miércoles, 22 de julio de 2015

Acéfalo en la estética.


Hoy a las 9.10 de la mañana, en la calle Plinio, pasé por enfrente de eso que antes llamaban peluquería pero que ahora prefieren decirle “estética”. El lugar se encontraba desierto a esa hora, excepto por una mujer que le secaba y peinaba rabiosamente el pelo a otra. Lo hacía con tal violencia que la cabeza de la peinada se tambaleaba, amenazaba con desprenderse en cada golpe de cepillo y cada ráfaga de aire caliente. Y en ese momento, justo cuando me pasaba frente al ventanal, ocurrió lo inevitable: la cabeza cedió y se levantó por los aires, salió volando desprendida del cuerpo. Sólo entonces descubrí que la víctima de la belleza era un maniquí; con su cara tan maquillada, su peluca de un color imposible -ahora sin vida, sobre el piso, dos metros más allá-, y ese cuerpo desnudo y acéfalo, todavía sentado en la silla, esperando que lo terminaran de peinar para ponerse a trabajar.

miércoles, 8 de julio de 2015

Influencias de la repostería.

Ilustración de Ricardo Cie (@panamyor)

Hoy, 9:00 am en el Paseo de la Reforma, vi a una señora que tenía exactamente el mismo peinado que su perro poodle. Eran una obra de arte ambulante como hecha de azúcar y claras de huevo batidas, cosa que me dejó pensando en las influencias enormes que ha tenido la repostería en la estética.

jueves, 25 de junio de 2015

La rebelión de los objetos inanimados.


Ilustración de Ricardo Cie (@panamayor)
Haz clic en la imagen para ampliarla.

Acaba de ocurrir en la calle Newton: ante los ojos de todos los presentes en el lugar, a las 9:45, una bolsa plástica levantada por el viento se le fue directo a la cara a un tipo. Fueron largos segundos de batalla, confusión y angustia. Casi lo asfixia. El hombre tuvo que luchar con todas sus fuerzas y toda su desesperación. Cuando finalmente logró arrojar la bolsa asesina al suelo tenía la cara roja y en los ojos se le dibujaba el pánico en su forma más pura. Él lo sabía. Lo sabíamos todos. La rebelión de los objetos inanimados había comenzado. Quién sabe, a lo mejor ellos lo saben hacer mucho mejor que nosotros.

miércoles, 17 de junio de 2015

Un silencioso estallido.


(Por favor, acompáñenme a hacer un experimento: vayan al video que está debajo de estas líneas y pónganlo a reproducir, luego prosigan la lectura mientas suena Then The Quiet Explosion de Hammock, música que servirá de banda sonora a este post).


Me he pasado los últimos meses investigando y reflexionando sobre temas estrechamente vinculados pero sin aparente conexión: que Venus es el único planeta que gira en sentido horario, al revés que todos los demás del sistema solar, y también el que tiene los días más largos: 243 de los nuestros en cada vuelta que da sobre su eje, por lo que en Venus los días son más largos que los años y las semanas tienen tantos años comprimidos dentro que literalmente son eternas; también he estado pensando en que si bien los anillos de Saturno son los más famosos, Urano tiene sus propios anillos, son 13 para ser exactos y además cuenta con 27 satélites girando a su alrededor, satélites que tienen nombres de mujeres, los de las protagonistas de las obras de William Shakespeare y Alexander Pope; también he estado buscando información sobre Kepler 438B, conocido como La Otra Tierra pues es el planeta más parecido al nuestro en el universo conocido, con un índice de similitud del 88%, lo que pasa es que está a 470 años luz y un año luz equivale a 9.460.730.472.580 km., lo que equivaldría a una distancia tan larga y aplastante que ni siquiera podríamos nombrarla, y también sucede que es un 20% más caluroso que nuestro planeta y tiene los cielos rojos en vez de azules dada su cercanía a la estrella enana blanca que le sirve de sol; imaginen que la sonda Voyager 2, lanzada al espacio en 1977, pasará junto a Sirio (la estrella más brillante en nuestro cielo nocturno) para el año 296036… bueno, Kepler 438B queda bastante más lejos que eso, muchísimo más, y todavía ni hemos salido para allá; por otra parte leí –es una especulación porque esto nadie lo ha podido medir, pero es una especulación hermosa que me da la gana de creerme, es mi libertad– que la onda sonora del Big Bang, ese estallido originario que dio inicio al universo, es idéntica en su curvatura y longitud de onda a la del sonido que hace un espermatozoide al momento de penetrar la pared del óvulo para fecundarlo, son sonidos espejo, lo que ocurre en el espacio exterior a grandísima escala se replica a niveles atómicos en el universo interior, tan vasto y tan poco conocido como el otro; ah, por cierto, se asume –otra especulación con cierta base científica– que el sonido molecular que emiten las células al dividirse en los procesos de mitosis y meiosis son explosiones también idénticas pero en versión miniatura de la Gran explosión, así que es cierto: todo se origina –en lo grande y en lo minúsculo– con un estallido silencioso, desapercibido e inmensurable; y también he estado leyendo un libro poco conocido de Herman Melville (el mismo que escribió Moby Dick) que se llama Pierre o las ambigüedades donde en un momento de grandísima lujuria y romanticismo contenidos Pierre le susurra a su amante al oído la frase más libidinosa y extraña que recuerde: “tú me fertilizas”; cosa que me hizo recordar, y buscar para leer de nuevo, ese maravilloso cuento de Ana María Shúa, qué cosa tan prodigiosa, por favor, llamado Octavio, el invasor donde la autora argentina sostiene que milenariamente los extraterrestres han intentado invadir nuestro planeta por medio de nuestros embriones, lo que quiere decir que todos hemos sido invasores extraterrestres alguna vez, nos pasamos meses dentro del vientre materno y luego otros meses más después de nuestros nacimientos, preparando la invasión, maquinando la venganza, dispuestos a aniquilar a esa especie humana que no se merece ni lejanamente el planeta que habita… pero toda la invasión fracasa una y otra vez en ese momento de amor y rendición cuando pronunciamos por vez primera la palabra que nos une al ahora adorado enemigo y nos hace reconocer que ya somos miembros del otro bando: “mamá”.

Muy bien, y ahora mismo ustedes se deben preguntar cómo se me ocurre pensar que todas estas cosas que me tienen obsesionado se conectan, y además de manera estrecha y armoniosa, y la respuesta es muy sencilla: porque voy a ser papá. Y desde que me enteré que esta bendición que pensaba me estaba vetada ha tocado a mi puerta, he sentido como nunca antes un nuevo temor, una preocupación insólita trastocada en súplica: necesito vida, un poco más de vida, por favor, para mi minúscula e insignificante existencia. Sí, soy como Roy, aquel entrañable replicante de Blade Runner que confiesa: necesito más vida.

Y no la pido para mí, no es un acto de soberbia, mezquindad ni procuras de inmortalidad; yo quiero vida, la necesito, pero no es para mí, es por mi hija. Necesito tiempo y salud para poder intentar la más difícil y hermosa misión que cualquier hombre pueda encarar: tratar de ser el mejor padre posible. Eso es todo, poder ganarse a pulso, a lo largo de toda la vida restante, esa palabra que con suerte nos tocará oír en delicioso doble estallido –también como muestra de amor y mutua rendición– de la voz de un pequeño: papá. 

viernes, 12 de junio de 2015

Lavado.

Ilustración de Ricardo Cie (@panamayor)

Ayer, a las 4.25 pm, en la esquina de Orizaba con el Parque Río de Janeiro, me crucé con un “viene-viene” que se disponía a lavar un coche.  El tipo agarra un balde de agua oscura mezclada con jabón y tomando todo el impulso del mundo la lanza sobre el coche que será víctima de la limpieza. Pero es tal la fuerza con la que arroja el agua que ésta dibuja una curva imposible, le pasa por encima al auto y va a caer del otro lado justamente sobre la cabeza de un joven que pasea a su perro. El muchacho, muy educado –se nota que está en esas edades de la adolescencia en la que absolutamente todo nos da pena-, se hace el desentendido: “aquí no ha pasado nada” a pesar de que está escurriendo litros de agua de la cabeza a los pies. El “viene-viene” asume una actitud idéntica: “¿quién aventó ese balde de agua sucia? ¿Yooo?”. El único que ha reaccionado es el perro, tiene todo el pelo aplastado contra el cuerpo y del hocico le cuelga una baba jabonosa que se lame con la lengua enorme. El joven y su perro siguen su camino, el lavador de coches continúa su tarea sobre un auto absolutamente seco. Yo también sigo de largo, imperturbable, hasta que el perro decide sacudirse con furia justo cuando me pasa al lado. Me rocía de eso mismo que hasta hace segundos tenía chorreando del hocico… pero yo sigo derecho, como si nada. Es que es muy feo eso de ser el único que rompe con la armonía del lugar.

lunes, 25 de mayo de 2015

Presentación Cuentos a patadas.


Cuando yo era niño jugaba mundiales de fútbol enteros yo solo. Sí, el fútbol que es un deporte colectivo, un juego de equipo, yo me encargaba de comprimirlo en una sola persona y en un trocito minúsculo de jardín. En mí se concentraban todas las selecciones nacionales con sus respectivos 11 titulares. Todas las tardes en el jardín de nuestra casita familiar de La Boyera, tenía a lugar un mundial de fútbol, que se jugaba incluso con aguacero, terreno enlodado o exceso de tareas. No importaba. Nada estaba por encima de mi compromiso con el fútbol.

Compadezco y agradezco tanto a mi pobre familia a la que sometí sistemáticamente durante todas las tardes de mi infancia al golpeteo incesante de la pelota contra la pared. Aquello que mi padre bautizó con la extraña onomatopeya del “tuquiti tuquiti”. Papá intentando escribir sus novelas y tratando de armar sus proyectos de escritura. Mamá intentando preparar sus clases de biología y de pasar en limpio las notas de sus alumnos del liceo. Mis hermanas tratando de estudiar o de hablar por teléfono con el novio (el mismo que hoy es su esposo y el padre de mis tres sobrinos), y de fondo, como paisaje sonoro ineludible y constante de todo eso: el tuquiti tuquiti. Hasta que papá salía enfurecido al jardín y me gritaba hasta despeinarme  con la única cosa capaz de detener un mundial de fútbol particular, su grito de: “chico, ya basta, tú y tu bendito tuquiti tuquiti de la pelota contra la pared”.

Ah, porque además de mí jugaban esos mundiales la pared –la responsable de enviarme de rebote todos los pases que yo mismo me hacía– y un guayabo-portero que fue el grandísimo compañero de juegos de mi infancia. El guayabo, por favor no me llamen loco ni tampoco lo adjudiquen a la prolífera imaginación de los niños, era mejor arquero, lo puedo jurar, que Manuel Neuer.  Que Buffon. Que Casillas. Era un monstruo de portero. El tipo paraba de todo. Los mejores chutes de mi vida, las mejores boleas, las únicas chilenas que me salieron bien en mi carrera de futbolista, acabaron estrellándose contra el tronco o las ramas de ese guayabo. Jugué tanto con ese guayabo y tuve que practicar tantísimo para meterle los goles que luego, cuando llegaba a las prácticas del equipo de fútbol del colegio, tenía la titularidad asegurada. Creí ser bueno, creí tener madera de futbolista, tuve un par de tardes gloriosas en las que anoté varios goles e hice un trío de pases de ensueño. La gloria, ya lo sabemos, es efímera, mientras que la vida entera se reduce a un intento tras otro por tratar de hacerlo bien.

El asunto es que, al llegar a la universidad, recibí una lección de humildad: no era tan buen futbolista como me pensaba. Ni lejanamente. Aquel campo de fútbol que ahora se abría enorme ante mí, y en el que no era más que un perfecto extraño, estaba repleto de futbolistas que me llevaban larga distancia en condiciones físicas y calidad técnica. Gente que venía del interior del país, de barrios de Caracas, de liceos cuyo nombre ni sospechaba, de otros colegios. Esa gente sí que jugaba de verdad. Así que tempranamente tuve que asumir mis limitaciones y colgar los botines. No, mentira, no del todo, porque fue también en ese tiempo cuando decidí escribir mis primeros cuentos de fútbol, que escribirlo es otra manera de jugarlo.  Y desde entonces no dejé de escribir sobre esta grandísima pasión, esta enorme metáfora de la vida convertida en balones, patadas, dribles, cabezazos, picardías y jugadas de laboratorio. Este juego tan sencillo y tan complejo que es el fútbol. Tan básico pero tan profundo. Yo también he de decir aquello que decía el gran Albert Camus, quien por cierto fuera portero insigne de su equipo universitario mucho antes de ganarse el Nobel de Literatura: “Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”.

Confesaré algo, a pesar de haber pensado, aprendido y escrito un montón a lo largo de años gracias al fútbol, nunca antes que tuve que sudar y reeducarme tantísimo para hacerlo como con este libro de Cuentos a patadas. Yo tenía mis historias, mis ganas, mis anécdotas, mi pluma; pero no sospechaba aún que aquello necesitaba de mis directoras técnicas, ese par de espléndidas y talentosas editoras de Ekaré, María Francisca Mayobre y Araya Goitia, quienes –en buena hora se convirtieron en mi versión personal de Pep Guardiola. Cuentos a patadas es el producto de un trabajo en equipo, un plan orquestado armoniosamente durante meses, no se trata de un jugador que va solo haciendo malabares e intentando meter golazos por su cuenta, qué va, esto es esfuerzo, esto es entrenamiento, es disciplina y autocorrección, es, en fin,el producto de buscar la manera de hacerlo bonito y hacerlo bien entre todos los involucrados que asumiernn el libro como una apuesta colectiva.

No podía ser de otra manera, Cuentos patadas no se merecía ser una jugada solitaria de un único jugador que se lanza a driblarse el mundo entero para meter un golazo a solas. Cuentos patadas necesitaba y merecía ese juego en equipo donde estaba yo como autor hombro a hombro con Lucas García como ilustrador, donde Ana Palmero diseñaba las jugadas como buena directora de arte, donde estaban María Francisca y Araya como directoras técnicas junto con la asistencia cercana de Pablo Larraguibel, y también con nuestros lectores estrella y compañeros de equipo Fernando y Rodrigo Lecuna (los hijos de la editora) así como las sugerencias y la complicidad de mi primera lectora, la persona a la que más caso le hago en el mundo y en cuyo criterio más confío: mi esposa Marie Claire, que se ha aguantado todas las miles horas de fútbol sumadas a las centenares de horas de escritura.  Mi Claire que, como si fuera poco, carga ahora mismo un baloncito en el vientre, una personita en gestación que será mi compañera de juegos y aficiones. Y que no aguanto el momento de verla patear su primer balón y de oírla gritar su primer gol. Da alivio saber que la Vinotinto, nuestra querida Vinotitnno, modelo por excelencia de entereza, temple y reciliencia tendrá siempre fanaticada de relevo.

Quisiera finalizar con un par de anécdotas que me ha traído Cuentos a patadas y que quisiera compartir. La primera es que mi compadre Alfredo Meza, hermano de los que regala la vida y grandísimo compañero de aventuras y desventuras futboleras, me escribió para decirme que Mariano Meza, mi ahijado, había leído Cuentos a patadas durante el fin de semana y el lunes se lo había llevado a la escuela para compartirlo con sus amiguitos y repartirse entre todos a los personajes del libro. La otra anécdota me la contó mi editora Pancha, su chamo Rodrigo se leyó de una sentada Cuentos a patadas y al terminar le dijo: mamá pásame otro libro.

Así que este humilde libro ha servido para que den ganas de compartirlo y para que den ganas de seguir leyendo otras coas. No puedo imaginar un gesto tan positivo, un espaldarazo más sólido y bonito para mi obra. Son dos razones para celebrar, corriendo hacia el banderín del córner y mirando a mi gente en la tribuna, como si hubiera metido un golazo. Así que, con todo cariño papá, y con todas las ganas de que estuvieras hoy aquí entre nosotros: ¿viste que tuquiti tuquiti de la pelota contra la pared sí que sirvió para algo?

Muchas gracias,
José  Urriola.
Caracas, 26 de abril de 2015.


martes, 19 de mayo de 2015

Presentación Santiago se va.


Aquí entre nos.

Les confesaré algo: estaba negado a decir estas palabras. Principalmente porque ya todo lo que intentaba y quise decir, con respecto a Santiago se va, ya está plasmado en esta novela que hoy presentamos aquí gracias a la editorial Libros del fuego. Hay un punto en el que el autor se queda fuera de juego, asumido en su rol de mero y silencioso observador, pues  le corresponde a otros adueñarse de la criatura, buscarle las virtudes y defectos, decir de ella algo realmente significativo y adicional que escapa absolutamente a la voluntad del escritor. Santiago les pertenecerá más a ustedes, mis queridos lectores, que a mí. Y eso me produce un grandísimo vértigo y un profundo alivio a la vez.

Así  que estas breves palabras comienzan con un “aquí entre nosotros” y un “no le vayan a decir a más nadie, por favor, me guardan el secreto”. Santiago se va debe ser la obra más personal y desgastante que haya escrito jamás. Me pasé cuatro años concibiendo, escribiendo, editando y reescribiendo a esta criatura. Y durante todo el proceso, desde el día uno hasta el sol de hoy, he sufrido la cruel y omnipresente tentación de sombrearlo todo para luego meterle un dedazo a la tecla borrar. Qué cosa curiosa que sombrearlo todo y darle a delete sea el nuevo fuego, ¿no?

Y sin embargo, les confesaré también que, a pesar de los años de trabajo, del desgaste y de esas ganas brutales de borrarlo todo, me reí mucho con Santiago. Me divertí un montón con este personaje, lo escribí entre risas cuando nadie me miraba y también con mucha ternura en ciertos pasajes. Cuando decidí que la novela estaba lista y que ya no sería capaz de reescribir ni corregir nada más, sentí finalmente una profunda tristeza ante la inminente partida. Me tocaba ahora a mí despedirme de Santiago.

Mi amigo Fedosy Santaella, cuando le pedí que leyera el manuscrito para la presentación de hoy, me comentó con esa agudeza de los buenos lectores que descubren las costuras que uno jura están bien cubiertas: “la gente va a querer leer a Urriola cuando lea a Santiago”. Y ciertamente es una pregunta constante e inevitable la que me hacen quienes enfrentan esta novela: ¿Qué tan autobiográfica es? ¿Qué tanto de José Urriola hay en el personaje de Santiago? Y mi respuesta muy sincera es: en un inicio todo y al final nada (o casi nada). Santiago no soy yo, no se trata de mi alter-ego, es una criatura hecha con fragmentos de un gentío, un gentío a quien le he pedido prestado o le he robado sus historias descaradamente; hoy día veo a Santiago como si fuera un hermano que vive lejos en una ciudad que alguna vez conocí, o tal vez como a un primo cercano con el que he perdido todo contacto. Y durante meses, no le vayan a decir a nadie, se los ruego, tuve miedo de que se me apareciera Santiago. Qué sé yo, que me mandara un correo, que me llamara un día o se me apareciera en la calle. Me iba a matar de un infarto ese loco. Sin embargo, con el paso de los días, ahora lo que me inspira Santiago –tan cercano y tan distante a la vez, tan íntimo y tan extraño– es un sentimiento de tierna preocupación, como cuando uno se reencuentra con alguien a quien quiere mucho pero al que no has visto en años y de pronto le dices llevándolo del brazo a un rincón aparte: “pana, ¿tú estás bien, verdad?”.

Hoy les podría contar sobre el origen de esta novela, sobre cómo Santiago Meza, el hijo mayor de mi compadre Alfredo Meza, se colgó un día el morral en la espalda en medio de la sala de nuestro apartamento y nos anunció, así en tercera persona, refiriéndose a sí mismo: “Santiago se va”. Y entonces a mí se me conectó la frase de Santiaguito con un curso que hice con Gina Saraceni en el postgrado de literatura de la Universidad Simón Bolívar que iba sobre la construcción de la memoria en la literatura latinoamericana contemporánea. Yo quería escribir mi propio cuento sobre la ausencia y la construcción de la memoria y finalmente ese chamín con su morral en la espalda participándonos que ya era suficiente de tanta visita me había regalado el título: “Santiago se va”. Ya tenía el título, lo que me faltaba era el resto de la novela.

Pero sobre todo quería contarles que debajo de este libro, como un esqueleto invisible que sirve de soporte a todo, está el poema titulado Islandia del gran poeta venezolano Eugenio Montejo. Cito un fragmento ineludible para mí:

Islandia y lo lejos que nos queda,
con sus brumas heladas y sus fiordos
donde se hablan dialectos de hielo.

Islandia tan próxima del polo
purificada por las noches
en que amamantan las ballenas.

Islandia dibujada en mi cuaderno,
la ilusión y la pena (o viceversa).

¿Habrá algo más fatal que este deseo
de irme a Islandia y recitar sus sagas,
de recorrer sus nieblas?

Me perdonarán la pasión y lo soez, pero es que en los venezolanos el insulto es una de las máximas expresiones del cariño y la devoción: “el coño de tu madre, Eugenio Montejo, qué barbaridad, qué grande eres, qué manera de decirlo, cómo coño podrá uno escribir algún día una cosa de este calibre”.

Así que no es gratuito que Santiago Iribarren, el personaje de esta novela, se desaparezca un buen día y deje a todo el mundo entendiendo, para irse a Islandia, precisamente a un punto perdido en los confines del mundo, un lugar que no mencioné en el libro pero que a ustedes –que se acercaron hoy a acompañarme- sí les diré: se llama Thorhofn (el puerto de Thor, en la lengua de hielo de los islandeses), exactamente en la otra punta de la isla, en el extremo opuesto a Reikiavik. Y es allí, en el puerto de Thor, donde se decía que el dios del trueno bajaba a la Tierra. Es un lugar donde los relámpagos y los truenos son constantes, la gente va a asomarse con la punta de los pies sobre los acantilados para presenciar ese festival de rayos, relámpagos y bramidos del cielo. Santiago se va a buscar esa iluminación. Necesita escapar de la cotidianidad, de la vorágine del día a día, para ver si allá, donde se devuelve el viento y donde Thor desciende a este mundo, es capaz de encontrarle sentido a su vida, de encontrarse, que al final viene siendo lo mismo.
Pero entonces volvemos al poema de Montejo que acaba así:
  
Nunca iré a Islandia. Está muy lejos.
A muchos grados bajo cero.
Voy a plegar el mapa para acercarla.
Voy a cubrir sus fiordos con bosques de palmeras.

Yo tampoco iré a Islandia, me queda también demasiado lejos. No sólo físicamente, me queda lejos sobre todo mentalmente. En otro planeta, acaso en otro universo. Así que este humilde libro es mi propio mapa que se pliega para fundir mis bosques personales de palmeras con los fiordos islandeses que tanto he imaginado. Y Santiago, que no soy yo, es el que librará por mí, como en el juego del escondite. Tú sí irás a Islandia, Santiago. Yo me quedo aquí, en mi casa, con mi mujer que espera a mi hijo ahora mismo en su vientre. Y estaré contento de llevar a ese par de personas a la playa, de jugar con ellas a la orilla de una piscina, pateando torpemente pelotas o  empujándolas en un columpio, me quedaré en piyama a ver centenares películas que no me interesan en lo absoluto pero que me harán feliz porque a esa personita le harán feliz. Que te vaya muy bien, Santiago, buen viaje y que Dios te bendiga, me mandas una postal o me escribes cuando puedas. A mí me toca estar aquí y ahora para escribir otras cosas.

Listo, ya lo dije, lo solté. Y ustedes, se los encargo: me cuidan a Santiago y me guardan el secreto. Ni una palabra a nadie más.

Muchas gracias,

José Urriola. Caracas, 29 de abril de 2015.

martes, 14 de abril de 2015

Plaza tomada



Como todos los días, hoy pasamos durante nuestra caminata matutina por la escuela de perros al aire libre del Parque Líbano. Pero justo en el lugar donde suelen los perros jugar y entrenarse amanecieron hoy enormes huecos, montañas de tierra y unas cintas rojas delimitando el territorio de esas que dicen: "PROHIBIDO PASAR". La escuela se les había convertido en un campo minado. Una zona de guerra. Un área vetada. Y allí estaban todos los perritos alineados con sus entrenadores, al borde del terreno tan familiar pero hoy tan ajeno, con expresiones de confusión y profunda tristeza. Parecían personajes de ese cuento de Cortázar "Casa tomada".

Ya saben de qué expresión les hablo. Nosotros también sabemos de casas tomadas.


jueves, 26 de febrero de 2015

Del fútbol y el chavismo


Esto es chavismo para principiantes, explicado con sencillas metáforas tomadas del deporte universal.

1)                    El fútbol es un deporte que se juega 11 contra 11 (y donde siempre gana Alemania, decía Gary Lineker). Bueno, en este caso los 11 del chavismo son realmente 13 (es que los circuitos del torneo están organizados así y esa matemática es mejor ni explicarla porque no la vas a entender) y los 11 del equipo contrario (digamos, el tuyo) valen solamente por 9. Porque sí, porque así es el fútbol bolivariano y las reglas las ponemos nosotros y esta es nuestra cancha y tienes un jugador menos y te quedas con 8: roja directa por protestar.

2)                    El árbitro es neutral. Pero un neutral que juega para el equipo chavista y que se viste con el uniforme rojo y que ha sido entrenado en Cuba desde la infancia y que está comprado (en dólares, claro) desde mucho antes de que se hiciera árbitro y que jamás sancionará una falta cometida por los chavistas, por más evidente y salvaje que sea, pero sí te sancionará con penales cualquier falta, incluyendo las inexistentes (que serán la mayoría), que a él se le ocurra que cometiste independientemente de lugar del campo. ¿Ah, que no te parece justo? Pues doble amarilla: y te quedas con 7.


3)                    El único jugador que puede tocar el balón con la mano es el portero, siempre y cuando esté dentro de su área. Bueno, menos el portero tuyo que no puede usar las manos. Pues porque no tiene área, todo el campo de juego es chavista. Ya va, me dice un delantero cooperante que tu arquero la tocó con la mano: va para afuera, estás jugando sin portero y con 6.

4)                    No se puede jugar sin el uniforme reglamentario. En el caso de tu equipo ese uniforme consta estrictamente de camiseta, pantalón corto, medias y zapatos. El uniforme del equipo chavista incluye todo tipo de protectores, armas blancas, armas de fuego (en caso de considerarse necesario su uso… que claro que se va a considerar, eso queda a juicio de cada jugador-defensor de la patria), también cuentan con la ayuda externa de colectivos de la paz pero armados con fusiles AK-47 y de las muy institucionales fuerzas armadas bolivarianas y revolucionarias, patria, socialismo o muerte, venceremos. A esta alturas, con mucha suerte y sangrante, estás jugando ya con 3.

5)                    Las medidas oficiales de una portería de fútbol son 7,32 metros de ancho por 2,44 de alto. Pero bueno, es hora ya que sepas que tu arquería mide el doble de ancho y de largo: 14,64 por 4,88. Y la portería chavista es de 1 metro cuadrado. ¿Ah, tú quieres ver el reglamento donde dice eso? Pues velo a buscar en los vestuarios, anda a bañarte (y sin agua porque no hay), te quedaste con 2.

6)                    En caso de triunfo el equipo ganador recibirá 3 puntos, en caso de empate 1 y en caso de derrota 0. Lo que se traduce absolutamente siempre en 3 puntos para el chavismo y 0 para tu equipo en todos los casos posibles e independientemente del resultado del juego. Coño, porque el marcador se compró a China con el petróleo de la Patria y la patria es chavista. Este torneo es nuestro, solo nuestro y no volverán. Toma tu roja. Te quedaste jugando solo.

Listo, a jugar. Qué viva el fair play -el impuesto por nosotros- o aténganse a la consecuencias.