
Adler tenía razón. Lo que pasa es que era discípulo de Freud y en el canon no tenían espacio para tantos. Lo que pasa es que el canon quiso que la gente se tomara en serio –con la solemnidad que amerita la C de ciencias en mayúsculas- todo ese cuentote de literatura fantástica que le pone nombre a los fantasmas y planetas que habitan en lo más secreto del universo de adentro, mientras el resto de los escritores de ciencia ficción son un poco de locos escribiendo fantasías sobre los monstruos y mundos del espacio exterior. Pero uno mira alrededor y se da cuenta de que sí, de que lo que mueve al ser humano no es tanto el sexo, no es tanto el poder, no es tanto la pulsión del deseo, no es tanto lo reprimido, lo que realmente le interesa a la gente es sentirse importante. Así de sencillo “yo soy así porque me quiero sentir importante”. Adler tenía razón.
La teoría de Adler tiene que ver con la psicología del individuo y básicamente dice que el egocentrismo es producto de nuestros complejos de inferioridad. Cuando una persona se siente importante, se comporta como si fuera importante y hace cosas de gente importante está haciendo gala de un complejo de superioridad que no es otra cosa que la manifestación hacia fuera del enorme complejo de inferioridad que siente hacia adentro.
En cierta oportunidad, cuando escuché de Adler por primera vez, unos rateros entraron en casa de unos vecinos y algunos testigos aseguraban haberlos visto huyendo por el cerro. Llegó la policía con sus sirenas, frenazo trepidante de esos que deja la mitad del caucho arrugando el asfalto, dos oficiales con lentes oscuros, armas a medio desenfundar, interrogaron fugazmente a los vecinos -casi todos niños en pijama y pantuflas en el medio de la calle- hablaron en códigos, dijeron cosas importantes en un lenguaje que no significaba nada pero sonaba súper bien, se subió el chofer al Jeep blanco con insignias de la PM y el otro dijo: “Arranca, Beltrán, que yo voy montado atrás” dio un salto mortal con doble tirabuzón y se subió al parachoques trasero de la unidad –para llamar a la camioneta en el idioma de los importantes- abrazado como un gato al caucho de repuesto. Pero Beltrán arrancó bruscamente, cayó en un hueco o a lo mejor peló el embrague, el punto es que el policía malabarista que andaba allá sobre el parachoques se fue de culo contra el piso. Se dio durísimo con el asfalto, cosa que disparó una risotada brutal en la chiquillada, todos vueltos carcajada batiente y dedos índices apuntando hacia la escena. Creo que hasta Beltrán se bajó hecho un nudo, agarrándose el estómago de la risa, olvidado en ese instante de quién era policía, quién ladrón y quién vecino.
Pero papá no se rió. Se quedó serísimo el viejo, se acomodó los anteojos de pasta marrón y masculló entre dientes: “Coño de su madre, es que Adler tenía razón. A ese carajo le pasó esa vaina porque él quería dárselas de importante”.
Me imagino que Adler gozaría un montón y pediría al país completo por laboratorio si lo resucitáramos por estos días. Se preocuparía horrores, diría seguramente: no cuento con las herramientas para tratar al paciente, lo siento muchísimo –y como Pilatos se lavaría las manos. Qué otra cosa se le puede pedir-; pero en le fondo regresaría a la tumba con una sonrisota, reivindicado por la historia: “Coño ¿te fijaste Sigmund Freud? Yo tenía razón”.
He aquí un breve listado de situaciones que merecen una plegaria: “Adler nuestro que estás allá adentro…”
- Cuando el fiscal de tránsito con cara de perdonavidas hace señales con ambos brazos para que Usted haga exactamente eso que el semáforo en rojo le indica: que se detenga. Y luego hace gestos furiosos para que arranque justo cuando la luz cambia a verde. Eso es puro Adler.
- Cuando el mismo fiscal, en un arranque insólito de autonomía, pero con idéntica cara, contradice al semáforo, allí es todavía más importante (no importa que más caótico y sin sentido también). Y sigue siendo Adler.
- Cuando el funcionario, apertrechado detrás del escritorcito, dice solemnemente a la señora que viene con su hija enferma que el jefe está demasiado ocupado para perder el tiempo, que de ninguna manera va a ser atendida hoy y que vuelva otro día: Adler 100%.
- Cuando la funcionaria sale de la peluquería con ese vinotinto encendido, un casco blindado por la laca, las uñas postizas de dos pulgadas y un maquillaje radiactivo: Adler.
- Cuando en un lugar público hablamos más fuerte que todos los demás, atendemos muchísimo el celular, demostramos a viva voz cuáles son nuestras ocupaciones y al que no le guste que se joda, no joda: Allí va Adler.
- Cuando el escolta atraviesa la moto y obstruye todos los canales posibles de la autopista, para que pase el generalito con la familia y con toda su caravana de sirenas, luces y autos con vidrios ahumados, porque se les hace tarde para llegar al cine… todita esa gente no ha leído a Adler, pero cómo lo conocen.
- Cuando encuentras al jefe con cara de presupuesto, con el ceño fruncido por estar distribuyendo ficha por ficha el salario de sus siervos de la gleba: remember Adler.
- Cuando nuestros hijos son indomables, le hacen la vida de cuadritos a todo el mundo, hacen lo que les da la gana, sobre todo cuando le faltan el respeto a los viejecitos, y nosotros decimos: “El es un poquito inquieto, pero es que es tan inteligente”. Adler for all.
- Cuando los abogados, los médicos, los políticos, los periodistas dan declaraciones que no dicen absolutamente nada pero están provistas de un tonito salvavidas… allí está Adler.
- Cuando el presidente de turno hace desfiles militares y se viste de militar y da discursos henchidos de orgullo patriotero mientras los soldados marchan, los tanques hacen crujir el suelo de la patria y los aviones nuevecitos –hermosos, magníficos para matar mucha más gente con menor costo- le sobrevuelan la cabeza y las nuestras… es porque en el fondo saben que lo tienen chiquito. Y además de chiquito saben que no lo saben usar. Bueno, allí entra Adler.
- Cuando la gente entra a un lugar ajeno y sabotea, dice y hace mamarrachadas simplemente para llamar la atención… recuerden la teoría de los complejos de Adler.
- Cuando andas montado en una camionetota carísima y grandotota que no sabes ni manejar, o en una moto que necesita dos canales para circular, exhibiendo a la respectiva mami súper repotenciada y escotada… mosca con Adler, panita.
- Cuando los escritores escriben como escritores y utilizan términos, citas, referencias y giros que nadie comprende ni maneja –comenzando por él mismo-… 100% Adler.
- Cuando alguien te dice: “Me alegra que te vaya bien, porque si lo piensas bien estás donde estás gracias a mí”. Ya lo saben: Adler.
- Cuando tú estás en medio de un cuento, echándolo con mucha emoción y sale uno de los interlocutores y dice: “No, pero ¿tú quieres saber un cuento mejor?” Pues lo mismo: Adler.
- Cuando te encuentras a esos personajes que son como unos gurús, que lo saben todo, lo entienden todo, de lo que pasó, lo que está pasando y lo que vendrá, que siempre dicen “Te lo dije” o “Yo lo sabía” o “Eso estaba clarito” o “Espérate que te voy a explicar cómo es la vaina”. Persígnate, man… y encomiéndate a Adler.