jueves, 12 de noviembre de 2009

Las rutas de la destrucción

Quien se toma el tiempo para destruir su ciudad por medio de la ficción es porque le duele que la destruyan en la realidad.

Cada vez que un artista le pone cariño y oficio a su apocalipsis personal y a las distopías que más le tocan, es como si estuviera inventando una contra, una plegaria, un escudo. La ficción funciona como protectora de la realidad.


Les duele a los japoneses su Tokio y por eso la derrumban y la vuelven a levantar en cada batalla de Godzilla, de Ultraman, de Mazinger, en Akira o en Evangelion. Porque por medio de esa destrucción simbólica se garantizan que las bombas atómicas no volverán a estallar nunca más sobre su isla.


Le importa su Londres al Alan Moore de “V For Vendetta” o al Orwell de "1984". Los regímenes totalitarios en Inglaterra sólo existen en la ficción porque solo así (y sólo allí) se quedarán encerrados sus fantasmas sin permiso a colarse a este lado de la existencia.



Un hechizo similar se ingeniaron Liberatore y Tamburini con Ranxerox. Y ese sortilegio, conjurado desde las sombras del cómic, impedirá una nueva caída romana en manos de la barbarie absoluta. O al menos no del todo.


Quizás no haya una París tan decadente y miserable como la que pinta Enki Bilal. Y eso se debe a su miedo de que la ciudad luz se le convierta en la Belgrado donde nació y del que tuvo que huir siendo niño. No sucederá, gracias a él.


Héctor Germán Oesterheld se inventó en el Eternauta una nevada tóxica sobre Buenos Aires que diezmó a los porteños. Una invasión de extraterrestres que obligaba a los argentinos a unirse para que colectivamente echaran a patadas al mal. Y gracias a esa metáfora puesta en historieta más tarde se pudo escribir otra historia en Argentina.


Los robots gigantes llegaron ya a Montevideo. Han causado un Ataque de Pánico que es de los homenajes más sentidos que se le haya hecho a la ciudad. Uruguay, confiemos en ello, está a salvo.



Es urgente construir un letrero que diga A CARACAS. Que nos inventemos -cada uno desde su trinchera y con sus propias mañas- otros robots, otros marcianos, otras nevadas tóxicas y otros héroes. Que la volvamos polvo en la ficción y la ayudemos a levantar mil veces más, antes de que sea demasiado tarde.

martes, 6 de octubre de 2009

Historias no contadas

Grant Gee, director del documental sobre Radiohead

Eso fue una tarde de mayo del año 2000, en un lugar cuyo nombre tuve hoy que buscar en Internet porque no lo recordaba en lo absoluto: El Instituto de Arte Contemporáneo de Londres (ICA). Ocurrió, para ser exactos, en el descanso de la escalera que comunica la planta baja con el primer piso. Estábamos haciendo un documental sobre cine digital y ese día, en medio de un festival llamado onedotzero, acordamos vernos en el sitio para entrevistar al cineasta inglés Grant Gee.

Grant Gee, un flaco de 2 metros largura y de una palidez translúcida, había sido el director de un documental sobre Radiohead: “Meeting People Is Easy”, una de las películas más honestas y hermosamente fotografiadas que alguien pueda hacer jamás sobre una banda. Gee, con un ojo privilegiado, logra captar siempre con el mejor encuadre y en el mejor tiro de cámara posible todo un universo de tensiones, desencanto, soledad e incomodidad. No es la película que cuenta el viaje de los héroes, no es la oda cinematográfica a unas estrellas del rock. Es un vistazo preciosista pero urticante a toda esa tirantez que habita entre los miembros de un grupo que ya no aguantan un concierto más ni una sesión de fotos más ni una entrevista más ni una habitación de hotel más ni un viaje quién sabe a dónde (todos los lugares son el mismo lugar y todos son igual de aburridos) y sobre todo que no quieren saber nada de nadie, mucho menos de sí mismos. Grant Gee se subió a un avión en 1998 jurando que haría una obra épica sobre Radiohead de gira, en el clímax de su creatividad y de su carrera artística, pero acabó en 1999 encontrándose en la insospechada situación del hombre a quien le toca construir el retrato un grupo que está a un tris de mandarlo todo al diablo, de atomizarse sin mirar atrás o de estrellarse mutuamente las cabezas contra los amplificadores en mitad de un ensayo. Grant Gee creía que iba a hacer una película y terminó viéndose obligado a hacer otra, una que curiosamente terminó siendo más rara y (estoy convencido) mucho mejor.

Así que allí estábamos grabando esa entrevista con el cineasta para nuestro documental sobre cine digital, de pie todos, en el descanso de la escalera del ICA de Londres, en un espacio que se abría a mano derecha decorado con un gran espejo. Y Grant Gee nos contaba este cuentote sobre Radiohead y la película que él pensaba hacer y la película que al final tuvo que hacer, y lo contaba todo en un inglés superior que para modularlo necesitaba la cara entera y toda su dentadura y del que yo entendía dos de cada tres palabras (o a veces una sola o ninguna) y mientras hablaba el tipo se balanceaba sobre sus pies talla 50, largos como chapaletas de gamuza, y lentamente, oscilando, se dejaba caer sobre el brazo derecho que lo tenía apoyado contra el espejo, tomaba impulso como un bailarín clásico y se empujaba con todo el antebrazo para lanzar el peso del cuerpo hacia su pie izquierdo y de nuevo del izquierdo al derecho, de nuevo el espejo lo atajaba en suave caída y de nuevo se catapultaba contra su propio reflejo, como siameses albinos unidos por el codo meciéndose uno con otro. Y mientras Grant Gee bailoteaba, se balanceaba y hablaba, yo pensaba -varios decímetros más abajo- en que qué grande que eres Grant Gee, yo nunca voy a ser tan grande, mira cómo te ves reflejado en el espejo mientras bailas, mira qué inglés impecalbe el que hablas, mira qué película prodigiosa la que te lanzaste luego de un año acompañando a Radiohead por el mundo entero, yo nunca voy a llegar tan alto, sobre todo porque yo genéticamente no puedo, me faltan como 30 centímetros, que es el tamaño de una regla, de una de esas que uno utilizaba en el colegio, coño y yo tenía una regla de esas de 30 cm. que era verde transparente, como de kriptonita, una belleza, o sea que si yo me pusiera la regla esa en la cabeza yo sería más o menos como de tu tamaño, pero eso sería trampa y además ridículo, imagina tú que nos pusiéramos a hacer la prueba de quién es más alto aquí frente a este mismo espejo, con mi regla verde en la cabeza; dónde estará esa regla, será que sigue en casa de mis viejos, porque yo me acuerdo que cuando me falseé el pie jugando fútbol y me enyesaron (te imaginas si hubiera sido futbolista, a lo mejor esa era mi verdadera vocación y por culpa del Pollo me lesioné el tobillo a los 12, el coño de su madre, estaría metiendo unos golazos de media bolea en vez de andar pensando, escribiendo y grabando güevonadas) yo me rascaba con ella, una delicia, no se me calmaba con nada la piquiña y yo agarraba mis 30 centímetros de kriptonita y los metía por el espacito entre la pierna y el yeso y era lo único que me calmaba, qué placer, loco, no tienes idea del alivio, seguro que debe andar por allí porque nadie bota una regla verde así…

Y en eso Grant Gee desapareció. No estaba. Hubo un estruendo, un estallido de cristales y el hombre ya no estaba ni en la vida real ni en el reflejo.

Nos quedamos varios segundos con la cámara prendida enfocando al vacío, al lugar donde hasta hace poco estaba aquella humanidad enorme hablando de cosas maravillosas pero inentendibles, hasta que nos dimos cuenta de que, en su último balanceo contra el espejo, el cristal se había roto y el tipo había caído por un hueco que había detrás. Un agujero enorme, tan grande como el espejo que antes lo tapaba, se abría en la pared y de allí salía, más pálido que nunca (hay que echarle bolas, se los juro) un Grant Gee ileso pero aterrorizado. Lo ayudamos a salir y a limpiarse las ropas de los pedazos de espejo roto, no tenía ni un rasguño (yo creo que los espejos ingleses están hechos de un material que no corta o los milagros de verdad existen). El gran Grant estaba aturdido, no pegaba ni un artículo con medio sustantivo, balbuceó cualquier excusa y dio por terminada la entrevista. Además ya había llegado la gente de seguridad y los encargados del ICA a ver qué había pasado y nos pidieron desocupar el lugar (claro, tenían que ser los venezolanos los que nos rompen este espejo que lo colgó aquí la reina misma cuando era niña).

Antes de correr escalera abajo Gee nos hizo señas de que miráramos al hueco que se había abierto en la pared. Metimos la cabeza y nos asomamos a un oscuro mundo paralelo de túneles, galerías, pasillos, vigas. El verdadero documental, la verdadera película que teníamos que hacer, no era sobre Grant Gee ni sobre Radiohead ni sobre los albores del cine digital; era la de ese hueco detrás del espejo.

Al día siguiente volvimos a ICA dispuestos a colarnos al mundo que se abría al otro lado del espejo pero la zona estaba acordonada. Con eficiencia británica habían puesto una cinta amarilla de Peligro, prohibido el paso y habían levantado una pared provisional que tapaba el gran agujero que ayer había abierto la humanidad de Grant Gee (y no nosotros como de seguro anda pensando todavía la inteligencia británica).

Detrás de aquella pared quedaba tapiado un documental que nunca filmé. Otro más que no existió y sin embargo su imagen se me instaló en la memoria. “Son más las películas que nunca se hacen que las que se terminan” dicen. Y, agregaría, por más que se hable y se escriba siempre son más las historias que no se pueden ni se saben contar.

No sé para qué cuento esto. Eso tampoco se sabe casi nunca. Pero si alguien llegara a acercarse hasta el ICA de Londres, por favor que rompa el espejo del descanso de la escalera, que se asome al hueco que encontrará detrás y se adentre un poco. Que libre por mí y por todos. Será –como diría Bioy Casares- un acto piadoso.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Arepa (f)Rita


A Cacho lo lleva siempre ella, porque es obediente, está consciente de su fuerza, ha sido entrenado y además es un caballero que algún día, si nos descuidamos, lo encontraremos con mostacho y fumando pipa sobre el sofá mientras escribe sus memorias. Cacho sabe caminar a la distancia prudente, frenarse cuando toca, agilizar el paso cuando se le suelta la cuerda, se sabe sentar, tumbar, dar la pata, ofrecer la barriga para que le rasquen. Hace de todo menos buscar el palito porque eso sí le parece cosa de idiotas.

Cacho es bóxer alemán, con tamaño y carácter de Rottweiller, y como buen alemán tiene un imperativo categórico inserto en el código genético que le marca con pulso firme los límites de lo que se debe o no hacer. Así que puede tener ganas absolutas y descomunales de comerse algo o de liarse a dentellada limpia con cualquier cosa cuadrúpeda o bípeda que se asome por allí, pero si no es lo correcto, si no está dentro de los parámetros de lo que “un buen perro debería hacer” el tipo respira hondo, gruñe hacia dentro y se queda en su sitio hasta que se desvanezca el objeto de la tentación. Cacho es un magnífico perro. Rita, al contrario, no es una buena perra; es una persona.

Rita es como una barloventeña a la que alguna brujería redujo al cuerpo de una bóxer americana. Rita es puro deseo concentrado, como aire caliente en una olla de presión, un terremoto mal atrapado en el cuerpito moreno de una perra. Rita va a la velocidad que le da la gana, o no va a ninguna velocidad si la gana que le da es la de sentarse de culo hasta que le den ganas de hacer otra cosa, acaso de saltar aquel muro de 5 metros coronado por alambre de púas y picos de botella para jugar con cualquier cosa que esté detrás (ya verá luego cómo hacer para devolverse o a quién enamora para que la devuelvan); no se sabe sentar, ni tumbar, ni dar la pata, ni entiende eso de “No hagas eso, Rita” o “Así sí, Rita, muy bien”. Para ella ambas cosas significan más o menos lo mismo y a ambas te responde con la misma lamida de lengua entera que te llega hasta el esófago. Se come lo que le da la gana (y nada jamás le cae mal, excepto las camisas sudadas y llenas de restos de pintura y cemento de algunos albañiles; pero las evacúa en menos de 24 horas y ya está lista para comerse las camisas de una cuadrilla de obreros más).

Así que a la hora de pasear yo llevo a Rita. O Rita me lleva a mí.

Rita va lentísimo cuando tenemos que correr y se lanza a toda mecha barranco abajo cuando lo prudente es parar. Rita es como Beowulf -que tenía la fuerza de 30 hombres-, ella tiene la de 30 perras pero sin tener la menor conciencia de lo duro que pega ni de lo fuerte que muerde ni de lo macizo que es su hocico cuando te saluda tomando impulso de 20 metros, corriendo a 60 Kph y lanzándose de cabeza desde el descanso de la escalera para que tú la atajes más abajo contra el pecho.

Ese día iba Cacho primero y, educadamente, diplomáticamente, con un elegante movimiento de cuello y ligera apertura de las fosas nasale, pasó junto a una arepa tirada en la mitad de la calle. Seguro pensó: “Um, qué delicioso sería comerse esa cosa, pero no es correcto y además seguro me sentaría mal en el estómago”. Rita no se dio cuenta de la existencia de la arepa hasta que estaba cinco metros más allá, entonces algo en el viento le avisaría: “Chama, te acabas de pasar una arepa frita, medio mordida, de esas que tienen un hueco del tamaño de un dedo en el centro”. Y entonces Rita nos arrastró a los cuatro hasta la arepa frita y tuvimos que tirar de la cuerda entre todos para que no se zampara aquella vaina. La regañamos y le dijimos que no, que eso no se comía, que estaba sucio, que ella tenía su comida para perros en casa. Nos miró con cara de: “quiero que sepan que la vida pudiera ser mucho más divertida si se atrevieran a vivirla”.

Dejamos la arepa atrás y estuvimos paseando los cuatro por más de una hora, subimos cerros, cruzamos quebradas, descansamos junto al Samán, atravesamos el sendero de tierra que se abre en medio del bosquecito, vimos un águila, diez de zamuros, varias lagartijas verde radiactivo. Cacho quiso meterle diente a todo pero estoicamente resistió. Rita, curiosamente, siguió su ejemplo.

Cuando veníamos de vuelta le pasamos por un costado a la arepa que seguía frita mordida y con el dedo en su medio allí tirada al sol. Cacho la olisqueó a distancia prudencial y continuó su camino convencido de que una vez más era un buen perro que hacía lo correcto. Rita se le quedó mirando a la arepa con una expresión que cualquiera llamaría de nostalgia. “Muy bien, mi muchacha, cuando lleguemos te voy a dar de premio una galleta” le dije, y me miró con cara de “Merezco dos o tres galletas… es más, deberían darme cuatro, que Cacho me regala la suya”.

Llegamos a casa, guardamos a Cacho y a Rita en su territorio, cerramos la reja que los separa del mundo exterior. Mientras preparábamos el desayuno se nos asomó Cacho por la ventana como queriendo decirnos que algo pasaba. Ladraba con voz aguda, como un niño a punto de lanzarse a llorar. Salí a ver qué era eso tan extraordinario que hacía perder la compostura a Cacho y descubrí que no había nada. Absolutamente nada. Aquel patio estaba desierto. Ni siquiera estaba Rita. Me asomé por la ventana –me imagino que con la misma descompostura y la misma voz de Cacho-: “Rita no está”.

Salimos a buscarla, la llamamos, le silbamos, revisamos cada agujero y cada posible escondite. Nada. Rita, la escapista, no estaba. Volvimos a casa a ver si había vuelto en nuestra ausencia. Tampoco. Y en eso, cuando estábamos a punto de lanzarnos al suelo a llorar los tres, una sombra nos tapó el sol, algo saltó la reja de 3 metros y, con la gracia de un garrochista olímpico, sobrepasó los barrotes con varios centímetros de cómoda altura. Aquello que nos cayó del cielo era Rita. Traía su arepa en el hocico.

Podemos jurar que detrás se le notaba la sonrisa.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El fantasma en la máquina


Mi padre solía decir que lo primero que hacen los que se quieren es cambiarse el nombre; por eso es que las parejas de recién enamorados suelen inventarse unos apodos espantosos y cursilísimos y privadísimos, o se llaman por el segundo nombre (ese mismo que nadie utiliza ni se sabe jamás), porque de esa manera sienten que se apoderan del otro: tú me perteneces porque te he dado un nombre nuevo con el que nadie más te puede llamar.

Hay gente que le pone nombre también a lo inanimado. Le tiene un nombre al carro, a la casa, al llavero, a la computadora, al teléfono, a la lavadora y la lamparita de la mesa de noche. Yo soy una de esas personas. Establezco relaciones personales con ciertas cosas –contadas y entrañables, sólo con cosas que se saben ganar mi afecto- y las bautizo; no sólo para hacerlas más mías, sino también con el convencimiento infantil de que así nos llevaremos mejor, será una relación más estrecha y duradera y a la hora de la chiquita le van a poner un extra para no dejarme mal parado.

La patología que padezco me la contagió (y potenció) mi hermana, que cuando yo era niño la acompañé solidariamente a hacer una diligencia en su auto –ella estaba empezando a manejar sincrónico y le tenía miedo incluso a llegarse hasta el kiosco de la esquina para comprar el periódico- y cuando veníamos de regreso su Ford Corcel se apagó de mala manera. Nos tuvimos que orillar, intentó encenderlo cien veces y nada, sonaba fatal, algo realmente malo ocurría. Y entonces mi hermana puso ambas manos sobre el volante, cerró los ojos y lanzó una plegaria extrañísima: “Babieca, no me hagas esto. Por favor llévame aunque sea hasta la casa”. Y el pana ha prendido. Nos llevó hasta la puerta de la casa y allí se espichó, se despaturró, cayó con la lengua afuera y la panza pegada al asfalto. Mi hermana, aún temblorosa, se bajó del Corcel, le hizo cariños en la capota como quien le acaricia el cogote a un perro y le dijo: “Gracias, Babieca”.

Esa misma tarde me enteré que Babieca, además de ser el nombre del carro de mi hermana, había sido el caballo del Cid Campeador. Todo se conectaba. Y todo en mi vida, por un minuto, cobró sentido.

Así fue como tuve una Betty que fue carro plateado, a un Xavi llavero guardián de las llaves de casa, tuve también a un Alí (el único celular que ha durado conmigo más de un año sin fugarse ni morir de autocombustión espontánea) y tuve a Jacinta que era laptop.

Esta es la historia de Jacinta.

Jacinta fue una Toshiba modelo Satellite negra con azul oscuro. Una morenaza coqueta, compacta y fiel que me acompañó exactamente durante mil y una noches. Me la dieron una semana antes de irme a vivir a Barcelona. Escribí al menos tres horas diarias durante años en esa máquina: cosas para otros, cosas para mí, cosas para publicar y cosas para quemar. Y escribí allí mi primera y única novela, desde el título hasta el punto y final. De alguna manera, Jacinta fue ese agujero escondido que nos buscamos en el tronco de un árbol o en las rendijas entre las piedras para susurrar dentro aquello que a nadie más nos atrevemos a decir. Pero una vez lo dije todo tenía que corregirlo para mostrarlo. Y entonces decidí que iba a sacar el archivo de la novela, se lo extraería de las entrañas a Jacinta porque mejor me iba a corregirlo en la otra computadora que había en casa. Una grande, rubia, nueva, hecha en Suecia, con conexión a Internet de banda ancha, pantalla de 17 pulgadas, con teclado en español y, lo más importante, con corrector de palabras de ese que te subraya en rojo o en verde cuando algo está mal escrito o suena muy raro (dependiendo, claro está, del nivel de redacción del ingeniero que programó el procesador de palabras).

Durante semanas tuve a Jacinta apagada, condenada al silencio, a la oscuridad y a la distancia, allá en la silla del cuarto, la del rincón, debajo del montón de ropa que me iba quitando. Mientras, yo corregía y reescribía en la sueca y cuando se me cansaba la vista pues me ponía a mirar Internet y me pegaba una dosis de chat.

Hasta que ocurrió la tragedia. Un día, en plena edición, avanzando al trote ligero sobre mi rubia gigantesca ¡PUM!, se murió la catira. Se murió con todo dentro, se le quemó la tarjeta madre, se le borraron los archivos, se chamuscó y chamuscó todas las cosas hermosas y caras que le habíamos metido dentro. Había perdido mi trabajo de meses. Nada de lo que había corregido se había salvado. Lo único que me quedaba de mi novela estaba en el vientre de Jacinta.

Así que volví como un marido arrepentido, con la cabeza gacha y sin saber dónde meter las manos, a buscar a mi negrita criolla a ver si me recibía. La encendí y me estaba esperando en el mismo punto y final donde la había dejado semanas atrás. Volví a comenzar la reescritura desde cero. A revisar de nuevo cada capítulo, cada nombre, cada oración, cada coma, cada punto, cada sangría. No hizo falta que la negra Jacinta me dijera nada, comprendí perfectamente su rabia y su humillación: “Claro, yo me calo todo el embarazo y todo el parto para que al final te lleves a la criatura con tu nueva novia que es más joven y guapa”. Entendí también que la sueca no había muerto de muerte natural. El fantasma de alguien le había ajustado las cuentas al espíritu de alguien. Y que Jacinta estaba absolutamente consciente de lo que había hecho. Consciente y además contenta.

Jacinta murió una semana después de volver al terruño. Un día la fui a encender y no quiso. Su alma se habrá ido, me imagino, a ese sitio donde se van los que saben que su misión está cumplida y que, a pesar de los picos y valles, lo han hecho bastante bien.

miércoles, 26 de agosto de 2009

El complejo de Frankenstein


Para los griegos pocas cosas eran tan abominables y tan dignas de castigo como la soberbia. Comportarse como un Dios, o incluso atreverse a humillar a los enemigos, era castigado por los dioses del Olimpo por mediación de la diosa Némesis. Los griegos llamaban Hibris a ese pecado que cometen los soberbios, los arrogantes, los que se jactan de estar por encima del resto de los mortales. Y toda Hibris era recompensada inefablemente con su respectiva Némesis. No puede ser digno el héroe que humilla a quienes vence, ni tampoco el héroe que se toma atribuciones que no le corresponden.

Cuenta la mitología griega que la arrogancia de Perseo era tal, después de lograr sus descomunales hazañas, que los dioses decidieron mandarle a un enemigo que él no pudiera derrotar. Le enviaron un escorpión justo cuando el héroe dormía, despertó con el aguijonazo y se apresuró en buscar su arco y sus flechas para darle muerte al agresor; sin embargo el efecto del veneno le ganó el cuerpo. Moriría Perseo viendo alejarse al escorpión y por esa razón, cuando en las noches levantamos la mirada hacia la bóveda celeste, nunca las constelaciones del guerrero Perseo ni la de Escorpión coinciden en el mismo cielo nocturno. El héroe, valga la metáfora astronómica, quedó condenado eternamente a perseguir a un animal que siempre le llevará demasiada ventaja para ser alcanzado.

Supongo que esa misma mecánica operó en la flecha que certeramente Paris le encajó en el talón a Aquiles. Nadie podía negarle a Aquiles su grandeza entre los grandes guerreros; pero nadie tampoco –por muy encolerizado que estuviera el héroe por la muerte de su amigo y escudero, Patrocolo- podía justificar que Aquiles, luego de dar muerte al troyano Héctor, atara su cadáver al caballo que jineteaba para arrastrarlo frente a todos, incluso frente a su anciano padre, Nestor. Para decirlo en criollo, allí Aquiles se fue de palo, se pasó de la raya. Tienes derecho a vencer y a sentirte victorioso, pero ese ensañamiento con el vencido no te lo vamos a admitir.

La flecha disparada por el cobarde y conflictivo Paris, hermano del humillado, sería la portadora de la dosis necesaria de Némesis para ponerle coto al exceso de Hibris que le nublaba las entendederas a Aquiles.

En la ciencia ficción -sea ésta en literatura, en cine o en cómics-, existe una especie de contextualización moderna de este mismo tema de castigos divinos e inevitables para quienes actúen con soberbia. Le llaman el complejo de Frankenstein. Y, tal como su nombre lo indica, se recoge en la metáfora de un monstruo que se vuelve en contra de su propio creador. No nos corresponde a los hombres jugar a ser dioses ni tomarnos atribuciones que decidan la vida de otros seres. Quien ose jugar ese juego, sólo reservado a Dios, será castigado; y no puede haber un castigo más ejemplar que la rebelión de la propia criatura. Aquello que has creado está destinado, y te condenará mañana, a una muerte horrible que ejecutará con sus propias manos.

A buen entendedor, pocas palabras. Que nadie se asombre mañana cuando en otros escenarios mucho más cercanos y cotidianos se repita ese espantoso partido de fútbol (con prórroga y penalties incluidos) que se dio en Milán con el cuerpo de Benito Mussolini como balón.

Si algunos leyeran más mitología griega y más ciencia ficción, en vez pasarse la vida jugando a los dioses malcriados en tiempos de guerra, ya habrían puesto sus barbas en remojo. Quizás. O por lo menos tendrían oídos para escuchar que ya Frankenstein se ha desencadenado y viene en camino.


lunes, 10 de agosto de 2009

El arte de encajar las sobras



Creo que lo ideal sería mirar el video antes de leer lo que sigue.

No es que me guste especialmente la música de Koop (tampoco me disgusta, pero con todo respeto no es precisamente mi “cup of tea”), y el video a lo Wong Kar Wai está bien; pero tampoco es eso lo que me conmueve.

Me gustaría adivinar que tal vez han caído en la misma trampa que mi esposa me ha tendido y en la que yo caí redondo y sin red de contención. Porque lo que realmente me llama la atención es el hecho de que Koop parece una banda, una pequeña orquesta de jazz, y resulta que no, que se trata de la pequeña mentira –o, mejor dicho, el intrincado disfraz- de apenas dos sujetos: Oscar Simonsson y Magnus Zingmark.

La música que acabamos de escuchar está hecha de retazos, de grabaciones, de fragmentos tocados por otros. Este par de suecos vienen a ser una especie de arquitectos que se encargan durante años –con paciencia de dioses y con dotes de meticulosa costurera- de armar edificaciones a partir de columnas, ventanas, dinteles, pilotes, vigas, pedazos de techo y de piso que han encontrado por aquí y por allá. Se arman un traje que les queda como un guante a punta de ropas prestadas. Ellos, a partir de las piezas sueltas, de los sobrantes dejados por los demás, diseñan una estructura, una suerte de rompecabezas musical al que “solo” (valgan las comillas, porque vaya que el trabajón ha de ser monumental) falta ponerle el cemento unificador.

Perdón, también ponen la voz, porque el canto es lo único que garantizan que no ha sido previamente sampleado. De resto, esa canción es el producto del armonioso empate de trocitos de centenares o miles de otras canciones.

El cineasta Alan Berliner hace más o menos lo mismo pero con películas. Unos documentales de pietaje encontrado donde él no filma absolutamente nada, ni siquiera un rollo. Ese material bruto con el que trabaja pertenece a otros y él simplemente se inventa un guión creíble y lo monta todo para que la mentira pase casi desapercibida.

Me fascina, desde el punto de vista literario, la metáfora que nos plantean con su música este par de suecos y Berliner con su cine; porque el mecanismo con el que se construyen sus obras, sus enormes mentiras que parecen una cosa que al final no son, es idéntico al que todos utilizamos para armar un relato.

Y yendo mucho más allá, así tal cual, con fragmentos dispersos que nos hemos topado en la existencia y que luego nos empeñamos en hacer encajar en un cuento más o menos congruente (no sabemos lidiar con el absurdo), nos construimos eso que llamamos una identidad o aquello que denominamos memoria.

martes, 4 de agosto de 2009

Sugerencia para un crimen mediático (I)

Lo primero que hay que hacer es abrir un operativo para que todos los simpatizantes de la recién fundada organización no gubernamental - clandestina y sin fines de lucro, por supuesto- , ACM (Amigos del Crimen Mediático), donen sus sábanas blancas.

Todas las sábanas sirven, las toallas también, al igual que las camisas, las medias, las fundas de almohada, incluso la ropa interior; lo que importa es que sea tela blanca y limpia. De empatar todos los retazos se encargarán con gusto nuestras madres y abuelas -aunque cualquier voluntario que sepa coser, independientemente de su edad, creencia religiosa y género, también será bienvenido-. Los más pequeños pueden ayudar a enhebrar.

En mitad de la madrugada (que nosotros también hemos aprendido a actuar a oscuras y asestar nuestros buenos golpes en medio de las sombras) hay que treparse silenciosamente al techo del Teatro Teresa Carreño . Desde arriba se lanza la tela de manera que cubra toda la estructura. Vamos a hacerle un homenaje a Christo y a su esposa Jeanne- Claude, a imitar lo que le hicieron al Teatro de la Opera de Sidney, al edificio del Reichstag y a tantas obras arquitectónicas más. Vamos a forrar en tela blanca al Teresa Carreño, a arroparlo, a ponerlo a buen cobijo. Lo dejaremos impecablemente recubierto, alisado y sin pliegues, que ese forro sea como una segunda piel para el teatro.

Y un par de horas antes del amanecer comenzará la función. Proyectaremos la película desde las torres de Parque Central, puede que desde el Zigurat de la Mezquita en Quebrada Honda, para que las imágenes cobren vida sobre esa enorme pantalla tridimensional. Va a ser una belleza ese cine al aire libre, gratis, monumental. Hermoso, como un pedazo de sodio que se deja caer en esa sustancia acuosa donde nadan los pensamientos. Que seguro, en esas dos horas, algo se mueve. Y cuando aparezcan los créditos entonces saldrá el sol.

Lo que único que hay que decidir es si nos lanzamos con “El planeta de los Simios” (la original del 68) o la versión cinematográfica de “1984” de George Orwell. Aunque, claro, se escuchan propuestas; joder, porque aquí, al menos aquí, seguimos siendo una democracia.


lunes, 20 de julio de 2009

La hora más oscura


Siempre lo he dicho y moriré convencido de ello: yo escribo por una mentira. Por una mentira enorme y hermosa que me sembró papá cuando era niño. Me dijo: yo soy como el papá de Picasso que era un buen dibujante y le enseñó a Pablito a hacer sus primeros trazos; yo no seré Picasso, pero tú sí.

Qué cosa increíble, yo le creí; porque en esta vida uno tiene que aprender a creerse ciertas mentiras. Y el que no se las cree se muere de infelicidad o de incompetencia.

Mi padre nunca jugó al fútbol conmigo (o sí, una vez, pero lo hacía fatal y decidimos de mutuo y silencioso acuerdo mejor dejarlo de ese tamaño), no me llevó al estadio a ver a los Leones del Caracas, ni a Disney, ni a acampar. Y no me hizo falta nada de eso, porque mi padre me llevaba al cine, me leía y me hablaba; y lo hacía a tiempo completo como quien comparte de tú a tú con un igual. Y me contaba unas cosas insólitas, fantásticas, delirantes que yo nunca supe a ciencia cierta si eran inventos del viejo o eso de verdad había pasado. Estoy lleno de mentiras felices que se inventó para mí. Ser hijo de un buen padre que además es un artista es un regalo peligrosísimo. Una bendición cuyo peso llevaremos encima –para bien y para mal- la vida entera.

Cada noche nos tumbábamos en la cama para leer una hora antes de dormir. Entonces, de pronto interrumpía la lectura, se ponía el libro que me estaba leyendo sobre la barriga, tragaba saliva con un chasquido grueso y me decía: “Mira, chamo, allí por la ventana, mira aquella estrella que está allá. Seguro que allí en este momento hay un padre que le lee a su hijo y que de pronto se pondrá el libro sobre la barriga y le dirá a su cachorro: mira hijo, aquella estrella, seguro que allá viven un padre y su hijo, y que el papá le lee, y de pronto se pondrá el libro sobre la barriga para mostrarle la ventana, por donde se ve lejanísima esta estrella donde estamos tú y yo”. Y para mí ese paréntesis de ciencia ficción era también parte de Los tres mosqueteros, era un pedazo –sin hobbits ni elfos ni enanos ni orcos ni magos ni hombres- de El señor de los anillos, para mí el Cardenal Richelieu y el Conde de Montecristo para siempre vivirán también en ese planeta donde los padres les leen a sus hijos y juegan al mirar las estrellas.

Mi recuerdo de papá es el de un hombre apacible que estaba permanentemente leyendo o escribiendo, cuando no estaba hablando. Que hablar, para él, también era una forma de escribir relatos en el aire; le escribía a mi madre, le escribía a las muchachas, le escribía a los vecinos, a sus colegas, a sus alumnos, a sus hermanos y sobrinos. Y cuando el vegetal hablaba la gente se sonreía, como si estuvieran viendo una película o un acto de magia. Cuando ese hombre hablaba la realidad quedaba suspendida, el mundo entero se ponía fuera de foco y por unos instantes lo único que existía y que valía la pena era ese cuentote que estaba echando.

Y papá escribía, infatigable y permanentemente, no sólo en el aire, sino también sobre su tabla de escribir, tecleando luego sobre la máquina, más tarde en su computadora. Y yo pasaba por allí rebotando la pelota o con mis audífonos a toda pata y le daba un beso en la frente “que es donde los hijos besan a sus padres” –decía- y siempre había algo de qué hablar, siempre me contaba algo de lo que había escrito o investigado o leído o vivido. Luego, cuando me hice más grande, esas conversas iban con unas cervezas, a veces con un cigarro –“Chamo, ¿tú no tienes un Chester por allí?” Me preguntaba pasitico luego de enterarse de que fumaba a escondidas-. Así que fumábamos a escondidas los dos compartiendo un Belmont -al que él insistía en llamar “un Chester” Dios sabe por qué-. Y mientras yo me tomaba una cerveza él se tomaba tres. Y cuando yo iba por la cuarta ya estaba borrachín y él que llevaba diez estaba enterito y lúcido. Y yo conducía de vuelta a casa tratando de pisar siempre la línea punteada y así no salirme del carril y él me decía: “qué bueno que te tengo, chamo, estás manejando del carajo”.

Con el paso de los años la casa se nos fue llenando de libros, no sólo de los que compraba el viejo y los que nos compraba a nosotros, sino de libros que fue publicando. Libros que llevaban su nombre en el lomo. Libros de los que nadie o casi nadie dijo ni escribió jamás ni una palabra. Porque ser escritor en este país, como en tantos otros, por lo visto no consiste en hacerse un oficio de la escritura, no siempre es un asunto de literatura, a veces es también una cosa de cultivarse en las mañas del lobby. Es saber con quién tomarte el whisky, a quién palmearle la espalda, a quién escribirle una crítica favorable para que más tarde se acuerde de devolverte el favorcito. Es dejarse ver, tener el look de escritor, tomarse la foto al lado de los que son, cuidarse de ser asociado con estos y de declararse enemigos de aquellos. Y mi viejo no jugaba al fútbol -ya lo dije- ni tampoco al lobby. Él escribía porque creía en eso, porque si no escribía se moría de tristeza o le daba una embolia de tanta historia represada sin contar.

No escribió José Santos Urriola Muñoz para hacerse famoso, ni por el éxito, ni por los derechos de autor, ni por congraciarse con algunos para ganarse el desprecio de otros. Escribió de lo que le dio la gana, escribió de lo que necesitaba contar, e históricamente le supo a rábanos que lo consideraran un intelectual, un autor, un miembro de tal peña literaria o de tal grupo cultural. Y sus amigos de la librería El Gusano del Luz, con quien un par de veces al año se reunía para reírse y echarse unos tragos, no eran para él escritores ni intelectuales: eran amigos. Punto.

Ayer, en la primera página del cuerpo Ciudadanos de El Nacional, Milagros Socorro escribió un texto hermoso y necesario relacionado con los acontecimientos que se dieron a lugar en este país en esos tiempos en los que los astronautas del Apolo 11 pisaban la luna. Y en esas líneas su entrevistado, el Sr. Roberto Llovera-De Sola, mencionó que en 1969 se había publicado la novela “La hora más oscura”, la mejor del año, de un tal José Santos Urriola.

Es un bálsamo, una belleza maciza y luminosa, que cuarenta años luego de su publicación, quince años después de la muerte de Urriola Muñoz, alguien haya tenido la nobleza de saludarlo con un gesto de sombrero. La justicia poética existe, sigue existiendo en detalles sublimes, lo que pasa es que suele perderse entre tanta estupidez y tanta mamarrachada.

Perdonen ustedes tanta letra y tantas vueltas, cuando lo que yo venía aquí era a decir era algo tan simple: Gracias a Milagros Socorro, gracias a Roberto Llovera-De Sola; pero sobre todo gracias a Dios y a la vida que por un accidente sublime se les antojó hacerme hijo de ese hombre.


martes, 14 de julio de 2009

Respuestas sin respuesta


Seguro que a todos nos ha pasado y no sólo una vez en la vida. Nos quedamos con la mente en blanco, o con un aluvión de posibles respuestas atascadas en ese recorrido (a veces infinito o intransitable) que nos separa el cerebro de la lengua. Y uno se va del lugar rumiando todo lo no contestado, intentando ponerle orden al ruido a ver si algo inteligible se deja caer. Pero eso no pasa nunca, nunca nada cae. Pasan los segundos, pasan las calles, pasa la vida y uno todavía nada que encuentra algo sensato ni coherente ni atinado para replicar.

Las respuestas sin respuesta son como manchas en la memoria. Diminutos agujeros negros, lunares no del todo benignos. Paréntesis o lapsus que, aún años después, uno se engancha en el intento siempre estéril de rellenarlos con algo útil.

Yo tengo tres o cuatro. Y como no sé qué hacer con ellos pues los cuento a ver si compartiéndolos los logro ir exorcizando. Acaso lo que pretendo es lanzar una botella al mar a ver si se me la devuelven llena, buscando indagar si hay otros náufragos por allí con otros mensajes por embotellar. O tal vez lo que pretenda es algo similar a lo que intentaron hacer los tripulantes del Apolo 13 cuando presionaron el botón de la radio y lanzaron la plegaria: Houston, we have a problem (lo que quiere decir, en esencia: “Si no nos ayudan nos jodemos porque este lío no lo podemos solucionar aquí”).

Dicho esto, pues aquí les van:

1) El primer día de clases del quinto grado, en medio de una clase de matemática, me toca al hombro mi compañero del pupitre de al lado y me dice: “Chamo ¿cuál es el apellido de Lusinchi?”.
Llevo décadas buscando una respuesta lo suficientemente feliz.

2) Alguien me dijo que en una de las librerías de Centro Plaza vendían cómics, que los tenían escondidos en un rincón secreto. Fui y me pasé horas buscando en los lugares más insólitos. Nada. Me harté a la hora y media, busqué al librero -todo cara y actitud de librero de Centro Plaza-.
—Disculpe… ¿tienen cómics?
—No —respondió indignado y solemne el librero de Centro Plaza—. Aquí sólo vendemos libros.
Allí supe que la próxima vez tenía que preguntar en el Sepentarium del Parque del Este. O en una tienda de fumigación.

3) Ella quería fumar pero en ese bar, por lo visto, sólo vendían Marlboro y ella fumaba Belmont.
—Pregunta al mesonero a ver si tienen Belmont.
Pasó el mesonero.
—Señor, disculpe, ¿tiene Belmont?
—¿De limón o de durazno?
—No, señor ¿que si venden Belmont aquí?
—Bueno, por eso, que si de limón o de durazno.
Apenas se dio media vuelta ese hombre nos paramos y nos fuimos.

4) Yo dejé de ir a la panadería de la esquina porque la viejita que atendía era muy hablachenta y además hablaba un catalán muy parecido al finlandés antiguo. Y cuando hablaba castellano era muy parecido al finlandés actual. Yo no entendía nada y siempre acababa vendiéndome el pan que a ella se le ocurría. Descubrí otra panadería cerca, el pan era malo pero la panadera estaba buenísima. Yo señalaba con el dedo, como los carajitos que empiezan a hablar, porque los modelos de pan eran tan distintos a un canilla, a un campesino, a un pan sobado, a una acema, y además tenían nombres increíbles como chapata, payés, flauta, bazo, hogaza, morena, libreta, mollete y manolete. Y yo nunca supe quién era quién. Así que una mañana, después de tener a mi guapísima panadera dando tumbos por toda la panadería: “no, ése no, el de la izquierda, pero el de abajo, no tampoco, el que está justo al lado, no, pero del otro lado, ése que es largo pero no tan largo, el que tiene como la punta cuadrada pero punta roma”, me envolvió de mala gana la barra de pan en un papel y me lo lanzó sobre el mostrador.
—Oye perdona, qué nombre tiene este pan— aventuré
La tipa tomó impulso, moduló muy lentamente, con toda la boca y todos los dientes, como quien está enseñando a hablar español a un marciano muy bruto.
—Se llama PAN.
Pasé años comiendo un pan distinto cada día, a gusto y antojo de mi anciana panadera de la esquina; sosteníamos largas conversaciones donde yo no entendí nunca una sola frase entera. Ni ella a mí.

jueves, 9 de julio de 2009

A tres cuadras de aquí


Ese día, durante toda la mañana, estuvieron hablando de lo del sobrino de Ricardo, que al pobre lo habían matado para quitarle un BlackBerry. Y alguien, en medio de ese gallinero suelto, justo en esos momentos en que todos se callan y el susurro se convierte en un grito que irrumpe en el silencio, dijo: “¿Y cómo es que son esos perros?”.

Pero ése no es el cuento. El cuento es que ese mediodía me dio miedo ponerme los audífonos a todo vatio para superponerle a la banda sonora de Caracas mi propio soundtrack y así forzarme (y forjarme) una nueva película particular. Ese día pensé que la ruleta rusa en la que vivimos me iba a tocar por necesidad, que el ángel de la guarda me iba a decir: “Panita, lo lamento, pero yo estoy exhausto. Yo llego hasta aquí”. Y además me puse a pensar en algo que siempre me ha angustiado: cuál será la última canción que uno oirá en esta vida. Es decir, en qué y en quién estarás pensando cuando te toque. Morirse oyendo reggaeton tiene que ser un tipo de muerte. Y yo preferiría otra muerte.

El punto es que ese día me lancé a la calle sin los audífonos y gracias a ese detalle nimio no me perdí el cuento que presencié a unas tres cuadras de aquí.

Está un indigente metido de cabeza en un pipote de basura, literalmente clavado dentro del barril metálico con los pies pedaleando en el aire. Emerge de allí cubierto de muchas cosas y con dos trofeos en las manos: un vasito plástico con algo que hace varios días fue (quizás) jugo de piña (o de guanábana) y con los restos de una cosa parecida a un sándwich de chorizo (o tal vez pizza). Se los devora con un gusto increíble, le brillan los ojos y los dientes debajo de la maraña de pelos. Una señora sale en ese preciso instante de un restaurante con una bolsa en la mano. Se nota que es algo caliente metido en un envase de aluminio, acompañado de dos trozos de pan y una lata de refresco. La señora, deteniéndose a mi lado, se le queda viendo al hombre y se conmueve:

—Señor…. Señor… oiga, ¿no quiere comerse este pasticho?

El hombre, imperturbable, permanece con la mirada perdida en el vacío, apura el último trago y se relame el borde del vaso haciendo círculos con la lengua.

—Tome, señor, cómase este pastichito que está rico.

Hasta que el tipo finalmente se digna a girar la cabeza en dirección a la doña, se le queda viendo a la suculenta bolsita que le extiende y dice:

—No, vale ¡Que voy a estar comiendo yo esa mierda!

sábado, 4 de julio de 2009

A treasure


Me gustaba esa niña, sólo que aún no tenía idea. Nunca lo supe, hasta que un día compartimos el columpio. Nos sentamos frente a frente en la misma rueda de caucho, la única que quedaba libre en el parque, y mientras nos balanceábamos adelante y atrás nuestras rodillas se rozaron. Fue un poco raro pero vaya que se sentía bien. Allí supe que esa tal Verónica me gustaba un montón y que ojalá siempre quedara un único columpio libre para tener que compartirlo con ella.

Un año más tarde ya estábamos en primer grado, era un lunes y además de inseparables éramos ricos. Su padre le había dado una moneda de 5 bolívares y mi madre me había dado otro fuerte, idéntico, macizo y plateadísimo para que lo administrara exclusivamente en sándwiches de queso y jugos naturales. Con esa monedota uno comía en la cantina una semana entera y hasta sobraba para chocolates y helados (aunque estuviera prohibido).

Antes de la hora del recreo la llamé aparte y le mostré mi fortuna comprimida en el bolsillo. Ella me mostró la suya y decidimos, sin decir palabra, que no la podíamos malgastar en comida. Había que guardarla para más adelante, para una ocasión que valiera la pena. Durante el recreo nos apartamos del grupo, no comimos, no jugamos a la Ere, no hubo doy la piedra pero no la recibo. Nos fuimos al fondo del patio, al final de la cancha de voleibol y metimos las manos entre los huecos de la reja. A cuatro manos abrimos un hueco en la tierra, ella puso allí su moneda y yo la mía, muy juntas, rozándose las rodillas. Cubrimos ese tesoro de 10 bolívares a veinte dedos y dejamos una ramita clavada en la cima del montículo, como si fuera la tumba en miniatura de alguien importante.

No hubo en todo el año ocasión ni misión que ameritaran el desentierro de los dos fuertes. Siempre podíamos compartir el sándwich de queso, sorbernos el jugo de naranja a medias, partir a la mitad la barra de chocolate. Cualquier cosa, en caso de un apuro, eso seguía allí en su lugar secreto esperando turno.

Al año siguiente a Verónica la cambiaron de colegio o de país. No la volví a ver en mi vida y no tengo la menor idea de qué fue de la suya. Pero durante los once años siguientes que frecuenté esas canchas le pasaba por al lado a la tumba del tesoro y me le quedaba mirando de soslayo, sabiendo que seguía allí. Creo que incluso perdimos un par de juegos vitales de voleibol por mi culpa, por estar viendo hacia otro lado y pensando quién sabe en qué.

No he vuelto a pisar ese lugar en los últimos veinte años. Hasta hoy. Esta noche habrá reencuentro y habrá fiesta. Y tragos y risas y músicas y recuerdos de la época y forzosamente también habrá cantidades de cirugías reconstructivas -mentales y a toda velocidad- para adivinar quién carajo será esa persona tan cariñosa que lo saluda a uno, sepultado debajo de esas canas, de esa calva, de esas arrugas, de esa barriga, de veinte años de trote. Y en medio de todo eso, lo puedo jurar, pienso escapar a las canchas de voleibol sin que nadie lo note para cerciorarme de que el tesoro sigue allí, a buen resguardo, en su rinconcito secreto detrás de la reja.

Seguro que sí. A no ser que Verónica se me haya adelantado en un momento de necesidad.

miércoles, 1 de julio de 2009

Lo siento, Michael


Me voy a fusilar una frase que alguien dijo el día de la muerte de Michael Jackson: “siento más pena por su vida que por su muerte”. A quien quiera que la haya dicho: gracias, es usted brillante, permítame y lo suscribo.

Lo siento, Michael, pero no lo siento. No lo siento ni un poquito. Me siento hasta mal de tanta indiferencia que me provocas tanto en vida como en ausencia. Me da exactamente igual que no estés o que sigas estando o que estés pero en estadio de cocuyo mientras te haces mariposa.

Me reservo mi derecho a no participar. A quedarme, una vez más –ahora por decisión propia- al margen. No leeré las noticias sobre tus autopsias, ni las especulaciones de si te asesinaron, te suicidaste, te estás escondiendo en el mismo hueco que Marilyn y Elvis o si te abdujeron los extraterrestres. Una vez más, como dicen los catalanes: Tú mismo, me da igual.

No miraré tus funerales ni las ofrendas de los millones que te rinden culto. Cambiaré sistemáticamente y a toda conciencia el rumbo de las conversaciones cuando alguien te ponga sobre el tapete. No pienso volver a ver tu video de thriller (lo vi cuando tocaba y ya entonces me gustó poco y nada). No buscaré tu película de Moonwalker (te juro que viviré y moriré sin que eso jamás me secuestre dos horas de existencia). No pienso ver el homenaje de los 1500 presos filipinos que bailan la coreografía de Thriller en tu honor. No me parece gracioso ni curioso ni simpático -si te soy honesto me preocupa, me preocupa un montón que la gente le encuentre sentido a su vida a partir de la tuya-. Reconozco tu talento, cómo no, pero vaya qué talento tan mal canalizado, vaya música nefasta la que siempre hiciste, vaya manera de cantar, chillar y gemir tan espantosa (eso sí que era espeluznante). Bailabas bien (que a nadie se le quita lo bailado) pero eso se me parece a ponerle unas ventanas de ensueño a un edificio que arquitectónicamente es un bodrio y además se cae a pedazos por estar mal calculado.

Michael me has regalado muchos más momentos malos que buenos. Me has quitado mucho más de lo que me has dado. Tu obra me maltrata, me ahuyenta y me resta más de lo que me ha sumado. Y sin embargo no te guardo rencor, no me alegro en tu desgracia pero tampoco te echaré de menos. Así que te deseo bien, te deseo paz, buen viaje y vida eterna; pero también te deseo lejos. Ojalá te vayas a ese lugar luminoso y florido donde esperarás -y algún día compartirás eternamente- con Los Amigos Invisibles, el gordo de Guaco, Ricardo Montaner, Paul McCartney y Phil Collins.

Yo, que me obstino en creer y confiar en que la otra vida existe, estaré mientras en otra fiesta que queda en otro cielo; con David Bowie, con Sentimiento Muerto, con Klaus Nomi y con Robert Smith.

Michael Jackson, y allí no cabes tú.

martes, 23 de junio de 2009

Röyksopp, mudando la piel


Los noruegos de Röyksopp han concebido y parido dos veces la misma criatura. Como si por algún capricho del destino -o acaso de la desmemoria- se pudiera, a veces, dar a luz gemelos siameses pero en dos entregas: uno primero, y el otro siete años después.

Decía un profesor de literatura que había dos tipos de autores: los que intentan reinventarse en cada obra, y los que escriben -y se reescriben en- la misma, una y otra vez. No se trata aquí de hacer una competencia entre un grupo y el otro; simplemente diré que soy afecto a los segundos y que ese fenómeno de los dos bandos parece aplicar no sólo al arte de las letras, sino también a la pintura, en el cine, la arquitectura, la música.

Creo que lo que nos conecta con el estilo de un autor es algo profundo, un guiño o una rendija que permite comunicar su espíritu con el propio. Hay una esencia allí, muchas veces no verbalizable, que nos engancha a unos pocos y nos hace repudiar -o permanecer indiferentes- a todos los demás. Explicar a alguien porqué te gustan los cuadros de Rothko y detestas los de Monet es tan absurdo como justificar porqué te enamoras de alguien. Quien logra explicar racionalmente eso es muy ingenuo o muy idiota.

El punto es que, quizás, a algunos nos gusta tropezar con las mismas esencias. Nos fascina adivinar que el espíritu permanece intacto debajo del cambio de piel. Y digo piel porque las mudas de ropa y de disfraz no nos sirven ni interesan. Nos hacemos adictos a descubrir y redescubrir que ahora -sí, podemos verlo y reconocerlo- hay otras arrugas, un cambio de textura en las carnes, otra cicatriz, un nuevo tatuaje, acaso un piercing o una prótesis; pero los huesos que aguantan esa piel siguen siendo los mismos que nos hicieron y siguen haciendo mella en la propia médula.

Les planteo este experimento con estas canciones siamesas de Röyksopp, “Epple” (2002) y “Happy Up Here” (2009). En esencia parecieran ser exactamente la misma pieza –me imagino que alguien que no esté familiarizado con la música de estos tipos podrá pensar que es un mismo track al que le han hecho dos videoclips- ; pero me temo que estos noruegos, cuyos videos no tienen desperdicio –les juro que pocos se pueden jactar de tener una imagen tan creativa y congruente-, utilizan el videoclip como algo que no puede ser separado de su propuesta musical. La música de Röyksopp es siamesa también de su dimensión visual. Ninguna funciona por separado, comparten cerebro o corazón.

Por lo visto el dúo Röyksopp no sólo cambia de piel para recubrirse el alma de siempre, sino que utilizan el video con la misma intención que algunos insectos se valen de su exoesqueleto.


Epple (2002)


Happy Up Here (2009)

miércoles, 17 de junio de 2009

La esquivez de los pollos


Existía durante mi infancia la abominable costumbre de regalar y rifar pollitos. No sólo los rifaban y los regalaban, sino que antes los pintaban de fucsia, de verde, de magenta. Eran pollos marcianos los que uno se llevaba a casa. Bueno, yo no, los demás, la gente en general. Yo nunca, en la santa vida me pude ganar un pollito. Mientras que había niños que salían de la verbena o con tres o cuatro pollos arcoíris en una caja de zapatos con agujeros a mí no me tocaban jamás.

Siempre que había una rifa de esas “el que pegue un número del 1 al 20 se lleva su pollito”, yo decía “el 8”. Y algo pasa -aconsejen a sus niños, rieguen la voz- pero el 8 es un número que no gana nunca. A ningún payaso ni a ninguna animadora en minifaldita se le ocurre pensar que el 8 es número ganador. Pero yo insistía: “El 8”. Y el que decía 7 ó 5 le sumaba un nuevo miembro al gallinero.

Hasta que de tanto perder pollitos y de tantas rifas que jamás gané me convencí: “Di el 7 esta vez, soberano idiota”. Y justo antes de que llegara mi turno, la niña de la colitas y el vestido azul a mi derecha dijo: “El 7”. Y se llevó el pollo más verde de la historia de la avicultura. Menos mal que corría el mito de que los pollos coloridos no duraban ni 48 horas, que amanecían muertos en su caja de zapatos. Que seguro les daba cáncer instantáneo el baño de colorante. Aunque yo creo que más de una madre, en las sombras de la noche mientras el retoño dormía, le aplicaba el viejo truco de la almohada al polluelo y luego todos simulaban en casa que había sido por muerte natural.

Sí supe de alguien a quien el pollo le creció, se hizo gallina y un día, a la llegada de la escuela, la abuela se lo tenía preparado en sopa y ensalada. Bien hecho, pensé, eso les pasa por robarme todos mis pollos que tanto me merecía.

Gané un concurso una vez. Esta vez no iba de pollos. Iba de acures. Esas ratas peludas a medio camino entre un hámster y un conejo. Soltaban al pobre tipo en medio del césped y éste corría a guarecerse en alguna de las 10 jaulas abiertas que lo cercaban. Cada jaulita tenía un número en el techo. Yo pedí –que además de tonto soy obstinado- el 8. Y el pana, en medio de gritos, mordiscos, patadas y rasguños se metió en la 8. Y yo no cabía de la emoción, yo dije: “me gané ese acure y se llamará Acturo”. Y cuando ya estaba buscando una caja de zapatos lo suficientemente grande como para que me cupiera Acturo, viene la payasita y me dice: “Escoge un premio de los que están en esta bolsa negra”.

Metí la mano con ganas de que cayera una bomba atómica en esa verbena. Me llevé un jarrón espantoso de cerámica verde. No le gustó ni a mi madre.

Lo de los pollos me pasa idéntico con la lotería, con los caballos, con las carreras de galgos o cucarachas, con los sorteos de carros, microondas y televisores pantalla plana, también con la rifa de los boy scouts, de los pintores de boca, la de los cieguitos de no sé dónde y las de toda esa gama de fundaciones benéficas que lo convencen a uno de comprar un par de boletos para apoyar aquella causa o la otra. Me pasa también con los concursos de guiones, de cortos, de novelas, de cuentos: ese pollo siempre se lo lleva otro.

He tenido que aceptarlo: a mí no me tocan y punto. Será que a nadie le gusta el número 8 (excepto a mí), o siempre habrá alguien que brinca y me quita de la punta de la lengua ese 7 hermoso que ya venía paladeando. Estoy destinado a contar el cuento de cómo casi digo el 7 pero en eso alguien más pilas se me adelantó. Me toca decirle a mi Claire, a mis familiares y amigos -que aún tienen el coraje de creer en mí-: “Nada, será que yo no sirvo para esto de los pollos”. A lo que responden: “No importa, tú sigue trabajando, tú insiste”. Así que me toca intentarlo una vez más y otra y otra porque algún día, seguro, que sale mi 8 (coño, y después no me pregunten qué carajos voy a hacer con el bendito pollo de colores).

Recibí una llamada hace pocos días del escritor Sael Ibáñez, de parte del 3° concurso Salvador Garmendia que organiza La Casa de las Letras Andrés Bello. Me dijo que no había ganado, que el premio se lo había llevado Rubi Guerra (un excelente narrador cumanés que se merece con su obra bastantes pollos, de todos los colores y con toda justicia,); pero que mi libro de cuentos “Fragmentario” había ganado una mención publicación. Tan acostumbrado estoy a no ganar que mi primera reacción fue reírme: “Este seguro es Fedosy o el Pollo o La Perra o cualquiera de esos jodedores empedernidos que me gasto de amigos”.

Pero no. Por lo visto no es broma. Así que hay la posibilidad de que nos veamos pronto en el bautizo de ese pollo. De qué color me tocó: ni idea.

jueves, 11 de junio de 2009

El poder de la guayaba


La caminata desde ese estacionamiento en Bello Monte hasta el estadio era de unos cuarenta minutos a buen paso. Al principio íbamos conversando de cualquier cosa, luego nos tuvimos que callar un rato, ya llegando a Los Chaguaramos, porque la gente que vive a orillas del Guaire y bajo el elevado –consumidores de crack o “pedreros” en su mayoría- tiene su sala, su cuarto, su comedor y su baño allí. Y si hablas o respiras más de lo estrictamente necesario te lo tragas todo.

Había anochecido cuando por fin llegamos a las inmediaciones del Olímpico. La policía trataba de dispersar a una tensa multitud con perdigonazos disparados al aire y bombas lacrimógenas con extra de pimienta. La gente huía entre los buhoneros, los vendedores ambulantes de cervezas, las parrilladas de pinchos (dicen que esa carne es de perro o de gato, puede que de rata también). Toda la multitud se agolpaba en un embudo cruel, miles de personas tenían que entrar una a una por una estrecha manga (similar a esos pasillos de tubos metálicos por los que llevan a las vacas en un matadero). Los de atrás empujaban, los de adelante reculaban (la policía los esperaba adelante blandiendo las peinillas y con las escopetas de perdigones prestas para el ataque). Nosotros en el medio. Nos fueron embutiendo hasta que salimos –sudados, manoseados, amasados- al otro lado de la reja. Mientras que los más impacientes rompían a tirones, puños y patadas las defensas de madera que habían puesto los encargados de la seguridad del estadio. Yo entré por mi cuenta y riesgo. Veinte metros más allá entro él, arrastrado por la masa eufórica.

Qué bien que nos encontramos, ¿no? Qué suerte, eso dijimos.

Entramos a las gradas. Hubo bengalas, papelillos, lanzallamas improvisados con encendedores puestos en la boca de los potes de insecticida (mejor agáchate para que no te chamusquen el pelo). Hubo un gol a favor del que nadie se enteró (era más importante buscar dónde coño se metió el tipo de las cervezas). Hubo otro en contra (tampoco lo vimos, porque se encendió solito el sistema de riego del gramado y entre la lluvia de agua que había abajo en la cancha y la de cerveza que había en las gradas no se veía nada). Cuando por fin pudimos ver de nuevo, ya él no estaba por allí. Se había ido al baño (a uno de los dos bañitos portátiles que habilitaron para los 20 mil que estábamos allí) o a buscarse la cerveza número 15 (porque de verdad dónde coño se mete el tipo de las birras). Hubo empate y frustración. Ah, y muy importante, hubo una pelea colectiva entre la fanaticada. Que no una pelea entre barras rivales, qué va, una pelea interna de nosotros contra nosotros mismos. Los partidarios del Caracas decidimos autocoñasearnos, partirnos la cabeza entre nosotros mismos. Es como la superviviencia darwiniana de las especies pero al revés: vamos mejor a autoaniquilarnos.

Salí del estadio y mi amigo no estaba. Imposible encontrarlo entre ese mar de gente, entre el tropel provocado por la batalla colectiva que se dispersaba y se reagrupaba cada dos minutos o cada quince metros. Cuando uno creía que se había calmado, que la estupidez había dado paso a la razón, de nuevo estallaban con renovados bríos esas ganas incontrolables de autoextinguirnos aquí y ahora.

Caminé a orillas del Guaire, sorteando charcos infestos, por esa zona de fantasmas y de muertos en vida que habitan debajo del elevado. Deambulé por esa ciudad paralela, Crack City, donde los pulmones y los cerebros se llenan a mitades iguales con los efluvios tóxicos del río pestilente y el humo denso del crack.

Y allí, transitando por el purgatorio, aparece mi amigo de la nada y me toca al hombro.

—Epa… ¿qué tal?
—Pana, te perdiste —pregunto, quizás más sorprendido que asustado—. ¿Cómo coño me encontraste?
—Porque me tomé un jugo de guayaba.

domingo, 31 de mayo de 2009

Doña Paranoia


La señora tiene dos perras labradoras, una negra y la otra rubia. La negra es de las que puede buscar el palito que le lanzan doscientas veces seguidas sin perder jamás la sonrisa ni la cara de absoluta felicidad. La rubia, en cambio, prefiere retozar entre las hojas secas y las bolsas negras de basura. Se arroja allí, da vueltas sobre su propio eje y goza un montón independientemente de lo que piense y grite su dueña. Uno pasa por allí y levanta la mano a manera de saludo y contestan las tres con idéntica cara, y diez pasos más tarde uno sigue preguntándose quién será que imita a quién. Me caen bien las tres. O me caían.

Hace pocos días me disponía a subir temprano por mi habitual senderito que se abre entre la maleza, un trayecto de una hora en el que si acaso me cruzo con tres ciclistas montañeros y un par de atletas que trotan aquella loma con la tranquilidad de quien se amarra las trenzas; en eso me interceptan las dos labradoras con la señora un poco más atrás que hace ejercicios de estiramiento al pie del cerro. La doña me hace gesto de que me quite los audífonos, que algo grave pasa.

— ¿Tú vas a subir esa montaña?
—…sí…
—Es que allí en el kiosquito hay alguien que tose.

Miro hacia donde señala la señora y lo que veo es una rampa de madera que han construido los ciclistas para hacer sus piruetas y cuyas bases están fijadas con unos sacos de arena.

—Míralo ahí, acostado en el kiosco —insiste la señora—. Y lo que hace es toser. Tose y tose. Yo tengo una hora oyéndolo.
—Señora, pero yo lo que veo son sacos de tierra debajo de la rampa para ciclistas.
—Pero tiene que ser un loco; porque quién se acuesta a dormir así en el monte, con este frío y mucho peor si está enfermo.

Los venezolanos podemos dar fe de que la única semilla que da cosecha instantánea es la paranoia.

Yo ya estaba comenzando a ver los sacos moverse y toser cuando en eso desde la montaña, moliendo piedritas y cortando a su paso la maleza, surge un ciclista con su casco a toda velocidad. La doña de un salto se ha puesto en su camino con los brazos abiertos y empezó a gritar.

—¡Tú estabas tosiendo! ¿Eras tú el que estabas tosiendo, verdad?
—¿Que yo estaba qué..?— dice el hombre sobre el sillín de la bici pero con la misma cara que tengo yo en tierra.
—Tosiendo, tú eres el que andas con una tosedera allá arriba desde hace una hora.
—No, señora, yo no tosía… y allí arriba no hay nadie. Yo vengo de allá.
—Pero y entonces ¿quién tosía?— lo regaña la doña mientras el tipo le da fuerte a los pedales y se pierde camino abajo haciendo el típico gesto de “vieja loca” con la cabeza—. Dime quién tosía, ¿Ah? ¿Quién era el que tosía?

Pero ya era tarde, no hubo respuesta. Yo tampoco la tenía.

—Mira las perras lo nerviosas que están —me hace ver la doñita— Ésta no hace nada (señalando a la negrita) pero esta otra (dedo índice apuntando a la catira) está a punto de lanzarse a morder porque es súper agresiva.

Y yo pensé: nos jodimos, adivinen quién es el pendejo a quien va a morder la rubia. Pero antes de que eso ocurriera (que seguro faltaba muy poco) decidí seguir el ejemplo que el ciclista dio. Me puse los audífonos, le subí mucho el volumen y me lancé a subir mi montaña. “¡Cuidado puede ser peligroso, seguro que ese indigente es peligroso!” sonaba la voz de la doña por debajo de Radiohead. Pero no me importó.

Claro, me pasé todo el bendito ascenso en un verdadero descenso a los infiernos. Cada raíz que se asomaba era un brazo que me quería agarrar un pie, cada pájaro que se movía entre las ramas era un loco que me saltaba encima para arrancarme la cabeza. Me pasé más de mil pasos buscando un palo, una piedra, algo con qué defenderme del abominable hombre de las toses. Hasta que me olvidé media hora más tarde. Me olvidé por completo, primero porque desde arriba se ve el Planetario del Parque del Este y esa es una de las imágenes más hermosas de esta ciudad. Estoy seguro que el día en que nos invadan los marcianos en Caracas la resistencia se va a refugiar en el Planetario y desde allí, unidos todos otra vez, los mandaremos a casa. Me olvidé también porque más adelante pasó un pájaro muy raro, a medio camino entre una paraulata, un gavilán y una guacharaca, y el biólogo infantil que llevo por dentro no puede ver a un animal curioso –siempre y cuando no sea humano- porque necesita acercarse para verlo mejor. Finalmente me olvidé porque recordé que mi padre siempre decía que en su Guanare natal todo eran espantos y aparecidos hasta que llegó la luz eléctrica. Cuando el pueblo se llenó de cableado y bombillos la gente fue descubriendo que más la mitad de muertos sin cabeza que les susurraban los nombres en mitad de la noche eran ramas de limoneros que el viento hacía rozar contra las paredes.

Si bien es cierto -cosa que aplica a vivos y muertos- que de que vuelan, vuelan; tampoco es menos cierto que a cada uno de nosotros se nos ha olvidado un poco encender la luz interior antes de pegar el grito.

Así que venía yo pensando en lo bien que le va al bosque la música de Radiohead, en que la próxima vez seguro voy a ser biólogo, en los marcianos a los que les echamos al espacio desde el Planetario del Parque del Este, en el Guanare antes de la luz eléctrica y en eso me salta enfrente un policía, lleno de barro, cubierto de hojas y trocitos de mata, con el casco mal puesto sobre la cabeza, la cara forrada con una película de sudor resplandeciente y su pistola desenfundada apuntando al aire.

—Disculpe, suidadano… ¿Jefe, usted vio allí arriba alguna novedad? — me dijo en perfecta jerga policial.
—Coño, no, yo no vi un coño— respondí en perfecto caraqueño chorreado, con la vista clavada en el arma al sol.
—Pero es que supuestamente aquí hay alguien que tose —dice el policía acomodándose el casco y enfundando.
—Pues yo tengo una hora caminando aquí y no he visto ni oído nada.

Ponemos la misma cara de “pero qué vieja tan loca, ¿no?” y seguimos bajando en silencio. Una vez subido a su moto el policía llama por radio a la central y dice que aquí se reporta 67 para informar que el 43 que se sospechaba en la zona 12 resultó sin novedad y que regresa en 6. Enciende el motor y arranca como quien se dispone a salvar al mundo de los malos.

Yo me calzo los audífonos para oír otra vez mi favorita del Kid A. Y, antes de que cante con su voz de felino lastimero Thom Yorke, un sonido se cuela a mis espaldas. Una tos.

Pobres ciclistas.