lunes, 17 de octubre de 2016

El dedo de David Lynch: el paraíso y el laberinto.


Arturo y Mariana han decidido dejar atrás sus vidas en Caracas para reinventarse una nueva en Chirimena, a orillas del mar. Ya no serán estudiantes de Letras sumidos en la frustración, ya no tendrán que vivir bajo la sombra fantasmal de sus respectivos padres, buscarán en ese paraíso playero -por decisión propia- el arraigo que en el infierno citadino nunca hallaron. Venderán entonces pulseritas de cuero a los bañistas, harán algunos malabares circenses, se alquilarán una modesta habitación en las adyacencias del pueblo, beberán y fumarán a placer, se entregarán al deseo. El plan no pinta nada mal, el escenario es perfecto, son jóvenes emancipados que se quieren y se gozan. Las cosas van fluyendo, los muchachos han sabido adaptarse a los códigos del nuevo cielo, hasta que una tarde se topan un dedo mecido por las olas de la playa. Y a Arturo se le ocurre la brillante idea de llevárselo en su mochila ante la mirada silenciosa y complaciente de su novia. Arturo aún no lo sabe, pronto descubrirá que con ese gesto acaba de internarse en un laberinto donde él será Teseo y el Minotauro a la vez.

En esencia ese es el argumento de El dedo de David Lynch (2015), una novela fascinante de Fedosy Santaella editada por la editorial Pre-Textos en su colección de Narrativa Contemporánea.  El título hace un guiño a la película Terciopelo Azul de David Lynch, donde el personaje de Jeffrey Beaumont (interpretado por Kyle MacLachlan) se topa con una oreja tirada sobre el pasto y decide también llevársela consigo. Y como si se tratara de una película de Lynch, en esta novela de Santaella nos adentraremos también en los territorios de la locura, el miedo, el sinsentido aparente (pero cargado siempre de simbolismo y significado), los personajes delirantes, el amor como última y única posibilidad de salvación en medio de tanta penumbra y muerte.

La narrativa de El dedo de David Lynch es como una máquina precisa y bien engranada que siempre impulsa hacia adelante. No se detiene, no da respiro, se pone en marcha y se vuelve prodigiosa, indetenible, a veces hermosa, otras espantosa. Los personajes y las situaciones se van presentando como si se tratara de escenas que nos enfrentan con una fauna extrañamente familiar de un cosmos desconocido aunque misteriosamente íntimo. Y cada uno de esos especímenes cobra protagonismo en algún momento de la historia para contarnos un cuento loco, un disparate que parece un delirio sin patas ni cabeza pero donde se confiesan cosas realmente importantes y se encierran verdades como rocas. Y la concatenación de esos "cuentos disparatados" va armando progresivamente una máquina que no deja cabo suelto ni ninguna tuerca floja.

De esa manera vamos descubriendo, pasadizo por pasadizo, túnel a túnel, galería tras galería, el laberinto donde se va adentrando Arturo jurándose un Teseo (aferrado a su Ariadna personal: Mariana) para acabar convertido en desesperado Minotauro. Es, eso sí, un Minotauro borgiano más parecido al de La casa de Asterión que al de la mitología. Él quiere divertirse, quiere pasarla bien, quiere estar quieto y sin meterse con nadie. A veces pierde la paciencia, a veces se enfurece y se carga de odio, eventualmente embiste y bufa, pero por lo general opta por ser un héroe esquivo, un guerrero de los que prefiere la retirada. Arturo sabe, a pesar de su juventud, que la felicidad al final se parece un montón a la calma. Tiene -y ha tenido- mucho tiempo para pensar, eso lo hace un sujeto ingenuo pero lúcido, cándido pero a la vez profundamente sabio. ¿Por qué Arturo se lleva ese dedo de la playa? Porque en ese momento le llamó la atención, porque tenía la cabeza llena de humo, porque había hecho el amor con su novia, ahí a pleno sol, detrás de la gran roca de la playa. Qué importa, por mucho menos de eso Meursault le había disparado a un árabe, encandilado bajo el sol, en otra playa, la de El extranjero de Camus. Arturo simplemente se llevaba un dedo anónimo para meterlo en su congelador. Ya más tarde vería qué hacer con él. Pero el dedo, a pesar del encierro y el secreto con el que es herméticamente guardado, se las ingenia para señalar, acusar, gritar. Chirimena (bueno, la Chirimena ficticia de esta historia, ya nos lo advierte explícitamente el propio autor) es un paraíso que se trastoca en purgatorio y luego en infierno: se alborotan los demonios que rondan ese dedo, que saben del dedo, que no les interesa que nadie más sepa ni se ponga a averiguar sobre ese dedo.

Y entre la fauna de ese infierno hay demonios que son unos pobres diablos del montón, hay otros que son puro ruido y pura pinta, y hay otros que son peligrosos de verdad, de los que prefieren antes la sonrisa y el trato afable, de los que se visten con sus trajes de cordero pero cuando la cosa se pone oscura pisan duro, muerden, cortan y disparan. Ojalá Teseo, en medio del laberinto a escala en el que se ha metido, sepa encontrar el hilo que lo llevará de vuelta con su Ariadna personal: Mariana, de la raza insoportable de las mujeres hermosas y calladas. 

El dedo de David Lynch es una obra fabulosa que sabe mezclar en su justa proporción la locura con el sentido del humor, la paranoia con la ironía, la ficción con un retrato descarnado de esa Venezuela de hoy plagada de lobos y de tontos malignos; también es una novela que sabe combinar las frases cortas, precisas y filosas con el alto vuelo lírico, la cotidianidad más rutinaria con la extrañeza perturbadora. Es un delicioso descenso a los infiernos que lo único que pide al lector es dejarse arrastrar suavemente, en caída libre y sin red de contención, hacia las capas profundas y ocultas del paraíso.

viernes, 26 de agosto de 2016

Decálogo sugerido para discutir en línea




1) Ábrase un blog o cree un foro de discusiones en línea (hay plataformas por montón, gratuitas y tan fáciles de usar como enviar un correo electrónico). Esto le permitirá extenderse tanto como quiera, escribir largo y pausado, pensar bien todo lo que intenta decir, acompañar sus textos con imágenes, videos, citas, materiales en PDF, hipervínculos, así como recibir comentarios, moderarlos o vetarlos a voluntad, también de responderlos o ignorarlos según le venga en gana.

2) Recuerde que ya en los años 60 había un señor llamado Marshall McLuhan (el mismo de la famosa aldea global) que aseguraba, en dos platos, un par de cosas que resultaron verdades como rocas: que el medio es el mensaje y que los medios son extensiones del cuerpo. Esto quiere decir que el medio por el cual se envía un mensaje tiene la capacidad de definirlo y modificarlo, que el medio se convierte así en parte esencial del contenido transmitido. Por ende, hay entonces un uso adecuado y un uso inadecuado para cada medio según el mensaje que se desea transmitir: si usted quiere hacer ensayos literarios o teoría del arte quizás escribirlos en mensajitos de whatassap sea una pésima decisión.

3) Relacionado con el punto anterior: tenga especial cuidado con las discusiones en Facebook y Twitter pues pretenderá mantenerlas siempre en el marco del sano intercambio de ideas, lo razonado, respetuoso, profundamente argumentado, debidamente sustentado, rigurosamente investigado y rico en pensamiento crítico; pero está escogiendo los medios menos indicados para todo eso que busca. Volvemos a McLuhan, si los medios son extensiones del cuerpo humano, tenga cuidado si la mayoría de sus potenciales interlocutores lo que están extendiendo por medio de las redes sociales sea su reconcomio, su ignorancia, sus ganas de sabotear, de hacer ruido a punta de necedades y dar rienda suelta a su estupidez.

4) Haga uso de su derecho a llamar a un amigo. Si tiene a alguien con quien le apasiona discutir ciertos temas: llámelo, véanse, queden para unas cervezas, una comida o un café. Cultive esa relación con sus buenos interlocutores (no se caiga a mentiras, nunca son tantos, uno se los va encontrando como tesoros ocultos en determinados momentos de la vida), busque a esa gente que después de cada encuentro y cada intercambio sale usted fortalecido y con una mirada redimensionada. Si por alguna razón el amigo no puede estar de cuerpo presente, escríbale por privado o (volvemos al punto 1) convóquelo a la lectura de su blog o de su foro de discusiones en línea.

5) Dosifíquese. Escoja bien lo que va a decir y dónde lo va a soltar. También, en la medida de lo posible, cuándo lo va a decir (la gente que se precipita en opinar es tan impertinente como la que llega tarde para emitir su opinión a destiempo). La gente que habla mucho y por todos lados, una y otra vez, se convierte en ruido, en spam, en perorata, en verborrea, en necedad a grifo abierto. 

6) Tenga en cuenta aquello que decía Hitchcock: "la inteligencia es la capacidad de saber cuándo hay que renunciar". Si la discusión está agotada, si ya dijo y escuchó lo que tenía que decir y oír, o si no le encuentra ya sentido alguno al careo: ábrase, abandone, busque oficio o simplemente ignore. Deje que el gallinero sean los otros -hay gente que jura que a fuerza de aleteos, cacareos, espueleos  y picotazos están reformulando la historia, déjelos que se desplumen en su sana paz- pero no contribuya más, por favor, a fomentar la esterilidad ruidosa y el vacío atorrante.

7) Tómese en serio. Pero nunca tanto. Tomarse en serio no significa ser solemne ni estar dictando cátedra ni estarse desplegando como un pavo real para que todos reparen en usted y digan: "oh, pero qué culto, inteligente y mordaz es ese señor", qué va, las cosas muy tiesas se ven siempre impostadas y lo muy rígido es frecuentemente resquebrajable. La gente muy seria acaba siendo, a la larga -y simplemente- un tipo aburrido ahí. Y lo peor, uno que está acomplejado y rozando el ridículo.

8) Tomarse en serio también pasa por decidir: yo aquí no me meto porque no me interesa o porque simplemente no tengo nada que aportar. El silencio es una opción, por más que las redes sociales parecieran pedirnos que hablemos, impelernos constantemente a que digamos, que expresemos todo lo que pensamos y sentimos, en el camino se va aprendiendo que en una gama amplísima de temas y "polémicas" uno es mucho mejor quedándose callado.

9) Y para cerrar, con toda seriedad: tomarse en serio pasa necesariamente por la capacidad de burlarse de uno mismo. De meterle humor, autocrítica, relajarse y fluir. De otorgar puntos al contrario, de buscar la posibilidad de puentes a pesar de la distancia abismal de posiciones. Tomarse en serio, en fin, tiene que estar filtrado por ese acto de honesta humildad de asumir: soy el primero en saberlo y admitirlo, ni yo ni los míos somos tan fascinantes o importantes.

10) Haga lo que le dé la gana con este decálogo. Su única intención es hacer sonreír a algún lector que le encuentre un ápice de sentido. Es apenas una opinión, una sugerencia, una además plenamente consciente de que nadie a estas alturas está cambiando el mundo ni marcando un antes o un después con respecto a absolutamente nada a fuerza de posts o comentarios en la web. Por brillantes o desafortunados que sean. 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Víctor Hugo, el nicaragüense.




Ayer la Fiscal General de la República de Venezuela, Luisa Ortega Díaz, citó en su memoria y cuenta ante la Asamblea Nacional a Víctor Hugo “el poeta nicaragüense, autor de la obra Los Miserables”. Probablemente de las barbaridades, crueldades y desmanes que ha cometido esta señora en el ejercicio de su cargo, confundir a Víctor Hugo con Rubén Darío haya sido la más benigna e insignificante de todas. Sin embargo, no deja de ser un gesto simbólico, una metáfora que evidencia en pocos segundos y pocas letras pero con enorme contundencia lo que ha sucedido en estos diecisiete años de chavismo en el poder. Más que un acto de ignorancia –que por supuesto que lo es– estamos ante un eslabón, otro más, de una cadena infinita de soberbias: la de la gente que no ha ido a clases, no estudió, no hizo la tarea, no tiene somera idea qué había que hacer en el trabajo, pero igual se presenta el día de la exposición y toma la palabra porque está convencida de que todos en ese salón son más pendejos que ella.

Sí, al mejor cazador se le escapa la liebre y ninguno de nosotros está exento de cometer un gazapo o de equivocarse en una cita; pero cuando estas meteduras de pata y estas sinvergonzonerías se convierten en cosa cotidiana y sistemática entonces estamos ante un caso evidente de eso que sostiene Margaret Atwood: a juzgar por los resultados, la estupidez es lo mismo que la maldad. En el caso del chavismo, cosa en la que su máximo líder era una eminencia y Maduro un alumno aventajado, podemos cambiar ‘estupidez’ por ‘ignorancia’ y ‘maldad’ por ‘perversión’ y el resultado sigue siendo idéntico. ¿Son así de incultos? ¿Realmente son tan redomadamente ignorantes? ¿O será que se hacen los estúpidos y los ignorantes para alcanzar mejor sus metas? Al final, diría la escritora canadiense, poco importa; porque las consecuencias de una u otra cosa son indistinguibles. Lo que verdaderamente debería preocuparnos es que quien ha tomado la palabra con una verborrea vociferante y a chorro abierto ha decidido que usted es un interlocutor realmente escaso, con poco o ningún criterio: el ignorante que se tragará su buena dosis de estupidez regurgitada no es tanto el que la profiere sino sus receptores. Y, oh tragedia, lo más grave, con alguna frecuencia los regurgitados se lo tragan todo, se lo creen y hasta lo repiten.

No han sido pocas veces en estos largos diecisiete años de chavismo en los que he tenido que tolerar a interlocutores -a veces, en otros campos, muy sensatos, formados y competentes- esgrimiendo sus argumentos con respecto a que Chávez era un hombre de gran cultura. Pues no, no lo era, ni lejanamente; vamos por favor a desmontar ese mito y al desmontar esa piedra angular del disparate vamos a hacer caer al monumental castillo que han levantado a partir de tonterías y nadas. Chávez era un pésimo lector, y lo era porque leía muy mal en sus dos acepciones: tenía esa cabeza rebosante de malas lecturas y realizando, además, infames interpretaciones a partir de ellas. Vamos a reconocerle, eso sí, que era un tipo carismático, era pico de oro, era un cuentero que no hizo otra cosa en su vida que vivir del cuento; era, no lo dudemos, uno de esos narradores capaces de construir una épica rimbombante y con ribetes dorados a partir de la más absoluta nada, del más hondo y hueco vacío.  Como le escuché decir al profesor Carlos Sandoval en una ocasión: Chávez fue, sobre todo, el autor de su propio personaje, se armó -a punta de narrarse a sí mismo en clave de héroe- una épica personal. Pero era eso, y nada más que eso, un cuento echado por un personaje cuentero. Otro representante más de la raza de los impostores, como diría Javier Cercas.

Digamos, en resumidas cuentas, que no solo la estupidez y la maldad llegan a ser indistinguibles, sino que cada una es el camino ideal para alcanzar a la otra. Ambas se comunican, se vinculan estrechamente, se retroalimentan. La estupidez es el camino para consumar la maldad y la maldad necesita mantenernos estúpidos. Porque sobre esa arcilla se moldea el hombre nuevo que tanto necesitan para perpetuarse en el poder. Solamente el pensamiento crítico impide que se solidifique esa sustancia infesta.