
Para los griegos pocas cosas eran tan abominables y tan dignas de castigo como la soberbia. Comportarse como un Dios, o incluso atreverse a humillar a los enemigos, era castigado por los dioses del Olimpo por mediación de la diosa Némesis. Los griegos llamaban Hibris a ese pecado que cometen los soberbios, los arrogantes, los que se jactan de estar por encima del resto de los mortales. Y toda Hibris era recompensada inefablemente con su respectiva Némesis. No puede ser digno el héroe que humilla a quienes vence, ni tampoco el héroe que se toma atribuciones que no le corresponden.
Cuenta la mitología griega que la arrogancia de Perseo era tal, después de lograr sus descomunales hazañas, que los dioses decidieron mandarle a un enemigo que él no pudiera derrotar. Le enviaron un escorpión justo cuando el héroe dormía, despertó con el aguijonazo y se apresuró en buscar su arco y sus flechas para darle muerte al agresor; sin embargo el efecto del veneno le ganó el cuerpo. Moriría Perseo viendo alejarse al escorpión y por esa razón, cuando en las noches levantamos la mirada hacia la bóveda celeste, nunca las constelaciones del guerrero Perseo ni la de Escorpión coinciden en el mismo cielo nocturno. El héroe, valga la metáfora astronómica, quedó condenado eternamente a perseguir a un animal que siempre le llevará demasiada ventaja para ser alcanzado.
Supongo que esa misma mecánica operó en la flecha que certeramente Paris le encajó en el talón a Aquiles. Nadie podía negarle a Aquiles su grandeza entre los grandes guerreros; pero nadie tampoco –por muy encolerizado que estuviera el héroe por la muerte de su amigo y escudero, Patrocolo- podía justificar que Aquiles, luego de dar muerte al troyano Héctor, atara su cadáver al caballo que jineteaba para arrastrarlo frente a todos, incluso frente a su anciano padre, Nestor. Para decirlo en criollo, allí Aquiles se fue de palo, se pasó de la raya. Tienes derecho a vencer y a sentirte victorioso, pero ese ensañamiento con el vencido no te lo vamos a admitir.
La flecha disparada por el cobarde y conflictivo Paris, hermano del humillado, sería la portadora de la dosis necesaria de Némesis para ponerle coto al exceso de Hibris que le nublaba las entendederas a Aquiles.
En la ciencia ficción -sea ésta en literatura, en cine o en cómics-, existe una especie de contextualización moderna de este mismo tema de castigos divinos e inevitables para quienes actúen con soberbia. Le llaman el complejo de Frankenstein. Y, tal como su nombre lo indica, se recoge en la metáfora de un monstruo que se vuelve en contra de su propio creador. No nos corresponde a los hombres jugar a ser dioses ni tomarnos atribuciones que decidan la vida de otros seres. Quien ose jugar ese juego, sólo reservado a Dios, será castigado; y no puede haber un castigo más ejemplar que la rebelión de la propia criatura. Aquello que has creado está destinado, y te condenará mañana, a una muerte horrible que ejecutará con sus propias manos.
A buen entendedor, pocas palabras. Que nadie se asombre mañana cuando en otros escenarios mucho más cercanos y cotidianos se repita ese espantoso partido de fútbol (con prórroga y penalties incluidos) que se dio en Milán con el cuerpo de Benito Mussolini como balón.
Si algunos leyeran más mitología griega y más ciencia ficción, en vez pasarse la vida jugando a los dioses malcriados en tiempos de guerra, ya habrían puesto sus barbas en remojo. Quizás. O por lo menos tendrían oídos para escuchar que ya Frankenstein se ha desencadenado y viene en camino.