martes, 31 de julio de 2007

La imposibilidad del adiós


Tengo que reconocerlo: no sé decir adiós. No me puedo despedir. Estoy inhabilitado. Yo creo que la culpa es de papá que estando en cualquier fiesta veía que el último había dejado la puerta mal cerrada y me llamaba en secreto: “Chamo, ve y dile pasitico a tu mamá, sin que nadie oiga, que agarre a las muchachas y nos vamos ya”. Y a mí la misión me parecía formidable. Me daban hasta ganas de lanzarme al suelo e ir reptando -como si fuera miembro del escuadrón SWAT- hasta las rodillas de mamá: “Que mi papá dice que nos vayamos, dile a las muchachas. No se despidan. Las esperamos afuera, cambio y fuera”. Y salíamos sigilosamente, en cambote, los cinco, tomados de la mano, pisando en puntillas, como si hubiéramos roto algo que no pensábamos pagar. Con el pecho trancado por esa sensación de hacer algo prohibido pero para lo que hoy tienes permiso especial. Sólo por hoy y sólo con ellos. Fugarse sin despedirse y sin que nadie se entere es un arte que, con cierto placer culposo, me he encargado de cultivar y perfeccionar con el paso de los años.

Mi primo Pedro Pablo que está metido de cabeza en una cosa llamada filosofía de la mente me diría que lo que pasa cada vez que me encuentro en una situación de despedida inminente es que mi neurona 235 se comunica con las 858 y entre ellas ocurre una especie de corrientazo, una sinapsis similar a una diminuta explosión atómica, cuya reacción lanza a las neuronas 1093 y a la 11 torrente abajo por las surcos del cerebro gritando: “¡Huye, corre, coño, vete ya, ahora o nunca y que no te vean!” Y yo no lo puedo evitar. Es igualito, por ejemplo, a cuando uno ve a Chávez cantando: no puedes hacer otra cosa que asustarte y morirte de pena ajena, ambas cosas a la vez –son reacciones naturales que están inscritas ya en el código genético de cualquier ser humano-.

Cuando me llega el momento de irme me tengo que ir. Y si es sin despedirme y sin que nadie me vea pues mucho mejor. Seguramente la cura para este síndrome estaría en intervenirme el mapa mental y cambiar la relación existente entre las neuronas implicadas en fabricarme el adiós; de esa manera el resultado final de la sinapsis en vez de la fuga intempestiva y silenciosa sería una cortés despedida: “Amigos, lo lamento pero siento la necesidad de irme en este preciso instante y no hay fuerza humana ni divina que me lo pueda impedir; así que besos, abrazos, buena suerte y hasta otra”. Pero primero tengo que terminar la tesis que va un poco de eso, de sembrar relatos a la gente en el cerebro por medio de intervenciones quirúrgicas o de borrar ciertas historias de la mente para sustituirlas por otras ficticias. Así que primero me ocupo de acabar la tesis y luego me dedico a aprender a despedirme. (Vaya, qué bien, ya tengo un plan).

El punto es que esta incapacidad para el adiós me ha traído algunos percances de mayor o menor grado. En Barcelona se popularizó entre los amigos un mito-chiste de que yo llevaba en los bolsillos unas bolas ninjas de humo. Que de pronto, en la mitad de la fiesta yo lanzaba una, ocurría un fogonazo en plena sala y al despejarse la cortina de humo ya yo no andaba más entre los presentes. En más de una oportunidad escuché (saltando los escalones de tres en tres rumbo a la libertad) “Joder, tío, dónde está el chamo. El muy capullo se nos ha fugado de nuevo”. Y otras veces, los más impertinentes me escondían el abrigo para obligarme a huir hacia la madrugada invernal en mangas de camisa.

Si nos ponemos más serios confesaré que nunca me despedí de personas entrañables y alguna vez he sentido que sus fantasmas regresan para instalárseme en la memoria. Me pasa con Jordá, a quien no quise despedir estando él en su cama clínica luego de una quimioterapia; me pareció que lo importunaría, que mejor lo visitaba luego si volvía el año entrante de vacaciones. También me ocurre con Caeto, cuya familiaridad y risas me reconfortaron los domingos más grises; no le quise decir que regresaba a casa y pensé que muy pronto nos veríamos de nuevo en el terruño cuando fuera a visitar a sus viejos. No conté con que un infarto se adelantaría a nuestro reencuentro. A la gorda María Esther también le debo un hasta luego, porque confié en que esas cervezas y esa conversa a las que me invitaba con tanta insistencia encontrarían mejor acomodo cualquier otro fin de semana, posterior a su regreso de la playa. Pero de la playa no regresó; se quedó en la carretera a Morrocoy. Y de papá no me despedí porque juraba que esa calma plácida después de la tos no significaba otra cosa sino que se había quedado dormido.

Ojalá un escrito sirviera para decir adiós de buena manera a todos aquellos de quienes no me supe despedir, ni sabré. Una suerte de abrazo que sin mucha palabra diga: nos vemos pronto, panita, un placer. Ya lo decía Bryce Echenique en La amigdalitis de Tarzán: “Me temo que siempre he sido mejor por carta”. Me temo que yo también soy de esa raza. Y qué alivio intuir que los demás, en el fondo, lo saben.

jueves, 26 de julio de 2007

BOLITRANSFORMERS


En medio de un delirio de insomnios compartidos él le dice a ella:

-Flaca, perdona, despiértate para que me acompañes que no me puedo dormir.

-Coño, otra vez tú con el insomnio. Pon la mente en blanco.

-No puedo. Es que tengo la cabeza como una olla de presión a la que se le atascó la tapita y no hay manera de sacársela para que pfffffffffff salga el aire caliente a presión y se me desinfle.

-Bueno, piensa entonces en algo intrascendental…

-¿Como qué? Es que ahorita, en este momento, todo pinta gravísimo.

-No sé, chico, piensa en los Transformers.

-Pues… imagina tú que justamente estaba pensando en eso:

Si William Lara fuera un Transformer se desarmaría y se volvería a armar para salir convertido en una furgoneta Volks Wagen modelo 67. Estaría destartalada, blanca con celeste y diría en rojo: “Unidad móvil del poder popular para la limpieza y el mantenimiento” (en letras cada vez más chiquitas para que quepa todo eso). Estaría llena de estopas, coletos, detergentes, aromatizadores, periódicos viejos y papel toilet.

Si Juan Barreto fuera Transformer se haría un contenedor de basura.

Mario Silva como Transformer sería La ballena de la PM, y seguiría echando agua. Pero aguas negras.

Freddy Bernal se convertiría en mototaxi. Uno pirata. Sin placas.

José Vicente se haría carroza fúnebre. Preferiblemente blanca.

Jorge Rodríguez se convertiría en un Audi rosado. O fucsia. O mejor en máquina captahuellas rosada. O fucsia.

El Transformer de Rafael Ramírez sería un enorme taladro de perforación chino. De esos que no han entregado, pero que cuando por fin lo entreguen igual no va a funcionar por chimbo.

Jessy Chacón versión Transformer se convertiría en bicimoto. En la de la Barbie. Con cestita. Ah, y flequitos de cuero blanco en el manubrio.

Cilia Flores sería una fotocopiadora. Una que sólo reproduce cosas ya hechas por otros. Y a la que se le agotaron todos los colores para imprimir menos el rojo.

Nicolás Maduro sería un Transformer que se ensamblaría en forma de Metrobús. Pero el de entrenamiento. Se subiría en las aceras, chocaría a todo el mundo, se pararía sobre el rayado y embestiría contra los peatones: “Pobrecito, lo que pasa es que está aprendiendo. Realmente él no está preparado para ese puesto”.

Chávez sería un Transformer especial. Sería un peñero con ametralladora. O una carrucha con ametralladora. Cuando esté en tierra sería peñero y cuando esté en el mar sería la carrucha. Pero siempre con ametralladora. Rusa.

Diosdado en Transformer sería un cajero automático de Banfoandes o del Banco Industrial de Venezuela. Se tragaría tu tarjeta, no te daría el dinero pero sí lo debitaría de tu cuenta. Y te dará un recibo que no es el tuyo sino el del cliente anterior. El papelito dirá al final en letras rojas: “Gracias por su transacción. Adelante con la Revolución del dinero. ¡Porque ahora tus reales son de TODOS!”.


lunes, 23 de julio de 2007

Amigos animales


Carmen de Mairena, un transexual de 100 kilos y vozarrón de camionero que hoy es diva en un bar llamado El Cangrejo del barrio de El Raval, me comentó durante una entrevista que le hacíamos para un documental: “Yo prefiero a los gatos, a los perros y a esos animales porque esa gente sí que sabe ser amiga. No te piden nada a cambio, sólo afecto. En cambio la otra gente es una mierda, colega”.

Y en ese momento, mientras el equipo de producción reía con aquello que se pensaba era un disparate más de la Mairena, yo me di cuenta de que esa peculiar mujer había dicho una cruda verdad no exenta de hermosura. Los amigos animales existen y a mí me han tocado –me siguen tocando- algunos.

No hablaré aquí del Pollo ni del Lagarto ni del Gato ni de La Perra (que es un hombre), tampoco del Cromañón (que también es hombre, o casi, sólo que eslabón más abajo en la cadena evolutiva). Todos ellos son amigos entrañables pero miembros del grupo que Carmen de Mairena ubica dentro de la categoría mierda. Hablaré de esa gente como el pana Tureco (que era Chow Chow) o como Yuraima (la perica). Hoy le toca a Agatha Katerina.

Cuando entré a mi nuevo piso con mis maletas a cuesta me presentaron de inmediato a Agatha que estaba recién llegada igual yo. La acompañaba un sujeto llamado Petipuá –macho, grande, desprovisto de gracia- a quien le tocaría la tarea de fecundar a la nueva habitante de la pecera para que tuvieran tortuguitas. Yo venía de dejar al gran Tureco en casa y me pareció realmente decadente pasar de aquel caballero de lengua morada a esta gentecita verde y muda que apenas lo sentían a uno asomarse metían la cabeza dentro del caparazón. Petipuá no aguantó el invierno y amaneció una mañana tieso, flotando con el caparazón hundido y la panza arriba. Con cierto pesar lo coloqué en una bolsa y luego lo deposité sin mucha culpa en el cesto de la basura orgánica. “Tendré que comprarme otro macho para que le haga compañía a Agatha que se ha quedado sola”, me dije. Pero eso nunca ocurrió.

Lo que sí ocurrió, contra todo pronóstico, es que comencé a interactuar con Agatha, a pesar de su mudez y sus cinco centímetros. Me cercioraba de que ningún vecino me estuviera viendo y entonces le hablaba. Le enseñé a comer gambitas directamente de mi mano y el día que lo hizo por primera vez creo que grité (cosa que la asustó, terriblemente). La sacaba a pasear a su libre albedrío mientras le limpiaba la pecera. La depositaba sobre mi palma y con punta de dedos le acariciaba el caparazón y la cabeza. Ella se dejaba y hasta dormitaba sobre mi mano.

Cuando llegó la primavera Agatha ya no se llamaba así. Decía el viejo que la primera cosa que hacen los que se quieren es darse un nombre nuevo, es la manera en que nos apoderamos del otro y le decimos “tú ahora eres un poco mío”. Así que ella pasó a llamarse Agatha Katerina. Y Agatha Katerina comía de mi mano, sólo de mi mano, y escuchaba la música que yo colocaba a todo vatio desde su pecera, se lanzaba unos clavados alucinantes que hasta salpicaban el suelo, cuando me escuchaba entrar abría la boca como un dragón a escala. Su día más feliz era el de limpieza de la pecera, pues yo la colocaba sobre el suelo y ella corría como una desaforada por todo el piso, se enredaba entre los cables, se cubría de pelusa como si fuera un guerrero camuflado bajo el follaje, aparecía dentro de un zapato, o asomada por la terraza a punto de saltar desde el piso tercero, o acobijada entre el montón de la ropa sucia, a punto de embestir como diminuta kamikaze contra la secadora o tratando de subirse a la bañera para averiguar si cabía dentro de las rendijas del sumidero. Agatha Katerina presenció durante años picos altísimos y valles agudísimos. La hice amiga de mis amigos. Logré que mis familiares me preguntaran por ella como por una hermanita adoptada. Me llenó de un placer inexplicable ver que hacía buenas migas con mi Claire. Fue la silenciosa testigo de todas las anécdotas que allí quedaron encerradas. Es la única persona que se sabe toda esa historia que uno difícilmente encontrará valor para contar. La única a la que le conté los cuentos que nunca escribí y leí los capítulos de la novela que borré.

Cierto otoño la tortuga sufrió un cambio. Se quedaba durante horas en el fondo de la pecera, nadaba nada, respiraba con dificultad. Comía poco –ya no le hacía gracia la gambita que le acercaba a la boca-, ni siquiera salía a trotar por casa cuando llegaba el momento de la limpieza de la suya. Y un extraño musgo verde, una suerte de moho prehistórico comenzó a cubrirle el caparazón. Se me ocurrió la inteligente idea de tomar algodón bañado de alcohol y frotárselo en las zonas afectadas. La tortuga, puedo jurarlo, emitió un quejido diminuto, un grito de dolor que pude escuchar un metro más arriba. Y el musgo asqueroso fue sustituido por manchones de sangre. La estuve quemando con saña jurando curarle. Muerto de dolor y espanto la deposité sobre las baldosas y salí corriendo a la farmacia a comprar un ungüento contra las quemaduras. Durante días, como un fanático, me dediqué a curarla, a hablarle, a alimentarla. Ella se quedaba inmóvil junto a mis pies, vestida con su nuevo traje de crema plateada.

En menos de una semana me tocaría hallarla muerta. Es una imagen triste de esas que no se borran.

Durante meses la pecera se quedó vacía allí en el medio de la sala. La casa parecía estar más desierta que antes y esa pequeña presencia que antes irradiaba una energía bonita desde el rincón ahora hacía notar su ausencia en la oscuridad. Alguna vez, muy tarde en la noche, podría jurar, la escuché saltar en el agua y chapotear. Yo dejaba de escribir, bajaba el volumen de la música, corría a la pecera con una alegría infantil. Como si por algún afortunado accidente, ella hubiera vuelto y me estuviera esperando con la boca abierta para que le depositara dentro una gambita.

Ese sonido minúsculo, recreado hoy a la distancia, se me antoja idéntico al de la felicidad.

jueves, 12 de julio de 2007

Sex Bomb


Definitivamente hay tres tipos de inteligencia que en orden decreciente son: la inteligencia humana, la animal y la militar. La primera si bien existe está abrumada bajo el yugo de la estupidez humana que es muchísimo más común y más gorda. La inteligencia animal está asociada con el instinto, el sentido de pertenencia y la preservación de la especie. De la militar se duda que sea inteligencia pero nunca que sea militar.

Resulta que se ha filtrado una propuesta insólita del Laboratorio Wright de las fuerzas armadas norteamericanas en Dayton, Ohio. A los tipos se les ha ocurrido una idea que ni en los textos más alucinados de Phillip K. Dick, que no se le ocurrió ni en los relatos más urticantes a James Ballard: una bomba que no mata al enemigo sino que lo convierte en gay. Sería un arma química que desataría el furor homosexual, que enloquecería las feromonas de los soldados y que les haría abandonar las armas en el acto para entregarse a eso que el protagonista de La naranja mecánica llamaba the old in out, in out.

Me imagino el instante en que al General se le ocurrió la cosa. Uno igualito de brutazo a los de acá pero en inglés y con la nuca más roja. Era domingo, llevaba bermudas y camisa hawaiana, en el jardín, cocinaba unas hamburguesas a la parrilla. La radio sobre una mesita sintonizada con música ligera. La esposa traía desde la cocina una bandeja enorme con papas, chorizos, gruesos toletes de carne y queso cheddar. La depositó a su lado y le dio un beso en la mejilla que él recibió con una sonrisa que le disimuló mal el asco. La vio alejarse con el rabillo del ojo, toda hipopótamo rosado embutida en licras rebotando con sus 130 kilos de grasa que le tapiaban las carnes macizas de cheerleader que alguna vez fue. Pensó en ese año y medio que llevaba sin tocarla. Y ni asomo de ganas. En eso sonó el Tigre de Gales en la radio, el gran Tom Jones cantando Sex Bomb. Y el General, con una naturalidad pasmosa, movió las caderas, contorneó la cintura, con gesto afectado jugó con el asador como si fuera un largo micrófono y cantó: Sexbomb Sexbomb / you´re my sexbomb / and baby you can turn me on. Cuando acabó de sonar la canción en la radio estallaron estridentes las risas de los vecinitos asomados por las rendijas de la talanquera pintada de blanco.

Pero ya el General había recibido el chispazo, la iluminación. Había que inventar una bomba sexual para convertir en maricones a los enemigos. En su cabeza una escena gloriosa se proyectó: Rambo, sin camisa, con gesto iracundo a punto de colocarse sobre la frente la cinta roja que antecedía a la batalla. Y de pronto una explosión. Inmediatamente después Rambo aparecía con la cinta roja anudada al cuello, como una bufanda que cuelga larga, convertido en Priscilla, la reina del desierto.

Para nadie es secreto que el ilustre portador de la verruga acaricia la idea de unificar a un gran ejército bolivariano junto con Cuba, Nicaragua, Bolivia (y otros panitas más de similar calaña, los que se animen a lanzarse por ese barranco) contra eso que llaman -con espuma en la boca-: El Imperio. Y para nadie es secreto tampoco que este régimen, más que rojo rojito, llega a tornarse rosa rosita o lila lilita. Lo cual no tiene nada de malo, lo malo es no asumirlo abiertamente y con los cojones bien puestos que ello amerita.

En el nefasto y recontratriste escenario que se les ocurra a los brutos armados de allá y de acá entrar en un conflicto, se me ocurre que la escena sería más o menos así.

-Chamo, MacWilson, esos gringos son todos bulda de mamaguevos y de maricones, no te dé caga. Todos los imperialistas son algolla, papá, que te lo digo yo, que se lo escuché a Chávez en un Aló presidente- comenta el cabo primero González.

-Belcia, el mío, tienes razón, Maikel Yoldan, nos los vamos a mial, esto es pan comío, esta guerra contra esos maricos. Viva mi comandante ¡Patlia, socialismo o muelte! –responde el cabo Chacón.

En eso les sobrevuela las cabezas un avión espía de la USAir Force, de esos que parece una mantarraya pero aérea. Está provisto de bocinas de largo alcance y suena durísimo el remix de “I Will Survive” cantado por Gloria Gaynor. Sueltan las bombas gay que estallan cerquita de González y Chacón.

-Mira, MacWilson, sabes que te estoy viendo como güenmozo de un tiempo pa acá. Chamo, yo te echaría uno.

-Bueno, convive, tú también estás chévere, eso es bajándose las pantaleticas y dándose.

Pues sí, más o menos ése sería el cuadro. Pero surge una pregunta lógica dado el contexto contemporáneo: pana, qué pasará con los que ya eran gays ¿Se harán el doble de homosexuales? ¿El empujón hormonal será tan fuerte que se convertirán en lesbianas? ¿O se volverán heterosexuales recalcitrantes? ¿Se les desatará una mutación insospechada hasta acabar en neonazis cabeza rapadas zoofílicos?

Estoy seguro de que el General de mierda, mientras se entregaba a su Sex Bomb junto a la barbacoa, no pensó en ese detallazo. Entre otros.

miércoles, 4 de julio de 2007

En pausa


Nevaba afuera. Pero adentro hacían 40 grados. No era la calefacción, era la fiebre. Tenía que ver hoy a las 16:00 la película en un teatro de la Karl Marx Avenue, al otro lado de la ciudad, en ese lugar que durante años se llamó Berlín Oriental. La entrevista con el director David Cronenberg sería al día siguiente a las 15.30, cuarto piso del Hotel Intercontinental, justo al lado del Zoológico de Berlín. Hoy vería eXistenZ, mañana tenía una cita de diez minutos, cara a cara, con Dios. Mienten los que dicen que Dios es brasileño; Dios es canadiense -o por lo menos lo era en 1999-.

Antes de salir me miré la cara de cadáver reflejada en el espejito del baño. Me sequé con la toalla el sudor que me llenaba el pelo y la frente. Me tomé dos cápsulas más para paliar la fiebre. No, dos eran pocas, mejor cuatro para curarnos de una vez –así que me empujé dos más-, vamos bajando que el taxi espera. La acera era un lodazal de nieve mal derretida, pedazos gruesos de sal, cañerías que respiraban vapores turbios. Llegué chapoteando hasta el taxi y cuando me lancé sobre el asiento casi me desmayo del esfuerzo. Me mantuvo consciente el chofer que hablaba como una radio echada a perder. “Perdone, señor, no hablo alemán”. “Yo hablo un poco de inglés” me dijo con impecable acento de niño británico que va en pantalones cortos y corbata a la escuela.

A los pocos minutos, viajando por una autopista a 180 KPH, comienza a oler a quemado. Me siento lo suficientemente animado como despegar los ojos del retrovisor por medio del cual converso con mi interlocutor, girar la cabeza y ver una generosa llamarada naranja que se levanta desde la parte posterior del auto. “Señor, disculpe, creo que nos estamos incendiando”. El hombre frena, busca el extintor, se baja azorado. Yo me quedo dentro, por una parte porque confío plenamente –no sé por qué- en que el tipo podrá apagar el fuego; pero fundamentalmente porque afuera hacen -20 grados y con las llamas la cabina se ha llenado de un calor sabroso. Casi una incubadora. Otro taxista se detiene, ayuda a controlar el fuego y se ofrece a llevarme hasta el final del trayecto. Yo sudo copiosamente, tengo como ganas de acostarme en el asiento. Qué raro es todo esto. Seguro y es la fiebre.

Llegamos al teatro, pago al taxista con pulso tembloroso, sudo a mares en medio de la nieve. Me pregunta si estoy bien. Le miento. Entro al edificio, y en cada escalón voy dejando un trozo de alma. Me dejo caer en una butaca de las últimas filas. Se apagan las luces y me hundo en el abrigo.

Yo no sé si ustedes han visto eXistenZ. Es una película rara a medio camino entre lo ridículo, lo grotesco y lo francamente sublime. Es -como casi todo el cine de Cronenberg- un híbrido entre la mamarrachada y la hermosura. Es algo que da un poco de asco, un poco de susto, un poco de risa, mucha confusión. A poca gente, a muy poca, le salen las cosas mal hechas tan bien como a Cronenberg. Yo ese día, estoy seguro, no vi la película. La aluciné. Me la creí como si alguien me hubiera desvelado una de las verdades más sólidas de la existencia. Y me pareció genial. Me sigue pareciendo, pero en aquel momento con el delirio de la fiebre yo era aún más vulnerable. El film me hizo mella.

En un punto de la película, el personaje que encarna Jude Law arma con los cartílagos de un anfibio mutante, al que se acaba de comer hasta chuparse los dedos, una pistola que no dispara balas sino muelas. Sin saber por qué, apunta el arma y le vuela la mitad de la cara al chino que atiende en el restaurante. Entonces, suelta la pistola, cae en cuenta de lo que ha hecho y grita: eXisteZ is paused! Y la existencia se congela. La vida queda en pausa durante varios segundos.

Yo creo que algo adentro se me arrugó. Y di las gracias.

Salí del cine aún alucinando y ya era de noche. Nevaba tanto que la nieve me llegaba a veces hasta la rodilla. Ni siquiera sabía dónde quedaba la calle porque no se veía. El efecto de las pastillas se había pasado, así que tenía un fiebrón de 40 grados mientras el termómetro de la farmacia titilaba un grueso -18º en rojo. No había carros, no se veía gente. Berlín Oriental estaba desierto, como si yo fuera la única persona viva en kilómetros a la redonda. Una figura oscura mal recortada en medio de la noche blanca. Sentí un profundo desamparo y pensé: “Coño, será que esto llega hasta aquí”. Y, como el personaje de eXistenZ, supliqué en ese instante que la vida se pusiera en pausa.

De la nada apareció un taxi viejo. Se detuvo delante de mí y se bajó en medio de la tormenta un hombre enorme de barba y turbante. Me habló en alemán. Yo ya no podía ni siquiera hablar en español. Dije el nombre del hotel y la calle, lo único que sabía y podía decir. Aquel hombre gigantesco me levantó en brazos como a un niño y me depositó en el asiento trasero. No logro recordar cómo llegué a la habitación, ni si le pagué la carrera al ángel extraño que esa noche me salvó la vida. Recuerdo que me desperté rodeado por mis colegas que me daban tesitos y sopas. Había un médico que garabateaba el récipe sobre la mesa de noche.

-Chamo, estabas delirando. Decías algo que no entendíamos y allí llamamos a un doctor.

Yo sí sabía lo que decía. Alguna vez lo he repetido en voz alta, creo. Pero jamás he logrado ponerle pausa otra vez.