martes, 28 de julio de 2009

Modestia del barbero


We hate It when our friends become succesful

Morrisey

Jim Morrisey, el mítico cantante de los Smiths, aseguraba ya de solista que “odiamos cuando nuestros amigos se hacen exitosos”. No sé si a Morrisey cuando escribió eso se lo carcomía la envidia ante la suerte ajena; creo que no, más bien se refería a lo detestables que se hacen algunos cuando la fama les toca a la puerta.


Yo he tenido suerte, porque la mayoría de mis amigos (cuando lo son de verdad) han seguido siendo en esencia los mismos tipos de siempre independientemente de lo destacados o de lo anónimos que les ha tocado ser hasta ahora. Y cuando la pegan del techo yo me alegro un montón, es como cuando un pana mete un gol y se acuerda de voltear al pedazo de banco donde estás tú sentado porque lo quiere celebrar contigo. Me doy por servido y le digo al de al lado: “el del golazo es amigo mío”. Cosa que le suele dar igual y más que igual al envidioso de al lado. Pero eso es problema suyo.


Mi amigo Héctor, quien se sentaba en el pupitre de al lado, a los 13 años me prestó dos cintas TDK de 90 minutos. En una de ellas había una cosa prodigiosa que me cambió el rumbo musical de la vida, uno tipos ahí llamados Depeche Mode –acabó siendo la banda favorita de mi madre de tanto que se la puse en una repetición de espiral disparada al infinito-. En la otra estaba grabado un concierto de U2 llamado Under a Blood Red Sky, una cosa que aún hoy cuando la escucho me hace volver inexorablemente a la adolescencia. Los escuché como si fueran lo último que tuviera el placer de oír en la vida. Los Depeche Mode aguantaron milagrosamente la rosca, pero a U2 se lo comieron los cabezales del reproductor y no hubo manera de regresar la cinta magnetofónica a su jaula plástica. Murió destripado, cualquier operación hubiera sido inútil y en extremo dolorosa. Yo me fui apenadísimo el lunes a clase a devolverle a Héctor sus Depeche Mode sanos y salvos pero también a darle el parte de guerra de los caídos de U2. A manera de desagravio le entregué un cassette virgen de 90 minutos (que me costó la mesada entera). Lo recibió sin decir una palabra, se lo guardó en el bolsillo y yo di por sentenciada a muerte la naciente alianza musical que nos estábamos armando.


Al día siguiente, en absoluto silencio y sin siquiera saludar, Héctor alargó el brazo y me puso sobre la tabla del pupitre el mismo cassette que yo le había entregado la mañana anterior. Venía grabado con una selección de todo lo mejor que tenía en su casa: “Vainas que te van a gustar” decía el lomo de la cinta escrito con su puño y letra. Y vaya que tenía razón.


Hace unos años supe que Héctor ahora, viviendo en Nueva York, trabajaba como productor, mezclador e ingeniero de sonido de artistas de la talla de David Bowie, de Lou Reed, de Philip Glass, de Björk, de Roger Waters, de Gustavo Cerati, de Michel Gondry (el cineasta que también es músico), entre otros. Que venían de todas partes del mundo a grabar sus discos con el venezolano Héctor Castillo. Le escribí para felicitarlo, la verdad es que me llenaba de un orgullo infantil que el panita del pupitre de al lado se codeara con esos monstruos y que hubiera llegado tan relejos. Recibí su respuesta al día siguiente, diciéndome que venía pronto, que desde ya quedáramos para unas cervezas, que tenía que contarme un par de anécdotas muy locas que le habían pasado con esa gente y al final esta perla que le dio especial sentido a todo: “Chamo, mi trabajo no es gran cosa, esto es igualito a ser barbero. Viene un tipo, se te sienta en la silla y te dice “yo quiero un corte de pelo que sea parado por arriba, bien cortito, casi rapado, por los lados; me dejas las greñas atrás y luego me pintas todas las puntas de plateado”. Y uno dice: “coño, se te va a ver horrible esa vaina, pero bueno… aquí estamos para eso”. Y al final le haces su corte de pelo a su gusto pero le intentas también poner algo de lo tuyo, un invento personal que le puede ir bien. No sé, una vaina que crees que le va a gustar”.


¿Has visto Morrisey? Qué mala suerte la tuya con eso amigotes.


Héctor Castillo con Cerati al fondo


lunes, 20 de julio de 2009

La hora más oscura


Siempre lo he dicho y moriré convencido de ello: yo escribo por una mentira. Por una mentira enorme y hermosa que me sembró papá cuando era niño. Me dijo: yo soy como el papá de Picasso que era un buen dibujante y le enseñó a Pablito a hacer sus primeros trazos; yo no seré Picasso, pero tú sí.

Qué cosa increíble, yo le creí; porque en esta vida uno tiene que aprender a creerse ciertas mentiras. Y el que no se las cree se muere de infelicidad o de incompetencia.

Mi padre nunca jugó al fútbol conmigo (o sí, una vez, pero lo hacía fatal y decidimos de mutuo y silencioso acuerdo mejor dejarlo de ese tamaño), no me llevó al estadio a ver a los Leones del Caracas, ni a Disney, ni a acampar. Y no me hizo falta nada de eso, porque mi padre me llevaba al cine, me leía y me hablaba; y lo hacía a tiempo completo como quien comparte de tú a tú con un igual. Y me contaba unas cosas insólitas, fantásticas, delirantes que yo nunca supe a ciencia cierta si eran inventos del viejo o eso de verdad había pasado. Estoy lleno de mentiras felices que se inventó para mí. Ser hijo de un buen padre que además es un artista es un regalo peligrosísimo. Una bendición cuyo peso llevaremos encima –para bien y para mal- la vida entera.

Cada noche nos tumbábamos en la cama para leer una hora antes de dormir. Entonces, de pronto interrumpía la lectura, se ponía el libro que me estaba leyendo sobre la barriga, tragaba saliva con un chasquido grueso y me decía: “Mira, chamo, allí por la ventana, mira aquella estrella que está allá. Seguro que allí en este momento hay un padre que le lee a su hijo y que de pronto se pondrá el libro sobre la barriga y le dirá a su cachorro: mira hijo, aquella estrella, seguro que allá viven un padre y su hijo, y que el papá le lee, y de pronto se pondrá el libro sobre la barriga para mostrarle la ventana, por donde se ve lejanísima esta estrella donde estamos tú y yo”. Y para mí ese paréntesis de ciencia ficción era también parte de Los tres mosqueteros, era un pedazo –sin hobbits ni elfos ni enanos ni orcos ni magos ni hombres- de El señor de los anillos, para mí el Cardenal Richelieu y el Conde de Montecristo para siempre vivirán también en ese planeta donde los padres les leen a sus hijos y juegan al mirar las estrellas.

Mi recuerdo de papá es el de un hombre apacible que estaba permanentemente leyendo o escribiendo, cuando no estaba hablando. Que hablar, para él, también era una forma de escribir relatos en el aire; le escribía a mi madre, le escribía a las muchachas, le escribía a los vecinos, a sus colegas, a sus alumnos, a sus hermanos y sobrinos. Y cuando el vegetal hablaba la gente se sonreía, como si estuvieran viendo una película o un acto de magia. Cuando ese hombre hablaba la realidad quedaba suspendida, el mundo entero se ponía fuera de foco y por unos instantes lo único que existía y que valía la pena era ese cuentote que estaba echando.

Y papá escribía, infatigable y permanentemente, no sólo en el aire, sino también sobre su tabla de escribir, tecleando luego sobre la máquina, más tarde en su computadora. Y yo pasaba por allí rebotando la pelota o con mis audífonos a toda pata y le daba un beso en la frente “que es donde los hijos besan a sus padres” –decía- y siempre había algo de qué hablar, siempre me contaba algo de lo que había escrito o investigado o leído o vivido. Luego, cuando me hice más grande, esas conversas iban con unas cervezas, a veces con un cigarro –“Chamo, ¿tú no tienes un Chester por allí?” Me preguntaba pasitico luego de enterarse de que fumaba a escondidas-. Así que fumábamos a escondidas los dos compartiendo un Belmont -al que él insistía en llamar “un Chester” Dios sabe por qué-. Y mientras yo me tomaba una cerveza él se tomaba tres. Y cuando yo iba por la cuarta ya estaba borrachín y él que llevaba diez estaba enterito y lúcido. Y yo conducía de vuelta a casa tratando de pisar siempre la línea punteada y así no salirme del carril y él me decía: “qué bueno que te tengo, chamo, estás manejando del carajo”.

Con el paso de los años la casa se nos fue llenando de libros, no sólo de los que compraba el viejo y los que nos compraba a nosotros, sino de libros que fue publicando. Libros que llevaban su nombre en el lomo. Libros de los que nadie o casi nadie dijo ni escribió jamás ni una palabra. Porque ser escritor en este país, como en tantos otros, por lo visto no consiste en hacerse un oficio de la escritura, no siempre es un asunto de literatura, a veces es también una cosa de cultivarse en las mañas del lobby. Es saber con quién tomarte el whisky, a quién palmearle la espalda, a quién escribirle una crítica favorable para que más tarde se acuerde de devolverte el favorcito. Es dejarse ver, tener el look de escritor, tomarse la foto al lado de los que son, cuidarse de ser asociado con estos y de declararse enemigos de aquellos. Y mi viejo no jugaba al fútbol -ya lo dije- ni tampoco al lobby. Él escribía porque creía en eso, porque si no escribía se moría de tristeza o le daba una embolia de tanta historia represada sin contar.

No escribió José Santos Urriola Muñoz para hacerse famoso, ni por el éxito, ni por los derechos de autor, ni por congraciarse con algunos para ganarse el desprecio de otros. Escribió de lo que le dio la gana, escribió de lo que necesitaba contar, e históricamente le supo a rábanos que lo consideraran un intelectual, un autor, un miembro de tal peña literaria o de tal grupo cultural. Y sus amigos de la librería El Gusano del Luz, con quien un par de veces al año se reunía para reírse y echarse unos tragos, no eran para él escritores ni intelectuales: eran amigos. Punto.

Ayer, en la primera página del cuerpo Ciudadanos de El Nacional, Milagros Socorro escribió un texto hermoso y necesario relacionado con los acontecimientos que se dieron a lugar en este país en esos tiempos en los que los astronautas del Apolo 11 pisaban la luna. Y en esas líneas su entrevistado, el Sr. Roberto Llovera-De Sola, mencionó que en 1969 se había publicado la novela “La hora más oscura”, la mejor del año, de un tal José Santos Urriola.

Es un bálsamo, una belleza maciza y luminosa, que cuarenta años luego de su publicación, quince años después de la muerte de Urriola Muñoz, alguien haya tenido la nobleza de saludarlo con un gesto de sombrero. La justicia poética existe, sigue existiendo en detalles sublimes, lo que pasa es que suele perderse entre tanta estupidez y tanta mamarrachada.

Perdonen ustedes tanta letra y tantas vueltas, cuando lo que yo venía aquí era a decir era algo tan simple: Gracias a Milagros Socorro, gracias a Roberto Llovera-De Sola; pero sobre todo gracias a Dios y a la vida que por un accidente sublime se les antojó hacerme hijo de ese hombre.


martes, 14 de julio de 2009

Respuestas sin respuesta


Seguro que a todos nos ha pasado y no sólo una vez en la vida. Nos quedamos con la mente en blanco, o con un aluvión de posibles respuestas atascadas en ese recorrido (a veces infinito o intransitable) que nos separa el cerebro de la lengua. Y uno se va del lugar rumiando todo lo no contestado, intentando ponerle orden al ruido a ver si algo inteligible se deja caer. Pero eso no pasa nunca, nunca nada cae. Pasan los segundos, pasan las calles, pasa la vida y uno todavía nada que encuentra algo sensato ni coherente ni atinado para replicar.

Las respuestas sin respuesta son como manchas en la memoria. Diminutos agujeros negros, lunares no del todo benignos. Paréntesis o lapsus que, aún años después, uno se engancha en el intento siempre estéril de rellenarlos con algo útil.

Yo tengo tres o cuatro. Y como no sé qué hacer con ellos pues los cuento a ver si compartiéndolos los logro ir exorcizando. Acaso lo que pretendo es lanzar una botella al mar a ver si se me la devuelven llena, buscando indagar si hay otros náufragos por allí con otros mensajes por embotellar. O tal vez lo que pretenda es algo similar a lo que intentaron hacer los tripulantes del Apolo 13 cuando presionaron el botón de la radio y lanzaron la plegaria: Houston, we have a problem (lo que quiere decir, en esencia: “Si no nos ayudan nos jodemos porque este lío no lo podemos solucionar aquí”).

Dicho esto, pues aquí les van:

1) El primer día de clases del quinto grado, en medio de una clase de matemática, me toca al hombro mi compañero del pupitre de al lado y me dice: “Chamo ¿cuál es el apellido de Lusinchi?”.
Llevo décadas buscando una respuesta lo suficientemente feliz.

2) Alguien me dijo que en una de las librerías de Centro Plaza vendían cómics, que los tenían escondidos en un rincón secreto. Fui y me pasé horas buscando en los lugares más insólitos. Nada. Me harté a la hora y media, busqué al librero -todo cara y actitud de librero de Centro Plaza-.
—Disculpe… ¿tienen cómics?
—No —respondió indignado y solemne el librero de Centro Plaza—. Aquí sólo vendemos libros.
Allí supe que la próxima vez tenía que preguntar en el Sepentarium del Parque del Este. O en una tienda de fumigación.

3) Ella quería fumar pero en ese bar, por lo visto, sólo vendían Marlboro y ella fumaba Belmont.
—Pregunta al mesonero a ver si tienen Belmont.
Pasó el mesonero.
—Señor, disculpe, ¿tiene Belmont?
—¿De limón o de durazno?
—No, señor ¿que si venden Belmont aquí?
—Bueno, por eso, que si de limón o de durazno.
Apenas se dio media vuelta ese hombre nos paramos y nos fuimos.

4) Yo dejé de ir a la panadería de la esquina porque la viejita que atendía era muy hablachenta y además hablaba un catalán muy parecido al finlandés antiguo. Y cuando hablaba castellano era muy parecido al finlandés actual. Yo no entendía nada y siempre acababa vendiéndome el pan que a ella se le ocurría. Descubrí otra panadería cerca, el pan era malo pero la panadera estaba buenísima. Yo señalaba con el dedo, como los carajitos que empiezan a hablar, porque los modelos de pan eran tan distintos a un canilla, a un campesino, a un pan sobado, a una acema, y además tenían nombres increíbles como chapata, payés, flauta, bazo, hogaza, morena, libreta, mollete y manolete. Y yo nunca supe quién era quién. Así que una mañana, después de tener a mi guapísima panadera dando tumbos por toda la panadería: “no, ése no, el de la izquierda, pero el de abajo, no tampoco, el que está justo al lado, no, pero del otro lado, ése que es largo pero no tan largo, el que tiene como la punta cuadrada pero punta roma”, me envolvió de mala gana la barra de pan en un papel y me lo lanzó sobre el mostrador.
—Oye perdona, qué nombre tiene este pan— aventuré
La tipa tomó impulso, moduló muy lentamente, con toda la boca y todos los dientes, como quien está enseñando a hablar español a un marciano muy bruto.
—Se llama PAN.
Pasé años comiendo un pan distinto cada día, a gusto y antojo de mi anciana panadera de la esquina; sosteníamos largas conversaciones donde yo no entendí nunca una sola frase entera. Ni ella a mí.

jueves, 9 de julio de 2009

A tres cuadras de aquí


Ese día, durante toda la mañana, estuvieron hablando de lo del sobrino de Ricardo, que al pobre lo habían matado para quitarle un BlackBerry. Y alguien, en medio de ese gallinero suelto, justo en esos momentos en que todos se callan y el susurro se convierte en un grito que irrumpe en el silencio, dijo: “¿Y cómo es que son esos perros?”.

Pero ése no es el cuento. El cuento es que ese mediodía me dio miedo ponerme los audífonos a todo vatio para superponerle a la banda sonora de Caracas mi propio soundtrack y así forzarme (y forjarme) una nueva película particular. Ese día pensé que la ruleta rusa en la que vivimos me iba a tocar por necesidad, que el ángel de la guarda me iba a decir: “Panita, lo lamento, pero yo estoy exhausto. Yo llego hasta aquí”. Y además me puse a pensar en algo que siempre me ha angustiado: cuál será la última canción que uno oirá en esta vida. Es decir, en qué y en quién estarás pensando cuando te toque. Morirse oyendo reggaeton tiene que ser un tipo de muerte. Y yo preferiría otra muerte.

El punto es que ese día me lancé a la calle sin los audífonos y gracias a ese detalle nimio no me perdí el cuento que presencié a unas tres cuadras de aquí.

Está un indigente metido de cabeza en un pipote de basura, literalmente clavado dentro del barril metálico con los pies pedaleando en el aire. Emerge de allí cubierto de muchas cosas y con dos trofeos en las manos: un vasito plástico con algo que hace varios días fue (quizás) jugo de piña (o de guanábana) y con los restos de una cosa parecida a un sándwich de chorizo (o tal vez pizza). Se los devora con un gusto increíble, le brillan los ojos y los dientes debajo de la maraña de pelos. Una señora sale en ese preciso instante de un restaurante con una bolsa en la mano. Se nota que es algo caliente metido en un envase de aluminio, acompañado de dos trozos de pan y una lata de refresco. La señora, deteniéndose a mi lado, se le queda viendo al hombre y se conmueve:

—Señor…. Señor… oiga, ¿no quiere comerse este pasticho?

El hombre, imperturbable, permanece con la mirada perdida en el vacío, apura el último trago y se relame el borde del vaso haciendo círculos con la lengua.

—Tome, señor, cómase este pastichito que está rico.

Hasta que el tipo finalmente se digna a girar la cabeza en dirección a la doña, se le queda viendo a la suculenta bolsita que le extiende y dice:

—No, vale ¡Que voy a estar comiendo yo esa mierda!

sábado, 4 de julio de 2009

A treasure


Me gustaba esa niña, sólo que aún no tenía idea. Nunca lo supe, hasta que un día compartimos el columpio. Nos sentamos frente a frente en la misma rueda de caucho, la única que quedaba libre en el parque, y mientras nos balanceábamos adelante y atrás nuestras rodillas se rozaron. Fue un poco raro pero vaya que se sentía bien. Allí supe que esa tal Verónica me gustaba un montón y que ojalá siempre quedara un único columpio libre para tener que compartirlo con ella.

Un año más tarde ya estábamos en primer grado, era un lunes y además de inseparables éramos ricos. Su padre le había dado una moneda de 5 bolívares y mi madre me había dado otro fuerte, idéntico, macizo y plateadísimo para que lo administrara exclusivamente en sándwiches de queso y jugos naturales. Con esa monedota uno comía en la cantina una semana entera y hasta sobraba para chocolates y helados (aunque estuviera prohibido).

Antes de la hora del recreo la llamé aparte y le mostré mi fortuna comprimida en el bolsillo. Ella me mostró la suya y decidimos, sin decir palabra, que no la podíamos malgastar en comida. Había que guardarla para más adelante, para una ocasión que valiera la pena. Durante el recreo nos apartamos del grupo, no comimos, no jugamos a la Ere, no hubo doy la piedra pero no la recibo. Nos fuimos al fondo del patio, al final de la cancha de voleibol y metimos las manos entre los huecos de la reja. A cuatro manos abrimos un hueco en la tierra, ella puso allí su moneda y yo la mía, muy juntas, rozándose las rodillas. Cubrimos ese tesoro de 10 bolívares a veinte dedos y dejamos una ramita clavada en la cima del montículo, como si fuera la tumba en miniatura de alguien importante.

No hubo en todo el año ocasión ni misión que ameritaran el desentierro de los dos fuertes. Siempre podíamos compartir el sándwich de queso, sorbernos el jugo de naranja a medias, partir a la mitad la barra de chocolate. Cualquier cosa, en caso de un apuro, eso seguía allí en su lugar secreto esperando turno.

Al año siguiente a Verónica la cambiaron de colegio o de país. No la volví a ver en mi vida y no tengo la menor idea de qué fue de la suya. Pero durante los once años siguientes que frecuenté esas canchas le pasaba por al lado a la tumba del tesoro y me le quedaba mirando de soslayo, sabiendo que seguía allí. Creo que incluso perdimos un par de juegos vitales de voleibol por mi culpa, por estar viendo hacia otro lado y pensando quién sabe en qué.

No he vuelto a pisar ese lugar en los últimos veinte años. Hasta hoy. Esta noche habrá reencuentro y habrá fiesta. Y tragos y risas y músicas y recuerdos de la época y forzosamente también habrá cantidades de cirugías reconstructivas -mentales y a toda velocidad- para adivinar quién carajo será esa persona tan cariñosa que lo saluda a uno, sepultado debajo de esas canas, de esa calva, de esas arrugas, de esa barriga, de veinte años de trote. Y en medio de todo eso, lo puedo jurar, pienso escapar a las canchas de voleibol sin que nadie lo note para cerciorarme de que el tesoro sigue allí, a buen resguardo, en su rinconcito secreto detrás de la reja.

Seguro que sí. A no ser que Verónica se me haya adelantado en un momento de necesidad.

miércoles, 1 de julio de 2009

Lo siento, Michael


Me voy a fusilar una frase que alguien dijo el día de la muerte de Michael Jackson: “siento más pena por su vida que por su muerte”. A quien quiera que la haya dicho: gracias, es usted brillante, permítame y lo suscribo.

Lo siento, Michael, pero no lo siento. No lo siento ni un poquito. Me siento hasta mal de tanta indiferencia que me provocas tanto en vida como en ausencia. Me da exactamente igual que no estés o que sigas estando o que estés pero en estadio de cocuyo mientras te haces mariposa.

Me reservo mi derecho a no participar. A quedarme, una vez más –ahora por decisión propia- al margen. No leeré las noticias sobre tus autopsias, ni las especulaciones de si te asesinaron, te suicidaste, te estás escondiendo en el mismo hueco que Marilyn y Elvis o si te abdujeron los extraterrestres. Una vez más, como dicen los catalanes: Tú mismo, me da igual.

No miraré tus funerales ni las ofrendas de los millones que te rinden culto. Cambiaré sistemáticamente y a toda conciencia el rumbo de las conversaciones cuando alguien te ponga sobre el tapete. No pienso volver a ver tu video de thriller (lo vi cuando tocaba y ya entonces me gustó poco y nada). No buscaré tu película de Moonwalker (te juro que viviré y moriré sin que eso jamás me secuestre dos horas de existencia). No pienso ver el homenaje de los 1500 presos filipinos que bailan la coreografía de Thriller en tu honor. No me parece gracioso ni curioso ni simpático -si te soy honesto me preocupa, me preocupa un montón que la gente le encuentre sentido a su vida a partir de la tuya-. Reconozco tu talento, cómo no, pero vaya qué talento tan mal canalizado, vaya música nefasta la que siempre hiciste, vaya manera de cantar, chillar y gemir tan espantosa (eso sí que era espeluznante). Bailabas bien (que a nadie se le quita lo bailado) pero eso se me parece a ponerle unas ventanas de ensueño a un edificio que arquitectónicamente es un bodrio y además se cae a pedazos por estar mal calculado.

Michael me has regalado muchos más momentos malos que buenos. Me has quitado mucho más de lo que me has dado. Tu obra me maltrata, me ahuyenta y me resta más de lo que me ha sumado. Y sin embargo no te guardo rencor, no me alegro en tu desgracia pero tampoco te echaré de menos. Así que te deseo bien, te deseo paz, buen viaje y vida eterna; pero también te deseo lejos. Ojalá te vayas a ese lugar luminoso y florido donde esperarás -y algún día compartirás eternamente- con Los Amigos Invisibles, el gordo de Guaco, Ricardo Montaner, Paul McCartney y Phil Collins.

Yo, que me obstino en creer y confiar en que la otra vida existe, estaré mientras en otra fiesta que queda en otro cielo; con David Bowie, con Sentimiento Muerto, con Klaus Nomi y con Robert Smith.

Michael Jackson, y allí no cabes tú.