sábado, 4 de julio de 2009

A treasure


Me gustaba esa niña, sólo que aún no tenía idea. Nunca lo supe, hasta que un día compartimos el columpio. Nos sentamos frente a frente en la misma rueda de caucho, la única que quedaba libre en el parque, y mientras nos balanceábamos adelante y atrás nuestras rodillas se rozaron. Fue un poco raro pero vaya que se sentía bien. Allí supe que esa tal Verónica me gustaba un montón y que ojalá siempre quedara un único columpio libre para tener que compartirlo con ella.

Un año más tarde ya estábamos en primer grado, era un lunes y además de inseparables éramos ricos. Su padre le había dado una moneda de 5 bolívares y mi madre me había dado otro fuerte, idéntico, macizo y plateadísimo para que lo administrara exclusivamente en sándwiches de queso y jugos naturales. Con esa monedota uno comía en la cantina una semana entera y hasta sobraba para chocolates y helados (aunque estuviera prohibido).

Antes de la hora del recreo la llamé aparte y le mostré mi fortuna comprimida en el bolsillo. Ella me mostró la suya y decidimos, sin decir palabra, que no la podíamos malgastar en comida. Había que guardarla para más adelante, para una ocasión que valiera la pena. Durante el recreo nos apartamos del grupo, no comimos, no jugamos a la Ere, no hubo doy la piedra pero no la recibo. Nos fuimos al fondo del patio, al final de la cancha de voleibol y metimos las manos entre los huecos de la reja. A cuatro manos abrimos un hueco en la tierra, ella puso allí su moneda y yo la mía, muy juntas, rozándose las rodillas. Cubrimos ese tesoro de 10 bolívares a veinte dedos y dejamos una ramita clavada en la cima del montículo, como si fuera la tumba en miniatura de alguien importante.

No hubo en todo el año ocasión ni misión que ameritaran el desentierro de los dos fuertes. Siempre podíamos compartir el sándwich de queso, sorbernos el jugo de naranja a medias, partir a la mitad la barra de chocolate. Cualquier cosa, en caso de un apuro, eso seguía allí en su lugar secreto esperando turno.

Al año siguiente a Verónica la cambiaron de colegio o de país. No la volví a ver en mi vida y no tengo la menor idea de qué fue de la suya. Pero durante los once años siguientes que frecuenté esas canchas le pasaba por al lado a la tumba del tesoro y me le quedaba mirando de soslayo, sabiendo que seguía allí. Creo que incluso perdimos un par de juegos vitales de voleibol por mi culpa, por estar viendo hacia otro lado y pensando quién sabe en qué.

No he vuelto a pisar ese lugar en los últimos veinte años. Hasta hoy. Esta noche habrá reencuentro y habrá fiesta. Y tragos y risas y músicas y recuerdos de la época y forzosamente también habrá cantidades de cirugías reconstructivas -mentales y a toda velocidad- para adivinar quién carajo será esa persona tan cariñosa que lo saluda a uno, sepultado debajo de esas canas, de esa calva, de esas arrugas, de esa barriga, de veinte años de trote. Y en medio de todo eso, lo puedo jurar, pienso escapar a las canchas de voleibol sin que nadie lo note para cerciorarme de que el tesoro sigue allí, a buen resguardo, en su rinconcito secreto detrás de la reja.

Seguro que sí. A no ser que Verónica se me haya adelantado en un momento de necesidad.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Que cuento tan bonito. Seguirán enterradas las monedas , hoy en dia ,sin valor alguno , pero en tu historia de verdad o de ficción, se convierten en antiguedades de invalorable precio. Augusto Herrera.

Anónimo dijo...

¿Y, por fin, 20 años después seguía ahí? Seguro la Verónica se las llevó y algo a cambio te dejó.

Roccocuchi dijo...

si encuentras los diez bolívares.... me invitas un helado!!!

german dijo...

*esperando la segunda parte*

María Antonieta Arnal dijo...

Pasa por mi blog http://artetextilycomunidades.blogspot.com/ porque te di un premio por la calidad de tu trabajo.

Anónimo dijo...

Gracias porla generosidad de Maria Antonieta Arnal, con el blog de Oro, lo celebramos todos los admiradores y lectores de Jose. Guta gutarak, ( lo nuestro y los nuestros en vasco )

Anónimo dijo...

Jose, Que linda historia. Me encanto. Me uno a los que estan esperando la segunda parte
Un abrazo

Aquelarre Anónimo dijo...

Eres de los contadísimos hombres que recibo con tranquilidad en mi nueva casa. Cuando quieras.