lunes 30 de enero de 2012

La hermandad de los traumas absurdos



Todos padecemos de un trauma absurdo. Tenemos, claro está, otros; los justificados, los comprensibles, los que son dignos de análisis y razonamiento; pero el absurdo está allí y allí se queda. Como una ronchita sobre una parte sensible del cuero cabelludo que nos arrancamos cada vez que nos pasamos un peine; no es una cosa que nos va a matar, pero sí nos hace preguntar con un toque de inquietud quizá desproporcionada ¿Pero por qué a mí? Es como un cuerpo extraño que nos acompaña la vida entera y ése sí que no se lo comentamos a nadie.

Mi trauma absurdo tiene nombre (e imágenes) de película: The Sound Of Music. En mi país la conocimos como La novicia rebelde. Más tarde me enteré que en España tiene el título insuperable de Sonrisas y Lágrimas (me provoca hacer la ola). Yo las sonrisas no se las encuentro por ninguna parte, las lágrimas en cambio –o las ganas de soltarme a llorar sin saber por qué- sí. Y un montón.

Resulta que durante mi infancia fui víctima de una secuencia que se repetía una y otra vez, una especie de pesadilla recurrente de esas que se padece despierto. Yo llegaba a la salita donde estaba el único televisor de casa y allí estaban ya mis dos hermanas mayores apoderadas del aparato. Con las manos sudadas de los nervios y con el tono de voz más conciliador que podía echar mano en mi repertorio, me armaba de valor y les decía: “Muchachas, hoy hay un partido de fútbol entre el Real Madrid y el Barcelona, ¿será que lo puedo ver?”. “No. Hoy vamos a ver La novicia rebelde”. La escena se repetía también con mis ganas de ver Mazinger Z, con las del Capitán Futuro, con las de Galáctico (yo estuve enamorado, pero enamorado de verdad, de la Princesa Aurora, sobre todo después de un capítulo al que llegaban a un planeta-playa y ella se ponía un minúsculo biquini blanco), también pasó con los juegos de Argentina contra Brasil y con algunos capítulos míticos de Ultraman (el único héroe asmático de la historia). Pero la respuesta siempre era la misma: “No. Hoy vamos a ver La novicia rebelde”.

Y por algún capricho cruel de evidente masoquismo, por alguna razón extraña ligada a la inmolación, yo me sentaba también en el sofá a ver una vez más La novicia rebelde. Sería porque me resistía a pasarme otra tarde jugando solo mi mundial de fútbol particular contra la pared (donde siempre ganaba Argentina, a veces Alemania y jamás Brasil). Sería porque disfrutaba (aún lo disfruto) estar con mis hermanas y sentirlas contentas. Sería, tal vez, porque el optimista esperanzado que se empeña en habitarme desde niño confiaba en que se conmoverían a mitad de película y me cederían el televisor para ver los minutos finales de aquello que me estaba perdiendo. Quién sabe, a lo mejor era porque a mí también me gustaba pero se me olvidó con tanto hartazgo.

He de confesar que me sé todas las canciones de The Sound of Music. Me las sé en español y también en inglés. Me sé de memoria la película entera, de cabo a rabo. No tengo duda alguna al afirmar que es la película que más veces he visto en mi vida. Tengo una cajita, del tamaño de un conteiner, en la mitad del cerebro que está llena de cosas inservibles de las que no me gustaría acordarme o no sé por qué carajos me acuerdo y la mitad de su capacidad está llena de La novicia rebelde. Pasan y pasan los años y nada que logro soportar la simple imagen de Julie Andrews. No puedo evitarlo, no lo supero, a mí esa mujer me enferma, me pone el cerebro bocabajo y el estómago mirando hacia la espalda.

En mis pesadillas más siniestras soy perseguido por niños vestidos con ropas y sombreritos hechos con tela de cortinas de estampados verdes. No hay manera que lea o escuche alguna referencia a las notas de la escala musical sin que mi cerebro, muy a pesar mío, empiece a cantarme en un susurro: “Do, un don, un gran señor / Re, un rey encantador / Mi amor es para ti / Fácilmente te daré…”. Y lo mismo cuando alguien se despide con un So long o un Farewell o mucho más un Auf Wiedersehen. Entonces se me detona un proceso cruel de sinapsis donde lo único que soy capaz de ver es a los niños Von Trapp cantando en la escalera de su mansión el tenebrosísimo: “So long, farewell, Auf Wiedersehen, goodnight…”. Y aún recuerdo con legítimo horror el momento en que vi a Mary Poppins y fui capaz de pegar una cosa con la otra y entendí que me molestaba infinitamente esa bruja porque era la misma novicia rebelde pero disfrazada con paraguas y sombrero negro.

He soñado, dormido y despierto, que soy niño otra vez y me levanto en mis noches de insomnio mientras todos duermen en casa, todos menos yo, y me cuelo hasta la sala, saco del gabinete la cinta de VHS de La novicia rebelde y la destripo. Pero claro, a la mañana siguiente iban a saber que había sido yo y mi castigo sería gastarme todos los ahorros en una nueva cinta de The Sound of Music y quedarme amarrado al sofá viendo en loop durante meses Sonrisas y Lágrimas. No, yo prefiero otra muerte.

He fantaseado también con que soy espía encubierto y le digo a los nazis: “’¡Por allá, de prisa, que se nos escapan los Von Trapp!”. Y sí, los agarran. O que en un mundo paralelo hay una película donde el Capitán Von Trapp (porque Christopher Plummer no tiene la culpa) se queda con la baronesa, que es mucho más dama y más guapa y se me parece un montón a Grace Kelly pero con uno kilos extra, y se fuga con ella mientras María y los niños cantan sus idioteces en las colinas austriacas.

Quizá algún día me decida a hacer un acto psicomágico de esos que habla Jodorowsky y me voy a comprar decenas de DVDs y de afiches y de pendejadas relacionadas con La novicia rebelde y las voy a quemar en una hoguera gigantesca mientras les bailo alrededor con la cara pintada.

Y todo esto lo escribo no sólo para exorcizar el trauma, como un intento desesperado para echar fuera la obsesión añejada por los años, sino porque algo se me ha removido desde que hace poco me hicieron llegar esa foto que abre estas líneas donde vemos a la familia Von Trapp original y luego la misma imagen 45 años más tarde. Porque me ha dado por preguntarle a todo el mundo por La novicia rebelde y a todos les gusta o les da exactamente igual. Qué belleza, joder, les da igual. O no saben de qué les hablo, no la han visto. Cuánta hermosura. Es para mí como si a un venezolano le preguntaras por Chávez y no supiera quién es o le diera igual. O a un español por Franco y te dijera: ¿Francisco qué… quién es ese tío? O a un argentino por Videla y te respondiera: ¿Quién es ese “Varela” que decís? Me produce profunda y cochina envidia ese grado de ignorancia supina. Así que escribo esto y asumo que es una pataleta, lo sé, pero también un acto simbólico, un mensaje en la botella, porque así como existen mitos sobre almas gemelas y medias naranjas, tiene que existir necesariamente una fraternidad de los traumas absurdos. Alguien que aparezca, por fin, y te diga: “Hermano, yo también detesto a la novicia rebelde y esta es mi historia…”. No pido más, sólo eso. Como diría Bioy Casares, sería un gesto piadoso.


viernes 20 de enero de 2012

Del Cyberpunk y la SOPA



“The future is already here — it's just not very evenly distributed”

William Gibson


“El futuro ya está aquí - sólo que no está equitativamente repartido” es una de las máximas de William Gibson, autor que fungiera como punta de lanza de ese subgénero de la ciencia ficción denominado cyberpunk.

El cyberpunk funcionó –y lo sigue haciendo- como una tendencia de la ficción especulativa que intentaba adentrarse en un futuro cercano. ¿Qué pasará con nuestras sociedades a la vuelta de unos pocos años? La respuesta consistía en extrapolar lo que preocupaba hoy para ver dónde nos podría dejar parados mañana cuando la situación se hiciera aún más crítica.

Gibson desde los años 80, en obras como Neuromante, Monalisa Acelerada y en sus cuentos compilados en Quemando Cromo, nos viene advirtiendo (entre otras cosas) del fortalecimiento de un estado paranoico, la simultánea formación de grupúsculos guerrilleros informáticos (mezclas de mercenarios con Robin Hoods), la incorporación de la tecnología a todos los ámbitos de la existencia (incluyendo, por supuesto, al propio organismo humano) y la batalla por el acceso a los contenidos (especialmente en los campos de la información mediática, la industria farmacéutica y los secretos de estado). Todo ello sumergido en una atmósfera asfixiante de contaminación, sobrepoblación, drogas químicas e injusticia social.

Gibson, así como muchos otros autores embarcados dentro del portaaviones del cyberpunk, se mostraron un tanto escépticos ante el fenómeno de la Red. Lo consideraron (y tal vez lo sigan pensando hoy día) como una falsa promesa de libertad y anarquía, pero que en el fondo no era más que otra herramienta tecnológica para que el Estado y los magnates de la Industria ejercieran sus mecanismos de control sobre los ciudadanos de a pie. Sólo la presencia de los altruistas guerrilleros cibernéticos sería capaz de cambiar las reglas del juego para “repartir el futuro de una manera equitativa”. La información y el acceso a la data se convierten así en la nueva moneda, hay que filtrarse entre los sistemas de seguridad de quienes ostentan pública y privadamente el poder, robarles el “tesoro” y repartirlo entre los “pobres”. Obviamente, dentro de ese panorama de guerrilleros cibernéticos hibridados con neomercenarios, surgirán nuevas mafias, nuevos negocios, se radicalizará por una parte la paranoia de los poderosos y por otra la anarquía de quienes se les oponen. Y la tecnología, como siempre pasa, pero ahora más aún, al tiempo que resuelve algunos problemas indefectiblemente creará otros nuevos.

Los años dieron entonces la vuelta que debían dar y los vaticinios del cyberpunk, en muchos casos, se cumplieron. Para ejemplo la guerra por el control de la data que ahora mismo se está librando entre los partidarios de la SOPA (Stop Online Piracy Act) y colectivos de hackers que abogan por una Red libre como es el caso de Anonymous. La Industria y el Estado se enfrentan entonces contra los Johnny Mnemonics del orbe. En otras palabras, el sistema que ha estado acostumbrado a regir el mundo con sus leyes y para su propio provecho saca las garras y da sus últimas pataletas de ahogado ante la proliferación de individuos y colectivos que les quieren robar su tesoro.

Hay un caso que se me antoja especialmente significativo: en el año 2007 la banda inglesa Radiohead dio un golpe en la mesa que hizo tambalear a la industria discográfica mundial. Radiohead decidió, el 10 de octubre de 2007, colgar su séptimo álbum, “In Rainbows”, en su portal web dándoles a los visitantes la opción de descargarlo de manera totalmente gratuita o pagando por él lo que consideraran justo. Millares de aficionados al grupo optaron por descargarse el In Rainbows sin pagar un céntimo, muchos se inclinaron por pagar el equivalente a 5 libras esterlinas y no fueron pocos los que depositaron 12 libras (precio promedio en el que se vendía un disco nuevo en una discotienda inglesa para la época). Y todo el dinero, cada centavo que se pagó por medio de ese sistema online, fue a parar directamente al bolsillo de los músicos sin que ningún intermediario se llevara las arcas. En los anteriores 6 discos de Radiohead, Thom Yorke y compañía se llevaron apenas el 5% de las ganancias mientras que la disquera se quedó con el 95% restante.

Los partidarios de la dichosa SOPA se escudan detrás de una supuesta defensa que aboga por los derechos intelectuales y por el respeto al copyright de los “dueños” de la obra. No seamos ingenuos, esos señores lo que quieren es que el mundo les siga garantizando su 95% de ganancias y que todos nos quedemos contentos con la repartición del otro 5% (que generosamente están dispuestos a cedernos). Una vez más, el futuro que ya llegó hace rato pero se empeña en no ser repartido de manera equitativa.

Ayer el FBI, a pesar de que SOPA aún no ha sido aprobado ni mucho menos entra en vigencia, cerró el portal de intercambio y descarga de archivos de Megaupload y puso bajo arresto a varios de sus trabajadores. Inmediatamente Anonymous contraatacó y se encargó de hackear varios portales del gobierno de los Estados Unidos y de Francia, así como de la industria cinematográfica y discográfica. Es como si un elefante hubiera embestido contra un panal de abejas africanas, y en su soberbia y descomunal torpeza no calculó jamás la dimensión de la revancha que se tomarían los pequeños.

El elefante, ahora más que nunca, parece estar encerrado en una cristalería al tiempo que es atacado por un enjambre de abejas mutantes que le asestan por todos los flancos sus aguijonazos metálicos que inoculan toxinas químicas.

Esperemos a ver si el mastodonte recula y se reinventa en nuevos negocios, que se dé cuenta de una vez por todas que el mundo cambió y que el 95% de papilla al que ha estado acostumbrado no es posible ya, de lo contrario le van a salir hackers hasta en la sopa y su proceso de fosilización se verá drásticamente acelerado.


lunes 2 de enero de 2012

Horroróscopo 2012

Aries

Esta y todas las ilustraciones son obra de German Herrera

Todo comenzará el día en que te decidas a comprar unos lentes de sol nuevos. Al principio pensarás que, a pesar de que te gastaste más de lo que tenías presupuestado, hay algún problema con los cristales pues en el borde inferior ves siempre tu propia sombra pero tornasolada. Una niña en el parque será la primera en hacértelo notar: “mira, tienes la sombra de colores”. Te quitarás los anteojos y verás, sí, que la chiquita no miente. Tu sombra es verde, luego azul, luego rosa, a veces naranja o amarilla. Será también blanca (algunos lunes con poco sol), pero oscura nunca más. Crearás tendencias y la gente querrá imitarte, se someterán a crueles tratamientos cosméticos y a cirugías estéticas; sin embargo, nadie será capaz jamás de proyectar una sombra de colores tan radiante y auténtica como la tuya. Gozarás de fama pero será fugaz. Hacia finales de año te irás haciendo transparente, progresivamente te irás difuminando hasta hacerte invisible. Lo mismo con tu sombra. Palidecerá poco a poco la pobre hasta desaparecer. Tranquilo, tu salud no sufrirá en lo más mínimo. Gozarás de larga vida, pero nadie lo notará porque no te van a ver ni en sombra.


Tauro

Es hora de levantar la cabeza y mirar alto. No, no es al cielo ni a las nubes ni al sol donde fijarás la mirada… es en los cables de alta tensión. Y sobre ellos, anudados por los cordones, los zapatos flotantes que nadie sabe cómo fueron a parar allí. Te irás obsesionando con los zapatos colgantes, comprarás una cámara para fotografiarlos, imprimirás las imágenes y las irás clavando sin ningún orden específico en una pared forrada de corcho de tu habitación. Una mañana te despertarán unos golpes a tu puerta. Abrirás y no encontrarás a nadie, excepto a un par de zapatos viejos y gastados cuyas trenzas están anudadas entre sí. Reconocerás esos zapatos. Son los que corresponden a la tercera fotografía clavada en la esquina izquierda de tu corcho. Te calzarás esos zapatos y saldrás a la calle. Ese día vivirás una vida que no es la tuya, es la que correspondía al dueño de los zapatos que ahora calzas. Te ocurrirán un sinfín de cosas insólitas y al final de la jornada, presa del pánico y del hartazgo, te quitarás los zapatos, anudarás sus cordones y los lanzarás al aire. Sabrá Dios dónde irán a parar. Volverás descalzo a casa. Pero al abrir la puerta de tu cuarto te estarán esperando otro par de zapatos viejos, allí reposando, inexplicablemente, junto a tu cama. Esta vez son los que corresponden a la primera foto que tomaste cuando se inició esta nueva obsesión por los zapatos colgantes.

Será un año de cambios y aventuras. Cada día serás partícipe una nueva vida, una prestada. Y aprenderás, literalmente, lo que significa ponerse en los zapatos de otro y tropezar con sus huellas.


Géminis

Siempre has querido un telescopio y estas navidades, finalmente, te lo vas a regalar. Pasarás noches enteras mirando por el visor y encontrarás, cerca del cinturón de Orión, un planeta que nunca antes habías visto. Cada noche lo verás crecer, una bola azul que se acerca a la Tierra. Buscarás en los periódicos y en Internet información sobre ese planeta, pero te extrañará no encontrar absolutamente ninguna referencia en ninguna parte. Cuando la verdad sea ya del tamaño de la Luna y ya no la puedan tapar ni siquiera cerrando un ojo y cubriéndola con el dedo, la comunidad científica y los líderes políticos y religiosos del mundo romperán el silencio. Se trata de un planeta gemelo, idéntico a la Tierra, que se acerca a nuestra atmósfera. El contacto ya ha sido establecido. La otra Tierra es un planeta espejo del nuestro, un reflejo idéntico pero invertido, nuestro mismo mundo sólo que al revés. Le bautizarán como Contratierra y advertirán que en ella habitan hombres y mujeres iguales a nosotros sólo que han tomado todas las decisiones que nosotros no hemos tomado en esta vida y han desechado todas las experiencias que cada uno de nosotros ha escogido vivir. En Contratierra la humanidad ha construido el paraíso que nosotros nos hemos dado a la tarea de destruir.

Te enrolarás como voluntario en un programa para viajar a Contratierra. Lo harás, sí, porque no tienes nada qué perder en este mundo, pero sobre todo para asomarte en la vida de tu otro yo, para así sentir en carne propia todo lo que te has perdido. Aterrizará tu nave en Contratierra a finales de año y entonces posarás tus pies en un mundo desierto. Nadie espera, nadie ha querido conocernos, nadie nos va a extrañar. ¿Qué parte de exactamente iguales a nosotros pero al contrario no habías entendido? Esa gente se fue hace rato, a buscarse otra casa antes de que invadiéramos la suya y se las destrozáramos.

Contratierra y la Tierra chocarán en diciembre de 2012. Y tú serás uno de los pocos que presenciará el fin del mundo, igual que todos los demás, sólo que desde otro punto de vista.


Cáncer

Saldrás de casa una mañana con intención de comprar pan y en el camino te cruzarás con una venta de cachorros de una raza de perro que no conoces. Más por inercia que por curiosidad, te acercarás a la jaula donde los perritos juegan. Te antojarás del único que no juega con el resto de la camada, el del fondo, ése que mira el mundo pasar detrás de los barrotes. Pagarás un precio insólito por el cachorro pero no te importará, la sensación de tenerlo dormido sobre la horma de tu zapato (sobrando centímetros en punta y tacón) se te antojará inmensamente parecida a la felicidad y valdrá para ti más que todo lo que tienes en la cuenta bancaria. Volverás a casa sin pan pero con el cachorro y lo dejarás en el jardín del frente para que reconozca su nuevo territorio. Lo verás cavar un hoyo con sus patitas delanteras y lo dejarás hacer, aunque te arruine la hierba y las flores recién sembradas. Con el paso de los días tu jardín se convertirá en una tronera, como un cráter de esos que deja un meteorito al caer en tierra; pero quieres tanto a ese cachorro y te hace tan feliz su compañía que, una vez más, lo dejarás hacer. A mediados de año saldrás a tu jardín bordeando con cautela el enorme agujero que el cachorrito ha hecho y te extrañará descubrir que tu perro no está ni responde a tu llamado. Bajarás la pendiente del cráter decidido a rescatarlo y te internarás en las galerías y túneles de la profundidad de la Tierra que tu perro ha excavado con sus propias patas. Perderás la noción de las noches y los días, porque cada vez que acaricias la idea de volver y dar al perro por perdido te parecerá ver sus cuartos traseros al fondo de la caverna y decidirás avanzar unos metros más.

Una tarde, finalmente, saldrás a la luz por un boquete. Allí está tu perro esperándote, muerto de la felicidad, moviendo la cola como aspas de un helicóptero peludo. Irrumpirás lleno de tierra en un lugar cuyas gentes, lenguas y comidas desconoces rotundamente. Y, cosa curiosa, por primera vez en tu vida, en ese mundo aún más extraño que el que conocías al otro lado del hueco, te sentirás en casa. Tu perro allí tendrá un día cachorros, tú también (con una pareja a la que no entiendes ni ella a ti, ¿pero quién lo hace?). Y a medida en que crecen, cánidos y humanos, los verás excavar juntos un hoyo enorme en el jardín.


Leo

Una noche en la que la Vinotinto se juega un partido crucial en las eliminatorias para ir por primera vez al Mundial, justo en el minuto 80 y con el marcador 3 a 0 en contra, vas a sufrir un síncope. Sentirás que un rayo te atraviesa el cerebro, por un instante todo será blanco y luego sobrevendrá el apagón. La más profunda, absoluta y vacía nada, allí justamente vas a ir a parar. Sin embargo, volverás a este mundo justo cuando el árbitro da los tres silbatazos finales. Mirarás el marcador y pensarás que has muerto (y sí, esto tiene que ser el cielo): 4 a 3 a favor de Venezuela. Ha sido la remontada más hermosa y gloriosa de la historia del fútbol. Y tú te la has perdido. Pero lo que te preocupa no es haberte perdido el momento, sino tener la certeza de que todo eso maravilloso ocurrió precisamente porque tú no estabas.

Ahora lo sabes, cada vez que juegue la Vinotinto tú tienes que autoinducirte el coma. Un coma profundo y fugaz. No existe mejor cábala ni amuleto más portentoso para que ganen los nuestros. Iremos al mundial y probablemente lo ganemos, gracias a ti. Pero si nos fallas, cabrón, volveremos a ser la Cenicienta del fútbol mundial, por tu culpa. Y te juro que te vamos a ir a buscar y que el coma no será fugaz esta vez.


Virgo

Finalmente este año escucharás un disco perfecto. Un artista que hoy desconoces compondrá la música que siempre quisiste oír y que jamás pensaste que alguien lograría hacer sonar en este mundo. Será tal tu euforia, tu tristeza, tu sensibilidad y tu vértigo al enfrentar semejante materia acústica que te dará miedo. Apagarás el aparato y decidirás darle una segunda oída más tarde, a solas, en tu habitación, con audífonos. Esperarás ansiosamente la ocasión. Una vez llegada, con calma y ya a solas, te pondrás a gusto, cerrarás los ojos, pondrás la mente en blanco y pulsarás la tecla de play para volver a escuchar esa música que –aún sin saberlo- un alma noble ha compuesto exclusivamente para ti. Las notas de esa melodía te harán vibrar como un diapasón en una frecuencia insospechada. Te sentirás en un viaje astral o un ritual iniciático, quizá un ascenso apacible hacia una dimensión más elevada. Cuando abras los ojos, justo después del último sonido que culmina la última pieza de ese álbum perfecto, tu mirada sobre el mundo habrá cambiado definitivamente. Ahora eres capaz de ver solamente el espectro de los infrarrojos y de los ultravioletas, mientras que el resto de los colores te resultan invisibles. Así como eres capaz, exclusivamente, de apreciar los ultrasonidos y los infrasonidos, pero nunca más tus oídos podrán percibir lo que escuchamos el resto de los mortales. Y vivirás de ahora en adelante en el mañana o en el ayer. Pero nunca más estarás hoy, aquí y ahora. Siempre vivirás un día más adelante o te habrás quedado rezagado uno detrás.

En tu habitación desierta, en un loop eterno, estará sonando tu disco como un murmullo hermoso casi inaudible. Es el soundtrack de tu ausencia. Y aquí nos vamos a quedar echándote de menos un montón.


Libra

Finalmente la tecnología llegará a un punto este año en el que será posible descongelar a Walt Disney para traerlo de vuelta a esta vida. Sin embargo, la noticia será resguardada con un silencio hermético. Un amigo de la infancia que trabaja como Ratón Mickey en los desfiles del Magic Kingdom te llamará después de muchos años para avisarte, en un mensaje codificado, que Disney estará presente el 5 de diciembre en el parque para celebrarle por todo lo alto -y en festejo sorpresa- la fecha de su natalicio. Que bien valdría la pena que te compraras tu sombrerito con orejas de Mickey y te echaras el viaje a Orlando para vivir en carne propia el evento. Ahorrarás durante todo el año, comprarás tu boleto aéreo y tu entrada al parque y no dirás una palabra a nadie, tal como te ha exigido tu amigo. El sombrerito te quedará un poco ridículo, pero la ocasión lo merece y ya te gastaste esa plata.

Llegarás a Florida el 1 de diciembre, te irás directo al parque temático de DisneyWorld y esperarás con ansias el momento en que Disney será presentado al público justo a la hora del tradicional desfile. Se apagarán todas las luces, gigantescos seguidores alumbrarán hacia el castillo y en una de sus torres aparecerá Walt Disney. El tipo está francamente horrorizado. Lo que ve le parece un espanto. Se librará de los guardaespaldas, saldrá por uno de los boquetes de la torre, se trepará como King Kong hasta la punta más alta del edificio. “¡Por favor, congélenme otra vez!” gritará. “Nooooooooo” responderá la masa enardecida. “Se los ruego, vuélvanme a congelar”. “Noooooooo” contestará de nuevo la multitud (incluyéndote tú). Entonces Disney soltará las manos y se estrellará contra el pavimento. Será su último y más personal dibujo.

Regresarás a casa y contarás por todos los medios posibles la historia. Nadie te creerá. La versión oficial sostendrá que se trataba de un loco, un suicida del montón, alguien que se quería pasar por Disney. Acabarás el año en un cuarto forrado de almohadas, con una camisa de fuerza, murmurando en loop eterno: “Disney fue resucitado y luego se suicidó”.


Escorpio

Te ha llegado la hora. Tienes que asumirlo. Este año tampoco tendrás opción alguna de crecimiento. Así que tendrás que decidir por la única opción de crecimiento real que tienes y siempre has tenido: vas a engordar. De esa manera, lo has decretado, vas a reclamar a volumen limpio un espacio más amplio en este universo, el que siempre has pensado que mereces.

Por si fuera poco -luego de tanto confabular, de tanto complotar y perpetrar fallidamente- te vas también a autoproclamar presidente. Pero presidente de los estados de ánimo. Ejercerás tu gobierno con tiranía, serás un modelo de nueva dictadura; pero aparecerá alguien en el horizonte y te va a derrocar. Justo cuando más pensabas tener dominio sobre tus sentimientos te vas a ver envuelto en un juicio popular y te van a dar una revolcada tal que al final sentirás que una bomba atómica a escala te ha estallado por dentro y que tu alma ha sido pateada como al cadáver de Mussolini.

Antes de que llegue el 2013 volverás a ser una persona de a pie. Y tu corazón, que es un ciego optimista, cicatrizará y se dará vuelta. Entonces estarás listo para volverte a inventar otro plan, otra confabulación, una nueva película entera armada con las notas al pie de página de tu agenda más oculta. Esta vez, lo juras, el golpe no fallará… pero por si acaso redacta el epitafio que pondrán sobre tu lápida.


Sagitario

Presenciarás un hecho curioso relacionado con una piñata. Una vez la pobre ha sido rota a palazos y sus entrañas queden expuestas al aire luego de vaciarle los juguetes, te darás cuenta de que el interior de la piñata está hecho con documentos viejos. Entre ellos, debajo de las cintas de colores y los restos de pegamento, adivinarás un pasaporte de un ciudadano haitiano de nombre Jean-Jacques Do… (el resto del apellido ha sido recortado). Y justo debajo del número del pasaporte –el 301212-, verás la foto de Jean-Jacques luciendo bigote y afro.

Durante semanas pensarás ver en cada esquina a Jean Jacques y cada vez que algún tipo moreno con bigote y afro se te acerca pensarás que será para hacerte alguna revelación. Al mismo tiempo un extraño lunar te crecerá en una zona olvidada de tu cuerpo. Una mancha que, estás seguro, nunca antes no estuvo allí y que dibuja en tu epidermis la inconfundible forma de un número 9 (que es el resultado de sumar los números del pasaporte del haitiano).

Hacia mediados de año irás al banco a pagar una deuda y el número que te asignará la máquina para ser atendido en ventanilla será el 301212. El cajero del banco, por cierto, se te parecerá un montón al de la foto del pasaporte encerrado en la piñata. A los pocos te verás envuelto en una transacción comercial cuya cuenta a pagar será del 3.012, 12. Y cuando estemos por el último trimestre del año comprarás una leche o un jugo en envase de larga duración y notarás que la fecha de vencimiento es 30 de diciembre de 2012. Te jugarás todo el dinero que tienes (más el que pidas prestado) al 301212. Y luego a todas las combinaciones posibles de 301212. Para el día 29 de diciembre te encontrarás en la más absoluta y lamentable ruina. Y entonces, en medio de tu miseria, una luz se encenderá dentro de ti. Será mañana, el 30 de diciembre de 2012 cuando todo cobre sentido. Cuando por fin entenderás el misterio de Jean Jacques y su 301212.

Te sentarás la mañana del 30 de diciembre a esperar que ocurra lo que tenga que ocurrir. Será un día largo, denso, lento, aburrido, mediocre. El más largo y estéril de tus días jamás. Un día absolutamente nulo en el que no te pasará nada, no sentirás nada, no te dejará ni un miserable detalle para pensar, hablar o recordar. Amanecerás sentado en tu misma sillita en la madrugada del 31 de diciembre y entonces te darás cuenta de que te has pasado el año entero, un año más, pendiente de idioteces y jurando que cada pendejada que te pasa se debe a un plan superior, un sincronismo jungiano, una carta reveladora jugada por los dioses para avisarte sobre tu futuro. Un año entero, otro más, desperdiciado.

En ese momento, en medio de tu reflexión, alguien te tocará al hombro y te entregará el palo de la piñata. Es tu turno, te toca a ti… dale duro.


Capricornio

Una noche –tu última en la Tierra, pero eso aún no lo sabes- mientras conduces por una carretera infinita y desolada, un platillo volador descenderá hasta aterrizarte enfrente bloqueándote el camino. Se bajará de la nave un tipo con sombrero de copa alta con pinta de presentador de circo y te invitará cortésmente a formar parte de su zoológico de contacto intergaláctico. Le responderás que no, no te interesa, que preferirías no hacerlo. “Ah, bueno, entonces te vienes por las malas” dirá el hombre del sombrero y acto seguido te meterá en la base del cuello una descarga eléctrica suficiente como para que te despiertes 28 días después. Abrirás los ojos en una celda de cristal con los barrotes suficientemente separados como para que puedas sacar la cabeza. Te aburrirás mortalmente y tu única diversión será caminar en espirales por un caminito de tierra que irás abriendo en el pasto artificial paso a paso. Eso y la comida, tres veces al día, compuesta exclusivamente por una fruta afrodisíaca con forma de melón violeta pero con gusto a frutos del bosque.

Te portarás bien -excepto cuando una enorme señora arcturiana de más de 2 toneladas te toque las partes porque así se saludan allá y tú le responderás con un mordisco en la trompa- hasta que un día te pongan una pareja de tu misma especie en la jaula. Culparás a la dieta de fruta, pero el hecho es que te vas a portar malísimo y no dejarás en paz a tu pobre pareja a pesar de que el universo entero te está mirando. A los 9 meses se convertirán en la máxima atracción del zoológico pues tu pareja y tú serán considerados los primeros terrícolas en reproducirse en cautiverio. Tendrás dos cachorros. Uno de cada sexo. El chico será un pan y tomará el biberón en brazos (y tentáculos) de cuando visitante del hiperespacio se asome por el zoo. Pero la niña –Dios mío, la niña- será como un agujero negro mezclado con supernova en el cuerpo de una muñequita. Van a tener que resucitar a George Orwell, haciendo uso de todos los fondos de la galaxia, para que escriba la segunda parte de Rebelión en la Granja, y la gente se la leerá como si fuera ficción pero realmente será una crónica ajustadísima a los hechos.


Acuario


A alguien se le va a ocurrir la genial idea de regalarte un kit de magia. Y a ti se te va a ocurrir la idea aún más genial de tomártelo en serio. Comenzarás a hacerles truquitos sencillos a la familia, los sobrinitos, los primos y los amigos; pero con el tiempo irás tomando confianza y la gente (incluyéndote) pensará que tienes madera. Te aventurarás un día con el truco del conejo que sacas de la chistera. Lo tomarás por las orejas y te parecerán especialmente duras, rugosas, pesadas. No será un conejo lo que saldrá de tu sombrero sino un rinoceronte negro (declarado oficialmente extinto en el 2011). Te harás famoso y recorrerás el mundo con tus actos de magia. Ten especial cuidado en Berlín, de tu sombrero sacarás un Tiranosaurio Rex que se comerá a la audiencia entera. Igual en Moscú, donde tu pareja de mamuts acabará con el Kremlin y la mitad de la Plaza Roja en menos de dos horas. Llenarás Toronto de dragones de Komodo y a Siria de ositos koala. En Australia se te acusará de crímenes de lesa humanidad por llenarles la isla de osos frontinos, elefantes y guacamayas. Y en el Tíbet los cuerpos de los monjes budistas empezarán a ser devorados por pterodáctilos en vez de buitres.

Las imágenes de los bisontes y los tigres siberianos embistiendo los autos atrapados en el tráfico de la Cota Mil caraqueña darán la vuelta al mundo. Hacia finales de año la cadena alimenticia mundial estará absolutamente desquiciada y el inesperado impacto de los osos polares en el Amazonas habrá logrado separar a Brasil del resto del continente.

Hay una fotografía, una especie de memoria del futuro, que saldrá publicada a ocho columnas en el New York Times del 31 de diciembre de 2012: una manada de rinocerontes vietnamitas dando cacería a los últimos marines (los últimos de la historia) indefensos en las cercanías del Empire State. Al fondo de la imagen, a la izquierda -un poco fuera de foco pero con evidente cara de horror- apareces tú.


Piscis

Un conjunto de presencias del más allá irrumpirán en tu vida durante el 2012. Pasarás el año entero rondado por fantasmas. Te tenemos una noticia buena y una mala: la buena es que no son fantasmas comunes y corrientes los que te harán cuadritos la existencia… y la mala es precisamente la misma: que no son fantasmas normales y corrientes. Se trata de fantasmas digitales. Son los espectros insepultos que tienes por montones entre tus amistades olvidadas del Facebook, en tus contactos del Blackberry a los que no escribes jamás, los iconitos chatarra que te inflan el listado de “amigos” en el chat del Messenger o en tus listados de contactos en el correo electrónico de esa gente a la que no le escribes jamás, a la que no saludaste nunca más, a la que bloqueaste, borraste, olvidaste o simplemente ignoraste de por vida. Siguen allí, a veces tu mirada se pasea por sus nombres, sus fotos, sus iconitos, pero es como si no estuvieran. Fueron importantes alguna vez, quizá, pero allí se quedaron congelados, como estatuas virtuales, como sombras de un pasado que a veces se asoma en la pantalla pero que tú has preferido ignorar porque ahora tu vida es otra y estás en otra. Tus fantasmas digitales resurgirán para enviarte mensajes que nadie ha escrito pero que te inundarán el correo, el buzón de mensajes de voz y de texto, las pantallas emergentes de tu computadora. Se empecinarán en saludarte cada vez que enciendas algún aparato. Te preguntarán por tu vida, te reclamarán por lo que has hecho y por lo que has dejado de hacer, te harán preguntas incómodas sobre tu pasado, los ciclos que no cerraste, te harán rendir cuentas por tanto abandono y te presagiarán un futuro nefasto. Te llenarán la cabeza y el alma de una cantidad de preocupaciones que no tenías, montañas de millones de terabytes de spam emocional y mental que jamás consideraste digno de atención pero que te atormentan igualito.

Te irás convirtiendo en un tecnófobo paranoide. Temblarás y sudarás ante la simple presencia de una pantalla, ya sea de computadora, de televisión, de teléfono móvil o de cajero automático. Tus fantasmas digitales no te desampararán sin importarles momento o lugar, te estarán esperando en cada artefacto tecnológico que se te cruce en el camino para brincarte encima.

Acabarás el año integrado a una comunidad Amish, conduciendo una carreta y predicando fervorosamente todas las tardes en la iglesia. Advirtiéndole a los jóvenes sobre los peligros de ese mundo allá afuera donde lo único que se acumulan son deudas y fantasmas digitales que algún día se volverán contra nosotros.

martes 13 de diciembre de 2011

NeoDargüinismo (o la supervivencia del más acto)

Epstracto del tomo 3, Volumen 2 de las Memorias recordadas por sí mismo del Imperator Yaksonbil I (e único).

En lo relativo y concerniente a los oríjenes del NeoDargüinismo.

Sírvome de la presente carta epistolar para efectuar un ejercicio de rememoración de la memoria autobiográfica de mi propia vida. Encontrábanos en aquellos días aciagos de finales del 2011 mi amada Leydisrrum (Imperatrice Primera y Madre Progenitora del NeoDargüinismo) y mi excelsa persona ambos supremamente consternados por la injusta y inmerecida expulsión del Partido, hecho que aconteció cuando una mala tarde de infelice recordación nos presentamos a una concentración convocada en aquel entonces por quien fuera el dictador de turno y a la cuya cual debíamos ir debidamente investidos de ropajes rojos y demás símbolos que nos identificasen como adectos al régimen. Sucediósenos pues la desdicha de que para la susodicha y anteriormente mencionada concentración partidista, nadie tomose la molestia de avisarnos que los colores e insignias del régimen habían cambiádolas recientemente del rojo al amarillo. Acusósenos por tal despiste, humillantemente y públicamente, de opositores y apto seguido expulsósenos del Partido con todas las lamentables repercusiones que acarrearía dicha expulsión, tanto para nuestras vidas personales como para nuestras economías personales también. Excúseseme la expresión disonante, pero nos habíamos quedado Leydisrrum y yo con una mano adelante y la otra atrás, como simples mortales, sin el apoyo del Partido y sin el subsidio carapterístico de la membrecía correspondiente.

Presa de la desesperación, ocurrióseme en esos instantes un apto indigno de la personalidad que hoy conllevo conmigo mismo, proferí en voz alta: “¿¡Leydisrrum y ahora qué vamos a hacer!?”. A lo que ella contestome tajantemente: “No tengo idea, Yaksonbil, pero ya una está acostumbrada a la buena vida y yo no pienso dejar que me saquen de esta mansión, ni voy a vender la camioneta y olvídate de que vas a recuperar los reales perdidos vendiéndome las joyitas. Así que tú verás qué haces”. Fue en ese momento que expresé, sin ser consciente en ese instante de la grandeza profética de mis palabras: “Pues para seguir en este estatus habrá que inventarse algo con ratas y con mierda que es lo único que hay de sobra en esta vaina”. Y, dicho y hecho, así fue.

Leydisrrum quedose durante días royendo mis palabras, pues algo acabaría por ocurrírsenos que tuviera que ver con el negocio de las ratas y la mierda. La ventaja, me había dicho mi estimada cónyugue, era que había muchísimo de ambas materias primas y ambas dos eran de gratuita naturaleza. Más sin embargo no pudimos evitar la hipotecación de la casa ni la embargación por falta de pago de la camioneta Land Rover de 300 mil dólares y con asientos forrados en cuero de testículo de canario que le había comprado a mi mujer a manera de ogsequio en nuestro quinto aniversario de bodas. Estábanos ya acariciando la idea de un suicidio simultáneo de ambos dos (pastillas para ella y un disparo en la vóbeda bucal de la boca para mí, lo que implicaba una dificultosa sincronicidad a la hora de la muerte, pero eso ya lo veríamos llegado el momento del autohomicidio) cuando por fin Leydisrrum exclamó, sosteniendo el frasco letal con la mano siniestra: “¡Yaksonbil, tengo una idea infalivle!”.

Resúltame imposible, en mi calidad de Imperator, confesárosles la fórmula secreta de la línea cosmetológica que ideamos en aquellos áljidos instante mi amada cónyugue y mi excelsa persona de yo. Tan sólo declararé a mis súbditos, como gesto elocuente de mi generosidad carapterística, que durante un tiempo nos abocamos a la ardua tarea de cazar ratas preñadas, epstraerles la placenta a los embriones, macerarlas en aguas servidas vertidas desde una de las cloacas afluentes del otrora gran río citadino, licuar esa masa pestilente hasta convertirla en pasta huntable y perfumarla como correspondía a nuestros dotes de alquimistas. La mápsima que nos guiaba en tal titánica labor había sido enunciada por Leydisrrum: “Las mujeres aquí son muy coquetas, independientemente de la crisis una siempre encontrará de dónde sacar para ir a la peluquería, hacerse las manos y ponerse sus cremitas”.

Arrivose entonces el decembrino mes de diciembre y logramos con magno esfuerzo alquilar un tarantín en un bazar navideño organizado por unos mafiosos chinos que se autodenominaban a sí mismos como Los hermanos Chang. Desplegamos por todos los anaqueles del estand nuestra exclusiva línea de jabones, cremas hidratantes para el baño y la cara, aguas termales embasadas, maquillajes, champuses, acondicionadores y tónicos capilares para el cabello. Vendimos, con fortuna y buena suerte, toda la epsistencia y hasta nos comprometimos con la distinguida clientela en hacerles futuras entregas a domicilio, a sus propias casas, a lo largo del transcurso del año en curso próximo siguiente del 2012.

Fuele bien al negocio cosmetológico. Lo suficientemente bien como para recuperar la mansión y también la Land Rover, e inclusive incluso como para retapizarle los asientos a la camioneta con el cuero testicular de canarios albinos. Más sin embargo siempre hemos sido, y lo seguimos siendo hasta la fecha actual de hoy, una pareja ambiciosa y aspirasionista. Queríamos y merecíamos más. Mucho más. Y en esta oportunidad ocurrióseme a mí la genial idea (valga la rebundancia) de cómo hacer crecer el negocio: “Leydis (apodo cariñoso con el que sólo yo entre todos los humanos tiene derecho a llamar a la Imperatrice), mi amor, tú podrás saber mucho de lo que buscan las mujeres; pero yo creo que deberíamos ampliar el negocio hacia un destino más unisex para tener el doble de oportunidades”.

Y fuese de esa forma como originose Ratorade (que se pronuncia Rreitorei), la más prodigeosa jamás de las bebidas ipsotónicas. Me resultará, una vez más, como comprenderéis, imposible confesárosles a vosotros y a todos ustedes cuál es la fórmula secreta (aún más secreta que la de la Coca Cola) de Ratorade, a pesar de que mi generosidad superlativa me impulsa a reconocérosle: que sí, tiene algo de Coca Cola, que tiene mucho de las mismas aguas y las mismas placentas de embriones de rata que ya susodichamente mencioné más arriba para la línea cosmetológica y que tuvimos que ponerle también las mismas 4 mil y tantas sustancias adictivas que todos sabéis que posee el tabaco y que igualito todo el mundo se fuma.

La bebida ipsotónica en cuestión resultó un éxito absoluto, rotundo, masivo. Millones de personas optáronle por ingerir Ratorade (pronúnciese Rreitorei) como sustituto del agua misma, de jugos fructíferos epstraídos de las mismas frutas o incluso de cualquier refresco. Inclusive propúsose en Asamblea Nacional surtir a todas las casas, negocios, viviendas e instituciones de la región con Ratorade (lo cual se aceptó por voto unánime de todos). Y la gente empezó a adelgazar, a estar en la línea y luego en una línea progresivamente cada vez más y más delgada hasta desaparecer.

Sólo dos grupos sobrevivimos al impacto de Ratorade, lo que derivase más tarde en el subsiguiente desprendimiento del NeoDargüinismo o la supervivencia del más acto: el grupo de los que jamás consumimos ni una gota del líquido elemento (mi Leydis y yo) y el grupo de los hijos engendrados durante el período de cosumición de la bebida ipsotónica. Ya lo sabemos, las ratas son capaces de inmunizar genéticamente a sus crías para que no mueran víptimas del veneno que ha matado a sus progenitores. Habíamos forjado el sueño de toda Gran Nación, el florecimiento de una raza más fuerte de suidadanos e suidadanas.

Fuese así, queridos súbditos, como se dio origen a la nueva teoría dargüiniana de la supervivencia del más acto cuya paternidad y maternidad asumimos con hidalguía, respectivamente mi Leydis y yo. En los capítulos consiguientes de esta magna obra que son mis memorias autobiográficas de mi propia vida contadas por mí mismo os narraré cómo llegamos a eregirnos como Imperatores, pero eso será en otra oportunidad. El trabajo intelectual del que soy gozoso víptima y mápsimo avanderado viene siempre acompañado de la agotación.

Publicado en el Bazar Navideño Los hermanos Chang, diciembre 2011.

miércoles 30 de noviembre de 2011

Don Peter Gabriel

Creo que la primera vez que tuve noticia de Peter Gabriel fue una tarde en la que, siendo un niño de ocho años, mi primo José Agustín me pasó un libro de fotos de su banda favorita: Génesis en concierto. Y allí vi a un tipo, al cantante, vestido de cubo. También de zorro, de visitante del espacio, de León (con colmillos y todo encima de la frente); pero sobre todo de cubo.

A pesar de las fotos que sí, me parecieron un alucine, la música de Génesis no me gustó. Hay una etapa decisiva en la vida de todos en la que o asumimos como propia la música de nuestros padres, hermanos, primos, amigos u optamos por revelarnos contra ella hasta encontrar algo que de verdad nos haga mella. Pasé un buen rato escuchando la música de otros sin mayores pasiones hasta que cierta noche mi primo Eduardo me puso en el extinto VHS un cassette lleno de drops donde tenía grabados dos conciertos: uno de Kraftwerk y el otro de Depeche Mode. Y en ese momento yo sentí que la música del futuro había llegado, que esa sí que era mi música, que ojalá se hubieran disfrazado también estos locos de cubo, pero ya era pedir demasiado.

Algunos años más tarde, en esos tiempos rarísimos en los que en mala hora se me ocurrió que yo era bueno para estudiar ingeniería, mi grandísimo amigo y hermano de vida, Diego Melchert, me invitó a la Colonia Tovar a bordo de su escarabajo Volks Wagen gris, modelo 67. Celebraríamos que él había se había sacado un 16 en el primer parcial de Análisis Matemático I (mientras que yo me iba a comer la frustración con fresas con crema después del más redondo y escandaloso 02 de mi vida). Íbamos entonces en el escarabajo VW por aquella carretera mojada llena de curvas, bajadas, subidas, escuchando a todo vatio el disco en vivo de Peter Gabriel –ahora sin Génesis, gracias a Dios-, parecíamos dos náufragos a bordo de una barca de hojalata en medio de una tempestad oceánica, y yo venía pensando en ese momento que “San Jacinto” de Peter Gabriel era un excelente soundtrack para despedirse joven de este mundo cruel, cuando entonces Diego, con su calma característica, me dijo: “Me están fallando los frenos así que al final de esta bajada, cuando yo te diga, abre la puerta”. Y así lo hicimos, llegamos hasta la Colonia Tovar frenando con las puertas abiertas, en simultáneo, cada vez que Diego decía “ahora”.

Ese detalle evidenció dos cosas: la primera, que Diego realmente sería un ingeniero excepcional porque sabía perfectamente cómo contrarrestar las leyes de la aerodinámica, y la segunda, que yo, por mi parte, me estaba obligando a convertirme en el más nefasto de los ingenieros jamás, porque lo que quería realmente en mi vida era echar cuentos absurdos al estilo de cómo Peter Gabriel sirve de banda sonora para no morir a los 19 y así seguir lanzándose –aunque fuera sin frenos- por las rutas de este mundo un rato más.

Pero, sobre todo, lo que saqué en claro ese día era que Peter Gabriel había llegado para quedarse. Que pasarían los años y las décadas y ese señor seguiría formando parte del soundtrack de mi vida. Y que cada tanto yo volvería a escucharlo para así obligarme de buena gana a volver a ese momento, con el pavimento húmedo, casi sin frenos, abriendo las puertas del carro en las bajadas, en compañía de ese amigo que la vida me había puesto en el pupitre de al lado a los 4 años. Y que sea entonces la música la encargada de recordarme que llevamos 36 años de amistad inquebrantable.

Hace una semana justamente se presentó Peter Gabriel a pocas cuadras de la que hoy es mi casa. No tengo palabras para describir lo que vimos. La palabra concierto se queda corta para nombrar el espectáculo que Gabriel y la New Blood Orchestra han montado para esta gira sinfónica del Don Peter. Ciertamente hay música en vivo, pero combinada con un espectáculo operático y cinematográfico. Una puesta en escena que nos habla de un artista integral a quien le importa no sólo lo que vamos a escuchar sino también lo que quiere que veamos y sintamos cuando estamos ante su presencia. Peter Gabriel, ahora con los años, se ha convertido en una especie de monje sabio. Un abuelo entrañable cuya grandeza y profundidad se han agigantado con el añejamiento.

Antes de tocar “San Jacinto”, esa misma canción que tanto ha significado para mí a lo largo de los años, Peter Gabriel leyó -en un hermoso español y con fuerte acento británico que en nada opacó el sentimiento- la siguiente anécdota: “Hace muchos años conocí a un muchacho piel roja que trabajaba en unas caballerizas. Él acababa de superar su ritual iniciático. Me contó que hacía pocas semanas había ido de tarde a visitar al maestro hechicero de su tribu quien lo estaba esperando en un punto del desierto. El maestro tenía una serpiente de cascabel en su bolso, la sacó y dejó que la culebra mordiera el brazo del joven, inyectando su veneno. Le dijo que tenía que pasar la noche allí, con el veneno haciendo su efecto, solo, bajo las estrellas. Si al amanecer seguía con vida, entonces podría regresar pero convertido ahora en un hombre”.

Peter Gabriel había sido obsequiado con aquella anécdota por ese joven indio y en agradecimiento decidió convertir su regalo en obsequio musical para nosotros. Fue entonces cuando sentí que algo había hecho clic, que el círculo se había cerrado. Todo cobraba sentido por un instante. La música tiene esos gestos mágicos, nos gusta especialmente porque, aun sin saberlo, nos está hablando de algo fundamental para nosotros pero que podemos pasarnos la vida entera para lograr comprender.

No sé exactamente qué fue lo que vimos ese día con Peter Gabriel y su New Blood Orchestra, insisto en que el término concierto sería mezquino. Fue más parecido a un acto de magia, a un ritual, una ceremonia mística y multimedia. Dos horas de regalo y agradecimiento donde uno se debatía internamente –lo digo sin tapujos- entre las ganas de llorar, de cantar, aplaudir; pero, sobre todo, de levitar entre todas esas miles de cabezas hasta llegar a la tarima para abrazar a ese caballero y decirle: “Coño, viejito, gracias. Gracias por absolutamente todo”.

"San Jacinto" de Peter Gabriel

martes 15 de noviembre de 2011

Todos con Cacareco


Las elecciones para la Alcaldía de Sao Paulo celebradas el 4 de octubre de 1958 las ganó un candidato que por razones de peso nunca pudo ocupar su despacho: se trataba de Cacareco, el rinoceronte del zoológico de Sao Paulo.

Cacareco recibió en las urnas el apoyo de 100 mil paulistas que decidieron de esa manera manifestar su voto protesta, un voto en contra de la corrupción, la incapacidad gubernamental y la poquísima confiabilidad que les inspiraba el sistema electoral brasileño. Con el tiempo ese voto protesta pasó a denominarse el Voto Cacareco. Y algunos años más tarde, en 1963, ese mismo espíritu detrás del voto al rinoceronte alimentó a un grupo de bromistas canadienses que fundaron el Parti Rhinoceros (Partido Rinoceronte), entre cuyas propuestas de gobierno se contaban banderas como: revestir las aceras de goma para que los borrachos no se golpearan tan duro al caer, anexarse a los Estados Unidos como un estado más del territorio canadiense para así aumentar en un grado centígrado la temperatura promedio de Canadá y declarar la guerra a Bélgica porque en uno de los cómics de Tintín se asesinaba a un rinoceronte (cese de las hostilidades que se garantizaba a cambio de una caja de cerveza belga, condición que fue aceptada por la Embajada de Bélgica que envió las birras de la paz a la sede del Partido Rinoceronte). Cosa curiosa, esta especie de proyecto gubernamental de los Monty Python durante 30 años estuvo ocupando los segundos y terceros lugares en múltiples elecciones canadienses.

Anoche muchos venezolanos estuvimos pendientes del debate sostenido por los precandidatos de la MUD llevado a cabo en el Aula Magna de la UCAB. El saldo del evento es variopinto: esperanzador para algunos (entre quienes me incluyo), decepcionante para otros, risible para los demás. En lo personal, viendo las reacciones que por las redes sociales detonó la jornada, puedo sacar dos conclusiones: la primera es que este tipo de debates son de una necesidad imperiosa para los venezolanos en los tiempos que corren, y la segunda es que me temo que muchos compatriotas no parecieran estar entendiendo (una vez más) la situación por la que realmente estamos atravesando.

Ciertamente a muchos de nosotros nos gustaría, en un plano hipotético y de un romanticismo idealizado pero inviable, construirnos un candidato Frankenstein: que tenga un poco del discurso Martin Luther King, el corazón de Mahatma Gandhi, la pinta de Kennedy o de George Clooney, el carisma de Pelé, que toque los timbales como Tito Puente, que goce de la humildad genial de Messi junto con el carácter de un Winston Churchill y el cerebro de Jorge Luis Borges. Pero, por favor, seamos bienvenidos al mundo real: ese candidato no existe y no va a existir nunca.

Me perdonarán la metáfora futbolística pero si yo a usted le pregunto a quién le va en la final de la Copa América entre Uruguay y Paraguay, no me puede responder que a la Vinotinto. La Vinotinto no está, no juega, no llegó a la final. Tampoco se vale decir que su equipo ideal para ese partido culminante de la Copa América está conformado por Casillas en la arquería, Nesta y Cannavaro en la defensa, Xavi, Iniesta y Özil en el mediocampo, y la dupla Rooney-Ronaldo en la delantera. Lo siento, señores, esos panas no juegan, no están ni van a estar jamás en la Copa América. Es el momento de escoger entre Uruguay y Paraguay y si no le gusta ninguno de los dos pues no vea el partido pero tampoco lo sabotee.

Noto con preocupación un empeño proliferante en eso que los españoles llaman “querer cagar por encima del culo”. Una especie de hipersoberbia cool, una nueva moda entre los elegantes y los sabihondos en la que la máxima es “nada me convence, ninguno está a mi altura, antes de votar por alguno de estos bolsas preferiría que las cosas siguieran tal y como están”. En fin, el nuevo uniforme del inconformismo a ultranza que en tanto se parece (si no es acaso idéntico) al de la resignación. Como si no termináramos de una buena vez de darnos cuenta que llegó el momento de la verdad -hace rato- y que lo que está en juego es continuar con el modelo actual (casi tres lustros de gobierno nefasto que se pretende proyectar hasta el dosmilsiempre, de violencia y delincuencia desatadas, de incapacidad, injusticia, resentimiento y corrupción) contra otro modelo de gobierno con el que podemos tener las mil y una diferencia, las mil y una críticas, pero que asegura –al menos- la alternabilidad del poder. Porque sea quien sea que resulte el candidato de entre esos 5 que vimos anoche, ese caballero o esa señorita, saldrá del poder una vez que se acabe su período para garantizar así la continuación del juego democrático.

A lo mejor decidimos que no será ninguno de los 5 de anoche, que nuestro candidato para el 2012 será nuestro propio y personal Cacareco, que vamos a fundar el Partido Panthera y que el candidato será entonces el león del Pinar (que ojalá siga existiendo y no lo hayan sacrificado a estas horas para un ritual de esos que tristemente sabemos). Sea quien sea ese candidato que resulte electo para enfrentar a Chávez, tendremos que ponernos todos al lado de él, dejando la soberbia, los excesos de inteliJencia y los romanticismos inviables a un lado. Es la hora de cuadrarnos todos con nuestro león del Pinar y a votar por él masivamente. No nos queda otra, señores. La hora de las medias tintas se nos fue, no aplica.

Eso sí, al día siguiente de las elecciones, querido león (o leona, si es el caso), ten la seguridad que la mayoría de nosotros volveremos a las filas de la oposición (dignos militantes del POP: Partido de Oposición Permanente) y te vamos a estar vigilando de cerca, te vamos a estar criticando y presionando para que lo hagas bien y para garantizarnos que una vez se te acabe el quinquenio (sí, 5 nada más; porque 7 años es un exabrupto) tú vas a salir de Miraflores para volver a tu jaula del Pinar. Y si lo haces muy bien durante tu ejercicio, podrás entonces volver a candidatearte cuando al rinoceronte del parque de Caricuao se le haya acabado su período presidencial.


martes 8 de noviembre de 2011

De Ron Mueck a La otra Tierra


Hace pocas semanas tuve el placer de ir con mi esposa y mi cuñada a ver la exposición –breve pero suculenta- del artista australiano Ron Mueck. Y hace dos días, en idéntica compañía, tuvimos el gusto de asomarnos en esa gema humilde del cine de ciencia ficción independiente llamada Another Earth de Mike Cahill.

Intentaré con esta entrada construir una sonda espacial que conecte ambas obras, que intente trazar un vaso comunicante entre estos dos universos aparentemente tan distantes y disímiles pero que ahora mismo se me antojan tan vinculados.

Comencemos con Ron Mueck, un artista plástico proveniente del mundo de los efectos especiales cinematográficos a quien le debemos el imaginario fantástico de películas como The Dark Crystal (1982) y Laberinto (1986). La obra plástica de Mueck se inscribe dentro de la propuesta del hiperrealismo, una meticulosa representación de la realidad donde los objetos artísticos se nos hacen perturbadoramente similares a aquellos originales que han servido de modelos. Ron Mueck, a partir de silicona y otros polímeros que utiliza como materia prima, hace un calco tridimensional de figuras humanas y animales. El chiste no tendría gracia alguna (mejor sería irse directamente a un museo de cera) si los objetos de Mueck no estuvieran tocados por ese efecto de reflejo especular distorsionado. Sus figuras son exageradamente pequeñas o abrumadoramente grandes. Como si fueran evidencias de la existencia de un mundo paralelo idéntico al nuestro pero donde las personas y los animales son víctimas de otros juegos de la escala y la proporción. Son iguales a los que conocemos pero pequeñísimos o son idénticos pero gigantescos. Y eso produce una risa nerviosa que se parece un montón al vértigo o al susto.

Ron Mueck parte de la similitud exagerada para devolvernos, curiosamente, una mirada extrañada sobre la realidad.


Mueck tiene la valentía –no encuento otra palabra para describirlo- de construirse un autorretrato de su propia cabeza dormida pero en un tamaño que supera al metro de diámetro.


También lo podemos ver flotando sobre el eje vertical, en una cama inflable, como un muñeco veraniego a escala, perfecto en cada detalle, de apenas 1,20 metros.


En “Man on a Boat” nos ofrece un hombrecito desnudo que navega en medio de la sala de exposiciones a bordo de un bote de tamaño natural. Al hombrecito de Mueck, con esa cara de náufrago a la deriva, el bote le queda grande. Y cuando lo encaramos es inevitable pensar que a todos, alguna vez, el mundo nos ha quedado enorme también. (Bueno, habrá más de un soberbio que se negará a aceptarlo)


Hay un pollo desplumado, colgando del techo por las patas, que debe tener el tamaño de un caballo. Ese pollo asusta al tiempo que, hasta en el más carnívoro de los mortales, despierta un deseo prodigioso de convertirse en vegetariano.


La mujer en la cama de Ron Mueck es una cosa descomunal de más de 4 metros. Uno cabría acostado perfectamente entre su regazo y su frente, y los brazos no nos alcanzarían para abrazarle completamente la cabeza. Me imagino a la modelo de carne y hueso asistiendo a la exposición, viéndose a sí misma en versión gigante. Seguramente pediría a los guardias –y a todos los presentes- unos minutos para quedarse a solas consigo misma. Y seguramente se los concederían, pues son muy pocos en el mundo los dignos de ese favor tan incuestionablemente merecido. Entonces, ya a solas frente a esa imagen tan idéntica y tan perturbadoramente exagerada de sí misma, la mujer le susurraría en la orejota a la gigante: “Tú siempre serás más grande que yo y no envejecerás nunca… pero no me queda claro quién sale ganando entre las dos”.


Y, tal vez, esta imagen de la mujer hablándose a sí misma (o hablándole a esa que se le parece tantísimo al tiempo que le hace verse desde afuera con una extrañeza que nadie más lograría provocarle jamás) es lo que me permitiría conectar con Another Earth, la película de Mike Cahill.

No contaré el argumento del film para no arruinarles la experiencia que bien vale la pena. Lo vale y muchísimo, primero porque hacer una película de ciencia ficción tan sólida, tan conmovedora y con tan poco presupuesto no es otra cosa que un canto a la esperanza; y segundo: porque Another Earth (La otra Tierra) es una película que se vale de los pretextos y los argumentos de la ciencia ficción pero para hablarnos de la ntimidad más humana.

Resumo fugazmente la historia: un buen día aparece sobre la bóveda celeste un planeta azul que se aproxima a la Tierra. Y a medida en que ese otro planeta se aproxima progresivamente al nuestro, los humanos nos damos cuenta de que no se trata de otra cosa que un mundo gemelo, idéntico a este, un planeta espejo donde todos y cada uno de nosotros está siendo reflejado milímetro a milímetro y acto por acto. La protagonista (una hermosa rubia que en la vida real también resulta ser coguionista de la película) decide participar en un certamen para viajar a la Tierra 2 y así buscarse a sí misma en el otro mundo. Surge entonces una reflexión profunda y estremecedora: ¿Qué nos diríamos a nosotros mismos de encontrarnos un día cara a cara vistos desde afuera? ¿Qué tan igual sería a nosotros ese extraterrestre tan a nuestra imagen y semejanza que ha vivido exactamente lo mismo que nosotros segundo a segundo pero un mundo alterno?

Ni más ni menos, el juego del hiperrealismo puesto a funcionar dentro de la realidad para hacérnosla más extraña, perturbadora y extraordinaria que nunca. El mundo, en fin, acaba asumiéndose como el más extraño de los lugares. Y la gente es rarísima, especialmente cuando nos descubrimos a nosotros mismos pero vistos desde fuera.


Hace unos años conocí a alguien que había sido adicto a los ácidos. Me contó que los había dejado por propia voluntad, sin ayuda de ningún tipo. Ocurrió que en los últimos viajes que había tenido, justo cuando estaba por entrar a su casa después de una noche lisérgica en el inframundo (o el supramundo, quién sabe) se veía a sí mismo caminando por la acera y a punto de sacar las llaves del bolsillo para entrar a casa. Durante un tiempo –mientras aún se negaba a dejar los ácidos- decidió correr, apurarse como un poseso que necesita volver al hogar, no fuera cosa que el otro llegara antes y se lo encontrara durmiendo en su propia cama, hasta que un día optó por no meterse más ácidos y así garantizarse no ser alcanzado o superado por sí mismo. Nunca más volvió a verlo (verse). Aunque, una vez más… quién sabe.