martes, noviembre 03, 2009

Aeropuertos


Los aeropuertos son lugares extraños entre los raros. Es un lugar metafórico, o mejor un no-lugar, que se parece más a un sitio de otro mundo que a un espacio en la tierra.

Cuando uno se da cuenta de que le ha perdido el cariño y la fascinación a los aeropuertos es una de las señales más claras de que has comenzado a envejecer. Que la vida te ha puesto la piel gruesa, que conoces la miseria, la estupidez y la maldad que habita en el mundo (y especialmente en los aeropuertos, esperándote cada vez que se te ocurra subirte o bajarte de un avión).

Cuando uno es niño adora a los aeropuertos porque miras desde la terraza esos monstruos en la pista, esas colas de colores, las narices negras sobre las caras blancas y ese tronar de turbinas se te antoja una música que canta sobre otras tierras. Y el hecho de que aquellas ballenas aladas despeguen y aterricen, nadie sabe cómo –mucho menos los ingenieros aeronáuticos-, aunque lo mires mil veces seguidas, sigue siendo un acto de magia. Uno que hace soñar con todo ese mundo de allá afuera que, a lo mejor, con suerte, llegarás a conocer. Ya habrá tiempo para eso. Porque a esa edad siempre queda tiempo.

Pero cuando se crece, uno lo único que quiere es que te dejen salir y que puedas llegar. El aeropuerto empieza a saber a miedo, a muerte, a espera estéril. Uno es narcotraficante y hombre bomba hasta que se demuestre lo contrario varias veces (luego de que las radiaciones del escáner digan que parece que no te viniste tragado de coca o de C4, que puedes seguir, aunque quién sabe si tus células siguen siendo las mismas). En los aeropuertos uno es apátrida en fuga o inmigrante indeseable dependiendo de la puntada anal del funcionario que revisa el pasaporte. Y uno tiene que absorberse la acusación con silenciosa sonrisa. Y hasta dar las gracias cuando te perdonan la vida y te dejan seguir.

Hay tres sitios en los que se llora a lágrima viva y sin taparse la cara: los cementerios, las estaciones de tren y los aeropuertos. Son los lugares por excelencia para la despedida. Pocas veces se llora tan de verdad como cuando abrazas a alguien por última vez antes de cruzar las puertas que te llevan a los controles. En esos segundos intentas decir: hasta luego; aunque un vértigo cruel te susurra pasito desde el costado más siniestro del estómago: quizás deberías decirle adiós.

La gente suele ver con vergüenza o con sorna a los llorones de aeropuerto. Intercambian miradas burlonas o clavan las sonrisas incómodas contra el suelo. “Qué cosa ridícula ponerse a llorar así en público”, piensan. Pero la verdad es que sienten envidia, ya les gustaría que alguien algún día los despidiera así.

Una vez se pasan los controles, y uno y sus cuatro tonterías son sometidos a varios rayos x, y a varios detectores de metales, y se es interrogado, y uno es puesto bajo sospecha mil veces (alguien que viaja solo necesariamente tiene que tener cincuenta dediles de heroína en la tripa o está buscando escapar de la ley), cuando por fin uno atraviesa todas las puertas del infierno que conducen a la puerta de embarque, lo que cruza al otro lado ya no es una persona, es un fantasma.

Los aeropuertos están habitados por fantasmas. Son espectros en permanente espera, en permanente tránsito. Los aeropuertos son un demo del purgatorio. Para que se vayan preparando.

Por cierto, hablando de purgatorios, el día (ojalá muy lejano) en que usted acabe de transitar el dichoso túnel oscuro con luz al fondo y esté San Pedro esperándolo para comunicarle que le toca una estadía en el Gran Salón de las Ánimas en Pena, respóndale que usted viene de Caracas, de la Caracas de Chávez. Le sale descuento, mínimo del 80%. O del 100. A veces, estoy seguro, Pedro incluso ofrece un 2x1: entras, buscas a un pana y te lo llevas contigo al cielo.

Los aeropuertos, como los cuarteles y las dictaduras, son el espacio perfecto para que se le dé rienda suelta a la inteligencia militar. Inteligencia militar es un oxímoron, un término contradictorio. Es como ser guerrillero pacifista. La inteligencia militar a veces es muy cómica. Sólo a veces (como cuando te preguntan qué es eso de Lisboa, que dónde queda eso, y cuando uno contesta que en Portugal, dicen: “¿Portugal?” con la misma expresión que pondría uno al nombrar un país que se llama “Berenjena”). Pero casi siempre la inteligencia de los uniformados es patética o trágica. Bueno, es verdad, la inteligencia militar no existe, como tampoco el humor militar.

Humor militar es otro oxímoron. Incluso más delirante.

En el futuro las penas de muerte y las cadenas perpetuas serán abolidas. En sustitución, al prisionero se le sentenciará a un sueño inducido que durará hasta el fin de sus días. Una vez dormido se le sembrará una pesadilla: está en un aeropuerto, esperando embarcar un vuelo que no llega ni sale, del que no se anuncia nada en las pantallas y del que nadie tiene la más mínima información. En esa terminal no hay libros, no hay revistas ni tiendas ni comida; el aire acondicionado está en su punto de máxima congelación pero el prisionero no tiene nada con qué cubrirse ni tampoco se le permite conciliar el sueño. A veces, en los altavoces, suena una voz robótica para anunciar que la puerta de embarque de su vuelo ha sido cambiada, que queda en otra terminal, que es la última llamada. Correrá entre pasajeros y maletas, subirá escaleras y trenes, volará sobre bandas deslizantes, pero jamás llegará a tiempo. Se estrellará contra la puerta de un vuelo que dice “Cerrado”. Mirará desde la ventana despegar el avión. Suena en los altavoces el último disco de Ricardo Arjona que ahora canta las mismas letras pero en versión reggaetón. Descubre, con un dolor casi físico, que empieza a saberse la letra.

Y así, en loop, de por vida.

viernes, octubre 16, 2009

En la cabeza del fósforo


Era como 30 de enero y el pino de navidad seguía en la casa, no en la sala, claro, en el jardín; tirado sobre la grama, recostado del cerro de atrás. Y entonces yo llegaba del colegio y apenas me bajaba del autobús amarillo pasaba derecho a mi mesa de noche y agarraba una caja de fósforos que tenía allí escondida. Tenía dentro como doscientos fósforos blanquísimos con la cabeza rojo fosforescente. Y entonces yo me metía la caja de fósforos en el bolsillo secreto del pantalón y me iba a echarle una visita al pino.

El tipo era como un animal moribundo, reseco, tirado allí como un borracho despeinado que no se había recuperado todavía de la resaca del año nuevo. Algún día los hombres del aseo se lo llevarían, o el jardinero, o ya se le pagaría a alguien para que lo cortara para hacer leña. Pero mientras tanto el pino era mío, sólo mío. Entonces yo agarraba un fósforo y con mucho estilo -porque practicaba a diario, varias veces- lo encendía y se lo lanzaba al pino. Y se prendía el arbolito, comenzaba a coger candela y oler sabroso la resina chamuscada y entonces yo saltaba sobre el fuego y lo apagaba. Repetía la misma operación varias veces hasta que sentía que era ya suficiente, que si me iba de palo mañana no iba a tener fósforos ni pino que quemar. Dominaba con todas mis fuerzas al piromaníaco que siempre he sabido que soy. Haciendo de tripas corazón me guardaba la caja de fósforos y me metía a la casa no sin antes echarle una última mirada al pino: “mañana vuelvo…”

Pero entonces un día entré en una etapa que vamos a llamar experimental. Porque luego de lanzar diez fósforos al pino y saltarle diez veces a las llamas y apagar el fuego otras tantas, yo pensé: “¿Y qué pasa si pruebo con varios fósforos al mismo tiempo?”. Entonces cogí dos fósforos, los entrelacé, les hice como un tirabuzón en el cuerpo para que me quedara un fosforote de dos cabezas y lo rayé con mucho estilo contra el costado carrasposo de la caja. Fue una llamarada hermosa, el doble de grande, una cosota como del tamaño de mi dedo gordo. Se la lancé en el medio del pecho al pino seco y esperé a ver qué pasaba. Se levantó un fogonazo de varios centímetros, anaranjado, vigoroso. Le salté encima y por un momento me puse nervioso porque nada que se apagaba, pero luego de saltarle varias veces y de echarle tierrita con los pies, el fuego cedió.

Vencida la etapa de los fósforos siameses decidí dar un paso más: ahora vamos con trillizos. Y luego con cuatrillizos. Fue duro pero siempre, justo cuando el pánico comenzaba a desbordarme en la misma medida en que el fuego se tragaba el pino entero y más, lograba aplastar con las suelas las llamas y controlaba el incendio. Entonces dije: “ voy a darle con quintillizos”. Y me costó un montón hacerles el tirabuzón a los cinco fósforos pero lo logré con ayuda de los dientes. Apenas rayé ese gigantesco fósforo quíntuple (no sé cómo se le dice a algo que tiene cinco cabezas) se disparó una llamarada que me voló las pestañas y la pollina y yo dije: “ay, coño, esto pinta mal”. Pero no podía –no puedo- controlarlo, la piromanía es más fuerte que yo, como el doble. Así que le lancé aquella cosa que era como una antorcha a escala al pobre pino y el tipo se incendió entero. Llamas como de un metro se disparaban por todos lados. Yo salté encima, claro, salté durísimo como mil veces, pero comencé a quemarme los pies, los tobillos, los ruedos de los pantalones se me chamuscaron. Ya toda la tierra que había cerca para echarle se la había echado cuando los trillizos y los cuatrillizos. Pensé: “Agua, busca agua”. Pero el grifo estaba lejos, como a diez metros, y si me ponía a buscar la manguera y a conectarla iba a tardar demasiado y el cerro entero se iba a prender en fuego, así que pensé rápido y dije: “haz cuenco con las dos manos y trae agua para echarle al pino”. Y eso hice; pero cuando venía caminando con todo el agua que mis dos manos juntas podían cargar, el agua se me escurría por entre los dedos y por los bordes de la mano hasta los codos y cuando por fin llegaba a donde el pino no me quedaban ni dos gotas para echar. Y además, como el pino estaba recostado del cerro que delimitaba el jardín de la casa, pues ya el fuego había cogido cerro arriba.

Me metí a la casa y en un momento de honestidad que rayaba la locura estuve a punto de decirle a mi papá, quien leía en la mecedora de la sala, “papá se está incendiando el cerro, fue mi culpa, estaba echándole fósforos al pino de navidad”. Pero justo cuando lo iba a decir pensé que era demasiado joven para morir. Que mejor cuando tuviera 21, en una navidad, bastante borrachos los dos, se lo confesaría. Mientras tanto iba a disfrutar de mi derecho a seguir vivo por 15 años más.

Me senté y encendí la tele, estaban pasando un juego de Brasil contra Italita y yo le iba a Italia.

—Coño, chamo, ¿a ti no te huele como a que se está quemando algo?—dijo el vegetal.
—No, yo no huelo nada.
—No joda, chico, no tendrás olfato
Se levantó el viejo con su libro de 600 páginas bajo la axila y se asomó al jardín.
—¡Coño, llamen a los bomberos que se nos está incendiando el cerro!

Ese día vinieron los bomberos, subieron hasta la cima como una jauría de animales azules y amarillos, aplacaron el fuego con sus botas, a punta de golpes dados con sus enormes chaquetas de ese material (me lo dijo mi madre) se llama Amianto y no se quema. Entre todos subieron una manguera descomunal que nos atravesaba la sala, el comedor, parte de la cocina, el lavandero, todo el jardín y la mitad del cerro. Fue un día hermoso y cuando terminaron les serví agua fría y me dejaron ayudar a enrollar la manguera en el camión y hacerle cariño al dálmata debajo del hocico. Los dálmatas, me lo dijo mi tía Andreína, se creen inmunes al fuego, principalmente porque están locos.

Cuando llegó la navidad en la que yo tenía ya 21, cuando las muchachas y mi mamá ya se habían ido a acostar, y mi papá aprovechaba para pedirme un Chester y decirme que le sirviera otro Campari, yo domé mi lengua de trapo aletargada por el vino y confesé:

—Papá, ¿te acuerdas del incendio aquel del cerro cuando vinieron los bomberos? Coño, pana… fui yo, estaba tirándole fósforos al arbolito de navidad.
—Claro, chico, yo sé. ¿Tú crees que soy pendejo? Pero no le digas nada a tu mamá porque te mata.

martes, octubre 06, 2009

Historias no contadas

Grant Gee, director del documental sobre Radiohead

Eso fue una tarde de mayo del año 2000, en un lugar cuyo nombre tuve hoy que buscar en Internet porque no lo recordaba en lo absoluto: El Instituto de Arte Contemporáneo de Londres (ICA). Ocurrió, para ser exactos, en el descanso de la escalera que comunica la planta baja con el primer piso. Estábamos haciendo un documental sobre cine digital y ese día, en medio de un festival llamado onedotzero, acordamos vernos en el sitio para entrevistar al cineasta inglés Grant Gee.

Grant Gee, un flaco de 2 metros largura y de una palidez translúcida, había sido el director de un documental sobre Radiohead: “Meeting People Is Easy”, una de las películas más honestas y hermosamente fotografiadas que alguien pueda hacer jamás sobre una banda. Gee, con un ojo privilegiado, logra captar siempre con el mejor encuadre y en el mejor tiro de cámara posible todo un universo de tensiones, desencanto, soledad e incomodidad. No es la película que cuenta el viaje de los héroes, no es la oda cinematográfica a unas estrellas del rock. Es un vistazo preciosista pero urticante a toda esa tirantez que habita entre los miembros de un grupo que ya no aguantan un concierto más ni una sesión de fotos más ni una entrevista más ni una habitación de hotel más ni un viaje quién sabe a dónde (todos los lugares son el mismo lugar y todos son igual de aburridos) y sobre todo que no quieren saber nada de nadie, mucho menos de sí mismos. Grant Gee se subió a un avión en 1998 jurando que haría una obra épica sobre Radiohead de gira, en el clímax de su creatividad y de su carrera artística, pero acabó en 1999 encontrándose en la insospechada situación del hombre a quien le toca construir el retrato un grupo que está a un tris de mandarlo todo al diablo, de atomizarse sin mirar atrás o de estrellarse mutuamente las cabezas contra los amplificadores en mitad de un ensayo. Grant Gee creía que iba a hacer una película y terminó viéndose obligado a hacer otra, una que curiosamente terminó siendo más rara y (estoy convencido) mucho mejor.

Así que allí estábamos grabando esa entrevista con el cineasta para nuestro documental sobre cine digital, de pie todos, en el descanso de la escalera del ICA de Londres, en un espacio que se abría a mano derecha decorado con un gran espejo. Y Grant Gee nos contaba este cuentote sobre Radiohead y la película que él pensaba hacer y la película que al final tuvo que hacer, y lo contaba todo en un inglés superior que para modularlo necesitaba la cara entera y toda su dentadura y del que yo entendía dos de cada tres palabras (o a veces una sola o ninguna) y mientras hablaba el tipo se balanceaba sobre sus pies talla 50, largos como chapaletas de gamuza, y lentamente, oscilando, se dejaba caer sobre el brazo derecho que lo tenía apoyado contra el espejo, tomaba impulso como un bailarín clásico y se empujaba con todo el antebrazo para lanzar el peso del cuerpo hacia su pie izquierdo y de nuevo del izquierdo al derecho, de nuevo el espejo lo atajaba en suave caída y de nuevo se catapultaba contra su propio reflejo, como siameses albinos unidos por el codo meciéndose uno con otro. Y mientras Grant Gee bailoteaba, se balanceaba y hablaba, yo pensaba -varios decímetros más abajo- en que qué grande que eres Grant Gee, yo nunca voy a ser tan grande, mira cómo te ves reflejado en el espejo mientras bailas, mira qué inglés impecalbe el que hablas, mira qué película prodigiosa la que te lanzaste luego de un año acompañando a Radiohead por el mundo entero, yo nunca voy a llegar tan alto, sobre todo porque yo genéticamente no puedo, me faltan como 30 centímetros, que es el tamaño de una regla, de una de esas que uno utilizaba en el colegio, coño y yo tenía una regla de esas de 30 cm. que era verde transparente, como de kriptonita, una belleza, o sea que si yo me pusiera la regla esa en la cabeza yo sería más o menos como de tu tamaño, pero eso sería trampa y además ridículo, imagina tú que nos pusiéramos a hacer la prueba de quién es más alto aquí frente a este mismo espejo, con mi regla verde en la cabeza; dónde estará esa regla, será que sigue en casa de mis viejos, porque yo me acuerdo que cuando me falseé el pie jugando fútbol y me enyesaron (te imaginas si hubiera sido futbolista, a lo mejor esa era mi verdadera vocación y por culpa del Pollo me lesioné el tobillo a los 12, el coño de su madre, estaría metiendo unos golazos de media bolea en vez de andar pensando, escribiendo y grabando güevonadas) yo me rascaba con ella, una delicia, no se me calmaba con nada la piquiña y yo agarraba mis 30 centímetros de kriptonita y los metía por el espacito entre la pierna y el yeso y era lo único que me calmaba, qué placer, loco, no tienes idea del alivio, seguro que debe andar por allí porque nadie bota una regla verde así…

Y en eso Grant Gee desapareció. No estaba. Hubo un estruendo, un estallido de cristales y el hombre ya no estaba ni en la vida real ni en el reflejo.

Nos quedamos varios segundos con la cámara prendida enfocando al vacío, al lugar donde hasta hace poco estaba aquella humanidad enorme hablando de cosas maravillosas pero inentendibles, hasta que nos dimos cuenta de que, en su último balanceo contra el espejo, el cristal se había roto y el tipo había caído por un hueco que había detrás. Un agujero enorme, tan grande como el espejo que antes lo tapaba, se abría en la pared y de allí salía, más pálido que nunca (hay que echarle bolas, se los juro) un Grant Gee ileso pero aterrorizado. Lo ayudamos a salir y a limpiarse las ropas de los pedazos de espejo roto, no tenía ni un rasguño (yo creo que los espejos ingleses están hechos de un material que no corta o los milagros de verdad existen). El gran Grant estaba aturdido, no pegaba ni un artículo con medio sustantivo, balbuceó cualquier excusa y dio por terminada la entrevista. Además ya había llegado la gente de seguridad y los encargados del ICA a ver qué había pasado y nos pidieron desocupar el lugar (claro, tenían que ser los venezolanos los que nos rompen este espejo que lo colgó aquí la reina misma cuando era niña).

Antes de correr escalera abajo Gee nos hizo señas de que miráramos al hueco que se había abierto en la pared. Metimos la cabeza y nos asomamos a un oscuro mundo paralelo de túneles, galerías, pasillos, vigas. El verdadero documental, la verdadera película que teníamos que hacer, no era sobre Grant Gee ni sobre Radiohead ni sobre los albores del cine digital; era la de ese hueco detrás del espejo.

Al día siguiente volvimos a ICA dispuestos a colarnos al mundo que se abría al otro lado del espejo pero la zona estaba acordonada. Con eficiencia británica habían puesto una cinta amarilla de Peligro, prohibido el paso y habían levantado una pared provisional que tapaba el gran agujero que ayer había abierto la humanidad de Grant Gee (y no nosotros como de seguro anda pensando todavía la inteligencia británica).

Detrás de aquella pared quedaba tapiado un documental que nunca filmé. Otro más que no existió y sin embargo su imagen se me instaló en la memoria. “Son más las películas que nunca se hacen que las que se terminan” dicen. Y, agregaría, por más que se hable y se escriba siempre son más las historias que no se pueden ni se saben contar.

No sé para qué cuento esto. Eso tampoco se sabe casi nunca. Pero si alguien llegara a acercarse hasta el ICA de Londres, por favor que rompa el espejo del descanso de la escalera, que se asome al hueco que encontrará detrás y se adentre un poco. Que libre por mí y por todos. Será –como diría Bioy Casares- un acto piadoso.

lunes, septiembre 21, 2009

Espacio en blanco



Un hombre cierra los ojos con alivio.

Al otro lado de sus párpados se abre el dichoso túnel oscuro con luz al fondo. Mientras lo transita piensa: este cuento ya me lo sé. Lo recorre entero con paso firme, cada vez más confiado de lo que le aguarda, pero al final del túnel no hay nada de lo que espera; ni ángeles ni coros celestiales ni ancianos barbudos ni viejas mascotas de infancia que le mueven la cola después de tanto. Es una habitación infinitamente blanca sin paredes –o acaso con paredes tan blancas y extensas que no conocen límites entre suelos, techos y muros-.

En medio de aquel espacio en blanco apenas hay una cosa: una computadora encendida.

El hombre trata de volver sobre sus pasos pero al girar la cabeza no hay túnel ni puerta. Después de hastiarse de buscar a tientas una salida y de toparse mil veces con la misma computadora encendida en medio de la nada absoluta, decide asomarse al monitor. Es el buzón de entrada de una dirección de correo electrónico que tiene su nombre. No hay ningún mensaje por leer.
Intenta salir de esa página y navegar a otra, no se puede. Decide escribir un mail, tampoco se puede. La computadora no tiene ningún otro programa instalado, sólo sirve para recibir correos y aún nadie manda ninguno.

Pasan largos días sin sombra ni noche. Días blancos de insomnio y aburrimiento atroz. Nada pasa, nada llega, nada se mueve, nada suena. Apenas el zumbido de una máquina siempre encendida, el tenue ruido blanco de una estática diminuta. Mejor sería apagarla a ver si sin ese ruido se puede al menos dormir, piensa el hombre. Pero no hay interruptor ni cables ni tampoco manera de moverla de lugar. El hombre decide emprenderla a patada limpia contra la computadora, al menos es algo qué hacer. Se da el gusto de triturarla hasta dejarla hecha una madeja de ruinas blancas.

Y no ha terminado de recuperar el aliento cuando ya la computadora se ha curado, como una de esas lagartijas que pierden la cola y regeneran otra idéntica. Eso mismo pero a toda velocidad. Cada abolladura vuelve a su posición original, cada fragmento partido regresa a su sitio y se fusiona con el todo sin dejar marca. La máquina vuelve a zumbar, se enciende en la eterna página de inicio del buzón de entrada.

Pero esta vez hay un mensaje sin leer.

Emocionado, seguro de que allí se encuentra un mensaje crucial para él, una pista para salir de ese infierno luminoso, el hombre se apresura a leer el correo. La decepción es más grande que su furia. No es más que un miserable mail perdido, una carta escrita por un remitente al que no conoce y dirigida a un destinatario que es otro. Llega otro mail, es ahora un correo basura, obsceno, intrascendental. Llega ese y con él llegan otro mil. Luego llega otro, y esta vez es un correo largo y subido de tono, cosas de amantes secretos. El próximo: una carta de despedida, un hasta más nunca. El siguiente es la última nota dejada por un suicida.

Y así, por centenares, por miles. Todos los correos que nunca llegaron a destino y se perdieron misteriosamente por el camino le van llegando a su buzón. Todos esos mails que se escribieron alguna vez y se difuminaron en el ciberespacio, cada una de esas cartas puestas para siempre bajo sospecha por más que se insista: “te juro que te lo mandé”, pues no, no se perdieron, tampoco son mentiras, sólo que esas verdades llegaron a otro que está en otra parte y no puede ni siquiera responder.

El hombre, asumiendo su purgatorio privado, el más estéril y absurdo de todos jamás –eso piensa, más que convencido de su tragedia particular- se dedica a leer, sin prisa ni hambre ni sueño, una y otra vez y de nuevo, todos esos correos extraviados escritos por extraños y para extraños.

Durante un instante suspendido, algo que en otro tiempo y otra vida hubiera llamado décadas, se ocupa de ir leyendo y ordenando mentalmente todos aquellos mensajes sueltos. Hasta que entiende que, con un poco de maña e ingenio, todo encaja. O al menos él podría (ya que hay tiempo y no se concilia jamás el sueño) ir armando algo congruente con todo ese disparate disgregado. Claro que siempre quedan piezas que nunca encajan. Claro que hay otras que encajan de mala manera y a la fuerza. Claro que abundan los trozos que no pegan ni con cola pero que se entrelazan por los caprichos más insólitos. A veces se suman peras con manzanas y con arañas y la cuenta siempre da uno. Un uno, perfecto y enterísimo, sin decimales.

Se entrega entonces a aquella tarea absurda de llenar de coherencia su eterno espacio en blanco, hasta que se percata de que aquella historia que teje con las palabras de otros y para otros es la única vida que tiene. Descubre, como en un fogonazo de cruel lucidez, que alguna vez -eso juraría ahora o acaso cree recordar- había tenido una vida que podía narrar en primera persona. Donde todo lo pudo contar desde la voz de un supuesto yo que estaba dentro y era protagonista.

La nueva vida es idéntica, sólo que ahora la van narrando otros y desde afuera. La misma cosa, dice en voz alta el hombre, pero en tercera persona.

Satisfecho con su teoría, mentalmente le pone al cuentote un punto final. Y cierra los ojos con alivio.

Al otro lado de sus párpados se abre el dichoso túnel oscuro con luz al fondo. Mientras lo transita piensa: este cuento ya me lo sé.

miércoles, septiembre 09, 2009

Arepa (f)Rita


A Cacho lo lleva siempre ella, porque es obediente, está consciente de su fuerza, ha sido entrenado y además es un caballero que algún día, si nos descuidamos, lo encontraremos con mostacho y fumando pipa sobre el sofá mientras escribe sus memorias. Cacho sabe caminar a la distancia prudente, frenarse cuando toca, agilizar el paso cuando se le suelta la cuerda, se sabe sentar, tumbar, dar la pata, ofrecer la barriga para que le rasquen. Hace de todo menos buscar el palito porque eso sí le parece cosa de idiotas.

Cacho es bóxer alemán, con tamaño y carácter de Rottweiller, y como buen alemán tiene un imperativo categórico inserto en el código genético que le marca con pulso firme los límites de lo que se debe o no hacer. Así que puede tener ganas absolutas y descomunales de comerse algo o de liarse a dentellada limpia con cualquier cosa cuadrúpeda o bípeda que se asome por allí, pero si no es lo correcto, si no está dentro de los parámetros de lo que “un buen perro debería hacer” el tipo respira hondo, gruñe hacia dentro y se queda en su sitio hasta que se desvanezca el objeto de la tentación. Cacho es un magnífico perro. Rita, al contrario, no es una buena perra; es una persona.

Rita es como una barloventeña a la que alguna brujería redujo al cuerpo de una bóxer americana. Rita es puro deseo concentrado, como aire caliente en una olla de presión, un terremoto mal atrapado en el cuerpito moreno de una perra. Rita va a la velocidad que le da la gana, o no va a ninguna velocidad si la gana que le da es la de sentarse de culo hasta que le den ganas de hacer otra cosa, acaso de saltar aquel muro de 5 metros coronado por alambre de púas y picos de botella para jugar con cualquier cosa que esté detrás (ya verá luego cómo hacer para devolverse o a quién enamora para que la devuelvan); no se sabe sentar, ni tumbar, ni dar la pata, ni entiende eso de “No hagas eso, Rita” o “Así sí, Rita, muy bien”. Para ella ambas cosas significan más o menos lo mismo y a ambas te responde con la misma lamida de lengua entera que te llega hasta el esófago. Se come lo que le da la gana (y nada jamás le cae mal, excepto las camisas sudadas y llenas de restos de pintura y cemento de algunos albañiles; pero las evacúa en menos de 24 horas y ya está lista para comerse las camisas de una cuadrilla de obreros más).

Así que a la hora de pasear yo llevo a Rita. O Rita me lleva a mí.

Rita va lentísimo cuando tenemos que correr y se lanza a toda mecha barranco abajo cuando lo prudente es parar. Rita es como Beowulf -que tenía la fuerza de 30 hombres-, ella tiene la de 30 perras pero sin tener la menor conciencia de lo duro que pega ni de lo fuerte que muerde ni de lo macizo que es su hocico cuando te saluda tomando impulso de 20 metros, corriendo a 60 Kph y lanzándose de cabeza desde el descanso de la escalera para que tú la atajes más abajo contra el pecho.

Ese día iba Cacho primero y, educadamente, diplomáticamente, con un elegante movimiento de cuello y ligera apertura de las fosas nasale, pasó junto a una arepa tirada en la mitad de la calle. Seguro pensó: “Um, qué delicioso sería comerse esa cosa, pero no es correcto y además seguro me sentaría mal en el estómago”. Rita no se dio cuenta de la existencia de la arepa hasta que estaba cinco metros más allá, entonces algo en el viento le avisaría: “Chama, te acabas de pasar una arepa frita, medio mordida, de esas que tienen un hueco del tamaño de un dedo en el centro”. Y entonces Rita nos arrastró a los cuatro hasta la arepa frita y tuvimos que tirar de la cuerda entre todos para que no se zampara aquella vaina. La regañamos y le dijimos que no, que eso no se comía, que estaba sucio, que ella tenía su comida para perros en casa. Nos miró con cara de: “quiero que sepan que la vida pudiera ser mucho más divertida si se atrevieran a vivirla”.

Dejamos la arepa atrás y estuvimos paseando los cuatro por más de una hora, subimos cerros, cruzamos quebradas, descansamos junto al Samán, atravesamos el sendero de tierra que se abre en medio del bosquecito, vimos un águila, diez de zamuros, varias lagartijas verde radiactivo. Cacho quiso meterle diente a todo pero estoicamente resistió. Rita, curiosamente, siguió su ejemplo.

Cuando veníamos de vuelta le pasamos por un costado a la arepa que seguía frita mordida y con el dedo en su medio allí tirada al sol. Cacho la olisqueó a distancia prudencial y continuó su camino convencido de que una vez más era un buen perro que hacía lo correcto. Rita se le quedó mirando a la arepa con una expresión que cualquiera llamaría de nostalgia. “Muy bien, mi muchacha, cuando lleguemos te voy a dar de premio una galleta” le dije, y me miró con cara de “Merezco dos o tres galletas… es más, deberían darme cuatro, que Cacho me regala la suya”.

Llegamos a casa, guardamos a Cacho y a Rita en su territorio, cerramos la reja que los separa del mundo exterior. Mientras preparábamos el desayuno se nos asomó Cacho por la ventana como queriendo decirnos que algo pasaba. Ladraba con voz aguda, como un niño a punto de lanzarse a llorar. Salí a ver qué era eso tan extraordinario que hacía perder la compostura a Cacho y descubrí que no había nada. Absolutamente nada. Aquel patio estaba desierto. Ni siquiera estaba Rita. Me asomé por la ventana –me imagino que con la misma descompostura y la misma voz de Cacho-: “Rita no está”.

Salimos a buscarla, la llamamos, le silbamos, revisamos cada agujero y cada posible escondite. Nada. Rita, la escapista, no estaba. Volvimos a casa a ver si había vuelto en nuestra ausencia. Tampoco. Y en eso, cuando estábamos a punto de lanzarnos al suelo a llorar los tres, una sombra nos tapó el sol, algo saltó la reja de 3 metros y, con la gracia de un garrochista olímpico, sobrepasó los barrotes con varios centímetros de cómoda altura. Aquello que nos cayó del cielo era Rita. Traía su arepa en el hocico.

Podemos jurar que detrás se le notaba la sonrisa.

miércoles, septiembre 02, 2009

El fantasma en la máquina


Mi padre solía decir que lo primero que hacen los que se quieren es cambiarse el nombre; por eso es que las parejas de recién enamorados suelen inventarse unos apodos espantosos y cursilísimos y privadísimos, o se llaman por el segundo nombre (ese mismo que nadie utiliza ni se sabe jamás), porque de esa manera sienten que se apoderan del otro: tú me perteneces porque te he dado un nombre nuevo con el que nadie más te puede llamar.

Hay gente que le pone nombre también a lo inanimado. Le tiene un nombre al carro, a la casa, al llavero, a la computadora, al teléfono, a la lavadora y la lamparita de la mesa de noche. Yo soy una de esas personas. Establezco relaciones personales con ciertas cosas –contadas y entrañables, sólo con cosas que se saben ganar mi afecto- y las bautizo; no sólo para hacerlas más mías, sino también con el convencimiento infantil de que así nos llevaremos mejor, será una relación más estrecha y duradera y a la hora de la chiquita le van a poner un extra para no dejarme mal parado.

La patología que padezco me la contagió (y potenció) mi hermana, que cuando yo era niño la acompañé solidariamente a hacer una diligencia en su auto –ella estaba empezando a manejar sincrónico y le tenía miedo incluso a llegarse hasta el kiosco de la esquina para comprar el periódico- y cuando veníamos de regreso su Ford Corcel se apagó de mala manera. Nos tuvimos que orillar, intentó encenderlo cien veces y nada, sonaba fatal, algo realmente malo ocurría. Y entonces mi hermana puso ambas manos sobre el volante, cerró los ojos y lanzó una plegaria extrañísima: “Babieca, no me hagas esto. Por favor llévame aunque sea hasta la casa”. Y el pana ha prendido. Nos llevó hasta la puerta de la casa y allí se espichó, se despaturró, cayó con la lengua afuera y la panza pegada al asfalto. Mi hermana, aún temblorosa, se bajó del Corcel, le hizo cariños en la capota como quien le acaricia el cogote a un perro y le dijo: “Gracias, Babieca”.

Esa misma tarde me enteré que Babieca, además de ser el nombre del carro de mi hermana, había sido el caballo del Cid Campeador. Todo se conectaba. Y todo en mi vida, por un minuto, cobró sentido.

Así fue como tuve una Betty que fue carro plateado, a un Xavi llavero guardián de las llaves de casa, tuve también a un Alí (el único celular que ha durado conmigo más de un año sin fugarse ni morir de autocombustión espontánea) y tuve a Jacinta que era laptop.

Esta es la historia de Jacinta.

Jacinta fue una Toshiba modelo Satellite negra con azul oscuro. Una morenaza coqueta, compacta y fiel que me acompañó exactamente durante mil y una noches. Me la dieron una semana antes de irme a vivir a Barcelona. Escribí al menos tres horas diarias durante años en esa máquina: cosas para otros, cosas para mí, cosas para publicar y cosas para quemar. Y escribí allí mi primera y única novela, desde el título hasta el punto y final. De alguna manera, Jacinta fue ese agujero escondido que nos buscamos en el tronco de un árbol o en las rendijas entre las piedras para susurrar dentro aquello que a nadie más nos atrevemos a decir. Pero una vez lo dije todo tenía que corregirlo para mostrarlo. Y entonces decidí que iba a sacar el archivo de la novela, se lo extraería de las entrañas a Jacinta porque mejor me iba a corregirlo en la otra computadora que había en casa. Una grande, rubia, nueva, hecha en Suecia, con conexión a Internet de banda ancha, pantalla de 17 pulgadas, con teclado en español y, lo más importante, con corrector de palabras de ese que te subraya en rojo o en verde cuando algo está mal escrito o suena muy raro (dependiendo, claro está, del nivel de redacción del ingeniero que programó el procesador de palabras).

Durante semanas tuve a Jacinta apagada, condenada al silencio, a la oscuridad y a la distancia, allá en la silla del cuarto, la del rincón, debajo del montón de ropa que me iba quitando. Mientras, yo corregía y reescribía en la sueca y cuando se me cansaba la vista pues me ponía a mirar Internet y me pegaba una dosis de chat.

Hasta que ocurrió la tragedia. Un día, en plena edición, avanzando al trote ligero sobre mi rubia gigantesca ¡PUM!, se murió la catira. Se murió con todo dentro, se le quemó la tarjeta madre, se le borraron los archivos, se chamuscó y chamuscó todas las cosas hermosas y caras que le habíamos metido dentro. Había perdido mi trabajo de meses. Nada de lo que había corregido se había salvado. Lo único que me quedaba de mi novela estaba en el vientre de Jacinta.

Así que volví como un marido arrepentido, con la cabeza gacha y sin saber dónde meter las manos, a buscar a mi negrita criolla a ver si me recibía. La encendí y me estaba esperando en el mismo punto y final donde la había dejado semanas atrás. Volví a comenzar la reescritura desde cero. A revisar de nuevo cada capítulo, cada nombre, cada oración, cada coma, cada punto, cada sangría. No hizo falta que la negra Jacinta me dijera nada, comprendí perfectamente su rabia y su humillación: “Claro, yo me calo todo el embarazo y todo el parto para que al final te lleves a la criatura con tu nueva novia que es más joven y guapa”. Entendí también que la sueca no había muerto de muerte natural. El fantasma de alguien le había ajustado las cuentas al espíritu de alguien. Y que Jacinta estaba absolutamente consciente de lo que había hecho. Consciente y además contenta.

Jacinta murió una semana después de volver al terruño. Un día la fui a encender y no quiso. Su alma se habrá ido, me imagino, a ese sitio donde se van los que saben que su misión está cumplida y que, a pesar de los picos y valles, lo han hecho bastante bien.

miércoles, agosto 26, 2009

El complejo de Frankenstein


Para los griegos pocas cosas eran tan abominables y tan dignas de castigo como la soberbia. Comportarse como un Dios, o incluso atreverse a humillar a los enemigos, era castigado por los dioses del Olimpo por mediación de la diosa Némesis. Los griegos llamaban Hibris a ese pecado que cometen los soberbios, los arrogantes, los que se jactan de estar por encima del resto de los mortales. Y toda Hibris era recompensada inefablemente con su respectiva Némesis. No puede ser digno el héroe que humilla a quienes vence, ni tampoco el héroe que se toma atribuciones que no le corresponden.

Cuenta la mitología griega que la arrogancia de Perseo era tal, después de lograr sus descomunales hazañas, que los dioses decidieron mandarle a un enemigo que él no pudiera derrotar. Le enviaron un escorpión justo cuando el héroe dormía, despertó con el aguijonazo y se apresuró en buscar su arco y sus flechas para darle muerte al agresor; sin embargo el efecto del veneno le ganó el cuerpo. Moriría Perseo viendo alejarse al escorpión y por esa razón, cuando en las noches levantamos la mirada hacia la bóveda celeste, nunca las constelaciones del guerrero Perseo ni la de Escorpión coinciden en el mismo cielo nocturno. El héroe, valga la metáfora astronómica, quedó condenado eternamente a perseguir a un animal que siempre le llevará demasiada ventaja para ser alcanzado.

Supongo que esa misma mecánica operó en la flecha que certeramente Paris le encajó en el talón a Aquiles. Nadie podía negarle a Aquiles su grandeza entre los grandes guerreros; pero nadie tampoco –por muy encolerizado que estuviera el héroe por la muerte de su amigo y escudero, Patrocolo- podía justificar que Aquiles, luego de dar muerte al troyano Héctor, atara su cadáver al caballo que jineteaba para arrastrarlo frente a todos, incluso frente a su anciano padre, Nestor. Para decirlo en criollo, allí Aquiles se fue de palo, se pasó de la raya. Tienes derecho a vencer y a sentirte victorioso, pero ese ensañamiento con el vencido no te lo vamos a admitir.

La flecha disparada por el cobarde y conflictivo Paris, hermano del humillado, sería la portadora de la dosis necesaria de Némesis para ponerle coto al exceso de Hibris que le nublaba las entendederas a Aquiles.

En la ciencia ficción -sea ésta en literatura, en cine o en cómics-, existe una especie de contextualización moderna de este mismo tema de castigos divinos e inevitables para quienes actúen con soberbia. Le llaman el complejo de Frankenstein. Y, tal como su nombre lo indica, se recoge en la metáfora de un monstruo que se vuelve en contra de su propio creador. No nos corresponde a los hombres jugar a ser dioses ni tomarnos atribuciones que decidan la vida de otros seres. Quien ose jugar ese juego, sólo reservado a Dios, será castigado; y no puede haber un castigo más ejemplar que la rebelión de la propia criatura. Aquello que has creado está destinado, y te condenará mañana, a una muerte horrible que ejecutará con sus propias manos.

A buen entendedor, pocas palabras. Que nadie se asombre mañana cuando en otros escenarios mucho más cercanos y cotidianos se repita ese espantoso partido de fútbol (con prórroga y penalties incluidos) que se dio en Milán con el cuerpo de Benito Mussolini como balón.

Si algunos leyeran más mitología griega y más ciencia ficción, en vez pasarse la vida jugando a los dioses malcriados en tiempos de guerra, ya habrían puesto sus barbas en remojo. Quizás. O por lo menos tendrían oídos para escuchar que ya Frankenstein se ha desencadenado y viene en camino.


lunes, agosto 17, 2009

El elíxir del amor (y del despecho también)


Un cirujano de la Universidad Nacional Autónoma de México de nombre Federico Ortiz, quien tiene más de treinta libros publicados sobre la materia, asegura que está trabajando en una fórmula química que cura el mal de amores. Y lo provoca también, en el caso de que el paciente necesite desesperadamente enamorarse y no encuentre cómo ni de quién.

El Dr. Ortiz sostiene que un organismo enamorado comienza a segregar, como una cascada, a cántaro roto, una serie de sustancias como oxitocina, fenilenetilamina, adrenalina, noradrenalina, serotonina, dopamina, vasopresina, endorfina, así como las hormonas sexuales testosterona y estrógeno. Y aquí es donde la realidad comienza a parecerse peligrosamente a una película de ciencia ficción; porque esas esencias del amor pudieran sustraerse de un individuo enamorado y de allí podríamos aislar una especie de Viagra, que mañana –quién sabe- se venderá en pastillas o jeringas y que en vez de arreglar los problemas de la disfunción eréctil le repararán a uno problemas mucho más hondos como el del amor y el despecho.

Cupido, de tener razón el cirujano, vendrá algún día en cajita, en tabletas efervescentes o en solución de tantos centímetros cúbicos, y uno en vez de sentir el flechazo sentirá el pinchazo o el pastillazo. Seguro que será carísimo, se llamará algo así como Cupidanol o Cupidimina, sólo será despachado a quienes presenten el récipe morado –porque de lo contrario calculen ustedes las magnitudes del desmadre- y los despechados podrán así cicatrizar sus corazones rotos después de tomarse su monodosis diaria, por varias semanas, de la droga del amor. Mañana, cuando un amigo enguayabado se ponga especialmente pesado y monotemático con el dale y dale de por qué esa desgraciada me dejó si yo era tan bueno y todo estaba tan bien entre nosotros, uno le dirá: “Pana, mejor tómate tu pastillita”.

Hasta allí todo muy bien, dirán algunos, mientras otros se frotan las manos pensando que el despecho también debe ser sintetizable y aislable e introducible en ampolletas y en cápsulas blandas –para que no dañen tanto el estómago- y que seguro esa droga del desamor se venderá muchísimo más que la otra; porque a mucha gente le encanta sufrir y pasarla recontramal y dar una imagen lastimera de sí mismos y si se pueden tragar algo que les eche un empujoncito pues mucho mejor. Lo malo es que apenas estamos en los estudios preliminares, todavía estamos en la etapa de la suposición y la especulación. El amor, aclara el Dr. Ortiz, es un proceso que involucra al intelecto. Uno no se enamora con el corazón sino con el cerebro y la cantidad de factores mentales, anímicos y éticos que entran en juego son aún más complicados de que decir fenilenetilamina al derecho y al revés cien veces seguidas sin equivocarse ni una en el intento.

Así que mientras Federico Ortiz avanza el trecho que le falta –y vaya trecho el que tendrá que patear- quizás le dé tiempo de escribir treinta libros más y en el ínterin la humanidad seguirá sucumbiendo al natural tanto a las trampas del amor como a las fauces del despecho, por lo que habrá que tomar medidas inmediatas y viables al respecto.

Con respecto al tema del enamoramiento, pedimos disculpas pero no podemos decir nada porque no tenemos claro absolutamente nada. Nadie sabe por qué se enamora de otra persona y quien asegure que sí lo sabe o es un mentiroso redomado o es muy tonto. Uno lo único que sabe es que el cuerpo reacciona, que los ojos brillan, las manos sudan, que se pierde un poco el sueño –un insomnio delicioso que no quita fuerzas sino que las carga-, que la piel se pone tersa, el corazón comienza a bombear hectolitros de sangre fresca, el enamorado empieza a oscilar entre estados extremos de lucidez y de franca idiotez, y algo se infla por dentro y por fuera. A algunos les dan mariposas en el estómago y a otros les cosquillean otras partes.

Ahora bien, en cuanto al desamor he aquí algunos consejos (algunos de ellos dignos y otros descaradamente indignos porque el despecho así lo obliga) para encararlo con armas más o menos convencionales, mientras Ortiz y compañía persisten en su empeño por subir el Himalaya encaramados en patines.

El tradicional: Te vas a apertrechar con un arsenal de boleros de los más lacrimógenos que conozcas. Si no sabes de boleros, te asesoras con alguien que sí o con alguien que haya estado despechado de verdad verdad. Te vas a un bar y pides que te pongan a sonar tus boleros a todo vatio al tiempo que pides la botella de vino más cara que tengan. No se vale cerveza ni ron, la cerveza te pone danzarín y el ron violento, así que la cosa es con vino caro. Y como decían los romanos, en algún momento te poseerá el espíritu del “in vino veritas”. Lo que quiere decir que te vas a poner a contarle la verdad de todo lo que te pasa al pobre diablo que tienes al lado, o al barman –que son unos tipos increíbles con un umbral de tolerancia diez veces más elevado que el de cualquier mortal y además son consejeros prodigiosos que lo único que cobran por la terapia es su propina -. La primera noche vas a llorar como una Magdalena, la segunda también y la tercera ni se diga, por cada copa de vino llenarás dos de lágrimas vivas. Pero cuando tengas una semana en ese plan te pueden pasar dos cosas: te quedas en bancarrota (y ahora en vez de un problemón tienes dos, pero la única forma de olvidarse de un dolor es provocarse otro más fuerte) o que el barman de pura obstinación te presente a su hermana o a su exnovia. Y cuidado en ella encuentras al amor de tu vida.

El criollo: Esta se hace con una botella Cointreau o de cualquier licor de esos dulces que emborrachan como nada y te suben la temperatura corporal como si tuvieras una fiebre de 42 grados. El miche andino también sirve, o una de eso que llaman calentadito. Te vas con tu botella un mediodía a Guanare, a San Fernando de Apure o Maracaibo (no hagas trampa, no se vale aire acondicionado). Quédate a la intemperie bajo el sol o busca el cobijo de un techo de zinc, si hay peleas de gallos cerca mucho mejor. Cuando vayas por la mitad de la botella vas a empezar a pensar que estás en el infierno. Y cuando te sirvas el último trago estarás seguro. Este despecho, te lo prometemos, no lo vas a llorar, lo vas a sudar a gota gorda. Y cuando amanezcas mañana -si amaneces- el dolor de cabeza que vas a tener no te va a dejar pensar en nada, te va a ocupar absolutamente hasta el último rincón del cerebro. No te acordarás ni siquiera del despecho. Puede que tampoco de tu propio nombre.

El método cóctel: Lo primero que tienes que hacer es echarte cinco bombazos de nebulizador (si no eres asmático pues cuánto mejor), luego, para evitar el dolor de cabeza, te tomas dos ibuprofenos -o mejor cuatro-. Sentirás que algo raro te está pasando, que el cuerpo comienza a sentirse extraño, que te invade un hormigueo que nunca habías sentido por dentro y por fuera y entonces estarás casi seguro de que estás presentando un cuadro alérgico: métele 2 ó 3 loratadinas a eso. A los quince minutos, te lo podemos jurar, te vas a sentir el doble de raro. Seguro que lo que tienes ahora es una crisis de pánico, pero tranquilo que eso se te quita con un par de ansiolíticos pasados con media botella de ginebra. Cuando por fin estés en la camilla con suero en la vena, luego del lavado de estómago y después de que te haya regañado por inconsciente y drogadicto todo el personal del hospital (desde médicos y enfermeras hasta las bedeles) te vas a dar cuenta de que el Doctor Ortiz tenía toda la razón del mundo. Que todo consistía en alterarle la química al cuerpo. No tenemos idea si ese cóctel nefasto que te metiste cura el despecho -lo más seguro es que no, que no tenga nada que ver- pero a lo mejor terminas convertido en una ameba o en una cucaracha y entonces ya no tendrás neuronas para pensar en el guayabo aunque sí para entender perfectamente de dónde se le ocurrió a Kafka su cuento de La metamorfosis.

Hay un detallito que no hemos mencionado y que casi se nos pasa por alto: El Dr. Federico Ortiz tiene 74 años. Así que hay que ligarle fundamentalmente a dos cosas: que el Dr. Love sea longevo (una longevidad, además, casada necesariamente con la lucidez) y que la crisis económica mundial no le haya recortado el presupuesto para sus investigaciones sobre los elixires del amor y el desamor. Obviamente no se sabe si tendrá éxito, menos aún se tiene noción de cuáles serán los efectos secundarios del amor sintético. No sea cosa que el día de mañana la gente acabe llorando masivamente en los bares y se meta sobredosis de boleros porque al chip del celular se le borró la memoria o porque el carro se les recalentó en una cola. O que el Cupidanol provoque unas ganas espantosas de casarse con la mesa de noche. Imagínense si ya es un lío ponerse de acuerdo con la legalización del matrimonio gay, cómo serán las discusiones cuando la gente exija su derecho a contraer nupcias con su zapato izquierdo.

Así que a respirar hondo, a tomar impulso con las fuerzas que resten y a vivir, que es lo que hay. Seamos francos, no hay fórmula (y probablemente no la haya jamás) para curar el despecho. Una persona que nunca haya sufrido uno es tan sospechosa como esa gente a la que se le pasan los años sin haberse enamorado jamás. No conocer ni una cosa ni la otra es una manera de vivir a medias o simplemente de no vivir. A veces se pierde y por eso justamente es que las victorias después de la derrota saben especialmente bien. Bienvenido sea pues el despecho, es parte crucial del juego, aunque mal pague.

lunes, agosto 10, 2009

El arte de encajar las sobras



Creo que lo ideal sería mirar el video antes de leer lo que sigue.

No es que me guste especialmente la música de Koop (tampoco me disgusta, pero con todo respeto no es precisamente mi “cup of tea”), y el video a lo Wong Kar Wai está bien; pero tampoco es eso lo que me conmueve.

Me gustaría adivinar que tal vez han caído en la misma trampa que mi esposa me ha tendido y en la que yo caí redondo y sin red de contención. Porque lo que realmente me llama la atención es el hecho de que Koop parece una banda, una pequeña orquesta de jazz, y resulta que no, que se trata de la pequeña mentira –o, mejor dicho, el intrincado disfraz- de apenas dos sujetos: Oscar Simonsson y Magnus Zingmark.

La música que acabamos de escuchar está hecha de retazos, de grabaciones, de fragmentos tocados por otros. Este par de suecos vienen a ser una especie de arquitectos que se encargan durante años –con paciencia de dioses y con dotes de meticulosa costurera- de armar edificaciones a partir de columnas, ventanas, dinteles, pilotes, vigas, pedazos de techo y de piso que han encontrado por aquí y por allá. Se arman un traje que les queda como un guante a punta de ropas prestadas. Ellos, a partir de las piezas sueltas, de los sobrantes dejados por los demás, diseñan una estructura, una suerte de rompecabezas musical al que “solo” (valgan las comillas, porque vaya que el trabajón ha de ser monumental) falta ponerle el cemento unificador.

Perdón, también ponen la voz, porque el canto es lo único que garantizan que no ha sido previamente sampleado. De resto, esa canción es el producto del armonioso empate de trocitos de centenares o miles de otras canciones.

El cineasta Alan Berliner hace más o menos lo mismo pero con películas. Unos documentales de pietaje encontrado donde él no filma absolutamente nada, ni siquiera un rollo. Ese material bruto con el que trabaja pertenece a otros y él simplemente se inventa un guión creíble y lo monta todo para que la mentira pase casi desapercibida.

Me fascina, desde el punto de vista literario, la metáfora que nos plantean con su música este par de suecos y Berliner con su cine; porque el mecanismo con el que se construyen sus obras, sus enormes mentiras que parecen una cosa que al final no son, es idéntico al que todos utilizamos para armar un relato.

Y yendo mucho más allá, así tal cual, con fragmentos dispersos que nos hemos topado en la existencia y que luego nos empeñamos en hacer encajar en un cuento más o menos congruente (no sabemos lidiar con el absurdo), nos construimos eso que llamamos una identidad o aquello que denominamos memoria.

martes, agosto 04, 2009

Sugerencia para un crimen mediático (I)

Lo primero que hay que hacer es abrir un operativo para que todos los simpatizantes de la recién fundada organización no gubernamental - clandestina y sin fines de lucro, por supuesto- , ACM (Amigos del Crimen Mediático), donen sus sábanas blancas.

Todas las sábanas sirven, las toallas también, al igual que las camisas, las medias, las fundas de almohada, incluso la ropa interior; lo que importa es que sea tela blanca y limpia. De empatar todos los retazos se encargarán con gusto nuestras madres y abuelas -aunque cualquier voluntario que sepa coser, independientemente de su edad, creencia religiosa y género, también será bienvenido-. Los más pequeños pueden ayudar a enhebrar.

En mitad de la madrugada (que nosotros también hemos aprendido a actuar a oscuras y asestar nuestros buenos golpes en medio de las sombras) hay que treparse silenciosamente al techo del Teatro Teresa Carreño . Desde arriba se lanza la tela de manera que cubra toda la estructura. Vamos a hacerle un homenaje a Christo y a su esposa Jeanne- Claude, a imitar lo que le hicieron al Teatro de la Opera de Sidney, al edificio del Reichstag y a tantas obras arquitectónicas más. Vamos a forrar en tela blanca al Teresa Carreño, a arroparlo, a ponerlo a buen cobijo. Lo dejaremos impecablemente recubierto, alisado y sin pliegues, que ese forro sea como una segunda piel para el teatro.

Y un par de horas antes del amanecer comenzará la función. Proyectaremos la película desde las torres de Parque Central, puede que desde el Zigurat de la Mezquita en Quebrada Honda, para que las imágenes cobren vida sobre esa enorme pantalla tridimensional. Va a ser una belleza ese cine al aire libre, gratis, monumental. Hermoso, como un pedazo de sodio que se deja caer en esa sustancia acuosa donde nadan los pensamientos. Que seguro, en esas dos horas, algo se mueve. Y cuando aparezcan los créditos entonces saldrá el sol.

Lo que único que hay que decidir es si nos lanzamos con “El planeta de los Simios” (la original del 68) o la versión cinematográfica de “1984” de George Orwell. Aunque, claro, se escuchan propuestas; joder, porque aquí, al menos aquí, seguimos siendo una democracia.


martes, julio 28, 2009

Modestia del barbero


We hate It when our friends become succesful

Morrisey

Jim Morrisey, el mítico cantante de los Smiths, aseguraba ya de solista que “odiamos cuando nuestros amigos se hacen exitosos”. No sé si a Morrisey cuando escribió eso se lo carcomía la envidia ante la suerte ajena; creo que no, más bien se refería a lo detestables que se hacen algunos cuando la fama les toca a la puerta.


Yo he tenido suerte, porque la mayoría de mis amigos (cuando lo son de verdad) han seguido siendo en esencia los mismos tipos de siempre independientemente de lo destacados o de lo anónimos que les ha tocado ser hasta ahora. Y cuando la pegan del techo yo me alegro un montón, es como cuando un pana mete un gol y se acuerda de voltear al pedazo de banco donde estás tú sentado porque lo quiere celebrar contigo. Me doy por servido y le digo al de al lado: “el del golazo es amigo mío”. Cosa que le suele dar igual y más que igual al envidioso de al lado. Pero eso es problema suyo.


Mi amigo Héctor, quien se sentaba en el pupitre de al lado, a los 13 años me prestó dos cintas TDK de 90 minutos. En una de ellas había una cosa prodigiosa que me cambió el rumbo musical de la vida, uno tipos ahí llamados Depeche Mode –acabó siendo la banda favorita de mi madre de tanto que se la puse en una repetición de espiral disparada al infinito-. En la otra estaba grabado un concierto de U2 llamado Under a Blood Red Sky, una cosa que aún hoy cuando la escucho me hace volver inexorablemente a la adolescencia. Los escuché como si fueran lo último que tuviera el placer de oír en la vida. Los Depeche Mode aguantaron milagrosamente la rosca, pero a U2 se lo comieron los cabezales del reproductor y no hubo manera de regresar la cinta magnetofónica a su jaula plástica. Murió destripado, cualquier operación hubiera sido inútil y en extremo dolorosa. Yo me fui apenadísimo el lunes a clase a devolverle a Héctor sus Depeche Mode sanos y salvos pero también a darle el parte de guerra de los caídos de U2. A manera de desagravio le entregué un cassette virgen de 90 minutos (que me costó la mesada entera). Lo recibió sin decir una palabra, se lo guardó en el bolsillo y yo di por sentenciada a muerte la naciente alianza musical que nos estábamos armando.


Al día siguiente, en absoluto silencio y sin siquiera saludar, Héctor alargó el brazo y me puso sobre la tabla del pupitre el mismo cassette que yo le había entregado la mañana anterior. Venía grabado con una selección de todo lo mejor que tenía en su casa: “Vainas que te van a gustar” decía el lomo de la cinta escrito con su puño y letra. Y vaya que tenía razón.


Hace unos años supe que Héctor ahora, viviendo en Nueva York, trabajaba como productor, mezclador e ingeniero de sonido de artistas de la talla de David Bowie, de Lou Reed, de Philip Glass, de Björk, de Roger Waters, de Gustavo Cerati, de Michel Gondry (el cineasta que también es músico), entre otros. Que venían de todas partes del mundo a grabar sus discos con el venezolano Héctor Castillo. Le escribí para felicitarlo, la verdad es que me llenaba de un orgullo infantil que el panita del pupitre de al lado se codeara con esos monstruos y que hubiera llegado tan relejos. Recibí su respuesta al día siguiente, diciéndome que venía pronto, que desde ya quedáramos para unas cervezas, que tenía que contarme un par de anécdotas muy locas que le habían pasado con esa gente y al final esta perla que le dio especial sentido a todo: “Chamo, mi trabajo no es gran cosa, esto es igualito a ser barbero. Viene un tipo, se te sienta en la silla y te dice “yo quiero un corte de pelo que sea parado por arriba, bien cortito, casi rapado, por los lados; me dejas las greñas atrás y luego me pintas todas las puntas de plateado”. Y uno dice: “coño, se te va a ver horrible esa vaina, pero bueno… aquí estamos para eso”. Y al final le haces su corte de pelo a su gusto pero le intentas también poner algo de lo tuyo, un invento personal que le puede ir bien. No sé, una vaina que crees que le va a gustar”.


¿Has visto Morrisey? Qué mala suerte la tuya con eso amigotes.


Héctor Castillo con Cerati al fondo


lunes, julio 20, 2009

La hora más oscura


Siempre lo he dicho y moriré convencido de ello: yo escribo por una mentira. Por una mentira enorme y hermosa que me sembró papá cuando era niño. Me dijo: yo soy como el papá de Picasso que era un buen dibujante y le enseñó a Pablito a hacer sus primeros trazos; yo no seré Picasso, pero tú sí.

Qué cosa increíble, yo le creí; porque en esta vida uno tiene que aprender a creerse ciertas mentiras. Y el que no se las cree se muere de infelicidad o de incompetencia.

Mi padre nunca jugó al fútbol conmigo (o sí, una vez, pero lo hacía fatal y decidimos de mutuo y silencioso acuerdo mejor dejarlo de ese tamaño), no me llevó al estadio a ver a los Leones del Caracas, ni a Disney, ni a acampar. Y no me hizo falta nada de eso, porque mi padre me llevaba al cine, me leía y me hablaba; y lo hacía a tiempo completo como quien comparte de tú a tú con un igual. Y me contaba unas cosas insólitas, fantásticas, delirantes que yo nunca supe a ciencia cierta si eran inventos del viejo o eso de verdad había pasado. Estoy lleno de mentiras felices que se inventó para mí. Ser hijo de un buen padre que además es un artista es un regalo peligrosísimo. Una bendición cuyo peso llevaremos encima –para bien y para mal- la vida entera.

Cada noche nos tumbábamos en la cama para leer una hora antes de dormir. Entonces, de pronto interrumpía la lectura, se ponía el libro que me estaba leyendo sobre la barriga, tragaba saliva con un chasquido grueso y me decía: “Mira, chamo, allí por la ventana, mira aquella estrella que está allá. Seguro que allí en este momento hay un padre que le lee a su hijo y que de pronto se pondrá el libro sobre la barriga y le dirá a su cachorro: mira hijo, aquella estrella, seguro que allá viven un padre y su hijo, y que el papá le lee, y de pronto se pondrá el libro sobre la barriga para mostrarle la ventana, por donde se ve lejanísima esta estrella donde estamos tú y yo”. Y para mí ese paréntesis de ciencia ficción era también parte de Los tres mosqueteros, era un pedazo –sin hobbits ni elfos ni enanos ni orcos ni magos ni hombres- de El señor de los anillos, para mí el Cardenal Richelieu y el Conde de Montecristo para siempre vivirán también en ese planeta donde los padres les leen a sus hijos y juegan al mirar las estrellas.

Mi recuerdo de papá es el de un hombre apacible que estaba permanentemente leyendo o escribiendo, cuando no estaba hablando. Que hablar, para él, también era una forma de escribir relatos en el aire; le escribía a mi madre, le escribía a las muchachas, le escribía a los vecinos, a sus colegas, a sus alumnos, a sus hermanos y sobrinos. Y cuando el vegetal hablaba la gente se sonreía, como si estuvieran viendo una película o un acto de magia. Cuando ese hombre hablaba la realidad quedaba suspendida, el mundo entero se ponía fuera de foco y por unos instantes lo único que existía y que valía la pena era ese cuentote que estaba echando.

Y papá escribía, infatigable y permanentemente, no sólo en el aire, sino también sobre su tabla de escribir, tecleando luego sobre la máquina, más tarde en su computadora. Y yo pasaba por allí rebotando la pelota o con mis audífonos a toda pata y le daba un beso en la frente “que es donde los hijos besan a sus padres” –decía- y siempre había algo de qué hablar, siempre me contaba algo de lo que había escrito o investigado o leído o vivido. Luego, cuando me hice más grande, esas conversas iban con unas cervezas, a veces con un cigarro –“Chamo, ¿tú no tienes un Chester por allí?” Me preguntaba pasitico luego de enterarse de que fumaba a escondidas-. Así que fumábamos a escondidas los dos compartiendo un Belmont -al que él insistía en llamar “un Chester” Dios sabe por qué-. Y mientras yo me tomaba una cerveza él se tomaba tres. Y cuando yo iba por la cuarta ya estaba borrachín y él que llevaba diez estaba enterito y lúcido. Y yo conducía de vuelta a casa tratando de pisar siempre la línea punteada y así no salirme del carril y él me decía: “qué bueno que te tengo, chamo, estás manejando del carajo”.

Con el paso de los años la casa se nos fue llenando de libros, no sólo de los que compraba el viejo y los que nos compraba a nosotros, sino de libros que fue publicando. Libros que llevaban su nombre en el lomo. Libros de los que nadie o casi nadie dijo ni escribió jamás ni una palabra. Porque ser escritor en este país, como en tantos otros, por lo visto no consiste en hacerse un oficio de la escritura, no siempre es un asunto de literatura, a veces es también una cosa de cultivarse en las mañas del lobby. Es saber con quién tomarte el whisky, a quién palmearle la espalda, a quién escribirle una crítica favorable para que más tarde se acuerde de devolverte el favorcito. Es dejarse ver, tener el look de escritor, tomarse la foto al lado de los que son, cuidarse de ser asociado con estos y de declararse enemigos de aquellos. Y mi viejo no jugaba al fútbol -ya lo dije- ni tampoco al lobby. Él escribía porque creía en eso, porque si no escribía se moría de tristeza o le daba una embolia de tanta historia represada sin contar.

No escribió José Santos Urriola Muñoz para hacerse famoso, ni por el éxito, ni por los derechos de autor, ni por congraciarse con algunos para ganarse el desprecio de otros. Escribió de lo que le dio la gana, escribió de lo que necesitaba contar, e históricamente le supo a rábanos que lo consideraran un intelectual, un autor, un miembro de tal peña literaria o de tal grupo cultural. Y sus amigos de la librería El Gusano del Luz, con quien un par de veces al año se reunía para reírse y echarse unos tragos, no eran para él escritores ni intelectuales: eran amigos. Punto.

Ayer, en la primera página del cuerpo Ciudadanos de El Nacional, Milagros Socorro escribió un texto hermoso y necesario relacionado con los acontecimientos que se dieron a lugar en este país en esos tiempos en los que los astronautas del Apolo 11 pisaban la luna. Y en esas líneas su entrevistado, el Sr. Roberto Llovera-De Sola, mencionó que en 1969 se había publicado la novela “La hora más oscura”, la mejor del año, de un tal José Santos Urriola.

Es un bálsamo, una belleza maciza y luminosa, que cuarenta años luego de su publicación, quince años después de la muerte de Urriola Muñoz, alguien haya tenido la nobleza de saludarlo con un gesto de sombrero. La justicia poética existe, sigue existiendo en detalles sublimes, lo que pasa es que suele perderse entre tanta estupidez y tanta mamarrachada.

Perdonen ustedes tanta letra y tantas vueltas, cuando lo que yo venía aquí era a decir era algo tan simple: Gracias a Milagros Socorro, gracias a Roberto Llovera-De Sola; pero sobre todo gracias a Dios y a la vida que por un accidente sublime se les antojó hacerme hijo de ese hombre.


martes, julio 14, 2009

Respuestas sin respuesta


Seguro que a todos nos ha pasado y no sólo una vez en la vida. Nos quedamos con la mente en blanco, o con un aluvión de posibles respuestas atascadas en ese recorrido (a veces infinito o intransitable) que nos separa el cerebro de la lengua. Y uno se va del lugar rumiando todo lo no contestado, intentando ponerle orden al ruido a ver si algo inteligible se deja caer. Pero eso no pasa nunca, nunca nada cae. Pasan los segundos, pasan las calles, pasa la vida y uno todavía nada que encuentra algo sensato ni coherente ni atinado para replicar.

Las respuestas sin respuesta son como manchas en la memoria. Diminutos agujeros negros, lunares no del todo benignos. Paréntesis o lapsus que, aún años después, uno se engancha en el intento siempre estéril de rellenarlos con algo útil.

Yo tengo tres o cuatro. Y como no sé qué hacer con ellos pues los cuento a ver si compartiéndolos los logro ir exorcizando. Acaso lo que pretendo es lanzar una botella al mar a ver si se me la devuelven llena, buscando indagar si hay otros náufragos por allí con otros mensajes por embotellar. O tal vez lo que pretenda es algo similar a lo que intentaron hacer los tripulantes del Apolo 13 cuando presionaron el botón de la radio y lanzaron la plegaria: Houston, we have a problem (lo que quiere decir, en esencia: “Si no nos ayudan nos jodemos porque este lío no lo podemos solucionar aquí”).

Dicho esto, pues aquí les van:

1) El primer día de clases del quinto grado, en medio de una clase de matemática, me toca al hombro mi compañero del pupitre de al lado y me dice: “Chamo ¿cuál es el apellido de Lusinchi?”.
Llevo décadas buscando una respuesta lo suficientemente feliz.

2) Alguien me dijo que en una de las librerías de Centro Plaza vendían cómics, que los tenían escondidos en un rincón secreto. Fui y me pasé horas buscando en los lugares más insólitos. Nada. Me harté a la hora y media, busqué al librero -todo cara y actitud de librero de Centro Plaza-.
—Disculpe… ¿tienen cómics?
—No —respondió indignado y solemne el librero de Centro Plaza—. Aquí sólo vendemos libros.
Allí supe que la próxima vez tenía que preguntar en el Sepentarium del Parque del Este. O en una tienda de fumigación.

3) Ella quería fumar pero en ese bar, por lo visto, sólo vendían Marlboro y ella fumaba Belmont.
—Pregunta al mesonero a ver si tienen Belmont.
Pasó el mesonero.
—Señor, disculpe, ¿tiene Belmont?
—¿De limón o de durazno?
—No, señor ¿que si venden Belmont aquí?
—Bueno, por eso, que si de limón o de durazno.
Apenas se dio media vuelta ese hombre nos paramos y nos fuimos.

4) Yo dejé de ir a la panadería de la esquina porque la viejita que atendía era muy hablachenta y además hablaba un catalán muy parecido al finlandés antiguo. Y cuando hablaba castellano era muy parecido al finlandés actual. Yo no entendía nada y siempre acababa vendiéndome el pan que a ella se le ocurría. Descubrí otra panadería cerca, el pan era malo pero la panadera estaba buenísima. Yo señalaba con el dedo, como los carajitos que empiezan a hablar, porque los modelos de pan eran tan distintos a un canilla, a un campesino, a un pan sobado, a una acema, y además tenían nombres increíbles como chapata, payés, flauta, bazo, hogaza, morena, libreta, mollete y manolete. Y yo nunca supe quién era quién. Así que una mañana, después de tener a mi guapísima panadera dando tumbos por toda la panadería: “no, ése no, el de la izquierda, pero el de abajo, no tampoco, el que está justo al lado, no, pero del otro lado, ése que es largo pero no tan largo, el que tiene como la punta cuadrada pero punta roma”, me envolvió de mala gana la barra de pan en un papel y me lo lanzó sobre el mostrador.
—Oye perdona, qué nombre tiene este pan— aventuré
La tipa tomó impulso, moduló muy lentamente, con toda la boca y todos los dientes, como quien está enseñando a hablar español a un marciano muy bruto.
—Se llama PAN.
Pasé años comiendo un pan distinto cada día, a gusto y antojo de mi anciana panadera de la esquina; sosteníamos largas conversaciones donde yo no entendí nunca una sola frase entera. Ni ella a mí.

jueves, julio 09, 2009

A tres cuadras de aquí


Ese día, durante toda la mañana, estuvieron hablando de lo del sobrino de Ricardo, que al pobre lo habían matado para quitarle un BlackBerry. Y alguien, en medio de ese gallinero suelto, justo en esos momentos en que todos se callan y el susurro se convierte en un grito que irrumpe en el silencio, dijo: “¿Y cómo es que son esos perros?”.

Pero ése no es el cuento. El cuento es que ese mediodía me dio miedo ponerme los audífonos a todo vatio para superponerle a la banda sonora de Caracas mi propio soundtrack y así forzarme (y forjarme) una nueva película particular. Ese día pensé que la ruleta rusa en la que vivimos me iba a tocar por necesidad, que el ángel de la guarda me iba a decir: “Panita, lo lamento, pero yo estoy exhausto. Yo llego hasta aquí”. Y además me puse a pensar en algo que siempre me ha angustiado: cuál será la última canción que uno oirá en esta vida. Es decir, en qué y en quién estarás pensando cuando te toque. Morirse oyendo reggaeton tiene que ser un tipo de muerte. Y yo preferiría otra muerte.

El punto es que ese día me lancé a la calle sin los audífonos y gracias a ese detalle nimio no me perdí el cuento que presencié a unas tres cuadras de aquí.

Está un indigente metido de cabeza en un pipote de basura, literalmente clavado dentro del barril metálico con los pies pedaleando en el aire. Emerge de allí cubierto de muchas cosas y con dos trofeos en las manos: un vasito plástico con algo que hace varios días fue (quizás) jugo de piña (o de guanábana) y con los restos de una cosa parecida a un sándwich de chorizo (o tal vez pizza). Se los devora con un gusto increíble, le brillan los ojos y los dientes debajo de la maraña de pelos. Una señora sale en ese preciso instante de un restaurante con una bolsa en la mano. Se nota que es algo caliente metido en un envase de aluminio, acompañado de dos trozos de pan y una lata de refresco. La señora, deteniéndose a mi lado, se le queda viendo al hombre y se conmueve:

—Señor…. Señor… oiga, ¿no quiere comerse este pasticho?

El hombre, imperturbable, permanece con la mirada perdida en el vacío, apura el último trago y se relame el borde del vaso haciendo círculos con la lengua.

—Tome, señor, cómase este pastichito que está rico.

Hasta que el tipo finalmente se digna a girar la cabeza en dirección a la doña, se le queda viendo a la suculenta bolsita que le extiende y dice:

—No, vale ¡Que voy a estar comiendo yo esa mierda!

sábado, julio 04, 2009

A treasure


Me gustaba esa niña, sólo que aún no tenía idea. Nunca lo supe, hasta que un día compartimos el columpio. Nos sentamos frente a frente en la misma rueda de caucho, la única que quedaba libre en el parque, y mientras nos balanceábamos adelante y atrás nuestras rodillas se rozaron. Fue un poco raro pero vaya que se sentía bien. Allí supe que esa tal Verónica me gustaba un montón y que ojalá siempre quedara un único columpio libre para tener que compartirlo con ella.

Un año más tarde ya estábamos en primer grado, era un lunes y además de inseparables éramos ricos. Su padre le había dado una moneda de 5 bolívares y mi madre me había dado otro fuerte, idéntico, macizo y plateadísimo para que lo administrara exclusivamente en sándwiches de queso y jugos naturales. Con esa monedota uno comía en la cantina una semana entera y hasta sobraba para chocolates y helados (aunque estuviera prohibido).

Antes de la hora del recreo la llamé aparte y le mostré mi fortuna comprimida en el bolsillo. Ella me mostró la suya y decidimos, sin decir palabra, que no la podíamos malgastar en comida. Había que guardarla para más adelante, para una ocasión que valiera la pena. Durante el recreo nos apartamos del grupo, no comimos, no jugamos a la Ere, no hubo doy la piedra pero no la recibo. Nos fuimos al fondo del patio, al final de la cancha de voleibol y metimos las manos entre los huecos de la reja. A cuatro manos abrimos un hueco en la tierra, ella puso allí su moneda y yo la mía, muy juntas, rozándose las rodillas. Cubrimos ese tesoro de 10 bolívares a veinte dedos y dejamos una ramita clavada en la cima del montículo, como si fuera la tumba en miniatura de alguien importante.

No hubo en todo el año ocasión ni misión que ameritaran el desentierro de los dos fuertes. Siempre podíamos compartir el sándwich de queso, sorbernos el jugo de naranja a medias, partir a la mitad la barra de chocolate. Cualquier cosa, en caso de un apuro, eso seguía allí en su lugar secreto esperando turno.

Al año siguiente a Verónica la cambiaron de colegio o de país. No la volví a ver en mi vida y no tengo la menor idea de qué fue de la suya. Pero durante los once años siguientes que frecuenté esas canchas le pasaba por al lado a la tumba del tesoro y me le quedaba mirando de soslayo, sabiendo que seguía allí. Creo que incluso perdimos un par de juegos vitales de voleibol por mi culpa, por estar viendo hacia otro lado y pensando quién sabe en qué.

No he vuelto a pisar ese lugar en los últimos veinte años. Hasta hoy. Esta noche habrá reencuentro y habrá fiesta. Y tragos y risas y músicas y recuerdos de la época y forzosamente también habrá cantidades de cirugías reconstructivas -mentales y a toda velocidad- para adivinar quién carajo será esa persona tan cariñosa que lo saluda a uno, sepultado debajo de esas canas, de esa calva, de esas arrugas, de esa barriga, de veinte años de trote. Y en medio de todo eso, lo puedo jurar, pienso escapar a las canchas de voleibol sin que nadie lo note para cerciorarme de que el tesoro sigue allí, a buen resguardo, en su rinconcito secreto detrás de la reja.

Seguro que sí. A no ser que Verónica se me haya adelantado en un momento de necesidad.

miércoles, julio 01, 2009

Lo siento, Michael


Me voy a fusilar una frase que alguien dijo el día de la muerte de Michael Jackson: “siento más pena por su vida que por su muerte”. A quien quiera que la haya dicho: gracias, es usted brillante, permítame y lo suscribo.

Lo siento, Michael, pero no lo siento. No lo siento ni un poquito. Me siento hasta mal de tanta indiferencia que me provocas tanto en vida como en ausencia. Me da exactamente igual que no estés o que sigas estando o que estés pero en estadio de cocuyo mientras te haces mariposa.

Me reservo mi derecho a no participar. A quedarme, una vez más –ahora por decisión propia- al margen. No leeré las noticias sobre tus autopsias, ni las especulaciones de si te asesinaron, te suicidaste, te estás escondiendo en el mismo hueco que Marilyn y Elvis o si te abdujeron los extraterrestres. Una vez más, como dicen los catalanes: Tú mismo, me da igual.

No miraré tus funerales ni las ofrendas de los millones que te rinden culto. Cambiaré sistemáticamente y a toda conciencia el rumbo de las conversaciones cuando alguien te ponga sobre el tapete. No pienso volver a ver tu video de thriller (lo vi cuando tocaba y ya entonces me gustó poco y nada). No buscaré tu película de Moonwalker (te juro que viviré y moriré sin que eso jamás me secuestre dos horas de existencia). No pienso ver el homenaje de los 1500 presos filipinos que bailan la coreografía de Thriller en tu honor. No me parece gracioso ni curioso ni simpático -si te soy honesto me preocupa, me preocupa un montón que la gente le encuentre sentido a su vida a partir de la tuya-. Reconozco tu talento, cómo no, pero vaya qué talento tan mal canalizado, vaya música nefasta la que siempre hiciste, vaya manera de cantar, chillar y gemir tan espantosa (eso sí que era espeluznante). Bailabas bien (que a nadie se le quita lo bailado) pero eso se me parece a ponerle unas ventanas de ensueño a un edificio que arquitectónicamente es un bodrio y además se cae a pedazos por estar mal calculado.

Michael me has regalado muchos más momentos malos que buenos. Me has quitado mucho más de lo que me has dado. Tu obra me maltrata, me ahuyenta y me resta más de lo que me ha sumado. Y sin embargo no te guardo rencor, no me alegro en tu desgracia pero tampoco te echaré de menos. Así que te deseo bien, te deseo paz, buen viaje y vida eterna; pero también te deseo lejos. Ojalá te vayas a ese lugar luminoso y florido donde esperarás -y algún día compartirás eternamente- con Los Amigos Invisibles, el gordo de Guaco, Ricardo Montaner, Paul McCartney y Phil Collins.

Yo, que me obstino en creer y confiar en que la otra vida existe, estaré mientras en otra fiesta que queda en otro cielo; con David Bowie, con Sentimiento Muerto, con Klaus Nomi y con Robert Smith.

Michael Jackson, y allí no cabes tú.

martes, junio 23, 2009

Röyksopp, mudando la piel


Los noruegos de Röyksopp han concebido y parido dos veces la misma criatura. Como si por algún capricho del destino -o acaso de la desmemoria- se pudiera, a veces, dar a luz gemelos siameses pero en dos entregas: uno primero, y el otro siete años después.

Decía un profesor de literatura que había dos tipos de autores: los que intentan reinventarse en cada obra, y los que escriben -y se reescriben en- la misma, una y otra vez. No se trata aquí de hacer una competencia entre un grupo y el otro; simplemente diré que soy afecto a los segundos y que ese fenómeno de los dos bandos parece aplicar no sólo al arte de las letras, sino también a la pintura, en el cine, la arquitectura, la música.

Creo que lo que nos conecta con el estilo de un autor es algo profundo, un guiño o una rendija que permite comunicar su espíritu con el propio. Hay una esencia allí, muchas veces no verbalizable, que nos engancha a unos pocos y nos hace repudiar -o permanecer indiferentes- a todos los demás. Explicar a alguien porqué te gustan los cuadros de Rothko y detestas los de Monet es tan absurdo como justificar porqué te enamoras de alguien. Quien logra explicar racionalmente eso es muy ingenuo o muy idiota.

El punto es que, quizás, a algunos nos gusta tropezar con las mismas esencias. Nos fascina adivinar que el espíritu permanece intacto debajo del cambio de piel. Y digo piel porque las mudas de ropa y de disfraz no nos sirven ni interesan. Nos hacemos adictos a descubrir y redescubrir que ahora -sí, podemos verlo y reconocerlo- hay otras arrugas, un cambio de textura en las carnes, otra cicatriz, un nuevo tatuaje, acaso un piercing o una prótesis; pero los huesos que aguantan esa piel siguen siendo los mismos que nos hicieron y siguen haciendo mella en la propia médula.

Les planteo este experimento con estas canciones siamesas de Röyksopp, “Epple” (2002) y “Happy Up Here” (2009). En esencia parecieran ser exactamente la misma pieza –me imagino que alguien que no esté familiarizado con la música de estos tipos podrá pensar que es un mismo track al que le han hecho dos videoclips- ; pero me temo que estos noruegos, cuyos videos no tienen desperdicio –les juro que pocos se pueden jactar de tener una imagen tan creativa y congruente-, utilizan el videoclip como algo que no puede ser separado de su propuesta musical. La música de Röyksopp es siamesa también de su dimensión visual. Ninguna funciona por separado, comparten cerebro o corazón.

Por lo visto el dúo Röyksopp no sólo cambia de piel para recubrirse el alma de siempre, sino que utilizan el video con la misma intención que algunos insectos se valen de su exoesqueleto.


Epple (2002)


Happy Up Here (2009)

miércoles, junio 17, 2009

La esquivez de los pollos


Existía durante mi infancia la abominable costumbre de regalar y rifar pollitos. No sólo los rifaban y los regalaban, sino que antes los pintaban de fucsia, de verde, de magenta. Eran pollos marcianos los que uno se llevaba a casa. Bueno, yo no, los demás, la gente en general. Yo nunca, en la santa vida me pude ganar un pollito. Mientras que había niños que salían de la verbena o con tres o cuatro pollos arcoíris en una caja de zapatos con agujeros a mí no me tocaban jamás.

Siempre que había una rifa de esas “el que pegue un número del 1 al 20 se lleva su pollito”, yo decía “el 8”. Y algo pasa -aconsejen a sus niños, rieguen la voz- pero el 8 es un número que no gana nunca. A ningún payaso ni a ninguna animadora en minifaldita se le ocurre pensar que el 8 es número ganador. Pero yo insistía: “El 8”. Y el que decía 7 ó 5 le sumaba un nuevo miembro al gallinero.

Hasta que de tanto perder pollitos y de tantas rifas que jamás gané me convencí: “Di el 7 esta vez, soberano idiota”. Y justo antes de que llegara mi turno, la niña de la colitas y el vestido azul a mi derecha dijo: “El 7”. Y se llevó el pollo más verde de la historia de la avicultura. Menos mal que corría el mito de que los pollos coloridos no duraban ni 48 horas, que amanecían muertos en su caja de zapatos. Que seguro les daba cáncer instantáneo el baño de colorante. Aunque yo creo que más de una madre, en las sombras de la noche mientras el retoño dormía, le aplicaba el viejo truco de la almohada al polluelo y luego todos simulaban en casa que había sido por muerte natural.

Sí supe de alguien a quien el pollo le creció, se hizo gallina y un día, a la llegada de la escuela, la abuela se lo tenía preparado en sopa y ensalada. Bien hecho, pensé, eso les pasa por robarme todos mis pollos que tanto me merecía.

Gané un concurso una vez. Esta vez no iba de pollos. Iba de acures. Esas ratas peludas a medio camino entre un hámster y un conejo. Soltaban al pobre tipo en medio del césped y éste corría a guarecerse en alguna de las 10 jaulas abiertas que lo cercaban. Cada jaulita tenía un número en el techo. Yo pedí –que además de tonto soy obstinado- el 8. Y el pana, en medio de gritos, mordiscos, patadas y rasguños se metió en la 8. Y yo no cabía de la emoción, yo dije: “me gané ese acure y se llamará Acturo”. Y cuando ya estaba buscando una caja de zapatos lo suficientemente grande como para que me cupiera Acturo, viene la payasita y me dice: “Escoge un premio de los que están en esta bolsa negra”.

Metí la mano con ganas de que cayera una bomba atómica en esa verbena. Me llevé un jarrón espantoso de cerámica verde. No le gustó ni a mi madre.

Lo de los pollos me pasa idéntico con la lotería, con los caballos, con las carreras de galgos o cucarachas, con los sorteos de carros, microondas y televisores pantalla plana, también con la rifa de los boy scouts, de los pintores de boca, la de los cieguitos de no sé dónde y las de toda esa gama de fundaciones benéficas que lo convencen a uno de comprar un par de boletos para apoyar aquella causa o la otra. Me pasa también con los concursos de guiones, de cortos, de novelas, de cuentos: ese pollo siempre se lo lleva otro.

He tenido que aceptarlo: a mí no me tocan y punto. Será que a nadie le gusta el número 8 (excepto a mí), o siempre habrá alguien que brinca y me quita de la punta de la lengua ese 7 hermoso que ya venía paladeando. Estoy destinado a contar el cuento de cómo casi digo el 7 pero en eso alguien más pilas se me adelantó. Me toca decirle a mi Claire, a mis familiares y amigos -que aún tienen el coraje de creer en mí-: “Nada, será que yo no sirvo para esto de los pollos”. A lo que responden: “No importa, tú sigue trabajando, tú insiste”. Así que me toca intentarlo una vez más y otra y otra porque algún día, seguro, que sale mi 8 (coño, y después no me pregunten qué carajos voy a hacer con el bendito pollo de colores).

Recibí una llamada hace pocos días del escritor Sael Ibáñez, de parte del 3° concurso Salvador Garmendia que organiza La Casa de las Letras Andrés Bello. Me dijo que no había ganado, que el premio se lo había llevado Rubi Guerra (un excelente narrador cumanés que se merece con su obra bastantes pollos, de todos los colores y con toda justicia,); pero que mi libro de cuentos “Fragmentario” había ganado una mención publicación. Tan acostumbrado estoy a no ganar que mi primera reacción fue reírme: “Este seguro es Fedosy o el Pollo o La Perra o cualquiera de esos jodedores empedernidos que me gasto de amigos”.

Pero no. Por lo visto no es broma. Así que hay la posibilidad de que nos veamos pronto en el bautizo de ese pollo. De qué color me tocó: ni idea.

jueves, junio 11, 2009

El poder de la guayaba


La caminata desde ese estacionamiento en Bello Monte hasta el estadio era de unos cuarenta minutos a buen paso. Al principio íbamos conversando de cualquier cosa, luego nos tuvimos que callar un rato, ya llegando a Los Chaguaramos, porque la gente que vive a orillas del Guaire y bajo el elevado –consumidores de crack o “pedreros” en su mayoría- tiene su sala, su cuarto, su comedor y su baño allí. Y si hablas o respiras más de lo estrictamente necesario te lo tragas todo.

Había anochecido cuando por fin llegamos a las inmediaciones del Olímpico. La policía trataba de dispersar a una tensa multitud con perdigonazos disparados al aire y bombas lacrimógenas con extra de pimienta. La gente huía entre los buhoneros, los vendedores ambulantes de cervezas, las parrilladas de pinchos (dicen que esa carne es de perro o de gato, puede que de rata también). Toda la multitud se agolpaba en un embudo cruel, miles de personas tenían que entrar una a una por una estrecha manga (similar a esos pasillos de tubos metálicos por los que llevan a las vacas en un matadero). Los de atrás empujaban, los de adelante reculaban (la policía los esperaba adelante blandiendo las peinillas y con las escopetas de perdigones prestas para el ataque). Nosotros en el medio. Nos fueron embutiendo hasta que salimos –sudados, manoseados, amasados- al otro lado de la reja. Mientras que los más impacientes rompían a tirones, puños y patadas las defensas de madera que habían puesto los encargados de la seguridad del estadio. Yo entré por mi cuenta y riesgo. Veinte metros más allá entro él, arrastrado por la masa eufórica.

Qué bien que nos encontramos, ¿no? Qué suerte, eso dijimos.

Entramos a las gradas. Hubo bengalas, papelillos, lanzallamas improvisados con encendedores puestos en la boca de los potes de insecticida (mejor agáchate para que no te chamusquen el pelo). Hubo un gol a favor del que nadie se enteró (era más importante buscar dónde coño se metió el tipo de las cervezas). Hubo otro en contra (tampoco lo vimos, porque se encendió solito el sistema de riego del gramado y entre la lluvia de agua que había abajo en la cancha y la de cerveza que había en las gradas no se veía nada). Cuando por fin pudimos ver de nuevo, ya él no estaba por allí. Se había ido al baño (a uno de los dos bañitos portátiles que habilitaron para los 20 mil que estábamos allí) o a buscarse la cerveza número 15 (porque de verdad dónde coño se mete el tipo de las birras). Hubo empate y frustración. Ah, y muy importante, hubo una pelea colectiva entre la fanaticada. Que no una pelea entre barras rivales, qué va, una pelea interna de nosotros contra nosotros mismos. Los partidarios del Caracas decidimos autocoñasearnos, partirnos la cabeza entre nosotros mismos. Es como la superviviencia darwiniana de las especies pero al revés: vamos mejor a autoaniquilarnos.

Salí del estadio y mi amigo no estaba. Imposible encontrarlo entre ese mar de gente, entre el tropel provocado por la batalla colectiva que se dispersaba y se reagrupaba cada dos minutos o cada quince metros. Cuando uno creía que se había calmado, que la estupidez había dado paso a la razón, de nuevo estallaban con renovados bríos esas ganas incontrolables de autoextinguirnos aquí y ahora.

Caminé a orillas del Guaire, sorteando charcos infestos, por esa zona de fantasmas y de muertos en vida que habitan debajo del elevado. Deambulé por esa ciudad paralela, Crack City, donde los pulmones y los cerebros se llenan a mitades iguales con los efluvios tóxicos del río pestilente y el humo denso del crack.

Y allí, transitando por el purgatorio, aparece mi amigo de la nada y me toca al hombro.

—Epa… ¿qué tal?
—Pana, te perdiste —pregunto, quizás más sorprendido que asustado—. ¿Cómo coño me encontraste?
—Porque me tomé un jugo de guayaba.

domingo, mayo 31, 2009

Doña Paranoia


La señora tiene dos perras labradoras, una negra y la otra rubia. La negra es de las que puede buscar el palito que le lanzan doscientas veces seguidas sin perder jamás la sonrisa ni la cara de absoluta felicidad. La rubia, en cambio, prefiere retozar entre las hojas secas y las bolsas negras de basura. Se arroja allí, da vueltas sobre su propio eje y goza un montón independientemente de lo que piense y grite su dueña. Uno pasa por allí y levanta la mano a manera de saludo y contestan las tres con idéntica cara, y diez pasos más tarde uno sigue preguntándose quién será que imita a quién. Me caen bien las tres. O me caían.

Hace pocos días me disponía a subir temprano por mi habitual senderito que se abre entre la maleza, un trayecto de una hora en el que si acaso me cruzo con tres ciclistas montañeros y un par de atletas que trotan aquella loma con la tranquilidad de quien se amarra las trenzas; en eso me interceptan las dos labradoras con la señora un poco más atrás que hace ejercicios de estiramiento al pie del cerro. La doña me hace gesto de que me quite los audífonos, que algo grave pasa.

— ¿Tú vas a subir esa montaña?
—…sí…
—Es que allí en el kiosquito hay alguien que tose.

Miro hacia donde señala la señora y lo que veo es una rampa de madera que han construido los ciclistas para hacer sus piruetas y cuyas bases están fijadas con unos sacos de arena.

—Míralo ahí, acostado en el kiosco —insiste la señora—. Y lo que hace es toser. Tose y tose. Yo tengo una hora oyéndolo.
—Señora, pero yo lo que veo son sacos de tierra debajo de la rampa para ciclistas.
—Pero tiene que ser un loco; porque quién se acuesta a dormir así en el monte, con este frío y mucho peor si está enfermo.

Los venezolanos podemos dar fe de que la única semilla que da cosecha instantánea es la paranoia.

Yo ya estaba comenzando a ver los sacos moverse y toser cuando en eso desde la montaña, moliendo piedritas y cortando a su paso la maleza, surge un ciclista con su casco a toda velocidad. La doña de un salto se ha puesto en su camino con los brazos abiertos y empezó a gritar.

—¡Tú estabas tosiendo! ¿Eras tú el que estabas tosiendo, verdad?
—¿Que yo estaba qué..?— dice el hombre sobre el sillín de la bici pero con la misma cara que tengo yo en tierra.
—Tosiendo, tú eres el que andas con una tosedera allá arriba desde hace una hora.
—No, señora, yo no tosía… y allí arriba no hay nadie. Yo vengo de allá.
—Pero y entonces ¿quién tosía?— lo regaña la doña mientras el tipo le da fuerte a los pedales y se pierde camino abajo haciendo el típico gesto de “vieja loca” con la cabeza—. Dime quién tosía, ¿Ah? ¿Quién era el que tosía?

Pero ya era tarde, no hubo respuesta. Yo tampoco la tenía.

—Mira las perras lo nerviosas que están —me hace ver la doñita— Ésta no hace nada (señalando a la negrita) pero esta otra (dedo índice apuntando a la catira) está a punto de lanzarse a morder porque es súper agresiva.

Y yo pensé: nos jodimos, adivinen quién es el pendejo a quien va a morder la rubia. Pero antes de que eso ocurriera (que seguro faltaba muy poco) decidí seguir el ejemplo que el ciclista dio. Me puse los audífonos, le subí mucho el volumen y me lancé a subir mi montaña. “¡Cuidado puede ser peligroso, seguro que ese indigente es peligroso!” sonaba la voz de la doña por debajo de Radiohead. Pero no me importó.

Claro, me pasé todo el bendito ascenso en un verdadero descenso a los infiernos. Cada raíz que se asomaba era un brazo que me quería agarrar un pie, cada pájaro que se movía entre las ramas era un loco que me saltaba encima para arrancarme la cabeza. Me pasé más de mil pasos buscando un palo, una piedra, algo con qué defenderme del abominable hombre de las toses. Hasta que me olvidé media hora más tarde. Me olvidé por completo, primero porque desde arriba se ve el Planetario del Parque del Este y esa es una de las imágenes más hermosas de esta ciudad. Estoy seguro que el día en que nos invadan los marcianos en Caracas la resistencia se va a refugiar en el Planetario y desde allí, unidos todos otra vez, los mandaremos a casa. Me olvidé también porque más adelante pasó un pájaro muy raro, a medio camino entre una paraulata, un gavilán y una guacharaca, y el biólogo infantil que llevo por dentro no puede ver a un animal curioso –siempre y cuando no sea humano- porque necesita acercarse para verlo mejor. Finalmente me olvidé porque recordé que mi padre siempre decía que en su Guanare natal todo eran espantos y aparecidos hasta que llegó la luz eléctrica. Cuando el pueblo se llenó de cableado y bombillos la gente fue descubriendo que más la mitad de muertos sin cabeza que les susurraban los nombres en mitad de la noche eran ramas de limoneros que el viento hacía rozar contra las paredes.

Si bien es cierto -cosa que aplica a vivos y muertos- que de que vuelan, vuelan; tampoco es menos cierto que a cada uno de nosotros se nos ha olvidado un poco encender la luz interior antes de pegar el grito.

Así que venía yo pensando en lo bien que le va al bosque la música de Radiohead, en que la próxima vez seguro voy a ser biólogo, en los marcianos a los que les echamos al espacio desde el Planetario del Parque del Este, en el Guanare antes de la luz eléctrica y en eso me salta enfrente un policía, lleno de barro, cubierto de hojas y trocitos de mata, con el casco mal puesto sobre la cabeza, la cara forrada con una película de sudor resplandeciente y su pistola desenfundada apuntando al aire.

—Disculpe, suidadano… ¿Jefe, usted vio allí arriba alguna novedad? — me dijo en perfecta jerga policial.
—Coño, no, yo no vi un coño— respondí en perfecto caraqueño chorreado, con la vista clavada en el arma al sol.
—Pero es que supuestamente aquí hay alguien que tose —dice el policía acomodándose el casco y enfundando.
—Pues yo tengo una hora caminando aquí y no he visto ni oído nada.

Ponemos la misma cara de “pero qué vieja tan loca, ¿no?” y seguimos bajando en silencio. Una vez subido a su moto el policía llama por radio a la central y dice que aquí se reporta 67 para informar que el 43 que se sospechaba en la zona 12 resultó sin novedad y que regresa en 6. Enciende el motor y arranca como quien se dispone a salvar al mundo de los malos.

Yo me calzo los audífonos para oír otra vez mi favorita del Kid A. Y, antes de que cante con su voz de felino lastimero Thom Yorke, un sonido se cuela a mis espaldas. Una tos.

Pobres ciclistas.