martes, 23 de octubre de 2012

La vida en un matero



Hubo un tiempo en que fui gran amigo de un guayabo y de un árbol de aguacates. El guayabo fue mi gran compañero de juegos durante la infancia. Era un arquero formidable y podría jurar que tapó mis mejores boleas disparadas al ángulo imposible de la portería. El tipo movía las ramas, como si yo no me diera cuenta, y me negaba unos golazos de antología. Yo le mentaba la madre un poco pero nunca le guardé rencor, ni siquiera el día en que trepándome por sus ramas intenté pescar una guayaba enorme y el tipo cedió en la rama sobre la que estaba parado, se me rompió el suelo allá abajo, me corté el cuello en la caída y desde entonces cargo con una cicatriz que me acompaña hasta hoy. El aguacate, por su cuenta, era un flaco despelucado cuya semillota sembré un día en el jardín con la ayuda de papá. El arbolito germinó (a mí que ni los germinadores con caraotas del colegio se me dieron) y creció y creció hasta convertirse en cinco metros de flacura coronados con un despeluque verde. Pasaron los años y una vez, preocupado porque el tipo nada que daba ni un miserable aguacate, me acerqué a Angelito, el jardinero de casa, y le pregunté qué pasaba, si algo le podía echar al pana para que diera frutos. Angelito -con sus ojos azules, sus dientes con coronas de oro y su verbo impenetrable- me dijo: “Ay, Joseíto, es que ese aguacate es macho”. Y a mí la revelación no me cayó nada bien. Cómo coño iba a haber un aguacate macho, ¿eso existía?

Crecí, dejé de frecuentar el jardín de casa, y durante un buen tiempo no volví a hacerme amigo de ninguna mata más. Muy al contrario, me encargué de burlarme con saña de la gente que hablaba con las plantas, que las trataba como mascotas y se preocupaba por ellas. Me parecía una costumbre no sólo ridícula sino bastante deplorable. “Que se consigan un gato o un perro”. Hasta que llegué a mi apartamento en Barcelona y Laura, mi compañera de piso, se fue de viaje por dos meses y me dejó a cargo de sus plantas del balconcito. Dos criaturas de la especie de las malangas y de una personalidad bastante catalana: “te puedo querer mucho pero con mi cara de póquer y a una distancia prudencial”. Los primeros días se me olvidó por completo echarles agua, y fue por equivocación que salí una mañana con sol a la terracita y me las encontré aplastadas contra el suelo como lagartijas secas. Más por miedo a la reacción de Laura que por solidaridad con las malangas, corrí a regarlas y hasta me fui a un establecimiento de esos que venden abonos y vitaminas para plantas y me gasté los euros que no tenía en unos productos carísimos que me recomendó el vendedor. Se los puse en la tierra, les eché más agua y les dije: “por favor, reaccionen, que no saben en el peo que me voy a meter”. A la mañana siguiente habían resucitado y estaban como perros contentos con la lengua afuera y llevando sol. A partir de ese día fueron bautizadas como Malena y Mariela; y resultaron un par de malcomportadas voluptuosas que se orinaban de gusto cada vez que las regaba y les acariciaba las hojitas.

Al volver a Caracas me casé y juntos nos fuimos a vivir a una casita preciosa pero que quedaba donde se enchufa el sol. Y allí establecí un nexo prodigioso con Ofelia, un palo de Brasil que me regaló mi mujer y que tenía una melena como la de Medusa. Entonces me descubrí cierta tarde hablándole en voz alta a Ofelia y poniéndole música y con un trapito húmedo acicalándola hoja por hoja. Me dio un súbito ataque de vergüenza y agradecí al cielo no estar siendo observado; sin embargo  -a pesar de tener la cara toda roja- disimulé y seguí en mi tarea, no fuera cosa que Ofelia se llegara a dar cuenta. Cuando decidimos mudarnos de esa casa a un lugar más céntrico, Ofelia sufrió una lesión lamentable. Se partió la maceta donde estaba sembrada y perdió en un reguero de tierras y lombrices la mitad de la raíz. Nunca se recuperó del todo de ese accidente. A pesar de los cuidados intensivos y de reservarle el mejor lugar del balcón, Ofelia nunca volvería a ser la misma. Se fue marchitando de a poco, se le secaron los troncos y su melena de Medusa se derrumbó para siempre. Verla así resultaba una imagen demoledora, parecida un montón a la del fracaso.

Desde hace un par de años nos acompaña en casa Brunilda. Otro regalo de mi esposa, a ver si supero el guayabo por Ofelia. También tengo a dos cactus junto a mi escritorio que llevan respectivamente los nombres de Sancho y Pancho (un par de jodedores que aguantan lo que se les venga convencidos de su inmortalidad y mientras menos se les toque pues mucho mejor para ellos). Brunilda, por su parte, valga la incoherencia, es un palo de Brasil mexicana. Y estoy convencido de que decidió sumarse al movimiento gótico defeño. Tiene unas greñas como las de Robert Smith y cierta tendencia a la depresión. Si existiese tal cosa llamada biporalidad botánica estoy seguro de que Brunilda sería una paciente modelo; porque cuando la riegas y se pone eufórica se suma más bien al movimiento punk mexicano, se levanta entonces una colorida cresta de varios centímetros de altura y amenaza con reventar a pulso su maceta.

Hoy Brunilda amaneció triste, profundamente triste. Como una mujer a la que una tormenta le ha arruinado la permanente y además se ha soltado a llorar en mitad del aguacero. Está lánguida y consumida. La he regado con cariño, le he pasado su pañito húmedo por ese extraño peinado aplastado contra el tronco que decidió llevar esta mañana. La he cargado también hasta la ventana donde le pegue el sol y le he puesto su música. Y, para rematar, le he dicho en voz alta: “Coño, Brunilda, colabora. No sabes en el peo que me vas a meter”. Porque esta vez, estoy seguro, el lío no vendrá de afuera sino que me estallará por dentro.

miércoles, 17 de octubre de 2012

El agua de Branco



Octavos de final del mundial Italia 90, juegan en Turín Argentina contra Brasil. Minuto 80. Los brasileños han pegado varias del palo, han dominado el juego desde el pitazo inicial, tienen a la albiceleste maniatada y contra las cuerdas. La defensa argentina, su arquero Goycochea, el travesaño y la providencia se han encargado de edificar un verdadero milagro para que Brasil no vaya ganando a estas alturas por lo menos 3 a 0. En eso, Maradona, tobillo infiltrado y con la genialidad futbolística que le caracteriza, aventura un contragolpe, apenas un contragolpe luego de largos minutos sin pisar el terreno contrario, esquiva rivales con su zurda prodigiosa, surca el mediocampo y le hace un pase fabuloso a Claudio Caniggia quien se las ingenia para dejar regado en un mano a mano al portero Taffarel y dispara de zurda. Gol de Argentina. Brasil sigue insistiendo pero se acaba el tiempo y las fuerzas no alcanzan, suenan los tres silbatazos finales. Argentina pasa a cuartos de final y Brasil se queda en el camino.

Yo, en ese momento, me abrazo con mi madre en la mitad de la sala. Papá, silencioso, mira desde su poltrona con frustración y escepticismo. El viejo le ha ido a Brasil desde 1958. Nosotros hemos comenzado a simpatizar con la albiceleste veinte años más tarde.

Dejamos a Maradona festejando con sus compañeros de selección en el círculo central del estadio turinés. Es un momento épico, la imagen de los héroes de una gesta digna de La Résistance. Ellos aún no saben lo que ahora todos sabemos, a la vuelta de unos días llegarán a la final en Roma contra Alemania y la perderán 1 a 0 con un penalti marcado por Andreas Brehme.  

Aceleramos la película y hacemos pasar los años; ahora nos encontramos en la Venezuela de Chávez y en los tiempos universales de Youtube. Y entonces suben a la Red un video donde un Maradona envejecido e hinchado -ahora con tatuaje del Ché, decenas de kilos de sobrepeso, recuperado de las drogas en Cuba, pero ahora inoculado su cerebro por las toxinas típicas de la izquierda caviar- confiesa un detallito simbólico disfrazado de chiste. Entre carcajadas y con un vocabulario casi impenetrable cuenta lo que realmente pasó en ese juego contra Brasil en Italia 90. Y entonces nos enteramos que uno de los asistentes de la selección argentina, el aguatero que entraba a la cancha a repartir la hidratación cuando se atendía a algún jugador lesionado, tenía marcadas las botellas. Las que tenían tapa de cierto color eran de agua pura y esa era la que daban a beber a los albicelestes, pero las que tenían la tapita de tal color tenían un sedante en el líquido, y esa era la que gentilmente le ofrecían a los canarinhos cuando se acercaban a pedir agua. Todo esto con la complicidad del técnico argentino Salvador Bilardo y con el conocimiento de algunos jugadores de Argentina, entre ellos Maradona, que le advertía a sus compañeros: “no, de ese bidón no tomes, tomá del otro”. Quedan registradas para la historia las imágenes del momento en que Branco, uno de los pateadores más formidables de Brasil y del mundo, pide agua y le dan a beber una de esas botellas “pinchadas”. Sí, Argentina ganó y Brasil se quedó en el camino. Maradona se ríe de la gracia en una grosera autoalabanza a la viveza criolla. Palabras más, palabras menos: “Sí, vale, ganamos con trampita, pero que se jodan esos pendejos”. 

Ríe Maradona y ríe el entrevistador, algunos de los invitados al show –jugadores que participaron de la gesta aquel día- hacen una mueca que simula una sonrisa, pero el arquero argentino Goycochea, quien se está enterando de la gracia en este preciso instante mientras se encuentra sentado al lado de la voluminosa figura del Pelusa, no se ríe.

Hay chistes que no tienen gracia. Y victorias que tienen plomo en el ala. Lo sabe Goycochea y lo sabemos muchos que en aquel entonces celebramos el triunfo argentino y ahora nos sabe especialmente mal. Tan mal como a Branco.

Llegamos ahora al 7 de octubre venezolano de 2012. Día en que 8 millones y pico de venezolanos optan por dar una patente de corso a Hugo Chávez para que se atornille en la silla presidencial y así se prolonguen seis años más de lo mismo pero agudizado y peor. Un cheque al portador para que los catorce años de pésima gestión se conviertan en veinte. Y hay un grueso de los casi siete millones que no votaron por la opción de Chávez que han asumido una postura de “serenidad”, de “sabio balance” alimentado por los discursos de la autoayuda. Una cosa impostada que de un momento a otro amenazaría con pedirnos que nos abracemos todos como hermanos para entonar “We are the world, we are the children”. Nos quieren convencer de que estar tristes o francamente arrechos (sí, así en venezolano, porque uno se indigna en su propio idioma) no es lo correcto en estos momentos. Y está bien, no nos quedaremos cautivos en el mal rollo, surcaremos el duelo y pasaremos el trago amargo, reuniremos fuerzas y democráticamente volveremos a la lucha cuando de nuevo se presente otra oportunidad electoral; pero ahora mismo estamos confundidos, estamos tristes y estamos arrechos, es el momento para estarlo y es también nuestro derecho. Es más: es lo saludable y lo verdaderamente pertinente ahora mismo.

Porque hemos jugado un juego viciado y por supuesto lo hemos perdido (por ahora). Nos han encajado a rebanaditas un salchichón entero de pequeñas triquiñuelas, de zancadillas, de patadas a la espinilla que el árbitro y el mundo fingen no ver.  Un conglomerado de irregularidades, bien repartido y fragmentado en una nebulosa de zonas oscuras, que en conjunto conforman una trampa perfecta. Nos han dado a beber del bidón de Branco. Lo hicieron por medio de un REP plagado de anormalidades, con dobles y triples cedulados, por medio de un árbitro electoral que no es neutral, en lo absoluto, sino que más bien se comporta y se ha asumido como un ministerio de elecciones. Nos hicieron sorber todo el ventajismo y el abuso de poder, nos encajaron miles de votos de personas que no acudieron voluntariamente a sufragar pero que fueron generosamente “asistidos”  por personas adeptas al régimen que se encargaron de votar por ellos. En pocas horas, mientras motorizados rojitos intimidaban a la gente en los alrededores de los centros de votación y ante la silenciosa complicidad de los miembros del Plan República, sumaron más de un millón de votos cuando el 80% de las mesas estaban ya cerradas. No hablemos -ni por favor tengamos la ingenuidad o el descaro de desmentir- de los votos comprados a cualquier precio y por cualquier medio, del pánico que en muchos despertó la dichosa captahuellas a la que había que someterse justo en el instante previo a la votación, o de las múltiples sospechas que despierta este mentado sistema automatizado que ninguna otra democracia seria se digna a aplicar pero del que nos quieren convencer de ufanarnos. Tampoco hay necesidad de ahondar en esa maquinaria obscena y cargada de billetes del Estado puesta al servicio del “candidato-presidente-comandante-dueño-autoproclamado-de-Venezuela”, una maquinaria que no se detuvo en ningún instante y cuyo funcionamiento también fue observado con beneplácito y mutismo cómplice por el organismo electoral.

Hace pocos días conversábamos con una pareja de queridos amigos quienes también –como casi todos- se quedaron mascullando la derrota y acabaron cargados con más incertidumbres que respuestas luego de los resultados del domingo: “¿Qué vamos a hacer?, ¿qué podemos hacer? Si uno fuera un golpista se enrolaría en las fuerzas armadas para fraguar una conspiración desde dentro; pero no lo somos. Si uno fuera un adeco o un comunista de los de la vieja guardia en los tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez, se sumaría a la clandestinidad; pero no somos gente de armas ni queremos serlo. Así que nos resta exclusivamente ser demócratas y luchar con el único arma que tenemos: involucrarnos políticamente para apoyar a los nuestros y yendo a votar”. Que cada quien asuma su compromiso y su tarea, no queda otra, el tiempo de ser indiferente o apolítico ha quedado atrás. Demasiado atrás. Este juego es la final más importante que hemos jugado y aunque confiábamos ganarlo en buena lid nos toca encarar la prórroga y con el terreno inclinado. No nos estamos jugando la patria, como asegura la verborrea desquiciada de Chávez, literalmente nos estamos jugando la vida de nosotros y los nuestros. Saquen nada más la cuenta de los muertos que van en Venezuela desde que Chávez resultó reelecto e inmediatamente sabrán que lo de jugarse el pellejo no es una metáfora.

El 8 de octubre no fue un día feliz. No hablo sólo del ánimo de los opositores que perdimos la (in)justa electoral, me refiero a una sensación de duelo y confusión generalizada. No era, en lo absoluto, la fiesta que hubieran dado más de 8 millones de felices electores cuya opción resultó ganadora. No era, para nada, algo parecido a la fiesta que hubiéramos dado los otros 7 millones que perdimos de haber ganado. No se parecía ni siquiera a la fiesta que montaríamos (ojalá montemos) los venezolanos si llegamos a clasificar al mundial con la Vinotinto. No sé, será porque esta victoria se cocinó con el agua de Branco. O será porque aún somos más los Goycocheas (de bando y bando) que los Maradonas. En el fondo somos mayoría los que sabemos o intuimos que se trata de un triunfo con plomo en el ala.

Hace unos años Chávez sentenció, luego de perder en el proceso electoral de la enmienda constitucional (resultado que luego se las ingenió para trucar con sus malas mañas), que la victoria opositora era una “victoria de mierda”. Quizá la suya de este domingo 7 de octubre no fue de mierda, pero vaya que hiede y que la revolotean las moscas.

jueves, 4 de octubre de 2012

Instrucciones para sobrevivir en un proceso electoral venezolano (parte 2)



En el pasado capítulo (que es el mismo que éste, pero al ser extralargo lo picamos en dos) lo dejamos a usted desinflado en su sofá, echado frente al televisor, esperando a saber noticias de cómo iban las elecciones. Contando con el hecho de que usted lleva 12 horas despierto -y además han sido horas de trabajos voluntario-forzados-  sumado al hecho de que en la televisión no hacen otra cosa que retransmitir una y otra vez las imágenes de las largas colas para votar en Venezuela y en el resto del mundo: “esta ha sido una jornada histórica, una verdadera fiesta democrática en la que el pueblo venezolano ha demostrado al mundo su talante democrático…”, así como las imágenes (hasta cuándo) del momento en que votó esta mañana muy temprano el candidato tal (el mismo que usted ya conoce de sobra porque lo ha visto engordar durante 14 años de elecciones y menos mal que esta es la última vez porque ya su hinchada humanidad no cabe en el plano) y más tarde votó también su contrincante, el candidato cual (que menos mal que se acabó la campaña porque ese pobre hombre se ha mandado como 45 maratones seguidos en los últimos tres meses)… entonces usted cae fulminado, como si un dedo enorme le bajara los interruptores del cerebro.

Despertará con el televisor aún encendido y con las mismas imágenes siempre en loop que le darán la impresión de que no durmió ni cinco minutos; pero la luz que se cuela por la ventana le indicará que está cayendo ya la tarde y, en una medida directamente proporcional a la llegada de la noche, se está imponiendo una tensa calma que en algún momento amenazará con estallar como un hongo atómico si a alguien se le ocurre meterle un alfiler.

6.30 p.m. Se toma un café negro de esos que sólo sabe hacer su mamá, se despereza, se lava la cara y los dientes y se va a la calle a hablar con los vecinos a ver si con eso logra paliar la ansiedad.

6.45 p.m. El vecino que es su amigo -y prácticamente parte de la familia- lo invita a ver el conteo de los votos directamente en el centro de votación: “porque hay que estar pendientes, hay que cuidar todos y cada uno de los votos”. En el trayecto, haciendo alarde de sus dotes de gran conversador, su vecino le contagiará su euforia (sabiamente razonada, por demás) para convencerlo de que estamos ganando, que todo irá finalmente bien, que tiene datos de buena fuente que le manda no-sé-quién que está muy bien enchufado porque es amigo íntimo del candidato mengano y que le mandó un mensajito diciéndole que estamos ganamos aunque por escaso margen. En ese preciso momento usted nota con el rabillo del ojo que se acerca otro vecino, con el que usted sólo habla una o dos veces al año (precisamente los días de las elecciones) y a los pocos segundos de haberse integrado a la charla ya el recién llegado se encargó de desmontarles toda la contentura a su vecino y a usted. Que qué va, que él sí que tiene los datos que son y de las fuentes correctas, que esta vaina la perdimos de calle y que él tiene ya todo listo (lo tiene listo desde hace 20 elecciones pero ahora sí que va en serio) para irse para el carajo porque aquí “No future”, así en inglés.

7.00 p.m. Un absoluto desconocido, muy probablemente el gordo de vozarrón que lleva cosida al cerebro la gorra de los NY Yankees (a quien conocemos del capítulos anterior) ha estado rondando como un tigre al acecho y con la oreja parada, se suma entonces sin ser invitado a la conversación (porque los venezolanos somos así, nos sumamos a las charlas ajenas para soltar cosas como: “Eso que ustedes hablan no es tan así ¿Ustedes quieres que les diga una vaina? Pues que me enteré que ahora mismo está pasando tal cosa en no sé dónde y aquí lo que viene es PEO.”

7.30 p.m. Vuelto un trapo, “medibajo y cabitabundo”, decide regresarse a su casa. Usted les cuenta a su esposa y a su madre las malas nuevas. Ellas lo escucharán con cara de póquer y una vez haya acabado de soltar ese cúmulo de infestas tragedias criollas, le responderán con un simple: “¿Y tú te vas a creer todas esas barbaridades? Pareces pendejo”.  Punto. Fin de la conversación. Bien hecho.

8.00 p.m. Ha llegado la hora del carómetro. Porque los venezolanos, sobre todo en jornadas electorales, hemos desarrollado una especie de sexto sentido especializado en medir caras. Y en esa medición rostral que aplicamos a las personas que aparecen dando declaraciones en la tele somos además capaces de inferir cosas como: “la vaina está apretada”, “ganamos pero de vainita”, “perdimos (o ganamos) de calle”.

9.00 p.m. Su carómetro está empezando a fundirse, echa humo y chispazos. Ha cambiado, a ritmo esquizoide, unas 20 veces de opinión. Ganamos. No, perdimos. No, mentira, no sabemos. Bueno, sí sabemos pero no estamos claros. Coño, estamos claros en que no sabemos. Todos esos picos y valles se van alternando hasta el paroxismo y a veces ocurren incluso en simultáneo.

10.00 p.m. En vez de café le están trayendo ahora tazas y litros de infusiones de tilo, valeriana, pasiflora y flores de Bach. Su mujer ya no habla: reza. Usted masculla las groserías que se sabe más algunas nuevas que los nervios le ayudan a ensamblar. Debería anotarlas porque son especies de micropoemas escatológicos.

10.15 p.m. En la televisión -agotados de repetir una y otra vez las mismas cosas y las mismas imágenes y de hacer entrevistas punta roma a gente que no tiene absolutamente nada que decir- deciden entonces hacer un pase permanente para transmitir desde el Consejo Nacional Electoral en vivo y directo. El reportero encargado de cubrir el CNE luce un nudo de corbata lamentable, se le nota sudado y avejentado. Usted lo ha visto encanecer y quedarse progresivamente calvo a lo largo de los años (de las elecciones, perdón, que aquí el tiempo se mide en elecciones). Pero sobre todo hoy. Hoy ese pobre hombre ha perdido 5 años de vida en una sola jornada. El reportero no tiene nada que agregar porque realmente no está pasando nada. La noticia es que no hay noticias. En pocas palabras: que ahora mismo se está llevando a cabo el proceso de totalización en la sala de totalización y que lo que reina es una total incertidumbre y estamos todos vueltos un culo total.

10.30 p.m. La televisión se queda congelada en una toma en contrapicado de una baranda del CNE. Se espera que en cualquier momento salgan los rectores del CNE por detrás de esa baranda para dirigirse a la sala de prensa donde anunciarán los resultados. Pero nada que salen. Y no van a salir en un ratote.
Y en este punto, subconscientemente, los venezolanos entonces decidimos –sin siquiera sospecharlo- hacerle un homenaje a Empire, esa película de Andy Warhol de 8 horas de duración donde lo único que vemos es al Empire State de Nueva York durante una noche. Bueno, lo mismo, igualito, el mismo plano fijo donde no ocurre absolutamente nada pero esta vez en televisión y con el plano de una baranda del CNE. Los huesos de Warhol celebran en su tumba.

11.45 p.m. Su esposa ha caído rendida, en la calle no se escucha ni un alma, usted sigue hipnotizado frente al televisor mirando esa imagen fija de la baranda. Es la baranda más importante del mundo y la que más horas de transmisión tiene en el universo.

1.45 a.m. Ídem a la anterior.

2.15 a.m. Ídem a la anterior (pero usted tiene ahora 15 años más que hace 24 horas).

2.30 a.m. Finalmente el homenaje a Empire se ve interrumpido cuando salen los rectores del CNE de la sala de totalización y se encaminan hacia la sala de prensa para dar los resultados. La gente corre. Usted en ese momento tiene las manos sudadas, sufre de taquicardia combinada con arritmia, intenta despertar a su esposa pero el cerebro lo tiene desconectado del resto del cuerpo y no es capaz de articular palabra. Emite un gruñido como de gallo afónico y con eso logra despertarla. “¿Ya?, ¿qué pasó, quién ganó?”. Usted ni responde.

2.40 a.m. El futuro está encerrado literalmente en la pantalla. Aparecen sentados los rectores del CNE frente a un mesón lleno de micrófonos y en el centro de ellos se ubica Tibisay. Tibisay (con el perdón de todas las otras Tibisays de Venezuela y el resto del mundo) es la única Tibisay. Es como decir Ronaldo o Xavi o Raúl, puede haber millares en el planeta pero cuando uno se refiere a ellos se difumina la posibilidad de existencia de todos los demás. Bueno, es el momento de conocer a Tibisay. Y sobre todo de enfrentar el curiosísimo súperpoder del que goza Tibisay y que por lo visto no sirve para nada sino para producir estrés: Tibisay es capaz de convertir los números en palabras y las palabras en números. Y cuando uno la escucha jamás entiende absolutamente nada de lo que está diciendo, quizás, sobre todo, porque uno necesita entenderle en ese instante más que cualquier otra cosa en el mundo. Tibisay es capaz de decir en esos momentos cosas como: Hemos tenido una jornada electoral ejemplar con una asistencia a los centros de sufragio del ochenta y cuatro coma ciento treinta y siete porciento del padrón electoral, lo que significa unos diecisiete millones cuatrocientos veintidós mil ochocientos treinta y cuatro coma cincuenta y dos votantes y tres cuartos, y con una abstención del quince como veinticinco por ciento que significa un total de pájaro, aspirina, pañal, clorofila, ciclo butanol pero con error porcentual del más dos o menos dos porciento de los sufragantes que no votaron o que votaron a medias. Pausa para aplausos (nadie sabe por qué ni mucho menos qué es lo que aplaude). Tibisay se echa un trago de un líquido transparente que tiene en una copa junto al micrófono y que todos queremos pensar que es agua pero algunos aventuran que es vodka o ginebra o tequila blanco o anís. Y sigue con su extraño discurso: con una tendencia irreversible, después de haber sido escrutado el noventa y dos punto sesenta y ocho y piquito de los votos, donde el cuatro punto dieciocho provienen de los votantes que ejercieron su derecho en el extranjero y el restante noventa y tres punto noventa y dos pertenecen a especies no identificadas en la Tierra ni en Marte donde al parece hubo agua hace aproximadamente uno punto veinticinco millones de años fuertes…

Y en este momento ocurre una mentada de madre colectiva, a la madre de Tibisay, la pobre y a esas horas, donde el 100% de los venezolanos exclama: ¡El coño de tu madre, di ya quién ganó!

Tibisay se manda un nuevo trago de vodka, ginebra o quién sabe si agua, y finalmente dice, al final de esa catarata de números que nadie entiende mezclada con morcilla y chispas de chocolate, algo que medianamente se entiende: la opción ganadora es tal, la del candidato fulano.

3.00 a.m. Usted grita. De la felicidad o del desencanto, no sabemos. Lo que estamos seguros es que usted grita. Un grito que le brota desde las vísceras.

Ya es mañana y es otro día. Confiemos que uno mejor.