jueves, 24 de enero de 2019

Sobre el fútbol, la vida y todo lo demás


Albert Camus, quien durante sus años universitarios fuera portero titular del Racing Universitario de Argel (RAU), decía: «Todo lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol».

Así que yo me voy a animar a hablarles de Mario y de tres cosas que me enseñó Mario siendo el entrenador del humilde equipo de fútbol en el que jugué en la infancia. No recuerdo el apellido de Mario, solamente sé que era uruguayo, bajito, tenía bigote bien poblado y el pelo siempre desordenado. También que caminaba lento mientras daba las instrucciones. Muy lento, de lado a lado, apoyando muy bien la suela de goma de sus zapatillas deportivas siempre impecables. Con todo el pie, como quien deposita el peso entero del cuerpo sobre una burbuja. Y como quien se lo goza paso a paso. Nadie en el mundo ha caminado tan sabroso sobre unos zapatos de goma como Mario. Eso pensaba de chamo. Eso sigo pensando.

Mario, además de su don envidiable para caminar sobre zapatos de goma, me enseñó tres cosas.

1) Uno no sale a la cancha pensando que va a perder. El que sale pensando eso, pierde. Así que uno, así enfrente al Barcelona con Messi, salta a la cancha pensando que quién quita, las sorpresas se dan, pero porque uno las busca y se las cree. De lo contrario, ni juegues.

2) El rival no se menosprecia. Está ahí para hacerte daño. Y lo hará, cuenta con eso. Así que prepárate a que te meta goles y patadas. Prepárate siempre para tener que remontar, aunque parezca por momentos titánico o imposible.

3) Disfruta de los goles cuando los metas. Cántalos. Gózalos. No solo porque te lo mereces, sino porque le haces saber al contrincante que tú también sabes ganar. Y lo haces, además, con una sonrisa.

Esa tres cosas aprendidas de Mario no se me olvidan. Tres cosas que aplico, todavía a estas alturas, para el fútbol, la vida, el universo y todo lo demás.

Nadie dijo que sería fácil, pero vamos al terreno –sin triunfalismos pero tampoco con derrotismos–, a jugar.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

La vida insuficiente


Texto leído el día domingo 25 de noviembre en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018, en la mesa "Estamos aquí para decir Venezuela: literatura, edición y promoción cultural". 

Junto a Tibisay Guerra (Autores Venezolanos) y Rodnei Casares (Libros del Fuego)


Salimos mi esposa y yo de Venezuela en octubre de 2010. Hace exactamente ocho años que vivimos en Ciudad de México. No fue una decisión fácil la de irse de Caracas. Pero las cosas, vamos a ser sinceros, ya estaban mal y anunciaban con ir peor. Se estaban escribiendo ya claramente con Hugo Chávez los lineamientos de una historia atroz a la que luego Nicolás Maduro le agregaría sus propios capítulos de horror. De manera que al tercer asalto en cuestión de un mes, el último de ellos con el cañón de la pistola apuntándome directamente a la cabeza para exigir la entrega del celular, le dije a mi esposa: “vámonos, al menos a probar, quién quita que a la vuelta de unos años la cosa aquí mejore”.

Han pasado ocho años, cinco libros publicados y una hija desde entonces. Se dice fácil, pero fácil no ha sido. Ni aquí ni allá

Los venezolanos, que no estábamos acostumbrados a migrar, nos hemos convertido en una de la olas migratorias más numerosas y preocupantes de lo que va de siglo. Y mientras los que se quedaron resisten la debacle en primera persona, los que estamos afuera seguimos la tragedia a la distancia, como quien es testigo de un terrible accidente en cámara lenta. Lo que no evita el desastre ni los huesos rotos. Los que estamos afuera hemos aprendido a vivir escindidos, con el cuerpo y la vida aquí, pero con parte importante del alma aún allá en el terruño. Siempre con nuestra gente. Es como si uno nunca se fuera, al menos no del todo. Porque no puedes. Porque no quieres.

Hoy, que me siento en esta mesa frente a ustedes, acompañado después de mucho por mis queridos amigos Tibisay Guerra (de Autores Venezolanos) y Rodnei Casares (de la Editorial Libros del Fuego), se me vienen a la cabeza –en honor a ellos y a varios de los presentes en esta sala– tres cosas: la primera es agradecimiento, la segunda es un profundo respeto y la tercera es mi admiración por tanto empeño, por tan loable resistencia.

La palabra resistir se compone del prefijo “re” (de nuevo, otra vez) y el término “sistere" (mantenerse firme, tomar posición, clavarse en un lugar). La resistencia, al final, es la voluntad de aguantar de pie, de mantenerse en el sitio, de no abandonar, de no doblegarse para así no ceder espacios. Sistere sirve de raíz también para otros conceptos relacionados con la resistencia: insistir, persistir, no desistir. E incluso existir.

Imagino que en este recinto de la feria del libro más importante del Latinoamérica,  y una de las más importantes del mundo, se ha citado centenares de veces aquella mítica frase del portugués Fernando Pessoa: “La literatura existe porque el mundo no basta”. Algo en lo que el poeta brasileño Ferreira Gullar insistió con su frase:  “El arte nace porque la vida no es suficiente”. Creo que ver el trabajo de autores, editores y promotores de literatura venezolanos me ha hecho comprender esas frases en toda su dimensión y con profunda introspección. La literatura venezolana, especialmente en los tiempos aciagos que nos han tocado, es un espacio crucial de resistencia, una trinchera para la persistencia y la insistencia, para poder bregar contra la cada vez más asfixiante insuficiencia de la vida. La lucha infatigable, y a pesar de todo, para lograr construir un refugio donde quepa un universo a escala, donde habite y evolucione esa vida que la otra vida no permite.

La literatura venezolana resiste e insiste, tal y como ocurre con el libro que muchos lo dieron por muerto hace unas décadas porque habían llegado los soportes digitales y eso de estar imprimiendo letras sobre hojas de papel no tendría ya ningún sentido. El libro resistió, ahí sigue y va a seguir. El libro continúa siendo de las tecnologías más longevas y exitosas de la historia de la humanidad. De manera similar, las letras venezolanas y la gente del libro en Venezuela no dejaron de luchar ni dejaron de ingeniarse formas de emitir su luz en estos tiempos oscuros para el país.

Y este fenómeno de resistencia y de persistencia se debe en gran medida a los autores, editoriales y promotores literarios que siguieron produciendo en el terruño. Con las uñas, con lo poco que se podía y se tenía, a pesar de la reducción voraginosa de los medios y de los espacios. El descalabro y la asfixia omnipresentes en Venezuela se ha llevado a un gentío valioso por delante, es lamentable pero cierto. Espacios culturales, librerías, revistas, organizaciones vinculadas con las artes y la cultura, concursos literarios y ferias del libro han tenido que cerrar sus puertas en medio de la crisis demoledora. Pero también es cierto que muchos autores siguieron escribiendo o comenzaron a escribir, algunas editoriales supieron sortear el vendaval y siguen en pie, surgieron también nuevas editoriales independientes que son un oasis y una auténtica belleza, también se mantuvieron o se crearon concursos literarios, se reunieron nuevas antologías, se forjaron otros espacios de encuentro y producción, se buscaron y encontraron nuevas alianzas, sumando recursos de aquí y de allá para seguir dando la lucha. Siempre dándole, contra todo y a pesar de todo.

También han sido muchos los profesionales vinculados al libro y a lo literario que han tenido que migrar durante este duro proceso; pero sin olvidar jamás sus vínculos y sus proyectos con Venezuela. Los venezolanos estamos ahora desperdigados por el mundo, pero estamos unidos por la tecnología, en permanente contacto a través de los medios digitales con los que hoy contamos. Los que estamos afuera somos como sondas o satélites. Un eco de la tierra en otros espacios. Me gusta esa imagen de que estamos realmente es ramificados, diversificados, como un organismo vivo que extiende y proyecta sus tentáculos a la distancia.

En mi caso particular, mis editores siguen en Venezuela, pero también son venezolanos que hacen vida ahora en Colombia, en Chile, en España, en Estados Unidos o aquí en México. Hace unos años, cuando tenía bajo el brazo mi manuscrito de la novela “Santiago se va”, le pedí consejo a mi amigo el escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka para ver si lo lograba publicar aquí en México con alguna editorial local. Barrera Tyszka me dijo: “tus lectores están en Venezuela. En el extranjero uno es un escritor sin lectores”. Gran consejo, se lo agradezco. Así fue como me decidí a tocar puertas con la editorial Libros del Fuego, con mi editor Rodnei Casares, aquí presente. Publicar en Venezuela, aunque físicamente no estemos allá, es también una manera de decir presente, aquí estoy. Una manera de no irse. Una forma de seguir en contacto con la inmensa mayoría de la gente que sigue pendiente de tu vida y tu obra.

No me atrevería a definir la literatura venezolana del siglo XXI. No me gusta esa etiqueta de la literatura de la diáspora, me suena a lugar común con tufillo a mercadotecnia que realmente no hace justicia a un panorama mucho más diverso y complejo. No creo tampoco que se pueda trazar una línea fronteriza entre la literatura venezolana que se escribe en el terruño y la que escriben los venezolanos ramificados por el mundo. A veces el que está afuera necesita regresar por medio de su labor creativa para intentar explicar y entender a Venezuela, y a veces el que está adentro necesita construirse un universo aparte para poder vivir lo que la realidad le niega. No es que estamos escribiendo todos sobre lo mismo o que hay una carpa común que nos acobija a todos. Ciertamente se puede hablar de una rama de la literatura venezolana que apuesta por lo político y lo social, pero ésta convive y comparte espacios con otra rama que se encamina por la ficción o la introspección. Claro, mientras los ecos de la realidad se cuelan más o menos amortiguados desde allá afuera.

Me preocupan horrores el nacionalismo y el chovinismo. Me parecen un síntoma evidente de mezquindad, ignorancia y desinteligencia. Sabemos los venezolanos de primera mano lo dañinos que son esos discursos. Lo abominables que resultan a la vuelta de la esquina. Sin embargo, aprovecharé este momento para confesar una verdad muy subjetiva y personal: Yo leo a los autores venezolanos (los que viven en Venezuela y los que hacen vida a lo ancho del mundo) y pienso (perdonen lo coloquial venezolano) “coño, estos panas son buenos, tan buenos como los más famosos del momento”. En mi humilde apreciación hay algunos que son incluso mejores y hasta bastante mejores que varios de los que suenan mucho y venden mucho. Pero no se conocen ni se les reconoce tanto, no se suelen leer tanto, no es frecuente que los escritores y los libros venezolanos cuenten con una plataforma sólida y poderosa para lograr circular y resonar internacionalmente, al menos no tanto como autores y editoriales de otros países. Venezuela en lo literario, así lo creo, es una gema extraña y oculta.

Las razones por las cuales esa gema no brilla ni se difunde como merece, no obedece –en mi opinión– a razones de calidad literaria. Eso es indudable. A veces me pregunto si se debe a una especie de herencia donde lo venezolano se suele asociar, aún, de una manera simplista y facilona, con lo petrolero, con las misses, con ese nuevorriquismo vociferante que caracterizó al gentilicio en otra época y que tan poco se conecta con el venezolano decente de hoy día, y que tampoco se corresponde con la amplia propuesta literaria de la Venezuela ramificada por el mundo de hoy. Y a veces me pregunto si acaso será un problema interno como equipo. Que no hemos aprendido a funcionar como un colectivo debidamente engranado. Que no estamos aún lo suficientemente cohesionados y por eso no sabemos celebrar los goles que anotan algunos (por aquí y por allá) como un logro de todos.

Estamos aquí para dejar constancia de esa otra Venezuela que resiste y persiste, que a pesar de todo el horror, se las ingenia para insistir y seguir existiendo. Porque no queda otra opción. Porque el día de mañana cuando todo esto pase –que pasará–, se recogerá la cosecha de lo que hoy ha sembrado con las uñas la gente que se empecinó en construir e inventarse otros mundos. Que le apostó a la literatura venezolana porque la vida no es suficiente.


José Urriola.
México, noviembre de 2018.

lunes, 1 de octubre de 2018

La constancia de no fumar


Como soy un animal de costumbres, suelo hacer la misma caminata por las mismas calles todos los días y a las mismas horas. Ya en el trayecto de vuelta me cruzo siempre con una pareja singular que trabaja en uno de esos edificios con helipuerto en la azotea y donde se dan reuniones importantes de gente importante que no toca tanto el suelo ni se enfrenta al tráfico cotidiano como el resto de nosotros, los mortales de a pie. Pero lo importante en esta historia es la pareja. Ella es alta y guapa y viste casi siempre de falda y medias y botas altas en riguroso y elegante negro. Y él es bajo y gordito. Es una especie de Jack Black pero con pantalones de pinza y cinturón con hebilla dorada. Y con una barba que no le termina de poblar bien la cara pero él insiste. Dirá que lo hace ver más delgado. Ella le lleva fácilmente una cabeza. Él la mira con las manos en los bolsillos, desde abajo, con el cuello inclinado en permanente contrapicado. Ella fuma. Él no. Él acompaña simplemente. Solidariamente. Uno podría pensar que es un exfumador, que está en esa etapa todavía en la que uno no sucumbe a la tentación de encender un cigarro o darle una calada, pero sí le gusta fumar por rebote, como en reflejos, que fume otro que uno se contenta respirándose el humo. Sin embargo, a fuerza de cruces y miradas de reconocimiento, me he dado cuenta de que no es por el cigarro que él baja todas las mañanas a esa esquina, es por ella. Es por la flacota que baja a no fumar el gordito. Seguro que ellos también me tienen un nombre a mí, quizás me llamarán el loco de los audífonos. O el despeinado, mejor. Hoy se me acabó la música justo cuando me acercaba a la esquina donde estaban ellos. Me detuve a buscar en el aparato algo nuevo para poner a sonar a todo vatio en los audífonos. De reojo miro que ella le da una última calada al cigarro, lo arroja el piso, lo aplasta con la bota de cuero. Él le dice: bueno, ¿subimos, no?. Y ella le responde: ¿Y hoy no me das ni un beso? A él le da pena, sabe que tienen testigo, que estoy cerca, que quizás he oído, que seguramente estoy espiando; pero ella se le acerca, se le planta enfrente, agacha la cabeza, le busca la boca. Me pongo los audífonos y paso junto a ellos mirando al piso y como quien no ha visto nada porque nada está pasando. A los pocos metros giro con discreción el cuello para ver si siguen allí, con ganas de hacerle un gesto cómplice al gordito, una sonrisa solidaria, un puño al aire como quien hincha por el mismo equipo que ha metido un golazo; pero ese gordito está en otra, tiene cosas mucho más importantes que hacer que estar pendiente de si alguien mira. Ahí sigue, efectivamente, enfrascado en su universo a escala, besado y feliz, recogiendo la cosecha después de tanta constancia en todos esos cigarros no fumados.