novelas. De ser cierto ese panorama que avizoramos, significaría una verdadera lástima y una tragedia. Los libros de cuentos son necesarios, fascinantes y valiosos. Y pensar en Principiantes de Raymond Carver me hace pensar en un segundo libro del día, otra obra compuesta de relatos repletos de hongos atómicos caseros y de magistrales zapatos que sirven para ponérselos de sombrero o guante: La máquina clásica de Roberto Echeto.

2.- ¿Algún placer culposo literario?

No, la verdad es que mis “culpas literarias” las cargo y asumo con mucha honra. Soy lector asiduo de ciencia ficción, de cómics, novelas gráficas, libros ilustrados, de mucha de esa literatura considerada por algunos como “menor” comprendida en los libros para niños y jóvenes. Con toda desvergüenza y convicción soy capaz de elevar a obras y a autores de las narrativas gráficas y la Literatura Infantil y Juvenil a las alturas de un Borges o un Hemingway. ¿Es eso criticable o incorrecto? Pues, si lo es, tendré que confesar que me gusta estar en el camino de lo indebido.

 
3.- ¿Un libro que haya marcado un antes y un después? (lo mismo, sería agradable contar porqué el libro cambio su vida)

Tendría que mencionar 3 libros:

Crónicas marcianas de Ray Bradbury: Fue un regalo de mi padre cuando yo tenía 15 años. En ese entonces yo era ya lector asiduo de ciencia ficción pero aún no había tenido el placer de enfrentarme a un autor del género capaz de derribarme las defensas no sólo del cerebro sino las del alma. Llegó Bradbury con sus Crónicas marcianas y allí encontré el paquete perfecto, el de una ciencia ficción entrañable. Se despertó entonces en mí una gana aún superior a la de jugar al fútbol, yo quería leer –y con suerte escribir algún día– cosas como esas.

La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares: Es un libro al que he vuelto varias veces a lo largo de las diversas etapas de mi vida. Siempre resulta una experiencia distinta pero también siempre fascinante. Descubrir en La invención de Morel esos elementos de la literatura fantástica pero elevados al nivel de la gran literatura, de la mano de ese maestro descollante que es Bioy Casares –y además en la propia lengua, sin el filtro de la traducción– es algo que me hizo y me sigue haciendo pensar: por aquí van los tiros de lo que me gustaría promover y hacer con respecto a la literatura.

Plataforma de Michel Houellebecq: Es de esos libros magistrales que a mí, en lo personal, me potencian inclementemente las ganas de leer y también las de sentarme a escribir. Es una novela deliciosamente escrita y estructurada, una suerte de mamarrachada sublime, repleta de decadencia y belleza, también de erotismo, patetismo y desencanto; y en medio de ese asco contemporáneo florece el amor. Gracias a esa lectura de Plataforma, que funcionó como un terremoto interior para mí, tomé hace unos años una decisión: basta ya de pensar “algún día voy a escribir mi propia novela”, siéntate ya de una buena vez a escribirla y déjate de procrastinar y de tanta planificación sin concreción. Así pues, terminada Plataforma, me dediqué a escribir Experimento a un perfecto extraño, novela que con el favor de las Moiras será finalmente publicada por Sudaquia editores a finales de este año.

Esta entrevista fue publicada originalmente en el blog Libro del día.


viernes, 3 de agosto de 2012

Los límites de la microficción



Me gusta pensar, y esto debe ser consecuencia de mis genes (producto del cruce de una madre bióloga con un padre escritor), que los microrrelatos son como pequeños animales; fascinantes, peculiares, entrañables pero también perturbadores y tóxicos. No les conozco el género ni la especie, a veces son mamíferos, otras insectos y a veces las dos cosas al mismo tiempo. Tampoco me atrevería a determinar en cuál centimetraje un microrrelato pierde el prefijo y pasa a ser un cuento común y corriente. De lo que sí estoy seguro es que el microrrelato es un híbrido, una mezcla particular de música con narración con poesía con cómic y con videoclip, y que cumple con la máxima darwiniana relativa a la adaptación de la especie al medio para su supervivencia.  Difícilmente otra forma expresiva es más exitosa que la minificción para acomodarse a los tiempos que corren, para moverse al ritmo de nuestras vidas y nuestras ciudades. Ninguna parece tan atinada ni tan ajustada para el timing de lo que nos está tocando, ver, correr y vivir. También esa supervivencia del más apto tiene que ver con la procura creciente por ser esenciales en cada cosa que hacemos o contamos. Si está bien hecho es como un buen perfume, uno personal, experimental y seductor. Y, por si fuera poco, esta adaptación al medio pasa también por su adecuación a los formatos tecnológicos, pues en los nuevos soportes digitales: llámese blog, buzz, twitter, web page, myspace y demás, la minificción ha encontrado un caldo de cultivo y un escenario donde se mueve con una naturalidad pasmosa, como si toda la vida hubiera nadado entre bytes.

Quiero referirme a una anécdota que me ronda desde que gentilmente me invitaron a participar en este evento. Hace nueve años, cuando yo era un reportero que cubría festivales de cine, me tocó en Cannes tener la suerte de sentarme cinco minutos frente a uno de mis superhéroes personales, el cineasta David Lynch. Cuando me hicieron señas de que la cámara estaba corriendo y podía iniciar la entrevista, le pregunté a Lynch que de dónde había salido la idea inicial, la chispa originaria para concebir Mulholland Drive, la película con la que había venido a participar en el festival. Lynch, a dos manos, se alisó su gigantesco copete y me respondió: “Las ideas son como peces, y uno es un simple pescador. De pronto una idea muerde tu anzuelo y ya no puedes pensar ni hacer nada más. No puedes estar en paz. La idea lo es todo”.

Creo que la minificción es la forma literaria donde el pescado que se sirve sobre el plato se parece más al pez que cayó en la red. Es decir, donde el chef no hace alardes de sus conocimientos químicos y culinarios para transformar al pescado en otra cosa “que sabe mejor gracias a mí que sé tanto”, sino que el cocinero se pone al servicio de la idea original, la respeta, se somete a un ejercicio de autodisciplina donde prescinde de tanta especie y tanta alquimia con tal de serle fiel a las esencias. Para utilizar la metáfora de Walter Benjamin, el autor de la minificción es iluminado -o es víctima- (depende de la benevolencia con que se mire) de un fogonazo producto del choque fugaz entre el antaño y el ahora, o quizás por el impacto chispeante que se dispara cuando un estímulo externo entra en fricción con el universo personal del creador. Ocurre entonces el fogonazo de la idea, ese relámpago que de pronto aparece y nos desquicia, nos pide que lo convirtamos en una historia, el pez que muerde el anzuelo y no nos deja en paz hasta que hagamos algo con él. La pregunta es ¿qué hacer con ese pez? Y en la minificción las respuestas parecieran decantarse por la austeridad, el minimalismo, el sagrado principio de que mejor es un color que dos. Que la mordida del animal sea como la de la serpiente de coral, la mínima superficie pero con efecto letal. Que la herida luzca pequeña e inofensiva sobre la epidermis pero que detrás sea profunda y alcance órganos vitales. Ah, y que sea digno, que supere la prueba del propio juicio que es el más cruel e implacable de todos.

Puedo garantizar, y aquí me tomaré la licencia de ponerme el traje de pescador y la caña al hombro, que estas criaturas fascinantes y peligrosas suelen nadar en la música. Porque la música es el espacio de los futuribles, de las historias no contadas. Y que cuando una música nos cautiva y nos pide ponerla a sonar una y otra vez es porque también nos está pidiendo que hagamos algo con ella. Hay allí, entre ese juego de melodías, armonías, ruidos y silencios, también un juego de texturas, de atmósferas, de frases –pronunciadas o no- que brillan un poco más que las demás; entonces uno no tiene más remedio que intentar traducir esa materia acústica en verbos, en actos narrativos, en personajes, en monstruos de palabras. La música es un detonante portentoso, funciona como un catalizador, causa una reacción que activa en nuestras fórmulas secretas una serie de mecanismos donde nuestras experiencias, nuestro universo creativo y nuestras sensibilidades se ponen en movimiento y entran a jugar con el estímulo acústico. Los microrrelatos vendrían a ser el constructo narrativo que intenta dar testimonio de esa intersección, que trata de contar sobre ese mundo a escala que se forma cuando se ponen a funcionar armoniosamente, por medio del relato, cosas que hasta ahora no tenían conexión.  La microficción, para seguir con las metáforas musicales, es el arte de bailar prodigiosamente pero en una baldosa. Es el curioso talento de pintar sin salirse de la línea y precisamente por eso la obra se hace trascendental.  Es un acto de magia donde la literatura logra desbordarse justamente cuando se le exige la máxima economía y concreción.

Hemingway decía que un buen cuento tenía que seguir el principio del iceberg, en la superficie del relato sólo se asoma la punta visible pero el lector competente intuye toda esa masa profunda de lo que no se ve ni se cuenta. La microficción, bajo esta premisa, sería la punta de la punta del iceberg, apenas el trozo de hielo que cabe en el vaso corto de whisky de Hemingway. Y a pesar de que la parte visible apenas tiene centímetros se sigue adivinando todo el iceberg inmenso que igual flota por debajo.

Les invito en este punto a volver a pensar en las teorías sobre la supervivencia del más apto de Charles Darwin. Porque si bien la microficción literaria se adapta, en blanco y negro, sobre su tradicional soporte de tinta y papel, a los tiempos que corren, y además estas microespecies han aprendido a nadar maravillosamente en el océano de la red digital, no podemos perder de vista que los nuestros son también tiempos audiovisuales. Estamos inmersos en una cultura audiovisual cuyos códigos son, hoy por hoy, los más prolíferos y de mayor demanda. En este contexto, el microrrelato literario, se convierte en germen y caldo de cultivo para otras propuestas artísticas y otros medios expresivos que se valen de las formas de lectura no textual. Es aquí donde quisiera abordar fugazmente los casos de la microhistorieta y el filminuto, dos de los hijos con mayor auge y potencial creativo de la microficción.

La microhistorieta es un género que, si bien no es nada nuevo, cada vez se hace más prolífero y gana más adeptos en todo el mundo. La idea, similar a la del humorismo gráfico de magos de la síntesis como el argentino Quino, es contar una historia compleja y profunda pero con el mínimo de texto y con apenas unos pocos dibujos o acaso una única ilustración. Lo importante en la microhistorieta es que el texto, por sí solo, separado de la imagen, no funciona; como tampoco funcionaría la ilustración de forma aislada. Es necesaria la interacción, el juego que se establece entre la lectura textual y la lectura de las imágenes.

"Todo comenzó cuando alguien dejó la ventana abierta" 
(Los misterios del Señor Burdick, Chris Van Allsburg)

La relación entre el lenguaje textual y el pictórico presentes en el microcómic puede ser de tipo complementaria pero también suele ser paradojal; es decir, las palabras apuntan en un sentido que no es exactamente el mismo de las imágenes; de ese cruce de sentidos, de esa tensión de significados, surge entonces una tercera línea de sentido, una especie de fuera de campo (para utilizar los términos de Barthes) que no ocurre ni en el texto ni en las imágenes sino exclusivamente en la mente del lector.

En la microhistorieta se pone a rodar, por medio de imágenes y palabras, un universo que se narra en sus tres actos dramáticos, donde –con gran ingenio y economía- hay una presentación del personaje y del conflicto, un desarrollo de ese conflicto, su nudo y su desenlace. En pocas palabras, hace lo mismo que su madre, la microficción literaria, lo que pasa es que sus herramientas expresivas y las competencias de lectura que exigen por parte del receptor involucran también los códigos visuales y la simulación de movimientos y sonidos.

Exactamente lo mismo que la microhistorieta, pero haciendo uso de la imagen en movimiento, valiéndose de los códigos y los géneros cinematográficos y bajo la premisa de no durar más de 60 segundos, los filminutos también vendrían a ser una suerte de microrrelatos vestidos con ropas audiovisuales. Existen, por supuesto, filminutos de todas las variedades y especies: videoclips, documentales, experimentales, dramáticos, épicos, humorísticos, animados. Pero los que sobrecogen a las audiencias y los que estimulan más a los realizadores a indagar en estos minúsculos territorios donde el reto es decir mucho con muy poco, son aquellos filmes que logran contar una historia con todos sus actos dramáticos de rigor pero sin salirse del lapso estipulado. La intención de estos filminutos o minimetrajes es que la película pueda causar en el espectador la misma emoción, la misma reflexión y el mismo impacto que un corto o un largometraje; aunque la propuesta cinematográfica dure apenas un 1% de lo que durarían sus hermanos mayores.

Estoy seguro que la piedra angular para un buen minimetraje tiene que ser una buena microhistoria convertida en guión a escala. La esencia es la misma, sigue funcionando la misma teoría del iceberg y la misma mordedura mortífera de la coral, sólo que en estos casos se juega con los códigos, con las herramientas expresivas y técnicas y con las posibilidades que ofrece el artefacto cinematográfico.

Les invito a darse una vuelta por estos dos portales:

Queda ya menos de un minuto. No sólo aquí se me acaba el tiempo, se me acaba también en la entrevista que con 9 años de delay vuelvo a sostener con Lynch. El hombre del cronómetro me hace gesto de que apenas tengo tiempo para una última pregunta. Y como estoy absolutamente consciente de que la vida no será tan generosa como para sentarme frente a David Lynch por segunda vez, me lanzo con toda franqueza en una pregunta muy personal:

Yo: Sr. Lynch… es mi última pregunta… le propongo un pequeño juego: supongamos que estamos en el año 2060…
Lynch (interrumpiéndome y con expresión cándida): Oh… estoy entonces muy muy viejo.
Yo (apenado y apurado): No… se supone que ya Usted está muerto.
Lynch (suspirando): Oh, ahora estoy muy triste.
Nos reímos.
Quedan menos de 10 segundos.
Yo (apresurado por acabar la pregunta): ¿Cómo le gustaría en ese futuro distante que la gente lo recordase?
Lynch (alisándose el copete enorme, mirando al infinito con solemnidad): Pues como el director de cine más apuesto de la historia.

La vida me regaló esa breve anécdota que he querido compartir con ustedes y que les juro tiene muy poco de minificción, digamos que es, más bien, un microdocumental.  Realmente yo no fui el autor sino que otro tuvo el gestazo de escribírmela para poderla contar. Como tantas otras historias que uno jura que ha escrito pero la verdad es que no.

José Urriola C.
Caracas, marzo 2010.

Este texto fue elaborado para el Segundo encuentro de minificción de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, marzo 2010.