viernes, 23 de febrero de 2007

Lucía sin sexo


Me reencontré con una ex en Barcelona. En la primera salida me di cuenta del peso brutal de esos diez años sin vernos, en la segunda salida la cosa fue aún peor y tuve la sensación de haberla conocido veinte años atrás. En la tercera -tercos obstinados- regresamos cada uno a su casa con la convicción de no habernos conocido jamás. Éramos dos absolutos extraños. Poco más.

Me alcanzó el amanecer aún con el sabor de la última cerveza, preocupado -en medio de Las Ramblas- en no pisar las baldosas oscuras y tocar las separaciones entre ellas solamente con la punta del pie (y sólo cuando no hubiera más remedio). Compré El País y aproveché la oferta: “lleve por 2 euros la película española del domingo: Lucía y el sexo”. Y me dije feliz: “Bien, por lo menos me llevaré a Paz Vega hoy a casa”.

Cada cierto tiempo, cíclicamente, hago proselitismo a favor de Julio Medem. El nacido en San Sebastián, el médico metido a cineasta, el hombre que aún tiene el récord de velocidad de los 100 metros planos en los juegos del País Vasco. Un tipo que hace un cine rarísimo, a punto de ser cursi pero sin serlo, a medio camino entre el erotismo y la pornografía, con unos personajes rozando el ridículo pero que siempre acaban por bordear lo sublime. Profundamente vasco y esencialmente extraterrestre. Como si quisiera mostrarnos que la tierra arcillosa que da sabor al vino donostiarra fuera exactamente la misma arena rojiza de Marte. El único tipo al que, en mi vida como periodista, le pedí al finalizar la entrevista: “Hombre, te importaría si me tomo una foto contigo”. Y cuando esa cámara hizo clic me abrazó como si fuera un hermano mayor. Los vascos dicen que cualquier mezcla de vasco con otra raza sigue dando siempre vascos puros. Imagino que en ese instante nos unió el fantasma de aquello que llaman en eusquera el “guta gutarrak”: Nosotros y los nuestros.

Entré al apartamento rumiando todo esto y me encontré al Clutch, mi compañero de piso, desinflado sobre el sofá. Él también había intentado paliar la soledad la noche anterior y por lo visto no le había ido mejor que a mí. ¿Qué tal, pana, cómo te fue con C? Horrible, no llegué ni a la medianoche ¿Y tú? Pésimo, güevón, no tiene sentido, nada tiene sentido… pero me traje Lucía y el sexo. Ah, bueno.

Pusimos la película en el aparato, y antes de presionar el botón de Play llamamos a Laura, nuestra tercera compañera de piso, la reina de esa extraña familia que conformábamos. Costó un mundo convencerla de que iba a ver una película donde no había sangre, ni violencia, ni maltrato a niños y que no fuera muy intensa. Siempre lo advertía antes de ver cualquier cosa. Que no, mujer, qué ladilla, relájate que te va a gustar, sí, Laurita, yo respondo.

Y comienza la película y ese mundo extraño, ese delirio azucarado que caracteriza al cine de Medem, se despliega ante nuestros ojos, hasta que Lucía, la hermosísima Lucía, encarnada por Paz Vega, más hermosa y más buenota que nunca, probablemente la mujer más guapa del universo en ese instante, le suelta al protagonista su dichoso parlamento:

- Hola, Lorenzo, tú no me conoces, pero yo sí a ti. Me llamo Lucía. Y quiero que sepas que estoy enamorada de ti, desde el principio. Que adoro tu primera novela, me cambió la vida. Y que me quiero ir a vivir contigo ya en este instante para hacerte feliz. Ah, y que espero que con el tiempo y la convivencia tú también acabes por quererme.

Y Lorenzo, estático junto a la máquina de tabaco no alcanza ni a meter las monedas, agarra por un brazo a su nena de colores y se la lleva a casa. A darle inicio a todo eso que ella le participó.

Yo me estaba relamiendo los bigotes, decía hacia mis adentros: qué grande que eres, Julio Medem, el coño de tu madre, qué cosa tan absurda pero tan bonita. Pero entonces me interrumpe el Clutch iracundo, de un manotón me arrebata el control remoto, pulsa stop, y exclama:

- ¡No, joda. Yo no voy a ver más esta mierda. Esta película hace daño!
- ¡Pero, bueno, qué te pasa, marciano de mierda! ¿Cómo que hace daño?
- Pana, que es imposible, im-po-si-ble que una mujer te pare en un bar para decirte algo así. ¡Y mucho menos si esa caraja es Paz Vega, güevón, Paz Vega!

Busco a Laura con la mirada, esperando contar con su apoyo, la encuentro enterrada entre cojines, almohadas, cobijas. Me mira con gran fastidio y dice:

- Jose, si una mujer algún día te aborda así en un bar… mejor corre. Huye. Porque tiene tratarse del anzuelo de una red de tráfico de órganos. Y si la tipa está tan buena como Paz Vega tienes que tener clarito que esa vaina es una trampa.

Se acomodó entre las cobijas y se quedó dormida. Clutch hizo lo propio luego de su pataleta. Yo no, yo me quedé heroicamente a terminar Lucía y el sexo. Pero no pude. Carcajadas incontrolables me arruinaron la película. Me reía de Laura y del Clutch, de Paz Vega que era como un insulto de lo buena que estaba, también de Julio Medem. Me reía de mí, porque ahora –dentro y fuera de esa pantalla- además de sublime, absurdo, hermoso, lo encontraba todo profundamente cómico.

viernes, 16 de febrero de 2007

Takeshi Kitano (y las bocas azules)


“Chicos, tenemos un problema: Mr. Kitano no habla inglés. Ni siquiera una sola palabra. Y aún no hemos encontrado un traductor del japonés… la buena noticia es que la entrevista comienza en 5 minutos y Ustedes están confirmados. Buena suerte”. Dijo esto Richard Lordman, publicista para la prensa internacional para la película Dolls de Takeshi Kitano, tomó su bolso de cuero donde se asomaba la diminuta cabeza de su chihuahueño lampiño, y se fue taconeando por el pasillo, largo y delgado como el cigarrillo More que siempre le humeaba entre los dedos.

-¿Verga, pana, y entonces?
-Chamo, así sea con señales de humo, en cuti, con dibujitos; pero tenemos que entrevistar a Kitano. Yo necesito entrevistar a ese hombre.

En eso entra Kitano al salón. El gran Takeshi Kitano. Beat Takeshi. La respuesta japonesa a Clint Eastwood -dicen algunos para vender a los neófitos sus DVDs.- aunque Takeshi es más grande, mucho más grande. Takeshi Kitano que es como un Seinfeld injertado con Guillermo Fantástico González pero con mucho de Jarmusch y todo lo bueno de Tarantino, sin un ápice de lo malo. Y los periodistas japoneses guardan silencio reverencial y se inclinan y saludan con las cabezas paralelas al suelo, y Takeshi camina como un Shogun contemporáneo, lentamente, como el más benévolo jefe de la mafia yakuza. Mr Kitano no sonríe, no tiene expresión en la cara, pasa entre los periodistas e inclina ligeramente la cabeza a manera de saludo, llega a la mesa, come un panecillo dulce de un solo bocado, mastica tres veces como quien parte una cabilla con las muelas, se sirve agua, se acomoda la chaqueta con ese ruido que sólo saben hacer los sensei cuando estiran el kimono. Gira sobre los talones como si fuera a iniciar un kata, o como si fuera a bailar, pero solamente camina, de nuevo surca por en medio del túnel de periodistas que volvemos a inclinarnos, inclusive nosotros los criollos bajamos un poco la frente, incluso los rusos de MTV Moscú, incluso los italianos de la RAI 2. Takeshi se sienta en un sillón cerca de la ventana, nadie le ha dicho que la entrevista será allí, pero a Takeshi nadie le da explicaciones de nada ni instrucciones de nada.

Vuelve Lordman revoloteando como una gigantesca mariposa oscura y nos dice que no hay tiempo, que Mr. Kitano está apurado, él siempre está apurado. La gente importante se distingue por estar apurada. Que nos tenemos que alinear todas las cinco cámaras una al lado de la otra, que formemos una fila similar a la de un pelotón de fusilamiento, allí justo en frente de donde está sentado el director. ¿Aquí alguien habla japonés? No, nadie. No importa, el tiempo se acaba, ya aparecerá alguien que lo hable.

Colocamos trípodes, acoplamos cámaras, probamos micrófonos, nos ponemos de acuerdo, una pregunta por televisora, comenzamos nosotros y los de la RAI 2 van de últimos. Así, una y otra vez hasta que se acabe el tiempo. Aparece un japonesito como de 18 años, tiene pinta de estudiante, o más bien de turista que alguien secuestró en medio de la plaza San Marco, se acerca al grupo y dice: “Good morning, yes, I will be the translator, hai!”. Y empieza la entrevista, y Kitano dice que Dolls es la película más violenta que ha hecho jamás, a pesar de ser una película de amor. Tres historias de amores truncados por el destino, amor rebosante de dolor, de sacrificio, una erotización romántica de un harakiri. Kitano ha hecho el policial más hermoso jamás con Hana Bi, así que le sobran razones para confesar que ha logrado –maginíficamente, por demás- uno de los filmes de amor más violentos jamás.

Pero el punto es que mientras Mr. Kitano habla, con la mirada fija en todos nosotros, pero no viéndonos a nosotros sino a través de nosotros, como si tuviera el don de ver a las bañistas de la playa a través de nuestras cabezas, el joven traductor le ha dado por masticar nerviosamente la tapita posterior de su bolígrafo azul. Está hecho una madeja de nervios y no se ha dado cuenta pero la tapita ha cedido, se ha roto, la boca se le llena de tinta, dientes y lengua se curten de líquido azul, un halo violáceo le bordea los labios y el bigote. La gente empieza a sentirse incómoda, a acomodarse y reacomodarse sobre los asientos, los camarógrafos nerviosamente mueven las perillas del audio, ajustan foco una y otra vez. Los rusos son gente seria y clavan la vista en sus cuadernos de notas, los japoneses en medio de un momento tan solemne guardan la compostura: aquí no está pasando nada porque el rey no está desnudo, los italianos están muy concentrados en su propio reflejo contra el espejo, asegurándose de que cada mechón y cada hilacha del jean meticulosamente malcortado sigan cuidadosamente fuera de lugar; pero los venezolanos ya ni sabemos de qué coño va la entrevista ni quién es que es este japonés tan importante.

Como si ese enano siniestro que habita en la parte de atrás de nuestras cabezas hubiera soltado una bomba de gas pimienta. La risa incontrolable que sólo ataca justo en esos momentos en que sabes que no te puedes reír. Y el camarógrafo ahoga la risotada detrás de la cámara, el asistente muerde la goma de los audífonos, yo comienzo a proferir un rugido extraño que me sube desde el estómago, mi compañera me ve con cara de angustia, me interroga con los ojos: ¿qué hacemos? ¿Será que le decimos o nos hacemos los locos? Yo me muerdo la manga de la camisa, pienso en mi abuelita, o mejor en la maestra más fea y antipática del colegio. Y de tanto tratar de pensar en ella termino pensando en Freddy Olmos, un compañero de primer año a quien no he vuelto a ver en décadas, que se quitaba los zapatos en medio de las clases de la profesora antipática, que se rascaba con el escalímetro la planta de los pies cuando nos sentaban en semicírculo, que mordía los bolígrafos y que un día, en pleno regaño histérico, mordió tan fuerte el kilométrico azul que se quedó con los dientes azules, con la boca azul, que escupía sobre la tabla del pupitre litros y litros de baba azul, y la profesora le decía: “¡Olmos, te me vas derechito a la dirección ya!”. Y nosotros nos reíamos, pana, nos reíamos con toda la risa acumulada del mundo, una risa que nos salía como una cascada justo al momento en que se rompe el dique. Y Freddy mentando madres azules, rumbo a la dirección, saliendo en medias porque se le quedaron los zapatos debajo del pupitre, y ahora yo pensando en Freddy, en cómo carajo le habrá explicado a la directora que estaba allí por culpa de sus dientes azules. Y cómo ahora le explicaba yo a Kitano todo eso para que me entendiera, cómo se dirá salón de primer año en japonés, cómo maestra antipática, cómo colegio, cómo dientes y cómo azul. O cómo contar todo eso en dibujitos.

-Perdona, tienes los dientes azules – confesó mi compañera al traductor en un acceso de solidaridad.

El japonesito pasó del amarillo pálido estándar al rojo langosta de turista nórdico insolado. Y, claro, los venezolanos malcomportados aprovechamos la pausa para reírnos. Los rusos también soltaron tres HAHAHA, los italianos intercambiaron exclamaciones en la jerga de los tifosi; pero Takeshi no. Takeshi continuó imperturbable, viendo con absoluta seriedad la dentadura azul de su traductor. Con la vista clavada en esos dientes, esa lengua, esos labios. Pensando en una próxima película donde en cierta escena, necesariamente, tendría que incluir una boca así de azul.

domingo, 11 de febrero de 2007

Un laboratorio para Adler

Adler tenía razón. Lo que pasa es que era discípulo de Freud y en el canon no tenían espacio para tantos. Lo que pasa es que el canon quiso que la gente se tomara en serio –con la solemnidad que amerita la C de ciencias en mayúsculas- todo ese cuentote de literatura fantástica que le pone nombre a los fantasmas y planetas que habitan en lo más secreto del universo de adentro, mientras el resto de los escritores de ciencia ficción son un poco de locos escribiendo fantasías sobre los monstruos y mundos del espacio exterior. Pero uno mira alrededor y se da cuenta de que sí, de que lo que mueve al ser humano no es tanto el sexo, no es tanto el poder, no es tanto la pulsión del deseo, no es tanto lo reprimido, lo que realmente le interesa a la gente es sentirse importante. Así de sencillo “yo soy así porque me quiero sentir importante”. Adler tenía razón.

La teoría de Adler tiene que ver con la psicología del individuo y básicamente dice que el egocentrismo es producto de nuestros complejos de inferioridad. Cuando una persona se siente importante, se comporta como si fuera importante y hace cosas de gente importante está haciendo gala de un complejo de superioridad que no es otra cosa que la manifestación hacia fuera del enorme complejo de inferioridad que siente hacia adentro.

En cierta oportunidad, cuando escuché de Adler por primera vez, unos rateros entraron en casa de unos vecinos y algunos testigos aseguraban haberlos visto huyendo por el cerro. Llegó la policía con sus sirenas, frenazo trepidante de esos que deja la mitad del caucho arrugando el asfalto, dos oficiales con lentes oscuros, armas a medio desenfundar, interrogaron fugazmente a los vecinos -casi todos niños en pijama y pantuflas en el medio de la calle- hablaron en códigos, dijeron cosas importantes en un lenguaje que no significaba nada pero sonaba súper bien, se subió el chofer al Jeep blanco con insignias de la PM y el otro dijo: “Arranca, Beltrán, que yo voy montado atrás” dio un salto mortal con doble tirabuzón y se subió al parachoques trasero de la unidad –para llamar a la camioneta en el idioma de los importantes- abrazado como un gato al caucho de repuesto. Pero Beltrán arrancó bruscamente, cayó en un hueco o a lo mejor peló el embrague, el punto es que el policía malabarista que andaba allá sobre el parachoques se fue de culo contra el piso. Se dio durísimo con el asfalto, cosa que disparó una risotada brutal en la chiquillada, todos vueltos carcajada batiente y dedos índices apuntando hacia la escena. Creo que hasta Beltrán se bajó hecho un nudo, agarrándose el estómago de la risa, olvidado en ese instante de quién era policía, quién ladrón y quién vecino.

Pero papá no se rió. Se quedó serísimo el viejo, se acomodó los anteojos de pasta marrón y masculló entre dientes: “Coño de su madre, es que Adler tenía razón. A ese carajo le pasó esa vaina porque él quería dárselas de importante”.

Me imagino que Adler gozaría un montón y pediría al país completo por laboratorio si lo resucitáramos por estos días. Se preocuparía horrores, diría seguramente: no cuento con las herramientas para tratar al paciente, lo siento muchísimo –y como Pilatos se lavaría las manos. Qué otra cosa se le puede pedir-; pero en le fondo regresaría a la tumba con una sonrisota, reivindicado por la historia: “Coño ¿te fijaste Sigmund Freud? Yo tenía razón”.

He aquí un breve listado de situaciones que merecen una plegaria: “Adler nuestro que estás allá adentro…”

- Cuando el fiscal de tránsito con cara de perdonavidas hace señales con ambos brazos para que Usted haga exactamente eso que el semáforo en rojo le indica: que se detenga. Y luego hace gestos furiosos para que arranque justo cuando la luz cambia a verde. Eso es puro Adler.
- Cuando el mismo fiscal, en un arranque insólito de autonomía, pero con idéntica cara, contradice al semáforo, allí es todavía más importante (no importa que más caótico y sin sentido también). Y sigue siendo Adler.
- Cuando el funcionario, apertrechado detrás del escritorcito, dice solemnemente a la señora que viene con su hija enferma que el jefe está demasiado ocupado para perder el tiempo, que de ninguna manera va a ser atendida hoy y que vuelva otro día: Adler 100%.
- Cuando la funcionaria sale de la peluquería con ese vinotinto encendido, un casco blindado por la laca, las uñas postizas de dos pulgadas y un maquillaje radiactivo: Adler.
- Cuando en un lugar público hablamos más fuerte que todos los demás, atendemos muchísimo el celular, demostramos a viva voz cuáles son nuestras ocupaciones y al que no le guste que se joda, no joda: Allí va Adler.
- Cuando el escolta atraviesa la moto y obstruye todos los canales posibles de la autopista, para que pase el generalito con la familia y con toda su caravana de sirenas, luces y autos con vidrios ahumados, porque se les hace tarde para llegar al cine… todita esa gente no ha leído a Adler, pero cómo lo conocen.
- Cuando encuentras al jefe con cara de presupuesto, con el ceño fruncido por estar distribuyendo ficha por ficha el salario de sus siervos de la gleba: remember Adler.
- Cuando nuestros hijos son indomables, le hacen la vida de cuadritos a todo el mundo, hacen lo que les da la gana, sobre todo cuando le faltan el respeto a los viejecitos, y nosotros decimos: “El es un poquito inquieto, pero es que es tan inteligente”. Adler for all.
- Cuando los abogados, los médicos, los políticos, los periodistas dan declaraciones que no dicen absolutamente nada pero están provistas de un tonito salvavidas… allí está Adler.
- Cuando el presidente de turno hace desfiles militares y se viste de militar y da discursos henchidos de orgullo patriotero mientras los soldados marchan, los tanques hacen crujir el suelo de la patria y los aviones nuevecitos –hermosos, magníficos para matar mucha más gente con menor costo- le sobrevuelan la cabeza y las nuestras… es porque en el fondo saben que lo tienen chiquito. Y además de chiquito saben que no lo saben usar. Bueno, allí entra Adler.
- Cuando la gente entra a un lugar ajeno y sabotea, dice y hace mamarrachadas simplemente para llamar la atención… recuerden la teoría de los complejos de Adler.
- Cuando andas montado en una camionetota carísima y grandotota que no sabes ni manejar, o en una moto que necesita dos canales para circular, exhibiendo a la respectiva mami súper repotenciada y escotada… mosca con Adler, panita.
- Cuando los escritores escriben como escritores y utilizan términos, citas, referencias y giros que nadie comprende ni maneja –comenzando por él mismo-… 100% Adler.
- Cuando alguien te dice: “Me alegra que te vaya bien, porque si lo piensas bien estás donde estás gracias a mí”. Ya lo saben: Adler.
- Cuando tú estás en medio de un cuento, echándolo con mucha emoción y sale uno de los interlocutores y dice: “No, pero ¿tú quieres saber un cuento mejor?” Pues lo mismo: Adler.
- Cuando te encuentras a esos personajes que son como unos gurús, que lo saben todo, lo entienden todo, de lo que pasó, lo que está pasando y lo que vendrá, que siempre dicen “Te lo dije” o “Yo lo sabía” o “Eso estaba clarito” o “Espérate que te voy a explicar cómo es la vaina”. Persígnate, man… y encomiéndate a Adler.

lunes, 5 de febrero de 2007

Klaus, del planeta Nomi



La primera vez que vi a Klaus Nomi fue por accidente, realmente yo estaba buscando otras cosas en la gaveta del cuarto de mi primo –ya saben, las cosas que buscaría uno a los 12 en el rincón más apartado de los cajones más oscuros del primo de 20-. Encontré una cinta de VHS que decía “Urgh, A Music War” en la etiqueta y dije: “Uff, ésta debe ser como Heavy Metal, que son comiquitas pero con mujeres desnudas”. Me asomé al pasillo desde la puerta, vi que no había adultos a la vista ni primas chismosas y le puse play al aparato allí donde estaba la cinta, sin rebobinarla. Y entonces vi una cosa que no tenía la más mínima relación con lo que buscaba; pero definitivamente era algo perturbador, algo fascinante y pecaminoso que me dejó con la boca abierta. Una cosa entre el susto, lo cómico, lo grotesco, lo fascinante, lo paranormal, lo ridículo. Definitivamente un engendro que no se parecía a ningún otro en este mundo. Se llamaba Klaus Nomi. Salí de ese cuarto con la sensación de que un monstruo quedaba encerrado allí.

No sabría contar la verdadera historia de Klaus Nomi, contaré la que yo me sé. Y la verdad es que poco me interesa que alguien más erudito se sepa mejor el cuento y quiera sacarme el velo de los ojos. No me interesa. Lo vería tan estúpido como alguien que le intentara explicar al sobrino que es imposible que exista el Ratón Pérez porque un roedor tan chiquito y con tan pequeño cerebro no podría jamás saber cuál niño ha soltado su primer diente de leche, lo ha puesto entre la almohada y la mesa de noche, y espera mañana despertar para descubrir que el dientecito ha desaparecido y que en su lugar hay dinero. Así que contaré que Klaus Nomi aseguraba que había venido del espacio exterior. Que llegó a la Tierra en ese pedazo de Europa que se llama Alemania, en 1944, rayando el final de la guerra. Su misión era la de llegar a la Tierra para salvar a la humanidad. Así de simple. Sus padres (los adoptivos, claro, porque los biológicos serían de su misma raza) lo consideraron un ángel al ver que en vez de hablar profería unas notas musicales agudísimas o gravísimas según se le antojase. Lo llevaron algunos años más tarde a la escuela de los niños cantores de Viena, pero fue rechazado; no por deficiencias de canto -ciertamente era un prodigio-, lo rechazaron por su negativa ante la idea de ser castrado.

Aún así Klaus Nomi cantó: música lírica y música pop, ambas cosas a la vez, como un tenor en una estrofa para pasar a ser una mezzosoprano en la siguiente y alternar ambos timbres en el estribillo. Y se vistió como el más freak de los neodandies, una cosa que dejaba pálido al Glam Rock de los 70’s o a los New Romantic de los 80’s. Era como un marciano que mezclaba su traje espacial con el más rígido tuxedo. Sus ropas y maquillajes fueron el reflejo exacto de sus letras y su música: tan cómicas como siniestras. Su forma de mirar y de bailar no han podido ser emuladas nunca más, no con esa autenticidad ni con esa gracia. No importa el disfraz que se pongan, nunca nadie lo supo llevar con tal convicción. A nadie le ha sentado tan bien ser portador de su propia mentira. Se necesita, además de mucha caradura, una gran clase.

Moriría Nomi de Sida en 1983; pero aseguran sus allegados que lo que realmente le dio la estocada final fue una fuerte gripe. Lo sabemos, los extraterrestres no son inmunes a los resfriados, ya lo contó H.G. Wells.




He aquí, precisamente, lo que encontré al pulsar el botón de play aquel día en que la vida quiso que Klaus Nomi se me cruzara en el camino.