lunes, 2 de abril de 2018

Cel-dog (telefonía celular canina)


El día en que los perros tengan celular -que créanme que falta poco- se creará un servicio de telefonía móvil para cánidos que se llamará Cel-dog que con el tiempo se expandirá hasta incluir a gatos (Cat-cel) y más tarde a cualquier tipo de mascotas (entonces pasará a llamarse Mascotel o Pet-cel “porque ellos también merecen estar comunicados”).

Cacho, que es gallísimo y tiene una disciplina germánica, tendrá su celular en impecable estado dentro de un forrito de cuero de esos que se cuelga al cinturón, los números de emergencia los tendrá asignados alfabéticamente a sus teclas de marcación rápida (de primera a su mamá que es la persona que el más quiere en el mundo) y siempre contará con saldo de sobra (por precaución). Rita, en cambio, tendrá su aparato siempre perdido, o lo conseguirá pero por partes (papá, encuentro sólo las teclas que no me comí anoche), se gastará todo el saldo del mes en menos de media hora y luego se las ingeniará para robarle el cel-dog a Cacho, sin que se entere, para escribirle mensajitos de texto de esta naturaleza: “Cacho, ¿cómo se hace para mandarte un mensajito desde tu teléfono pero que aparezca como si lo hubiera mandado desde el mío”. Y nos mandará, poseída por su espíritu de LuRita Ferrer, infinidad de mensajes de voz diciendo: “Es sólo para avisarles que moriré de la angustia cuando me quede sin saldo”.

Esta mañana un señor me salió al paso en plena subida a la montaña y me dijo con alarma: “¡Cuidado con los venados!”. Cincuenta pasos más adelante me seguían impresionando las mismas tres cosas:

1) Lo impecablemente combinado que uno puede hacer deporte. Yo no sabía que había gorras que encajaban raya a raya con las franelas, los shorts, los zapatos y las medias. Ese hombre parecía un cuadro de Soto pero que se movía de verdad.

2) Lo solidaria que aún puede ser la gente en este país donde impera el “allá tú… mejor por mí si te jodes un poco”.

3) Que ese señor en sus 50 años de existencia no hubiera visto, ni por casualidad, ni siquiera una imagen de Bambi.

Pero, sobre todo, lamenté que no existiera todavía Cel-dog “telefonía celular canina”, para mandarle en ese preciso instante a Cacho estas imágenes: “¿Viste, pana, que no te mentía?”



jueves, 8 de marzo de 2018

Grupo de WhatsApp, manual de uso.




En estos tiempos en los que estamos todos regados por el mundo -o en el mismo lugar del mundo pero sin posibilidades de verse mucho- ha llegado la era del grupo de WhatsApp. Y todo el mundo tiene los suyos, todos tenemos varios, lo que implica un segundo (o un primer, según el caso) nivel de existencia: estamos aquí pero nos fugamos con frecuencia para allá, o estamos siempre allá y a veces, eventualmente, nos asomamos en esta extraña realidad de la gente de carne y hueso y las conversaciones cara a cara. Lo importante es saber ubicar -y ubicarse- en cuál de las siguientes categorías encaja cada miembro de sus grupos de WhatsApp.

1)   El agregacionista. Toda la tragedia se precipita cuando recibimos la notificación, miramos la pantalla y vemos: Fulano te ha agregado al grupo “Amigos desconocidos”. Mañana la ciencia deberá explicar esa nueva compulsión que tienen algunos de crear y crear grupos de WhatsApp. Un grupo para cada motivo, cada evento, cada ocasión. Y de pronto uno se da cuenta de que es miembro de varios grupos donde siempre está la misma gente. Pero uno no se atreve a salirse ni a decir: ¿En serio, otro grupo?

2)         Alfa. Es el miembro más activo, el alma del grupo. Y no necesariamente es el agregacionista que lo creó. Es el miembro que necesita mantener al grupo vivo a punta de chistes, memes, videos, audios de todo tipo, presentaciones en power point, consejos para aliviar la tos, evitar los atracos, salvarse de la calvicie o ganarse el cielo. No sabemos de dónde saca tanto tiempo Alfa para mantener siempre encendida la llama del grupo. Es una especie de redentor, Alfa ha asumido que si el grupo no está activo entonces se puede morir: el grupo y sus miembros. Menos mal que existe, estamos salvados.

3)  El que no entendió. En todo grupo de WhatsApp, así sea conformado por dos miembros, siempre hay uno que no entiende los chistes. Y entonces hay que explicárselos. Qué cosa difícil, estéril y sin gracia la de tener que explicar los chistes, pero alguien tendrá que hacerlo. Entonces está el que no entiende y su complemento: el que se lo explica. Cuídese mucho de convertirse en ese que nunca entendió el chiste, pero sobre todo cuídese de no ser el que los explica.

4)   El chavista. Independientemente de su postura ideológica o tolda política, habrá siempre entre nosotros un chavista de espíritu. El chavista de WhatsApp buscará la manera de que todas las conversaciones y todo lo que se comparta en el grupo tengan que ver con él y con las cosas a él le gustan que se hablen en ese grupo. Vetará y mandará a callar a quienes se salgan de la línea, dictará cátedra sobre lo que debe ser y lo que no, decidirá de qué temas se hablan y cuáles ya se cerraron, se disgustará enormemente si alguien no sigue sus reglas. Pero ojo, lo hace todo por su infinito amor por la libertad y la democracia. El chavista es un tirano que te censura y te segrega, pero lo hace por tu bien.

5)         El ofendido. Las cosas estaban más o menos bien y el desmadre se llevaba más o menos en paz hasta que alguien soltó algo que no debía por el chat. Hasta que alguien hizo algún chiste o comentario que ofendió mortalmente a otro miembro del grupo (cosa tan sencilla en los tiempos que corren). Ocurrirá entonces un momento tenso en el que los demás miembros del grupo se harán los locos, se desaparecerán como por combustión espontánea, o intentarán mediar entre los peleones para que hagan las paces, para que se acuerden de que somos amigos y que estamos del mismo bando, para que se den la mano y se den un abrazo de reconciliación pero por WhatsApp.

6)    El fantasma. Nadie sabe si mengano realmente sigue siendo miembro del grupo. No aparece, nunca habla, nunca comparte nada, sabemos que lee las conversaciones pero jamás participa. Es como un espectro confundido con el papel tapiz de la pared del fondo. Está ahí, supuestamente sigue ahí, pero ausente. Y de pronto un buen día aparece la notificación “Mengano ha abandonado el grupo”, y uno se queda pensando en qué raro es eso de irse cuando nunca estuviste.

7)  Cada cosa en su lugar. Un día sin darte cuenta amaneces lleno de grupos de WhatsApp. Muchos más grupos de los que quisieras. Muchos más de los que puedes controlar. Y a veces cierras el grupo de los amigotes donde sueltas y recibes puras barbaridades y abres inmediatamente la conversación con el grupo del trabajo, o el  familiar donde están tu mamá y tu abuelita. Ya lo verás: las conversaciones se cruzan, se abren solas las ventanas del grupo equivocado, jurarás estar diciendo algo por un lado y resulta que lo estás publicando por otro, y pronto te darás cuenta de que le mandaste aquel video insólito de sexo con frutas a tu dulce progenitora.

8)  El desubicado. Hay gente que nunca sabe en qué grupo está parado. O que simplemente no entiende de qué se trata un grupo de WhatsApp. Son los que mandan audios de 14 minutos, los que comparten videos interminables sobre los atributos de la lactancia materna después de los 11 años, los que copian y pegan cadenas apocalípticas de: si no compartes esto con todos tus contactos en las próximas 24 horas WhatsApp dejará de ser gratuito mañana. El desubicado manda lo que sea, por mandar. Es como un ruido, como un eructo. Como quien pide la palabra para hablar de un tema pero de la clase de al lado. Es la misma raza del “yo no tengo una pregunta sino más bien un comentario…”. El desubicado es ese que te hace abrir otros grupos paralelos para preguntar: ¿Alguien entendió esa vaina que mandó este carajo? No, vale, yo a ese bolsa lo borro siempre sin leer.

9)    Borrado. Mire, vamos a ser francos, la estupidez ocupa mucho espacio. Producimos millones de gygas diarios de estupidez. Así que borre. Tómese un minuto (a veces 15, dependiendo de cuán activos sean sus grupos) en borrar esa cantidad obscena de chistes, memes, videos, fotos, cadenas y largas disertaciones sobre la nada. Borre o su teléfono inteligente quedará bobo de tanta necedad acumulada gracias a sus grupos de WhatsApp.

10)   La salida. “Este el mejor grupo de WhatsApp del mundo y aquí compartimos puras cosas interesantísimas” dijo nadie nunca. Sí, a veces hay grupos en los que uno se ríe, otros que fastidian poco (y porque uno los tiene silenciados), otros que son un mal necesario y no molestan (tanto). Pero sea sincero, usted quiere salir corriendo de varios de ellos. Y no lo hace por pena, porque se van a ofender los otros. Así que prepare su salida. Hágalo bien. Saberse despedir (o difuminar) es un arte. Antes de abandonar el grupo comience a aparecer por ahí cada vez menos. Conviértase en el fantasma y de pronto se aparece un día por el chat para decir “este celular está malísimo, vale, voy a tener que mandarlo a arreglar”, para luego volverse a desaparecer. Y cuando ya esté listo para dar la estocada final les dice que por seguridad se sale del grupo porque va a llevar al aparato a reparar. Que le ha estado fallando mucho y que lo tiene que resetear de cero, que cuando esté en condiciones otra vez entonces regresa. Listo.  Es el momento. No mire atrás. Huya.

jueves, 14 de diciembre de 2017

El cielo en el suelo.

Imágenes y textos: José Urriola.
Montaje: Marie Claire Kushfe.
Música: Boards of Canada.
México, 2017.

martes, 5 de septiembre de 2017

Abandonar unos zapatos


A mí me gustan esos zapatos. Aunque pensándolo bien me gustan cada vez menos. O me gustan pero no tanto y con menor frecuencia. Son unos zapatos que me suelen dejar -literalmente- mal parado, pero al mismo tiempo me recuerdan enormemente a mi tío Catire. Resulta que con estos zapatos antes de ponérmelos tengo que mirar al cielo, asomarme por la ventana, revisar por todos los medios analógicos y digitales si llovió o si acaso lloverá. De esta exhaustiva investigación climática dependerá si me los calzo o si los dejo ahí arrumados al fondo de la zapatera, ahí mirándome, como cachorros tristes.

Es que resulta que esos zapatos resbalan, resbalan despiadadamente, resbalan sin avisar, resbalan a traición. Patino con esos zapatos como si de pronto el suelo si hiciera líquido o los escalones se vaporizaran al mínimo contacto con las suelas. Súbitamente donde estabas pisando ya no está, las partículas que se mantenían tan juntas conformando un sólido de pronto se sueltan de las manos y se evaporan. Y ahí quedo yo dando volteretas en el aire o haciendo maromas ridículas para mantenerme en pie.

Entonces, ahí en el medio de la calle, independientemente del resultado de si me caí de culo o logré (con la agilidad que ya no me sobra) mantenerme erguido, recuerdo a mi tío Catire y me quedo varios minutos pensando en él. Porque resulta que mi tío Catire tenía también unos zapatos queridos y hermosos que lo hicieron cierto día aterrizar de coxis en plena plaza de la Candelaria, mientras caminaba hacia su trabajo en tribunales, a la hora del almuerzo, espantando una nube de palomas, con toda esa gente ahí de espectadora sentada al sol. Y entonces mi tío Catire -lo escuché de su propia voz con mi boca abierta, abismado de tanta fascinación y susto- se quedó sentado ahí en el centro de la plaza, se quitó sus zapatos italianos de piel, hechos a mano, con cuero de testículos de no sé cuántos millones de canarios, y cuando se levantó llevaba los zapatos en la mano, se fue hasta la cesta de la basura y cogiendo todo el impulso del mundo, como si fuera un basquetbolista que la clava y se queda pendulando del aro, los arrojó ahí. Les mentó la madre en voz alta a los zapatos del coño, con el alma entera, haciendo revolotear una segunda nube de palomas y levantando una segunda ola de carcajadas, y se fue así, descalzo a los tribunales. 


Pues sí, yo cada vez que me pongo mis zapatos que me gustan tanto pero cada vez menos y a los que quiero con un toque de rencor de manera similar a la que alguna vez uno quiso a alguna exnovia malvada, acabo resbalándome y haciendo papelones en público, y me paso entonces las próximas cuadras recordando a mi tío Catire, con unas ganas infinitas de quitarme también los zapatos en el medio de la calle, abandonarlos en el primer contenedor de basura, irme en medias hasta la casa o hasta el salón de clase. Pero no me atrevo. Porque mi tragedia es que aún no tengo claro si es bueno o malo saber definitivamente que yo no estoy tan loco -no soy tan valiente- como el tío Catire. 

jueves, 27 de julio de 2017

Un hombre cansado



Ahí va un hombre cansado. Deambula por la calle cansadamente bajo la luz mortecina de las farolas y chapoteando pesadamente sobre los charcos que ha dejado la lluvia. Mira con gesto agotado las manecillas de su viejo reloj, adivina una hora que, ya lo sabe, le parece siempre demasiado tarde. Baja una a una las escaleras del metro mientras piensa en el mediocre con ínfulas que tiene por jefe, en lo extenuado que está de aguantar sus órdenes, sus caprichos, sus necedades, sus gritos, sus humillaciones y sus desplantes, y todo por un sueldo miserable que no alcanza para nada. Entra cansadamente al vagón y cansadamente se cuelga del manoseado tubo, escurridizo como barnizado en aceite, que flanquea las puertas. Con cansancio mira pasar las luces, los túneles, las estaciones, mientras saca cuentas mentalmente, pero qué va, este mes tampoco le alcanzará para reparar la gota que cansinamente cae de la ducha, una y otra y otra vez, y que no lo deja descansar por más que tenga acumulados tantos cansancios después de largas noches sin descanso. El hombre cansado llega finalmente a su estación, cansadamente sube las escaleras que lo llevan hasta la superficie, pesadamente vuelve a deambular por otras calles, sobre otros charcos y bajo la luz de otras farolas mortecinas. Llega hasta su casa y con esa torpeza que otorga el cansancio se pasa largos segundos intentando insertar la llave en la cerradura. Con grandísimo hastío por fin lo logra. Empuja la puerta. Y entonces se topa con una imagen que obra el milagro. Su hija de apenas un año lo recibe al otro lado del umbral. Estira sus bracitos que se proyectan desde sus pequeños hombros hacia el cuello del hombre cansado, y por primera vez en la vida profiere una palabra, una única palabra que logra borrarle todo el cansancio del mundo y hasta le hace sentir que padecerlo ha valido la pena: papá. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

El Eternauta en Venezuela.



Argentina, finales de los años 50, una dupla conformada por el autor Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López publica una historieta de ciencia ficción llamada El Eternauta (algo así como “el navegante de la eternidad” o “el astronauta de lo eterno”). En esa narración gráfica prodigiosa, cuatro amigos juegan al truco en una noche como cualquier otra y de pronto se dan cuenta de que una nevada tóxica está cayendo sobre Buenos Aires. Es el principio de la invasión, la primera avanzada de unos extraterrestres similares a escarabajos del espacio a quienes conoceremos más adelante como “los cascarudos”. Morirá la mayoría de la población, primero al exponerse a la nieve tóxica, luego bajo el fuego implacable de los cascarudos; pero  a pesar de que esta lucha es tan descomunalmente desigual -como dicen los llaneros: burro contra tigre- los sobrevivientes logran conformar la resistencia que toma por base de operaciones el estadio Monumental de River. Y desde allí se organizan para repeler la invasión.

Lo más curioso, aleccionador y entrañable de El Eternauta, lo que la convierte en una obra fundamental de muy recomendable lectura: el héroe no es uno, son varios, son un montón. No hay un caudillo, no hay un líder específico, no hay superhombres con superpoderes que nos salven. No, es la sumatoria de la gente común, lo que cada uno de los mortales de a pie sabe y puede aportar, lo que conforma a un nuevo héroe inédito y grupal. El héroe es anónimo porque está repartido a trocitos entre un gentío.  La heroicidad no está concentrada en un gran hombre -eso ya no aplica, no sirve- sino que está disgregada entre muchos a quienes eso de ser héroes les trae absolutamente sin cuidado.

Lo que estamos viendo y viviendo en Venezuela (me incluyo, pues los venezolanos que vivimos fuera hemos cultivado el don de la ubicuidad y nos la arreglamos para estar aquí sin dejar de estar nunca allá) es la reencarnación de ese espíritu del Eternauta. Ciertamente hay cabezas visibles que sirven para canalizar la protesta, hay voceros y símbolos importantes de la resistencia, pero no se puede hablar de un único caudillo, de una sola persona erigida en líder absoluto, de un héroe salvador que nos muestra el camino y que nos libra con sus poderes del mal; muy al contrario, lo que vemos es la hermosa proliferación de ese héroe masivo, plural, conformado por millares de cabezas y multitud de almas. Un héroe resultante de la sumatoria y la sinergia de cada aporte hecho por los ciudadanos de a pie.

Es un héroe grupal y heterogéneo que a veces tiene los rostros cubiertos de los chamos que se ponen al frente de la protesta para enfrentarse a los esbirros, la cobardía armada hasta los dientes y enardecida por el odio, uniformada (sobre todo de mente), que les disparan a mansalva. ¿Sabrán esos muchachos que se ponen a la vanguardia de las marchas -para enfrentarse a los piquetes de la GNB y la PNB en ocasiones acompañados también por sus grupos paramilitares llamados “los colectivos”- que sus escudos blancos pintados con una cruz roja son el emblema de San Jorge, vencedor de dragones? A lo mejor no lo saben, y poco importa que lo sepan, el mundo está lleno de símbolos y de gestos poéticos que pasan desapercibidos hasta que alguien repara en ellos. Lo que importa es que esta es la lucha de unos valientes enfrentando a una bestia colosal. Una nueva edición de David frente a Goliat. De nuevo San Jorge que le planta cara al dragón. Y aunque nadie hubiera apostado al inicio de la batalla por David ni por San Jorge, ya sabemos quiénes salieron victoriosos en esas historias.

Pero a veces el héroe se pone también los cascos blancos con cruces verdes de los socorristas que se abren paso en medio del caos para atender a los heridos. A veces el héroe no lleva otra cosa que una cámara para capturar toda la belleza y el horror que allí se dan cita y se mezclan, con la única intención de dejar testimonio de esas historias mínimas que algún día escribirán la Historia. A veces el héroe es una madre, la que acompaña, la que entiende que su hijo se está jugando el pellejo y el futuro, ella sabe que no puede encerrarlo en casa, que mejor va con él aunque sea solamente para darle la bendición, una botella agua, bicarbonato y un beso en la frente. A veces el héroe simplemente grita, lanza un insulto, toca una cacerola, aunque sabe que la respuesta a tales actos podrá ser una bala, una bomba disparada con saña a la ventana abierta de su casa. A veces el héroe está lejos, con la garganta apretujada por la angustia y el estómago hecho un nudo de impotencias, pendiente de la pantalla, buscando y repartiendo información, consciente de que no puede abandonar, que desentenderse no es opción, que estar en otra frontera no es excusa ni lo salva ni lo exime. A veces al héroe, por la razón que sea, le toca asumir que no le queda otra que ayudar de otra manera: haciendo bulto, enviando medicamentos, ofreciendo voluntariamente sus servicios, ayudando a organizar, a difundir, a contribuir con el cada vez más difícil y escaso arte de decir la verdad.

Pero qué dolor enorme, qué cosa atroz, a veces el héroe lleva el nombre y la expresión de los caídos. Carga encima con los rostros imborrables de los asesinados. De todos esos muchachos que jugaban al basquet, que tocaban en un orquesta, que estudiaban o que trabajaban para ayudar a sus familias. Es el héroe de la ausencia, el que ya no está. Uno que se dejó la vida por un destino que disfrutarán otros pero que a él ya no le tocará.

A veces, no lo olvidemos, el héroe también está encerrado en un calabozo. Aislado, aterrorizado, violentado en todos sus derechos, a merced de esa gente horrible hecha con la funesta materia de los torturadores. Y sin embargo, resiste.

Resistir es un término que proviene del latín resistere: “re” (de nuevo, otra vez) y “sistere" (mantenerse firme, tomar posición, clavarse en un lugar). La resistencia, al final, es la voluntad de aguantar de pie, de mantenerse en el sitio, de no abandonar, de no doblegarse para así no ceder espacios. Sistere sirve de raíz también para otros conceptos relacionados con la resistencia: insistir, persistir, no desistir. E incluso existir.

Acabaría Héctor Germán Oesterheld siendo capturado y desaparecido por la dictadura argentina en 1977. Otra dictadura que -como siempre, tenga la tendencia ideológica que tenga, se ampare en el discurso que sea y se pinte de los colores que le vengan en gana, poco importa, al final todas son la misma porquería- se dedica a matar y torturar, a secuestrarle el futuro a los jóvenes, a erradicar cualquier destello de las cabezas pensantes y en subyugar por medio de la represión a todos los hombres libres que se atreven a levantar sus voces para decir “no estoy de acuerdo”. ¿Pero murió en vano Oesterheld? El hecho de que estemos hablando de su Eternauta y acordándonos de él como referencia en la rebelión civil y colectiva de los ciudadanos en la Venezuela del siglo XXI nos hace evidente que no. A Oesterheld le desaparecieron el cuerpo, físicamente no está más, pero de qué manera se nos quedó grabada su obra. De qué manera su espíritu se mantiene presente. Cómo sigue vivo entre nosotros su Eternauta, ese sueño del héroe plural, esa nueva Fonteovejuna en clave de historieta de ciencia ficción: ¿quién es el héroe? Pues no sabemos ni nos importa, somos muchos, está repartido entre millares. El héroe no es uno sino que es un gentío. El héroe es la sumatoria de todos. Es un héroe, además, que se hace poderosamente presente a pesar de que a veces se impone su ausencia.

Hay un texto de Jorge Luis Borges, en su epílogo de El Hacedor que dice: Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.

Bueno, siguiendo el ejemplo de Borges, ojalá sirvan todas estas palabras y estas vueltas que he dado al armar estas líneas para dibujar una única palabra, la más sentida y poderosa que pueda pronunciar en estos instante para este héroe plural que ha surgido, a nuestro Eternauta venezolano de la resistencia: gracias.

martes, 28 de marzo de 2017

Genealogías Musicales




-A la gente se le puede conocer por las cosas que lee, por las películas que le gustan, por los retazos que copia de otros e incorpora -mal cosidos, qué se le va a hacer- a esa colcha particular que llamamos personalidad; pero sobre todo se conoce por la música que oye. Acabamos pareciéndonos especialmente a la música que escuchamos.

-Algún día nacerá una nueva corriente del psicoanálisis que nos haga terapia a través de las músicas que tenemos almacenadas en nuestro iPod (o como quiera se llame ese reproductor digital de archivos musicales). El psicoanalista dará cuenta de nuestras taras e incongruencias a partir de esa materia sonora y procederá a señalar las incoherencias, hará un mapa de nuestra identidad, nuestra memoria y de todo aquello que armónicamente se ensambla o está allí para hacernos ruido. Lo bueno es que no tendremos que ir presencialmente a las sesiones terapéuticas, enviamos al iPod a consulta mientras nos quedamos oyendo música en casa.

-Quizás la música que nos gusta de verdad, esa que nos llega hondo desde un principio y se nos aloja para siempre en los huesos, al tiempo que nos causa heridas (más o menos felices) y nos marca con cicatriz es siempre la misma. Son “variantes de una misma pieza”. Esto nos hace concluir que eso que llamamos nuestra música es como un enorme árbol genealógico donde los temas y músicos están conectados con sus ancestros, hermanos, primos, descendientes directos e indirectos. El placer del melómano se encuentra en recorrer las ramas, raíces, flores y frutos de ese árbol geneasónico.

-La construcción del árbol genealógico musical es un proceso similar al de la amistad: es la formación de una familia que escogemos.

-La música es una sustancia que nos pone en contacto con un instinto animal que casi hemos perdido. Sigue estando allí pero lo hemos olvidado por culpa de la palabra y del ruido omnipresente: el oído es, junto con el olfato, nuestra manera más natural de interactuar con el mundo. Con la música somos de nuevo mamíferos,  como cánidos que se ponen en estado de alerta, tristes o felices con apenas percibir una vibración o un sonido ultrasónico. Por eso es que la música nos da en la madre, nos hace levitar o bien hundirnos en un foso, y no seremos capaces jamás de verbalizar por qué.

-Toda música, al final, acaba siendo bailable. No, no porque necesariamente se baile con las caderas y los pies; sino porque las partículas que nos conforman bailan, se desordenan, reaccionan, se agitan, se excitan, se desgarran, se mudan a otro planeta. Cuando la música nos toca una fibra es porque nuestras moléculas, de una forma u otra, deciden echar un pie (o los dos).

-Comer de los frutos del árbol genealógico musical y treparse por sus ramas son asuntos altamente adictivos. Pues en un punto de perfección todo confluye y la experiencia musical se hace absoluta, como un orgasmo pirotécnico, como una epifanía, como una dulce abducción en manos de extraterrestres. En esos momentos la música nos hace desdoblarnos, lo entendemos todo y lo sentimos todo, y esa es la razón por la que escuchamos ciertos temas en loop, hasta la obstinación, porque –aún sin saberlo conscientemente- estamos buscando repetir esa experiencia orgásimica que ya nos produjo una vez.

-Los frutos, flores y la savia que circula por el árbol geneasónico tienen el poder de entrar en comunicación directa con ciertas regiones del cerebro y del sistema cardíaco. Uno entra en contacto con esa sustancia y sin saber por qué cae rendido, fascinado, adicto. No se preocupe por entender, no es aún el momento, ya la vida en un instante preciso más adelante le hará saber la explicación. Y le parecerá de un sentido y una belleza absolutos.

-Dicen que el cine es el arte que contiene a todas las otras artes. Lo mismo podrán decir algunos de los montajes operáticos. Esto es discutible. Quizás las expresiones artísticas que de verdad contienen a todas las otras artes sean el cómic y la música, sobre todo porque nacen y se construyen a partir de una carencia. Así como en el cómic no hay un soporte técnico que le permita sonar, hablar, moverse u oler y sin embargo lo logra por medio de la simulación, lo mismo puede ocurrir con la música: allí, a pesar de que sólo hay sonidos y silencios, se levantan colores, atmósferas, texturas, personajes, poesías, narrativas, imágenes, construcciones escultóricas y arquitectónicas. Hay películas enteras del sensorama que aún no existe que se arman a partir de estímulos sonoros y sobre todo con todo eso que no está pero que nos inventamos en nuestro laboratorio más íntimo y personal.


-La música es nuestra posibilidad más honesta –también la más auténtica- para ser descarados libérrimamente y soltar barbaridades a puñados. Si a usted se le ocurre, porque así lo decidió en un instante de máxima convicción, decir que Jota el de Los Planetas es, con distancia, mejor músico-poeta que Serrat o Sabina eso es indiscutible, nadie le puede argumentar lo contrario. La música es nuestra trinchera para sentir, pensar y decir lo que se nos venga en gana. Por cierto, Jota el de Los Planetas es Lorca pero reencarnado, con distorsión y pasado por una cantidad enorme del más hermoso ruido. Punto.

lunes, 17 de octubre de 2016

El dedo de David Lynch: el paraíso y el laberinto.


Arturo y Mariana han decidido dejar atrás sus vidas en Caracas para reinventarse una nueva en Chirimena, a orillas del mar. Ya no serán estudiantes de Letras sumidos en la frustración, ya no tendrán que vivir bajo la sombra fantasmal de sus respectivos padres, buscarán en ese paraíso playero -por decisión propia- el arraigo que en el infierno citadino nunca hallaron. Venderán entonces pulseritas de cuero a los bañistas, harán algunos malabares circenses, se alquilarán una modesta habitación en las adyacencias del pueblo, beberán y fumarán a placer, se entregarán al deseo. El plan no pinta nada mal, el escenario es perfecto, son jóvenes emancipados que se quieren y se gozan. Las cosas van fluyendo, los muchachos han sabido adaptarse a los códigos del nuevo cielo, hasta que una tarde se topan un dedo mecido por las olas de la playa. Y a Arturo se le ocurre la brillante idea de llevárselo en su mochila ante la mirada silenciosa y complaciente de su novia. Arturo aún no lo sabe, pronto descubrirá que con ese gesto acaba de internarse en un laberinto donde él será Teseo y el Minotauro a la vez.

En esencia ese es el argumento de El dedo de David Lynch (2015), una novela fascinante de Fedosy Santaella editada por la editorial Pre-Textos en su colección de Narrativa Contemporánea.  El título hace un guiño a la película Terciopelo Azul de David Lynch, donde el personaje de Jeffrey Beaumont (interpretado por Kyle MacLachlan) se topa con una oreja tirada sobre el pasto y decide también llevársela consigo. Y como si se tratara de una película de Lynch, en esta novela de Santaella nos adentraremos también en los territorios de la locura, el miedo, el sinsentido aparente (pero cargado siempre de simbolismo y significado), los personajes delirantes, el amor como última y única posibilidad de salvación en medio de tanta penumbra y muerte.

La narrativa de El dedo de David Lynch es como una máquina precisa y bien engranada que siempre impulsa hacia adelante. No se detiene, no da respiro, se pone en marcha y se vuelve prodigiosa, indetenible, a veces hermosa, otras espantosa. Los personajes y las situaciones se van presentando como si se tratara de escenas que nos enfrentan con una fauna extrañamente familiar de un cosmos desconocido aunque misteriosamente íntimo. Y cada uno de esos especímenes cobra protagonismo en algún momento de la historia para contarnos un cuento loco, un disparate que parece un delirio sin patas ni cabeza pero donde se confiesan cosas realmente importantes y se encierran verdades como rocas. Y la concatenación de esos "cuentos disparatados" va armando progresivamente una máquina que no deja cabo suelto ni ninguna tuerca floja.

De esa manera vamos descubriendo, pasadizo por pasadizo, túnel a túnel, galería tras galería, el laberinto donde se va adentrando Arturo jurándose un Teseo (aferrado a su Ariadna personal: Mariana) para acabar convertido en desesperado Minotauro. Es, eso sí, un Minotauro borgiano más parecido al de La casa de Asterión que al de la mitología. Él quiere divertirse, quiere pasarla bien, quiere estar quieto y sin meterse con nadie. A veces pierde la paciencia, a veces se enfurece y se carga de odio, eventualmente embiste y bufa, pero por lo general opta por ser un héroe esquivo, un guerrero de los que prefiere la retirada. Arturo sabe, a pesar de su juventud, que la felicidad al final se parece un montón a la calma. Tiene -y ha tenido- mucho tiempo para pensar, eso lo hace un sujeto ingenuo pero lúcido, cándido pero a la vez profundamente sabio. ¿Por qué Arturo se lleva ese dedo de la playa? Porque en ese momento le llamó la atención, porque tenía la cabeza llena de humo, porque había hecho el amor con su novia, ahí a pleno sol, detrás de la gran roca de la playa. Qué importa, por mucho menos de eso Meursault le había disparado a un árabe, encandilado bajo el sol, en otra playa, la de El extranjero de Camus. Arturo simplemente se llevaba un dedo anónimo para meterlo en su congelador. Ya más tarde vería qué hacer con él. Pero el dedo, a pesar del encierro y el secreto con el que es herméticamente guardado, se las ingenia para señalar, acusar, gritar. Chirimena (bueno, la Chirimena ficticia de esta historia, ya nos lo advierte explícitamente el propio autor) es un paraíso que se trastoca en purgatorio y luego en infierno: se alborotan los demonios que rondan ese dedo, que saben del dedo, que no les interesa que nadie más sepa ni se ponga a averiguar sobre ese dedo.

Y entre la fauna de ese infierno hay demonios que son unos pobres diablos del montón, hay otros que son puro ruido y pura pinta, y hay otros que son peligrosos de verdad, de los que prefieren antes la sonrisa y el trato afable, de los que se visten con sus trajes de cordero pero cuando la cosa se pone oscura pisan duro, muerden, cortan y disparan. Ojalá Teseo, en medio del laberinto a escala en el que se ha metido, sepa encontrar el hilo que lo llevará de vuelta con su Ariadna personal: Mariana, de la raza insoportable de las mujeres hermosas y calladas. 

El dedo de David Lynch es una obra fabulosa que sabe mezclar en su justa proporción la locura con el sentido del humor, la paranoia con la ironía, la ficción con un retrato descarnado de esa Venezuela de hoy plagada de lobos y de tontos malignos; también es una novela que sabe combinar las frases cortas, precisas y filosas con el alto vuelo lírico, la cotidianidad más rutinaria con la extrañeza perturbadora. Es un delicioso descenso a los infiernos que lo único que pide al lector es dejarse arrastrar suavemente, en caída libre y sin red de contención, hacia las capas profundas y ocultas del paraíso.