martes, 29 de abril de 2008

Historia de porteros 1: Ladislao


Cuando yo llegué por primera vez al edificio Ladislao no estaba. Me dejaron las llaves con Jesús que era el portero del Gorría (el restaurante vasco, justo al lado, que promedia los 80 euros por comensal y en el que obviamente jamás me pude ni asomar). Era la hora de la comida y Ladislao a la 1 en punto echaba llave a la puerta de vidrio, se iba a comer su menú con entrada, seco y postre, y luego se quedaba en una larga sobremesa de no sé cuántas cervezas, cuántos vinos, cuántas copitas de Sambuca.

-¿Conociste a Ladis, el portero?– me preguntó mi compañera de piso apenas puse las maletas en mi nuevo cuarto. -Tú te haces el que no sabes… pero él es el dueño de éste apartamento en el que vivimos.

Lo conocí esa misma tarde. Idéntico a un pastor ovejero, uno peculiar: alto, flaco, de largo pelo negro ensortijado y anteojos para la miopía. Pero sí, un pastor ovejero. Uno que fuma Ducados. Le dije que mucho gusto que yo era el nuevo compañero de Laura, en el 3ro 2da, que sí, de Venezuela también. A lo que él respondía: Ah, hombre, joder, venga va, venga va, joder. Y hacía una serie de chasquidos y carraspeos y sonidos guturales y resoplidos, como si estuviera hablando, como si fueran palabras de un idioma extrañísimo que se sabía él solo. Y subía la mano con dos dedos, sujetando su Ducado o sujetándose él al Ducado, y yo pensaba que si uno le quitaba el cigarro de la mano se venía ese hombre al suelo, se desplomaba como si lo zancadillearan.

Ladislao tenía tres cosas infaltables en su vida: un libro (de esos forrados en terciopelo verde, naranja, mostaza, rojo o azul; pero siempre terciopelo), una radio destartalada a todo volumen que escupía por su única corneta algo indescifrable que a lo mejor eran noticias del fútbol en catalán y, finalmente, tenía unas ganas infinitas de echarse palos todo el día, con quien fuera, a beber lo que sea con tal de que sea mucho y que sea ya.

A los pocos días ya Ladislao había sido rebautizado para el consumo interno del colectivo criollo como Ladillao.

Nadie logró saber nunca qué demonios leía Ladislao. Se corrió el rumor una vez de que, estando Ladis sentado junto a la puerta, medio dormido con la modorra de la resaca, alguien se asomó sigilosamente desde atrás para ver qué leía y entonces descubrió que el libro estaba al revés. Pero no me consta. Nadie puede pasar tantas horas de soledad simulando leer un libro invertido.

Lo que sí sabemos es que Ladis estaba pendiente de todo. De alguna manera lo sabía todo. Quién entraba, quién salía, quién se veía con quién a escondidas, quién se separó y ya tenía otro novio, quién le llenó de olor a sardinas fritas las cortinas a la vieja del ático, a quién se le iba quemando el piso por ponerle velas a los santos la otra noche. Y, hablando de santos, tenía las santas bolas de recibirme en la puerta para informarme: “Joder, chaval, que hoy ha pasao por aquí la amiga tuya ésta que está como…¡Pfff, hostias, macho!” (y acompañaba al gruñido con un dedo índice girando alrededor de la sien derecha, tan cerca que hasta se tropezaba una pata de los anteojos). Y allí me daba cuenta que para Ladis -cosa que me ponía más en duda la cordura propia que la suya- había otra gente que estaba loca, realmente loca. Él, en cambio, no. Y yo cuando aterrizaba le respondía: “Ah, sí, ya sé, ésa es Diana. Entonces hoy vino Diana”.

En otra ocasión me dijo: “Joder, macho, la que te has perdío. Que ha pasao hoy por aquí a buscarte pero tú ná que estabas, la argentina ésta amiga vuestra que está buenísima”. Y entonces imitaba el acento de Viviana, la peor imitación de acentos que uno pueda escuchar en la vida, una cosa deplorable como si todos los latinoamericanos fuéramos el novio cubano de Sarita Montiel, pero según el país se le metía a la frase un par de ches y boludos mal salpicados, por aquí y por allá, o dos chéveres y un de pinga, y listo. Y yo, con un poco de rabia porque me bucearan de esa manera a la amiga, y sobre todo un poco angustiado porque se pudiera prolongar la imitación de Ladi, le interrumpía en seco: “No, Ladis, ella es uruguaya, no argentina. Y los uruguayos hablan… distinto”.

Aquella tarde en que Ladis conoció a mi madre, que estaba de visita, se puso muy firme, serio y engolado. Estiró la mano y dijo “Mucho gusto, señora” como si fuera un gentleman inglés. Pero inmediatamente lo flemático se le fue al carajo cuando a los dos segundos le presenté a mi hermana. Allí le brillaron los ojitos debajo del pelero negro y se le asomó un colmillo.

El día en que me despedí de Ladislao, a última hora, antes de que le echara llave a la puerta del edificio por última vez, lo encontré absolutamente ebrio y sonriente aferrado a la vida, es decir, a su Ducado humeante. “Venía a despedirme, Ladis, aquí igual se quedan en el piso Adrián y Janeth. Ha sido un placer, hasta otra”. Le ofrecí la mano y Ladis en vez de estrechármela se me lanzó encima con su metro noventa de flacura coronada por una melena de rulos negros aceitados que me cubrió como un manto aromatizado. “Hombre, joder, te voy a extrañar, colega. Venga, va, venga, va… pfffff, hay que joderse, macho, qué penita que me da”. Y allí estaba yo, debajo de aquella humanidad, cubierto por bucles, ahogado en el olor a tabaco, emborrachándome un poco a fuerza de aliento ajeno, a punto de enternecerme porque nunca más vería a Ladislao con sus libros aterciopelados, su radio tan despelucada como él, sus invitaciones al bar, sus comentarios desprovisto de vergüenza o censura, cuando Ladis dijo: “Hombre… pero una pregunta: la amiga tuya uruguaya que está como el queso, será amiga también de estos dos que se quedan en mi piso, ¿no?”


jueves, 17 de abril de 2008

Mucho antes de Estocolmo





Una ilustración de Pablo Amargo

En esa camioneta viajábamos dos ecuatorianos, una colombiana, un español, un brasileño y dos venezolanos.

-¿Alguien tiene idea de a dónde estamos yendo? –preguntó Fanuel Hanán-Díaz, venezolano, el único que realmente sabía hacia dónde íbamos pues había hecho el mismo paseo un año atrás.

- Eu creo que elles están nos secuestrando- respondió Rui de Oliveira, el brasileño, bromeando en portuñol con los dos ecuatorianos que ocupaban los puestos de piloto y copiloto.

Pablo Amargo (España) y yo nos reímos del comentario desde el asiento trasero. Claudia Rueda no.

-Decirle a un colombiano que lo están secuestrando es el chiste más cruel del mundo- dijo la colombiana con tono de reclamo cariñoso.

Tenía los audífonos puestos en ese instante, pues me he hecho adicto a montarme unas road movies personalísimas cuando cojo carretera. Me gusta entremezclar el paisaje con la música, con retazos de diálogos que se cuelan, muecas, reflejos de sol contra la ventana, lóbulos de oreja, mechones de pelo al viento. Sonaba Bat For Lashes, curiosamente en la canción Bat’s Mouth (Boca de murciélago). Y digo curiosamente porque se refiere esta canción a una antigua leyenda anglosajona de la que ya me habían comentado algo: una mujer misteriosa, a la que nadie había visto nunca antes, seduce a un hombre mientras beben en una taberna. La mujer es guapa, la noche promete, el sujeto se pierde en esas curvas pronunciadas aún más por el efecto vino. Se van juntos, y al cruzar el umbral ella le sirve de muleta pues el tipo se cae de la borrachera. Cuando por fin despierta descubre que se halla cautivo dentro de una cueva oscura, húmeda, sin posibilidad de moverse. Apenas logra vencer la modorra se entera de que habita dentro de la boca de un enorme murciélago. Tiembla, se estremece, suda, llora. Su captora se acerca varias veces por día para abrazarlo, besarlo, darle de beber, le da a comer frutos del bosque o trozos de pan que le deposita boca a boca. Y lo mima, le agradece por haber venido, le transmite calor, le calma la fiebre, lo enamora. Tiempo después la mujer da orden al murciélago de abrir la boca y soltar su presa. “Ahora te puedes ir” le dice al secuestrado. Pero la libertad no le sirve, él ya no quiere irse, prefiere quedarse. Ya no sabe comer, ni beber, ni vivir sin ella.

Una leyenda de los llanos venezolanos cuenta una historia similar. Me la contó papá durante una noche asmática en Guanare. Estábamos en un hotel cuya vista daba a unas colinas, y papá recordó al verlas que alguna vez esas tierras pertenecieron a Don Santos Urriola, su padre. Me dijo, con la naturalidad de quien narra un cuento del Libro de la Selva a su retoño, “Cuando yo era pequeño se decía que en esas colinas que vemos allí habitaba un ser extraño. Era como el Yeti, enorme y peludo, y andaba en dos patas. A veces bajaba hasta el pueblo en el medio de la noche y raptaba a una señorita. Eso pasaba una vez a la cuaresma. La subía hasta la copa de un árbol y la descalzaba sobre una rama. La alimentaba, le daba de beber y le lamía la planta de los pies. Durante muchos días la tenía así, hasta que ella tuviera la planta de los pies tan delgada y sensible que ya no pudiera caminar. De esa mujer no se volvía a tener noticia, pero de su hijo sí. Vendría algún día hasta el pueblo, dentro de algunos años, en medio de la noche, a llevarse a una señorita para lamerle los pies.

La dama del murciélago y El lamedor del llano vendrían a ser los tatarabuelos románticos del Síndrome de Estocolmo. Ese fenómeno que consiste en una especie de cofradía que se arma entre secuestradores y secuestrados, y que tuvo nombre a partir de aquel episodio de 1973 cuando unos asaltantes estuvieron durante seis días encerrados en un banco sueco junto a sus rehenes. Cuando por fin cedieron a las negociaciones con la policía y soltaron a sus víctimas, una de las secuestradas besó con pasión a su raptor frente a las cámaras. Y cuando los rehenes fueron llamados como testigos al juicio, ninguno quiso participar en nada que perjudicara a sus captores.

Pero justo allí se acabó la música y había cola. El paisaje montañoso había sido borrado por una llanura desértica poco seductora. Y la road movie con soundtrack de Bat For Lashes cayó en una pausa, sucumbió al letargo, al sopor, a un grito de sol con olor a frituras y gases calientes. Lo único que había sobrevivido, colgando en el aire y sin cabida para romanticismos, era la frase de Claudia: Decirle a un colombiano que lo están secuestrando es el chiste más cruel del mundo.

Hay momentos en que la realidad es tan brutal que sin necesidad de mediar palabra le mete dos bofetadas a cualquier ficción y la acuesta a dormir. Juan Goytisolo tiene una frase contundente: “matar a un hombre por defender a una idea no es defender una idea, es matar a un hombre”. Me atrevería a parafrasear: secuestrar a una persona en nombre de un ideal no es honrar a un ideal, es secuestrar a una persona.


miércoles, 2 de abril de 2008

El sueco José González


José González es sueco. Tan sueco como el venezolano Martin Dahlin.

De Martin Dahlin ya casi nadie se acuerda, era un futbolista, morenito y frentón, con pinta de ser de Macuto, centrodelantero, el número 9 de la selección sueca en el Mundial de Estados Unidos 1994. Era rarísimo ver en aquel tiempo a un morenito metiendo los goles en una selección de puros viquingos. Y alguien se enteró, en mala hora, de que Martin Dahlin era hijo de un venezolano con una sueca. Y a partir de ese momento los narradores decían: “La lleva el venezolano Martin Dahlin, la toca en corto, dribla a dos rivales –cómo se nota que es venezolano este sueco, porque se mueve con el ritmo latino y sabroso de los criollos- la toca en pared con Larsson, se la devuelve, Dahlin dispara cruzado… y GOOOL, golazo del venezolano Martin Dahlin. ¡Venezuela está en el mundial y marcando goles, señores! Suecia 1, Estados Unidos 0”. Y era tal la fiebre que entonces un día mandaron a un reportero deportivo, cuyo nombre no deseo recordar, a que entrevistara a la salida de los entrenamientos del equipo sueco al venezolano Martin Dahlin. “Hey, Martin, luc at jir, plis, sei jelou tu Venezuela yor contri!” Pero Dahlin se encogió de hombros, encajó el mentón contra el pecho, hundió la cabeza como un avestruz morena, apuró el paso y dejó colgando al reportero. “Qué grosero, qué antipático, eso es por la influencia escandinava, porque nosotros somos una gente muy cálida y simpática”. Más tarde nos enteramos por la prensa de que la palabra “venezolano” le traía mal sabor de boca al sueco Martin Dahlin. Que sí, cómo no, su padre era de La Guaira, de tez morena como la de él, músico de profesión, se pasó una temporada en Suecia y allí se lió con una catirota de metro ochenta. Y cuando la rubia le dijo: “I think I’m pregnat”. El criollo dijo: “La pinga, yo me voy para mi país y que esta valquiria se las arregle con su paquete”. Así que eso de venezolano a Martin Dahlin le sonaba a un señor que nunca conoció ni le quiso conocer, a fantasma tropical que los dejó a él y a su madre entendiéndose en medio del frío nórdico, y hasta más nunca.

José González es tan sueco como Martin Dahlin. Pero no juega al fútbol, toca la guitarra y canta. Y lo hace como los dioses. El papá de José es un argentino que huyendo de los milicos se exilió durante los años 80 en Goteburgo. Allí se enfrascó en una relación con otra catirota de metro y tantísimo, le habrá enseñado a bailar tango (con y sin ropa), le habrá enseñado a cebarse un mate y a decir cositas en español. Pero cuando la situación al señor González se le complicó más de la cuenta en Suecia, justo al tiempo en que los uniformados daban un paso al costado en Argentina, les dijo a su mujer y a su retoño : “ya yo vengo que me voy a asomar a ver qué tal va eso por allá abajo”. Pero no volvió. Así que mejor no preguntarle mucho a José González sobre cuán argentino se siente. Dirá, con toda la razón, que se siente muy sueco.

Decir que José González toca la guitarra es quizás un desatino. Tocar sería un verbo mezquino. La llora, la golpea, la araña, la gime, la llueve, la seduce, la consiente. Pareciera que tocara más con los huesos que con las uñas. Y la va acompañando con su voz, no la más hermosa ni la más agradable ni la más afinada, pero vaya que es un canto que le sale del estómago goteando sentimiento. Aseguran que cuando José González se presenta en vivo algo por dentro se le quiebra, a él, pero también a todo el que le escucha. Algo se desgarra y de la grieta surge un botón extraño que más tarde florece.

Un amigo le ha ido a ver en un pequeño local con capacidad para doscientos, y a la salida del concierto me escribe algo a medio camino entre lo hermoso y lo tenebroso: “Cuando me muera yo quiero que de pronto entre al velorio un sujeto con una guitarra y un taburete, se siente al lado féretro y toque. Bueno, ese tipo es José González”.

Lo que es obvio es que cuando algo suena así o así hace sentir, importa bastante poco de qué árbol genealógico nacen esos frutos.




José González: “Heartbeats” en vivo.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Sospecha de gallos


Sospecha de los gallos, descree de ellos, yo sé porqué te lo digo. El gallo, además del hombre, es el único animal que no claudica.

Se cuenta que Aristóteles le preguntó a su discípulo Alejandro Magno que cuál era el bípedo implume y con dos manos, a lo que el joven respondió con tino: el hombre. Quizás a un muchacho llanero le hacen la misma pregunta y contestará: un gallo de pelea, de esos que les arrancan casi todas las plumas menos el penacho del cuello y que le refuerzan con punzones metálicos los espuelones de las patas. Y no le faltará razón al criollo, no estará del todo equivocado, ciertos gallos casi cumplen con la máxima de Aristóteles, se puede decir que son semihumanos.

Hay un detalle curioso con los gallos, su equilibrio depende de un desequilibrio. Para moverse tienen primero que desplazar la cabeza en la dirección hacia donde quieren avanzar, el peso de las cabezas sobre el vacío les hace tambalear, pero antes de caerse mueven las patas hasta el punto justo donde compensen el peso que la cabeza ha desbalanceado. Cada paso de gallo es un intento fallido de descalabro.
Dicen que los gallos cantan de madrugada para saludar al nuevo día, y que la gente madrugadora se levanta con el primer canto del gallo. Es mentira. Los gallos cantan a todas horas, por cualquier motivo, a las diez de la noche, a las doce y cuarto, a las dos y media, a las cuatro y ocho minutos. Cantan porque saben que infaltablemente habrá otro gallo que responderá, otro que se enfrascará en un toma y dame de kikirikís proyectados a todo volumen por el infinito y que no conocerán de negociaciones ni de rendición. Recordemos que los gallos no claudican. Pero, sobre todo, cantan esos gallos porque saben bien que siempre hay un insomne por allí, que alguien con las neuronas rayadas por la falta de sueño, ahogado en el vértigo de adentrarse en otra noche más sin lograr dormir, los está escuchando. Y ese canto de gallo le suena peculiarmente similar al sonido de la locura.

Nos han enseñado que los lobos aúllan a la luna llena, que a los licántropos les crecen pelos y colmillos, y que los vampiros salen de lo oscuro para volar sobre nuestros techos y morder cuellos bajo el manto lunar. Y eso también es falso. Son los gallos quienes se dan banquete las noches de luna. Son ellos quienes aúllan, silban, chasquean, murmuran, zumban, chillan. Son ellos los que dicen: ahora voy a cantar hasta reventar, o mejor aún, voy a cantar hasta que revientes tú.

No importa dónde estés, qué tan desierto o qué tan urbano es el sitio donde intentes dormir, si aguzas el oído sabrás que siempre ronda un gallo por allí. Siempre uno cantará en medio del silencio o dejará colar su grito por detrás de un bocinazo. Pensarás: “qué cosa extraña, quién puede tener un gallo en este lugar”. Pero es así, son omnipresentes. Nunca faltará el gallo que te recuerde, justo en el instante en que juras por fin te vencerá la modorra: no te vas a dormir, yo me encargo.

La próxima vez que después de un sueño absoluto y reparador te despierte el festivo canto de un gallo no te engañes creyendo que eres tú quien primero le ha escuchado. No pienses que el animalito canta para saludar al alba y avisarle a la humanidad que el nuevo día despunta. Piensa en que ese gallo se ha dedicado a hacerle la noche inhabitable (otra más) a un insomne; que ha estado cantando una y otra vez y otra como si algún duende perverso le hubiera estado dando cuerda toda la noche. Y recuerda que los gallos le deben su equilibrio a un desequilibrio. Que para sentirse a sus anchas y poder avanzar tienen que primero sacar de quicio, causar zozobra, forzar la caída. ¿No lo ves? Son casi humanos.

sábado, 15 de marzo de 2008

El Tobogán


Te juro que yo nunca como hamburguesas. No es que la comida chatarra no me guste, es que me cae mal. Me da jaqueca, acidez, me paso toda la tarde repitiendo la grasa de la tocineta y con hipo a papa frita. Pero era tarde y andaba apurado y allí estaba el Wendy’s en el camino. Pedí mi combo número 3, que no, sin extra de nada y sin pie de manzana, no señorita, frosty de chocolate tampoco, dije que no. Tomo mi bandeja y me busco un puesto cerca de la ventana, lo más lejos posible, no quiero que nadie me vea, que nadie me salude, que nadie se me siente cerca. Pero estaba a reventar aquello y tuve que elegir un asiento de esos largos donde caben cuatro. Y uno se siente como un abusador, porque la gente te mira y es como si dijeran qué fresco este tipo, abusador, se acaparó esa mesa que es para cuatro en vez de sentarse en la mitad del pasillo donde están las sillitas para gente soltera y sola y ermitaña. Así que me hundí de cabeza en mi hamburguesa y le puse mucha salsa de tomate a las papitas, y saqué mi pitillo del tubito de papel y calculé meticulosamente qué tan al centro y qué tan fuerte lo iba a encajar en la tapa plástica del vaso de té frío. Y así les di tiempo a todos a que volvieran a sus hamburguesas, a sus nuggets de pollo, a sus frijoles calientes sobre la ensalada helada, a sus conversaciones sobre cualquier cosa, a sus bailecitos –porque fíjate bien que la gente cuando come hamburguesas bailotea, tienen como un tumbadito, como que se ponen muy contentos de comer apurados y chupándose los dedos-. Entonces a mí me dio tiempo de echar un vistazo alrededor para ver a la gente de las mesas de al lado. Enfrente estaban papá gordo y niño gordito, idénticos, sólo que el más grande tenía barba. Al lado derecho un tipo igualito, pero es que te cagas, igualito al Palillo pero catire. Palillo-rubio estaba con su novia, en plan de almuerzo romántico rozándose las piernas por debajo de la mesa. Y, finalmente, en la de la izquierda, estaban la abuela, su hija y las dos nietas (gemelas vestidas de pantalón azul, camisita rosada y lazos celestes). La abuela me saluda con una sonrisa y cordialmente hace gesto mínimo con su mano que sostiene dos papas fritas. Yo no sé por qué, pero tú sabes que yo le caigo bien a las abuelas. Devuelvo el saludo y me parece que levanto excesivamente la hamburguesa con las dos manos. Qué vergüenza, le doy un mordisco fenomenal, tan grande que casi toso. Escucho entonces que papá gordo, conectado a su Blackberry (que además es cámara fotográfica y también es IPod y si vibra pues también le servirá para otras cosas), dice por el artilugio que le funge de manos libres: “La Hummer arrecha pónmela en 350, sí porque a mí me costó 200, y yo tengo derecho a meterme mis 150 palitos, de bolas, porque si no ¿qué hay pa’ papá?” Fue allí cuando niño gordo le dijo a papá gordo: “Papá, pupú”. Pero papá gordo hizo caso omiso: “La otra Hummer, la chimba, pónsela a 280 que ese pendejo la compra”. Niño gordo se desliza por el asiento, baja a tierra, toca con la palma de la manita la generosa panza de su progenitor aplastada contra la tabla de la mesa: “Papá, pupú. Quiero hacer pupú”. A lo que su padre responde: “Mira, vamos a corregir una vaina, porque ahora que me acuerdo yo le puse asientos de cuero y un reproductor vergatario a la Hummer chimba, pónsela a 310 y si se pone muy güevón se la dejamos en 300 y punto”. “Papá, que quiero hacer pupú”. “300 es el precio raya, si no que se compre una Toyota o una Montero o una vaina de esas, que no sea marico”. “¡Papáaaaaa, pupúuuu!”. “Chico, pídele 320, hecho el pendejo, a ver qué te dice. Si te da 320 te agarras esos diez pa’ ti y te los bebes en puro 18 años esta Semana Santa”. Palillo-rubio estaba tan nervioso que estoy seguro que estaba a punto de lanzarse un clavado dentro del vaso de merengada, su novia estaba roja y con la pollina adherida a la frente por una gruesa película de sudor. La mamá de las gemelas les dice: “Niñas, ¿Ya terminaron?, ¿Quién quiere ir al parquecito?” y la abuela murmura: “Ay, Dios mío. Ay, Dios mío”. Entonces niño gordo camina hasta la mitad del pasillo, se pone de cuclillas y puja. Dado el ímpetu con que lo hace, la expresión de la cara y el aroma que despide, nos convence a todos de estar cumpliendo cabalmente con su misión. “Entonces quedamos así –dice el gordo del carajo metiéndose de un solo golpe cinco papas fritas- trescientommmmñam cincuentammmm ñam ñam la Jomelm arrecham y la otrammm ñam ñam trescientommm ñam vientemm”. “Papá…” dice niño gordo que ha vuelto a la mesa caminando con cierta dificultad. “Coño, hijo, qué te pasa”. Te juro que yo estuve a punto de gritar: “Que se cagó, gordo de mierda, se cagó el chamo aquí en el medio del restorán mientras tú hablabas pendejadas por esa verga”. Pero tú sabes, soy tímido, y no me atreví. “Papá”, insiste el niño… “que quiero ir al tobogán”. “¿A dónde, mi amor?”. “Al tobogán”. “Vamos pues, al tobogán, pero un ratito”. Se levantan papá gordo y niño gordito y surcan entre las mesas dejando una turbia estela parda a su paso. Palillo-rubio está a punto de colapsar de un infarto al miocardio, su novia tiene pinta de estar pensando seriamente en dejarlo. La abuela toma su cartera, se para con cara de absoluto pánico y corre con pasos cortos hacia el parque, y entonces grita en algo que en un principio intentó ser un susurro: “¡Fabiola, mija, agarra a las morochas, sácalas del tobogán que nos las van a embarrar de pupú!”

jueves, 6 de marzo de 2008

Las ratas


Hacia mediados de los años 70 mi padre publicó en El Nacional un artículo llamado Las ratas. Un hecho espantoso sacudió a la sociedad caraqueña cuando una niña fue devorada por las ratas mientras dormía en su cuna del rancho al tiempo que su madre disfrutaba del carnaval en una fiesta del barrio. La madre, sonámbula de espanto y de dolor, apenas alcanzaba a balbucear ante las cámaras y el alud de micrófonos: “Sólo quería divertirme un poco. Yo la dejé durmiendo en su cunita”. No fueron pocos los que señalaron con los dedos temblorosos de ira a la señora: “¡Cómo es posible, irresponsable, degenerada, cómo es que Dios le da hijos a una madre como esa!”. Y la gente se llenaba de odio e improperios el propio hocico para referirse a la desdichada. Entonces papá cerraba el artículo diciendo que la culpa no era de la pobre mujer –que ella también tenía derecho a bailar, echarse unos tragos, a dejar los problemas del día a día a un lado para escaparse una nochecita-, que la culpa no es tampoco de los roedores; las verdaderas ratas somos todos aquellos que no hacemos absolutamente nada por sacar a esa nenita del rancho, que permitimos que su cama esté justo al lado de la quebrada infesta donde se gestan las alimañas y que dejamos que el mundo entero se desmorone roído por sus propias ratas.


Treinta años han pasado y las ratas, ya lo sabemos, siguen allí. No sólo siguen allí, sino que incluso algunas han llegado a ser presidentes, ministros, gobernadores, alcaldes, diputados, dueñas de empresas; hay otras que disparan fusiles, tanques o aviones de caza, algunas viajan con maletines cargados de dólares para financiar guerras y comprar alianzas. Ah, claro, y hay un importantísimo contingente de ratas que se frotan las patitas mientras dicen: “A mí que me pongan donde hay, de resto que se jodan todos”. Las nuevas ratas están por todos lados y dan para todo. Hay ratas gringas, ratas iraníes, ratas cubanas, coreanas, francesas, alemanas, inglesas, españolas, argentinas, brasileñas, balcánicas. Ratas arias y ratas mestizas, pero en esencia ratas igualitas todas.

Ayer miraba a los jóvenes reservistas venezolanos partir hacia la frontera. Unos supervivientes que milagrosamente lograron esquivar los incisivos de las ratas que siempre rondaron sus modestos hogares de niños. Pobres muchachos mal nutridos de alimentos e ideas, que gritaban con el puño en alto desde el camión militar: Patria, socialismo o muerte. Una escena patética que jamás pensé ver en este país, mucho menos en un conflicto contra Colombia (tan absurdo como caerse a tiros con un vecino al que consideramos familia) y menos aún en pleno siglo XXI cuando se supone que algo hemos aprendido de lo nefastas e inútiles que son las guerras. Me dio profunda tristeza, más que indignación me dio tristeza. Comprendí lo que muchos estadounidenses pensantes sienten cuando ven a esas tropas de puros hispanos, negros y rednecks disfrazados de G.I Joes partiendo hacia Bagdad, “allí van los ‘desechables’, la carne de cañón necesaria para disimular la cobardía, la codicia y la inconmensurable estupidez de George W. Bush”. Da vergüenza, profunda y abrumadora, saberse ciudadano de un país que amenaza a estas alturas con resolver sus conflictos internos y externos con la diplomacia del plomo.

Esos muchachos que van a la frontera, y que como un ridículo pavo real hinchan las plumas para que el mundo se entere de lo valiente y lo temibles que son, no tuvieron nunca la oportunidad de aprender que no son esos héroes los que deseamos ni necesitamos. Nadie se tomó la molestia de enseñarles que son otros héroes los que este mundo tiene que forjar. Otros son los héroes a los que hay que admirar, rescatar, construir; y esos no disparan, no declaran guerras ni movilizan tropas ni participan en gestas épicas en una nueva campaña trasandina. A las ratas no les interesa ni conviene que crezca una humanidad pensante. No pueden permitir que florezca una generación que sepa que gente como Rafael Cadenas, Jesús Soto, Jacobo Borges y Eugenio Montejo son muchísimo más superhéroes y tienen muchísimos mejores superpoderes que un Pérez Jiménez, un Ezequiel Zamora o un Chávez. Las ratas necesitan que la humanidad se revuelque en la miseria, que el mundo sea cloaca y que siempre haya inocentes desvalidos a los cuales echarle diente.

Tengo la certeza de que en este momento somos muchos los que estamos como la señora desdichada a quien los roedores le dejaron la niña hecha jirones. Que ante esta barbaridad de un posible conflicto armado internacional no nos queda otra cosa que un balbuceo sonámbulo. A lo mejor el escritor Michel Houllebecq tiene razón, simplemente nos estamos acercando al fin de un paradigma, el mundo se precipita despeñado en una decadencia barroca, un rococó de pésimos gustos, nefastas soluciones y peores ideas que acabará por aniquilarlo. La humanidad está condenada a ser roída por sus propias ratas.

A menos que todo esto sirva para inventar un poderoso raticida, regarlo generosamente por el planeta y que sobrevivan no los más aptos, sino quienes de verdad lo merezcan.


lunes, 25 de febrero de 2008

El complejo de Mary Poppins (o cómo hacer para que el universo entero quepa en un bolso)



Voy a confesar algo: yo detesto a Julie Andrews. Pero no es gratuito, la odio porque se lo merece. Primero por ser Sor María en La novicia rebelde (The Sound Of Music o “Sonrisas y lágrimas” –qué fuerte- como se llamó en España) y luego por ser Mary Poppins. Esa mujer no tiene idea del daño que ha hecho. Claro, yo debo ser uno de los pocos gatos en el mundo que tiene un trauma con la novicia María y la familia Von Trapo. El único que cuando los ve correr y cantar vestidos con retazos de cortina verde, con los Alpes suizos de fondo, siente unas ganas irrefrenables de coger un hacha y ensañarse contra la pantalla hasta que no quede vestigio de la película, hasta borrarla de la faz de la tierra. Yo tuve que ver como 25 veces (no exagero) esa película durante mi infancia. Coño de la madre: me sé las canciones. Me sé de memoria los diálogos a pesar de que es de las cosas más horribles que he visto en mi vida. Porque a mí mis hermanas me preguntaban: “¿Quieres ver Mazinger Z, quieres ver el mundial de fútbol o quieres ver Perdidos en el espacio?” Y yo sudaba por las palmas de las manos de la emoción, daba gracias a todos los santos porque por fin me tocaba mi turno con la tele y decía: “¡Quiero ver todo eso, gracias, muchachas!”. Se sonreían maliciosamente, se frotaban las manos y me decían: “Pues no, primero vamos a ver La novicia rebelde otra vez”.

Pero yo no venía a hablarles de La novicia rebelde (perdonen, pero es que cada vez que se asoma el tema sufro una regresión a los 6 años combinada hipersegregación de bilis y se me nubla la razón bajo una densa nube roja), yo venía a contarles sobre el complejo de Mary Poppins. Sobre ese extraño trauma heredado por toda casi todas las mujeres de la humanidad que se empeñan en meter la casa en su bolso. Quizás como un residuo ancestral que proviene de los tiempos en que éramos nómadas, una obsesión por llevar encima todo lo que se pueda. Pese lo que pese, sirva o no sirva, quepa o no quepa. Esa curiosa manía de meter la mano dentro de ese espacio recubierto de tela, cuero o plástico para sacar un ayudante de cocina, un avión, un terodáctilo, un abrelatas punta roma, unos emparedados de mortadela, un oso polar tamaño natural, un yunque. Qué sé yo, las posibilidades son infinitas, en el bolso de una mujer puede hallarse una galaxia, la mandíbula del eslabón perdido, floras y faunas endógenas que los científicos ni sospechan.

Cada vez que mi mujer me dice: “¿Me alcanzas mi celular que está allí dentro de la cartera?” Yo tiemblo, se me vienen encima ochenta años de un golpe, respiro hondo como si tuviera que enfrentarme a un parto con la mano limpia y me veo en la necesidad de meterme hasta los codos en un planeta estampado con la cara Marilyn Monroe donde (juro que no exagero en esto tampoco) me tropiezo con el libro que ya leyó, el que se está leyendo ahorita y el que se va a leer después, hay también dos o tres bolsitos verdes y negros donde están las tijeras, el cortaúñas, la crema para las manos, un jabón líquido para limpiarse al seco, colorete, lápices labiales, dentífrico, cepillos de dientes (el viejo, el nuevo, uno eléctrico sin abrir dentro del plástico), varios peines, sombra para los ojos (es curiosísimo porque ella no usa maquillaje; pero tiene todo eso allá adentro, y es buenísimo porque si te pide, por ejemplo, el cortaúñas entonces éste se avispa y le da tiempo de saltar de un bolsito al otro y siempre aparece tras quince minutos de pesquisas justo donde no debería estar), uno se machuca los dedos con las llaves de puertas olvidadas o con llaves que encajan en cerraduras que no abren a ninguna parte, de lugares donde no vive o a los que no ha ido en décadas, hay dos o tres monederos rebosantes con monedas extranjeras o fuera de circulación, un par de billeteras indigestadas hasta la obstrucción intestinal con cualquier cantidad de papeles inútiles (no se puede botar nada que uno no sabe cuándo se va a necesitar), tres bolígrafos (dos sin tinta, ideales para prestárselos a la gente cuando estás apurado).

Tú nunca encuentras el teléfono del carajo y dices: “Coño, esa vaina no está aquí”.Y ella responde con tonito obstinado: “Dame acá, chico, es que no sabes buscar”. Y lo encuentra, no sé cómo hace, pero mete la mano hasta el hombro y con la misma soltura con la que Mary Poppins sacaba una lámpara de pie, o el Gato Félix un auto convertible, ella se saca el telefonito a la primera y sin tener siquiera que asomarse adentro.

Tengo un par de anécdotas sobre bolsos insólitos. En una oportunidad estaba de visita en casa de una amiga, a quien se le había desprendido un ligamento por estar intentando abrir con todas sus fuerzas un frasco de mayonesa, y me pidió que le sacara los analgésicos del bolso. Ella no podía porque tenía un clavo sobresaliéndole por la muñeca, y el clavo quirúrgico se le enredaba con la tela de la blusa, chocaba con los apoyabrazos de la silla, se enredaba con los aros metálicos del llavero. Mejor tener la mano quieta y en alto. Yo gentilmente metí la mano en su bolso (un gordito cabrón forrado de tela con lentejuelas), pero lo hice con mucho ímpetu y entonces algo adentró se rompió. Acabé con pedacitos de vidrio clavados hasta por debajo de las uñas. “Ay, se me olvidó decirte que estaba adentro el frasco de mayonesa con el que me jodí la mano. Es para mostrarle a la gente lo difícil que es abrirlo”.

Y en otra ocasión, buscando -durante largos minutos y a tientas- los cigarrillos y el mechero naufragados dentro de la cartera de una compañera de clases, juré haber encontrado el yesquero y cuando lo saqué triunfal resulta que aquello era un potecito plástico lleno de algodón con un alacrán adentro. “Coño, se me olvidó otra vez llevarlo a los bomberos para lo del suero antiescorpio. Pobrecito, lo tengo allí desde anteayer. Muévelo a ver si sigue vivo, pero ten cuidado que la tapa no cierra bien, está medio mala”.

Hay un cuento de Cortázar llamado “No se culpe a nadie”, donde un hombre es asfixiado por su propio suéter de lana. Estoy seguro de que en alguna parte, en este momento, un bolso se está tragando a alguien de quien no se encontrará jamás ni rastro.


lunes, 18 de febrero de 2008

Nostalgiable o melancolible.



“Saudade”, según me explicaba mi amigo portugués Marco Texeira, es una expresión que no sirve como sinónimo para el término nostalgia, no es un equivalente exacto para la melancolía. No existe una palabra en español que encierre ese sentimiento: el de una nostalgia sabrosa, el de una tristeza que se irradia desde un núcleo bonito. Al parecer “tener saudade” es algo más cercano a lo placentero que al sufrimiento; es como guardar una memoria de algo que fue agradable pero ya no está, y sin embargo esa ausencia es quizás más entrañable que su misma presencia. Similar a una cortadura o un golpe fresco que nos eriza en su roce contra las sábanas, una molestia o dolorcito con el que dormimos aún mejor. Nos dejamos caer en lo más mullido del cojín de la autocompasión y se está bien, se siente cálido, a gusto.

“Manquer”, en francés, sería el equivalente al verbo “Extrañar”. Pero aplica mejor al amor fou de los franceses, al amor absoluto y desquiciado cuando está asociado e imbricado con la locura. Que alguien te manque es poderosísimo. Es como sentirse amputado porque un miembro ya no está. Aquello que complementa, aquello que me permite estar entero me ha sido arrebatado, por lo tanto voy manco por la vida. Se dice que la mente tarda mucho más que el cuerpo en percatarse de la ausencia de una extremidad, eso ocurre en las personas que han perdido una pierna o un brazo. El miembro faltante sigue picando, molestando, es rascado, movido y acomodado, como si aún estuviera adosado a nosotros. Lo mismo ocurre cuando estamos mancos afectivamente. No son pocos quienes besan, acarician, charlan y sonríen al vacío que les acompaña en los instantes de mayor soledad. Esa nostalgia prodigiosa que corporeizamos con moléculas de aire sobre nuestra cama o a la que entrelazamos los dedos –casi imperceptiblemente, cuidando que nadie nos vea- en un paseo solitario por la orilla, es una artimaña para asumir y neutralizar aquello que se empeña en macarnos.

Pero no he encontrado en ninguna lengua un término que sirva para recoger ese matiz de la nostalgia que nos habla de tener saudade por aquello que no hemos vivido. Un nombre que le encaje a eso que se mueve en los territorios de lo “melancolible” o lo “nostalgiable”. Aquello que no deberíamos extrañar porque nunca lo tuvimos, y sin embargo no tenerlo en la memoria nos duele un rato. Una palabra que sirva para llamar a ese recuerdo inventado de lo que nunca ocurrió, por nuestra culpa. A ese deseo de tomarse un trago con alguien que ya no está. De charlar hasta caer dormidos con alguien que hace años se fue. A esa pulsión que de pronto nos asalta por ser o hacer algo para lo que ya no tenemos tiempo. De pasear y meterse en las tiendas de cómics, libros y discos en ciudades que jamás pateamos y a las que jamás –lo sabemos- visitaremos. Ese deseo de darle oportunidad, una más, a algo a lo que nunca le dimos chance.

En una pared cerca de la estación de metro de Barceloneta había un graffiti que un novio despechado le escribió a su ex: “En un mundo paralelo, tú y yo vamos de la mano”. A eso se parece un montón la definición de la palabra imposible que estoy buscando.


jueves, 14 de febrero de 2008

¿Cómo pudiste?


Existe una escena memorable en “A History Of Violence”, la película de David Cronenberg (qué grande Cronenberg) inspirada en una novela gráfica de John Wagner y Vince Locke. William Hurt –encarnando a uno de los mafiosos más divertidos y absurdos jamás- da la orden a sus matones para que allí mismo en su presencia liquiden a su hermano menor, Viggo Mortensen, quien pretende hacerse una vida aparte del mundillo de la mafia y eso le ha costado a la familia un dineral. Pero los gorilas no tienen idea de que Viggo Mortensen es más peligroso aquí que siendo Aragorn en El señor de los anillos. Así que cuando intentan ahorcarlo Viggo les da una coñamentazón monumental, les parte las rodillas, los brazos, las narices, les deja regados y en trocitos por el suelo. Entonces William Hurt, incrédulo y con una pistola en la mano, en vez de salir a perseguir a su hermano fugitivo, se acerca al jefe de los matones, al responsable del desastre que está allí tirado, hecho mierda sobre la alfombra, y le dice, dos veces: “¡Cómo pudiste cagarla tanto!”.

Estoy seguro que, al menos en una o dos oportunidades, todos hemos tenido ganas de decirle a alguien exactamente eso: “Coño, vale, de verdad cómo hiciste para cagarla tanto”.

Algunos casos:

- Cuando yo era niño escuché que a una amiga de mi tía le hicieron una cirugía estética para reducirle la flacidez del abdomen y cuando, tras la dolorosísima recuperación, por fin le quitaron los vendajes... descubrieron que al médico se le había olvidado hacerle el huequito del ombligo. Adivinen qué fue lo primero que le dijo.

- Y sé de alguien a quien le dejaron olvidada una pinza antes de coserlo. Pues cuando se enteró, lo mismo.

- El primer dueño de un Caniche a quien se le ocurrió dejar a su perro en la peluquería canina bajo la promesa de “estamos experimentando con esta raza unos cortes de vanguardia estilo francés que les va a quedar deliciosos”; y cuando lo fue a buscar encontró a su querido ejemplar convertido en esa cosa espantosa con calentadores y sombrerito de invierno ruso.

- Cuando Paul McCarteny se muera estará esperándolo George Harrison al final del túnel. Lo esperará en posición de la patada de la grulla y le clavará un suelazo en mitad de la frente. “Coño, güevon, nosotros éramos los Beatles, cómo coño hiciste para cagarla tanto”.

- Cuando Phil Collins (que tiene la marca de la bestia justo debajo del mechoncito del copete) llegue al final del túnel lo estarán esperando sus excompañeros de Génesis y le dirán: “Cabrón, cómo se ocurre haber convertido a Génesis en esa basura. Cómo coño hiciste para cagarla tanto”.

- Cuando Fidel se muera, al final del túnel estarán todos los cubanos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad que alguna vez creyeron en la revolución y le dirán a coro, en un coro muchísimo más alto y enérgico que el de los ángeles celestiales: “Comandante, cómo coño hizo para cagarla tantísimo”.

- Lo mismo estará escrito algún día en una pancarta en la Plaza Bolívar de Sabaneta de Barinas. Y eso será lo único que estará allí para recibirlo cuando se baje del autobús.

- Al señor que metió un recurso de amparo para quitar la medida del pico y placa en Baruta, “porque es ilegal, a mí me cae mal ese alcalde y además yo casi ni uso el carro”, adivinen qué le dijo la esposa cuando llegó a casa. Lo mismito que le dicen todos los que se gastan dos horas en la cola para llegar al trabajo todos los días, gracias a él.

- Y lo mismo les dirán -apenas con su mirada vidriosa y sin necesidad de decir una palabra- las madres de todos estos malandros bien, rufianes de cuello blanco, salpicados en el lío de la valija de 800 mil dólares. “Coño, hijo, no es por nada, pero qué manera de cagarla, ¿no?”


jueves, 31 de enero de 2008

Teoría sobre lagartos



El primer día que reparé en el detalle se trataba simplemente de una cáscara de huevo cocido tirada allí al borde del camino. Un obrero se lo habrá desayunado mientras andaba rumbo a la construcción y dejó caer la concha dura, partida por la mitad, sobre la tierra -“esto sirve de abono para las matas”-. Al día siguiente, misma hora, pasé de nuevo por la curva del huevo y entonces descubrí que la cáscara ya no estaba vacía. La habitaba un lagarto. Un lagarto negro, pequeño, estilizado, con pinta de gente simpática que disfruta de la sombra bajo una tienda de campaña. Se puso un poco tenso cuando sintió mis pies levantando el polvo a pocos pasos, pero no se movió de casa. Su casa ocupada, su casa tomada.


Imaginé que la providencia me había regalado un guiño, una metáfora. Dos cosas que no tienen relación de pronto encajan en un espacio extraño y de esa unión curiosa surge algo hermoso. Peculiar, pero hermoso. El lagarto que juega a ser caracol ermitaño con una concha que no es de mar sino de huevo. El tipo que no pertenece, que es un permanente extraño, pero que afortunadamente cae en un sitio y se afana por convertirlo en su hogar para redimensionarlo todo. Recordé las películas de Stan Brakhage donde mezclando témpera con alas de polilla se construyen trepidantes bosques frondosos cuadro a cuadro. Pensé también en que nadie está exento de ser, aunque sea una vez en la vida, ese lagarto. Nos empeñamos en estar en un lugar al que no pertenecemos, de tomar posesión de aquello que supuestamente no nos va, de unirnos con gente y con cosas que “no son como uno”, y al final alguien te agradece el disparate. A veces, incluso, ese alguien tan agradecido es uno mismo. La casa del lagarto es como la vida, pensaba yo.

Pero la vida es una dama volátil que te vomita encima y no ha acabado la arcada cuando ya te clava un beso prodigioso, fresco, inolvidable (a veces es al revés, primero te da el besazo y luego te cubre de bilis). Porque al día siguiente, cuando ya estaba puliendo mi teoría sobre el lagarto en la cáscara del huevo de gallina, convencido de que esa era la historia que el destino me había obsequiado, me di cuenta de que el lagarto seguía en casa; pero muerto. El lagarto había ido allí para morir.

Me arrodillé y tomé la cáscara con el lagarto muerto, vuelto una espiral tiesa en su interior. Me dio un poco de pena. Tristeza por él, triste por mí que se me había ido al carajo mi teoría de las cosas que no van juntas pero que cuando encajan por accidente son aún más bellas. La belleza ahora pintaba seca, cubierta de hormigas y empezaba a heder.

Y fue allí que recordé sin recordar –es bueno esto de ser una especie de cleptómano de las ideas, pues te acuerdas de cosas que no sabes a quién se las escuchaste y a veces crees que se te ocurrieron a ti- un poeta sueco que decía que los hombres hacemos el amor porque es el momento más cercano que tenemos en la vida de volver al útero. Es nuestra máxima aproximación, nuestro más grande esfuerzo de meternos en ese espacio cálido del amor y la seguridad. Es como si algo primitivo nos impulsara a volver al vientre de la mujer amada. Buscamos en otra mujer, por otros medios, reinsertarnos en esa matriz de amor, cobijo y bienestar que sólo en el útero materno hemos conocido. Y como dice el gran Quino: deberíamos acabar la vida de la misma manera en que la comenzamos, con un orgasmo.

No tengo idea de cómo los homosexuales lidian con la pulsión de ese deseo primigenio. Le preguntaré a un amigo con quien puedo conversar de estos temas con absoluta desvergüenza a ver qué opina; aunque seguramente me dirá que los gay no tienen esa inquietud porque meterse en el vientre de la mujer amada es algo que sencillamente no les va ni interesa. Tampoco sé cómo solucionan el tema, o si acaso lo padecen, las mujeres. Creo que ni quiero saberlo, lo prefiero parte esencial de ese misterio intrincadísimo y fascinante que son ellas. Es probable que me lo expliquen, con paciencia y cariño durante la vida entera, y esa explicación estará siempre hilvanada con texturas y colores que no calzan con los matices que concibe mi espectro. Viviré condenado a no saberlo, menos mal.

Curiosamente, la vida -que es también una maestra muy extraña-, me ha regalado una teoría sobre cómo manejan el asunto ciertos lagartos.


jueves, 24 de enero de 2008

Psicoanál-iPod



Mucha gente cree que su apéndice electrónico natural es el teléfono celular. Se equivocan. Nunca el nexo es tan significativo y profundo como el que construye uno con su reproductor de música MP3. Porque ese carajo recoge como ningún otro aparato los retazos esenciales que lo componen a uno. Es un modelito a escala de nuestra personalidad, reproduce lo que fuimos, aquello que somos y lo que ya no somos. O lo que nos gustaría ser. El Ipod es la cápsula espacial –una privada y de bolsillo- en la que depositamos toda la música que no puede dejar de estar porque si se pierde nos desvanecemos también nosotros un poco. Los gringos dicen “You are what you eat”; algunos creemos que uno, más que aquello que come, es lo que oye.

El otro día un amigo me decía que un Ipod vive más o menos un año, a veces dos. Que el suyo andaba medio enfermo desde hace meses, pero que ya había aprendido resucitarlo cuando le daban los achaques. Aunque lo más seguro es que se le muriera pronto y tendría que comprarse otro más nuevo, más guapo, con más capacidad, para llenarlo de millones de gygabites de música que jamás en su vida va a tener tiempo de escuchar. Yo dije, pensando en el mío que es un entrañable anciano en muletas: “mierda, si este carajo se me muere se lleva a la tumba la mitad de mi música que no le tengo respaldo en ningún otro lado”. “Pues le debe quedar muy poco de vida, así que pilas” me dijo el amigo –que en ese momento lo sentí bastante menos amigo por andarme condenando a muerte a un familiar cercano-.

En “Broken Flowers”, la película de Jim Jarmusch, Jessica Lange encarna a una psicoanalista de animales que trata de canalizarle los traumas a un gato. Psicoanalizarle la mascota a alguien es una manera indirecta pero certera de tratar las neurosis del amo. Yo creo que más de uno debe estar acariciando la idea de hacer lo mismo con los Ipods. Tiene que estar surgiendo un movimiento, el psicoanál-Ipod, donde uno lleva su aparato de MP3 a consulta y se lo deja en manos a un psicólogo que también es crítico musical.

El psicoanalipodista -una suerte de científico intelectual vestido de Armani, con los cabellos cuidadosamente despeinados uno a uno- se acomoda sobre la nariz sus lentes de marca y le dice “por favor salga y regrese en una hora”. Coloca sobre el diván al aparato –porque el paciente es el Ipod y no usted- y le echa un vistazo al contenido, a la manera en que usted le ha organizado los archivos, si escribe con puras mayúsculas, en altas y bajas o en minúsculas, si le pone fotos a los discos o no, si le pone forrito protector a la criatura o lo tiene todo abollado y rayado. Luego pone a sonar música en reproducción aleatoria y mientras escucha lo que suelta el Ipod desenfunda su libreta de cuero para ponerle nombres, traumas, complejos, síndromes, castraciones, represiones a todo ese relato que el aparato está contando por usted y de usted.

Cuando, pasada una hora, vuelve al consultorio (más nervioso que un padre primerizo que ha dejado al retoño en su primer día de escuela), se encuentra con que el Ipod está ligeramente cambiado. Algo hostil, una incomodidad, un aire de antipatía o tal vez un dejo de rencor se respira desde el aparatito. El analista le dirá que le presenta a su nuevo Ipod y que lo felicita porque usted ha dado el primer paso en el camino de la superación de todos sus males. Que todo aquello contradictorio, las canciones que chirriaban con otras, fueron editadas para no darle más cuerda a su bipolaridad. Que la construcción de una personalidad ecuánime y armónica radica en alimentarse de insumos sonoros que no ofendan ni le tensen los nervios a nadie. “A partir de hoy ya usted no padecerá de su desorden de personalidades múltiples porque musicalmente estará inhabilitado para ello”. Que había artistas que definitivamente no le iban bien y por ello fueron eliminados. Que se corrigieron las imágenes más bonitas para que lo fueran aún más y las feas fueron suprimidas, porque hay que deslastrarse de la basura y rodearse de cosas bellas. Que toda aquella música considerada mala música fue sustituida por una selección de la mejor música (saltándose olímpicamente aquello de que para cada quien la música que le gusta es buena música y la que le disgusta es mala; pero quién le manda a meterse en una psicoanál-Ipod). Ah, claro, y que esta semana la cita cuesta 500 pero a partir de la que viene tiene una de control, para ver si hay avances (que nunca los habrá), y serán a 1000.

Usted saldrá de ese consultorio con su Ipod sonando en los oídos, pero también con la cruda sensación de que un extraño le acompaña, un desconocido que le grita cosas que usted no quiere ni le interesan en la pata de la oreja. Y pensará que quizás la clave esté en aquella amiga muy querida que hace poco le habló de andar en Hathanálisis –una cosa que mezcla Hatha Yoga con terapia psicológica-. Que parece que uno aprende a llorar de rabia al ritmo de la respiración del fuego y mientras haces asanas (posturas estáticas) le confiesas al terapeuta lo miserable que te hicieron sentir tus padres aquel día cuando rompiste un jarrón a los seis años.

Dos pasos más adelante usted mandará largo a la mierda al mundo entero, se quitará con un gesto rabioso los audífonos y le dirá a su Ipod a grito limpio: ¡Mira, gran carajo, tú sabes cómo es la vaina, que apenas lleguemos a la casa te voy a volver a llenar de toda esa basura maravillosa que me gusta a mí!


martes, 15 de enero de 2008

Análisis formal a unos billetes fuertes muy fuertes

En forma de silogismo nos han querido clavar la promoción de la nueva moneda nacional. Como si con la repetición automática y hasta el hastío de “un bolívar fuerte, una economía fuerte, un país fuerte” se estructurara una suerte de mantra que impactaría la realidad y la convenciera –nos convenciera- de ser otra cosa.

Así pues:

Un Bolívar Fuerte (qué maravilla lo que son los adjetivos, tú le pones “fuerte” al lado a cualquier sustantivo y de inmediato se pone grandote, papeado y valiente).

Una economía fuerte (qué bueno, esta es la parte del silogismo en la que a todo el mundo le da como risa nerviosa o pena ajena, como los carajitos cuando dicen una mentira).

Un País fuerte (aquí sí que estoy totalmente de acuerdo. Este país es muy fuerte. Tanto que debería traer en el empaque algo similar a lo que traen las cajas de analgésicos: Ibuprofeno Extrafuerte, Paracetamol Ultrafuerte. Y así uno se hace una idea del rollo en el que se está metiendo).

El billete de 2 trae en el anverso a un gordito, rechoncho, caretón, de pelo negro y ojitos de pillo. Y nos quieren meter el strike de que ese pana es Francisco de Miranda. Miranda, el de La Carraca, era una suerte de dandi seductor, afrancesado, elegante, alto, delgado, carilargo, de lacia y larga cabellera canosa que alguna vez fue castaña. Señores, por favor, acaso nadie se ha dado cuenta de que el carajo que sale en este billete no es Miranda… ES DIOSDADO CABELLO. La campaña presidencial para el 2013 ha comenzado, hechos los bolsas, de manera más o menos subliminal.

Este billete de 5 es producto del delirante sincretismo que se obtiene al cruzar a Aristóbulo Istúriz con Piedad Córdoba. Seguro que quien lo diseñó es un fanático de Mazinger Z que después de grande se metió a bolivariano y un día se preguntó: ¿cómo sería nuestro propio Barón Ashler? Y entonces agarró la cara de uno, el turbante de la otra, el color de éste, la sonrisita de aquella, se sacó un híbrido digno de la isla del Doctor Moreau y aquí lo tenemos vuelto billete.

En el reverso este papel moneda luce a un armadillo o cachicamo. Cobardes, se les enfrió el guarapo a última hora, tenían que lanzarse con todo y poner ahí lo que de corazón querían ponernos: un rabipelado.


El billete del Cacique Guacaipuro -que ha matado a su mujer-, sospechosamente parecido a nuestro rutilante Ministro del Poder Popular Para la Educación, Adán Chávez, en sus años mozos, mentor político de su hermanito el teniente coronel y en un futuro, si nos descuidamos, Gran Archiduque de Sabaneta de Barinas.


El espectacular billete de 20, sobran las palabras. En una sociedad donde se cuida tanto el género, donde nos cuidamos tantísimo en decir pluscuanperfectamente cosas como “pianistas y pianistos”, “jalabolas y jalabolos”, “mediocres y mediocras”, “infelices e infelizas”, jurando que la respuesta a los movimientos feministas y a la procurada equidad entre los sexos radica en esas soberanas güevonadas… surge la brillante idea de dedicarle un billete rosado a una heroína del terruño. Claro, porque, díganme: ¿de qué color son las niñas? Rosado. Rosado y moradito. Debemos ser el único país del mundo que tiene un billetito femenino rosa. Se sugiere sacarle una versión alternativa sustituyendo la imagen de Luisa Cáceres de Arismendi por la de Hello Kitty o la de las Chicas Superpoderosas.


El de 100, claro no podía ser de otra manera, es el de Bolívar. El magnánimo, el inalcanzable, el padre de todos los comedores de arepa –les guste o no-. Me pregunto por qué, simultáneo a todo este movimiento bolivariano que se rasga las vestiduras por Don Simón y que deben andar buscando las maneras de canonizarlo, nombrarlo cabeza del Consejo de los Jedis, de armarle un huequito en el pesebre al lado del niño Jesús y de que se instituya internacionalmente una nueva oración que rece: “Bolívar nuestro que estás en los cielos…”, por qué no surgirá un movimiento que simbólicamente devuelva a Bolívar al Panteón. “Coño, mi pana, muchas gracias por liberarnos, gracias por la épica, las cartas, las frases célebres, las recetas de cocina, de verdad nos quitamos el sombrero, pero ya basta, viejito”. Ya está fuerte, ahora más que nunca. Y nos libramos un poco de ese fardo, gracias por el legado pero ya es hora de lanzar esas maletas que nos anclan a un pasado negado a mirar sin complejos hacia adelante, llegaron los tiempos de vivir con el fantasma sin que su espíritu nos agobie en cada paso con su pesadísima sombra. Sugiero hacerle un billete único de un billón de Bolívares Fuertes a Bolívar. Un billete que nadie jamás podrá utilizar y que quedará guardado bajo llave junto a sus huesos. Mientras tanto que escritores, historiadores, artistas, gente de a pie, se avoquen a construir otros héroes. Cosa que nos hace tanta falta.


El billete de 50 lo quise dejar de último, porque es la flor que nace en el fango. El billete verde de Simón Rodríguez, una perla que con disimulo se cuela entre la escoria. Entre tanto héroe de batalla, tanta muerte trágica y el nefasto alud de neoestética patriotera se asoma el civil, el maestro, el revolucionario de las ideas y las letras. Y en el reverso del billete el que quizás sea el animal más mítico, el más peculiar y menos célebre de nuestra fauna autóctona: el oso frontino. Esos sí son dos detallazos como para ufanarse, para sentarse a pensar en la Venezuela posible que aunque la oculten acabará por irrumpir. La vida a pesar de todo después del temporal.



jueves, 10 de enero de 2008

Épica mínima del tonto urbano


U salió de casa y al pisar la calle se colgó los audífonos y subió el volumen al aparato. Escogió el camino de la izquierda, el más pedregoso, el empinado, el menos transitado. Pensó: “por qué será que nunca te buscas la más fácil”. Caminó un rato, inmerso en su banda sonora privada, pocos metros más arriba descubriría que la carretera de concreto daba lugar a un camino de tierra; siguió subiendo, levantando el polvo a su paso, y en la primera curva encontró dos gruesos montículos de arcilla molida rebosantes de hormigas negras en frenético ataque de construcción. Se le antojó estar en presencia de uno de los hormigueros más grandes del mundo. Al sentir que los primeros insectos comenzaban a cosquillearle ascendentemente por la espinilla dispuestas a morderle la carne del muslo decidió que era momento de continuar su camino. Pasó por una segunda curva, con todo el sol del mundo en la cara. Se le borró el camino, se le borró el borde del precipicio, se le borró el pensamiento. En esa curva, lo supo, sólo cabía el sol. Nada más que el sol. A ciegas, con el cerebro envuelto en un halo azul, llegaría entonces a la entrada del bosque flanqueada por una máquina amarilla; una planta eléctrica o acaso una bomba hidroneumática, en cualquier caso, fuera lo que fuera, era gigantesca y orinaba aceite negro por debajo de las faldas metálicas. En puntas de pie bordeó el charco infesto y se adentró en el bosque. Una serpiente negra, enrollada bajo las sombras de la máquina lo esperaba al otro lado. U dio un brinco, puso la mayor cantidad de tierra y arbustos entre él y la culebra; entonces descubrió con alivio y vergüenza que la serpiente no era tal, que era una simple manguera rota dibujada con una trama de recuadros blancos similares a escamas. Parecía un tentáculo mutilado que alguien le había cortado malamente a la máquina para luego dejarlo tirado allí.

Seguiría U adentrándose por el sendero del bosque, bajó el volumen de la música para escuchar mejor la charla de los pájaros, los murmullos de los animales agazapados tras la maleza, algo que no se ve pero que se rompe, eso invisible que se despeña. Se adentró en ese reino donde de pronto las plantas se empiezan a parecer a animales y los animales a plantas. Llegó a un claro donde se levantaba un gigantesco árbol seco sobre cuya rama descansaba un zamuro, grande y orgulloso como un buitre. Deseó U tener una cámara para registrar el momento, o, mejor, tener el poder para acercarse a los zamuros como si fueran perros nobles para sobarles el cogote con un par de palmadas afectuosas. Y como el zamuro no se intimidaba ni mostraba asomo de nerviosismo el hombre se acercó. Se acercó tanto como pudo hasta que el animal abrió las alas las batió tres veces y se lanzó al vacío. Se quedó U un rato junto al árbol viendo al pájaro oscuro planear contra el sol. Y le dieron ganas de bailar un poco. Quizás lo hizo en secreto, pero eso nadie lo sabe.

Decidió volver a casa, ya era tarde, seguro y comenzaban a preocuparse. Pero algo le mordió el talón, luego el tobillo. Pensó en un escorpión, quizás una avispa. Bajó, no sin pánico, la vista hacia sus pies; se rió de sí mismo, eran simples cadillos. Haciendo pinza con el pulgar y el índice se dispuso a sacar los cadillos que le mordían las piernas y se aferraban como garrapatas al algodón de las medias. Pero los cadillos, diminutos erizos verdes coronados con espinas rojas, eran tenaces. Se pinchó los dedos hasta sangrar. Se dijo: “estos son mutantes, radiactivos, los cadillos que yo conocía de niño eran verdes y no puyaban tan duro”. Logró arrancar a los más tozudos, emprendió el regreso a casa cojeando un poco y con la mano presa del escozor. El camino de bajada era amplio, soleado, de una arcilla rojiza compacta que de pronto tenía destellos. Se acercó a ver qué era aquello que brillaba y se maravilló al descubrir que se trataba de una piedra de cuarzo, una que a la naturaleza se le había antojado diseñar en forma de cubo. La desenterró, la sopló, la acarició con esmero entre sus dedos, a pesar de que el pulgar seguía entumecido, caliente, palpitante. “Me la llevaré a casa y le diré: mira lo que traje para ti”. Y cuando más absorto estaba en ver cómo se filtraba la luz del sol por entre los dibujos del mineral translúcido sintió el primer ataque. Un tordo en vuelo rasante le había despeinado la coronilla. U siguió con la vista a su agresor, desprevenido de un segundo ataque lanzado por otro pájaro que viniendo por la retaguardia casi le arranca un mechón de pelos. Corrió, corrió con todo, con vergüenza pero con decisión. Con el rabillo del ojo vio que los pájaros se agrupaban en formación de ataque y se le venían encima de picado. Pensó en lanzar la piedra, pero era su tesoro, su piedra escogida entre millones, la piedra no, eso nunca. Así que decidió hacerles frente. Gritó, agitó los brazos, y cuando los tenía al alcance lanzó una patada, una mawashi geri –la mejor que encontró en su repertorio después de 20 años sin practicar-. Los tordos huyeron volando en tirabuzones, haciendo unas piruetas rarísimas muy parecidas a los movimientos espasmódicos que hace la gente cuando se caga de risa, pero en esos ataques de risa tan pero tan fuertes que dan ganas de lanzarse al suelo y gatear. “A lo mejor cuando tienen mucho miedo vuelan así” pensó U, “pero mejor aclaro las dudas con mi amiga Eleonora que es de su misma especie", agregó.

Llegaría U a casa algo maltrecho, con ligero rengueo, el pulgar un poco hinchado. Abrió la puerta y cruzó el umbral con una exhalación. “Mira, te he traído un regalo sorpresa” le dijo a su Penélope que en delantal preparaba el almuerzo. Le entregó la piedra y ella dijo: “qué bonita, gracias”. U le mostró el dedo magullado coronado con un punto de sangre seca: “Vengo malferido, como diría el Quijote”, Penélope giró la cabeza y sin descuidar la comida humeante besó la zona adolorida. Utilizó lo más tierno del labio y un toque de lengua. U sintió que se le erizaba un vello interno por debajo de la epidermis. Devolvió el beso sanador con uno en la nuca de su mujer. Y tuvo una certeza en ese instante: “Quién diría que esta cadena de menudencias, esta concatenación de detalles tontos, se acaba pareciendo tanto a la felicidad”.

jueves, 3 de enero de 2008

La fórmula Emparan




De Emparan se habla hoy poco. Como si no tuviera ya cupo en el discurso oficial, no le guardaron ni siquiera una constelación diminuta en ese nuevo mapa celeste de los héroes y villanos que, apresuradamente y a trompicones, escribe la nueva historia de Venezuela. Se lleva demasiada saliva y centimetraje Ezequiel Zamora, no hay tiempo ni espacio para Vicente de Emparan cuando todos los esfuerzos están avocados a buscar la manera de encajarle a grandes y a chicos -con fuerza, maña y salivita- a Fidel Castro y al Ché Guevara como componentes fundamentales del renovado espíritu patriotero. Cuando se gasta tanta goma de borrar en desaparecer de los libros al catire Páez –ahora rebajado a la condición de pillo y traidor- pues imaginen ustedes qué fácil es con el mismo impulso eliminarle todo vestigio de existencia a un chiquito como Emparan.

Cuenta la historia -al menos la que estudiamos nosotros, que por lo visto era otra- que en el abril de 1810 Vicente de Emparan y Orbe, el último Capitán General de Venezuela, se asomó al balcón que daba a la plaza y le preguntó a la muchedumbre criolla que allí se concentraba si querían que él siguiera gobernando. La gente al principio no se atrevió a decirle al gobernante que no le querían, pero el padre Madariaga se había colocado astutamente detrás de Emparan, y le hizo gestos a la multitud para que se envalentonara y gritara: “No, no queremos.” Y entonces Emparan dijo algo que muy pocos han tenido, y tienen, la dignidad de decir: “Pues yo tampoco quiero mando”. Y dicho esto se fue para el carajo.

Hace pocas semanas nuestro payaso trágico particular que a veces se disfraza de presidente asomó la posibilidad de exhumar los restos de Simón Bolívar porque a él le olían raros esos huesos del Panteón y seguro que ni de Bolívar eran porque a él le consta que Bolívar fue asesinado por los traidores. Se equivoca una vez más el señor –no tanto por su teoría digna de un CSI colonial- sino que no son los de Bolívar los restos que debe procurarse, son los de Emparan. Hay que buscarlos donde sea, hay que revisarle el ADN hasta los tuétanos, recogérselo de cabellos y uñas. Y una vez hallados sus restos, y comprobados que pertenecen al Capitán General, destilar la esencia de Emparan para vacunar a la gente. Fabricar pastillas de Emparanox 500 mg, Emparan en gotas, Emparanol suero glucosado. No sé, hasta podría inventarse en laboratorio un virus Emparax que se esparciera como el Antrax. A ver, ojalá la dignidad se contagiara.

Cada vez que le venga un amigo a casa a llorar porque la mujer lo dejó, se fue con otro, le dijo que no lo quería desde hace rato, usted le pone diez gotas de Emparanol al trago y se lo hace beber fondo blanco: “Mi pana, recuerde a Emparan: si a uno no lo quieren pues uno tiene que aprender a dejar de querer”. Después de esa pea verá cómo el hombre empieza a vivir su despecho con mayor dignidad.

Si usted se siente cautivo en un trabajo de mierda, rodeado de gente que lo desprecia, haciendo no sólo algo que no le gusta sino que además le hace daño, aguantándose a un jefe que lo humilla, pues no tiene que meterse Lexotanil, ni Prozac ni Tafil, usted se inyecta una intravenosa de 3 cc de Emparanil, renuncia, mete sus cuatro cositas en una caja de cartón y se despide con un “Pues yo tampoco los quiero”.

Si por casualidad usted comienza a ver que a su retoño lo maltratan los compañeritos del colegio, que se afana en su intento de ser amigo de un grupete de rufianes infantiles que se burlan de él y lo tienen de sopita, pues suminístrele Emparín de uso pediátrico. En poco tiempo se sacudirá a los pequeños pelmazos y se rodeará de amigos que de verdad lo quieran y lo merezcan.

Y si usted, vamos a suponer, es gobernante y le pregunta a la gente si quieren que el país sea suyo por decreto, si quieren que usted mande hasta que se muera de viejo, si quieren que usted sea quien le ponga los nombres y los dueños a cada pedacito de cualquier cosa que se le ocurra y la gente –igualito que a Emparan- le responde a todo eso: NO, NO QUEREMOS. Pues usted no dice “Por ahora…”, tampoco dice que lo intentará por otras vías, ni dice “ya veremos, inmaduros de mierda”. No, señor, usted se busca esencia de Emparan y se la administra en abundantes dosis, por vía oral, en inhalaciones, en globulitos homeopáticos o en flores de Bach. Se medica con su Emparan concentrado, uno antes del desayuno y otro antes de acostarse, y así lo va asimilando por unos 1825 días (eso son unos 5 años). Seguro que se le quitan todas las pataletas. Y bueno, en caso de que su organismo se resista mucho a la medicación, pues no se preocupe, seguro que sacarán también Emparan en supositorios. Encontrará a más de un voluntario dispuesto a ayudarle a no saltarse ni una sola dosis.

martes, 11 de diciembre de 2007

La gente del recuadro


En los días siguientes al referéndum un amigo -que ha seguido desde su pueblo todo este trote con una pasión quizás mayor que varios venezolanos- me hace el siguiente comentario:

-Che, todo bien que ganó el NO a la reforma, está bárbaro; pero te confieso algo, a mí me mata de pena es la mina del recuadro, esa que traduce simultáneamente en lenguaje de sordomudos las boludeces que dice Chávez durante horas.

Y yo me quedé en blanco pensando: “qué comentario más raro este”. Pero así son a veces las cosas que más nos dan alimento para el pensamiento. Ahora, por culpa de este sujeto, tengo obsesión con la chica del recuadro. Ahora ni escucho lo que dice el traducido sino que sufro, vibro, me maravillo con las cosas que hace la traductora con esa materia extraña que ha de transformar.

Por ejemplo, el otro día a Chávez le dio por cantar (cosa que a algunos provoca deseos de ser sordos) y la mujer –allá en el rincón, chiquitica a escala, abajo a la derecha- decidió hacerle la coreografía al “Hoy todo me parece más bonito, hoy canta muy alegre el ruiseñor…”, hasta que llegó un momento en que la tipa abandonó, hizo un gesto de “no sea pendejo nadie” y se cruzó de brazos furiosa hasta que el presidente terminó.

En ocasión de los resúmenes de la alocución que dio el presidente asumiendo la derrota en la madrugada del lunes 3, la chica logró traducir con absoluta entereza la parte de “final de fotografía dice el jockey con gran alegría” (que vaya que no estaba fácil). Pero luego, cuando le tocó traducir las cifras del NO con 50,71 y el SÍ con 49,29, puso cara de “Cónchale, yo que nunca aprendí a dividir con decimales, me vuelvo un culo”.

Y el día en que el Ministro de la Defensa dijo con confiado vozarrón a los cuatro vientos que Chávez era Impresionable (queriendo decir que no era presionable –es que la revolución no sólo es estética, es lingüística también-), la muchacha se redujo aún más en su rectangulito, se hundió de hombros e hizo gesto de: “No vale, qué pena con esa gente, me voy a hacer la loca, yo esto ni lo oí”.

Lamentablemente, no conozco a nadie del gremio de los intérpretes a lenguaje de sordomudos. Me imagino que tienen un estricto sistema de rotación, y cada vez que alguien le toca un Aló Presidente o una cadena presidencial llora lágrimas de sangre, negocia cambiarlo por 10 noticiarios, ofrece una tajada gruesa del salario anual, intenta hacer un trueque con sus aguinaldos, busca una constancia médica para que le den de baja por depresión o para que justifiquen que no puede hacer ese trabajo porque está comprobado que traducir a Chávez somete al traductor a un serio maltrato neurológico.

Igual me gustaría que los especialistas en lenguaje de sordomudos, los dignos habitantes del recuadro, me ayudaran a aclarar algunas dudas que se me van haciendo existenciales:

-Cómo se dirá en lenguaje de sordomudos: “Presidente, mire, a lo mejor esa victoria es pírrica y de mierda y a usted no le interesa ni un poquito porque prefiere lo corajudo de su súper derrota… ¡coño, pero cómo se la están gozando los que votaron por el NO!”

-Cómo se traducirá, si uno es muy meticuloso con su trabajo, a un vocero como William Lara con su verbo sibilante y esas eses que chasquean como delicados látigos hasta en sitios donde no van: “Yo, como miembrosssss de este gobiernosssss bolivarianosssss estoysssss profundamentesssss satisfechossss por la derrotassss obtenidassssss”.

- Y si por ejemplo uno tiene que traducir, ponte tú, a un Alcalde que hable como si fuera Guille el hermanito de Mafalda pero con sobredosis de plomo en el cerebro: “Motodizados mantenedze acuadtedadoz. Nuezto lided madzimo, ed lided fundamentad de la devoduzión se comunicadá con udztedez y gidadá inztrudziones pada ejedzed demostazion de fuedza”.

- (A ver, compartan un secreto, que les juro que no se lo cuento a nadie… cuando habla el Ministro Carreño –aunque quizás hablar no sea el verbo más feliz cuando no se dice nada ni significa nada lo dicho, pero bueno- ese es el momento más divertido del año para Ustedes ¿verdad? Allí se vale todo. Es como cuando a los niños les dicen en la escuela “Al final, en este espacio en blanco pueden hacer un dibujo libre”).

-Cómo se conjugará en lenguaje de sordomudos la primera persona del plural del verbo “adquerir”. Por ejemplo: “Cuando jurábamos haber ganado adquerimos la derrota”.

-Cuáles serán los gestos precisos para decir: Presidente, disculpe, podría bajarse el pantalón y ofrecer la nalga izquierda, es para ponerle este sellito con la fecha de caducidad “Vence en el 2013”. No se moleste, presidente, colabore, mire que para TODOS es mejor eso a que Usted se vaya luciendo en el mismo sitio la huella de una bota militar.


miércoles, 5 de diciembre de 2007

El Referendazo


Me cuenta una querida amiga uruguaya, Paola Perkal, que cada vez que hay un juego importante de la selección en el estadio Centenario de Montevideo, el público despliega una gigantesca camiseta celeste que dice “1950”, en honor a la fecha del inolvidable Maracanazo, asunto al que 57 años más tarde los uruguayos le siguen sacando punta. Paola me lo cuenta con algo de ironía, con un toque de sarcasmo autocrítico, pero algo en el fondo de sus ojos brilla de legítimo orgullo, una emoción silente que se contagia y le provocan a quien la escucha las ganas de sentirse uruguayo al menos por unos segundos. Pase lo que pase, aunque la celeste no gane un mundial nunca más, a pesar de que el Maracanazo sea irrepetible, ese 2x1 contra Brasil en la final, endosado a domicilio, contra todo pronóstico y con absolutamente todo en contra, sobrevivirá al paso de los siglos. Los pueblos y las personas necesitan eso en su historial, poder tomarse una cerveza, ponerse una mano en el hombro –por más que el mundo afuera se empeñe en caerse a trocitos- y comentar “Coño, ¿te acuerdas del día en que fuimos grandes?”.

El domingo 2 de diciembre nos tocó a nosotros jugarnos un partido crucial. Teníamos un equipo raro, pero eso no tiene nada de peculiar porque Venezuela siempre ha sido un equipo raro, y justamente por eso resulta tan entrañable. Nos enfrentábamos a un equipo de puros Materazzi forrados de rojo. En el fútbol hay rivales que no proponen, no construyen, no tienen estilo de juego. Su única estrategia es el saboteo. No saben ni pueden jugar de otra manera. Te responden una gambeta con un insulto, a un pase con una patada a la canilla y cuando te metes al área para cabecear un corner te pellizcan, te halan de los pantalones, te escupen, te dicen asquerosidades sobre tu madre o tu hermana. Hay adversarios que no están interesados en jugar, lo que quieren es sacarte de juego. Sacarte de quicio. Provocarte. Dignos discípulos de una nefasta escuela que ha proliferado –en este terreno de juego como en tantos otros-, la que rinde tributo a la trampita, la del saboteo, la de la jodita y la destrucción. Empeñados en hacer de lo extrafutbolístico un monstruo infesto que salpique a lo futbolístico. Y así te ganan, cuando caes en la trampa, cuando se te vuelan los tapones y de tanto que te hostigan acabas por encajarle la cabeza como un mazazo en el centro del pecho. Tarjeta roja y fin del sueño.

Pero el domingo 2D les metimos un golazo. Y sintieron la punzada, les dejó heridos de muerte. El gol más lindo en años, el más bonito que se recuerde. Fue una jugada colectiva que los dejó regados como barajitas sobre el gramado. Nicolás Maduro quedó sentado en el medio campo, llorando como un enorme bebé bigotudo. Cilia Flores perdió su típica sonrisa dibujada por el desprecio y entonces un cerro de años se le precipitó sobre el rostro. Barreto intentó atravesar su gruesa humanidad pero le colaron el balón bajo las piernas en un túnel prodigioso que no pudo detener ni siquiera lanzando una estocada. Soltaron a los perros de presa de la defensa, Jessie Chacón y Freddy Bernal, pero no les dio tiempo siquiera para desenfundar o de aventurar un hachazo de esos que ellos –como buenos metedores de pierna- son capaces. Enfilamos al arco, entrando un poco orillados hacia la derecha, por los predios de Diosdado Cabello; pero misteriosamente el hombre no se defendió, se apartó, dio un pasito a un costado, nos dejó el carril libre (como si le conviniera más bien el gol en contra). Salió de defensa central, desgañitado con la yugular a punto de estallido, vuelto una furia y con los tacos en alto, Jorge Rodríguez; pero lo dejamos tendido con una gambeta corta. Y entonces nos salió Chávez dispuesto a defender su arco con la propia sangre (aunque primero con la del resto de su equipo y luego, si no hay otro remedio, pues con unas gotitas de la suya). No sé cómo la metimos, sería de taquito, un poco de medio bolea, con las uñas, con los dientes apretados, con la punta del pelo, arriesgando la cara, de culo, con la mano de Dios (que algunos me juran que se escribió con B de Baduel, pero qué sé yo), la metimos exhalando un último aliento, con los arrestos que teníamos; pero entró, pegadita al palo, tan ajustada que casi no entra, pero esos son justamente los goles más hermosos. Chávez quedó mordiendo la grama, con el gusto a tierra entre los dientes, desinflado como un titánico monigote que se pincha hundido de cara al suelo.

El árbitro dio tiempo de recuperación –mucho más del que correspondía-, forjó al partido a prórroga cuando no era necesaria y cuando la prórroga llegó al final y nosotros seguíamos arriba en el marcador exigió que se jugase otra prórroga más. Y otra. Hasta que ya no se pudo tapar más el sol con un dedo. Tibisay Lucena, a pesar de portar un rictus que casi le impedía soplar, dio los tres silbatazos finales. Y Venezuela celebró. Se abrazó con una honestidad, una alegría y un cariño que hacía años que no se lograba abrazar.

Algo me hace pensar que nosotros también dentro de 57 años estaremos desplegando una colosal camiseta que nos cubra a todos: la del 2 de diciembre de 2007, el día del Refrendazo. Porque esa noche del 2D las cosas amenazaban con hacerse planas para siempre, con restringirse a las mezquinas dos dimensiones que exigía la propuesta de reforma; pero milagrosamente llegamos a un amanecer en 3D. Allí ganamos una dimensión más. Cuando más nos quisieron pasar la aplanadora más nos crecimos, nos hicimos más anchos, más largos, ganamos en profundidad. Crecimos en volumen y demostramos una enorme capacidad. Pasarán, pues, muchos años y muchas cosas, y sin embargo, con un orgullo que ya para entonces será parte de nuestros genes (y a pesar de que, como siempre, el mundo afuera seguirá empeñado en caerse a trocitos) compartiremos una birra, nos pondremos una mano en el hombro y nos invitaremos a rememorar ese día en el que, coño, fuimos tan pero tan grandes.