martes, 25 de octubre de 2011

Breve manual para reconocer Mediocres con Ínfulas


Está Usted sentado en una reunión, rodeado de desconocidos, nadie habla, hay sonrisas nerviosas, la gente comienza a mirarse compulsivamente las uñas, los mensajes del celular, las puntas de los zapatos. Se le ocurre, para romper el hielo, hacer un comentario absolutamente absurdo e intrascendental: “Estoy contento porque hoy me enteré de que un amigo de la infancia, que es astronauta, fue escogido para tripular la próxima expedición del trasbordador espacial y se va a pasar tres días en órbita alrededor de la Tierra…”
Entonces, ineludiblemente romperá el silencio uno de sus interlocutores: “Ah, ¿pero tú quieres que te diga una vaina? Yo tengo un primo que se montó en ese aparato y me cuenta que es exactamente igual a un avión pero que vuela un pelo más alto”.

Listo, ya está, lo ha encontrado, se trata de un Mediocre con Ínfulas (MCI).

- El mediocre con ínfulas es un sujeto que está convencido de que las genialidades y las ideas (independientemente de su calibre, ya que suelen ser tan mediocres como su mismo autor) sólo se le pueden ocurrir a él.

- El MCI no se ríe de los chistes ni disfruta ni celebra las ocurrencias ajenas. El único que tiene derecho a ser gracioso o salir con alguna ocurrencia digna de admiración es él.

- El MCI se reconoce porque su naturaleza es paranoide. Está convencido de que todo el mundo está empeñado en robarle. Es el primero que grita ¡Plagio! cuando alguien sale con una idea similar a alguna de las suyas. Independientemente de que ésta sea una auténtica mamarrachada.

- Sin embargo, el MCI es un grandísimo dementor de las ideas y la energía vital ajena. Envidia desde los huesos aquello que a los demás se les da con toda naturalidad y que a él no le sale ni con el mayor de sus esfuerzos. Permanentemente tiene los radares encendidos para ver qué se roba de los demás y jamás dará crédito al verdadero autor. “Ya lo sabes, son estas genialidades que se me ocurren solamente a mí”.

- El mediocre con ínfulas suele encontrarse rodeado de otros mediocres con ínfulas. O de aspirantes a mediocres con ínfulas (MCIs en pleno desarrollo). O de mediocres de medio pelo (MCI homogéneos y absolutos). Lo importante es que lo adulen, porque tiene la necesidad inclemente de sentirse alabado más que respetado o querido.

- El MCI necesita –es el motor que mueve su vida y lo único que realmente anhela- ser exitoso. Padece de una sed desquiciante por el reconocimiento. “Es importantísimo que todos se den cuenta de lo genial que soy”; pero sobre todas las cosas: “es importantísimo que nadie se dé cuenta de lo mediocre que soy”.

- Los mediocres con ínfulas suelen ser animales corporativos perfectamente adaptados al medio. La jefatura y el liderazgo son conceptos con los que desean estar permanentemente asociados. Sin embargo, no se dejen engañar, los MCIs pululan también en los ambientes académicos, políticos e intelectuales. El mediocre con ínfulas, a la hora de la chiquita, cuando se siente amenazado, se comporta exactamente igual que una verdulera o un azote de barrio.

- Al MCI le molesta la inteligencia ajena. Porque los verdaderamente talentosos le hacen sombra. El mediocre con ínfulas no dudará en buscar aliados y en soltar a diestra y siniestra apelativos descalificativos contra el no-mediocre para que los demás no lleguen a darse cuenta de que hay alguien realmente más digno de atención que él.

- Sin embargo, no son pocos los MCIs que buscarán congraciarse con talentosos, intentarán integrarlos a como dé lugar a su círculo de adeptos. Es una manera de darse brillo con escapulario ajeno y también una forma de pordebajearlo (“Recuerda siempre que tú eres quien eres gracias a mí que soy tu padrino protector. Sin mí no serías, ni serás, nadie”).

- El mediocre con ínfulas es un individuo que sabe tres o cuatro cositas. Si lo sacas de su zona de confort hará lo imposible por devolver la conversación a su territorio. O desestimará la charla: “es que a mí las estupideces me aburren mortalmente”. Sin embargo, si rasguñas un poquito sobre su superficie aparentemente blindada te podrás percatar de que, en el fondo, estás lidiando con un recién vestido que se encandila todavía con los flashes de las fotos.

- El MCI, borracho de su propia soberbia, no respeta los oficios ni es capaz de asumir “yo no puedo hacer eso porque no tengo la menor idea o porque requiere de un talento del que yo carezco”. Para él, por ejemplo, hacer una película es una cosa sencillísima que él pudiera hacer perfectamente pero que no la ha hecho porque todavía no se lo ha planteado.

Ahora levante Usted la cabeza y mire a su alrededor. Allí está el mediocre con ínfulas queriendo ser protagonista una vez más y como siempre. Sí, es probable que sea su jefe, que sea un colega del trabajo, que sea un supuesto amigo (de esos que realmente no es amigo de nadie), que sea su profesor, su vecino o hasta un pariente (pobrecitos aquellos que tengan un familiar MCI, eso tiene que ser una verdadera tragedia). No cometa el error de ponerse a discutir con él ni a intentar desenmascararle. No tiene sentido, estos tipos se matan solitos sin ayuda externa. Simplemente vire los ojos con hastío imperceptible o ayúdese con un movimiento de cejas de esos que significan “pero qué carajo tan pajúo, por favor”. Nadie más se dará cuenta del gesto excepto él. O aproveche el instante en el que mediocre con ínfulas está en el clímax de su propia verborrea y levántese a ver si el perico se comió todo el alpiste. Nada le dolerá tantísimo en la médula ósea ni le resquebrajará la máscara como esos pequeños detalles en los que se percata: “Mierda, éste se dio cuenta ya de lo mediocre que soy”.

miércoles, 12 de octubre de 2011

El Deus ex machina del patetismo


Siempre he pensado que alguien debería tomarse la molestia de documentar, archivar y catalogar las imágenes más elocuentes que den testimonio del momento agudo de patetismo al que hemos sido condenados los venezolanos en los últimos años. Una especie de memoria audiovisual que guarde el registro (en fotografías, propagandas, carteles, videos y documentos radiofónicos) de este proceso crónico, prolongado y altamente esteticida que desde el gobierno chavista se ha dado a la tarea de promulgar el pésimo gusto por el peor gusto. Que quede documentado todo el espanto en audio y video, a manera de vacuna colectiva que nos cree anticuerpos y nos prohíba olvidar.

Hemos visto a Epifanio (este iluminado en permanente trance, víctima de una epifanía inagotable que se empeña en revelarle puras cosas chimbas) disfrazado de cholito, de pelotero, de santero, de bandera nacional, de comandante en jefe de un ejército tan glorioso como ficticio, también de futbolista (pero de la canarinha brasileña), de obrero, de hombre de negocios y, sobre todo, de anfitrión de un teletón nauseabundo donde se asume como un híbrido de Amador Bendayán mezclado con Mussolini, con el Chunior de Radio Rochela, con Gilberto Correa y con Fidel Castro.

Ah, y recientemente, muy importante, también lo vemos de muñecote. Imaginamos que porque algún asesor de imagen le recomendó, luego de un viaje a Disney World, que trasladar la idea del muñeco del Ratón Mickey a los códigos estéticos de la revolución quedaba bien fino y les iba a funcionar de maravilla.

En estos tiempos signados por eso que Lipovetsky llama la hiperpantalla global, la ventana al mundo de Venezuela se reduce cada vez más a la proyección abrumadora de una especie de saudade por unos años 60 que realmente no vivimos. Hemos heredado (y nos los pretenden inocular como si fuéramos personajes de La naranja mecánica sometidos a un método Ludovico aún más lamentable) una serie de códigos formales, discursivos y estéticos que son el perfecto legado de esa URSS que realmente siempre nos quedó bastante lejos. Una melancolía ficticia e impostada que añora el pasado cubano que jamás tuvimos. La hiperpantalla chavista se empecina en obligarnos a los venezolanos a asumir como propios y normales métodos propagandísticos que parecen clonados de la China Popular, de Corea del Norte o de Irán.

Bien sabemos que la construcción de eso que llamamos identidad –ya sea la personal o la colectiva- se caracteriza por un proceso de autoconstrucción en el que vamos constantemente absorbiendo retazos y referentes de aquello que nos va sirviendo de influencia. Todos somos, como personas y como sociedades, una suerte de Frankenstein que en cierto punto de madurez -gracias al criterio y al buen gusto que todos deberíamos cultivar- decide minimizar o rechazar algunos de sus fragmentos constitutivos (aquellos no enorgullecen) al tiempo que nos vamos apoderando o reconciliando con otros pedazos que sí queremos o aceptamos.

El punto es que quien se alimenta de basura acaba por convertirse en ella. Llegar a las puertas del 2012 identificándose con un modelo obsoleto, mustio y anacrónico dice mucho de la pobreza nutricional de los alimentos (food for thought pero también food for soul) con los que nos hemos atiborrado a lo largo de los años. Anhelar que el futuro se parezca a la ciudad ruina que hoy es La Habana es un acto de necedad, un ejercicio extremo de estupidez y una evidencia del mal gusto en su faceta más desmadrada.

El pecado de la soberbia que se traduce en patetismo debería ser castigado. El Deus ex machina, tarde o temprano, tal como ocurría en el teatro griego, aparece para poner las cosas en su lugar. El Doctor Frankenstein -una vez más y como siempre- es castigado por su propia criatura, víctima de su muñeco hecho a su imagen y semejanza. Y así se quedará congelado en la memoria, en transmisión en vivo y directo, ridiculizado por su propio patetismo, con los pantalanes arremangados a los tobillos y los interiorcitos al aire.

Por favor, respiren hondo, soporten estoicamente el bochornoso video y véanlo hasta el final para que comprueben que el Deus ex machina se asoma incluso en estos detalles.


martes, 4 de octubre de 2011

Historia de (casi) muerte

Era el último día de aquellas vacaciones en Chichiriviche y resulta que no teníamos plata para el peñero. O sí, pero entonces no nos quedaba para las cervezas y había que establecer prioridades. La madurez consiste en eso, en aprender a jerarquizar las cosas según su importancia. Lo bueno era que Nacho tenía un sunfish, una especie de velerito a escala con capacidad para un solo tripulante (y forzados dos) así que decidimos que bien acomodados cabíamos los cinco.

-Nacho, ¿tú crees que podemos llegar en tu sunfish hasta Varadero?

Nacho sacó cuentas, un cálculo similar al que se plantea irse en monopatín desde Manzanares hasta Montalbán, se sopló la nariz con el pañuelo que siempre llevaba encima –sí, aunque estuviera en traje de baño- y respondió pausadamente:

-Bueno… yo creo que lo podemos intentar.

Arrastramos entre los cinco el sunfish por la arena hasta la orilla. Nacho izó la vela anaranjada y nos hicimos a la mar con esa certeza que tiene uno a los 19 de que es inmortal. Había dos chalecos salvavidas solamente. Nacho se puso el suyo y, antes de que pudiéramos sortear el otro entre los cuatro, el Marciano se lo calzó, tiró de las cuerditas y encajó las clavijas.

No importaba. Insisto, éramos inmortales.

Varadero estaba lejos. Mucho más lejos de lo que habíamos imaginado. Navegábamos a contracorriente contra unas olas dignas de un surfista hawaiano; y cada vez que una lancha o un peñero nos pasaba por al lado el sunfish de Nacho se movía como un barco de papel puesto a navegar en las aguas del Guaire. Justo cuando íbamos por la mitad del trayecto y el agua nos cubría hasta las rodillas, Nacho, con la lentitud que le caracterizaba, nos dijo: “Nos estamos hundiendo, vamos a voltear el sunfish para sacarle el agua y luego nos volvemos a subir”. Yo miré hacia Cayo Pelón, calculé que estaríamos a unos 500 metros. Una distancia manejable, en caso de emergencia podía llegar nadando hasta su playa (o eso creía el optimista que me habita).

-Es importante que nos lancemos al agua los 5 al mismo tiempo –advirtió Nacho con gesto severo en la mano que sostenía el pañuelo-, tiene que ser a la cuenta de tres y saltamos…

Y no íbamos ni por el dos cuando el Marciano –presa del pánico, a pesar del chaleco- se lanzó. El sunfish perdió el equilibrio, el Cromañón logró saltar antes de volcarnos, de Nacho no supe nada, pero a la Perra (la Perra, a pesar del sobrenombre, es un tipo llamado Miguel) y a mí nos cayeron el mástil y la vela encima. Dicen que cuando uno está a punto de morir se le proyecta en la cabeza un tráiler con el resumen de la vida. Puedo jurarles que es mentira, yo lo que vi era todo azul y cuando trataba de sacar la cabeza a la superficie todo era naranja. La vela, como si fuera eterna, por más que nadara bajo el agua, por más que los pulmones se me reventaban por la falta de oxígeno, cuando quería salir a flote todo seguía siendo anaranjado vela. Hice un último esfuerzo, redacté a toda velocidad mi propio obituario, lo intenté una vez más. Salí a treinta centímetros del mástil, el mundo afuera era violeta. Todo violeta. Y cuando por fin los ojos se acostumbraron de nuevo a la vida pude apreciar la peculiarísima imagen de un tipo ahorcando a otro en alta mar. La Perra que estaba aprovechando su último aliento vital para arrebatárselo al Marciano a mano limpia. Yo quise gritar: “¡Coño, ahógalo que es más fácil!” pero los pulmones no me lo permitieron. Todos creyeron, hasta el sol de hoy, que ese gruñido ahogado que emití entre toses era para evitar un homicidio. Muy al contrario, el Marciano se lo merecía.

Logramos subirnos de nuevo al sunfish. Reanudamos el viaje. Los bañistas en Cayo Pelón nos señalaban con el dedo. Los ignoramos con la dignidad de quienes han salido airosos de un evento mortal. La indiscutible dignidad de los sobrevivientes.

Llegamos a Playa Varadero como Ulises desembarcando en Ítaca (con la misma pinta de náufragos, con 20 años más a cuestas, pero sin Penélopes que nos esperasen). Durante buenos minutos no dijimos nada. Subimos el sunfish hasta un montículo de arena donde la marea no pudiera alcanzarlo. Cruzamos la primera bahía, vimos con cochina envidia a un huevón (adjetivo que en venezolano aplica a todo aquel que anda con una mujer que ya le gustaría a uno tener) que retozaba en la playa con una diosa en microscópico bikini. Tenían montada una tienda de campaña y una cava llena de cosas deliciosas que también ya nos hubiera gustado a nosotros tener. Nos encaminamos a la segunda bahía de Varadero que es de las playas más hermosas del mundo. No sé si lo sigue siendo, quiero pensar que sí. En la memoria –independientemente del verbo en que uno la narre- las cosas son traídas del pasado para conjugarlas en un eterno presente. Nos zambullimos para correr las olas. Olas perfectas sobre la arena más perfecta jamás. Nos bañamos durante horas, todos menos La Perra, quien fiel a su condición canina optó por cavar un hueco en la arena, justo donde morían las olas, se desnudó y se apoderó de su propio charco particular.

Cuando el sol empezó a ocultarse y comenzaba a pegar el viento frío, decidimos volver a casa. Pasamos de nuevo por la primera bahía, frente a la tienda de campaña, los amantes se besaban con furia y él batallaba contra el nudo del pareo de la novia. No dijimos ni una palabra, miramos dignamente al horizonte (aunque con el rabillo puesto en la escena) y estoy seguro que todos compartimos un pensamiento jamás verbalizado: “Cuando yo sea grande ya verás”.

Mientras Nacho acomodaba la vela y ponía en vertical al mástil asesino, el Cromañón decidió subirse a una plataforma de cemento cercana al embarcadero. Se asomó con la punta de los pies, abrió los brazos, miró los cinco metros que le separaban del agua y saltó. Cuando se disponía a dar su segundo salto nos encontró a los otros cuatro esperando turno sobre la plataforma. Nos lanzamos una y otra vez. Nos inventamos mortales, saltos de espalda, tirabuzones. Sería al quinto salto cuando el Cromañón apareció con cara de horror primigenio (cosa que en su cara de hombre primitivo era aún más preocupante) y nos dijo: “Mejor nos vamos”. Consejo al que, por supuesto, decidimos hacer caso omiso.

Esperé a que los otros tres saltaran y cuando me quedé a solas con el Cromañón le pregunté qué había pasado, que por qué la cara de susto.

-Chamo, no te vayas a asomar en el hueco que hay debajo de la plataforma, es en serio, mejor nos vamos.

Me lancé por última vez y cuando salí del agua, por supuesto, lo primero que hice fue asomarme al hueco prohibido que el Crom me había advertido con tanto énfasis en no mirar. Se trataba de una alfombra gris, una especie de manta felpuda cuyos pelos húmedos ondulaban. Nunca había visto tantas ratas juntas. Tenían frío y dormitaban, apretadas unas contra otras, y empezaban a desperezarse lentamente.

-Vámonos de aquí ya –le dije con la piel erizada (y no por frío) a los otros cuatro.- Esta vaina está cundida de ratas.

-Mierda, qué asco.

-¿Será que le decimos a la parejita de la playa?

-Coño, ¿tú crees?

-Tienes razón, mejor no.

-Igual tienen su tienda de campaña.

-Mira que esas cosas se pueden malinterpretar.

El viaje de regreso, con la corriente a favor y el sol tibio ocultándose en el horizonte a nuestras espaldas, fue tranquilo y ligero. No hubo hundimientos ni necesidad de volcar al sunfish. Pelón estaba ya desierto. Navegamos en absoluto silencio, con esa tristeza que tienen siempre los últimos días de las vacaciones. Pero sobre todo con la silenciosa angustia por la suerte de los amantes de Varadero. Los pobres, como en aquel cuento de Cortázar, a esas horas y con la playa tomada.