jueves, 2 de junio de 2011

Autómatas


Asegura Patrick J. Gyger en su introducción a “El rival de Prometeo, Vida de autómatas ilustres” que durante los siglos XVII y XVIII la filosofía y la tecnología se hermanaron en una armonía sin parangón. Se popularizó entonces la idea de que Dios era sinónimo del Gran Relojero y que el cuerpo humano no era otra cosa que un inmenso reloj: El hombre máquina.

En este contexto de Artes imbricadas con las Ciencias (cosa tan tristemente infrecuente en nuestros tiempos digitales) apareció en 1738 el flautista de Jaques de Vaucanson que tocaba varias tonadas en su flauta traversa como si se tratara de un músico profesional. Un mágico engranaje de poleas, válvulas y pesas que reproducía el mecanismo de pulmones, laringe, labios, lengua y dedos y que era capaz de “hacer música”. Un año más tarde el mismo Vaucanson fascinaría al mundo con un segundo autómata: “un pato artificial de cobre dorado que puede beber, comer, graznar, chapotear, digerir y defecar de la misma manera en que lo haría un pato vivo”. Al pato de Vaucanson, inclusive, se le podía dar un grano de maíz en el pico, que agradecía con frenético aleteo, se lo tragaba y al cabo de unas vueltas lo expulsaba, ya procesado y convertido en material fecal, por el agujero posterior ubicado bajo su cola. Por cierto que Vaucanson hizo trampa y nunca lo explicó, años más tarde se descubrió que el maíz caía realmente en un compartimiento secreto y eso activaba un sistema que abría otro compartimiento donde se liberaban las supuestas “heces” del pato; pero quién duda que en todo acto mágico siempre hay un truco secreto.

Son famosos también autómatas como el jugador de ajedrez de Von Kelpem (capaz de ganarle la partida a jugadores insignes en 1769) y el androide escritor de Pierre y Henri-Louis Jaquet-Droz el cual, entre otras frases que escribe incluye la de “Pienso, luego existo”. Eso fue en la década de 1770 y el robot sigue escribiendo hoy día en un museo de Suiza.

El escritor de ciencia ficción Philip K. Dick (quien al final de sus días aseguró no ser humano) sostuvo en una oportunidad: “Algún día un ser humano podrá despedazar a un robot salido directamente de una fábrica de General Electric y, para su enorme sorpresa, lo verá llorar y sangrar. Y el robot moribundo podrá a su vez despedazar al hombre y, también para su gran sorpresa, verá un humillo gris que sale de la bomba eléctrica que anida allí donde por sentido común debería estar el corazón del hombre. Será sin duda un gran momento de verdad para ambos”. Valga una mención al hecho de que Philip K. Dick murió en 1982 y no tuvo la suerte de conocer al androide que en el año 2005 le construyó en su honor, imagen y semejanza la Hanson Robotics.

La literatura de los últimos siglos está plagada de estos modernos prometeos (o rivales de Prometeo) que se toman la licencia de dar vida a criaturas a partir de la mecánica y de la manipulación de los relojes de la exitencia. Por lo general, ya lo sabemos, los Frankensteins acaban por rebelarse y hacer justicia divina, porque el pecado de la soberbia, ese empecinamiento por robar el fuego de los dioses para dárselo a la criatura creada, debe ser castigado en las propias manos de la creación. Pero lo que resulta especialmente fascinante en estas historias de Autómatas y Rivales de Prometeo es que el creador siempre acaba enamorándose de su obra. Y esa fascinación entre creador y criatura se fundamenta en un juego de semejanzas y diferencias. Nos enamoramos de nuestra creación porque se asemeja a nosotros, pero al mismo tiempo reconocemos en ella una diferencia: no es exactamente igual a nosotros ni tampoco es idéntica a esa imagen mental que teníamos de ella a la hora de concebirla. Dicen algunos teóricos que lo que nos gusta es que se nos parezcan pero lo que verdaderamente nos embruja y nos hace perder la cabeza son las diferencias.

Miro entonces al mundo que nos ha tocado, tan olvidado de esas posibilidades de hermandad entre ciencias y artes para producir magia; este planeta sin autómatas (o al menos no los autómatas que nos fascinaron y que nos prometían) y pienso que los autómatas sí que existen, lo que pasa es que son otros y son distintos. El futuro que llegó no es el que esperábamos y los autómatas no pudieron escapar a esta realidad que nos hizo habitantes de otra distopía, distinta a la que concibieron los autores de la ciencia ficción. El Prometeo Contemporáneo crea avatares a diario, se los construye para jugar en videojuegos, en juegos de rol o para forjarse una presencia en Second Life; pero sobre todo hace una sobreconstrucción de sí mismo en sus perfiles del Facebook. Se arma y proyecta hacia fuera una criatura virtual más interesante que sí mismo, más sonriente, más exitoso, más trágico, más cool. El novísimo Prometeo es también una nueva versión de Narciso.

Narciso, entonces, vuelve a asomarse en su reflejo pero esta vez no se fascina con su propia belleza, se enamora del reflejo en sí. Distorsionado, turbio, confuso, exagerado, tan parecido y tan diferente a la vez. El nuevo Narciso hipermoderno se apasiona con eso que no es él mismo pero que se le parece… con la diferencia de que es aún mejor. Del otro lado de la pantalla se asoma su avatar, ése que, como en el juego del escondite, está destinado a librar por él. Y su criatura le sonríe, con una sonrisa que rara vez tiene ya Narciso en este lado de la realidad.


8 comentarios:

Anónimo dijo...

Admirable, interesante este denso y profesional análisis de sus lecturas sobre robots, ciencia ficción y sus creadores. Por supuesto esos finales inesperados y llenos de profunda reflexión, al que nos tiene acostumbrado Urriola,
Augusto Herrera

El Buruso dijo...

Gutenberg, antes de crear la imprenta fabricaba pequeñísimos espejos metálicos.

La gente que no podía encomendar la fabricación de la imagen de un santo compraba estos espejos, pues creía que el espejo "atrapaba" la imagen del santo en la iglesia, imagen que, luego, podía llevar a donde quisiera. Algo así como el iPod, pero medieval.

Según algunos, fue este arte y comercio el que inspiró a Gutenberg la creación de la imprenta. Algo así como la impresora, pero renacentista.

Desde entonces, hay más libros.

Hay quienes creen que los libros están entre los primeros autómatas.

Lamentablemente, casi todos los que sostienen esta creencia son personajes.

Mimí Mitsou dijo...

El tema del binomio creador-creación ha sido una de mis obsesiones más persistentes desde que, en el año 94, conocí el mito de Pigmalión. Después de eso, el asunto me persiguió hasta que pude deshacerme de él refiriéndolo muy superficialmente en un pequeño artículo sobre fotografía (fotografía de estrellas de cine) que finalmente nunca publiqué. Dices, Jose, que “lo que [te] resulta especialmente fascinante en estas historias de Autómatas y Rivales de Prometeo es que el creador siempre acaba enamorándose de su obra”. Pues bien, coincido contigo: lo que siempre me interesó a mí de esta relación creador-criatura tiene que ver, fundamentalmente, con los sentimientos tan fuertes que un humano podía tener sobre un objeto inanimado. Pigmalión se enamoró de una estatua de marfil que, al parecer, él mismo había esculpido y a la que Afrodita dotó de vida. Los ecos de este mito están entre las páginas de la leyenda becqueriana La mujer de piedra o en las de la novela Narciso y Goldmundo de Hermann Hesse, y se proyectan en un mediometraje de Nacho Cerdá, Génesis (1998), que cuenta la historia de un escultor que trata de revivir a su esposa muerta con una creación escultórica. Por último, y esto tiene algo que ver con esa idea de los espejos a la que se refiere Buruso (y no sólo con los espejos, también con la fotografía), la leyenda de Plinio sobre el origen de la pintura relata cómo una muchacha de Corinto, abatida porque su amado había de partir para un largo viaje, decide inmortalizar su figura dibujando sobre una pared su perfil proyectado por la luz de una lámpara.
Gracias por tus reflexiones que despiertan otras reflexiones, Jose.
Un abrazo,
MM.

e. e. dijo...

De allí en adelante la mecánica y el arte se conjugaron para obrar los más diversos personajes animados. En 1738 Jacques de Vaucason echó a andar su célebre Pato, un ave de alambre y resortes posada sobre una especie de turbina que iba dentro de una gran caja metálica. Con apariencia auténtica, este antecesor de Donald y Daffy comía granos de maíz, esponjaba el plumaje, nadaba, aleteaba y excepto ir bien con verduras, hacía todo lo que un palmípedo real. Si bien el pato original desapareció, el Museo de los Autómatas de Grenoble dispone de una réplica que también hace “cuac”.

En 1916 un ingeniero de apellido Durand y un fabricante de autómatas llamado Decamps diseñaron al “Profesor Arcadio”, quien podía escribir a mano alzada hasta 21 oraciones. Sin embargo, algunos dicen que el autómata con mejor caligrafía era el “Escritor” de Pierre Jaquet-Droz, un muñequito de madera policromada con aspecto de querubín de iglesia que medía unos setenta centímetros de alto, y que a lo largo de 1774 se presentó en toda corte respetable de Europa. Ese mismo año Droz hizo también un “Dibujante”, tras lo cual se dedicó a realizar una serie de réplicas de ambos muñecos. Otro importante automatista, Henri Maillardet, construyó al rededor de 1800 a un “dibujante-escritor” que podía realizar cuatro dibujos distintos y escribir tres poemas, dos en francés y uno en inglés. Maillardet realizó también un autómata capaz redactar frases nada menos que en chino, el cual fue regalado al emperador de China por George III de Inglaterra.

Un mecánico llamado Jean Roullet y su yerno, Henri Decamps, presentaron en 1880 la figura mecánica de una mujer ricamente vestida, que ejecutaba frente al público la famosa suerte de los cubiletes que a tanto tonto ha desplumado desde que el mundo es mundo y la gente confiada. La asociación entre Roullet y Decamps fue provechosa y ambos crearon todo tipo de autómatas, entre los cuales mi favorita es una “Encantadora de serpientes” perennemente envuelta en una boa de terciopelo, cuya sinuosidad dejaría pálida a la propia Nastassja Kinski.

e. e. dijo...

Para entretener a la Emperatriz María Theresa de Austria, al Barón Húngaro Wolfgang Kempelen le tomó seis meses construir, allá por 1769, al que probablemente sea el autómata más famoso y fraudulento de la historia: un ajedrecista mecánico apodado “El Turco”, que se batió en partidas colosales con los jugadores más grandes del mundo y en su momento logró vencer entre otros a federico II de Prusia, Benjamin Franklin, Catalina II y Napoleón Bonaparte. Amante de la ciencia y la mecánica, para ese entonces Kempelen había diseñado ya algunos prototipos de partes humanas, y una máquina parlante que imitaba la voz en base a fuelles y vejigas, de la cual hablaremos más adelante. Kempelen ideó este jugador que a la vista del público consistía en un torso de maniquí vestido a la manera de un árabe que se encontraba pegado a una mesa voluminosa, sobre la cual podía verse un tablero de ajedrez con las piezas respectivas. Al comenzar la sesión, el Barón abría todas las puertas de la parte inferior de la mesa para demostrar que dentro no se escondía ningún hombre, e incluso retiraba el ropaje del turco para mostrar sus mecanismos mediante una puertecilla que llevaba a la espalda. Pese a todo, hoy se sabe que aquello era una ilusión, pues en efecto se escondía allí un jugador experto, algunos aseguran que enano o incluso mutilado, quien probablemente cambió de identidad a lo largo de las innumerables giras que dio el muñeco.

Edgar Allan Poe, intrigado por los autómatas, dedicó a este jugador inmutable su ensayo “El jugador de ajedrez de Maelzel”, pues “El Turco” había dejado atrás a Kempelen y cambiado de dueño cuando llegó a los Estados Unidos de mano del ingeniero mecánico Johann Nepenuk Maelzel, nada más y nada menos que el inventor del metrónomo. Poe describe minuciosamente el espectáculo ofrecido por el autómata y se vale de su aguda observación para descartar que se tratase de una máquina, afirmando sin lugar a dudas que ha debido albergar a un ser humano dentro: “Existe un sujeto, un tal Schlumberger, que acompaña a Maelzel donde quiera que va, sin otra ocupación aparente que la de ayudar a empacar y desempacar el autómata. Es un hombre de contextura mediana, encogido de hombros. No nos han informado respecto a si juega ajedrez o no. Es cierto, sin embargo, que nunca se deja ver durante las exhibiciones del jugador de ajedrez, pese a que frecuentemente se encuentra visible antes y después de las mismas. Más aún, hace algunos años Maelzel visitó Richmond con su autómata. Schlumberger cayó súbitamente enfermo y durante su enfermedad no hubo exhibiciones del ajedrecista. Las inferencias de estos hechos las dejamos, sin más comentarios, al lector”.

Tal vez Schlumberger no era “el Turco” sino “El Zorro”, pero el carácter fraudulento del ajedrecista mecánico podemos adivinarlo citando al propio Kempelen, quien lo describía como “una bagatela, cuyos efectos lucen maravillosos gracias a la solidez de su concepción y la afortunada escogencia de los métodos usados para promover la ilusión”.

e. e. dijo...

Si dentro del “Turco” se escondía un hombre, no hay que reprochárselo, pues para vender una ilusión siempre es necesario quien la quiera comprar. Desde el “Turco” hasta Deep Blue son numerosos los momentos en que el ajedrez ha sido aquello que motiva las acciones de los autómatas, la excusa para reproducir vida, tal vez porque el hombre intuye que no puede crear una vida verdadera a su imagen y semejanza sin crear a la vez inteligencia y anhela confeccionarse un interlocutor. Hubo otro ajedrecista mecánico llamado “Ajeeb”, creado por Charles Hopper en 1865, que de 900 partidas sólo perdió tres y se midió con personajes de la talla de Roosevelt y Harry Houdini. Tristemente se quemó en 1929, durante un incendio que tuvo lugar en Coney Island, porque entre sus habilidades no estaba la de correr. Un tercer jugador hecho de tuercas puede aún verse hoy en día en el Museo Politécnico de Madrid. Es el famoso “Ajedrecista” de Torres y Quevedo, construido en 1914 y financiado por el gobierno español, que por el entonces se interesaba en descubrir si era posible crear algún tipo de inteligencia artificial, lo cual probablemente sea lo más milagroso en este autómata. Se trata de una máquina bastante más sencilla que las anteriores, pero que al menos juega por sí sola, sin titiriteros ocultos.

Se dice que en los años cincuenta un Walt Disney cansado de llevar a sus hijas a parques de atracciones donde no había nada para él, ofreció una interesante suma por la colección de autómatas del parque Tibidabo, en Barcelona. Que la oferta fuese rechazada no impidió el surgimiento de Disneylandia, hogar de los animatronics, la “generación de relevo” de los autómatas perfeccionada por la electrónica y maquillada por los saberes de Hollywood. Allí un montón de turistas se topan a diario con lo último en seres mecánicos, pero si el viejo Walt se derritiese esta tarde, seguramente sacaría a pasear feliz a Aibo, un can computarizado y mejor amigo de todo hombre que no quiera andar recogiéndole las “gracias” a su perro, producido por Sony.

Enrique Enriquez dijo...

Enumerar estos autómatas significa dejar por fuera a muchos otros, pues en su período de esplendor se multiplicaron los hombres mecánicos y aquellos capaces de hacerlos vivir. La literatura al respecto es inmensa, reflejo de la fascinación y curiosa desazón que su presencia produce. Los autómatas asumieron el peso de buena parte del entretenimiento masivo en el siglo diecinueve y se usaron desde entonces para la publicidad de los más diversos objetos; pero si hace un siglo despertaban asombro en el público, hoy saludan a unos paseantes más o menos indiferentes a sus sonrisas cronometradas, desde las vitrinas de Macy’s.

Con la creación de autómatas los hombres buscaban representar en modo literal el comportamiento humano, tratando a la vez de cumplir con uno de los principales requisitos en la ilusión de la vida: el movimiento autónomo. La autonomía es sinónimo de vitalidad, del libre albedrío inherente a todo objeto capaz de trascender de su condición inerte. Con el transcurso de los siglos nuestro dominio sobre las máquinas mejoró, estas se fueron especializando y, para hacerlo, tuvieron por fuerza que alejarse de la forma humana. Hornos, aeroplanos, trenes, relojes y automóviles difieren en morfología y utilidad, pero coinciden con los primeros autómatas en haber sido animizados por la fantasía humana. Isaac Asimov hablaba de cómo las maquinas se diferencian en sus “intenciones” y pueden optar por el bien, si se pliegan al dominio humano, o por la senda del mal, si en efecto se liberan por completo de él. Esta posibilidad de escoger confiere a los artefactos que hemos concebido para darnos la gran vida, una vida en si misma. Decimos que la computadora “no quiere encender”, si acaso no enciende, o que el mocroondas “se volvió loco”, si los resultados de su funcionamiento se apartan de nuestros deseos. Somos incluso capaces de afirmar que cualquier equipo “está muerto” si cesó de funcionar. Sin brazos ni piernas, y por distintas que sean a nosotros, las máquinas viven. Están animadas por nuestro miedo ancestral a la soledad, y paradójicamente, a lo tecnológico, a todo aquello que en nuestro afán de compañía, hemos creado.


Saludos!

mc dijo...

Un libro de ninnos maravilloso, llamado The Invention of Hugo Cabret nos introdujo (a mi y a mis ninos) al mundo de los automatas. Es un libro bellisimo, una suerte de "picture book" novelado o novela ilustrada, no se.

El autor del libro es Brian Selznick, y su website esta lleno de curiosidades.

El automata que aparece en el libro es ficticio, pero fue inspirado en el automata de Maillardet. Este automata esta en un museo y funciona! Puedes ver un video de como funciona aqui:

http://www.fi.edu/learn/sci-tech/automaton/automaton.php?cts=instrumentation

Saludos