jueves, 2 de diciembre de 2010

Tragedia del arbolito, Episodio II: Pascuita


Esa tarde de diciembre mi papá llegó especialmente eufórico a casa y, desanudándose el nudo de la corbata celeste combinada a la perfección con un traje del mismo color, gritó desde la puerta: “Tengo un amigo botánico de la universidad que me dice que la Pascuita es el verdadero arbolito de navidad venezolano”.
Y a nosotros cuatro, a pesar de que no teníamos la menor idea de lo que era una Pascuita (la ignorancia es feliz, dicen), ya la idea nos sonó bastante mal. Terrible.
24 horas más tarde estábamos subidos los cinco en el Dodge Coronet verde oliva, rumbo a la Universidad Simón Bolívar, mamá al volante, papá cantando y tamborileando los dedos contra el marco de la puerta del copiloto, mis hermanas flanqueándome -Amanda a mi derecha y la Negra a mi izquierda-. Yo iba atrás y en el medio, como siempre (porque cuando uno es el menor y el único varón cae inmediatamente y sin derecho a pataleo en la categoría “pendejo al que hay que someter hasta que sea más fuerte que nosotras”), haciendo precario equilibrio para mantenerme en mi puestico y sin espacio para las piernas (quién habrá diseñado el turullo ése que tienen los carros para que nadie se pueda sentar en el centro del asiento de atrás) y maquinando cómo algún día, cuando fuera más grande, iba a dar un golpe de estado y nunca más iban a condenarme al puesto del medio y entonces mis hermanas se iban a tener que turnar a ver quién le tocaba ese infiernito central y además no les iba a permitir que pusieran las piernas de mi lado, se me echan para allá las dos que no cabemos y mosca que yo pego duro…
Y en eso, cuando estaba terminando de darle los toques finales a mi plan para el golpe de estado fraternal (una cosa bellísima donde hasta estaba calculando exactamente la cantidad de centímetros a los que iba a reducir a mis dos hermanas), mi papá interrumpió con una exclamación: “Allí está el profesor Aristiguieta con nuestra Pascuita”. Y, acto seguido, mirando en la dirección en la que apuntaba el índice del vegetal, vemos a un pana con pinta de botánico, el prototipo del botánico de la Simón Bolívar, vestido de botánico, con barba y anteojos de botánico, que sostiene como a una novia a un arbusto verde con flores amarillas, una cosa triste y raquítica (el arbusto, el botánico no tanto), doblada como un flaco al que le acaban de caer a coñazos entre cuatro. Y el vegetal se baja del carro, abraza a su compinche con mutuas palmadas en la espalda, le da las instrucciones para que meta a esa cosa llamada Pascuita en la maleta de nuestro Coronet verde oliva, gracias, feliz navidad, y nos vamos a casa con ese cadáver encerrado atrás.
El vegetal iba por esas curvas que no cabía de contento. Desde el puesto del copiloto el tipo iba dictando una clase magistral disparada contra el parabrisas sobre todo lo que su amigote el botánico le había enseñado sobre la Pascuita; que su nombre científico era el Euphorbia leucocephala (qué fuerte, tengo varias neuronas cautivas aferradas a ese recuerdo), que era un arbusto que alcanzaba los 2 metros de altura, que florecía de blanco o amarillo por la época de navidad, que tú lo pintabas de blanco utilizando una mezcla de no sé qué vaina con otra vaina (la receta la llevaba en el bolsillo delantero de la camisa, dobladita en cuatro, escrita con la letra del botánico) y que cuando la tenías ya pintada la sembrabas en una maceta y le colgabas las bolas de navidad y las luces del arbolito. Como si fuera un pino, pero criollo.
Mientras tanto nosotros, allá atrás, estábamos asfixiados por el inconfundible olor de la maleza. Aquella vaina era monte, del que pica, del que da urticaria, del que te entra por la nariz y te llena de pelitos que comienzan a irritarte la nariz, el cerebro, la garganta, las piernas, la barriga. Coño de la madre, lo que llevábamos eran dos metros de pica-pica comprimidos en la maleta.
Llegamos a casa y entonces mi papá dijo: “Vamos a armar el arbolito de navidad”.
Tengo que hacer un paréntesis en este momento para una aclaratoria: las primeras personas del plural de mi papá eran las construcciones verbales más curiosas que se hayan conocido en la historia de este idioma. “Vamos a armar el arbolito” significaba que él se iba a buscar un taburete de la cocina, se iba a sentar en medio de la sala y desde allí –brazos cruzados sobre la barriga o reposando contra los muslos- iba a girar todas las instrucciones para que nosotros las ejecutáramos al pie de la letra. Es decir: él conjugaba todos los verbos en nosotros pero las acciones las hacen ustedes, los demás.
“Vamos a quitarles las hojas secas a la Pascuita” (que eran como el 90%). “Vamos a recogerlas en esta bolsa negra y vamos a sacarlas a la basura” (yo les arrimo con la punta del pie la bolsa negra, no se preocupen, mira, se te están quedando varias hojitas allí debajo de la mesa del televisor, agáchate bien, chico, flojo trabaja doble). “Vamos a ir preparando la mezcla para pintarla” (Margot, ponle más harina y bájale el fuego y remueve con cuchara de palo y ahora haz algo para que se enfríe rápido). “Vamos a pintarla con la brocha” (Esa no, la otra que es más delgada. Así no, chico, de arriba para abajo, lento, con cuidado, coño estás llenando todo el piso de pintura ¡te estoy diciendo que así!). “Vamos a sembrarla en la maceta” (si cargan la bolsa entre todos es más fácil y no hacemos tanto reguero, ¿no?). “Y ahora le ponemos las bolitas y las luces” (Negrín, póngame esa que es azul más arriba y a la izquierda, más arriba, sí, chica, ahí. Vamos, Popiet, ahora con las luces, más arriba, más arriba, dale la vuelta, otra más, muévete, chico, móntate en un taburete y ayuda a tu hermana). “¿Vieron qué bonito nos quedó nuestro arbolito criollo?”.
Pero la verdad es que aquella vaina era lo más cercano a un perro callejero disfrazado con smoking. Era como una mantis religiosa pero en liquilique. Además, olía a maleza. Como si la casa hubiera sido súbitamente invadida por los matorrales, las enredaderas y las alimañas después de varios años de abandono. Y además nos picaba todo, aquello era un festival de mocos y estornudos y pieles irritadas y ganas de lanzarse en una piscina.
Pasamos toda la noche a punta de antialérgico y conatos de asma. Al día siguiente la Pascuita amaneció con lumbago. O con apendicitis. Estaba doblada por la mitad, como tocándose el hígado, con todas las ramas apuntando al suelo. No aguantó ni un día. Creo que ni siquiera supo lo que era llevar las luces prendidas (nadie quiso encendérselas, la verdad). Lo único que la mantenía en pie era la maceta enorme en la que estaba clavada hasta las rodillas.
“Chico, esta vaina como que se marchitó”, me dijo el vegetal. “Ayúdame a sacarla para que se la lleve el aseo”. Y, claro, ya sabemos cómo se conjuga y cómo se ejecuta eso.
Cuando mis hermanas y mi mamá se levantaron y vieron el cadáver de la Pascuita sobre la acera, lista para ser llevada a su última morada, había algo en sus ojos parecido un montón al alivio. Yo diría que a la felicidad. Perdimos pero ganamos.
No sé cómo funciona la memoria. Cómo es que, a veces, ese recuerdo de algo que nos indignó acaba convertido en una cosa entrañable, en melancolía de la sabrosa o en carcajada. Esos misterios por los que uno acaba reconociéndose, sobre todo, en las cicatrices. Quién sabe por qué voltereta mágica del destino uno termina oyendo la palabra Pascuita y se le detona la risa al tiempo que nerviosamente necesita rascarse la base del cuello.

11 comentarios:

norellex dijo...

La Pascuitaaaaaaaaaaaaaa...
Tu si que eres un escritor de verdad, de esos que se leen aunque no sepas leer...
Vi la pelicula completicaaaaaaaa, el hecho de que estuc¡vieras en el puesto del medio, el peor puesto de todos, me hizo literalmete morirme de la risa, cuando era pequeña y viajamos con los primos era un trauma quedarse atrapado en ese puesto maquiavelico, mientras los demas iban, cual perro, con la cabeza afuera y haciendo figuritas con la mano...
Eres increible, sigo siendo adicta a tus relatos, no tengo remedio...

Feliz Navidad (pero con un enorme arbolito)

Anónimo dijo...

Nos alegras estos d{ias tristes y lluviosos, gracias por tus recuerdos familiares, son un regalo.

Anónimo dijo...

Que bueno mi chamo querido, que sabroso es leerte! En tus palabras revivo cada momento, en medio de la risa, me embarga la nostalgia: la llegada de la navidad en la casita de La Boyera y nuestra batalla silenciosa por el arbolito.
A mis 43 años veo a Luisito y pienso en la camioneta llena de arbolitos que ya habia vendido. Cuando miro hacia los cerros llenos de Pascuita, casi lloro de la risa al pensar en el arbol de navidad más feo del mundo jajajaja algo inimaginable, nunca visto!
Trata de recordar el episodio del pino caribe.

Maria D. Torres dijo...

Jajajajajaja, demasiado bien escrito, José!!
El tururo en el piso de los carros en la parte de atrás! el cadáver en la maleta del carro y la mata con apendicitis. Por no dejar el de la primera persona del plural, muy usado en mi familia también, pero ahora el que lo usa es mi hijo menor. "Deberíamos cocinar más variado" cuando nunca pone una olla en la hornilla y vivimos solamente él y yo en casa ahora. Eres mi escritor favorito. Definitivamente. Como dijo Norellex, uno se hace adicto a tus relatos.

Señorita Cometa dijo...

too much! esperaba con ansias la segunda parte del cuento! que bueno te quedó!ojalá que este año consigas aunque sea una rama de pino caribe para ponerla en la sala de tu casa! Feliz Navidad!

the goddamn devil dijo...

ehm te lo estoy diciendo...
tu padre estaba haciendo esas cosas a proposito, como que a el le hicieron lo mismo de muchacho y por eso odia a los arbolitos verdad???
igual yo de vaina montare el nacimiento este año
saludos demasiado bueno... ah y yo tambien estuve atascado en ese puesto del medio en la parte de tras de un carro

Angel Rivero dijo...

Genial todas tus historias, yo por mi parte voy admirando a tu “vegetal”, por el uso de la intransigencia que forma, por enseñarlos a oponerse al oso “malo” a decir sin importar el tamaño …mi cochito no, papi… que bueno tus navidades sin arbolito y con padre y mejor que nos las cuentas.
Feliz Navidad con un abrazo…!

PD: Ojala cómo en las guerras de las galaxias, haya un episodio 0...

Anónimo dijo...

Felicitaciones , esos genes literarios del vegetal, repotenciados en el "osezno" de su hijo.

María Antonieta Arnal dijo...

Muy bueno y cómico. Feliz Navidad.

Anónimo dijo...

Hola, muy interesante el articulo, felicitaciones desde Colombia!

Anónimo dijo...

Muchos saludos, muy interesante el post, espero que sigas actualizandolo!