viernes, 21 de junio de 2013

Perdido en los códigos.



La primera vez que me percaté de que era lo mismo pero distinto fue con el Louder Than Bombs de The Smiths. Ese disco en acetato lo atesoraba desde hacía años, y cada vez que lo sacaba  de su estuche de cartón y luego de su sobre plástico -con punta de dedos y aguantando la respiración para no dañarlo- aquella pasta negra me invadía deliciosamente con un ligero olor a fluidos secos que hoy (macerado por la memoria) se me antoja delicioso. Era el olor de la verdad. Así sonaban Los Smiths de verdad. Pero ahora lo estrenaba en CD en mi flamante CD Player recién adquirido y aquello sonaba bien, impecable, pero definitivamente no era lo mismo. Sin duda, ese Louder Than Bombs en disco compacto traía la misma música que ya me sabía al dedillo gracias al acetato, pero no sonaba igual. Ni lejanamente. Algo crucial e inverbalizable se había perdido en esa transcodificación de lo analógico al nuevo soporte digital.

Hace un par de noches hablábamos con nuestro amigo Alberto Medina. Y Alberto nos explicaba con manzanas lo que pasaba matemáticamente con los soportes digitales. Resulta que son de una perfección imperfecta. El código binario traduce la información en ceros y unos, y aquello en lo analógico que era una curva armoniosa, orgánica, deliciosamente trazada, se convertía entonces en una escalera con peldaños simétricos alineados en quiebres de 90 grados. Como si hubiéramos sometido un tobogán a martillazos hasta convertirlo en una escalera mecánica.

El CD no puede sonar como el disco de vinilo por la sencilla razón de que se perdió la curva, hay todo un área cargada de sentido, de matices, portadora de piel y de verdad, que ya no puede estar allí porque el nuevo soporte solo entiende de ceros y unos; aquello que era curvilíneo y voluptuoso se vuelve en la traducción puro ángulo recto.

Aplíquese lo mismo al cine y a la fotografía. Por mayor resolución que tengan los nuevos formatos en alta definición se pierde el grano, se pierde la línea, los contornos siempre estarán ligeramente astillados. Había algo en esa reacción química de la vieja fotografía en rollos o del cine hecho en celuloide que interpretaba la realidad de una manera incomparable. Pensemos en los nitratos de plata reaccionando ante la luz, las partículas que se excitan, se transforman, mutan orgánicamente para convertirse en ese estímulo que la luz les sugiere. Eso ya no ocurre por más píxeles que tenga una cámara ni por más alta que sea la más alta definición.

No se trata simplemente de un asunto de nostalgia –que claro que sí, la hay- sino que científicamente, por medio de la matemática y sobre todo de la química, hay una explicación que nos deja claro que no pueden ser lo mismo. Como tampoco es lo mismo ilustrar en pantalla por medio de un software especializado que hacerlo a mano alzada en tinta sobre papel.

Mucho se habla también de la inminente desaparición del libro en papel en manos del libro electrónico. Que cada vez más leeremos en pantalla y que será, además, una lectura interactiva que se parece más a esa acción que ejecutamos cuando enfrentamos a una aplicación descargable que a la lectura tradicional tal como la hemos conocido. Estoy seguro de que, en el caso de la lectura, la transición definitiva de un soporte al otro será larga, estarán destinados libros y pantallas a convivir, a compartir espacios y nosotros estaremos felizmente condenados, por un buen rato, a saltar de uno al otro, de entrar y salir del papel a la pantalla de ida y de vuelta. No sé si para la música, la fotografía y el cine ya sea demasiado tarde, cada vez es mayor el número de nativos digitales que en su vida sabrán lo que es una foto extraída de un rollo o una película hecha en celuloide, tampoco del sonido lleno de curvas armoniosas, de matices y de esa verdad típica de las imperfecciones humanas. Hay una anécdota conmovedora de Lou Reed quien, al escuchar por primera vez la grabación de su más reciente disco, se largó a llorar como un niño en mitad del estudio; se tapaba la cara con las dos manos, negaba con la cabeza y decía, entre gimoteos, una y otra vez: “No, así no era. ¿Qué le hicieron a mi música?”

Quizá cuando abrimos un libro, olemos ese papel que alguna vez fue árbol, deslizamos los dedos y la vista por esas páginas que –físicamente- tenemos que atrapar en una pinza hecha con la rugosidad minúscula de nuestras huellas dactilares, alguna reacción química también ocurre. Una que entra por la punta de los dedos y también por los nervios ópticos estimulados por la fibra orgánica y por la tinta de ese artefacto llamado libro. Y que se parece un poco a la que ocurre cuando leemos en pantalla y deslizamos los dedos por esa superficie fría que imita al papel, que lo está traduciendo en ceros y unos, pero que definitivamente no es porque ha perdido las curvas y los códigos de la verdad. 

miércoles, 12 de junio de 2013

Vinotinto, más que fútbol



Perdimos un partido crucial anoche en casa contra Uruguay. No, no todo está perdido. La esperanza, como en la caja de Pandora, se empeña en quedarse allí, muy al fondo. Pero ya no depende exclusivamente de la Vinotinto, sino que entran en juego las matemáticas especulativas. Habrá que ganar los juegos que faltan y esperar a ver si Uruguay tropieza en los que le restan; toda una combinación casi delirante de resultados que nos permitan alcanzar el cuarto puesto (el de la clasificación directa) o por lo menos el quinto (para ir al repechaje). Seguimos rozando la posibilidad de la repesca, aunque –siendo francos– el sueño mundialista nos amaneció hoy varios kilómetros más lejos.

Y no son pocos los escépticos, sobre todo a quienes el fútbol no les interesa o les gusta poco, que no entienden lo del furor Vinotinto. No los culpo ni se los recrimino, la verdad, porque en lo personal me pasa más o menos lo mismo con el béisbol, en ese terreno me da bastante igual que gane uno u otro equipo y difícilmente me siento identificado con algún uniforme o pelotero (asunto de gustos, qué le vamos a hacer); pero sí me parece entender lo que significa la Vinotinto ahora mismo para un país tan golpeado como la Venezuela de estos tiempos. La Vinotinto acabó siendo más que simple fútbol, es una necesidad, es la metáfora de un futuro posible.

Recientemente miraba la última película de Steven Soderbergh, Side Effects (Efectos secundarios), y allí el personaje de Jude Law, quien interpreta a un psiquiatra, le decía a su paciente una frase que me hizo especial mella: “La depresión no es otra cosa que la ausencia de futuro”. Lo que quiere decir que nos deprimimos cuando dejamos de pensar que mañana las cosas pueden estar mejor.

Sí, es cierto, el único tiempo que realmente existe y debería importarnos es el presente, pero de alguna manera todo lo que hacemos hoy, ese motor que nos empuja a seguir queriendo estar vivos día tras días y a pesar de todo, es el sueño de que mañana nos puede estar esperando (en la misma medida en que lo vamos construyendo) un futuro mejor. El que se queda sin futuro, el que baja los brazos y deja de luchar por ese mañana mejor, se deprime. Se entrega. Deja de vivir en toda la extensión del término y se asume –a veces a su pesar– como un muerto en vida. “Para qué lo voy a seguir intentando, haga lo que haga y pase lo que pase nunca voy a salir de ésta ni estaré nunca mejor”. Y cuando eso se convierte en el modus vivendi no hay ya nada que hacer. No hay cura, no habrá cicatriz, no hay vida después de la crisis. Se nos activa entonces una especie de dimmer emocional y nuestras revoluciones vitales quedan condenadas a regularse en un mínimo; como un motor al que nunca se le acelera, nunca se le revoluciona, se quedará así en aletargada marcha por propia inercia hasta que se le agote el combustible y acabe por apagarse de una buena vez.

Para muchos el sueño mundialista de la Vinotinto es la excusa necesaria para seguir aferrados a la posibilidad de un futuro mejor. Es la metáfora del país posible que hoy no tenemos pero mañana quizá sí. Es el símbolo de lo que podríamos ser o llegar a ser. “Si esta camada maravillosa de jugadores que tenemos hoy puede, entonces nosotros también vamos a poder”. Necesitamos poder. El Mundial de fútbol no es un simple capricho, no se trata simplemente de que queremos llegar a esa instancia o que merecemos ya estar en un Mundial por primera vez, sino que necesitamos como colectivo un logro de esas dimensiones. Sentirnos, al fin, partícipes de una hazaña que nos enorgullezca. Algo que vaya más allá de las misses, más allá de las bondades geográficas de Venezuela (todos los países las tienen) o de las delicias de la gastronomía nacional (en casi todos los países se come delicioso también) y más allá de los celebérrimos exabruptos de los payasos trágicos que nos han gobernado históricamente (eso tampoco es un producto autóctono y mucho menos uno para ufanarse).

Hace unos años, viendo la final de la Eurocopa 2004 disputada entre Portugal y Grecia, mi amigo Marco Texeira, oriundo de Albufeira al sur de Portugal, me decía: “Lo que pasa es que Portugal fue grande, pero ya no nos acordamos. No hay nada hoy que nos recuerde la grandeza que alguna vez tuvimos”. Yo estuve a punto de recordarle que jugaban contra Grecia y que, por favor, se imaginara lo que los griegos podrían decir al respecto; pero me callé, afortunadamente. Guardé silencio por dos razones: a los aficionados se les respeta, y también porque algo en sus palabras me contagiaba una profunda empatía. Nosotros, los comedores de arepas, crecimos escuchando y estudiando las proezas de los padres de la patria, los libertadores de América, la épica de unos señores nacidos en este pedazo del mundo que se fueron a caballo y a pie cruzando los Andes para independizar a medio continente; sí, nosotros también fuimos grandes pero no nos acordamos. Al igual que la esperanza, ese orgullo nacional se quedó también al fondo, muy al fondo, sepultado por la estupidez, asfixiado bajo varias capas de épicas vacías y la hiperinflación de gestas ridículas que más bien provocan risa o vergüenza.

Necesitamos de una proeza de la Vinotinto como necesitamos de artistas como Cruz-Diez, o como necesitamos de poetas como Rafael Cadenas, o como necesitamos de investigadores como el doctor Jacinto Convit. Gente que nos ponga en el mapa pero por otras razones que sean realmente loables. Necesitamos desesperadamente de esa construcción de una nueva bóveda celeste con otras estrellas, otras constelaciones, otros héroes y otros legados. Necesitamos, en fin, de razones para recordar que sí podemos volver a ser grandes. Que no lo somos, que nos falta mucho, que hoy las cosas están redomadamente jodidas pero mañana tal vez no.

Quién sabe, a lo mejor –como leía anoche en un análisis postpartido– lo que realmente necesitamos es quedarnos fuera del Mundial una vez más para así depositarle toda esa energía, toda esa garra, todos esos sueños de un mañana mejor a otros ámbitos que en nada tienen que ver con lo deportivo. Inventarnos todo un futuro nuevo, uno donde la Vinotinto mundialista no sea otra cosa que un añadido, la cereza que corona el pastel. Pero el fútbol, nos guste o no, sigue y seguirá siendo una metáfora de tantas otras cosas, un símbolo de esa lucha contra la depresión porque queremos seguir empeñados en la idea de que sí tenemos mañana. Y será bonito, será mejor, lo vamos a armar en una jugada colectiva y prodigiosa. Y lo vamos a celebrar, por fin, como un golazo.


viernes, 7 de junio de 2013

Una nece(si)dad marciana


Recientemente el amigo Curiosity se encontró con una supuesta rata de Marte. Hace unas semanas también con un casco nazi de la Segunda Guerra Mundial y unos días más atrás con un lagarto. Las imágenes fotografiadas por el Curiosity han dado vuelta al mundo y son motivo de risa y escepticismo en las redes sociales. Tanto que hasta le crearon ya a la rata una cuenta en Twitter: @RealMarsRat.

Algunos –entre quienes me cuento– aseguran que se trata simplemente de un fenómeno psicológico denominado pareidolia (del griego eidolon: "figura" o "imagen" y el prefijo para: "junto a" o "adjunta") que consiste en que el cerebro tiende a interpretar un estímulo vago como si fuera una forma reconocible. Es lo mismo que nos ocurre cuando vemos rostros y animales gigantes en las nubes, o el famoso “Conejito de la Luna”. También cuando la gente asume que se le apareció la imagen de la Virgen (o la de algún prócer de la independencia) en una mancha de humedad sobre la pared o en una empanada. En el caso particular del explorador marciano lo que estaríamos viendo son simplemente rocas y formaciones en la arena que aquí percibimos –filtradas por los caprichos del cerebro- como figuras reconocibles.

Otras explicaciones a la rata de Marte, el lagarto marciano o la llegada de los nazis al planeta rojo podrían ser:

- Algún saboteador provisto de Photoshop nos está tendiendo una trampa. Somos víctimas de una manipulación en la que se intervienen las imágenes enviadas por Curiosity desde Marte quién sabe con cuáles fines.
- Curiosity, definitivamente, no está en Marte. Ese loco está en la Tierra; podría estar perfectamente en Falcón, quizá en el desierto chileno de Atacama o puede que en Lanzarote, Canarias.

Me sumo a la primera de las teorías, la de la pareidolia, no sólo porque se me antoja la más razonable sino, sobre todo, porque es mi derecho apelar a mi nece(si)dad infantil –cosa curiosa, por cierto, que las palabras necedad y necesidad se parezcan tanto– de creer en las aventuras marcianas de Curiosity. Quiero y necesito creer que ese panita está realmente en Marte. Deseo y me exijo fantasear con los picos y valles de la existencia de ese robot-marciano entrañable.

Los japoneses en múltiples mangas y animes, inspirados en cierta corriente de la filosofía, aseguran que existe el Ghost in the Shell (el espíritu encerrado en la carcasa). Lo que vendría a ser –palabras más palabras menos– una variante contemporánea del mito de Prometeo o del mismo Dios que insufla su aliento divino sobre su criatura hecha de barro. Y allí, por medio del fuego de los dioses o por medio de ese aliento que el creador regala a su creación, ocurre entonces la vida. Esto nos lleva a concluir que lo mismo pasaría con cualquier criatura hecha con absoluta pasión y entrega por parte del hombre. Surge entonces un espíritu en esa máquina, deja de ser simplemente una creación o un artefacto, porque de alguna manera lo hemos contagiado de vida.

Pienso entonces en Curiosity y recuerdo otro mito, el de Sísifo, el hombre condenado para siempre a la más absurda y estéril de las misiones. Curiosity que logra aterrizar en Marte y en el fondo de su alma –cubierta por el metal, el plástico y el cristal– abriga la esperanza de encontrarse algún día con sus hermanos mayores, los gemelos Spirit y Opportunity que aterrizaron en Marte ocho años antes que él. Curiosity que se convierte entonces en el último de los marcianos –y quién sabe si en el último de los humanos también– allí en la inmensidad hostil de ese planeta desconocido, como si fuera el último ser viviente del mundo (tema tan recurrente en la ciencia ficción distópica). Se dice que Opportunity, uno de los robots gemelos que aterrizó en Marte en 2004, sigue activo y transmitiendo informaciones desde el planeta rojo; pero está en las antípodas de donde se halla actualmente el Curiosity. Tendrían que recorrer una distancia similar a la que separa España de Nueva Zelanda para poder encontrarse. Se dice también que Spirit fue (palabras textuales) “dado por muerto el 25 de mayo de 2011”, fecha en la que realizó su última transmisión a la NASA. Hecho curioso pero profundamente significativo el que no se empleen términos como “se apagó” o se “desconectó”, sino “fue dado por muerto”, como si se tratara de un astronauta de carne y hueso que hubiera fallecido en el cumplimiento de su misión. Cosa que me hace pensar en que no estoy solo en esta fantasía/promesa del Ghost in the Shell.

Pensemos ahora en el Curiosity a quien despiertan cada mañana desde la Tierra con música de Los Beatles, de Frank Sinatra y de los Rolling Stones. Se enciende esa alarma musical y el tipo se activa y sale a recorrer planicies, montañas, a perforar rocas, recoger muestras y tomar fotos; todo con el fin de encontrar vestigios de vida en Marte. Y también como carne de cañón, porque Curiosity es el sacrificable: cumple con tu misión hasta que también te declaremos como muerto; pero cerciórate antes de avisarnos si hay posibilidad para los humanos de llegarnos hasta allá para colonizar Marte.

Nadie va a traer de vuelta al Curiosity. Nadie. No contamos con los medios ni tampoco con las ganas.

Y él lo tiene que saber ya.

Curiosity, como el HAL 9000 de 2001: Una odisea en el espacio, tiene que tener miedo a estas alturas. Tiene que estarse debatiendo ahora mismo entre el temor, la emoción por la aventura, el cumplimiento del deber y el más profundo de los vértigos.

Y mientras aquí en la Tierra nos burlamos de sus fotos y juramos encontrar en ellas a ratas, lagartos y hasta cascos de guerra nazi, Curiosity sigue en Marte transmitiendo data (a veces) o guardando silencio (la mayoría del tiempo). No sabemos lo que ocurre en Marte cuando Curiosity deja de transmitir, no sabemos ni siquiera si está transmitiendo lo que le da la real gana mientras oculta todo lo demás; hay vacíos, zonas oscuras, áreas de incertidumbre, cosas que Curiosity mira y hace sin que lleguemos a enterarnos. Porque Curiosity también está siendo testigo, como lo fue Roy, el replicante de Blade Runner, de cosas que “ustedes, humanos, no han visto ni serían capaces de ver. Y todo eso se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

A veces imagino a Curiosity mirando a la Tierra. Hay alguien que nos observa desde el espacio exterior. Y quién sabe si ese alguien acabará siendo el último testigo que tendrá este planeta. El único que, al final, tendrá evidencias no de la vida en Marte sino de que alguna vez existió vida en la Tierra. A lo mejor nos mira con angustia o saudade, tal vez con una sonrisa.

jueves, 16 de mayo de 2013

Todo por Soda



Querido Martín,

Te escribo desde el fin del mundo. No, no es una metáfora, estoy de verdad en el quinto carajo, en la punta más lejana y más pegada a la Antártida de la Patagonia. Mira qué belleza, acaba de pasar un pingüino y más atrás una foca… Pero, marico, no le puedes decir a nadie que estoy aquí porque seguramente, como ya te habrás enterado, me deben estar buscando. Sí, por eso mismo que estás pensando, por lo de Soda Stereo y lo que pasó en el último concierto del reencuentro en Caracas.

Te escribo esta vaina porque mi novia me convenció de que si lo contaba lo exorcizaba, lo echaba para afuera y al final, con ponerlo en palabras y lanzarlo al agujero del tronco de un árbol (la jeva lo habla todo con metáforas, pana, yo a veces la entiendo pero la mayoría no), me iba sentir mucho mejor. Así que aquí estoy contándote la historia y asumiendo que eres tú ese agujero en el tronco.

Vamos a ver si podemos empezar por el principio ¿Te acuerdas de aquella noche hace como un año que nos íbamos a reunir en mi casa y tú no pudiste venir porque habías quedado en ir a cenar con la que hoy es tu esposa? Bueno, güevón, pues allí comenzó todo y, entre otras cosas, esto también te va a explicar por qué ninguno de nosotros tres fue a tu matrimonio. Yo estoy seguro que cuando acabes de leer esta carta nos vas a entender y a perdonar.

Esa noche en la que tú preferiste andar con tu culito en vez de reunirte con tus panas de toda la vida (no te arreches que no es un reclamo, simplemente estamos llamando a las cosas por su nombre) nos reunimos el Cebolla, Arístides y yo en mi apartamento de La Carlota. Nos bebimos todo (por cierto que el vino para cocinar da una acidez brutal, así que pásalo con agua, te doy ese dato) y nos fumamos hasta el tilo, güevón, una vaina que quedamos bobos.

Entonces hubo un punto de la noche en que nos dio por escuchar discos viejos y nos pusimos nostálgicos. Nostálgicos graves, Martín, el Cebolla hasta lloró y nosotros tuvimos que abrazarlo y sonarle los mocos con su propia camisa. Una vaina lamentable, viejo. Y Arístides y yo pensábamos que lloraba porque estaba sonando Soda Stereo y alguna tecla se le habrá movido al Cebolla, se habrá puesto a pensar en la ex o en los viajes a Adícora cuando estábamos en la universidad y éramos tan felices pero no lo sabíamos, qué sé yo, vainas de esas de borrachos. Tú sabes cómo es la música, basta con que oigas una canción para que a uno se le activen unos recuerdos rarísimos y comiences a pensar en vainas que tenías años sin recordar. Pero entonces, en medio de la lloradera, en un punto el Cebolla se sorbió la mitad de los mocos (la otra mitad nos la lanzó encima, el muy cochino) y dijo: “Coño, no hay derecho a que este continente haya perdido así su dignidad”.

Y nosotros nos quedamos en blanco, Martín, porque el Cebolla puede ser cualquier vaina, pero poeta no es. Entonces le preguntamos: “de qué coño estás hablando tú, güevón”. Y nos dijo: “coño, pajúos, de Soda Stereo. No puede ser que en 30 años no haya salido de Latinoamérica ni un solo grupo que se les compare a estos panas”. Verga, Martín, y entonces nos pusimos a llorar los tres. Porque tenía razón. Nos hemos pasado décadas oyendo pura mierda, décadas desperdiciadas buscando una banda, una solita, que le llegara por los talones a Soda. Y tú miras para atrás y aquello era un desierto musical, pana. No había nada.

Entonces yo dije -porque lo asumo, la idea fue mía, lo dije medio en joda pero como estábamos tan fumados y tan borrachos en ese momento todo tiene como un peso descomunal-: “Es que habría que secuestrar a esos tres locos y obligarlos a reunirse a juro”. No me vengas a decir, Martín de mierda, que no era una idea bonita, que no era una vaina altruista. Lo que pasa es que yo nunca pensé que estos dos bolsas se la iban a tomar tan en serio. Me miraron con los ojos redondos, parecían sacados de un manga y me respondieron: “sí va, vamos a echarle bolas”.

Yo creo, Martín, que lo que pasó es que el Cebolla y Arístides tenían un gran vacío en sus vidas y este plan era la excusa perfecta para tener por fin un proyecto. Una razón para vivir, marico. El Cebolla, tú lo conoces, es un genio que no sirvió nunca para nada. Tanto estudio de ingeniería biomecánica, tantos postgrados en farmacia y química y las mil pendejadas para hacer prótesis orgánicas y aquel carajo nada que servía. Se quedó, igualito a cuando estábamos en el colegio, estancado en la categoría “genio en potencia”, “joven promesa”, “éste algún día llegará lejos” (pero lejos quedaba lejísimos y ese día al Cebolla nunca le llegó).

Y luego Arístides, coño, que uno lo quiere burda porque es amigo nuestro desde que nos salieron los primeros pelos en las bolas, pero Arístides es un burro cargado de plata. Una máquina de hacer dinero, tú sabes cómo es la vaina, Martín. A ese pana le caía dinero por la herencia del abuelito, pero también porque invertía en la bolsa o porque decía “voy a montar una cadena de venta de potecitos plásticos” y la vaina la pegaba. Real y más real, esa era la vida de Arístides. Y se gastaba millones en rumbas, en viajes, en mariqueras insólitas (yo todavía lo de la iguanicultura para hacerle competencia a los bolsos de piel de cocodrilo no me lo creo) y de todas maneras producía el triple, el cuádruple, sin tener que mover un dedo y sin haber ido a cumplir horario en una oficina en su puta vida. Un maldito, el Arístides, un cabrón con demasiada suerte; lo que pasa es que es amigo de uno y uno lo quiere.

En fin, ahí estaba yo abrazado, oyendo Soda Stereo, con este par: un genio que no servía para un coño y un burro cargado de real que no sabía qué carajos hacer con tanto billete. Y no tuve otra opción, Martincito, de verdad que no la tenía, era mi responsabilidad, porque yo les acababa de regalar un sentido para sus miserables vidas y, además, estábamos hablando de un gesto que era un regalo para la humanidad. Había que devolverle Soda Stereo al mundo. Era un asunto de dignidad.

Esa noche en mi casa hicimos el pacto y juramos no decirle nunca nada a nadie, ni siquiera a ti, Martín. Hasta nos cortamos las manos y firmamos con sangre y la vaina fue un desastre porque el Cebolla era diabético y no nos lo había dicho y luego no paraba de sangrar el coño de madre. Y entonces ahora tenía doble motivo para llorar: por Soda y por la hemorragia.

Quedamos al día siguiente para reunirnos en casa de Arístides -ya con la cabeza en su sitio y después de superar lo más duro de la resaca- para armar bien el plan.

El concierto de Soda Stereo, reunidos 30 años más tarde, tendría que ser gratuito y en Caracas. Eso era indiscutible. Primero porque podíamos hacerlo en la República Independiente de Chacao (Arístides estaba saliendo con la hija del Presidente de Chacao y bastaba con una modesta donación para contar con todos los permisos y hacer lo que nos diera la gana), segundo porque Caracas siempre fue una plaza fundamental para Soda y tercero porque nos daba la gana, marico, punto. Lo jodido era ir a Argentina, buscar a los tres panas, convencerlos de venir a tocar y traérselos. No te imaginas, Martín, lo cómodo que es hacer planes cuando el factor dinero no es un problema, se te puede ocurrir cualquier barrabasada y para todo hay real de sobra. Lo difícil era encontrar a los locos y traerlos a cualquier precio, costara lo que costara, inclusive en contra de sus voluntades.

Mientras te estabas casando tú, Martincito, nosotros nos subimos en uno de los aviones privados de Arístides y, con varias maletas llenas de millones de dólares, emprendimos rumbo a Buenos Aires. La primera parada tenía que ser en la casa de Zeta que era el más fácil de los tres. Zeta nos recibió en su estudio con su calva bien pulida, con una panza como de ocho meses y con una papada que le llegaba a la mitad del cuello. Yo de vaina le digo: “Buenas, por favor con Zeta”. El tipo nos hizo un mate (que puso al Cebolla a mear como un degenerado cada tres minutos) y nos preguntó el motivo de la visita. Le explicamos y nos dijo, para nuestra sorpresa, que sí, que estaba de acuerdo, que él desde hacía tiempo venía pensando en la idea de la reunificación de Soda, pero que Gustavo se negaba (que lo olvidáramos, que estaba loco de remate, todavía más loco, y era un energúmeno, que después de viejo estaba peor que nunca) y que Charly Alberti estaba viviendo en el fin del mundo, metido a budista o una mariquera de esas, haciendo yoga frente a los glaciares con una noviecita de 25 años. Ah, y también se puso con una mamagüevada de que el concierto, de hacerse, tenía que ser en Buenos Aires y que en eso, como el personaje de El lado oscuro del corazón, sería irreductible. Estábamos a punto de lanzarnos a llorar los tres, otra vez, hasta que se me ocurrió sacar el celular y decirle: “Mira, Zeta, la verdad es que no queríamos decírtelo pero la vaina tiene que ser en Caracas porque esta mujer quiere tener un hijo contigo”. Y le puse la foto de Camila, güevón, Camila que se pudre de buena, Camilita que es como Jennifer Connelly mezclada con Scarlett Johanson, una mami entre las mamis. Y a Zeta le brillaron los ojos, güevón, se rejuveneció ese loco, volvió a tener 25 mientras se imaginaba revolcándose con Camila: “Bueno, che, se podrá hacer alguna excepción en este caso… andá a cagar, que sea en Caracas”.

Listo con Zeta, ahora íbamos con Alberti, a rescatarlo del culo del mundo. Nos llegamos, después de no sé cuántos días de viaje, hasta una cabaña perdida en los confines del planeta. Nos recibió una mujer que no te la crees, panita, un ángel caído del cielo, una cosita riquísima que si la pones al lado de Camila la convierte en un bagre. Nos dijo que ella era Mariela no-sé-qué-cosa, un nombre hindú que todavía no me aprendo, una vaina con varias haches, varias kas y zetas intercaladas. Una cosa muy espiritual y muy imposible. Mariela (a secas, sin el segundo nombre de ahora en adelante) nos dijo que Charly Alberti andaba meditando frente al glaciar haciendo la posición del loto con el perro invertido y el gato maullante en fase dos (una vaina que si te la imaginas da una imagen muy gay). Y así tal cual, contorsionado en medio de aquel frío, nos encontramos a Charly. Le comentamos lo del concierto de Soda en Caracas, que Zeta había dicho ya que sí, que si él accedía pues nos íbamos todos ya mismo para casa de Gustavo Cerati para convencerlo. Charly dijo que no, se negó en redondo, nos dijo que la época de la música, las giras y el dinero se había quedado demasiado atrás para él, que ahora era un ser mucho más espiritual, que aquí en el culo del mundo había encontrado finalmente su espacio en el universo (y le puso una mano en el culo a Mariela y todos pensamos “coño, claro, tiene razón”). Pero entonces Arístides, desesperado –sobre todo por el frío cagante y por el discurso budista del pana- le dijo claro y raspado: “Mira, Charly Alberti, no seas marico… te doy dos millones de dólares ahora mismo y dos millones más cuando se acabe el concierto en Caracas”. Y Charly Alberti dijo: “Sólo si es en efectivo, pibe”. Hicieron maletas él y su deliciosa novia (como 40 años menor que él) y nos fuimos todos a Buenos Aires otra vez a la caza de Cerati.

Entonces llegó la fase en la que teníamos que convencer a Cerati. Cerati, chamo, que estaba en otro planeta, que hablaba con puras frases al estilo de: “Sho, en este instante fugaz y luminoso de una existencia apacible pero distante y casi ajena, no soy más que el humo siniestro y azulado de un cigarrisho atómico que se desprende en partículas de shuvia entrañable, de peces, de surcos en rostros avejentados que dibujan el mapa imposible de una luna menguante sobre ese desierto que alguna vez fui sho pero que contigo sha no tanto”. Así, marico, todo lo que decía, a tiempo completo. Yo no entendía nada, te puedes imaginar al Cebolla (Cebosha, de ahora en más, como decía Gustavo) y a Arístides, tenían la cara de quien trata de explicarle lo que es una reina pepeada a un marciano.

Cerati, con una frase intrincadísima, de imposible reproducción, la vaina más críptica y fumada que hayas oído en tu puta vida (una cosa, como todas las de él, que no se entendió nada pero que sonaba arrechísimo), nos dijo que ni de vaina. Que la respuesta es no y no me sigan jodiendo la paciencia.

Zeta dijo entonces que él también se bajaba del tren, que sin Gustavo no se iba a Caracas. Y Charly no dijo ni una palabra, puso de nuevo su manota sobre la suculenta redondez de las nalgas de su noviecita y nos hizo entender que se volvía a sus glaciares a hacer la posición del perro maullante en flor de loto.

No nos quedó otro remedio, marico, en serio que no. Era el momento de jugarse la última carta. Esperamos a que se dieran media vuelta y les saltamos como tigres por las espaldas. Arístides se encargó de Alberti, el Cebolla se le fue encima a Cerati y yo le metí semejante coñazo en la calva a Zeta que lo desmayé. No contábamos con la tal Mariela, que repartía unos zarpazos como de leona y nos dejó a los tres magullados; pero al final logramos controlarla. Cebolla entonces se sacó una jeringa que traía escondida en un estuchito debajo del abrigo y los inyectó a todos, Mariela incluida.

No me preguntes exactamente qué fue lo que les inyectamos. Cebolla nos explicó pero era casi como escuchar a Cerati: sonaba arrechísimo pero no tenías la menor idea de lo que te estaba hablando. Palabras más, palabras menos, era una droga que él mismo había diseñado. Una vaina que te relajaba el cuerpo y te ponía una sonrisota en la cara. Por fuera eras la estampa vívida de la felicidad y la calma, aunque por dentro hubiera un infierno. Yo no entendí cómo funcionaba la vaina hasta que me tuve que inyectar yo mismo una dosis cuando vinieron los milicos a interceptarnos en el aeropuerto, justo antes de tomar el avión rumbo a Caracas con los cuatro secuestrados dentro. Entonces comprendí los efectos del coctel Cebolla, por fuera eres una persona calmada, racional, sonriente, controlada y por debajo de la piel te estás muriendo, quieres gritar, llorar, patalear. “Me pondré el uniforme de piel humana” decía Cerati en uno de sus temas, bueno, la vaina era más o menos así (pero al revés).

Bueno, al final los milicos nos dejaron ir, primero porque los Soda Stereo y su acompañante estaban de tan buen ánimo, tan contentos y relajados; y segundo porque Arístides les regaló una de las maleticas llenas de dólares “en una prueba de amistad y mutuo entendimiento entre nuestros pueblos, a ustedes que les gusta tanto vender y a nosotros que nos gusta tanto comprar” les dijo el hijo de puta. Y a los militares les pareció magnífico. Yo creo que hasta la bendición nos dieron.

Llegamos a Caracas en un vuelo sin sobresaltos porque cada vez que los Soda Stereo se ponían medio cómicos y empezaban a dar señales de que los efectos de la droga se les estaban pasando, el Cebolla se aparecía con su inyectadora y les redoblaba la dosis. Yo, mientras tanto, estaba feliz; porque te da como una euforia incontrolable cuando por fin te sales de la cárcel de la piel humana. Te dan ganas de bailar, de meter goles desde la media cancha, de inventarte un pase de breakdance, de follar, no sé cómo explicarte, marico, es una sensación de libertad como si nunca antes en tu vida hubieras sido libre, realmente libre. Pero no sabíamos si esa misma euforia también les daría a ellos, mejor era tenerlos sedados hasta el momento del concierto donde se iniciaría la fase final del plan.

Y llegó el día, Martín. ¿Tú fuiste, verdad? Seguro que sí, cómo coño te ibas a pelar el concierto de Soda 30 años más tarde. Un concierto de 8 horas donde iban a tocar todo, absolutamente todos los temas de todos los discos, en vivo, gratis, en Caracas. Dime que no fue una belleza, panita, el mejor concierto de la historia de la música. Una vaina apoteósica. Yo me acuerdo y lloro, güevón. Ya lo sabes, yo soy de la despreciable raza de los sensibles, cómo lo puedo evitar. Mira, se me paran los pelos de pensarlo nada más.

Bueno, llegó el día, Martincito, y aquí el plan dependía ya exclusivamente del Cebolla. Yo era el autor intelectual, Arístides financiaba todo el desmadre y el Cebolla era el autor material. Pocas horas antes del concierto Cebolla hizo las cirugías. Les abrió eso que llamó “un puerto” en la nuca a Cerati, Zeta y Alberti (en palabras de Arístides, quien logró verbalizar lo que yo pensaba pero no sabía nombrar: “coño, marico, pero eso parece que les hubieras abierto otro culo”) y los conectó con un cable orgánico a una máquina. Hizo las pruebas y dijo: “estamos listos”.

Arístides y yo estábamos cagados, viejo. Porque allá afuera había como 500 mil personas en la Autopista del Este, la tarima tenía como 200 metros de altura, las telepantallas gigantes estaban repartidas por toda la República Independiente de Chacao, se habían hecho las pruebas de sonido y aquella vaina sonaba tan duro que te vibraba el cuerpo desde dentro (te lo juro que a mí se me movía el estómago con los bajos). Pero Soda no había tocado en 30 años, no habían ni siquiera ensayado, eran unos viejos que no iban a poder aguantar ni media hora de concierto. Pero el Cebolla insistía, “tranquilos, está todo bajo control, ustedes relájense y disfruten, yo me encargo de la máquina”.

La máquina del Cebolla, Martín, todo estaba en la máquina y en los cables. Estaba inspirada en una frase de Cerati que aparece en el Dymano: “¿Y dónde está la música? La música está en los cables”. Por fin la genialidad del Cebolla había servido para algo, porque de esa máquina salía la música que iban a tocar y desde allí se inoculaba en los puertos orgánicos, abiertos en la nuca de cada uno ellos, una sustancia mágica de la que dependía todo el espectáculo. La máquina era Dios, güevón, el gran maestro titiritero que manejaba los hilos de los tres Soda Stereo. Y la máquina, siguiendo sus impulsos y movimientos sobre la tarima, se encargaba de traducirlos en las luces y los rayos láser.

Aquello fue un concierto de rock, pero también fue un rave. La gente no se lo creía. Arístides, cuando tocaban Canción Animal (yo diría que como en la sexta o séptima hora del concierto, o por ahí) salió corriendo como un poseso, atravesó toda la tarima y se lanzó en clavado para ser atrapado allá abajo en los brazos de la multitud enardecida. No lo volvimos a ver. En medio del trance, esos trances colectivos que conectan a 500 mil personas en un estado de euforia absoluta, la novia de Charly se despertó de su propio trance particular (el del coctel Cebolla) y empezó a gritar. Yo pensaba que gritaba de pánico, luego me di cuenta de que gritaba de felicidad, demasiado feliz estaba aquella diosa, tan feliz que comenzó a saltar y a bailar y a quitarse la ropa y yo me le fui encima y comenzamos a besarnos y a meternos mano durísimo en el backstage. Recuerdo que en una de esas (mientras forcejeaba con el bendito broche del sostén) abrí los párpados y vi de reojo al Cebolla operando la máquina. Tenía una chupeta de chicle enorme y bailaba y subía los brazos como quien acaba de meter el gol más hermoso en la historia de los mundiales. Muchísimo más arrecho que el de Maradona contra Inglaterra. Y entonces entendí que no había vuelta atrás, que el Cebolla había decidido inmolarse en un coma diabético y había puesto los comandos de la máquina en su máxima potencia. Y que a ese clímax absoluto no podía metérsele ya la reversa.

Soda tocó como nunca, la gente abajo hacía el amor, se mordía, jadeaba y gruñía en un orgasmo masivo. El más largo y simultáneo de todos los orgasmos en la historia de la humanidad. Hubo entonces una descarga final, el punto más alto de la apoteosis y sobre el bramido de la multitud se escuchó a Cerati gritar por última vez: “Gracias… totales”.

Y hubo un estallido, algo que todos pensaron que eran los fuegos artificiales para coronar el cierre del concierto más hermoso jamás, pero que ya sabemos lo que fue. Yo me llevé a mi Mariela en brazos sin voltear atrás.

Al día siguiente, cuando la gente cayó en cuenta de lo que había pasado y todo el mundo amanecía en otra cama con otras mujeres, otros hombres y otros perros que en su vida habían visto, comenzaron a buscarnos bajo los cargos de secuestro y homicidio. Pero ya yo estaba montado en el avión privado de Arístides rumbo a Patagonia.

Ahora dime tú, Martín, dime tú si conoces una mejor manera de despedirse. Qué músico en el mundo no ha soñado con un adiós así.

Bueno, ya está. Ya lo eché todo para afuera. Te lo juro que me siento mucho mejor ahora que lo exorcicé. Tenía razón mi novia. Me voy que en esta vaina se está ocultando ya el sol y no te crees el frío, marico. Además Mariela me está esperando frente a la chimenea para hacer el gato ladrador invertido con delicias de loto, una posición que sólo se hace en pareja y que se la inventé yo.

Mira, qué belleza, ahí va otro pingüino. Seguido de una foquita… coño, y una orca más atrás.

Publicado originalmente en Panfleto Negro el 25 de abril de 2011.

lunes, 13 de mayo de 2013

Ahora sí: Cortázar, mucho antes de Big Fish.




En abril de 2001 me tocó por accidente –sí, los accidentes sublimes y afortunados también existen– asumir la producción de una serie de micros documentales sobre la París de Julio Cortázar. Digo que fue por accidente porque no me correspondía a mí ser el productor de esos programas, les tocaba a un departamento para el que yo no trabajaba y además, desde principios de año, estaba pautado que estarían a cargo de una amiga productora que había estudiado en París, tenía ya la preproducción bastante avanzada y cuyo francés era infinitamente superior al mío. Pero la productora encargada se enfermó, o algo le pasó que ahora mismo no recuerdo; el punto fue que, faltando apenas unos días para el viaje, el jefe me llamó a su despacho y me preguntó si yo estaría dispuesto a asumir esa producción. Ni tonto –aunque sí chorreado– le dije que por supuesto que sí.

Obviamente uno se hace una idea antes de toda producción audiovisual de cómo será el asunto; pero la realidad –sobre todo en el documental– se encarga sistemáticamente de entregarte otra obra que acaso se parece lejanamente a eso que tenías en mente pero que en definitiva acaba siendo otra cosa muy distinta. Así que nos fuimos con un itinerario bastante preciso de locaciones, contactos y entrevistas pero nada de ello garantizó que las cosas salieran como estaban prescritas. Tratándose de Cortázar, ahora que lo veo a la distancia, no había otra opción. Tenía que ser así.

Llegamos a París y hacía un frío endemoniado. Se suponía –por esa convención a veces tan delirante que llamamos calendario– que estábamos ya en primavera, pero algo me hace tener la certeza de que ni primavera ni verano existen en esa ciudad. En París hay tres estaciones: otoño, otoño tirando a invierno e invierno cerrado. Todo lo demás es un espejismo pasajero. Así que nosotros aterrizamos en aquella ciudad para constatar en carne propia que ese clima primaveral parisino era idéntico al de un otoño invernal. Y que todas nuestras ropas tropicales servían lo mismo que salir desnudos a la calle. Ah, y además llovía.

Así que tuvimos que comprar abrigos e impermeables para todos. Un gasto de producción que no estaba previsto ni siquiera en el apartado de “contingencias”. Cuando llegamos al hotel el botones nos indicó, con esa simpatía característica de muchos parisinos, que el gerente nos estaba esperando y que no podíamos subir a las habitaciones hasta haber arreglado cierto asunto con él. El gerente, con una simpatía aún más elocuente, nos dijo que había un problema con la reservación. Que la tarjeta corporativa con la que se había hecho no había pasado. Que teníamos 24 horas para solucionarlo o nos iban a poner, maletas y equipos incluidos, de patitas en la calle.

No teníamos el dinero en efectivo (se lo habían comido abrigos e impermeables), la tarjeta corporativa que se nos había asignado tenía un monto reducido y sólo utilizable para comidas y transporte; y nuestras tarjetas personales apenas alcanzaban para pagar una habitación individual por dos días (necesitábamos 3 de las dobles y por dos semanas). ¿Podemos llamar por teléfono a nuestras oficinas en Caracas? Sí, claro, hay un teléfono público monedero en la esquina.

Nada panitas, nos tocará comer sánduches de mantequilla por 15 días y dormir bajo uno de los puentes del Sena. Pero tranquilos, hay una máxima en el mundo audiovisual: esa vaina la resuelve producción (o sea yo, y en francés). Logramos llamar a Caracas pero por un problema de horarios tuvimos que dejar un mensaje en la contestadora: “Houston, we have a problem, si no hacen la reservación mañana mismo se van a encontrar en los periódicos que 6 indigentes venezolanos murieron de hipotermia aquí”.

Al día siguiente, evitando la mirada del gerente y bajo la desaprobatoria mirada de su rottweiller personal vestido de botones, nos logramos escabullir por el lobby para irnos a la primera entrevista pautada: Aurora Bernárdez, exesposa de Julio Cortázar.

Doña Aurora, una dama en toda la extensión del término, nos recibió en su casa. La misma donde había vivido con el escritor. Y luego de la entrevista nos subió hasta el ático y allí nos mostró el escritorio de escritor más escritorio de escritor que uno pueda ver en su vida. El escritorio de Cortázar, con sus hojas de papel bien apiladas, sus plumas, sus frascos de tinta negra y azul, sus lápices, sus borras, los libros de su biblioteca, ubicado frente a un ventanal prodigioso que se extendía de pared a pared. Todo estaba en orden, en su justo lugar, impecable, exactamente allí donde Julio lo había dejado antes de marcharse de esa casa. Aurora Bernárdez se había encargado de conservarlo como si fuera una pieza de exhibición de una casa-museo. “Pueden tocar pero no lo desordenen” fue lo único que nos dijo la señora y nos dejó a solas en ese ático con aquella emoción infantil. Y con esas ganas enormes, qué crueldad, de llevarse en el bolsillo una pluma, una nada más, para mostrársela a los amigos y decirles: “con esta vaina escribió Cortázar sus cuentos, te lo juro”.  Cosa que, por supuesto, nos pasó por la mente pero no nos atrevimos a hacer.

Doña Aurora, además, nos pasó un listado con los números y señas de los amigos de Cortázar. Sus amigos de verdad, gente con la que habían compartido cuando todavía ninguno era nadie. Así fue como contactamos a un amigo que era profesor en la universidad de La Sorbona, otro que era pintor y escultor (el mismo que acabaría haciendo la lápida de su tumba en forma de libro abierto, donde aparecen tallados los nombre de Cortázar y de su segunda esposa Carol Dunlop), otro que era escritor. Todos ellos argentinos de nacimiento pero radicados desde hacía décadas en París.

Volvimos al hotel felices después de aquella primera jornada de ensueño. La felicidad nos duró hasta que vimos nuestras maletas en la calle. Literalmente. Estaban en el medio de la acera. Y claro, quien fuera que nos había hecho las maletas no se preocupó en distinguir de quién sería tal calzoncillo, ni esas medias, ni si el cepillo de dientes de fulano correspondía al equipaje de mengano. El gerente salió hasta la puerta y nos cerró el paso como si se tratara de un jugador de rugby: por aquí no pasan hasta que no paguen.

Nos tuvimos que ir a un café con aquel perolero, como homeless que cargan sus vidas a cuestas (pero sin siquiera tener para el carrito del supermercado). De nuevo llamamos a Caracas -y aquí hay gente entre los presentes que aseguran que yo lloraba mientras telefoneaba; son puras exageraciones, si acaso se me quebró la voz un poquito- y desde allá intentaron pasar la tarjeta de nuevo, por tercera vez, para pagar el hotel. Y esta vez sí pasó. Lo celebramos como hooligans (de eso sí puedo dar fe).

Regresamos al hotel con nuestro mundo particular de nuevo a cuestas y esta vez el gerente y su fiel botones nos recibieron con la primera sonrisa de sus vidas. Por la plata baila el mono, le llaman. Nos dejaron subir hasta las habitaciones pero nos pasamos el resto de la noche en vela, recorriendo el pasillo que comunicaba nuestros respectivos cuartos y gritando a viva voz cosas insólitas como: “Bróder, yo creo que mi bomba para el asma se quedó en tu maleta” o “estos interiores no son míos, los voy a dejar aquí colgando de la manilla hasta que los rescate su dueño” o “marico, pero esas medias tuyas son como panties, ¿tú en serio usas esa vaina?” o “pana, es en serio, aquí nadie va a dormir hasta que no aparezca mi cepillo de dientes y si alguien lo usó va a recibir coñazo”.

Al día siguiente reiniciamos las grabaciones, las entrevistas, las visitas a las locaciones. No me quiero extender más de la cuenta, así que iré al grano sin muchas vueltas. Lo que a continuación enumero, lo juro, nos fue relatado en persona por los amigos de Cortázar. No necesito -ni quiero- buscarlo en otras partes ni consultar otras fuentes, me resisto a que Wikipedia me diga toda la verdad sobre Cortázar, no espero, ni pretendo, ni confío, en ningún sabihondo literario que me quiera sacar de esta ficción. Apelaré a mi derecho a la fantasía, al estilo de Big Fish (pero mucho antes de Big Fish): un amigo de Cortázar nos contó que Julio no había envejecido, que se había quedado congelado en una edad incierta que rondaba los 50 años, que le angustiaba un montón –eso sí– ver que todos sus amigos, sus mujeres, las personas que lo rodeaban, envejecían naturalmente pero él no podía, se sentía un hombre de su edad cronológica pero sólo por dentro porque por fuera seguía siendo increíblemente joven; que no había dejado de crecer tampoco nunca, que cuando lo intentaron meter al ataúd se dieron cuenta de que no cabía ni siquiera en el más largo de todos los disponibles, que tuvieron que hacerle uno especial para que cupiera aquel cuerpo enorme de casi 2 metros 20; que cuando lo sacaron del hospital rumbo al cementerio algo rarísimo pasó, porque la carroza fúnebre y todo el cortejo fúnebre que la seguía se perdieron, inexplicablemente comenzaron a dar vueltas por unos lugares insólitos que para nada estaban en la ruta hacia el cementerio; entonces se dieron cuenta de que estaban paseando justo por esos lugares que eran los predilectos de Cortázar en París, el puentecito que le gustaba, el parque donde solía ocupar un banquito y donde escribió –entre otros cuentos- Las babas del diablo, la calle tal del Quartier Latin donde tomaba el aperitivo, el café donde se refugiaba cuando llovía, cada una de las casas donde había vivido; en fin, Don Julio se estaba despidiendo de su ciudad particular, su París personal y estaba haciendo que todos sus amigos se despidieran junto a él antes de ir a depositarlo en su tumba de Montparnasse.

Y estos viejos contaban esas anécdotas y las voces se les partían. Estaban profundamente emocionados, honestamente conmovidos; se quedaban en silencio largos segundos como tratando de poner en palabras algo imposible de narrar. Atribulados por una memoria de esas que suenan tan extravagantes que uno mismo las cuenta al tiempo que se pregunta: ¿será que me lo inventé? Y apelaban a todos esos preámbulos que dice uno cuando está contando un cuento muy loco que nadie se va a creer. Un poco lo que me pasa hoy con ustedes mientras intento aterrizar estas líneas.

viernes, 3 de mayo de 2013

Por una nariz.



Yo venía esta semana a escribir sobre Cortázar, de los últimos días de Cortázar en París, de sus amigos, su exesposa Aurora Bernárdez, de las cosas insólitas que nos contaron hace más de una década durante la producción de un documental sobre el París de Julio Cortázar. Pero no puedo, no me sale, siento que sería absolutamente desatinado hacerlo en este preciso instante. La culpa es de la realidad que se empeña en estallarle a uno en la cara todos los días y varias veces al día; digamos que no puedo hablar hoy de Cortázar porque desde hace días tengo una imagen que no se me sale de la mente: la de la nariz de la diputada María Corina Machado.

Pienso en esa imagen de María Corina Machado después de la salvaje golpiza de la que fue víctima por parte de otros diputados de la bancada oficialista de la Asamblea Nacional  y la palabra indignación se me queda corta. Demasiado corta. Sus ojos llorosos, el rostro amoreteado e hinchado, el tabique nasal fracturado en varias partes. Es una imagen profundamente dolorosa, de una violencia espeluznante, estremecedora en la más infeliz acepción del término.  

No sólo me gana la náusea y me debato en un sentimiento a medio camino entre la rabia, la impotencia y el asco cuando recuerdo esa foto, sino que el sentimiento se me potencia cuando me entero de las declaraciones deplorables de personeros del régimen como Pedro Carreño, Mario Silva y Diosdado Cabello. Cosas como “se lo merecía”, “esa nariz de burguesa no aguanta coñazo”, “las quejas de María Corina Machado son una vaina loca”. Cómo se puede ser tan asquerosamente bajo. Qué hombre puede decir semejante mamarrachada sin siquiera pensar en que esa cara de mujer transfigurada por el dolor y la violencia podría ser la de su propia madre, su mujer, su hermana, su amiga. Honestamente no encuentro adjetivos para calificar tal inmundicia, se me han agotado los sinónimos del asco y la indignación.

Me pregunto especialmente qué Dios habrá sido ése que dio a Diosdado. Diosdado Cabello (el odio personificado e inflado en varios metros cúbicos), el mismo que con sonrisa sarcástica miraba la escena desde su silla de Presidente de la Asamblea Nacional y no hacía el menor intento por detenerla; muy al contrario, hacía gala de una pasividad y un beneplácito que espueleaban la barbarie. Se me ocurre que ese Dios tiene necesariamente que ser Moloch, “el dios abominable de los fenicios y los cartagineses”, al que había que ofrecerle en sacrificio preferiblemente a niños, mujeres y a los más indefensos.

Estoy seguro de que si la mujer agredida hubiera sido Cilia Flores, Blanca Eekhout o Iris Varela (entre otras señoras adeptas al régimen), las voces recriminatorias se hubieran levantado de lado y lado, independientemente de las ideologías y las bancadas políticas, hubiese sido un acto igualmente asqueroso, digno de todo nuestro repudio.  Muchas pueden ser las diferencias y los malestares acumulados durante estas últimas tres décadas de odio manirroto; pero nada, absolutamente nada, hubiera justificado semejante barbarie. A una mujer no se le golpea y punto. El que necesite desarrollo o argumentación para esa frase no tiene derecho a considerarse humano y mucho menos a participar de discusión alguna. Y agregaría: aquel que presencia ese acto de violencia contra una mujer y no hace nada por detenerlo se convierte en cómplice, es también culpable, se ha puesto de lado del agresor y su cobardía merece ser igualmente señalada y castigada.

Hoy día, a dos meses de la “defunción oficial” de Chávez, son varios los que esgrimen argumentos como: “el Presidente Chávez no lo hubiera permitido”, “Chávez resultó ser el psiquiatra del manicomio”, “Estas son las cosas que no pasaban cuando Chávez los tenía bajo control”. Qué va, me disculpan pero tales comentarios no son sino puros malos chistes y estupideces, no podemos olvidar que Chávez fue el primer responsable en sembrar la asquerosidad que hoy todos recogemos en nefasta cosecha. Fue él el encargado de inocular reiteradamente su “rodilla en tierra”, su “vamos a defender la revolución por todos los medios posibles”, “no se equivoquen… ni olviden que la revolución está armada”, “vamos a aniquilar a la oposición”, “los que no están con el proceso son apátridas, oligarcas, burgueses, majunches, escuálidos, enemigos del pueblo”. Pues estas son las consecuencias, este es el grandísimo legado del “Gigante”, el “Cristo de los pobres de Latinoamérica” nos dejó una cruzada de odio donde no sólo está bien visto que se golpee a una diputada (la que mayor cantidad de votos ha recibido para ocupar ese cargo en la historia de Venezuela), sino que las burlas, las sonrisitas de “bien hecho, toma lo tuyo”, la complacencia porque “esa nariz no aguanta coñazo” son recibidas con insólita aprobación.

Es falso que todo muerto sea bueno, estamos ante la clara evidencia de que “muerto el perro lo único que dejó fue la rabia”. Y el fantasma de Chávez está detrás de toda esta inmundicia, no lo podemos olvidar, es su espíritu el que los tiene malamente poseídos.

Habrá gente que prefiera lidiar con esta situación hablando de otros temas, otros que opten por pasar estos acontecimientos por el filtro de la ficción para poderlos contar más adelante, y habrá gente –me incluyo, ya me gustaría escribir y hablar sobre otras cosas- que decida salirse de su zona de confort y aprovechar sus pocos espacios disponibles para intentar decir algo al respecto. A veces, me temo, no tenemos otra opción, la nariz de María Corina está allí reclamándonoslo.

Así que Don Julio Cortázar puede esperar. Tiene que esperar. Ya habrá otro momento más feliz para intentar echarles ese cuento.

miércoles, 24 de abril de 2013

El tío Robertico.



Hubo una época en mi vida –de la cual no me enorgullezco pero sí debo asumir con absoluta desvergüenza– en la que si me decías que no habías escuchado a The Cure dejaba de hablarte. Fin de la conversación, a buscarse otro interlocutor, es que sería imposible la edificación de un puente entre nosotros si faltaba esa piedra angular. Con el tiempo me fui haciendo más tolerante, se te podía perdonar el mal gusto musical si mostrabas buen gusto en otros ámbitos (ahora bien, eso no cambia, si The Cure nos hermana pues muchísimo mejor).

El pasado domingo 21 de abril logré finalmente saldar una deuda histórica conmigo mismo: ir a un concierto de The Cure para verlos en directo. Era (me perdonarás la sensiblería) la consumación de un sueño que arrastraba desde la adolescencia. Sin embargo, en medio de la emoción, iba también preparado para el desencanto; porque cuando se tienen tantas ganas durante tantísimo tiempo al final es realmente difícil que la realidad logre estar a la altura de las expectativas. Y, como siempre pasa, la realidad se encargó de modificar la fantasía. Lo que vivimos esa noche se pareció, a veces, a eso que teníamos en mente, pero definitivamente se encargó también de echarnos en cara que se trataba de algo muy distinto.

Empezaré por el sismo. Sí, porque pocos minutos antes de que Robert Smith y su banda salieran al escenario, ocurrió un temblor de 6 grados en la escala de Richter. No, no es una metáfora ni una licencia literaria, esa noche la tierra tembló. Mi esposa que es especialmente sensible a estos fenómenos me lo comentó con toda calma mientras miraba algo en su celular: “Está temblando”. Durante un minuto entero hubo gente que se asustó y comenzó a hiperventilar, hubo gente que aprovechó el movimiento para hacer la ola, hubo murmullos y voces de tensión mal disfrazada de aplomo, hubo mareos y, sobre todo, hubo un efecto de mecedora brutal que hizo oscilar las torres donde se sostenían las luces y las bocinas. Cuando el movimiento telúrico cedió fue sustituido por “la camaradería de los sobrevivientes”; esas risas, esos chistes, ese interés por el otro que se despierta entre todos los que acaban de compartir un susto monumental. Eso sí, el joven con sobrepeso y con un peinado engominado (de esos que tienen su propia atmósfera particular) que estaba en la fila delantera decidió que ya era suficiente de emociones fuertes, cogió a su novia por el brazo y se fue sin ver a La Cura.  Para el resto de nosotros el temblor no era otra cosa que el preludio perfecto para una noche imborrable.

Y entonces finalmente salió The Cure, sin teloneros ni previo aviso, e hicieron durante cuatro horas y media lo que les dio la gana. Literalmente. Es muy difícil, prácticamente imposible, traducir en palabras lo que fue aquello. No sólo porque la música es intraducible, sino porque aquello era aún más que música: era como un extraño montaje operático. Una montaña rusa delirante en cuyo recorrido tuvimos tiempo para asustarnos, deprimirnos, ponernos nostálgicos, cantar, bailar, reír, entristecernos, angustiarnos. The Cure no tocaba un concierto para complacer a su público, sino que Robert Smith (quien cumplía 53 años esa precisa noche) había decidido tocar el concierto que le daba su más soberana gana. Por momentos fue un espectáculo exclusivamente dirigido a los seguidores del culto, en otros fue lo que la masa esperaba, en otros fue como un acto de propia reafirmación “¿Vinieron a vernos? Pues ahora se calan lo que somos, les guste o no”.

Hay algo en The Cure, y especialmente en Robert Smith, que resulta en una dicotomía tan imposible como fascinante: una oscuridad entrañable. Algo que logra mezclar en su más divina proporción lo tenebroso y la ternura. No me refiero a esa espantosidad mórbida pero al mismo tiempo punta roma y con colores pasteles que ha asumido la tribu de los Emos. Tampoco a esos intentos fallidos en los que lamentablemente ha incurrido la propuesta estética de Tim Burton en la que lo gótico se nos disfraza de chistecito amable o de penumbra pop. Esto de Robertico es algo mucho más complejo, infinitamente más auténtico y más sofisticado. Smith se ha encargado con su look, su música y sus líricas de construir un personaje único e inimitable, un artista en el sentido cabal del término. No tengo dudas al asegurar de que se trata de uno de los artistas más importantes, influyentes y de mayor estilo propio que haya parido la contemporaneidad.

Robert Smith baila como una marioneta, grita, aúlla, hace chasquidos, toca su guitarra –con una postura corporal rarísima– sin esfuerzo alguno para arrancarle un sonido de aparente simpleza pero que nadie más ha logrado reproducir; es como un monstruo entrañable que se ha construido a sí mismo al tiempo que ha permitido que sus cultores lo construyamos. Parece un mito corporeizado, un actor único que se ha colado desde los ámbitos de la ficción hasta esta realidad. Como si finalmente pudiéramos ver en carne y hueso a una criatura desprendida de un bestiario que por accidente cae en esta Tierra (y sí, da miedo, susto mezclado con risa, pero al mismo tiempo dan ganas prodigiosas de adoptarlo para llevárselo a casa).

Al finalizar el concierto se veían las caras de impresión entre los asistentes, algo a medio camino entre la carcajada, el agradecimiento, la extrañeza. Mucho también de saudade, esa sabrosa melancolía, porque pasamos tantísimo tiempo esperando para ver a La Cura y finalmente la vimos (la padecimos, la gozamos, la tocamos) pero ahora nos tocaba despedirnos de ella hasta quién sabe cuándo. Porque Robertico está viejo, todos lo estamos ya, imagina tú cuándo la vida se va a dignar a juntarnos otra vez.

En el camino hacia el carro mi esposa comentó: “Me encantaría incorporar a Robert Smith a la familia. Que fuera algo así como el Tío Roberto con el que se comparte la sobremesa cada domingo”. No podría estar más de acuerdo, esa frase lo sintetiza todo. Salud.

miércoles, 17 de abril de 2013

Con plomo en el ala


Como ya todos saben los venezolanos nos sometimos a elecciones una vez más el pasado domingo 14 de abril. Vamos a dejarnos de cuentos con esa cursilería de la “fiesta democrática” y “la jornada cívica ejemplar”, los procesos electorales en Venezuela son un padecimiento, una cosa a la que nos sometemos debidamente apertrechados de un coctel donde nos la ingeniamos para mezclar el sufrimiento y la esperanza. No nos queda otra: votamos aunque sabemos que el organismo electoral, ese supuesto árbitro neutral, no es otra cosa que un Ministerio de Elecciones que está descaradamente al servicio de quienes ostentan el poder. Votamos porque la inmensa mayoría de los venezolanos no sabemos ni queremos saber de balas, bombas Molotov, conspiraciones ni golpes de estado. Somos un pueblo de una resiliencia pasmosa: nos sobreponemos a los traumas con una tenacidad insólita, nos caemos y nos volvemos a levantar, nos resquebrajan y nos rearmamos, nos fragmentan y nos reagrupamos; parafraseando al Dinosaurio de Monterroso: “y cuando nos despertamos, la esperanza todavía sigue allí”.  Y ahí vamos otra vez.

Algunos fuimos a votar ese día con la triste convicción de que sería en vano, entregados a encarar una causa perdida; pero no por sentirnos minoría sino porque sabíamos que con ese árbitro vendido y con toda la maquinaria del estado puesta al servicio del candidato Maduro sería titánica la tarea de remontar la empinadísima cuesta. Sin embargo, había que ponerse de nuevo el traje de Sísifos, asumir con toda dignidad la más absurda y estéril de las tareas, arrastrar una pesada roca hasta la cumbre de la montaña para luego verla despeñarse apenas coronada la cima. Además, nuestro candidato Henrique Capriles Radonski lo merecía, literalmente se había dejado el pellejo -tal como lo prometió- durante una campaña infinitamente desequilibrada e injusta. Me tomaré la libertad de hablar por quienes votamos por su causa: jamás nos habíamos sentido tan identificados ni tan bien representados por líder político alguno. Nos tocaba pagarle la nobleza con idéntica nobleza, nos tocaba dejar el pellejo ahora a nosotros votando y custodiando esos votos.

Centenares de irregularidades se presentaron en esa jornada electoral: testigos de la Mesa de la Unidad (MUD) que fueron impedidos de cumplir con su trabajo a punta de pistola, decenas de máquinas de votación (sí, tenemos uno de los sistemas electorales automatizados más modernos y también menos fiables del mundo) que no funcionaron o que funcionaron sospechosamente mal, centros de votación donde “votaron” centenares de electores que no estaban inscritos allí, todo ello sumado al amedrentamiento grosero por parte de grupos violentos adeptos al gobierno que con sus motos, sus armas y sus consignas embestían contra los ciudadanos que querían votar. Y sin embargo, a pesar del ventajismo y el desmadre (hechos ante los cuales el organismo electoral aplicaba su característica ceguera selectiva), soplaban vientos favorables para Henrique Capriles. Sería, seguramente, una victoria por un margen estrecho, lo que implicaría el lógico y justo recuento voto por voto del 100% de las papeletas depositadas en las urnas electorales.

El Consejo Nacional Electoral, sumiso ante las directrices del partido de gobierno, decidió dar a altas horas de la noche un boletín oficial “con tendencia irreversible” donde daban ganador al candidato oficialista Nicolás Maduro por escasos 230 mil votos. Ni siquiera se habían tomado en cuenta los votos de venezolanos en el exterior, lo que haría aún más estrecha la supuesta diferencia a favor de Maduro. El comando de campaña de Henrique Capriles manejaba (las sigue manejando) otras cifras, cifras que le daban el triunfo al candidato de la MUD. Insistimos: la lógica en democracia indica que lo justo, lo conveniente, lo pertinente en estos casos –tanto para una opción como para la otra- era garantizar una auditoría donde se contrastaran las boletas con las actas y con los cuadernos que sirven de respaldo al proceso electoral. Eso daría tranquilidad a la opción ganadora y calmaría a aquella que no había logrado la victoria. Llevar a cabo con absoluta transparencia ese proceso de auditoría del 100% de los votos es la única opción para que un candidato ganador tenga absoluta legitimidad y para que pueda comenzar a ejercer sus funciones sin plomo en el ala. Maduro, en la primera oportunidad que tuvo para dirigirse a la nación, ahora como “Presidente Electo” (y por favor hágase hincapié en las comillas) declaró que estaba a favor de esa auditoría, que exhortaba al CNE a ejecutarla a la brevedad; pero a las pocas horas reculó, salió corriendo a pedir consejo (ya sabemos que a Maduro lo “aconsejan” desde Cuba), luego procedió a desmentirse, se apresuró en ser proclamado en menos de 24 horas y en medio de un acto deplorable donde la oradora de orden fue la mismísima Tibisay Lucena, Presidenta del Consejo Nacional Electoral (La Ministro de Elecciones del régimen, llamemos a las cosas por su nombre).  Y en ese momento empezó a cocinarse un platillo infesto impregnado de la pestilencia del fraude: se cerrarían las opciones para el recuento de votos, quienes exigían el cumplimiento de ese derecho eran ahora “fascistas”, “golpistas”, “enemigos de la democracia” y enemigos de esa entelequia que nadie sabe con qué se come que ellos llaman “el pueblo” (por lo visto los 7 millones y tantos que votamos por Capriles, al menos la mitad del país y sumando, somos seres supraterrenales o bien una subespecie que no pertenece al pueblo venezolano). Se dio entonces rienda suelta a la persecución, a la ofensa, los primeros días de (des)gobierno de Maduro han estado signados por la protesta de sus opositores que no lo consideran legítimo hasta que no se haga de nuevo el conteo; pero sobre todo han estado caracterizados por la torpeza, el nerviosismo, el embrutecimiento y la radicalización del régimen, cosa que hace vaticinar los peores y más lamentables escenarios para el país.

Pienso, así lo he conversado con mi esposa durante estos días, que realmente lo que está en juego ya ni siquiera es la posibilidad de que Henrique Capriles sea reconocido como Presidente de Venezuela, sino lo que se está intentando ahora mismo es de desmontar algo inclusive más grande: el tinglado de una dictadura que se ha sabido valer (quién sabe desde cuándo) de una fachada de democracia e institucionalidad. El gobierno no hace otra cosa, con su necia negativa a la auditoría y con sus continuos atropellos a los ciudadanos que la exigen con toda legalidad, que evidenciar que tiene plomo en el ala. Y algo aún más grave para ellos: que el legado del “gigante Chávez” tiene pies de barro. La conducta lamentable del CNE siembra demasiadas suspicacias, ¿cómo no pensar que eso que están haciendo hoy no lo han estado haciendo durante años? ¿Cómo quieren que pensemos que la “limpieza” y la “transparencia” que ha caracterizado a este proceso electoral no han manchado a los anteriores que también han estado en manos de este mismo CNE? ¿A qué le temen si se sienten tan confiados en haber ganado ampliamente y en buena ley la contienda? Han tenido la oportunidad de hacer las cosas bien pero una vez más han elegido hacerlas mal, de la manera más turbia, la que más se presta al "aquí hay gato encerrado". Tibisay Lucena tiene mucho que explicar y será difícil que salga bien librada de ésta. Independientemente de lo que ocurra de ahora en adelante, hay un tufillo insoportable a fraude que arropará al CNE y a su candidato-proclamado-a-toda-urgencia Nicolás Maduro. Hagan lo que hagan, asuman sus responsabilidades o no, las cartas ya están echadas y no existe perfume, jabón ni desodorante que les logre maquillar la pestilencia.

Es la hora de la calma, de la política seria y de altura (algo que no hemos tenido en décadas), es el momento del largo aliento. La inmediatez, la violencia y los desmanes por salir ya, en pocas horas, de todo esto, no son de ninguna manera las cartas que tenemos que jugar. Hay que ser muy astutos, muy inteligentes, muy sensatos; independientemente de lo que pueda ocurrir mañana hay una ganancia que en lo absoluto es cosa menor: tenemos un líder que se ha consagrado y que se merece un voto de confianza más. Permitamos que haga lo que nos ha demostrado que sabe hacer con sus propios tiempos, estrategias y buenas artes. Ya las cosas, aunque no seamos capaces de verlo ahora mismo por lo convulsionado del panorama, se están decantando por su propio peso. Es una jugada maestra que amerita nuestro compromiso como equipo bien unificado y que finalmente podrá sentar las bases para una verdadera democracia en Venezuela. 

La esperanza, como en la caja de Pandora, se empeña en seguir allí.