lunes, 25 de febrero de 2008

El complejo de Mary Poppins (o cómo hacer para que el universo entero quepa en un bolso)



Voy a confesar algo: yo detesto a Julie Andrews. Pero no es gratuito, la odio porque se lo merece. Primero por ser Sor María en La novicia rebelde (The Sound Of Music o “Sonrisas y lágrimas” –qué fuerte- como se llamó en España) y luego por ser Mary Poppins. Esa mujer no tiene idea del daño que ha hecho. Claro, yo debo ser uno de los pocos gatos en el mundo que tiene un trauma con la novicia María y la familia Von Trapo. El único que cuando los ve correr y cantar vestidos con retazos de cortina verde, con los Alpes suizos de fondo, siente unas ganas irrefrenables de coger un hacha y ensañarse contra la pantalla hasta que no quede vestigio de la película, hasta borrarla de la faz de la tierra. Yo tuve que ver como 25 veces (no exagero) esa película durante mi infancia. Coño de la madre: me sé las canciones. Me sé de memoria los diálogos a pesar de que es de las cosas más horribles que he visto en mi vida. Porque a mí mis hermanas me preguntaban: “¿Quieres ver Mazinger Z, quieres ver el mundial de fútbol o quieres ver Perdidos en el espacio?” Y yo sudaba por las palmas de las manos de la emoción, daba gracias a todos los santos porque por fin me tocaba mi turno con la tele y decía: “¡Quiero ver todo eso, gracias, muchachas!”. Se sonreían maliciosamente, se frotaban las manos y me decían: “Pues no, primero vamos a ver La novicia rebelde otra vez”.

Pero yo no venía a hablarles de La novicia rebelde (perdonen, pero es que cada vez que se asoma el tema sufro una regresión a los 6 años combinada hipersegregación de bilis y se me nubla la razón bajo una densa nube roja), yo venía a contarles sobre el complejo de Mary Poppins. Sobre ese extraño trauma heredado por toda casi todas las mujeres de la humanidad que se empeñan en meter la casa en su bolso. Quizás como un residuo ancestral que proviene de los tiempos en que éramos nómadas, una obsesión por llevar encima todo lo que se pueda. Pese lo que pese, sirva o no sirva, quepa o no quepa. Esa curiosa manía de meter la mano dentro de ese espacio recubierto de tela, cuero o plástico para sacar un ayudante de cocina, un avión, un terodáctilo, un abrelatas punta roma, unos emparedados de mortadela, un oso polar tamaño natural, un yunque. Qué sé yo, las posibilidades son infinitas, en el bolso de una mujer puede hallarse una galaxia, la mandíbula del eslabón perdido, floras y faunas endógenas que los científicos ni sospechan.

Cada vez que mi mujer me dice: “¿Me alcanzas mi celular que está allí dentro de la cartera?” Yo tiemblo, se me vienen encima ochenta años de un golpe, respiro hondo como si tuviera que enfrentarme a un parto con la mano limpia y me veo en la necesidad de meterme hasta los codos en un planeta estampado con la cara Marilyn Monroe donde (juro que no exagero en esto tampoco) me tropiezo con el libro que ya leyó, el que se está leyendo ahorita y el que se va a leer después, hay también dos o tres bolsitos verdes y negros donde están las tijeras, el cortaúñas, la crema para las manos, un jabón líquido para limpiarse al seco, colorete, lápices labiales, dentífrico, cepillos de dientes (el viejo, el nuevo, uno eléctrico sin abrir dentro del plástico), varios peines, sombra para los ojos (es curiosísimo porque ella no usa maquillaje; pero tiene todo eso allá adentro, y es buenísimo porque si te pide, por ejemplo, el cortaúñas entonces éste se avispa y le da tiempo de saltar de un bolsito al otro y siempre aparece tras quince minutos de pesquisas justo donde no debería estar), uno se machuca los dedos con las llaves de puertas olvidadas o con llaves que encajan en cerraduras que no abren a ninguna parte, de lugares donde no vive o a los que no ha ido en décadas, hay dos o tres monederos rebosantes con monedas extranjeras o fuera de circulación, un par de billeteras indigestadas hasta la obstrucción intestinal con cualquier cantidad de papeles inútiles (no se puede botar nada que uno no sabe cuándo se va a necesitar), tres bolígrafos (dos sin tinta, ideales para prestárselos a la gente cuando estás apurado).

Tú nunca encuentras el teléfono del carajo y dices: “Coño, esa vaina no está aquí”.Y ella responde con tonito obstinado: “Dame acá, chico, es que no sabes buscar”. Y lo encuentra, no sé cómo hace, pero mete la mano hasta el hombro y con la misma soltura con la que Mary Poppins sacaba una lámpara de pie, o el Gato Félix un auto convertible, ella se saca el telefonito a la primera y sin tener siquiera que asomarse adentro.

Tengo un par de anécdotas sobre bolsos insólitos. En una oportunidad estaba de visita en casa de una amiga, a quien se le había desprendido un ligamento por estar intentando abrir con todas sus fuerzas un frasco de mayonesa, y me pidió que le sacara los analgésicos del bolso. Ella no podía porque tenía un clavo sobresaliéndole por la muñeca, y el clavo quirúrgico se le enredaba con la tela de la blusa, chocaba con los apoyabrazos de la silla, se enredaba con los aros metálicos del llavero. Mejor tener la mano quieta y en alto. Yo gentilmente metí la mano en su bolso (un gordito cabrón forrado de tela con lentejuelas), pero lo hice con mucho ímpetu y entonces algo adentró se rompió. Acabé con pedacitos de vidrio clavados hasta por debajo de las uñas. “Ay, se me olvidó decirte que estaba adentro el frasco de mayonesa con el que me jodí la mano. Es para mostrarle a la gente lo difícil que es abrirlo”.

Y en otra ocasión, buscando -durante largos minutos y a tientas- los cigarrillos y el mechero naufragados dentro de la cartera de una compañera de clases, juré haber encontrado el yesquero y cuando lo saqué triunfal resulta que aquello era un potecito plástico lleno de algodón con un alacrán adentro. “Coño, se me olvidó otra vez llevarlo a los bomberos para lo del suero antiescorpio. Pobrecito, lo tengo allí desde anteayer. Muévelo a ver si sigue vivo, pero ten cuidado que la tapa no cierra bien, está medio mala”.

Hay un cuento de Cortázar llamado “No se culpe a nadie”, donde un hombre es asfixiado por su propio suéter de lana. Estoy seguro de que en alguna parte, en este momento, un bolso se está tragando a alguien de quien no se encontrará jamás ni rastro.


lunes, 18 de febrero de 2008

Nostalgiable o melancolible.



“Saudade”, según me explicaba mi amigo portugués Marco Texeira, es una expresión que no sirve como sinónimo para el término nostalgia, no es un equivalente exacto para la melancolía. No existe una palabra en español que encierre ese sentimiento: el de una nostalgia sabrosa, el de una tristeza que se irradia desde un núcleo bonito. Al parecer “tener saudade” es algo más cercano a lo placentero que al sufrimiento; es como guardar una memoria de algo que fue agradable pero ya no está, y sin embargo esa ausencia es quizás más entrañable que su misma presencia. Similar a una cortadura o un golpe fresco que nos eriza en su roce contra las sábanas, una molestia o dolorcito con el que dormimos aún mejor. Nos dejamos caer en lo más mullido del cojín de la autocompasión y se está bien, se siente cálido, a gusto.

“Manquer”, en francés, sería el equivalente al verbo “Extrañar”. Pero aplica mejor al amor fou de los franceses, al amor absoluto y desquiciado cuando está asociado e imbricado con la locura. Que alguien te manque es poderosísimo. Es como sentirse amputado porque un miembro ya no está. Aquello que complementa, aquello que me permite estar entero me ha sido arrebatado, por lo tanto voy manco por la vida. Se dice que la mente tarda mucho más que el cuerpo en percatarse de la ausencia de una extremidad, eso ocurre en las personas que han perdido una pierna o un brazo. El miembro faltante sigue picando, molestando, es rascado, movido y acomodado, como si aún estuviera adosado a nosotros. Lo mismo ocurre cuando estamos mancos afectivamente. No son pocos quienes besan, acarician, charlan y sonríen al vacío que les acompaña en los instantes de mayor soledad. Esa nostalgia prodigiosa que corporeizamos con moléculas de aire sobre nuestra cama o a la que entrelazamos los dedos –casi imperceptiblemente, cuidando que nadie nos vea- en un paseo solitario por la orilla, es una artimaña para asumir y neutralizar aquello que se empeña en macarnos.

Pero no he encontrado en ninguna lengua un término que sirva para recoger ese matiz de la nostalgia que nos habla de tener saudade por aquello que no hemos vivido. Un nombre que le encaje a eso que se mueve en los territorios de lo “melancolible” o lo “nostalgiable”. Aquello que no deberíamos extrañar porque nunca lo tuvimos, y sin embargo no tenerlo en la memoria nos duele un rato. Una palabra que sirva para llamar a ese recuerdo inventado de lo que nunca ocurrió, por nuestra culpa. A ese deseo de tomarse un trago con alguien que ya no está. De charlar hasta caer dormidos con alguien que hace años se fue. A esa pulsión que de pronto nos asalta por ser o hacer algo para lo que ya no tenemos tiempo. De pasear y meterse en las tiendas de cómics, libros y discos en ciudades que jamás pateamos y a las que jamás –lo sabemos- visitaremos. Ese deseo de darle oportunidad, una más, a algo a lo que nunca le dimos chance.

En una pared cerca de la estación de metro de Barceloneta había un graffiti que un novio despechado le escribió a su ex: “En un mundo paralelo, tú y yo vamos de la mano”. A eso se parece un montón la definición de la palabra imposible que estoy buscando.


jueves, 14 de febrero de 2008

¿Cómo pudiste?


Existe una escena memorable en “A History Of Violence”, la película de David Cronenberg (qué grande Cronenberg) inspirada en una novela gráfica de John Wagner y Vince Locke. William Hurt –encarnando a uno de los mafiosos más divertidos y absurdos jamás- da la orden a sus matones para que allí mismo en su presencia liquiden a su hermano menor, Viggo Mortensen, quien pretende hacerse una vida aparte del mundillo de la mafia y eso le ha costado a la familia un dineral. Pero los gorilas no tienen idea de que Viggo Mortensen es más peligroso aquí que siendo Aragorn en El señor de los anillos. Así que cuando intentan ahorcarlo Viggo les da una coñamentazón monumental, les parte las rodillas, los brazos, las narices, les deja regados y en trocitos por el suelo. Entonces William Hurt, incrédulo y con una pistola en la mano, en vez de salir a perseguir a su hermano fugitivo, se acerca al jefe de los matones, al responsable del desastre que está allí tirado, hecho mierda sobre la alfombra, y le dice, dos veces: “¡Cómo pudiste cagarla tanto!”.

Estoy seguro que, al menos en una o dos oportunidades, todos hemos tenido ganas de decirle a alguien exactamente eso: “Coño, vale, de verdad cómo hiciste para cagarla tanto”.

Algunos casos:

- Cuando yo era niño escuché que a una amiga de mi tía le hicieron una cirugía estética para reducirle la flacidez del abdomen y cuando, tras la dolorosísima recuperación, por fin le quitaron los vendajes... descubrieron que al médico se le había olvidado hacerle el huequito del ombligo. Adivinen qué fue lo primero que le dijo.

- Y sé de alguien a quien le dejaron olvidada una pinza antes de coserlo. Pues cuando se enteró, lo mismo.

- El primer dueño de un Caniche a quien se le ocurrió dejar a su perro en la peluquería canina bajo la promesa de “estamos experimentando con esta raza unos cortes de vanguardia estilo francés que les va a quedar deliciosos”; y cuando lo fue a buscar encontró a su querido ejemplar convertido en esa cosa espantosa con calentadores y sombrerito de invierno ruso.

- Cuando Paul McCarteny se muera estará esperándolo George Harrison al final del túnel. Lo esperará en posición de la patada de la grulla y le clavará un suelazo en mitad de la frente. “Coño, güevon, nosotros éramos los Beatles, cómo coño hiciste para cagarla tanto”.

- Cuando Phil Collins (que tiene la marca de la bestia justo debajo del mechoncito del copete) llegue al final del túnel lo estarán esperando sus excompañeros de Génesis y le dirán: “Cabrón, cómo se ocurre haber convertido a Génesis en esa basura. Cómo coño hiciste para cagarla tanto”.

- Cuando Fidel se muera, al final del túnel estarán todos los cubanos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad que alguna vez creyeron en la revolución y le dirán a coro, en un coro muchísimo más alto y enérgico que el de los ángeles celestiales: “Comandante, cómo coño hizo para cagarla tantísimo”.

- Lo mismo estará escrito algún día en una pancarta en la Plaza Bolívar de Sabaneta de Barinas. Y eso será lo único que estará allí para recibirlo cuando se baje del autobús.

- Al señor que metió un recurso de amparo para quitar la medida del pico y placa en Baruta, “porque es ilegal, a mí me cae mal ese alcalde y además yo casi ni uso el carro”, adivinen qué le dijo la esposa cuando llegó a casa. Lo mismito que le dicen todos los que se gastan dos horas en la cola para llegar al trabajo todos los días, gracias a él.

- Y lo mismo les dirán -apenas con su mirada vidriosa y sin necesidad de decir una palabra- las madres de todos estos malandros bien, rufianes de cuello blanco, salpicados en el lío de la valija de 800 mil dólares. “Coño, hijo, no es por nada, pero qué manera de cagarla, ¿no?”


jueves, 31 de enero de 2008

Teoría sobre lagartos



El primer día que reparé en el detalle se trataba simplemente de una cáscara de huevo cocido tirada allí al borde del camino. Un obrero se lo habrá desayunado mientras andaba rumbo a la construcción y dejó caer la concha dura, partida por la mitad, sobre la tierra -“esto sirve de abono para las matas”-. Al día siguiente, misma hora, pasé de nuevo por la curva del huevo y entonces descubrí que la cáscara ya no estaba vacía. La habitaba un lagarto. Un lagarto negro, pequeño, estilizado, con pinta de gente simpática que disfruta de la sombra bajo una tienda de campaña. Se puso un poco tenso cuando sintió mis pies levantando el polvo a pocos pasos, pero no se movió de casa. Su casa ocupada, su casa tomada.


Imaginé que la providencia me había regalado un guiño, una metáfora. Dos cosas que no tienen relación de pronto encajan en un espacio extraño y de esa unión curiosa surge algo hermoso. Peculiar, pero hermoso. El lagarto que juega a ser caracol ermitaño con una concha que no es de mar sino de huevo. El tipo que no pertenece, que es un permanente extraño, pero que afortunadamente cae en un sitio y se afana por convertirlo en su hogar para redimensionarlo todo. Recordé las películas de Stan Brakhage donde mezclando témpera con alas de polilla se construyen trepidantes bosques frondosos cuadro a cuadro. Pensé también en que nadie está exento de ser, aunque sea una vez en la vida, ese lagarto. Nos empeñamos en estar en un lugar al que no pertenecemos, de tomar posesión de aquello que supuestamente no nos va, de unirnos con gente y con cosas que “no son como uno”, y al final alguien te agradece el disparate. A veces, incluso, ese alguien tan agradecido es uno mismo. La casa del lagarto es como la vida, pensaba yo.

Pero la vida es una dama volátil que te vomita encima y no ha acabado la arcada cuando ya te clava un beso prodigioso, fresco, inolvidable (a veces es al revés, primero te da el besazo y luego te cubre de bilis). Porque al día siguiente, cuando ya estaba puliendo mi teoría sobre el lagarto en la cáscara del huevo de gallina, convencido de que esa era la historia que el destino me había obsequiado, me di cuenta de que el lagarto seguía en casa; pero muerto. El lagarto había ido allí para morir.

Me arrodillé y tomé la cáscara con el lagarto muerto, vuelto una espiral tiesa en su interior. Me dio un poco de pena. Tristeza por él, triste por mí que se me había ido al carajo mi teoría de las cosas que no van juntas pero que cuando encajan por accidente son aún más bellas. La belleza ahora pintaba seca, cubierta de hormigas y empezaba a heder.

Y fue allí que recordé sin recordar –es bueno esto de ser una especie de cleptómano de las ideas, pues te acuerdas de cosas que no sabes a quién se las escuchaste y a veces crees que se te ocurrieron a ti- un poeta sueco que decía que los hombres hacemos el amor porque es el momento más cercano que tenemos en la vida de volver al útero. Es nuestra máxima aproximación, nuestro más grande esfuerzo de meternos en ese espacio cálido del amor y la seguridad. Es como si algo primitivo nos impulsara a volver al vientre de la mujer amada. Buscamos en otra mujer, por otros medios, reinsertarnos en esa matriz de amor, cobijo y bienestar que sólo en el útero materno hemos conocido. Y como dice el gran Quino: deberíamos acabar la vida de la misma manera en que la comenzamos, con un orgasmo.

No tengo idea de cómo los homosexuales lidian con la pulsión de ese deseo primigenio. Le preguntaré a un amigo con quien puedo conversar de estos temas con absoluta desvergüenza a ver qué opina; aunque seguramente me dirá que los gay no tienen esa inquietud porque meterse en el vientre de la mujer amada es algo que sencillamente no les va ni interesa. Tampoco sé cómo solucionan el tema, o si acaso lo padecen, las mujeres. Creo que ni quiero saberlo, lo prefiero parte esencial de ese misterio intrincadísimo y fascinante que son ellas. Es probable que me lo expliquen, con paciencia y cariño durante la vida entera, y esa explicación estará siempre hilvanada con texturas y colores que no calzan con los matices que concibe mi espectro. Viviré condenado a no saberlo, menos mal.

Curiosamente, la vida -que es también una maestra muy extraña-, me ha regalado una teoría sobre cómo manejan el asunto ciertos lagartos.


jueves, 24 de enero de 2008

Psicoanál-iPod



Mucha gente cree que su apéndice electrónico natural es el teléfono celular. Se equivocan. Nunca el nexo es tan significativo y profundo como el que construye uno con su reproductor de música MP3. Porque ese carajo recoge como ningún otro aparato los retazos esenciales que lo componen a uno. Es un modelito a escala de nuestra personalidad, reproduce lo que fuimos, aquello que somos y lo que ya no somos. O lo que nos gustaría ser. El Ipod es la cápsula espacial –una privada y de bolsillo- en la que depositamos toda la música que no puede dejar de estar porque si se pierde nos desvanecemos también nosotros un poco. Los gringos dicen “You are what you eat”; algunos creemos que uno, más que aquello que come, es lo que oye.

El otro día un amigo me decía que un Ipod vive más o menos un año, a veces dos. Que el suyo andaba medio enfermo desde hace meses, pero que ya había aprendido resucitarlo cuando le daban los achaques. Aunque lo más seguro es que se le muriera pronto y tendría que comprarse otro más nuevo, más guapo, con más capacidad, para llenarlo de millones de gygabites de música que jamás en su vida va a tener tiempo de escuchar. Yo dije, pensando en el mío que es un entrañable anciano en muletas: “mierda, si este carajo se me muere se lleva a la tumba la mitad de mi música que no le tengo respaldo en ningún otro lado”. “Pues le debe quedar muy poco de vida, así que pilas” me dijo el amigo –que en ese momento lo sentí bastante menos amigo por andarme condenando a muerte a un familiar cercano-.

En “Broken Flowers”, la película de Jim Jarmusch, Jessica Lange encarna a una psicoanalista de animales que trata de canalizarle los traumas a un gato. Psicoanalizarle la mascota a alguien es una manera indirecta pero certera de tratar las neurosis del amo. Yo creo que más de uno debe estar acariciando la idea de hacer lo mismo con los Ipods. Tiene que estar surgiendo un movimiento, el psicoanál-Ipod, donde uno lleva su aparato de MP3 a consulta y se lo deja en manos a un psicólogo que también es crítico musical.

El psicoanalipodista -una suerte de científico intelectual vestido de Armani, con los cabellos cuidadosamente despeinados uno a uno- se acomoda sobre la nariz sus lentes de marca y le dice “por favor salga y regrese en una hora”. Coloca sobre el diván al aparato –porque el paciente es el Ipod y no usted- y le echa un vistazo al contenido, a la manera en que usted le ha organizado los archivos, si escribe con puras mayúsculas, en altas y bajas o en minúsculas, si le pone fotos a los discos o no, si le pone forrito protector a la criatura o lo tiene todo abollado y rayado. Luego pone a sonar música en reproducción aleatoria y mientras escucha lo que suelta el Ipod desenfunda su libreta de cuero para ponerle nombres, traumas, complejos, síndromes, castraciones, represiones a todo ese relato que el aparato está contando por usted y de usted.

Cuando, pasada una hora, vuelve al consultorio (más nervioso que un padre primerizo que ha dejado al retoño en su primer día de escuela), se encuentra con que el Ipod está ligeramente cambiado. Algo hostil, una incomodidad, un aire de antipatía o tal vez un dejo de rencor se respira desde el aparatito. El analista le dirá que le presenta a su nuevo Ipod y que lo felicita porque usted ha dado el primer paso en el camino de la superación de todos sus males. Que todo aquello contradictorio, las canciones que chirriaban con otras, fueron editadas para no darle más cuerda a su bipolaridad. Que la construcción de una personalidad ecuánime y armónica radica en alimentarse de insumos sonoros que no ofendan ni le tensen los nervios a nadie. “A partir de hoy ya usted no padecerá de su desorden de personalidades múltiples porque musicalmente estará inhabilitado para ello”. Que había artistas que definitivamente no le iban bien y por ello fueron eliminados. Que se corrigieron las imágenes más bonitas para que lo fueran aún más y las feas fueron suprimidas, porque hay que deslastrarse de la basura y rodearse de cosas bellas. Que toda aquella música considerada mala música fue sustituida por una selección de la mejor música (saltándose olímpicamente aquello de que para cada quien la música que le gusta es buena música y la que le disgusta es mala; pero quién le manda a meterse en una psicoanál-Ipod). Ah, claro, y que esta semana la cita cuesta 500 pero a partir de la que viene tiene una de control, para ver si hay avances (que nunca los habrá), y serán a 1000.

Usted saldrá de ese consultorio con su Ipod sonando en los oídos, pero también con la cruda sensación de que un extraño le acompaña, un desconocido que le grita cosas que usted no quiere ni le interesan en la pata de la oreja. Y pensará que quizás la clave esté en aquella amiga muy querida que hace poco le habló de andar en Hathanálisis –una cosa que mezcla Hatha Yoga con terapia psicológica-. Que parece que uno aprende a llorar de rabia al ritmo de la respiración del fuego y mientras haces asanas (posturas estáticas) le confiesas al terapeuta lo miserable que te hicieron sentir tus padres aquel día cuando rompiste un jarrón a los seis años.

Dos pasos más adelante usted mandará largo a la mierda al mundo entero, se quitará con un gesto rabioso los audífonos y le dirá a su Ipod a grito limpio: ¡Mira, gran carajo, tú sabes cómo es la vaina, que apenas lleguemos a la casa te voy a volver a llenar de toda esa basura maravillosa que me gusta a mí!


martes, 15 de enero de 2008

Análisis formal a unos billetes fuertes muy fuertes

En forma de silogismo nos han querido clavar la promoción de la nueva moneda nacional. Como si con la repetición automática y hasta el hastío de “un bolívar fuerte, una economía fuerte, un país fuerte” se estructurara una suerte de mantra que impactaría la realidad y la convenciera –nos convenciera- de ser otra cosa.

Así pues:

Un Bolívar Fuerte (qué maravilla lo que son los adjetivos, tú le pones “fuerte” al lado a cualquier sustantivo y de inmediato se pone grandote, papeado y valiente).

Una economía fuerte (qué bueno, esta es la parte del silogismo en la que a todo el mundo le da como risa nerviosa o pena ajena, como los carajitos cuando dicen una mentira).

Un País fuerte (aquí sí que estoy totalmente de acuerdo. Este país es muy fuerte. Tanto que debería traer en el empaque algo similar a lo que traen las cajas de analgésicos: Ibuprofeno Extrafuerte, Paracetamol Ultrafuerte. Y así uno se hace una idea del rollo en el que se está metiendo).

El billete de 2 trae en el anverso a un gordito, rechoncho, caretón, de pelo negro y ojitos de pillo. Y nos quieren meter el strike de que ese pana es Francisco de Miranda. Miranda, el de La Carraca, era una suerte de dandi seductor, afrancesado, elegante, alto, delgado, carilargo, de lacia y larga cabellera canosa que alguna vez fue castaña. Señores, por favor, acaso nadie se ha dado cuenta de que el carajo que sale en este billete no es Miranda… ES DIOSDADO CABELLO. La campaña presidencial para el 2013 ha comenzado, hechos los bolsas, de manera más o menos subliminal.

Este billete de 5 es producto del delirante sincretismo que se obtiene al cruzar a Aristóbulo Istúriz con Piedad Córdoba. Seguro que quien lo diseñó es un fanático de Mazinger Z que después de grande se metió a bolivariano y un día se preguntó: ¿cómo sería nuestro propio Barón Ashler? Y entonces agarró la cara de uno, el turbante de la otra, el color de éste, la sonrisita de aquella, se sacó un híbrido digno de la isla del Doctor Moreau y aquí lo tenemos vuelto billete.

En el reverso este papel moneda luce a un armadillo o cachicamo. Cobardes, se les enfrió el guarapo a última hora, tenían que lanzarse con todo y poner ahí lo que de corazón querían ponernos: un rabipelado.


El billete del Cacique Guacaipuro -que ha matado a su mujer-, sospechosamente parecido a nuestro rutilante Ministro del Poder Popular Para la Educación, Adán Chávez, en sus años mozos, mentor político de su hermanito el teniente coronel y en un futuro, si nos descuidamos, Gran Archiduque de Sabaneta de Barinas.


El espectacular billete de 20, sobran las palabras. En una sociedad donde se cuida tanto el género, donde nos cuidamos tantísimo en decir pluscuanperfectamente cosas como “pianistas y pianistos”, “jalabolas y jalabolos”, “mediocres y mediocras”, “infelices e infelizas”, jurando que la respuesta a los movimientos feministas y a la procurada equidad entre los sexos radica en esas soberanas güevonadas… surge la brillante idea de dedicarle un billete rosado a una heroína del terruño. Claro, porque, díganme: ¿de qué color son las niñas? Rosado. Rosado y moradito. Debemos ser el único país del mundo que tiene un billetito femenino rosa. Se sugiere sacarle una versión alternativa sustituyendo la imagen de Luisa Cáceres de Arismendi por la de Hello Kitty o la de las Chicas Superpoderosas.


El de 100, claro no podía ser de otra manera, es el de Bolívar. El magnánimo, el inalcanzable, el padre de todos los comedores de arepa –les guste o no-. Me pregunto por qué, simultáneo a todo este movimiento bolivariano que se rasga las vestiduras por Don Simón y que deben andar buscando las maneras de canonizarlo, nombrarlo cabeza del Consejo de los Jedis, de armarle un huequito en el pesebre al lado del niño Jesús y de que se instituya internacionalmente una nueva oración que rece: “Bolívar nuestro que estás en los cielos…”, por qué no surgirá un movimiento que simbólicamente devuelva a Bolívar al Panteón. “Coño, mi pana, muchas gracias por liberarnos, gracias por la épica, las cartas, las frases célebres, las recetas de cocina, de verdad nos quitamos el sombrero, pero ya basta, viejito”. Ya está fuerte, ahora más que nunca. Y nos libramos un poco de ese fardo, gracias por el legado pero ya es hora de lanzar esas maletas que nos anclan a un pasado negado a mirar sin complejos hacia adelante, llegaron los tiempos de vivir con el fantasma sin que su espíritu nos agobie en cada paso con su pesadísima sombra. Sugiero hacerle un billete único de un billón de Bolívares Fuertes a Bolívar. Un billete que nadie jamás podrá utilizar y que quedará guardado bajo llave junto a sus huesos. Mientras tanto que escritores, historiadores, artistas, gente de a pie, se avoquen a construir otros héroes. Cosa que nos hace tanta falta.


El billete de 50 lo quise dejar de último, porque es la flor que nace en el fango. El billete verde de Simón Rodríguez, una perla que con disimulo se cuela entre la escoria. Entre tanto héroe de batalla, tanta muerte trágica y el nefasto alud de neoestética patriotera se asoma el civil, el maestro, el revolucionario de las ideas y las letras. Y en el reverso del billete el que quizás sea el animal más mítico, el más peculiar y menos célebre de nuestra fauna autóctona: el oso frontino. Esos sí son dos detallazos como para ufanarse, para sentarse a pensar en la Venezuela posible que aunque la oculten acabará por irrumpir. La vida a pesar de todo después del temporal.



jueves, 10 de enero de 2008

Épica mínima del tonto urbano


U salió de casa y al pisar la calle se colgó los audífonos y subió el volumen al aparato. Escogió el camino de la izquierda, el más pedregoso, el empinado, el menos transitado. Pensó: “por qué será que nunca te buscas la más fácil”. Caminó un rato, inmerso en su banda sonora privada, pocos metros más arriba descubriría que la carretera de concreto daba lugar a un camino de tierra; siguió subiendo, levantando el polvo a su paso, y en la primera curva encontró dos gruesos montículos de arcilla molida rebosantes de hormigas negras en frenético ataque de construcción. Se le antojó estar en presencia de uno de los hormigueros más grandes del mundo. Al sentir que los primeros insectos comenzaban a cosquillearle ascendentemente por la espinilla dispuestas a morderle la carne del muslo decidió que era momento de continuar su camino. Pasó por una segunda curva, con todo el sol del mundo en la cara. Se le borró el camino, se le borró el borde del precipicio, se le borró el pensamiento. En esa curva, lo supo, sólo cabía el sol. Nada más que el sol. A ciegas, con el cerebro envuelto en un halo azul, llegaría entonces a la entrada del bosque flanqueada por una máquina amarilla; una planta eléctrica o acaso una bomba hidroneumática, en cualquier caso, fuera lo que fuera, era gigantesca y orinaba aceite negro por debajo de las faldas metálicas. En puntas de pie bordeó el charco infesto y se adentró en el bosque. Una serpiente negra, enrollada bajo las sombras de la máquina lo esperaba al otro lado. U dio un brinco, puso la mayor cantidad de tierra y arbustos entre él y la culebra; entonces descubrió con alivio y vergüenza que la serpiente no era tal, que era una simple manguera rota dibujada con una trama de recuadros blancos similares a escamas. Parecía un tentáculo mutilado que alguien le había cortado malamente a la máquina para luego dejarlo tirado allí.

Seguiría U adentrándose por el sendero del bosque, bajó el volumen de la música para escuchar mejor la charla de los pájaros, los murmullos de los animales agazapados tras la maleza, algo que no se ve pero que se rompe, eso invisible que se despeña. Se adentró en ese reino donde de pronto las plantas se empiezan a parecer a animales y los animales a plantas. Llegó a un claro donde se levantaba un gigantesco árbol seco sobre cuya rama descansaba un zamuro, grande y orgulloso como un buitre. Deseó U tener una cámara para registrar el momento, o, mejor, tener el poder para acercarse a los zamuros como si fueran perros nobles para sobarles el cogote con un par de palmadas afectuosas. Y como el zamuro no se intimidaba ni mostraba asomo de nerviosismo el hombre se acercó. Se acercó tanto como pudo hasta que el animal abrió las alas las batió tres veces y se lanzó al vacío. Se quedó U un rato junto al árbol viendo al pájaro oscuro planear contra el sol. Y le dieron ganas de bailar un poco. Quizás lo hizo en secreto, pero eso nadie lo sabe.

Decidió volver a casa, ya era tarde, seguro y comenzaban a preocuparse. Pero algo le mordió el talón, luego el tobillo. Pensó en un escorpión, quizás una avispa. Bajó, no sin pánico, la vista hacia sus pies; se rió de sí mismo, eran simples cadillos. Haciendo pinza con el pulgar y el índice se dispuso a sacar los cadillos que le mordían las piernas y se aferraban como garrapatas al algodón de las medias. Pero los cadillos, diminutos erizos verdes coronados con espinas rojas, eran tenaces. Se pinchó los dedos hasta sangrar. Se dijo: “estos son mutantes, radiactivos, los cadillos que yo conocía de niño eran verdes y no puyaban tan duro”. Logró arrancar a los más tozudos, emprendió el regreso a casa cojeando un poco y con la mano presa del escozor. El camino de bajada era amplio, soleado, de una arcilla rojiza compacta que de pronto tenía destellos. Se acercó a ver qué era aquello que brillaba y se maravilló al descubrir que se trataba de una piedra de cuarzo, una que a la naturaleza se le había antojado diseñar en forma de cubo. La desenterró, la sopló, la acarició con esmero entre sus dedos, a pesar de que el pulgar seguía entumecido, caliente, palpitante. “Me la llevaré a casa y le diré: mira lo que traje para ti”. Y cuando más absorto estaba en ver cómo se filtraba la luz del sol por entre los dibujos del mineral translúcido sintió el primer ataque. Un tordo en vuelo rasante le había despeinado la coronilla. U siguió con la vista a su agresor, desprevenido de un segundo ataque lanzado por otro pájaro que viniendo por la retaguardia casi le arranca un mechón de pelos. Corrió, corrió con todo, con vergüenza pero con decisión. Con el rabillo del ojo vio que los pájaros se agrupaban en formación de ataque y se le venían encima de picado. Pensó en lanzar la piedra, pero era su tesoro, su piedra escogida entre millones, la piedra no, eso nunca. Así que decidió hacerles frente. Gritó, agitó los brazos, y cuando los tenía al alcance lanzó una patada, una mawashi geri –la mejor que encontró en su repertorio después de 20 años sin practicar-. Los tordos huyeron volando en tirabuzones, haciendo unas piruetas rarísimas muy parecidas a los movimientos espasmódicos que hace la gente cuando se caga de risa, pero en esos ataques de risa tan pero tan fuertes que dan ganas de lanzarse al suelo y gatear. “A lo mejor cuando tienen mucho miedo vuelan así” pensó U, “pero mejor aclaro las dudas con mi amiga Eleonora que es de su misma especie", agregó.

Llegaría U a casa algo maltrecho, con ligero rengueo, el pulgar un poco hinchado. Abrió la puerta y cruzó el umbral con una exhalación. “Mira, te he traído un regalo sorpresa” le dijo a su Penélope que en delantal preparaba el almuerzo. Le entregó la piedra y ella dijo: “qué bonita, gracias”. U le mostró el dedo magullado coronado con un punto de sangre seca: “Vengo malferido, como diría el Quijote”, Penélope giró la cabeza y sin descuidar la comida humeante besó la zona adolorida. Utilizó lo más tierno del labio y un toque de lengua. U sintió que se le erizaba un vello interno por debajo de la epidermis. Devolvió el beso sanador con uno en la nuca de su mujer. Y tuvo una certeza en ese instante: “Quién diría que esta cadena de menudencias, esta concatenación de detalles tontos, se acaba pareciendo tanto a la felicidad”.

jueves, 3 de enero de 2008

La fórmula Emparan




De Emparan se habla hoy poco. Como si no tuviera ya cupo en el discurso oficial, no le guardaron ni siquiera una constelación diminuta en ese nuevo mapa celeste de los héroes y villanos que, apresuradamente y a trompicones, escribe la nueva historia de Venezuela. Se lleva demasiada saliva y centimetraje Ezequiel Zamora, no hay tiempo ni espacio para Vicente de Emparan cuando todos los esfuerzos están avocados a buscar la manera de encajarle a grandes y a chicos -con fuerza, maña y salivita- a Fidel Castro y al Ché Guevara como componentes fundamentales del renovado espíritu patriotero. Cuando se gasta tanta goma de borrar en desaparecer de los libros al catire Páez –ahora rebajado a la condición de pillo y traidor- pues imaginen ustedes qué fácil es con el mismo impulso eliminarle todo vestigio de existencia a un chiquito como Emparan.

Cuenta la historia -al menos la que estudiamos nosotros, que por lo visto era otra- que en el abril de 1810 Vicente de Emparan y Orbe, el último Capitán General de Venezuela, se asomó al balcón que daba a la plaza y le preguntó a la muchedumbre criolla que allí se concentraba si querían que él siguiera gobernando. La gente al principio no se atrevió a decirle al gobernante que no le querían, pero el padre Madariaga se había colocado astutamente detrás de Emparan, y le hizo gestos a la multitud para que se envalentonara y gritara: “No, no queremos.” Y entonces Emparan dijo algo que muy pocos han tenido, y tienen, la dignidad de decir: “Pues yo tampoco quiero mando”. Y dicho esto se fue para el carajo.

Hace pocas semanas nuestro payaso trágico particular que a veces se disfraza de presidente asomó la posibilidad de exhumar los restos de Simón Bolívar porque a él le olían raros esos huesos del Panteón y seguro que ni de Bolívar eran porque a él le consta que Bolívar fue asesinado por los traidores. Se equivoca una vez más el señor –no tanto por su teoría digna de un CSI colonial- sino que no son los de Bolívar los restos que debe procurarse, son los de Emparan. Hay que buscarlos donde sea, hay que revisarle el ADN hasta los tuétanos, recogérselo de cabellos y uñas. Y una vez hallados sus restos, y comprobados que pertenecen al Capitán General, destilar la esencia de Emparan para vacunar a la gente. Fabricar pastillas de Emparanox 500 mg, Emparan en gotas, Emparanol suero glucosado. No sé, hasta podría inventarse en laboratorio un virus Emparax que se esparciera como el Antrax. A ver, ojalá la dignidad se contagiara.

Cada vez que le venga un amigo a casa a llorar porque la mujer lo dejó, se fue con otro, le dijo que no lo quería desde hace rato, usted le pone diez gotas de Emparanol al trago y se lo hace beber fondo blanco: “Mi pana, recuerde a Emparan: si a uno no lo quieren pues uno tiene que aprender a dejar de querer”. Después de esa pea verá cómo el hombre empieza a vivir su despecho con mayor dignidad.

Si usted se siente cautivo en un trabajo de mierda, rodeado de gente que lo desprecia, haciendo no sólo algo que no le gusta sino que además le hace daño, aguantándose a un jefe que lo humilla, pues no tiene que meterse Lexotanil, ni Prozac ni Tafil, usted se inyecta una intravenosa de 3 cc de Emparanil, renuncia, mete sus cuatro cositas en una caja de cartón y se despide con un “Pues yo tampoco los quiero”.

Si por casualidad usted comienza a ver que a su retoño lo maltratan los compañeritos del colegio, que se afana en su intento de ser amigo de un grupete de rufianes infantiles que se burlan de él y lo tienen de sopita, pues suminístrele Emparín de uso pediátrico. En poco tiempo se sacudirá a los pequeños pelmazos y se rodeará de amigos que de verdad lo quieran y lo merezcan.

Y si usted, vamos a suponer, es gobernante y le pregunta a la gente si quieren que el país sea suyo por decreto, si quieren que usted mande hasta que se muera de viejo, si quieren que usted sea quien le ponga los nombres y los dueños a cada pedacito de cualquier cosa que se le ocurra y la gente –igualito que a Emparan- le responde a todo eso: NO, NO QUEREMOS. Pues usted no dice “Por ahora…”, tampoco dice que lo intentará por otras vías, ni dice “ya veremos, inmaduros de mierda”. No, señor, usted se busca esencia de Emparan y se la administra en abundantes dosis, por vía oral, en inhalaciones, en globulitos homeopáticos o en flores de Bach. Se medica con su Emparan concentrado, uno antes del desayuno y otro antes de acostarse, y así lo va asimilando por unos 1825 días (eso son unos 5 años). Seguro que se le quitan todas las pataletas. Y bueno, en caso de que su organismo se resista mucho a la medicación, pues no se preocupe, seguro que sacarán también Emparan en supositorios. Encontrará a más de un voluntario dispuesto a ayudarle a no saltarse ni una sola dosis.

martes, 11 de diciembre de 2007

La gente del recuadro


En los días siguientes al referéndum un amigo -que ha seguido desde su pueblo todo este trote con una pasión quizás mayor que varios venezolanos- me hace el siguiente comentario:

-Che, todo bien que ganó el NO a la reforma, está bárbaro; pero te confieso algo, a mí me mata de pena es la mina del recuadro, esa que traduce simultáneamente en lenguaje de sordomudos las boludeces que dice Chávez durante horas.

Y yo me quedé en blanco pensando: “qué comentario más raro este”. Pero así son a veces las cosas que más nos dan alimento para el pensamiento. Ahora, por culpa de este sujeto, tengo obsesión con la chica del recuadro. Ahora ni escucho lo que dice el traducido sino que sufro, vibro, me maravillo con las cosas que hace la traductora con esa materia extraña que ha de transformar.

Por ejemplo, el otro día a Chávez le dio por cantar (cosa que a algunos provoca deseos de ser sordos) y la mujer –allá en el rincón, chiquitica a escala, abajo a la derecha- decidió hacerle la coreografía al “Hoy todo me parece más bonito, hoy canta muy alegre el ruiseñor…”, hasta que llegó un momento en que la tipa abandonó, hizo un gesto de “no sea pendejo nadie” y se cruzó de brazos furiosa hasta que el presidente terminó.

En ocasión de los resúmenes de la alocución que dio el presidente asumiendo la derrota en la madrugada del lunes 3, la chica logró traducir con absoluta entereza la parte de “final de fotografía dice el jockey con gran alegría” (que vaya que no estaba fácil). Pero luego, cuando le tocó traducir las cifras del NO con 50,71 y el SÍ con 49,29, puso cara de “Cónchale, yo que nunca aprendí a dividir con decimales, me vuelvo un culo”.

Y el día en que el Ministro de la Defensa dijo con confiado vozarrón a los cuatro vientos que Chávez era Impresionable (queriendo decir que no era presionable –es que la revolución no sólo es estética, es lingüística también-), la muchacha se redujo aún más en su rectangulito, se hundió de hombros e hizo gesto de: “No vale, qué pena con esa gente, me voy a hacer la loca, yo esto ni lo oí”.

Lamentablemente, no conozco a nadie del gremio de los intérpretes a lenguaje de sordomudos. Me imagino que tienen un estricto sistema de rotación, y cada vez que alguien le toca un Aló Presidente o una cadena presidencial llora lágrimas de sangre, negocia cambiarlo por 10 noticiarios, ofrece una tajada gruesa del salario anual, intenta hacer un trueque con sus aguinaldos, busca una constancia médica para que le den de baja por depresión o para que justifiquen que no puede hacer ese trabajo porque está comprobado que traducir a Chávez somete al traductor a un serio maltrato neurológico.

Igual me gustaría que los especialistas en lenguaje de sordomudos, los dignos habitantes del recuadro, me ayudaran a aclarar algunas dudas que se me van haciendo existenciales:

-Cómo se dirá en lenguaje de sordomudos: “Presidente, mire, a lo mejor esa victoria es pírrica y de mierda y a usted no le interesa ni un poquito porque prefiere lo corajudo de su súper derrota… ¡coño, pero cómo se la están gozando los que votaron por el NO!”

-Cómo se traducirá, si uno es muy meticuloso con su trabajo, a un vocero como William Lara con su verbo sibilante y esas eses que chasquean como delicados látigos hasta en sitios donde no van: “Yo, como miembrosssss de este gobiernosssss bolivarianosssss estoysssss profundamentesssss satisfechossss por la derrotassss obtenidassssss”.

- Y si por ejemplo uno tiene que traducir, ponte tú, a un Alcalde que hable como si fuera Guille el hermanito de Mafalda pero con sobredosis de plomo en el cerebro: “Motodizados mantenedze acuadtedadoz. Nuezto lided madzimo, ed lided fundamentad de la devoduzión se comunicadá con udztedez y gidadá inztrudziones pada ejedzed demostazion de fuedza”.

- (A ver, compartan un secreto, que les juro que no se lo cuento a nadie… cuando habla el Ministro Carreño –aunque quizás hablar no sea el verbo más feliz cuando no se dice nada ni significa nada lo dicho, pero bueno- ese es el momento más divertido del año para Ustedes ¿verdad? Allí se vale todo. Es como cuando a los niños les dicen en la escuela “Al final, en este espacio en blanco pueden hacer un dibujo libre”).

-Cómo se conjugará en lenguaje de sordomudos la primera persona del plural del verbo “adquerir”. Por ejemplo: “Cuando jurábamos haber ganado adquerimos la derrota”.

-Cuáles serán los gestos precisos para decir: Presidente, disculpe, podría bajarse el pantalón y ofrecer la nalga izquierda, es para ponerle este sellito con la fecha de caducidad “Vence en el 2013”. No se moleste, presidente, colabore, mire que para TODOS es mejor eso a que Usted se vaya luciendo en el mismo sitio la huella de una bota militar.


miércoles, 5 de diciembre de 2007

El Referendazo


Me cuenta una querida amiga uruguaya, Paola Perkal, que cada vez que hay un juego importante de la selección en el estadio Centenario de Montevideo, el público despliega una gigantesca camiseta celeste que dice “1950”, en honor a la fecha del inolvidable Maracanazo, asunto al que 57 años más tarde los uruguayos le siguen sacando punta. Paola me lo cuenta con algo de ironía, con un toque de sarcasmo autocrítico, pero algo en el fondo de sus ojos brilla de legítimo orgullo, una emoción silente que se contagia y le provocan a quien la escucha las ganas de sentirse uruguayo al menos por unos segundos. Pase lo que pase, aunque la celeste no gane un mundial nunca más, a pesar de que el Maracanazo sea irrepetible, ese 2x1 contra Brasil en la final, endosado a domicilio, contra todo pronóstico y con absolutamente todo en contra, sobrevivirá al paso de los siglos. Los pueblos y las personas necesitan eso en su historial, poder tomarse una cerveza, ponerse una mano en el hombro –por más que el mundo afuera se empeñe en caerse a trocitos- y comentar “Coño, ¿te acuerdas del día en que fuimos grandes?”.

El domingo 2 de diciembre nos tocó a nosotros jugarnos un partido crucial. Teníamos un equipo raro, pero eso no tiene nada de peculiar porque Venezuela siempre ha sido un equipo raro, y justamente por eso resulta tan entrañable. Nos enfrentábamos a un equipo de puros Materazzi forrados de rojo. En el fútbol hay rivales que no proponen, no construyen, no tienen estilo de juego. Su única estrategia es el saboteo. No saben ni pueden jugar de otra manera. Te responden una gambeta con un insulto, a un pase con una patada a la canilla y cuando te metes al área para cabecear un corner te pellizcan, te halan de los pantalones, te escupen, te dicen asquerosidades sobre tu madre o tu hermana. Hay adversarios que no están interesados en jugar, lo que quieren es sacarte de juego. Sacarte de quicio. Provocarte. Dignos discípulos de una nefasta escuela que ha proliferado –en este terreno de juego como en tantos otros-, la que rinde tributo a la trampita, la del saboteo, la de la jodita y la destrucción. Empeñados en hacer de lo extrafutbolístico un monstruo infesto que salpique a lo futbolístico. Y así te ganan, cuando caes en la trampa, cuando se te vuelan los tapones y de tanto que te hostigan acabas por encajarle la cabeza como un mazazo en el centro del pecho. Tarjeta roja y fin del sueño.

Pero el domingo 2D les metimos un golazo. Y sintieron la punzada, les dejó heridos de muerte. El gol más lindo en años, el más bonito que se recuerde. Fue una jugada colectiva que los dejó regados como barajitas sobre el gramado. Nicolás Maduro quedó sentado en el medio campo, llorando como un enorme bebé bigotudo. Cilia Flores perdió su típica sonrisa dibujada por el desprecio y entonces un cerro de años se le precipitó sobre el rostro. Barreto intentó atravesar su gruesa humanidad pero le colaron el balón bajo las piernas en un túnel prodigioso que no pudo detener ni siquiera lanzando una estocada. Soltaron a los perros de presa de la defensa, Jessie Chacón y Freddy Bernal, pero no les dio tiempo siquiera para desenfundar o de aventurar un hachazo de esos que ellos –como buenos metedores de pierna- son capaces. Enfilamos al arco, entrando un poco orillados hacia la derecha, por los predios de Diosdado Cabello; pero misteriosamente el hombre no se defendió, se apartó, dio un pasito a un costado, nos dejó el carril libre (como si le conviniera más bien el gol en contra). Salió de defensa central, desgañitado con la yugular a punto de estallido, vuelto una furia y con los tacos en alto, Jorge Rodríguez; pero lo dejamos tendido con una gambeta corta. Y entonces nos salió Chávez dispuesto a defender su arco con la propia sangre (aunque primero con la del resto de su equipo y luego, si no hay otro remedio, pues con unas gotitas de la suya). No sé cómo la metimos, sería de taquito, un poco de medio bolea, con las uñas, con los dientes apretados, con la punta del pelo, arriesgando la cara, de culo, con la mano de Dios (que algunos me juran que se escribió con B de Baduel, pero qué sé yo), la metimos exhalando un último aliento, con los arrestos que teníamos; pero entró, pegadita al palo, tan ajustada que casi no entra, pero esos son justamente los goles más hermosos. Chávez quedó mordiendo la grama, con el gusto a tierra entre los dientes, desinflado como un titánico monigote que se pincha hundido de cara al suelo.

El árbitro dio tiempo de recuperación –mucho más del que correspondía-, forjó al partido a prórroga cuando no era necesaria y cuando la prórroga llegó al final y nosotros seguíamos arriba en el marcador exigió que se jugase otra prórroga más. Y otra. Hasta que ya no se pudo tapar más el sol con un dedo. Tibisay Lucena, a pesar de portar un rictus que casi le impedía soplar, dio los tres silbatazos finales. Y Venezuela celebró. Se abrazó con una honestidad, una alegría y un cariño que hacía años que no se lograba abrazar.

Algo me hace pensar que nosotros también dentro de 57 años estaremos desplegando una colosal camiseta que nos cubra a todos: la del 2 de diciembre de 2007, el día del Refrendazo. Porque esa noche del 2D las cosas amenazaban con hacerse planas para siempre, con restringirse a las mezquinas dos dimensiones que exigía la propuesta de reforma; pero milagrosamente llegamos a un amanecer en 3D. Allí ganamos una dimensión más. Cuando más nos quisieron pasar la aplanadora más nos crecimos, nos hicimos más anchos, más largos, ganamos en profundidad. Crecimos en volumen y demostramos una enorme capacidad. Pasarán, pues, muchos años y muchas cosas, y sin embargo, con un orgullo que ya para entonces será parte de nuestros genes (y a pesar de que, como siempre, el mundo afuera seguirá empeñado en caerse a trocitos) compartiremos una birra, nos pondremos una mano en el hombro y nos invitaremos a rememorar ese día en el que, coño, fuimos tan pero tan grandes.



sábado, 1 de diciembre de 2007

Simplemente NO



- Porque no me como, no me he comido nunca, ni me comeré, esa mezcla de morcillas en almíbar, chispitas de chocolate, queso llanero rayado, escorias de plomo y litio en gotas llamada socialismo bolivariano.

- Porque no me olvido del detallazo de que Jorge Rodríguez, actual jefe de campaña por el Sí, era el presidente del CNE durante el referéndum del 2004.

- Porque no me olvido tampoco de que Jessie Chacón, actual jefe de CONATEL, fue el mismo Comandante Gato que acribilló al personal de VTV en el golpe de estado hace 15 años.

- Porque no me gustan las personas ni las movidas acomplejadas, violentas, cursis y la revolución me resulta profundamente acomplejada, violenta y cursi.

- Porque no me gustan los militares en el poder. Son incluso peores –y hay que echarle un cerro de bolas- que civiles impresentables de la calaña de Jaime Lusinchi o Carlos Andrés Pérez.

- Porque no dejaré de sentir un poco de alivio con mi propio juicio cada vez que anuncian –de madrugada, siempre de madrugada- que ellos ganaron con el 98% mientras yo sé que formo parte del irreductible 2% que nunca ha votado por esta mamarrachada ni lo hará.

- Porque no puede tenerse la caradura de andar indignado por la vida gritándole a los adversarios “golpistas, asesinos, conspiradores, cobardes”. La proyección en otros de las propias falencias es siempre cuestionable, pero cuando se convierte en un ritual se hace además patético. Es como si yo reventara de furia en un festival de improperios cada vez que me cruce con un tipo bajito y narizón.

- Porque yo no tengo la más mínima culpa de la alucinación patriotera debajo del Samán de Güere, ni de las taras afectivas apuntaladas por una vida traumática, ni tengo que buscarme de padre adoptivo a Bolívar para paliar la orfandad biológica e intelectual.

- Porque no me gusta y descreo de la gente que te impone un protagonismo permanente y para siempre.

- Porque no creo en su grandísima inteligencia, no me como el cuento de su vasta cultura, porque dudo de sus lecturas.

- Porque no creo que tenga talento para presidente sino para comediante.

- Porque no se calla.

- Porque no se comporta.

- Porque no escucha.

- Porque no piensa.

- Porque esto no es una reforma constitucional, es un delirio. No del Chimborazo, sino uno Chimbo, a secas.

- Porque no hallo otra manera de decirlo: Yo voto No. Y punto.

lunes, 12 de noviembre de 2007

¿Por qué NO te callas?


Yo he visto al Rey sentado en su tribuna del Santiago Bernabeu en la final de la Copa del Rey y me he convencido de que el hombre tiene una especie de dimmer emocional justo debajo de la piel del entrecejo. Es imperturbable, como si tuviera injertado un aparatito que le regula las emociones y se las calibra en un mínimo absoluto que no tiembla. Lo he visto cuando gana el Madrid 3 a 0 y el Rey tiene una sonrisa benévola como de abuelo que ve un partido entre los nietos, que le da exactamente igual si el mayorcito golea al chiquilín o si el chiquilín se rebela esta vez y procura el empate aunque ello le cueste dos dientes de leche. Si uno tuviera un testímetro para medirle la emoción al Rey en esos instantes estoy seguro de que la cosa daría un neutralísimo 5 (en la escala del 1 al 10). También le he visto cuando pierde el Madrid por goleada contra el Barcelona y al Rey se le ve en el rostro una sonrisa de dignidad y aceptación que arrojaría idéntica medición: 5. Lo he visto compitiendo en importantes regatas y mientras todos en el equipo sudan, gritan, saltan, se agachan, se cuelgan, el Rey, vestido con ropa sport blanca y gafas de sol, sostiene impertérrita una cara como de jugador de golf mientras camina hacia el próximo hoyo -que es su favorito pero él nunca se lo ha dicho a nadie-. También lo he visto cuando saluda a los españoles deseándoles un feliz año, o cuando le nace una nieta, o cuando intentó frenar aquella intentona de tiros dentro del Congreso –en manos de un milico de bigote portador de un simpático sombrerito en forma de bacinilla- en los años 80. Y el hombre, podría jurarlo, en todos esos casos tenía idéntica cara de que le mides con un gustímetro y te da 5.

Por eso es que me cuesta creer que un hombre del equilibrio y la experiencia de Don Juan Carlos haya perdido los papeles con Chávez el otro día. Chávez juega a eso todos los días, es un maestro de la provocación y del sabotaje. Es perfectamente entendible que a cualquier hombre de a pie lo saque de sus casillas, allí él se hace grande, Chávez es una especie de dementor que se alimenta de la frustración de sus víctimas. Mientras más grande sea la ira contenida, mientras mayor la amputación de su contraparte para devolverle la bofetada, más se crece. Me parece insólito que el presidente venezolano haya logrado movilizarle la aguja del dimmer emocional al rey, y que se la hay subido hasta donde la escala se vuelve roja y sobrepasa al 10. Que lo haya sacado de personaje, además de sacarlo de quicio, y lo haya puesto –allí, en mitad de la cumbre iberoamericana- en los zapatos del típico viejo madrileño que en una tasca se asoma sobre la barra llena de tapas, cañas y servilletas manchadas de grasa para mandar a callar al atorrante fanático del Atlético que a viva voz se mofa de las desgracias del Real. Da la sensación de que el Rey dejó de ser Rey por un rato, así como Chávez hace rato que dejó de comportarse como un presidente.

Sin embargo, ese “Por qué no te callas” suena a pedrada con vidrios rotos. Es una cosa incómoda que a muchos opositores de este peculiarísimo presidente que nos gastamos les puede provocar un poco de risa nerviosa, algo de vergüenza ajena o un toque, inclusive, de lástima. Quizás detone mucha de esa extraña sensación a medio camino entre la frustración y el alivio que nos embarga cuando en el juego del escondite alguien más libra por uno, o cuando grita “¡Por mí y por todos!”

No faltarán las voces indignadas que salten ahora para dictar cátedra sobre la colonización dejada siglos atrás, sobre la inutilidad de las monarquías, sobre los altibajos en las relaciones de Latinoamérica con la madre patria o sobre el racismo. Me preocupan, en lo personal, ciertos brotes xenófobos que he visto en algunas marchas de los adeptos al gobierno, pancartas insólitas que dicen cosas como: “fuera del país los inmigrantes de mierda”. Espero que esta poca ortodoxa invitación al silencio de Don Juan Carlos no sirva como agitador que sacuda con saña al avispero.
Qué enorme pinta esa partícula negativa en el medio de la frase Por qué NO te callas. Seguro que, en estos días electorales que corren, se le sacará mucho jugo y mucha tela, y quien se adelante en la fabricación de las franelas, las gorras, las calcomanías, los timbres de teléfono, los paraguas, se forrará en grande. Hubiera sido muy distinto que la frase fuera: “Tu SÍ que hablas, joder”, o “Si no te callas, me levanto de esta Silla y te clavo una hostia que te Siento de culo”. La veríamos editada y en loop por todos los medios masivos estatales de radiodifusión . Y citada mil veces, a voluntad y conveniencia, por Tibisay Lusina, por Desirée Santos y por Silia Flores. Júrenlo que sí.

martes, 6 de noviembre de 2007

Being Peter C.


Algo muy especial ocurre con Peter C. ¿Y sabes algo? Peter no es como tú. Es único. En un mundo en el que progresivamente hemos ido perdiendo la capacidad de asombro de pronto irrumpe él y en breves segundos, con una simple declaración, nos demuestra con una llaneza supina que las cosas son exactamente al revés de como todos las estamos viendo. Peter C. es como un vidente, tiene un súper poder como el de Superman pero no para necedades como ver a través de paredes o derretir metales, Peter tiene visión para asomarse en el otro lado del espectro, mira eso que nadie ve y nombra lo que nadie se atreve a decir. Por eso es que, como él nos dijo, Montesinos realmente está muerto y todos los que luego lo vimos con vida somos víctimas de una alucinación colectiva. Por eso es que uno cree ver televisión cuando se sienta frente al decodificador de Directv y resulta que no estás viendo nada, lo están viendo a uno. Nos están espiando a través de ese aparato que no es para ver sino para ser observado. Y por eso es que Peter insiste en que dispararle a la Metropolitana desde Puente Llaguno –marchantes civiles de por medio- es un acto de heroísmo, en defensa propia y de la patria, mientras que pelearse a puño limpio con los mismos metropolitanos es una evidencia de que los estudiantes son forajidos, golpistas y, sobre todo, pagados por la CIA.

Peter no es como Williams, que cuando habla de su mandamás tiene que sacarse el vello púbico de su jefazo con pinzas de debajo de las uñas -y otras veces, quizá, hasta con hilo dental-. Peter tampoco tiene esa actitud canina, esa sumisión del rabo entre las piernas, del Capitán Jessie. Peter no es como Godgiven, a quien le notas la cara de pillo desde Plutón, con esa mueca socarrona que no se puede quitar de encima y que lo pone en evidencia: no se traga el cuento de la revolución socialista ni un nanosegundo, que lo que anda es escuchando el tintineo metálico de sus millones de bolívares fuertes y débiles, de sus dólares hiperfuertes y de sus euros ultrafuertas; esa sonrisita de maestro titiritero que manejando los hilos desde detrás de la tela oscura piensa “qué fácil es embutirse en una franelita roja mientras uno se forra, carajo”. A Peter tampoco le mueve el odio, el reconcomio, no es esa bolsa negra de 200 litros de basura pestilente y de enclosetamiento tóxico que es el gordo John. Ni tampoco es el soldado raso al estilo Freddy, que no cuestiona ni se opone, simplemente acata las instrucciones de arriba, balbucea un “sí, maestro” y las ejecuta con docilidad de perro policía.

Peter C., y he aquí lo delirante, cree de verdad lo que está diciendo. Él está convencido de esas cosas insólitas que a su cerebro se le ocurren y que conecta sin filtro a su boca, sin que nada se las ataje ni se las dosifique. No siente el mínimo temor de ese que alguna vez hemos sentido el resto de los mortales: “coño, mejor me callo y no digo esto porque es un disparate”. No, Peter está seguro de que está diciendo la verdad. Él no duda. Él no miente.

Cada vez que sintonizo un canal y está hablando Peter no puedo escabullirme. Me quedo atrapado escuchando su ronca voz de milico, su breve gagueo, su tartamudez mental que le hace escupir las ideas como una cañería llena de barro y burbujas de aire; me captura en su red alucinada y siempre, al menos una vez por discurso, me arranca una risotada o un aplauso: “¡Qué bárbaro este pana, mira lo que está diciendo!”.

Tengo varias sospechas y me gustaría que me ayudaran a dilucidar cuál de ellas se acerca a develar el misterio de Peter C:

1) El tipo es un personaje escapado de un relato futurista distópico, uno que por alguna extraña fisura en la brecha realidad-ficción cayó en esta tierra de gracia. Estoy casi seguro que es un Delta o un Epsilon fugado del Mundo Feliz de Aldous Huxley. O un Gamma pero con sobredosis de Soma.

2) La vida en otros planetas existe. Ya están aquí entre nosotros. Él es uno de ellos.

3) Quien está de acuerdo con Peter y entienda su mensaje será salvado por los extraterrestres por medio de una nave nodriza que aterrizará en Miraflores. El resto moriremos con el fin del mundo que se avecina. Los elegidos por él serán llevados a otro planeta donde serán inmortales, vivirán la revolución bolivariana desde el principio, en loop y para toda la eternidad. (Mierda, qué bueno va a ser no salvarse).

4) Peter es el eslabón perdido. (Telegrama en clave Morse: Científicos del mundo no buscar más. Eslabón está aquí. Listo para llevar al laboratorio. Venir pronto.)

5) Peter es el eslabón que sigue a nuestra especie. Es el Homo Non-Sapiens del futuro. En el futuro todos serán como él. Y el mundo será un lugar muy raro. Aún más raro que este. Coño, rarísimo.

6) Peter es la respuesta venezolana a Deleuze y Guattari. Es el único carajo en el mundo que los deja callados, rascándose las cabezas secas de ideas: “Merde, Jacques, este tipo es demasiado extraño no tengo ninguna explicación ni ninguna frase impenetrable para abordarlo”. “Yo tampoco, Felix, moi non plus, menos mal que se metió a ministro y no a filósofo”.

7) Peter no existe. Es un holograma inventado por la inteligencia cubana en los laboratorios más secretos del régimen. Lo proyectan en tercera dimensión cuando les hace falta y las frases que dice son trozos mal pegados de grabaciones de otros discursos dichos por otros, combinadas aleatoriamente, con el único fin de que cause la mayor confusión posible.

8) Peter es un humorista. El cómico más cómico que ha parido la raza humana. Pero nadie le entiende los chistes. No aún. Dentro de un siglo la gente dirá: “Joder, los actores más cómicos de la historia son, en este orden: Peter C, Cantinflas y luego Chaplin”.

viernes, 26 de octubre de 2007

Ultra Soda



-Por favor no permitas que me den ganas de volver a ir al baño.
-¿Por qué, está muy sucio? El de hombres es tal cual como el del Universitario en un Caracas-Magallanes.
-El de mujeres es asqueroso ¿Te acuerdas del baño más sucio de Escocia en Trainspotting? Bueno, cuando queramos hacer la versión latinoamericana ya sabemos dónde es: el de damas en la tribuna general del Monumental de River.

Se apagan las luces, se encienden las pantallas, se destapa el concierto con “Juego de Seducción”. Allí están otra vez Cerati, Alberti y Zeta, diez años más tarde, rozando los cincuenta, han vuelto como si nunca se hubiesen ido, tocando como los dioses, con pinta de superhéroes veteranos, ciertamente más calvos, con más canas, añejados y curtidos, pero superhéroes al fin. Más Stereo que nunca, Ultra Soda, un tren descarrilado a todo volumen, o mejor un cohete supersónico. El público se asume como inmensa aguamala que se comprime y se agita bajo los haces de luz violeta, salta y se contorsiona como una planta carnívora cuando siente el impacto de los destellos blancos. Los chicos de al lado no se saben ni una canción, pero quién dijo que había que sabérselas cuando lo que se tiene adelante es más un mito que una banda. Se fuman a razón de un porro o dos por tema, cuando vamos por la mitad del concierto ya ni saben muy bien quiénes son esos marcianos que tocan allá en la tarima, y definitivamente prefieren la realidad filtrada por el visor de cristal líquido de su cámara digital que la que se aprecia a pepa de ojo. De vez en cuando intentan seguir el ritmo con aplausos y alcanzan a chocar las manos justo en el momento en que las 120 mil palmas restantes guardan silencio.

Hace muchos años -tantos que ahora siento que fue otro quien lo hizo- escribí una historia dedicada a Soda Stereo. En el cuento tenían veinte años de haberse disuelto (y ni tenían la más mínima intención de reagruparse) y nunca más había salido de este pedazo del mundo una banda tan digna; peor aún, la única música autorizada a sonar en Latinoamérica sería el neo-techno-merengue-erótico. Dadas las circunstancias, un grupo de peligrosos subversivos culturales que en la clandestinidad trafican letras y cintas de grupos extintos como Soda Stereo y Sentimiento Muerto deciden ejecutar un plan: secuestrar a Cerati, a Zeta y a Charly Alberti y obligarlos a reunificar la banda. Buscarlos hasta en el fin del mundo, amarrarlos respectivamente a una guitarra, una batería y un bajo, hacerlos tocar en un megaconcierto costara lo que costara, así fuera en silla de ruedas, así no se acordaran ya de sus propias canciones, así se odiaran por viejas rencillas, así les costara la vida. La propia. La de sus centenares de miles de espectadores que acudirían al recital.

Había olvidado por completo el relato. Mientras estaba en el concierto lo recordé con una nostalgia que rozaba la pena. Sentí que ya no tenía ningún sentido, que la vida se había encargado de pisotear lo escrito, de orillarlo hasta que se fuera por la cuneta. Y la verdad, menos mal. Porque estar allí, ese día, en ese concierto y en ese estadio significaba para nosotros más. Mucho más. Se había perdido una historia, a cambio se había ganado una experiencia de esas que no se pueden contar. Apenas un balbuceo sonámbulo: el avión, la luna, el pájaro, Soda Stereo, los otros sesenta mil, tú y yo.

Aunque, pensándolo bien, quizás se podría ajustar la historia luego de lo vivido. Obligarlos a tocar un repertorio hermético donde no falte ninguna ni sobre nada. Donde estén todas las que tienen que estar y en el orden justo. Que el cierre sea tan genial y tan absurdo como aquel del “gracias totales”. Y que salgan otra vez, y otra, y otra, hasta que la masa drogada de tanta energía colectiva sea quien decida que ya basta, que no más. Tocar hasta reventar. Qué más da, si total es el último concierto. “Eso, amigos de Soda, o los encerramos bajo llave y para siempre en el baño más sucio del continente, que ya sabemos cuál es. Ustedes dirán”.

martes, 9 de octubre de 2007

De Piglia y de Caracas


Lo vi sentado solo, al fondo del auditorio. Vestido de negro, hundido en la butaca, delatado apenas por un destello de reflectores sobre los cristales de sus anteojos. Me armé de valor, superé mi timidez crónica, saqué mentalmente el cálculo de cuánto podía hacer el ridículo si me le acercaba para estrecharle la mano y hablarle. La ecuación tenía varias raíces cúbicas y paréntesis donde el límite de X tendía al infinito, el resultado del despeje daba positivo: iba a hacer el ridículo. Y sin embargo, a pesar de todo, subí hasta donde estaba Ricardo Piglia y le saludé.

Se levantó de su asiento como quien saluda a un viejo amigo y yo pensé “mierda, me confundió con otra persona”. Me le presenté con torpeza, y no era para menos, tenía enfrente a uno de los escritores a quién he leído con mayor devoción en la vida. A los pocos segundos Piglia hizo un par de chistes de esos que rompen el hielo, charlamos sobre su novela “La ciudad ausente”, sobre la ciencia ficción latinoamericana, de Philip K. Dick: “leéte a Philip Dick, allí está todo”, insistía. Me dio su correo electrónico para seguir en contacto y hasta me deletreó cómo se escribía Princeton.

La ponencia de Piglia me pareció conmovedora. Hubo un segmento en el que habló acerca de los libros que nos transforman la vida. Él sostiene que esos libros los reconocemos porque somos capaces de rememorar puntualmente el instante cuando los leímos. Que se nos queda fijada en la memoria esa luz, ese lugar, el momento justo en que por primera vez tuvimos ese libro entre las manos. Y que al terminar de leerlos ya nosotros somos otros.

Apenas Piglia cerró su intervención me tuve que ir corriendo pues tenía una reunión de trabajo. Salía de ese auditorio radiante, con un correo electrónico que valía un imperio, con la satisfacción fresca de quince minutos imborrables en los que de casualidad abracé a ese hombre. Venía contento, con el cielo limpio, la brisa en la cara de una tarde espectacular, el acento de Ricardo Piglia y sus consejos aún frescos. Me detuve junto al obelisco de la Plaza Altamira y me quedé mirando a los andamios que montaban para un concierto esa noche. Me dieron ganas de tener una cámara a mano para fotografiar ese instante. “Qué bien, Caracas, hoy es día de Piglia y de conciertos, todo en menos de cien metros”.

Y en eso, en pleno delirio pacifista, escucho gritos: “¡Agárrenlo, agarren a ese coñoesumadre!”. Y me doy cuenta de que se vienen corriendo hacia mí diez tipos y de los andamios se bajan a toda velocidad diez más y se ha formado en la mitad de la plaza, conmigo en el medio, una batalla campal. Una coñaza colectiva que afortunadamente se limitaba a puños, patadas, gruñidos, mordiscos. Llegan dos motorizados de la Policía de Chacao y con sus sirenas dispersan a los tumultuosos, excepto dos que insisten en triturarse la cabeza contra el concreto. Cada policía se hace cargo de uno de los contendientes. El primero prefiere dejar la historia hasta allí, el otro no, está demasiado alebrestado. Saca un brazo por encima de las cabezas y con el dedo tieso amenaza muy cerca del rostro a su rival:

-Te veo en la morgue, bichito.

Yo sigo mi camino, dejando la escena atrás pero con la frase clavada en la cabeza y el pecho. “Te veo en la morgue”. Convencido de que Piglia –que sigue a cien metros pero que ahora me parecen un millón de años luz- jamás ha escuchado una amenaza similar. Imagino que no, o estaría escribiendo de otras cosas.

martes, 25 de septiembre de 2007

El maleficio del titulito


Alguien dijo alguna vez: dame un título y lo tendrás todo. Y la cita -que durante un tiempo, cómo no, fue feliz- se ha convertido en bandera de mucho mediocre para causarnos hoy un daño espantoso.

Es verdad que no todos gozan del peculiar don de Malcolm Lowry, quien escribía como los dioses (quizá, tratándose del personaje, sea mejor decir que como un demonio) y además tenía el toque de gracia para colocarle a sus obras unos titulazos que ya quisiera haber adoptado más de una banda oscura de los ochenta: “Ultramarine” (como de hecho se llamó un grupo en los 90), “Bajo el volcán” (que le hubiera venido bien a un grupo punk o de música industrial), “Escúchanos, señor, desde el cielo, tu morada” (eso suena a título de disco de Bauhaus o de And Also The Trees), “Lunar Caustic” (para una banda electrónica futurista) y “Oscuro como la tumba donde yace mi amigo” que para quien escribe estas líneas resulta el mejor nombre de todos. Será porque esa era la expresión que utilizaba todas las noches mi padre cuando antes de dormirse nos pedía que cerráramos la puerta corrediza del armario: “Ciérrame la puerta de ese closet que es oscuro como la tumba donde yace mi amigo”. Y uno trancaba la puerta como con miedo, con las uñas no más, no fuera cosa de que una mano saliera de allá de adentro. Sin embargo, el arte de hacer cosas buenas y además tener el tino de llamarlas con nombres maravillosos fue una lección que dejó Lowry para que muy pocos se la aprendieran.

Parecemos atravesar hoy, es posible que especialmente en estas latitudes más que en otras, una suerte de dictadura del nombre. Títulos rimbombantes para llamar a bolserías; nombres larguísimos, gordísmos y pesadísimos para nombrar huecos llenos de absolutamente nada. Con la patética ingenuidad de creer que ahora porque las cosas tienen un nombrezote son más grandes, más fuertes, más importantes, mejores. Seguramente, dirán los furibundos adictos a renombrarlo todo, ahora somos más cultos porque tenemos a un Ministro del Poder Popular Para La Cultura. O los niños están mucho mejor educados desde que la antigua Escuela Gran Colombia mutó a “Centro de Formación Socialista Gran Colombia”. Y ahora, claro, nuestra moneda vale más y nuestra economía es más sólida porque hemos bautizado al mismo pedazo de metal como Bolívar Fuerte. Por supuesto, ahora volamos mejor los aviones rusos, y matamos a mayor cantidad de agresores a nuestra soberanía con el mismo disparo de fusil, desde que los militares dicen pertenecer a Las Fuerzas Armadas Bolivarianas. Ah, y Nicolás Maduro es mucho más excelentísimo Canciller que Uslar Pietri porque el finado habrá sido muy intelectual y habrá tenido a mucho amigo invisible pero jamás fue Ministro del Poder Popular para Relaciones Exteriores. Algunos infelices estarán convencidos de que el día que la vinotinto se llame “Gloriosa y Patriótica Selección Revolucionaria y Bolivariana de Fútbol de Venezuela” le meteremos 12 a 0 a Brasil en la final del mundial.

Hay un grupo de cuatro canadienses de Montreal llamado Patrick Watson, nombre que no tiene nada de particular pues así se llama el cantante, lo que sí tiene de particular es que llevan ocho años sin ponerse de acuerdo para adoptar otro nombre. En 1999 el agente discográfico que los quería firmar les preguntó: “¿Cómo se llama la banda?”. Y ellos respondieron: “Aún no lo hemos decidido, pero vamos a llamarle, por los momentos, "Patrick Watson" que es quien armó al grupo”. Y así se pasaron 8 años, y con el transcurrir de ellos parieron tres discos, y cada vez que promocionan una nueva obra dicen: “Por ahora esta banda se llama Patrick Watson, pero seguramente para el disco que viene tendremos otro nombre. Nombre que no hemos decidido porque aún no nos hemos puesto de acuerdo”.

Los Patrick Watson no serán los más ocurrentes a la hora de buscarse títulos. Esa materia la tienen reprobada, pero poco importa. Lo que importa es que hay un trabajo sostenido, una obra bien hecha, un compromiso de artesanos que siguen haciendo su labor e intentan hacerla lo mejor posible. Nadie dejó de hacer lo suyo porque el título no era bueno ni grandilocuente. No comenzaron por el nombrezote, comenzaron por construir la obra. Mientras tanto, en los mismos 8 años –y hasta más-, hay gente que insiste en viajar en la dirección contraria. Manejan un discurso florido, delirante, que les suena a gran cosota –a ellos solitos- y con eso designan a una supuesta obra monumental pero que cuando se le mira bien resulta que no tiene ni un ladrillo pegado con saliva sobre el otro.

Gente como Patrick Watson se ha aprendido la parte más importante de la lección: es mucho mejor tener una buena obra sin un titulazo que un nombre rutilante que sólo sirve de parapeto para designar mamarrachadas.

Lowry no es un escritor prodigioso porque los títulos de sus obras sean como cuchilladas en lo oscuro. Era bueno porque su obra lo era, y el título venía a ser simplemente un brochecito de platino, afilado como la mejor hojilla. Pero hay que estar claros en que no todos somos Malcolm Lowry.


“Luscious Life” de Patrick Watson, o cómo hacer obras dignas sin necesidad de gastarse un titulazo.


martes, 18 de septiembre de 2007

De esferas y cuadrados


El futuro llegó hace rato
Llegó como vos no lo esperabas
Pero el futuro ya llegó

Patricio Rey y los redonditos de ricota


Hay un cuento magistral, Flatland de Edwin Abbott Abbott, en el que una esfera se cuela por una fisura del espacio tiempo y accidentalmente cae en el mundo de los cuadrados. Los organismos de inteligencia del universo bidimensional de los cuadrados no entienden cómo es posible que exista semejante invasión de alguien tan curvilíneo y tridimensional. La esfera es sometida a interrogatorios, a torturas, se le exige que explique cómo es eso que algo puede ser redondo y tener una dimensión más, que si ella no sabe que eso está prohibidísimo en el rectángulo mundo de los cuadrados. La esfera intenta dialogar, pero habla y piensa en tres dimensiones. Eso que dice no significa nada cuando las cosas se conciben únicamente en rectas y planos. Una brecha insalvable la distancia de sus captores. Al final deciden los cuadrados hacer lo único que pueden y saben hacer: condenar a la esfera a la compresión hasta que adquiera las dos dimensiones de rigor y una vez plana se le martillan las curvas hasta que formen cuatro lados iguales unidos en ángulo de 90 grados. Problema resuelto.

Pocos relatos tan vertiginosos y tan vaticinadores de lo que se nos vendría encima como ese de la esfera y los cuadrados. Theodor Adorno, a mediados del siglo pasado, se preguntaba cómo era posible la poesía después de Auschwitz; en ese momento mucha gente se habrá cuestionado si el progreso servía de algo, luego de que todas las artes y todas las ciencias acumuladas por la orgullosa cultura occidental se habían puesto al servicio de una banda de chiflados que acabaron liquidando a 6 millones de personas en campos de concentración. Todo el conocimiento del mundo, todo lo que hemos logrado en la Historia, para acabar comportándonos como los cuadrados más cuadrados nunca jamás. La pregunta de Adorno no era una pregunta de si se podía hablar de cosas lindas y de metáforas floridas después del Holocausto, era la pregunta de “y ahora qué hacemos, porque definitivamente lo que veníamos haciendo es una mierda. No sirve”.

Pero el futuro siguió llegando y la cultura se siguió acumulando y la Historia se siguió escribiendo. Y mientras algunos soñábamos un futuro más justo, libre, sin fronteras, lleno de ciudadanos universales, saneado de pestes, surcado por autos voladores, con nuevos sistemas de cultivo y riego para que todos tuvieran qué comer, con viajes interplanetarios para entrar en contacto con extraterrestres, con robots que nos ayudaran a hacer las tareas pesadas mientras la raza humana se dedicaba a cultivar el cuerpo sano en la mente sana y todas esas bolserías que no fueron a parar a ningún sitio; aquí en la Tierra muchos idiotas ilustrados de todos los géneros comenzaron a cuestionarse sesudamente que por qué Asterix era galo. Que por qué se insiste en que quienes resistían en la aldea eran los galos y no “los galos y las galas”. Que debería resucitarse a Goscinny para que reescribiera todo Asterix, y que lo condimentara con las sales de ese neocretinismo llamado lo políticamente correcto. Sí, para que ese deleznable plural masculino fuera sustituido por el imperio de la arroba, y así fueran gal@s, roman@s, legionar@s, god@s y numidi@s. Que por qué coño esos racistas, xenófobos y misóginos de Goscinny y Uderzo ni nos mencionan a la mestiza raza cósmica de los latinoamericanos, mucho menos a nuestras féminas. Ningún tipo de mención a nuestros presidentes y presidentas, a nuestras asambleístas y asambleístos, a nuestras pianistas y pianistos, a nuestros aborígenes y aborígenas, a nuestros insignes idiotos e idiotas.

Y además, cómo es que l@s italian@s, orgullos@s descendientes y descendientas de los etrusc@s y los roman@s, se dejan abofetear de esa manera por sus vecinos gabach@s. Debería exigirse una disculpa oficial por parte del gobierno francés y la retirada del excelentísim@ embajador(a) gal@ en 48 horas o se bombardea ipsofacto París con tod@s sus habitantes y habitantas.

Pues sí, así fue como nos fue llegando el futuro desde hace rato. Llegó como pocos esperábamos, pero ya llegó. Es un futuro degenerado, profundamente estúpido. Anclado en discusiones estériles que cuidan mucho las formas pero no tienen las más mínima idea de qué contenido llevan por dentro. Nos parecemos a ese padre que ve a su hijo salir de la adolescencia y en un momento de profunda sinceridad le comenta a la madre: “Coño, amor, pero qué idiota que nos salió este muchacho. Todo lo que hicimos para esto”.

Pero el muchacho está grande ya, es el dueño del aparato. No baja la cabeza ni asume errores porque está instruido desde chiquito en la pose “me las sé todas”. Tiene el cerebrito cuadrado lleno de chicharrón con pelos, fragmentos de granada, cuatro ideas mal masticadas sobre el comunismo y se llama Chávez. Y el otro, al que le busca pleito, tiene el cuadradito armado a punta de gotas de petróleo, bosta de vaca, residuos de ojiva nuclear, un caletre del manual del buen republicano y se llama Bush. El resto de los cuadrados del mundo se debaten entre uno y otro. No entienden que se puede detestar a ambos por igual, que se pueden considerar a los dos payasos trágicos. Que bien valdría la pena olvidarse de ambos cretinos (y de sus respectivos séquitos de cretinos y cretinas) para cultivarse una nueva dimensión libre de ellos. Otra distinta que nos lleve por mejor sendero a cosas más profundas. Pero no, es que en el imperio de los cuadrados se es cuadrado y punto, aquí que nadie se ponga con curvas o a cambiarle el ángulo a las cosas.

Mientras tanto este mundo, curiosamente un enorme invernadero esférico en el que todos estamos metidos, se va pinchando. Se desinfla hasta comprimirse (y deprimirse) en las dos dimensiones de lo plano planito. Nosotros mismos, desde adentro, con nuestros potentes martillos de estupidez humana, nos encargamos de ponerlo todo bien cuadrado, bien derechito. Y todos contentos.