jueves, 26 de septiembre de 2013

Sofía, la música.


Esta semana recibí la noticia de la muerte de mi prima, Sofía Ugueto Casanova, luego de una larga enfermedad. Y claro, como suele suceder en estos casos, uno piensa en el consuelo de que descansó, que seguramente estará mejor y que allá donde esté ahora seguro se encuentra muy bien acompañada por el comité de recepción de los que se fueron antes. Pero las muertes de los afectos siempre duelen y paradójicamente sirven de oportunidad para pensarse la vida en general y también la particular.

Siempre he pensado que las alianzas musicales son una variante peculiar de la amistad. Los aliados musicales no abundan –o al menos no en mi caso-, es esa gente a la que hay que descubrir, cuidar y cultivar con esmero; porque es prácticamente un milagro que otro también sienta como propio ese mismo universo íntimo de sonidos que lo constituye a uno. Eso fue lo que me unió a Sofía. Atesoro el recuerdo vívido de una reunión familiar en Santa Paula, en la casa de mi tía Evita, por allá en los años 80, cuando Sofía tomó posesión del equipo de sonido y puso a sonar una cassette TDK de 90 minutos con una selección alucinante de temas de Depeche Mode. Algunos ya los conocía, otros eran un descubrimiento absolutamente novedoso para mí. Me acerqué a Sofía y a sus amigos, a quienes había visto a la distancia durante horas, tímidamente apartado desde el refugio del rincón, y empezamos a hablar de música, de lo que nos gustaba, de las joyas extrañas que cada quien tenía en su repertorio y que de buena gana estábamos dispuestos a compartir.

A partir de ese momento surgió una complicidad entre nosotros, el vínculo de los aliados musicales. Y gracias a eso tuve la oportunidad de doblegar mi timidez crónica; conocí a los amigos de Sofía, compartí con las amigas de Sofía (algún día debería llevarse a cabo un estudio de qué es lo que hace que en Santa Paula se produzca semejante concentración de mujeres guapas), coincidimos en varios conciertos de la llamada movida underground de la Caracas de esos años, fuimos también al cine, y cada vez que nos encontrábamos, luego de los saludos de rigor, inevitablemente surgía una pregunta cargada de emoción reprimida: “Mira, y qué has oído de nuevo y de bueno por ahí, qué me recomiendas”.

El tiempo pasó, crecimos, lamentablemente nos fuimos viendo con menos frecuencia. Luego enfermó. Se hicieron cada vez más escasas las oportunidades para compartir. Hace pocos meses mi madre me contó una anécdota. Mi madre -que también es mi aliada musical, la primera de todas desde aquellos tiempos en los que me enseñó estando yo en pañales que el Pata Pata de Miriam Makeba era una de las cinco mejores canciones de la historia- tenía en el reproductor de su carro un CD con los temas del 2012 que había seleccionado para ella. Sonaba ese disco de fondo mientras mamá llevaba a tía Evita y a Sofía a hacer unas diligencias, entonces Sofía rompió el silencio en el que estaba sumida y dijo algo que mamá no entendió pero que mi tía Evita se encargó de traducir: “Margarita, que Sofía dice que le encanta la música”.

Tengo aquí sobre mi escritorio del D.F. mexicano un CD que le grabé a Sofía. Lo grabé hace un par de meses y no encontré la manera de enviarlo a Caracas para que lo recibiera. Es una selección en mp3 de casi 200 temas que seleccioné para ella, a manera de compensación por el vacío de tantos años sin cultivar nuestro nexo musical.

Sí, lo sé y me pesa, ya es tarde. Ya no lo escuchó. Aunque, quién sabe, quizá sí que lo oye. Allí donde esté tiene que haber una manera de escuchar toda la música del mundo sin necesidad de ponerla a sonar en reproductor alguno. Sofía seguro eligió, y se merece, esa versión del más alla. 

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Psicomagia inconsciente.


Desde hace 30 años, todos los miércoles a las 3.30 pm en el Café Le Temeraire de París, Alejandro Jodorowsky lee el tarot gratis a quienes se apunten o hagan la fila. Bueno, no sé si todavía lo hace, luego me comentaron que lo había cambiado por una página web y que ya lo de Le Temeraire, así en persona, se había acabado.

Arnau, un filósofo de carrera pero que se ganaba la vida lavando platos en el restaurante japonés donde trabajaba mi amiga Laura, me contó que había ido un miércoles a leerse las cartas en Le Temaraire con Jodorowsky. Y que el tipo le había recomendado, después de que el Tarot habló (y además dijo un montón de cosas horribles), hacer un acto psicomágico rarísimo para intentar superar las taras que Arnau traía en su árbol genealógico. Un asunto mal resuelto y arrastrado de generación en generación que involucraba a los abuelos de Arnau, a sus padres y a él mismo. La solución a los problemas de Arnau empezaría a partir de la ejecución de ese acto psicomágico. Una vaina muy loca donde tenía que desnudarse frente a las tumbas de sus ancestros y colocar, en cada una de ellas, una rosa pintada de negro y otra blanca. Ah, y que les dejara las espinas, y si se las clavaba y sangraba un poco pues mucho mejor.  Y Arnau no sólo le creyó, sino que le hizo caso. Acabó desnudo en plena noche otoñal, después de saltarse las rejas del cementerio y ser correteado por los perros guardianes, frente a las tumbas de su familia, clavándose las espinas, sangrando un poco y buscando un rayito de luz para no confundirse entre las rosas blancas y las negras (porque –al parecer- en la noche todas las rosas, como los gatos, son grises).

Arnau, mientras se tragaba una pastilla de MDMA (éxtasis al 100% de pureza) y se lanzaba desaforadamente a la pista a bailar una canción de los Sisters of Mercy, remató la historia con un: “Tío, y te juro que la movida del Jodo me ha funcionado de puta madre”.

Hoy, mientras me tumbo en la silla de la odontóloga y esperamos a que la anestesia me haga efecto, pienso que yo nunca he hecho un acto psicomágico. Miento, los he hecho; pero han sido todos inconscientes y sin tener a Jodorowsky ni lejanamente en la cabeza. Esta mañana me toca someterme a la sustitución de una amalgama rota de la muela 36 por una pieza de porcelana. Sí, de porcelana. Voy a tener una obra de Lladró –lo digo no sólo por la porcelana sino por el precio- metida en la boca, prácticamente en contacto con el nervio.

Así que, bajo los efectos de la anestesia y mientras me mordisqueo salvajemente (y sin enterarme) las paredes internas de la boca, pienso en los actos psicomágicos (sobre todo los inconscientes) y en porcelanas. Y pienso también en que a lo largo de la vida me han tocado amigos secretos realmente muy cuestionables. Tan cuestionables que podrían denominarse más bien “enemigos confesos” o “extraños declarados”. Una gente que te regala unas cosas rarísimas de esas que se no se parecen en lo absoluto al destinatario del obsequio. No sé si esa gente no me conocía o más bien lo que querían era joderme. Acumulé durante años de frustrantes juego del amigo secreto los discos más insólitos: los éxitos de Pecos Kanvas, “Un poco de amor” de Guillermo Dávila, “Ahora me toca a mí” del dúo Pimpinela –qué fuerte, esa gente eran hermanos-, varios discos de Trino Mora, algo de Camilo Sesto, creo que también algo de Juan Gabriel. Y yo abría aquellos regalos, sabiendo por la forma del paquete que se trataba de un vinilo, jurando que esta vez sí la habían pegado, que seguramente era algo de Judas Priest, de Rush, quién sabe si de The Cure y –vaya ilusión proporcional al desencanto posterior- hasta de Depeche Mode. Pero qué va. Les diré algo: a la gente se le conoce realmente por la cara que pone cuando no le gusta o no entiende el regalo. 

Y me quedaba entonces con aquella cosa infesta entre las manos, tratando de sonreír y de agradecer, mientras me preguntaba: “¿y ahora qué se supone que haga con esta mierda?”. Les digo otra cosa: eso de “a caballo regalado no se le mira el colmillo” lo inventó un cínico.

Algunos años más tarde, ya en la universidad, cobraron sentido esos regalos. Finalmente todo encajó y entendí. A cada una de las fiestas que daban mis amigos yo me llevaba uno de esos discos de mi forzada e indeseable colección. Si acaso había en aquella casa un tocadiscos, lo ponía a sonar cuando la gente estaba ya muy borracha. Nos reíamos y luego procedíamos a jugar al frisbee con ellos. Juego que siempre acababa con un ritual de destrucción del disco. Se trataba de un acto psicomágico inconsciente, un gesto de humilde depuración de la cultura. No nos caigamos a cuentos y dejemos las hipocresías aparte, eso que se llama gusto es el ejercicio soberano e irrenunciable de decir: yo salvo a esta gente al tiempo que desecho a los demás.

Mis allegados saben, por otra parte, que guardo desde los tiempos de “los amigos secretos” un sueño: el día que me sobre el dinero voy a comprar galgos de porcelana tamaño natural para regalárselos en sus cumpleaños. Un mamotreto espantoso, carísimo, pero que los obligue a lucirlo en las salas de sus casas. A pesar –y sobre todo especialmente- de que no peguen ni con cola. Se han salvado mis amigos de que no me sobre el dinero y que, cuando lo he tenido, no me he decidido a comprar toda una jauría de perros Lladró para obsequiárselos. No lo he hecho, a pesar de estar consciente hoy día de que ese acto psicomágico me ayudaría a saldar una deuda histórica con los amigos secretos que se comportaron como enemigos confesos o extraños declarados. Se me ocurre que sería un acto liberador, como el de Arnau con sus rosas en el cementerio.

La odontóloga encaja la pieza, la talla mil veces con su taladro, la pule con un aparato que me hace vibrar el cerebro. Calculo el dineral que me costará este asunto. Y también el sinnúmero de perritos de porcelana, diminutos y encaramados los unos sobre los otros, que ahora llevaré en la muela, justo allí, tan cerca del nervio. Este acto psicomágico no lo entiendo, es de una ironía cruel y creo que no está funcionando nada bien ¿Seguirá Jodorowsky en Le Temeraire? Qué lejos que me queda París hoy.

jueves, 22 de agosto de 2013

Post-its.


A manera de introducción: el asunto se remonta al año 1998, cuando veía la materia de Teoría Literaria II con el Profesor Luis Miguel Isava. El profesor nos comentaba, con esa pasión y esa sabiduría generosa que lo caracterizan, sobre el mítico poema de Williams Carlos Williams:

Esto es sólo para decir

Me he comido
las ciruelas
que estaban
en el refrigerador

y que
probablemente
habías guardado
para el desayuno

Perdóname
estaban deliciosas
tan dulces
y tan frías.

No sólo me gustó el poema (qué rareza, qué simplicidad, qué cosa fascinante) sino que se me quedaron grabadas las reflexiones de Isava: ¿por qué esto es un poema?, ¿por qué muchos críticos y conocedores no lo consideraban tal?, ¿acaso se debe simplemente a que está incluido en una obra llamada poemario y que lo firma un autor consagrado como poeta?, ¿no se parece –o disfraza- este poema de comunicación íntima, como de servilleta o papelito que le dejamos a nuestra pareja sobre la puerta de la nevera?

Sin duda es un texto que salta (una especie de metapoema), que hace un ruido necesario y entrañable, y que nos hace preguntar sobre la naturaleza de eso que llamamos -o solemos considerar- poesía. Así que durante largo tiempo he estado pensando en las ciruelas de Williams Carlos Williams y he querido rendirle homenaje por medio de una serie de tuits precedidos de la frase “Un post-it que dice:”; no porque pretenda emular al gran poeta, sino porque quizás guardo la ilusión de que la gente al leerlos sonría y se imagine ese papelito engomado de color chillón, con esa frase rara escrita con puño y letra, pegado con confianza e intimidad en las más diversas superficies: la nevera, el mesón de la cocina, la pantalla del celular, la computadora o del iPod, o bien sobre el parabrisas del carro u olvidado en el asiento del vagón del metro.

Un post-it que dice: "Este examen de conciencia ha sido suspendido por falta de quórum".

Un post-it que dice: “Guardar muy bien las cosas es una manera muy estructurada de perderlas”.

Un post-it que dice: "A mí el hartazgo se me traduce cada vez más en silencios".

Un post-it que dice: "Creo que me he hecho adicto a todas tus necedades innecesarias".

Un post-it que dice: "Te acabo de inscribir en un concurso para ir a Marte. No me des las gracias, yo de verdad quiero que acabes allá".

Un post-it que dice: "No fue que se me acabó la paciencia sino que me queda poca y la pienso invertir en otras cosas".

Un post-it que dice: "Aquí se reserva el derecho a manguareo".

Un post-it que dice: "A nosotros lo que nos pasó fue que la emergencia se nos hizo cotidiana".

Un post-it que dice: "No me gusta la naranja, ¿podrías ser mi mitad de cualquier otra fruta?"

Un post-it que dice: "Todavía no sé qué te hizo pensar que yo estaría interesado en estos temas".

Un post-it que dice: "Extraño los tiempos en los que la gente se despechaba y llamaba a un amigo".

Un post-it que dice: "No tengo idea de qué es lo que estás diciendo pero voy a darte la razón".

Un post-it que dice: "Los veo tan exageradamente bien que es obvio que algo va mal".

Un post-it que dice: "Una habilitante es una carta blanca para hacerlo aún peor pero con mayor libertad".

Un post-it que dice: "Es que el futuro en el pasado prometía muchísimo".

Un post-it que dice: "Estás asando tantos conejos a la vez que no te has dado cuenta de que dos de ellos son rabipelados".

Un post-it que dice: "Mi jefe, como jefe, es muy bueno haciendo parrillas".

Un post-it que dice: "Tan inolvidable como aquel día en el que casi me ahogo".

Un post-it que dice: ¿Tienes una idea de más o menos cuándo es que se cumple eso de "todo va a estar bien"?

Un post-it que dice: "Esto me quedó malísimo pero es para ti".

Un post-it que dice: "Se acabaron las ideas pero quedan un montón de tuits".

Un post-it que dice: "Hagamos un trato: la próxima discusión la ganas tú por forfait".

Un post-it que dice: "Si acaso dije algo que te ofendiera, por favor recuérdamelo para podértelo repetir".

Un post-it que dice: "Sí me acuerdo de ti pero has cambiado tanto que mejor nos conocemos desde cero".

Un post-it que dice: "Está claro que el llegadero siempre queda un poquito más allá".

Un post-it que dice: "Es que a mí precisamente lo que me hartó fue el bochinchito".

Un post-it que dice: "El mundo es carísimo y eso que no es tan bueno".

Un post-it que dice: "Yo no sé quién te habrá enseñado a hacer eso, pero hay que darle las gracias. Y a Dios también".

Un post-it que dice: "Qué te van a estar haciendo un magnicidio a ti...".

Un post-it que dice: “Algunas vacas son más cochinas que otras. Y además son la mayoría”.

Un post-it que dice: "O hay un fantasma en esta casa o yo estoy oyendo espejismos".

Un post-it que dice: "Dada mi ignorancia en este tema, te ayudo más si no te ayudo nada".

Un post-it que dice: "Perdona, no me fijé porque sufro de ceguera selectiva".

Un post - it que dice: "La verdad es lo que viene después del pero".

Un post-it que dice "El futuro de esta relación dependerá de tu respuesta: ¿qué fue primero, la arepa o la cotufa?"

Un post-it que dice: "Ahora que me explicas entiendo finalmente que no estaba entendiendo nada".

Un post-it que dice: "Todo está hecho en China. Todo. A veces sospecho que tú también".

Un post-it que dice: “No me atreví porque el sentido que tengo más desarrollado es el del ridículo”.

Un post-it que dice: “Yo no le deseo mal a nadie sino a todos los que se lo merecen”.

Un post-it que dice: "A mí me sientan en una panela de hielo y sigo sin saber quiénes son Chino y Nacho. Gracias a Dios".

Un post-it que dice: “Menos mal que tenemos a la luna para poder echarle la culpa de todo”.

Un post-it que dice: "Desconfía de alguien que no se le quede mirando a la luna".

Un post-it que dice: "Te creo, sobre todo, porque te quiero creer".

Un post-it que dice "Hagamos un trato: si nos dejamos de querer tenemos que notificarlo con la debida antelación".

Un post-it que dice: "Doctor, en vez de flores de Bach yo quisiera unas de Dvorak que me gusta mucho más".

Un post-it que dice: "Dale poder a alguien y conocerás su versión menos feliz".

Un post-it que dice: "Sospecha de alguien que salga bien en la foto del pasaporte".

Un post-it que dice: "Yo soy tan malo para las despedidas que me he hecho un experto evitándolas".

Un post-it que dice: "A mí me gustan los antiácidos con sabores cítricos extremos".

Un post-it que dice: "Yo con el amanecer paso directamente de ser insomne a sonámbulo".

Un post-it que dice: "A mí la que me interesa es la autonomía de los poderes púbicos".

Un post-it que dice: "Por favor no me sugieras esas amistades que yo a los enemigos los tengo ya completos".

Un post-it que dice: "No, no podemos quedar como amigos; lo que te puedo garantizar es una larga enemistad".

Un post-it que dice: “Una de las señales de la locura es cuando comienzas a ver la propia nariz siempre metida en el campo visual”.

Un post-it que dice: "Eres un soberano hablador de disparates, lo que pasa es que los hablas con solemnidad".

Un post-it que dice: "Esto no tiene patas ni cabeza, y la verdad no le encuentro el resto del cuerpo tampoco".

Un post-it que dice: “No es que no tengas el don de la palabra, es que te lo arrebataron con ensañamiento”.

Un post-it que dice: "No es que tus planes sean malos, es que los míos valen más la pena."

Un post-it que dice: “A los insomnes eso de dormir hasta tarde nos parece un desperdicio tal que hasta nos quita el sueño”.

Un post-it que dice: “¿Ya tú sacaste la cuenta de cuántas neuronas matas cada vez que oyes esa música?

Un post-it que dice: “Los últimos serán los primeros (sí, siempre y cuando cuentes de atrás hacia adelante).”

Un post-it que dice: “Debería haber una manera de que este juego lo pierdan los dos.”

Un post-it que dice: “No importa, tú a eso mismo le pones al lado "premium" o "plus" y ya la gente piensa que merece costar el doble”.

Un post-it que dice: “Es un caso de esos en los que se pasa directamente de la locura juvenil a la demencia senil.”

Un post-it que dice: "Lo mío no es déficit de atención sino que tengo la batería demasiado baja para conectarme a cualquier red".

Un post-it que dice: “Yo creo que en vez de 15 minutos de fama le tocó una vida entera de pura infamia”.

Un post-it que dice: “Ese cuento es buenísimo y yo sé que soy el protagonista, pero cuéntalo tú porque yo no me acuerdo de nada”.

Un post-it que dice: "Se nota que eres muy valiente. Sobre todo a la hora de mandar a la batalla a los demás".

Un post-it que dice: “Nos hemos convertido en expertos en pasar directamente del escepticismo al desencanto”.

Un post-it que dice "No te preocupes por la soledad, piensa en Curiosity en Marte. Eso sí que es estar solo".

Un post-it que dice: "Quiéreme en mi ausencia. Si no es voluntariamente, pues que sea por obligación".

Un post-it que dice "A mí me preocupa más bien que tenga cara de demasiados amigos".

Un post-it que dice "No entiendo la incongruencia, ¿cómo te podemos gustar esa música y yo al mismo tiempo?"

Un post-it que dice "Si tuviera que contarle mis sueños a Freud seguro me mandaría a organizar ese desastre y a volver más tarde".

Un post-it que dice "A la gente realmente se le conoce por la cara rarísima que pone cuando no le gustó para nada el regalo".

Un post-it que dice "Yo prefiero que la invasión de la intimidad sea obligatoria exclusivamente entre tú y yo".

Un post-it que dice "De ahora en adelante sentirás mi ausencia sobre todo cuando esté presente".

Un post-it que dice "Estoy construyéndome un microcosmos donde nuestras versiones diminutas se la llevan mucho mejor que tú y yo”.

Un post-it que dice: "Ser mediocre con ínfulas es requisito indispensable para ocupar ciertos cargos, ¿verdad?"

Un post-it que dice: "Y si tú eres poeta las 24 horas del día todos los días, ¿a qué hora te relajas y eres persona?"

Un post-it que dice: "Te condeno a que te acuerdes de mí cada vez que oigas la música que te gusta".

Un post-it que dice: "Tú mientes tan bien que deberías meterte a profeta".

Un post-it que dice: "Es que yo me volví escéptico por haber creído demasiado".

Un post-it que dice: "Estaré disponible hasta agotarse la insistencia".

Un post-it que dice: “No tengo ninguna duda; por la simple razón de que no tengo la menor idea de este tema.

Un post-it que dice: “Yo juraba que algo tan sencillo era imposible hacerlo tan mal”.

Un post-it que dice "Vengo del futuro y te traigo dos noticias: que el mundo no es tan feliz y que tampoco hay Soma".

Un post-it que dice: “Te voy a seguir siguiendo sólo porque te tengo cariño. Eso te salva y me condena.

Un post-it que dice: “¿Tú sabrás cómo se llama ese hueco entre los cojines del sofá donde siempre se esconden las llaves?

Un post-it que dice: “Hacer tantas cosas al mismo tiempo es una manera disfrazada de no hacer absolutamente nada.

Un post-it que dice: “Al final, si lo piensas bien, menos mal que nos fue mal”.

Un post-it que dice: “Cualquier cosa voy a estar aquí arreglando el mundo por Twitter”.

Un post-it que dice: “La verdad es que nunca me queda claro si eso de "es muy fotogénico" o "tiene buen lejos" es algo halagador o no”.

Un post-it que dice: "No, perdona pero la belleza no puede estar en tantas partes".

Un post-it que dice: “Deberíamos nombrar un santo de la procrastinación, pero mejor lo dejamos para luego.

Un post-it que dice: “Apostemos alguna barbaridad de esas tan buenas que hasta nos convenga perder la apuesta.

Un post-it que dice: "Es que no tengo idea de cuánto más o menos dura ese tiempo prudencial que me pides que esperemos".

Un post-it que dice: “El secreto de la arepa frita está en hueco que tiene en el medio.

Un post-it que dice: "No me pases más música, porque si algún día me dejas no habrá manera en que te pueda olvidar".

Un post-it que dice: “A la cuenta de tres asumimos que es 2 de junio del 2018 a las 9 am. A ver si así controlamos este descompás que nos separa”.

Un post-it que dice: "Perdona que no te esperé para hablar, me di cuenta de que la cuota de discusiones inútiles se me había agotado".

Un post-it que dice: "Yo no tenía la menor idea de quién eras. Ahora que te conozco extraño mi ignorancia".

Un post-it que dice: "Por el bien de esta relación vamos a ponernos de acuerdo para alegrarnos por los mismos motivos".

Un pos-it que dice: “Yo evito las peleas pero soy adicto a las reconciliaciones.

Un post-it que dice: “Todavía no sé si estuvo bien o si fue un desastre. Creo que las dos cosas.

Un post-it que dice: “No, no fue que botamos los reales; es que nos tomamos la molestia de invertirlos céntimo a céntimo en nuestra contra”.

Un post-it que dice: "A ti, de los 15 minutos de fama que decía Warhol, yo te hubiera dado 2 como mucho".

Un post-it que dice: "No te mereces ni mi desprecio".

Un post-it que dice: "Te agradecería enormemente que hicieras el intento de no ser tan guapa".

Un post-it que dice: "Vamos a asumirlo, aquí no tenemos nada que buscar. Te espero a la salida y nos vamos a otra Tierra".

Un post-it que dice: “Hemos decidido mantenernos 2 metros a la redonda de ti, de manera que quepan cómodamente tú y tu ego”.

Un post-it que dice: “Yo en vez del pajarito hubiera preferido una versión en Australia: "El hombre que hablaba con ornitorrincos".

Un post-it que dice: “Me gustaría que esto terminara con un "y no se hable más del tema".

Un post-it que dice: "Yo recuerdo una época en que los artistas eran unos pocos y eran artistas pero de verdad".

Un post-it que dice: "Me cansé ya. Yo mejor recojo mis fichas y no juego más".

Un post-it que dice: “Te quiero tal cual eres. No te quiero modificar sino momificar”.

Un post-it que dice: “A mí sí me gustas porque yo sí tengo buen gusto”.

Un post-it que dice: "Yo lo que quiero es ponerte en shuffle".

Un post-it que dice: “A mí si me van a photoshopear que sea con Jennifer Connelly”.

Un post-it que dice: “Eso no es una tesis porque no tiene una cita de Deleuze”.

Un post-it que dice: “Yo lo que quiero es que tiembles tú”.

Un post-it que dice: "Yo solo espero que les caiga una epidemia de autocombustión espontánea".

Un post-it que dice: “A comprarse unas alpargatas con punta de hierro que el joropo que se viene es hardcore.

martes, 13 de agosto de 2013

En el pasado el futuro prometía muchísimo.


Hubo tiempos en los que se soñó al futuro con optimismo. Luego con angustia. Y finalmente con desencanto.


El futuro, como anunció William Gibson, quizá ya llegó hace rato, lo que pasa es que está desigualmente repartido.


El futuro que nos llegó no se parece al que estábamos esperando. Todo parece indicar que nos llegó a cambio un pariente cercano pero cargado de taras y frivolidades.


En algunos lugares el futuro llegó pero directamente en forma de distopía. Y sin pasar antes por apogeo alguno. Corea del Norte es un buen ejemplo.  Y lo peor es que sirve de modelo para un sinfín de desalmados y descerebrados.


Un maestro me comentó alguna vez que se esperaba para inicios del siglo XXI -como siempre ocurre en los cambios de siglo- un verdadero sacudón de paradigmas. Los equivalentes al dadaísmo, al futurismo, al surrealismo, al desarrollo del cómic y el cine. Verdaderos golpes a la mesa útiles para replantearnos todo y concebir otros mañanas; pero eso no ocurrió (la poesía después de Auschwitz que tanto preocupó a Adorno se quedó varada una vez más).


El maestro le adjudicaba ese inicio de siglo chucuto y signado por la mezquindad al atentado contra las Torres Gemelas. La humanidad sintió miedo, se refugió en su brutalidad, decidió encerrarse en la parálisis que provoca el horror. Ya más tarde vendrán tiempos para repensarse la cultura; pero ahora mismo sería imposible, son demasiado grandes el trauma, el pánico y la desilusión.


Y mientras tanto, en la Tierra, seguiremos siendo los mismos bárbaros de siempre pero con nuevas tecnologías. Hemos cambiado los mazos y las espadas por tanques de guerra y aviones de caza Sukhoi. Ah, y a las palomas mensajeras por Smartphones.


Quizá estamos partiendo de una premisa equivocada: “estamos esperando al futuro”, cuando es el futuro el que espera por nosotros y desde hace rato.
  

viernes, 26 de julio de 2013

Vi esto y me acordé de ti


Últimamente he estado muy metido en una onda marciana. La responsabilidad es mía, lo sé, es un tema que me ha fascinado/atemorizado desde la niñez; pero también es culpa de los amigos que constantemente me mandan cosas donde explícita o implícitamente dicen “Vi esto y me acordé de ti” –eso, o cualquiera de sus variantes–.  Y uno va y lo mira, por curioso, pero también lo hace por respeto y agradecimiento. Porque esos gestos merecen una respuesta, ameritan una reacción por parte de uno. Es como cuando alguien, en otros tiempos, te recomendaba un disco o una banda o una película o un libro; es una manera de decir “te tengo presente” o “a veces encuentro cosas que me remiten a ti”. Hoy día, con estos medios tecnológicos que son una extensión del cuerpo humano, esas referencias vienen casi siempre en forma de enlaces a videos, artículos, fotografías, ilustraciones y demás informaciones que pululan en la Red. Es  impresionante lo bien que te puede llegar a conocer la gente –o, quizá,  debería más bien decir: lo transparente que es uno– porque la verdad es que muy rara vez se equivocan.  Son un extraño catálogo de cosas que finalmente logran apasionarme, divertirme o angustiarme (la angustia, a veces, es una peculiar variante del gozo).

Entre las cosas insólitas que los objetos de mi afecto me han hecho llegar en el último mes están:

     -          La noticia del descubrimiento de unas pirámides muy similares a las egipcias en la Antártida. Una cosa que, de llegar a ser cierta, reformularía la historia pues nos hablaría de una civilización sumamente antigua pero enormemente avanzada que fue capaz de levantar esas obras monumentales hace más de 12 mil años. Una civilización prodigiosa que luego fue borrada del mapa –hasta hoy– por un cataclismo universal.

   -          La construcción de una enorme pirámide contemporánea, a cargo del ejército de los Estados Unidos, en la muy secreta y bien custodiada Área 51. Un proyecto que, se supone, estaría vinculado con las comunicaciones con extraterrestres y con las transmisiones de energías aún más poderosas que la atómica provenientes del espacio exterior.

   -          Las imágenes en video casero, con cámara subacuática, de un español radicado en Australia que avistó dos veces a una sirena en las inmediaciones de la Gran Barrera de Coral.

     -          El descubrimiento  por parte de antropólogos en la India de los huesos titánicos de unos gigantes. Unos esqueletos similares a los humanos pero de casi 7 veces su tamaño.

      -          La captura de un pequeño y aterrorizado alienígena (uno de los “grises”) a manos de los organismos de seguridad brasileños. Una cosa espantosa y conmovedora donde el extraterrestre intenta comunicarse mientras es interrogado y vilipendiado por un par de gorilas que lo mantienen cautivo. Algo que, inevitablemente, hace pensar en las similitudes entre el malandraje criollo y su primo casi idéntico pero en portugués.

-          La supuesta presencia de un extraterrestre con rasgos humanoides y reptilianos entre los miembros del equipo de seguridad del presidente Barack Obama. Sí, como lo oyen, un hombre-reptil pero vestido con flux y corbata.

     -          La reciente captura de otro alienígena –una variante de los “grises” pero más alta, fuerte y de rasgos más duros– por parte del ejército mexicano. Sujeto que más tarde sería enviado a los Estados Unidos donde permanece cautivo y bajo estudios. Este “alienígena real” muestra, a diferencia del aterrorizado extraterrestre brasileño, algo que en los humanos podría perfectamente denominarse como actitud. Porque ese pana no tiene miedo ni siente vergüenza; muy al contrario, transmite algo que se parece un montón al respeto o a la intimidación.

     -          Y, finalmente, la desalentadora noticia de que el Curiosity ha recorrido tan solo un kilómetro desde que llegó a Marte en agosto de 2012. Un kilómetro, panitas, lo que equivale a un promedio de 2,5 metros diarios en casi un año de periplo marciano. Hace pocos días el Curiosity finalmente se puso en marcha hacia el Monte Sharp, a 10 km de distancia de donde se halla actualmente. La expedición hasta su destino le llevará no menos de 9 meses y tendrá que sortear en el trayecto las gigantescas dunas de Marte, cosa que tendrá que hacer con sumo cuidado porque un simple movimiento en falso lo podría dejar sepultado bajo las arenas marcianas. Guardemos aquí un respetuoso minuto de silencio y confiemos al Curiosity a la providencia, y que los astros lo iluminen.

Y muchos se preguntarán –me lo pregunto yo– qué se hace con todo esto. Lo verán seguramente como un conjunto de delirios productos de la pérdida de tiempo y de la procrastinación. Y no les quito la razón; pero en mi defensa diría que creo también firmemente en las sincronías junguianas (quizá más que en los extraterrestres).  Por algo me han llegado todas estas cosas, alguna señal me está dando la vida para que me asome con renovados bríos en todo este universo de irrupciones de lo fantástico en la cotidianidad. Como si el destino me pidiera que hiciera algo con todo esto. Por ahora, simplemente, cumplo con vaciarlo sucintamente en este blog. Quién sabe si más adelante esto se transforme en un proyecto de mayor envergadura. En otro momento de la existencia hubiera pensado que se trataba de indicios que me empujarían a buscar lo que no se me ha perdido: muévete, encuéntralos, ofrécete para una abducción, diles que claro que sí y que si puedes ir en el puesto de adelante. Hoy día, estoy seguro, mi respuesta ante un escenario relacionado con extraterrestres sería la misma que le di a aquel sujeto que me preguntó en la playa de Barceloneta si me podía oler los pies: “No, gracias, no estoy interesado”.

Será, quizá, que todo esto me sirve de excusa para contarles una anécdota tragicómica. Porque el hecho es que cuando estaba de cabeza inmerso en todas estas averiguaciones, viendo compulsivamente materiales sobre alienígenas, gigantes, pirámides, dunas letales, sirenas y proyectos secretos que los militares no pueden (no quieren) compartir con la gente de a pie... me pegué uno de los sustos más grandes de mi vida. Estaba sentando en mi escritorio frente a mi computadora y junto a una ventana que da a la calle, me encontraba sumido en ese universo de cosas raras compartida por gente más rara aún cuando en eso sonó un estruendo: aulló a todo volumen una sirena seguida por una voz robótica disparada desde un altavoz: “muévase inmediatamente o se ganará una infracción”. Era una patrulla de policía que asustaba a un pobre diablo que se había estacionado mal. Pero yo juraba que me lo decía a mí y además no tenía idea de dónde venía tal estruendo.

Fue un susto interno. No grité. No me moví. Sufrí una suerte de estallido de hongo atómico atrapado entre el estómago y las sienes. Si no morí de un infarto es porque definitivamente mi corazón está aún mejor de lo que hubiera esperado. Pasé el susto –la cagazón, para decirlo en venezolano, porque uno se arrecha y se caga en su propio idioma– sin emitir sonido ni pestañear. Apagué la computadora, me aplaqué los pelos erizados sobre la piel de gallina y me cagué de risa.