lunes, 9 de mayo de 2011

La salud de los enfermos (y la señal de los perdidos)



Ricardo Piglia comentaba en su visita a Caracas, hace unos tres años, que las lecturas que nos han marcado la vida no son sólo aquellas que recordamos per se, sino que también nos vienen asociadas en la memoria con un conjunto de recuerdos del contexto del momento en que las leíamos. Recordamos, sí, lo leído y cómo nos hacía sentir esa lectura, pero también recordamos la escena de dónde leíamos, qué nos pasaba en ese momento (más allá de los límites del libro), qué música escuchábamos, a quien frecuentábamos. Nos acordamos, en fin, no solo de la lectura que nos marcó, sino que tenemos una visión, una escena casi palpable, desde afuera de nosotros mismos. Somos a veces capaces de recordarnos en el acto de la lectura, como si la película –muy rara vez- fuéramos capaces de filmarla desde afuera, no con cámara subjetiva sino una cámara colocada fuera del encuadre con el que solemos percibir el mundo.

Tengo, sin embargo, una memoria de lectura que no tiene que ver con el momento en que leí. Una memoria de lectura que, más que muchos libros que me dejaron huella, contribuyó a ponerme aquí frente a esta máquina a intentar contar lo que pasó.

Resulta que los 18 tuve la alucinada convicción (azuzada por los orientadores vocacionales de la escuela donde me gradué de bachiller y también por mi propio padre) de que quería ser ingeniero. Así que presenté el examen de admisión de la UCAB para convertirme en estudiante de Ingeniera Industrial. Y así pasé todo un año convenciéndome –a pesar de todo: de los maestros, de las notas y, sobre todo, a pesar de mí mismo- estudiando cosas insólitas como análisis matemático (el I, repetido dos veces), geometría descriptiva (I y II), dos químicas, un dibujo técnico (debo tener el registro mundial de la peor calificación obtenida jamás en la materia) y dos lógicas (con las que intenté lidiar con toda mi ilógica posible). Cuando cumplí 19 de lo que estaba convencido era de mi absoluta, rotunda e incuestionable brutalidad.

Me saqué, durante aquel año de espanto, en la escala del 20: varios 02, un 03 gordísimo (acompañado por una nota en tinta roja que decía: llega a los resultados siguiendo un procedimiento totalmente incorrecto), un par de 05 (que les juro que para mí, justo al salir de los exámenes, no bajaban del 15 porque “había salido buenísimo”) y algunos onces y treces mediocrísimos pero que me permitieron inscribirme en el próximo semestre de inmolación industrial.

El último día de clases salí de la universidad en mi Chevette plateado matrículas XLH 281 y en el tráfico inmisericorde (tan inmisericorde como mis profesores de análisis matemático y geometría descriptiva) que me atrapó desde la recta de Montalbán hasta la estatua de María Lionza cabalgando su danta (cabalgar una danta es una belleza, por cierto) yo venía pensando en cómo demonios le iba a decir a mi papá que ni de vaina yo me inscribiría en el tercer semestre de ingeniería. Que estaba de acuerdo en que me desheredara, me quitara el apellido, que me dijera que en los Urriola los brutos y los cobardes estaban prohibidos. Lo aceptaba todo, excepto seguir empeñándome (sobre todo con los peñones con los que me estaba dando de cabezazos) en ser ingeniero. Que lo aceptara, yo quería estudiar letras o comunicación, pero yo no iba a ser ingeniero jamás (y si acaso lo iba a ser, garantizaba desde ya el derrumbamiento de todos los puentes en los que estuviera involucrado y la fusión de todas las máquinas con las que tuviera contacto de por vida).

Entonces levanté la mirada sobre el volante, miré la silueta del Ávila al fondo y exclamé en voz alta, con una especie de maullido que me salió desde el fondo del estómago comprimido en el formato de una ciruela pasa, “Dios mío, dame una señal”. Una señal que me dijera que era el momento para enfrentarse al vegetal y meterle una de las decepciones más estrepitosas de su vida. Y en eso el cassette que venía oyendo en el reproductor del carrito, seguramente con algo de Depeche Mode o The Smiths, llegó a su fin. Y pasó lo que siempre pasaba cuando la cinta llegaba a su fin en ese reproductor que sólo tenía un botón para expulsar la cinta o para adelantarla: se encendía la radio, la misma que no escuchaba jamás.

La verdad yo estaba esperando una señal distinta: que se viera la luna roja, que surcara la bóveda celeste una estrella fugaz (a pesar de ser las 4 de la tarde), que se me apareciera el fantasma de mi abuelita en el puesto del copiloto, algo de eso. Pero no, lo que sonaba era la radio. Simplemente. La radio donde un tipo con acento argentino, erres arrastradas y voz cavernosa de fumador crónico recitaba algo desde la única bocina delantera del Chevette.

Algo que decía así:

“–Ahora podrán descansar –dijo mamá–. Ya no les daremos más trabajo.

Tío Roque iba a protestar, a decir algo, pero Carlos se le acercó y le apretó violentamente el hombro. Mamá se perdía poco a poco en una modorra, y era mejor no molestarla.

Tres días después del entierro llegó la última carta de Alejandro, donde como siempre preguntaba por la salud de mamá y de tía Clelia. Rosa, que la había recibido, la abrió y empezó a leerla sin pensar, y cuando levantó la vista porque de golpe las lágrimas la cegaban, se dio cuenta de que mientras la leía había estado pensando en cómo habría que darle a Alejandro la noticia de la muerte de mamá.”

El hombre tosió, sonaron los papeles que tenía en la mano. Hubo un silencio y luego la voz de la locutora de la Emisora Cultural de Caracas: “Acabamos de escuchar La salud de los enfermos en la voz de su autor, el escritor Julio Cortázar”.

Recordé entonces que ya había leído el cuento a los 15. Que papá me lo había marcado entre otros, con un asterisco en el índice, en su libro con los cuentos completos de Cortázar que él mismo había forrado con papel marrón (imitación de madera con la que se forraban los cuadernos de 5to grado). Recordé que el cuento no me había gustado especialmente; no era para nada de mis favoritos, que me quedaba más bien con La señorita Cora, con Omnibús, con Una Flor Amarilla, con Cartas a una señorita en París, con Axolotl o con la Noche bocarriba.

Pero yo había pedido una señal para saber qué hacer con mi vida y La salud de los enfermos me había dado la bengala para perdidos que estaba necesitando para armarme de valor y hablar con papá.

Llegué a casa y se lo solté todo. Papá se acomodó los lentes sobre la nariz y me dijo: “Estudiar una carrera que a uno no le gusta es como estar casado con una mujer a la que uno no quiere”.

Nunca más he vuelto a leer ese cuento de Cortázar. Imagino que aparecerá él solito la próxima vez que necesite una señal que me saque del hoyo para lanzarme dentro de otro nuevo. Y la verdad, pensando en lo que decía Piglia, no quiero que ninguna memoria de lector me suplante ésta que me regaló la vida.

No conseguí “La salud de los enfermos”, pero aquí les dejo “Me caigo y me levanto” en la voz de Julio Cortázar.

16 comentarios:

claudia dijo...

Buenísimo. De dónde será que vienen las señales, será que uno encuentra siempre lo que quiere encontar.

Verónica Cento dijo...

Un texto sumamente emotivo, José.
Esos sucesos para algunos serán una simple casualidad, pero realmente algo sucede; pareciera que un mecanismo comienza a rodar, a movilizar cosas. Me gusta creer que el universo hace las paces con uno, que nos permite girar las cuerdas hacia otro lado. Sólo por esta vez. A mí me han pasado este tipo de cosas...

Saludos.

Angel Rivero dijo...

Dios que bueno que en aquellos tiempos no había cadenas o por lo menos no tantas, porque las probabilidades ahora de que prendamos la radio y consigamos la trasmisión tipo novela de la película El planeta de los simios en vez de a Cortázar son muy altas, jeje… y gracias Julio donde quiera que estés por orientarnos el muchacho, no lleva perdida.
Saludos

La Perfecta dijo...

Escuché la voz de Cortázar después de haber leído muchísimos de sus cuentos y la Rayuela en su versión lineal, la otra no la he leído todavía, y cada cierto tiempo alguien me recuerda que está por ahí grabada en decenas de videos que gente maravillosa ha subido a la red.
Hoy, más que decirte que leo siempre este blog y que me encanta encontrar coincidencias con los autores que escojo, quiero darte las gracias por traerme de nuevo a la voz de Julito.

Anónimo dijo...

Qué cosas más bonitas nos cuentas. Siempre.
Gracias por compartirlas.

Anónimo dijo...

He oido al Padre Christian Díaz de mi parroquia, que Jesús pasa cerca y no lo vemos, El utilizó sus instrumentos, la radio, Cortázar y tu vegetal, que te dió el consejo adecuado y oportuno, Gracias entonces a todos ellos por que sino estarías "casado con la carrera equivocada", y no estaríamos leyéndote en este momento.

Jose Urriola dijo...

Claudia: Muchas veces uno acaba por encontrar lo que quiere encontrar (incluso donde realmente no está). Pero a veces son las cosas las que lo encuentran a uno y si uno no está atento a las señales pues se pierde la vida. Gracias por leer y comentar. Un abrazo.

Verónica: Yo creo que Jung (quien cayó durante muchos años en el desprestigio y la burla) no estaba tan equivocado con sus sincronismos jungianos. A veces el mecanismo se engrana solito para avisarle a uno que vas por el camino que es. No sé, yo a Jung le tengo mucho más cariño que a Freud (creo que sus mentiras me gustan más). Un abrazo y gracias por la visita.

Ángel: Yo creo que ese accidente sublime que me lanzó a Cortázar en la radio en vez de a Chávez rodando la nueva película de la saga del Planeta de los Simios (en tiempo real y sin que muchos se hayan dado cuenta) es lo que me salvó de no lanzarme directo al Guaire en mi viejo chevette gris.

La Perfecta: Gracias a tu comentario he recordado un episodio donde, por otro accidente del destino (no me tocaba a mí hacer ese documental, pero la productora encargada se enfermó y me tocó asumirme como bateador emergente) acabé en París en el 2001 durante un mes con los viejos amigos. La vida y la muerte de Cortázar y la manera en que lo recordaban sus amigos era como un cuento de Cortázar, una cosa de otro mundo que nunca me he sentado a escribir pero que asumiré el compromiso de ponerlo en blanco y negro 10 años después. Un abrazo

Gracias a ti, mi querida Anónima, por tu gentil comentario. Y por compartir.

Anónima 2: Y gracias también a usted, porque sin su apoyo nada hubiera podido domar al vegetal jamás. La mitad de todo lo bueno es obra suya (por lo menos)

Adriana: Te pasaste... qué cosa tan bonita eso que me dices. Usted también es una de mis señales. Ya lo decía Gandhi: la amistad es una flor extraña, aún más rara que el amor. Besos y abrazos (para ti y para Fede)

JU

María Antonieta Arnal dijo...

A veces uno se empeña en hacer algo que no es lo que uno debe ser. Pero menos mal, que al final encontraste tu camino y lo haces muy bien. Sigue así.

Jose Urriola dijo...

Queridos todos:
Como ya algunos de ustedes sabrán hubouna falla de mantenimiento en la plataforma de blogger (digamos que uno de los robots de google sufría de resaca) y eso ha borrado en todas partes del mundo algunos blogs, muchas entradas, la mayoría de los comentarios recientes. Así que vuelvo a colgar este comentario que era dirigido a ustedes:

Claudia: Muchas veces uno acaba por encontrar lo que quiere encontrar (incluso donde realmente no está). Pero a veces son las cosas las que lo encuentran a uno y si uno no está atento a las señales pues se pierde la vida. Gracias por leer y comentar. Un abrazo.

Verónica: Yo creo que Jung (quien cayó durante muchos años en el desprestigio y la burla) no estaba tan equivocado con sus sincronismos jungianos. A veces el mecanismo se engrana solito para avisarle a uno que vas por el camino que es. No sé, yo a Jung le tengo mucho más cariño que a Freud (creo que sus mentiras me gustan más). Un abrazo y gracias por la visita.

Ángel: Yo creo que ese accidente sublime que me lanzó a Cortázar en la radio en vez de a Chávez rodando la nueva película de la saga del Planeta de los Simios (en tiempo real y sin que muchos se hayan dado cuenta) es lo que me salvó de no lanzarme directo al Guaire en mi viejo chevette gris.

La Perfecta: Gracias a tu comentario he recordado un episodio donde, por otro accidente del destino (no me tocaba a mí hacer ese documental, pero la productora encargada se enfermó y me tocó asumirme como bateador emergente) acabé en París en el 2001 durante un mes con los viejos amigos. La vida y la muerte de Cortázar y la manera en que lo recordaban sus amigos era como un cuento de Cortázar, una cosa de otro mundo que nunca me he sentado a escribir pero que asumiré el compromiso de ponerlo en blanco y negro 10 años después. Un abrazo

Gracias a ti, mi querida Anónima, por tu gentil comentario. Y por compartir.

Anónima 2: Y gracias también a usted, porque sin su apoyo nada hubiera podido domar al vegetal jamás. La mitad de todo lo bueno es obra suya (por lo menos)

Adriana: Te pasaste... qué cosa tan bonita eso que me dices. Usted también es una de mis señales. Ya lo decía Gandhi: la amistad es una flor extraña, aún más rara que el amor. Besos y abrazos (para ti y para Fede)

Toña: Gracias a ese accidente sublime pudimos coincidir en el mismo salón y compartir amistades un tiempo después. Muchas gracias por tus comentarios y consejos.

Un abrazo

JU

adriana bertorelli p. dijo...

me contenta saber que tú seas parte de mis señales.

Verónica Cento dijo...

Hace unos años hicieron una película en Argentina llamada "Mentiras piadosas", la cual está basada en el cuento de Julito "La salud de los enfermos". Y por ahí leí que también tiene cosas de "Casa tomada". La verdad que la descubrí hace poco, así que tampoco pude verla. Estoy justamente buscándola en el fantástico gogole. Ojalá que valga la pena.

Saludos, José.

the goddamn devil dijo...

"Me saqué, durante aquel año de espanto, en la escala del 20: varios 02, un 03 gordísimo (acompañado por una nota en tinta roja que decía: llega a los resultados siguiendo un procedimiento totalmente incorrecto), un par de 05 (que les juro que para mí, justo al salir de los exámenes, no bajaban del 15 porque “había salido buenísimo”) y algunos onces y treces mediocrísimos pero que me permitieron inscribirme en el próximo semestre de inmolación industrial."

jajajajajajaja no sabes cuanto me he identificado con esto mister Urriola, yo sufri lo mismo pero en la Simon cuando en un examente saque 2 de 35, y bueno el mundo no se acabo...
pero es bueno que haya sonado ese cuento, tu sabes las señales mas exquisitas salen de donde uno menos se lo espera cuando uno mas lo necesita...
muchos saludos mister, sencillamente sublime...

Jose Urriola dijo...

Verónica, estaré pendiente de Mentiras piadosas, no tenía idea de su existencia. En la UCAB han hecho un par de tesis donde adaptan Casa Tomada, pero la verdad es que no las he visto. Gracias por las recomendaciones.

Ernesto: Yo aprendí tarde aquello de que la inteligencia era específica, por lo que uno se puede sorprender de los vastos universos donde uno llega a ser un absoluto ignorante sin ningún tipo de redención (porque ni que te expliquen durante años, nada, no ves luz). Un gran abrazo y gracias por el comentario.

Anónimo dijo...

José, como siempre, un texto muy sentido, cercano y verdadero. Inmediatamente me planteé la actualidad de lo dicho por Piglia en estos momentos de email, blogger y páginas web. La inquietud no duró mucho: pude recordar la primera vez que azarosamente llegué a tu blog, como así también la hermosa metáfora que siempre me acompaña "rostros en el viento".
No dejés de escribir!
Pablo

Jose Urriola dijo...

Pablo, qué comentario tan gentil, muchísimas gracias. Un honor. Va un abrazo

Anónimo dijo...

Esa frase del viejo la he utilizado unas 72000 veces...Me la dijo cuando quise cambiarme de Relaciones Industriales (que estudie uno o dos meses)a no sabia que entonces. Me sugirio que me inscribiera en Educacion Ciencias Sociales porque asi no perderia el tiempo y por lo menos me quedaria cultura general...