miércoles, 7 de abril de 2010

El país de los gritones


Mi viejo aseguraba que la educación de la gente se medía por el volumen con el que hablaban en la mesa. Pocas cosas había para él más deleznables e irritantes que una gente que se hablara a los gritos en un sitio público. Como si necesitaran demostrarles a todos los demás que se están divirtiendo el doble, que son mucho más ocurrentes y dignos de atención que todos los otros pendejos a una cuadra a la redonda. La despreciable raza de los gritones, de los que se ríen o se enfurecen y sueltan barbaridades por una boca que no sabe, o se niega, a regular la cantidad decibeles que escupe a grifo abierto.

Los venezolanos nos hemos convertido en una raza de gritones. Somos como unos monos araguatos que queremos aullar más duro y más lejos que los demás. Que necesitamos hacer ruido y que se la calen. Llenarlo todo de volumen, de estridencia, de basura sónica. Así como algunos animales levantan la pata para marcar el territorio, nosotros abrimos la boca para decir sandeces a todo vatio.

Por eso el venezolano le ha cogido gusto a saludarse de una acera a la otra para que todo el mundo sepa que los saludantes son amigazos y que les da una emoción descomunal encontrarse en medio de la calle. O le ha dado por comentar con la novia la película que están viendo en el cine con el mismo volumen y el mismo desparpajo como si se tratara de un DVD que miran echados desde el sofá de la sala. El venezolano le impone a todos los compañeros de vagón del metro, en la hora pico, la música infesta que sale disparada desde su celular. O pone a vibrar a todos los carros circundantes de la cola, porque mi repro suena durísimo, tengo unas cornetas que te cagas y mi música es más digna de escucharse que esa cosita que oyen ustedes. Te grita el hombre que vende el kino mientras esquiva a los motorizados que tocan corneta, aúllan e insultan a todo gañote. Te gritan los comerciales desde la televisión porque si no te hablan mientras te despeinan juran que eso que venden nadie lo compra. Grita el funcionario para que le hagan una sola cola, ordenadita y pegada de la pared, a pleno sol, porque de lo contrario no habrá viejito que cobre su jubilación. Grita el asaltante porque en ese alarido de “te dije que te detente” ya tiene la mitad del robo asegurada (la otra mitad se la garantiza la pistola que te pone en la cabeza). Grita el que está apurado, el que necesita que te quites, porque eso que él tiene que hacer es muchísimo más importante que cualquier cosa que vayas a hacer tú; se abre paso a los gritos y si a gritos no te mueve pues lo hará a codo limpio él. Grita el presidente, a pesar de los micrófonos, a pesar del séquito de chupamedias que sólo están esperando a que deje de gritar para ponerse a aplaudir. Grita el diputado en una asamblea desierta donde cuatro gatos dormitan, hablan por teléfono o rematan caballos; grita mucho porque sabe que nadie le escucha, a nadie le interesa. Grita sobre todo porque sabe que eso que dice no le interesa ni se lo cree ni él mismo. Grita el candidato –qué cosa horrible, quién los enseñará a gritar así- porque está seguro de que a mayor cantidad de decibeles, mayor será el número de votantes que irán por él. Gritan los padres y gritan sus niños. Grita el maestro para imponer su grito sobre el de sus alumnos. Grita el soldado, grita más el comandante. El que manda grita más duro, nadie grita más fuerte que la autoridad. En este país la autoridad se impone a grito limpio.

Grita el que no tiene nada, porque lo único que tiene es ése grito. Si grita fuerte, a lo mejor, su alarido se convierte en algo.

Tal vez siempre hemos sido un país de gritones. No es nada nuevo, sólo que por un tiempo simulamos haber ganado un ápice de educación que ya se nos olvidó. Dicen que cuando el coronel Bolívar se ofreció de buena gana a poner preso al Generalísimo Francisco de Miranda -cosa que más tarde lo llevaría a La Carraca, de donde nunca más volvería ni se encontraría jamás su cuerpo-, Miranda, indignado y desencantado, le soltó a sus captores su máxima: «Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche».

Sí, hace doscientos años ya éramos lo mismo.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Urriola, y yo "GRITO", con tu permiso, mis felicitaciones por esta reflexión tan verdadera y dolorosa.Es cierto queremos imponernos a gritos a pesar de tener sistemas muy eficientes y amplificadores de sonido. Pero nunca me habia fijado en que esto es casi una constante en nuestro fenotipo, como diría mi vieja profesora de biologia,ja,ja. C.Casano

El Público dijo...

(susurro) Los chilenos hablabamos bajito y nos reíamos de los porteños que hablaban fuerte, hasta que nos dijeron que macroeconómicamente nos perfilabamos bien y teníamos más plata que los demás, ahí se nos salió todo lo maleducados-wannabe que nos corre por la sangre, de los Santiaguinos sobre todo.

Hans Graf dijo...

Chamo, tal cual...el otro día me cuenta una amiga que la convocan al colegio. La maestra solicitó una reunion ya que FULANIITO (el hijo de mi amiga) le habia "faltado el respeto". Cuando están reunidos y la maestra revela (como quien tiene un gran descubrimiento por ofrecer al mundo o una noticia de última hora) la frase de la discordia, resulta ser que FULANITO, que tiene 9 años lo único que le dijo a la Maestra fue que por favor no le gritara que si ella queria pedirle algo a él o regañarlo por alguna cosa, que lo hiciera, pero sin gritar. Esto lo dijo el chamo por instrucciones de su madre. ¿Esa es la falta de respeto?, preguntó el director...acto seguido, ofreció disculpas a la madre convocada y se imaginan los demás asistentes al conclave que a puerta cerrada le explicaron a la maestra que la falta de respeto era de parte de ella al gritarle a los chamos...en fin...

María Antonieta Arnal dijo...

La agresividad y la violencia en que vivimos nos ha llevado a eso: a gritar para que nos oigan. Por eso, lo que queda es ser comprensivos y solidarios con los que nos rodean.

Ophir Alviárez dijo...

Es demasiado triste, tanta realidad parece increíble, da pena. Te leo y me duelo, me duelo desde la impotencia de ese grito que se muere sin irrumpir porque es mi intención -quizás vana- domarlo para aportar un granito a lo movedizo de nuestras arenas.

Gracias como siempre.

Ophir

Adriana dijo...

si, yo detesto los gritos tambien
y el volumen de la television a todo volumen, y al musica a todo volumen.

tal vez fue por es que me fui y habito ahora en un lugar silencioso

linterna roja dijo...

Existen silencios dentro del ruido más bestial y espantoso que puedas imaginar, sólo hay que saber buscarlos o eso dicen.

Besos

Manuela Zárate dijo...

Yo tengo mucho gañote. Y a veces se me va la mano. Es lo peor de mí. Debe ser porque no tengo en mí ni gota de otro país. Y mira que busqué a ver si así fuese de Chipre me sacaba un pasaporte. Sí. Somos unos gritones. Hasta que te topas con unos chinos y los quieres mandar a callar.
Me encantó este post.

Manuela Zárate dijo...

Me encantó este post. Una verdad del tamaño de una casa. Y te lo digo yo que tengo un gañote que mantener bajo control. De verdad. Y me da pena a veces. Además me recuerda a mi amiga argentina que cuando vino a Caracas se quedó espantada por el corneteo. La agresividad.

Evelyn9107 dijo...

Ayer descubrí tu blog, gracias al link que dejo un pana.
Ya he leido 6 post, y me atrevo a decir que tu blog es del carajo y me encanta. Me haces reir y reflexionar. Hacer reir no es fácil, y lo otro mucho menos.

Beto dijo...

Bueno, creo que es el tercer post tuyo que leo y puedo decir que sé que encontraré más entradas de calidad jaja.

Esta reflexión creo que nos la hemos hecho muchos venezolanos. Yo me fui del país hace cuatro años, y aquí en Valencia-España la colonia venezolana es más pequeña de lo que podría ser en Madrid por ejemplo.

Pero el mes pasado fuimos a ver a los Amigos invisbles aquí en la ciudad y fue como una cita entre latinos, (más venezolanos que otra cosa claro) y uno de los puntos de conversación con mis primos y hermanos era sobre el griterío que se tenían montado en la cola hacia la entrada. Había una chama en especial que, de pana...se hacia insoportable al oído porque tenia esa combinación terrible de: Voz de pito, agudos imposibles y la necesidad de elevar la voz....

Nuestra conclusión fue certera: Si estos son venezolanos!

PD: Los españoles también gritan bastante...y sobre todo en el metro.

Anónimo dijo...

Yo no soy venezolana, soy vasca, y este tema me interesa bastante. No se si es la edad, pero de un tiempo a esta parte le doy bastante importancia a mi manera de expresarme, ya que es el medio que tengo para dirigirme a los demas.

Yo creo que todo el mundo tiene varios registros de voz, y cada uno somos capaces de controlar el tono y la forma de hablar, pero no en todas las circunstancias. Tampoco seria natural que todos los millones de personas del mundo esstarian obligados a hablar sin sobrepasar "un nivel determinado de decibelios", no me parece logico. Y si estas muy contento po algo? O muy enfadado? Reprimir los sentimientos no es algo bueno.

Estoy de acuerdo en que hay personas que hablan siempre como chillando, y eso tampoco es natural. Hay que darse de cuenta siempre de la influencia que ejercemos en los demas al expresarnos, de forma que nos podamos amoldar a las circunstancias.

En mi caso, en el seno familiar mis padres y mi hermana chillan bastante. Y mas que chillar, tienen la necesidad de hablar constantemente. Durante mi adolescencia yo tuve una fase de patito feo, a la que se junto la sensacion de que yo no tenia valor para mi familia, porque no hablaba tanto ni tan fuert como ellos.

Siendo mas adulta me doy cuenta de que yo tambien he utilizado un tono bastante alto para hablar tanto en el seno familiar (cuando estaba endafafa) como fuera de casa. Depende de la gente con la que te encuentres y de la quimica del momento, NO ES cUESTION DE EDUCACIOn. Es mas bien cuestion de la capacidad de autocontrol, y esta a su vez depende del grado de nerviosismo-tranquilidad de la persona. Asi que en el fondo yo diria que las personas que mas se autocontrolan, son las menos susceptibles a las circunstancias, o las mas insensibles, como prefirais llamarlo. Aunque los gritones tienen fama de ser brutos, en el fondo tienen mayor sensibilidad, po eso al ponerse nerviosos en un entorno hostil, o en un entorno demasiado familiar, tienen tendencia a expresar sus emociones mas alto.

Anónimo dijo...

Hay gente que habla muy bajito y en un aparente tono dulce, pero el contenido de sus palabras puede ser una grave falta de respeto.

No suelo discriminar a nadie por su tono de voz, porque eso seria como discriminar por cualquier otro motivo absurdo (sexo, religion, etc.), pero tengo que reconocer que las personas que mas perjuicio me han causado en esta vida no han sido obligatoriamente de las mas gritonas, si no todo lo contrario, de las que van a la chita callando.

Un saludo!!

Omar dijo...

Y fíjate, mientras intento escribir mi comentario, alguien grita...

Interesante reflexión, que nos atañe profundamente como país.

Sigo tu espacio y dejo mi saludo, también mirandino (tuyero).